Recuerdos en los trenes

Desde niña, Alejandra utilizaba a menudo los trenes, porque ni su madre ni su padre tenían la licencia de conducir. En aquella época, muchas mujeres no conducían coche, mientras que los hombres sí… pero su papá era de Venecia, donde no tenían esa costumbre, porque en su ciudad los coches no se utilizaban, y los venecianos se desplazaban solo a pie o en barco.

Pero, en aquella época, en los años 60, el tren era el medio principal para las vacaciones y los viajes, y cuando ellos iban a pasar unos días con los padres de su mamá, en Lombardía, siempre lo utilizaban. Alejandra y sus padres siempre observaban desde la ventanilla del tren para ver la casa de la familia, unos segundos antes de llegar a la estación, y casi siempre veían a los abuelos mirando por la ventana, saludándolos con las manos. 

Ahora, muchas décadas después, Alejandra sigue observando por la ventana la antigua casa de los abuelos cada vez que pasa por allí viajando en el coche. No puede olvidarse de aquella época, cuando, pasando una temporada allí, le parecía vivir una vida mágica. 

Sus abuelos pertenecían a un mundo remoto, del que ella conocía solo unos fragmentos, y también su dialecto lombardo le parecía raro, y menos armonioso que el suyo de Venecia. Pero el pequeño mundo doméstico de los abuelos, en el jardín de su casa al lado del ferrocarril, donde vivieron toda su existencia, la fascinaba. Ver pasar el tren decenas de veces al día, cuando la abuela siempre le proponía “saludarlo” desde la ventana de casa, le hacía soñar un futuro de viajes para conocer el resto del mundo, en un futuro de sueños imaginarios. El jardín-huerto de los abuelos era un mixto de ensaladas, tomates y judías verdes, con maravillosas plantas floridas y un gran árbol donde se balanceaba su columpio, y donde siempre se divertía, pasando todos los años el mes de julio allí con los ellos. 

Alejandra recuerda las gallinas y los gallos en el gallinero, tan deliciosos cuando eran pollitos, pero luego eran considerados desagradables, y al final eran condenados a muerte para la comida de un día de fiesta. El abuelo los mataba y luego la abuela los cocinaba, un gesto que a Alejandra le molestaba, porque los gallos y las gallinas crecidos en su propio jardín no le parecían simplemente una comida. Una vez, en la corte, mientras el abuelo desplumaba el pollo que acababa de matar, Alejandra, escondida, intentó cantarle una música macabra para hacerlo sentir culpable. El no tuvo ninguna reacción, pero el canto era tan lúgubre que la madre y la abuela salieron al patio para decirle que dejara esa canción tan sombría.  

Pero la visión de los gallos le cambió, cuando un día un gallo enorme y enérgico agredió a Alejandra en el jardín. El abuelo lo condenó a muerte con una ejecución inmediata, y la abuela lo cocinó, a pesar de que no era un día de fiesta…

“A ver, los recuerdos me devuelven a la niñez cada vez que vuelvo a ver esta antigua casa por la ventana del coche” piensa Alejandra.

Y los gatos, otro recuerdo. Uno de los mayores motivos de felicidad que tenía cuando iba a ver a los abuelos eran ellos. Le hubiera gustado mucho tener un gato en casa, pero vivían en un apartamento y sus padres no querían. La única vez que adoptaron una gatita encontrada en el patio del edificio, a los pocos meses la llevaron a casa de los abuelos. No tenían una jaula, así que hicieron todo el viaje en tren con la gatita dentro de un bolso, en la que afortunadamente había una ranura en la parte alta, que permitió al animalucho respirar… pero maulló muy fuerte todo el viaje, y la gente en el tren escuchaba y miraba ese bolso tan raro y maullador.

“Fue el viaje en tren más raro, y también embarazoso” piensa Alejandra. Pero es otro recuerdo de un viaje en tren… ¡porque es el tren que me restituye los recuerdos!


Silvia Zanetto

El encanto de la playa puede der un consuelo

El azul del cielo que se refleja en el mar le encanta… Un color tan amado que le reconforta el alma, mientras mira, desde la ventana de su habitación turística, Scaglieri, en la Isla D’Elba.

“Por fin, Marina, ¡te veo sonreír!” 

“Ya… ¡Qué maravillosa es esta playa, Pablo… y me encanta el verde de los árboles y de los céspedes, y el perfume del mar… Es verdad que ya estuvimos aquí hace unos años, y fue una experiencia fantástica, pero hoy es algo especial…”

Pablo la abraza con ternura: la sonrisa de Marina le reconforta, vuelve a verla como siempre había sido, hasta hacía unos meses.

“¡Claro que hoy es especial!” 

“Ya… por lo menos mi covid se ha ido! ¡Hemos arriesgado no tener ni un día de vacaciones! La oportunidad de pasar un poco de tiempo aquí me consuela…”

Pero su sonrisa se hace más débil. Pablo finge no darse cuenta, y la besa: claro, la madre de Marina tan vieja y enferma, después de cinco años en el geriátrico, es algo en que ella no puede dejar de pensar, pero no quiere hablar de eso.

“Marina, ¿Qué te parece si bajamos y vamos a pasear un poco por la playa, ahora mismo? Todavía no es muy tarde, y podemos vaciar nuestras maletas después…”

La playa de Scaglieri es una preciosa cala, de más o menos 140 metros, que Pablo y Marina atraviesan tomándose la mano. Hay arena blanca y dorada, aguas poco profundas y cristalinas, el cielo azul poco a poco se transforma en algo mágico, un dorado atardecer que no veían desde hacía muchísimo tiempo. 

Marina vuelve a sonreír, Pablo también. Claro, el covid que ella había tenido hace dos semanas no había sido una enfermedad tan fuerte, solo un poco de dolor de garganta y un poquito de fiebre, y había durado solo algunos días, pero ella había tenido miedo de no poder ir de vacaciones a la playa… unas vacaciones tan necesarias, para distraerse un poco del otro problema.

El móvil de Marina suena. Es su hermana.

El atardecer ahora es incluso más bonito, el cielo es de un azul dorado, en la playa casi no hay nadie, y ellos están volviendo a su hotel. Marina escucha a su hermana, su cara se tranquiliza, la saluda y le agradece.

“Mamá está un poquito mejor” dice “Y el paisaje también”.

“Será verdad?” se pregunta Pablo, “o es su hermana que quiere evitar preocuparla?”

Pero no quiere compartir su duda con ella.

“Sí, Marina, tienes razón… el paisaje en esta playa es maravilloso”. 


Silvia Zanetto

Los hombres que no saben bailar

El hecho de que haya muchos hombres que no sepan o no quieran bailar me parece una realidad indiscutible, como se dice en mi curso de baile popular.

Pero es verdad que en este asunto hay unas excepciones.

En este curso de danza, en el que yo participo desde unos treinta años, la mayoría somos mujeres. Eso no sería un gran problema si solo bailáramos en círculo o en fila sin necesidad de ponerse por parejas, pero lamentablemente hay muchas danzas en las que se baila sí todos juntos, pero hay el papel del hombre y el de la mujer, así que no queda más remedio que algunas mujeres bailen en el papel del hombre. De aquí surgían muchos problemas, porque durante este tipo de danza hay que cambiar continuamente de pareja y eso resultaba bastante difícil, porque no estaba claro para nadie quienes eran las verdaderas mujeres y quienes eran los “hombres”. Incluso pasaba alguna vez que, en medio de la confusión, una persona empezaba el baile en el papel de mujer y lo terminaba en el papel de hombre, sin necesidad de operarse ni de hacer terapias hormonales.

Así que nuestra profesora Marina encontró una solución: no podría ser que algunas mujeres se vistieran de hombre, a lo mejor dibujándose en la cara barba y bigote… así que nos llevó una serie de corbatas, que nos ponemos cuando tenemos hacer la parte de hombre. 

Así que se resolvió el problema, pero todavía es complicado cuando se bailan danzas de pareja. Es un horror, una vergüenza: las mujeres más espabiladas se apropian de los tres o cuatro hombres presentes y las demás tienen que conformarse con bailar abrazadas a otras mujeres. A mí eso me parece muy triste, porque me recuerda cuando era chica y veía muchas señoras bailando entre sí y pensaba que eran todas solteras, o divorciadas… Por eso, normalmente aprovecho el momento para ir al baño esperando que la sucesiva sea una danza de grupo.

En mi familia también hay casos de hombres que no saben – o no quieren – bailar.

Mi cuñado es el ejemplo perfecto. Cuando éramos jóvenes e íbamos a la discoteca, era muy fácil localizarlo incluso en medio de centenares de personas porque su cabeza era la única inmóvil entre todas. Después de la boda, aprovechando la fase del enamoramiento, mi hermana logró convencerlo para que se apuntaran a un curso de baile latinoamericano. Él fue y hasta consiguió aprender los pasos de memoria, pero bailaba como un trozo de madera, con la única diferencia de que un trozo de madera no te pisa los pies. Total, para librarse del curso de baile sin faltar a su promesa ni decepcionar a su mujer, mi cuñado no tuvo otra opción que dejarla embarazada y con eso terminó su torpe carrera de bailarín. 

Y ahora no puedo evitar hablar de mi marido.

Cuando nos conocimos, hace un millón de años, fuimos alguna vez a la discoteca con los amigos y tuve la oportunidad de ver que bailaba como Toni Manero en “La fiebre del sábado noche”: o sea, ocupaba el espacio que normalmente ocupan tres o cuatro personas, porque se movía mucho y agitaba los brazos como J. Travolta en la película, de modo que, si alguien se acercaba demasiado, corría el riesgo de recibir un manotazo. 

Hasta le pregunté si pagaba una entrada doble y si tenía un seguro contra los accidentes que podían pasarle durante el baile.

Pero lamentablemente eso no duró mucho. Pasada la edad de la discoteca empezamos juntos el curso de danza popular y la verdad es que aún allí bailaba bastante bien, pero después de un año o poco más se cansó y dejó de ir.

Me acompaña de vez en cuando a alguna fiesta, pero casi no baila, a pesar de que mis compañeras y yo intentamos convencerlo.

Entonces, voy sola: bailo a veces en el papel de mujer y a veces en el del hombre, me escondo en el baño cuando se hacen danzas de pareja, ¡o espero… ojalá alguna señora me invite a bailar! 


Silvia Zanetto

El balón cuadrado y las ruedas cuadradas

Érase una vez un balón de fútbol que, por un error de fabricación, en vez de ser redondo, salió cuadrado. Justo cuadrado. Además, tenía otras particularidades, por ejemplo, tenía un nombre: se llamaba Oscar. 

El propietario de la fábrica, cuando se dio cuenta, se puso a reír a carcajadas, y luego, después de asegurarse que Oscar era el único así, les preguntó a los obreros que tenían niños si alguien quería llevárselo a casa, pero nadie lo quiso.

-Bueno, lo voy a tirar a la basura – contestó el propietario, y le dio una patada a Oscar.

– ¡Ay, qué dolor! ¿Por qué me haces daño? ¡Yo no te he hecho nada! 

El propietario de la fábrica miró a su alrededor, no vio a nadie y pensó que fuera una consecuencia del cansancio o del calor, así que sin pensar demasiado decidió irse a casa.

Después de la patada recibida, Oscar, ofendido y doliente, reunió todas sus fuerzas y logró moverse un poco, hasta alcanzar las escaleras, de las que logró rodar abajo sin demasiada dificultad.

Un poquito a la vez se sintió mejor y logró alejarse. Estaba pensando cambiar su vida, ser un taburete, un objeto de decoración, un cojín para los pies…  y dejar de ser un balón cuadrado!

Pero, de repente, vio por delante a un hombre que iba en bicicleta. Pero no era un medio normal, con las ruedas redondas, sino una bicicleta con las ruedas cuadradas.

– ¡Pero es fantástico! – exclamaron juntos Oscar y el ciclista.

– ¡Eres justo lo que yo estaba buscando! – Exclamó el ciclista, bajando de su medio que, por supuesto, no necesitaba el caballete para quedarse de pie.

Oscar sonrió, porque los balones cuadrados, de contrario a los redondos, saben sonreír, y se acercó a él. 

– ¡Buenos días! Yo me llamo Quirino Quadrotti Quadrelli – se presentó de forma educada el ciclista.

– Y yo soy Oscar, el balón cuadrado.

– Lo veo, lo veo… Quería pedirte algo, si no estás ocupado – dijo Quirino.

– Todo lo que quieras… si no me vas a tratar mal.

– Bueno, mira, mi familia y yo tenemos una enfermedad muy particular: ¡estamos alérgicos a las cosas redondas! Por eso, utilizamos platos cuadrados, copas cuadradas… y bicicletas con ruedas cuadradas… Ahora, mi problema es que mañana va a ser el cumple de mi niño, y él me pidió como regalo un balón. Es un mes que estoy buscando un balón cuadrado y tú… ¡Tú eres cuadrado! Y además sabes hablar… ¿Quieres ser el balón de mi niño?

Oscar se puso a llorar por la felicidad y por supuesto aceptó la propuesta del señor Quadrotti Quadrelli, que lo hizo subir sobre su bicicleta de ruedas cuadradas y lo llevó a su casa.

El niño y el balón cuadrado se convirtieron en buenos amigos y jugaron juntos por muchos años. 


Silvia Zanetto

La portada de mi libro es amarilla

Sí, es amarilla la portada del último libro que escribí, hace varios años. Me acuerdo que el editor me propuso diferentes colores para la cubierta del libro, y al final yo elegí el amarillo: fue el que me gustó más, no solo porque está bien para una novela para chicos, sino también porque en el dibujo en la portada, que había diseñado yo, hay un autobús de color amarillo, y también en el arco iris, que aparece en el cielo rosado, ¡el amarillo domina! Es un dibujo fantasioso: los árboles son color fucsia y las colinas y los prados azul violeta… y el fondo amarillo, por supuesto. Porque la fantasía es el alma de los cuentos para chicos, nos entra inesperadamente en la mente mientras escribimos, y nos sorprende a nosotros también por las ideas que se nos ocurren, y que no nos esperábamos cuando empezamos a componer. Escribir es emoción, pero puede ser también consuelo, o una forma de descubrirnos a nosotros mismos, y una fantasía escondida que reaparece…

Hoy acabo de volver a comprar unas veinte copias de mi libro amarillo, que ahora me hacen compañía sobre mi mesa de trabajo. No compraba nuevas copias desde hace muchísimo tiempo, y casi me parecía que ya no era la de antes, creadora de cuentos e historias… y ahora, inesperadamente, me han propuesto otra vez que presente mis libros para chicos de la escuela primaria, y lo haré más de una vez, después de años.

Color amarillo de la portada, te ruego… ¡Ayúdame a superar mi ansiedad, debida a la lejanía de mis experiencias pasadas! recuérdame que tu color es el de la alegría, la serenidad, la fantasía, y que mi mente también será felizmente amarilla cuando vea muchos chicos escuchando mi historia, sonriendo, preguntando… y apreciando el color amarillo de la portada.


Silvia Zanetto

Noches en vela

Recuerdo que, cuando era niña, al irme a dormir me invadía una angustia abrumadora frente a la simple idea de encontrarme sola con mis pensamientos. Cada vez que estaba en la cama llamaba a mamá dos o tres veces. Ella se acercaba con paciencia al lado de mi cama y yo salía de mi nido caliente para abrazarla fuerte, con la ilusión de que el calor y el abrazo de una persona amada pudieran disolver la dolorosa ansiedad que me estrechaba el corazón. 

Al principio, había sido el miedo de la oscuridad. Solo me había confiado con una amiga sobre lo que era tan espantoso para mí: mis padres creían que yo tenía miedo de ogros o brujas, o quién sabe cuáles otras misteriosas o diabólicas presencias. Pero mi terror era la ceguera: la falta de certeza, en la oscuridad total, de que yo podía ver me aterrorizaba.

La muerte prematura de mi tía me hizo reflexionar sobre otra terrible realidad: no solo la vista, sino también la vida era algo frágil y efímero: no podía soportar ni el sonido de la palabra “muerte”, che se convirtió en la nueva pesadilla de mis vigilias nocturnas.

Muchas otras noches en vela me acompañaron también en la adolescencia.

Pasaba larguísimas tardes estudiando los libros de latín y de griego antiguo, y luego me despertaba por la noche repitiendo los verbos y la gramática, y me levantaba al amanecer para el último repaso antes del examen. 

Pero no eran solo los verbos griegos, regulares o irregulares, que me quitaban el sueño por la noche, en los años de instituto. Había estallado la estación de los amores, tan ardientes cuanto no correspondidos. 

Se llamaba Federico y ni siquiera era guapo: un joven con acné y gafas; pero era casi el único chico que había conocido, ya que en mi clase del colegio éramos solo chicas. 

Se llamaba Lorenzo y tenía dos ojos verdes que destellaban en la oscuridad de mi habitación. Se enamoró de todas las chicas menos de mí, y yo retorciéndome entre las sábanas me preguntaba qué tenían todas las demás que a mí me faltaba. 

Se llamaba Claudio, y sabía siempre todo sobre todo, pero de vez en cuando me daba una vaga sensación de que era un ser humano, y cada noche yo me torturaba buscando qué hacer para arañar su armadura.

Otras noches en vela seguían las largas charlas con las amigas: tardes transcurridas atormentándonos la una con la otra con muchísimas preguntas y muy pocas respuestas, para confrontarnos y poner en duda la seguridad de nuestras experiencias. Pero cada vez yo descubría un nuevo mundo en las palabras de mis compañeras y luego pasaba las pocas horas de la noche para reordenar mis pensamientos, buscando el orden y el sentido de todo.

Y ahora, a veces, son las cosas que tengo que hacer al día siguiente, o los problemas de familia que me despiertan de golpe en medio de la noche… pero esta es otra historia. 


Silvia Zanetto

El verde es suyo

Ponerse la ropa de color verde, cuando Adela era niña, siempre le encantaba. Vestidos, pantalones, jerséis del color de los prados, de los bosques, de las hojas de los árboles: era la naturaleza verde de su vida, y de sí misma. 

Creciendo, perdió esta costumbre, pero no dejó de amar el verde. Desde siempre, sus vacaciones las pasaba en la montaña: su padre, Adolfo, la había educado desde pequeña a subir por las rutas panorámicas de alturas, donde podía saborear el espíritu de las Dolomitas mirando sus imponentes cumbres, y los árboles también: los pinos, los abetos, y también robles, cedros, olmos. Paseaban por el verde, mientras que el azul del cielo los iluminaba y el refugio donde tenían que llegar aparecía cerca de la cima del monte.

Pero, también en su ciudad, el verde de la naturaleza era su pasión; dar una vuelta en bicicleta por el parque lleno de ardillas, a las que llevaba nueces y avellanas, era su costumbre para pasar el tiempo libre: los animalitos bajaban del árbol cuando la veían con su bolsa de papel llena de fruta seca, corrían por el prado y le cogían la nuez de la mano, y luego se iban a comerla escondidos en la hierba. 

Ese parque lo habían creado cuando Adela era niña y, mirando las fotos de entonces, ahora se puede ver que los árboles eran pocos, pequeñitos y lejanos el uno del otro, pero con el tiempo el parque se convirtió en un bosque de cerezos, tilos y robles, donde, además de las ardillas, viven pájaros y también patos, pollitos y ocas en el estanque. 

Hace unos años, Adela se sentía triste cada vez que iba al parque, porque por la falta de lluvia su amado verde se había convertido en amarillo: el césped estaba muy seco, casi una pradera muerta, y muchos árboles, donde antes vivián las ardillas y los pájaros, se murieron de sed. Pero plantaron nuevos arbolitos, que ahora están creciendo, y el verde todavía es el color del parque.  

Así que hoy Adela baja de la bicicleta, mira el azul del cielo, el mismo azul de la montaña, escucha el canto de la paloma y del mirlo, se sienta en un banco bajo un roble y respira profundamente. El verde es suyo. 


Silvia Zanetto

Me encanta pasear contigo

Estamos aquí, desmesuradamente lejanos, aunque parecemos una de las muchas parejas de vacaciones, andando por el Paseo Marítimo de la Playa de Trouville. Inevitablemente muda, yo me siento como si todas mis palabras no dichas ensordecieran en mi cabeza.

“Qué día maravilloso, ¿verdad?” me pregunta Nicolás. “¡Ha sido una buenísima idea venir aquí! Mira qué luz, y cuantos visitantes… ¡Es verdad que he elegido uno de los destinos vacacionales más de moda ahora!”

En cambio, yo tendría que pedirle perdón por una culpa que me destruye, y que al mismo tiempo no sé comprender… Pero, ¿cómo puedo hablarle de esto ahora? ¿Sería correcto destrozar su alegría, mientras mira el paseo marítimo y toda la serie de personas que se deslizan hasta el fondo, feliz de estar aquí, feliz de estar conmigo? Mi vestido blanco, igual a los de las otras mujeres, me parece como un disfraz de inocente, los parasoles y los sombreros blanquean todas nosotras, pero yo me siento una mujer vestida de rojo.

“¿Nos aproximamos a la playa, Francisca? Con tanta calidez y luminosidad, me encanta acercarme al mar, tan azul… ¡Y mira el reflejo del sol en el agua! Además, me encanta este cielo celeste. Las nubes se están yendo…”

Estamos en la playa, mirando la línea del horizonte, todos parecen felices, yo también lo parezco, aunque no lo soy. Es que yo no te quiero, Nicolas, nunca te he querido. Pero soy capaz de fingir, como logro parecer una de las turistas alegres, vestidas de blanco…

Mis palabras serían piedras, cuchillos, lamas envenenadas. Me dan miedo, me hacen sentir culpable…

“¿No estás bien, Francisca? ¿Estás tan silenciosa…Quieres volver a descansar en el hotel?”

“Pero, ¿Qué dices, marido mío?  Estoy bien, solo un poquito cansada… Además, estamos en un lugar maravilloso… ¡Me encanta pasear contigo!”


Silvia Zanetto

Los secretos son mentiras

A ver, ¡Cuantos secretos! – pienso, mientras estoy viendo uno de los episodios de una serie de Rtve-play, una de mis costumbres viciosas que me justifico pensando que, como los actores hablan en español, a mí me sirven para repasar el idioma. Y también para reflexionar sobre los secretos, con los que yo no tengo casi ninguna relación. Una de las protagonistas tiene un amante casado, otra es lesbiana, otra va a huir de casa, otra tiene un novio que no pertenece a su nivel social… y para que nadie pueda saber nada de todo eso, cuando hablan dicen un montón de falsedades. Porque los secretos son mentiras, ¿verdad? Si quieres o tienes que esconder un aspecto de tu vida, necesitas ocultar cada día más verdades, ¿es así?

Pero, para mí, los secretos solo son deberes, para no asustar a la familia con nuestros problemas, para no preocupar a los amigos y, sobre todo, no provocarles ansiedad a nuestros padres.  Así como es un deber este secreto mío que, claro, no lo voy a contar porque… Porque es mejor que no.

Bueno, necesito relajarme, voy a seguir viendo la serie televisiva sin pensar en las mentiras: después de todo, nada de este cuento es verdad, es fantasía, es un mundo irreal, una historia que tiene que inventar cada día algo nuevo que capture la atención del público. 

Así que me echo en el sofá y sigo viendo la tele.


Silvia Zanetto

Su fragancia no me deja ir

Cada noche yo estaba en el parque, sentado en el único banco donde podía mirar su ventana. A veces me adormecía, y luego me despertaba de sobresalto, porque me había dado cuenta de que la luz se había encendido otra vez. Vislumbrando su silueta, tenía un sentido de malestar que me subía desde el estómago para bloquearse en la garganta y casi me impedía respirar. Cada vez así.

Esta noche se ha levantado un viento más frio: ya es otoño y las primeras hojas se han desprendido de las ramas de los árboles, una se había caído sobre mi asiento. No puedo seguir así, ya lo sé.

Ella nunca se había asomado al balcón durante estos tres meses. No la veía, pero su perfume, el que en cada momento la acompañaba entre mis brazos, su perfume yo lo olía, como si ella estuviese a mi lado.

Ella creía que yo estaba lejos, después de aquella carta que le escribí, sin ninguna pelea, ni tampoco una verdadera explicación. Solo pocas líneas: “Me voy de vacaciones sin regreso… Quiero estar libre para vivir mi vida” y otras banalidades.

¡Allí! La luz se ha encendido otra vez: son las tres y media y ella está caminando de un lado a otro de su habitación, una habitación invadida por su fragancia. Porque ella está pensando en mí, para que yo me sienta mal, para que me sienta culpable, como siempre, aun ahora que cree que yo me fui muy lejos a vivir mi vida, libre, lejano, lejano de ella… Y siempre yo me sentí culpable hacia ella: cada vez que salía con mis amigos sin ella, o que volvía a casa más tarde, cada vez que me sentía feliz incluso sin ella, que sentía en las fibras de mi cuerpo la felicidad de estar vivo.

Y también ahora, que ella cree que me he ido, no me deja en paz. Así que no puedo quedarme de este banco, de este parque. Aquí está ella, ella cuando todavía sabía sonreír, cuando tenía una luz en su mirada, cuando me abrazaba y me rodeaba con sus brazos, hundido en su perfume.

Aquí está ella, que no me permite irme. Tampoco su perfume me deja ir. 

No me permiten tomar el tren para esas vacaciones sin regreso.


Silvia Zanetto

Collage Azul

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.
Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que se le caen en la cara.
Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.
Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.
(Azules)

Silvia Zanetto

Camille y Amelie

La gare routière de Paul Delvaux, 1960

El azul amarillo del cielo aparece entre ese bosque hipnotizador, cuyos árboles tan verdes nos encantan. No hay aldeas, no hay viviendas, solo un edificio de la estación, donde se puede llegar de quién sabe dónde, o irse a los lugares más lejanos del mundo. El bosque es denso, casi sin fin; aparece una colina igual de verde. El silencio es infinito, no hay ni voz ni respiración: no hay nadie humano, ni una bestia o una mascota. Esa mudez nos angustia y al mismo tiempo nos encanta. Aquí solo estamos nosotras: Camille,  mi hermana gemela Amelie y yo.

En el misterio callado de la estación se oye un ruido sutil, casi como si no fuera verdad. Pero es verdad: el tren que estábamos esperando casi silenciosamente llega, tirando su humo hacia el cielo.

— ¡Vamos! — me dice Amelie — ¡ha llegado! 

Veo su sonrisa, su mirada sobreexcitada: no parecemos gemelas ahora. Yo querría escapar del tren, de la estación, de quien estamos esperando. Querría esconderme en la parte más densa del bosque, ascender a la colina, elevarme al cielo azul amarillo…

— ¡Vamos! — me grita Amelie — ¡Papá ha llegado!

Después de todos estos años.  Tras dejarnos a nosotras y a nuestra madre. 

Todo este silencio verde, angustioso y encantador, se va a desaparecer, cuando él baje del tren. Casi no recuerdo su voz, pero estoy segura de que no pertenece a este mundo.

Amelie corre hacia el tren, yo sigo aquí.  

Las puertas del tren ahora están abiertas, pero no baja nadie. Nadie.

La mirada de Amelie se encuentra con la mía: ahora somos gemelas otra vez. 

El silencio vuelve a ser infinito.

Silvia Zanetto

Fotos

— ¡Vaya! ¡La caja de mis fotos de las vacaciones en las islas! Es increíble lo que puedes encontrar cuando limpias la casa y piensas botar todo lo viejo, lo que ya no sirve… En fin, ¿Desde cuánto no las veía? Claro, son fotografías de viajes que se hicieron hace muchos años, de las de una vez, las que se imprimían y se guardaban como pequeños tesoros…

Isabel se sienta, deja de trabajar y observa la primera: siempre es una emoción volver a ver la imagen de su padre, relajado y alegre, y no tan serio come en su imagen que ella siempre ve en el cementerio. En esta foto en blanco y negro él está en Torcello, cerca de Venecia, su isla favorita, encantadora: muy tranquila, con lindas casas pintadas de colores brillantes, con canales en lugar de carreteras y barcos en lugar de coches. Papá – alto y esbelto, con su pelo rizado y ya un poquito gris – está sonriendo, delante de un complejo paleocristiano: la Catedral de Santa María de la Asunción. A su lado, aferrándose a su mano, hay una niña delgada, con el flequillo demasiado corto y un vestido bonito hecho por mamá… Es Isabel.

La segunda es una fotografía en color: un grupo de amigas que ríen y se abrazan en la playa: están en Fetovaia, una de las más evocadoras de la Isla de Elba, que forma parte de un contexto natural entre arena dorada y acantilados de granito. El color del mar varía del verde claro al azul intenso. Las chicas están bronceadas, poco cubiertas con sus bikinis, Isabel se cubre un poco la boca con la mano, como si estuviera riendo demasiado. Tienen veinte años, más o menos: Ana, la de pelo rizado y traje de baño rojo, es su compañera del instituto; Paloma, que la está abrazando, es la que estudia con ella en la universidad de Milán; Elena, la del bikini más pequeño, es su amiga desde siempre. Un momento perfecto, de los que no se repiten casi nunca.

La tercera es una foto de otro mundo: la maravillosa imagen de una playa de arena blanca y suave, enmarcada por palmeras tropicales, bajo un cielo que parece pintado. Una pareja joven, con unos anillos muy nuevos en sus dedos, los ojos de Isabel que se pierden en la sonrisa de él, los labios de Francisco que se apoyan en la frente de ella. Están en Mahé, la más grande y particular isla del archipiélago de las Seychelles, donde hay montañas de granito cubiertas de exuberante vegetación, y franjas de tierra que se adentran en el mar como brazos, formando bahías cuyas aguas cristalinas y turquesas brillan bajo la luz tropical. 

Es la primera foto de su luna de miel, una foto que la guía les sacó hace más de 30 años, y hay muchas otras de ese viaje… Isabel pone las fotos sobre la mesa: esta noche las va a enseñar a su marido, que las había buscado varias veces sin éxito. Y sus recuerdos volverán a la isla, bajo las palmeras, en la playa dorada.

Silvia Zanetto

Charco rojo

Sara ese golpe no podía esperárselo. Canturreaba, mientras iba pedaleando en su bicicleta y disfrutaba del azul intenso que se insinuaba entre las ramas florecidas de los cerezos: una blanquecina explosión de primavera alcanzada.

Sara no oyó el ruido del coche, ni el frenazo inútil que no logró impedir el accidente. La bicicleta se estrelló contra uno de los cerezos blancos a la derecha del camino y, en cambio, ella voló hacia el lado izquierdo, dejando su cuerpo inmovilizado en un charco rojo que se ampliaba cada vez más.

El conductor del coche había huido y, con toda probabilidad, no llamaría al hospital. Sara se quedó boca arriba, la mirada enramada entre las flores blancas y perdida en el índigo del cielo, recordando.

Tenía trece años cuando su vida se hizo sangre por primera vez. No se esperaba un malestar tan fuerte: su madre le había explicado que no era una enfermedad, sino algo natural, pero esa cita en rojo cada mes la hacía caer en cama.

Sabía que también pagaría con sangre la maravillosa emoción de hacerse una sola carne con su amado. Era de día, en un hotel de montaña: por la ventana se colaba la luz azulada de la nieve sobre las cumbres y el pelo de Pablo parecía todavía más rubio. Eso sí, lo que su madre no le había explicado, era algo natural y solo le costó una gotita de sangre. Su vida se había hecho azul otra vez.

Volvió a hacerse sangre aquella mañana, dos días después del resultado positivo del test de embarazo: mientras desayunaba su té aromatizado con vainilla, sintió un golpe inesperado en su útero y la ropa interior y los pantalones del pijama se llenaron de un flujo de fracaso. Cuando volvió a casa del hospital, todavía había manchas rojas en el suelo de la cocina. Pablo le cubrió los ojos y la llevó a su cama de colcha azul.

Ya ha pasado demasiado tiempo, está claro que el conductor no ha llamado al hospital. Sara no logra levantarse para alcanzar su móvil que está en el bolso, que está en la cesta de la bicicleta, que está a cuatro metros de distancia. Pero dentro de poco Pablo empezará a preocuparse, y saldrá a buscarla, y seguro que la encontrará, porque él conoce muy bien los lugares por los que ella pasea en bicicleta. 

Y además, el charco rojo ya ha dejado de ampliarse.


Silvia Zanetto


La piedra

— “No lo vas a hacer de verdad” —me dice, fingiendo una sonrisa que se deshace en una mueca —“No serás capaz”.

Es una piedra áspera, ovalada, con venas grises. Es demasiado pesada para mí: me cuesta un esfuerzo descomunal levantarla. Con una piedra así podría hasta matarla, a Myrna. 

Veo relampaguear el miedo en sus ojos redondos, casi siempre inexpresivos, y me gusta. Ya lo sé que Myrna tiene toda la razón, es justamente por eso que la odio. 

No hay otros niños en el patio hoy, un aire asfixiante y húmedo nos aprieta en esta tarde de inicio de verano. El distrito industrial no está lejos y el olor a azufre de las fábricas cercanas nos alcanza. 

Myrna y yo nunca hemos sido amigas, ni antes de que me dijera eso: creo que a ella le irritaban mi exagerada delgadez y mi carácter huraño, como a mí me molestaban su cuerpo gordito y su alegre locuacidad: por aquel entonces, no sospechaba lo que le pasaría, y que no tendría motivos para estar tan contenta.

Ver el susto en su mirada me alegra. La piedra es tan gruesa que casi no puedo seguir sosteniéndola, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos sutiles. Inspiro el olor a azufre y ahora me siento invencible. Se lo merece todo. Se lo merece por su cara redonda, por su pelo oscuro demasiado corto, por sus vestiditos ajustados que parecen robados a una hermana menor. Pero sobre todo por decirme eso. 

De repente, los ojitos negros de Myrna se cierran y su boca se abre de par en par: un chillido agudísimo rompe el silencio. 

Todo mi cuerpo tiembla de rabia, la piedra áspera y pesada me agota los brazos. La madre de Myrna se asoma a la puerta. Está embarazada, lleva un vestido rojo de flores, sin mangas, que deja descubiertos sus brazos rollizos. Observa a su hija, que ahora llora desconsolada, luego me mira a mí: me clava la mirada en los ojos y se queda callada.

Ella sí que es fea. Tiene el mismo pelo corto y moreno que su hija, la misma cara redonda de ojos insípidos. Ella es fea, y no mi madre.

—¿Qué pasa, niñas? —La madre de Myrna se acerca lentamente, intentando sonreír. Mira primero mi cara y luego mis manos, que siguen sosteniendo la piedra. Una piedra tan gruesa y tan pesada que podría matar a su hija.

—¿No queréis decírmelo? —la mujer habla en plural, pero se dirige solo a mí.

—¡Myrna ha dicho que mi madre es fea! —exploto, rompiendo a llorar.

—¡Sí, es fea, es feísima! ¡Está siempre enfadada, y no sonríe nunca! —grita Myrna.

Ya sé que Myrna tiene toda la razón y la piedra se me cae de las manos.


En noviembre, Myrna murió, abatida por una leucemia fulminante. Tenía nueve años. Todo el pueblo asistió a su entierro, y nosotros fuimos a la iglesia con las maestras, alineados de dos en dos. Todas las niñas lloraban, menos yo.

Yo pensaba en la piedra que no le había lanzado y en los pocos meses que ella había vivido después. Ella habría muerto, en cualquier caso, y me parecía justo que Dios la arrugara y tirara rápidamente, como si fuera un dibujo malogrado. Sí, era justo que Myrna muriera, era demasiado sincera y aguda en reconocer la auténtica naturaleza de las personas, un testigo incómodo de la inquietud que me sacudía como un viento rabioso: la herencia de mi madre que yo no quería aceptar.

Myrna habría muerto, en cualquier caso.

Al salir de la iglesia, con los ojos bajos, vi un guijarro y lo pateé.

Era una pequeña piedra áspera, ovalada, con venas grises.


Silvia Zanetto


Invisibles para todos

Los telediarios en estos días siguen hablando mucho de este acontecimiento: dicen que ella enterró el niño en el jardín de su casa, cuando estaba vivo, inmediatamente después de su nacimiento. Dicen que nadie, ni siquiera sus padres, se dio cuenta de que ella había parido, y tampoco de que estaba embarazada. Dicen que ella -una mujer casi chica o una chica casi mujer, de 22 años- lo parió y lo ocultó entre las plantas del jardín y luego se fue de vacaciones al extranjero, a divertirse con su familia. Dicen también que no se encontró el cuerpo de un bebé solo, sino de dos, así que hace un año la mujer-chica ya le había dado y quitado de inmediato la vida a otra criatura. 

Dos niños, de los que nadie se dio cuenta de que nacieron, ni de que murieron. Dos niños que para todos -su futura familia, su futuro padre- nunca habían existido. 

Y nosotros, viendo el telediario, nos preguntamos todos por qué la mujer-chica hizo semejante locura asesina, por qué lo hizo una segunda vez; no entendemos cómo es posible que nadie se hubiera dado cuenta de nada: ni del embarazo, ni del parto, tampoco de aquellos dos raros agujeros bajo la hierba en el jardín de casa… 

Y los niños, cuando lloraron por primera vez, cuando abrieron por primera vez sus ojos y empezaron a respirar, ¿Qué vieron? ¿Qué oyeron? ¿Se dieron cuenta de que su vida iba a empezar, unos segundos antes de que la mujer-chica se la arrebatara? ¿Qué pensaban, cuando veían pasar por el jardín a la mujer-chica que los había abandonado allí?Quiero creer que, a lo mejor, se consolaban el uno con el otro, abrazándose entre la tierra, hablándose mutuamente con su gimoteo, gozando del verde del césped y del azul del cielo y oliendo el perfume del bosque, ya verdes como la hierba e invisibles para todos.

Silvia Zanetto

Un Héroe

En un octubre luminoso, hace muchos años, el verano no quería convertirse en otoño. No eran muchos los temerarios que se bañaban, pero en la playa no faltaban los fanáticos del bronceado. Sin embargo, estaba claro que era octubre: las llegadas ya tenían sabor a salidas, como cuando vas a despedirte del mar por última vez, mientras tu equipaje ya te espera en el coche.

Avanzamos por el muelle, sobre las grandes piedras que lo formaban irregularmente: era efectivamente incómodo para pasear, pero disfrutamos de ese último resto de verano, sorprendidos y agradecidos por el día soleado. El azul claro nos consolaba de la pasada semana sombría.

-¡Buenos días!

El anciano, de pie en la playa de donde partía el muelle, se apoyaba en un bastón, pero su voz era enérgica y amigable.

-¿Veis lo que significa envejecer?

Llevaba un sombrero alpino y estaba perdido en una chaqueta demasiado pesada que, en algún momento, debió de ser de su talla.

-Durante la guerra, con estas piernas, yo subía a los postes de alta tensión, con el riesgo de morir electrocutado, para cortar los cables eléctricos…- y agitaba su brazo libre, señalando aquellos pilones que tal vez todavía creía ver. -Y ahora, ya veis… tengo ochenta y cinco años… ahora me da miedo pasar por aquí, porque podría caerme y hacerme daño.- 

Pero su tono de voz era jocoso y lleno de simpatía, no quejumbroso.

¿Debíamos ofrecerle ayuda, quizás proponerle acompañarlo hasta el muelle? Pero parecía que solo quería charlar…

-¿De dónde sois?- Añadió, pero no nos dio tiempo de responder- No quiero haceros perder tiempo, solo os voy a contar una historia.

Pero teníamos todo el tiempo que él quería: ese día estábamos de vacaciones.

-¡Qué buenos chicos! ¡Realmente tenéis las caras hermosas!- Y nos estrechó la mano primero a uno, luego a la otra. 

-Pero ¿sabéis que la que estáis estrechando es la mano de un héroe?

Nos mostramos incrédulos, admirados. 

-Sucedió cuando estaba combatiendo en la guerra: había un chico al que, yo habría podido matar… 

Su mano agarró la mía con más fuerza, mientras su bastón golpeaba rítmicamente el suelo.

-Su mamá estaba allí, estaba llorando, creía que lo iba a matar. Pero yo vi que era casi un niño, y le dije en italiano: -ma vai, che non ti ammazzo mica! – y con estas manos lo liberé y lo dejé ir. 

Sus ojos volvieron a medir el obstáculo.

-No, no… puedo ver el mar desde aquí. ¡No quiero caerme y hacerme daño, tengo ochenta y cinco años, yo! Él sonrió. -¡Qué buenos chicos, os deseo mucha suerte!

Las palabras, las verdaderas, me faltaron: no los habituales «gracias» y «buenos días» que decía. Me hubiera gustado tal vez abrazarlo o llamarlo «abuelo». Pero tal vez él ya lo sabía.

Nos alejamos y nos volvimos para saludarlo con un gesto.

-¡Recordad, que le habéis dado la mano a un héroe! -nos gritó el soldado alpino, desde la orilla del mar.

Silvia Zanetto

Música perdida y reencontrada

Ojalá me entendiera más de música, pienso. Podría apreciar mejor este concierto de Puccini que van a ejecutar para celebrar el centenario de su muerte, en una iglesia antigua, con una sillería de madera: una iglesia que nunca había visto, a pesar de que está en un pueblo bastante cerca del mío. Ojalá me entendiera más también de arquitectura, pienso. 

Llego poco antes de que el concierto empiece, pero como he reservado un asiento, me hacen sentar en la primera fila. Leo los títulos de los extractos de las óperas que van a ejecutar: son muy famosos, los conozco casi todos. 

Recuerdo que, cuando era una chica de la escuela primaria, mis compañeras de clase me tomaban el pelo porque yo solía escuchar discos de música clásica, en vez de las canciones de Mina y Celentano que estaban de moda en aquella época. Había aprendido a apreciar a Beethoven y a Mozart, a Vivaldi y sobre todo a Chopin -que mis amigas pronunciaban “Coppìno” para burlarse de mí- gracias a mi padre que cada día llenaba nuestra casa de conciertos, a través de nuestro antiguo tocadiscos de madera, de los que ahora ya no existen. Y con el tiempo, él logró hacerme valorar también la ópera, sobre todo la “Cavalleria rusticana” de Mascagni, que era su favorita… Y Puccini, por supuesto, que aprendí a apreciar con el tiempo. Yo ahora ya no tengo un tocadiscos, así que no puedo escuchar los discos, pero he decidido tener en mi casa todos los de papá.

Los músicos salen: estoy a unos 50 centímetros de los violinistas, un metro del director de orquesta. Entran el coro y la cantante principal, cuya voz aguda de soprano desde mi oído va a entrar en mi mente y en mis recuerdos.

Escuchamos, aplaudimos, nos emocionamos, estamos conmovidos: es una tarde especial para todos, pero sobre todo para mí: la música perdida que hoy se ha vuelto.

Silvia Zanetto

Una tarde de finales de otoño

Automat de Eward Hopper, 1927

Fue la noche en la que decidimos casarnos.

El aire no demasiado frío y los árboles al lado de las calles, que todavía tenían algunas hojas rojas y marrones, nos invitaban a gozar de los últimos recortes del otoño, paseando por nuestra ciudad.

Caminábamos tomándonos de las manos, pero sin mirarnos, observando el suelo para encontrar las palabras.

Luego, entramos en aquel bar.

Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, que se vislumbraban a través de un abrigo verde muy elegante, un sombrero color naranja, el maquillaje perfecto. Se sentó sola al lado de una mesa, muy cerca de nosotros. 

Pasó una decena de minutos antes de que el camarero se le acercara: -¿Espera a alguien, señorita, o quiere pedir?

No oímos la respuesta, pero después de un par de minutos vimos el camarero que volvía llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una taza de café. Una sola.

– ¿Todo bien señorita? ¿Desea algo más?

-Quizás después- contestó la chica.  

El camarero sonrió, casi tímidamente, luego le trajo el azúcar.

– Ya está oscuro afuera, ¿verdad, señorita? Casi estamos en invierno…

-Ya…- murmuró ella, golpeteando la mesita con sus dedos. Luego lo miró con triste gratitud.

El hombre se quedó unos minutos, charlando de cosas insignificantes. La chica le contestaba. Luego, otro cliente lo llamó y él se fue. 

Ella acabó de beber su café, y siguió mirando la taza. 

Una niña gitana entró en el bar. En sus manos tenía un ramo de rosas rojas, las que nadie compra nunca. Se acercó a la señorita: 

-¿Quieres una flor?

-Sí, gracias… ¿Cuánto cuesta?»

– Para ti no cuesta nada. Te la regalo, porque eres linda.

Ella se levantó y abrazó a la niña, que retrocedió, un poco acobardada. Pero luego sonrió, cuando la vio abrir su billetera para darle una generosa propina.

-Siéntate conmigo un rato. ¿Cómo te llamas?- le estaba preguntando.

Pero nosotros nos fuimos y nos olvidamos de ella.

Fue aquella noche cuando decidimos casarnos.

Silvia Zanetto