Una tarde de finales de otoño

Automat de Eward Hopper, 1927

Fue la noche en la que decidimos casarnos.

El aire no demasiado frío y los árboles al lado de las calles, que todavía tenían algunas hojas rojas y marrones, nos invitaban a gozar de los últimos recortes del otoño, paseando por nuestra ciudad.

Caminábamos tomándonos de las manos, pero sin mirarnos, observando el suelo para encontrar las palabras.

Luego, entramos en aquel bar.

Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, que se vislumbraban a través de un abrigo verde muy elegante, un sombrero color naranja, el maquillaje perfecto. Se sentó sola al lado de una mesa, muy cerca de nosotros. 

Pasó una decena de minutos antes de que el camarero se le acercara: -¿Espera a alguien, señorita, o quiere pedir?

No oímos la respuesta, pero después de un par de minutos vimos el camarero que volvía llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una taza de café. Una sola.

– ¿Todo bien señorita? ¿Desea algo más?

-Quizás después- contestó la chica.  

El camarero sonrió, casi tímidamente, luego le trajo el azúcar.

– Ya está oscuro afuera, ¿verdad, señorita? Casi estamos en invierno…

-Ya…- murmuró ella, golpeteando la mesita con sus dedos. Luego lo miró con triste gratitud.

El hombre se quedó unos minutos, charlando de cosas insignificantes. La chica le contestaba. Luego, otro cliente lo llamó y él se fue. 

Ella acabó de beber su café, y siguió mirando la taza. 

Una niña gitana entró en el bar. En sus manos tenía un ramo de rosas rojas, las que nadie compra nunca. Se acercó a la señorita: 

-¿Quieres una flor?

-Sí, gracias… ¿Cuánto cuesta?»

– Para ti no cuesta nada. Te la regalo, porque eres linda.

Ella se levantó y abrazó a la niña, que retrocedió, un poco acobardada. Pero luego sonrió, cuando la vio abrir su billetera para darle una generosa propina.

-Siéntate conmigo un rato. ¿Cómo te llamas?- le estaba preguntando.

Pero nosotros nos fuimos y nos olvidamos de ella.

Fue aquella noche cuando decidimos casarnos.

Silvia Zanetto

En un lugar de Castilla y León

Automat de Eward Hopper, 1927

La Plaza Mayor de Salamanca está abarrotada de gente de todas las nacionalidades: hay muchos extranjeros que viajan a esta pequeña ciudad castellanoleonesa para aprender español ya que tiene fama de ser «puro» y muy «limpio». La Junta de Castilla y León hace un sinfín de promoción turística a la ciudad y sus escuelas de idiomas.

La cita en la Plaza Mayor suele ser debajo del reloj y se divisan a muchas personas esperando a los que llevan retraso. Hay chicos de todas las edades y el grupo que más destaca es el de unos italianos sobre los 18. El encuentro es a las 10 y algunos todavía no han llegado. Las tres profesoras se están poniendo nerviosas y deben decidir el castigo para los impuntuales.

Mientras las tres hablan tratando llegar a un acuerdo, los muchachos intercambian cuentos acerca de la noche anterior. Al parecer algunos la pasaron muy bien en una famosa discoteca de la ciudad: era la noche dedicada a los universitarios y ellos lograron colarse aparentando ser mayores de lo que son, falsificando su documento.

El sombrero de Carito

El viaje

Automat de Eward Hopper, 1927

Me gustaría darme un tiempo para reflexionar y decidir a qué rumbo quiero ir en un futuro próximo. Para ello decidí viajar a Lisboa para matricularme en el máster de gastronomía que se realizaría dentro de dos semanas.

De hecho, disfrutaría más participando en un programa de gestión de bienes culturales, pero mi familia mantiene un restaurante desde hace generaciones y debo continuar por ese camino.

El viaje en tren fue muy largo, un día entero, pero me dio la oportunidad de pensar y no me preocupé porque lo tenía todo reservado y estudiado a la perfección: habitaciones de cama y hoteles.

Llegué con antelación a la estación Central –debido a la ansiedad que siempre acompaña mis viajes– y el tren internacional no había llegado todavía.

Afortunadamente, la estación había sido renovada recientemente y encontré una pequeña cafetería justo enfrente del panel de salidas para consultar desde qué plataforma saldría el tren. Pedí un café, el último «verdadero» café y la camarera lo acompañó con una bandeja llena de pequeños trozos de chocolate, residuos de los huevos de las últimas fiestas.

Comencé a leer la guía de la ciudad estudiando los diferentes caminos para recorrer los barrios buscando un apartamento, cuando encontré la dirección de correo electrónico de un agente inmobiliario.

Decidí escribirle de inmediato, indicándole que estaba de viaje y lo que me gustaría encontrar: un barrio céntrico, una terraza, un edificio antiguo amueblado.

Llegué a Lisboa a primera hora de la mañana y en la misma estación de tren, me esperaba un hombrecito, sin arte ni parte, con un cartel con mi nombre en las manos. Le miré e identifiqué con él que se presentó, se llamaba Afonso y me acompañaría durante todo el día.

Nos dirigimos al hotel para dejar la maleta y nos pusimos en camino para recorrer los barrios y visitar varios apartamentos hasta cuando, pasado el mediodía, me encontré en el laberinto de calles de Alfama, el barrio antiguo de la ciudad.

En el segundo piso de un edificio de hace años, encontré la vivienda de mis sueños, equipada con muebles viejos, pero en buen estado. Intenté disimular mi felicidad y, como un jugador de póquer, evité las miradas directas y empecé hacer preguntas con el objetivo de negociar el mejor precio de renta posible.

Echando un último vistazo le dije que sí y al día siguiente me mudé al apartamento. 

Puedo reconstruir el escenario perfectamente. El reloj de la cocina que hace tictac, el tocador como el de mi abuela con todo encima, un cepillo, un peine, un joyero de paja tejido, un atrapasueños enganchado en un rincón. También veo un estante lleno de botellas de perfume, la mayoría vacías, alineadas como soldados preparados para la batalla.

Empecé los primeros días a orientarme en el barrio, localizando las tiendas, las paradas de tranvía, los servicios; al mismo tiempo intenté convertir la casa en un lugar más juvenil dejando un montón de objetos en una caja que puse en un armario de servicio.

Un día, esperando que pasara el tiempo para visitar un museo donde tenía una cita para una visita guiada, me detuve en la mesa de una cafetería. Me di cuenta de que era el momento de apuntarme al máster y empezar a cocinar como una profesional, pero algo me lo impedía, seguía perdiendo el tiempo paseando por la ciudad. Mientras reflexionaba sobre esto, vi a Darío, mi amigo de la escuela con el cual compartimos pensamientos y proyectos. Le llamé y estuvimos charlando como los viejos amigos que éramos toda la tarde; olvidé el compromiso con el guía y de repente me di cuenta de que había perdido el coraje de luchar por mis sueños. 

El viaje que comenzó como una excusa para escapar de amigos y familiares, se convirtió en la conciencia de que la vida es una metamorfosis continua, las personas, los lugares, los objetos que encontramos forman parte de un diseño mayor que desconocemos. Por ello debemos prestar atención a lo que nos dicta el instinto, actuar en el momento adecuado, sin resistirnos a los cambios.

Saludé a Darío, entré en una agencia de viajes y reservé el primer viaje de regreso a Milán, el máster en gestión de bienes culturales me estaba esperando.

Elettra Moscatelli.

Automat

Automat de Eward Hopper, 1927

C: – He terminado mi trabajo y he llegado a este “automat”, exactamente el mismo que ayer, anteayer y los últimos días. Me gusta este sitio, tranquilo y sin mucha luz. Siempre me siento en la misma mesa, con una taza de café. Un café que no bebo; ya sabes que no me gusta el café. Es algo que realmente a ti te gusta. De hecho, lo tomo como si estuvieras aquí, como si fuera algo que me ayuda a superar este momento, lo miro y es como si pudiera darme algunas respuestas sobre lo que pasó. Estoy segura de que te quedas fuera de este bar y me miras por la ventana. Carmen, me pregunto a mí misma, ¿por qué no puedes hacer frente a esta situación, después de tantos meses viviendo con Pablo?

 P: -Ya lo sé. Llevo días siguiéndote cuando sales del trabajo por la noche. Incluso esta noche has venido a este lugar desierto, a este “automat” donde no hay camareros. Sólo te has quitado el guante de la mano derecha, tus ojos miran fijamente una taza con un café que, como cada noche, no te tomarás. Nunca te das cuentas de mi presencia, porque todo está a oscuras en tu cabeza, estás atrapada, detenida en lo que pasó, por eso eliges este lugar, desierto, con un ventanal oscuro, sin reflejos. Sólo tus piernas parecen ser luminosas como para dar un poco de luz la sala. Tus piernas, que quisiera acariciar toda la vida. Yo sigo mirándote a la espera de que la intensidad de mis sentimientos levante tu mirada y pueda provocar una reacción con el fin de que tus ojos se encuentren con los míos. Deja el café, sal de este lugar y habla conmigo, aclaremos lo que ocurrió. Sé que parece que no hay salida, y que nada volverá a ser como antes. A veces la vida te sirve en bandeja algo amargo, como sin duda lo es este café, pero por favor escucha los latidos de tu corazón. Mi corazón late más rápido con sólo verte, estoy seguro de que a ti te pasa lo mismo, porque sabes que lo que pasó no era realidad, sino sólo un producto de tu imaginación.

Alguien podría preguntarse ¿Pues qué pasó?

Pero esto es un asunto nuestro.

Raffaella Bolletti

Automat

Automat de Eward Hopper, 1927

Cuando Cristina durante la visita a la exposición de Hopper vio el cuadro Automat decidió que si encontraba una copia en el bookshop la compraría porque quería enmarcarla y colgarla en su estudio para no olvidar un momento muy terrible de su vida. 

En el metro de Nueva York, una noche fría, se sentó sola en una cafetería a llorar desconsolada. Bebía un café malo que había hecho en horrenda maquina automática.  Había creído a Daniel, él le había convencido a que deje a sus padres a sus amigos, a que abandone su trabajo y todo, a que venga a América, aunque no hablaba bien inglés y no conocía a nadie. Se sentía vencida y estúpida, no encontraba trabajo, vivía un hotel miserable perdido en el Bronx, Daniel no la buscaba casi nunca, no la ayudaba, era sola como en este bar. Se dio cuenta que había tocado el fondo y podía salir solo si dejaba a Daniel, si dejaba a este hombre que la había seducido, la había engañada. 

Fue muy difícil. Le costó mucho, pero fue mejor así. Volvió a Italia y sus padre y sus amigos la aceptaron de nuevo. Conocí a Nicolas, se casó y nacieron Pablo y Marcos. Hoy tiene una vida feliz, nunca más le ocurrió de llorar desesperada en una cafetería, pero no podía y no quería olvidar el pasado y por eso, compró y colgó este cuadro en la pared delante de su escritorio.

Gloria Rolfo

¿Qué queda?

Cronica Sentimental

Nighthawks, 1942

Ay, amor que se fue y no vino

F. G. Lorca

El aire corría lento por las orillas del cielo. Al fondo de la vallonada del Sierpes la alameda desaparecía entre las brumas del río.

— De los álamos vengo, madre, de ver cómo los menea el viento. ¿Te acuerdas de este  viejo villancico que tantas veces entonamos en nuestros viajes?

— Y después de una de aquellas voladuras fue cuando me dijiste: enséñame a pecar.

El rabioso rey de la sangre buscaba alimentarse de mis deseos y aquellos días los vivimos con saña, esperando alumbrar nuevas experiencias que a la postre nunca llegaron. Nos separamos sin rencor ni violencia, pero era evidente que el temor a ser felices nos atenazaba.

— Quisiera tener un hijo contigo. 

Creo que fue la última fase completa que pude dirigirle. Una furia verde invadió su rostro y sin mediar palabra se alejó para siempre.

Mi casa estaba llena de sus cosas, esas tontunas y deliciosas cosas de mujer que yo adoraba y que ella jamás vino a recoger. Enmarqué un sujetador antiguo hecho como de perlas de tela que yo había acariciado tantas veces cuando ella estaba dentro. Quedó como un cuadro disparatado, abstracto y cotidiano por el que los amigos me felicitaban, al mismo tiempo que en sus mentes resonaba el auténtico sentido de su criterio que era fácil de leer: ¡Pobre chico!, decían al unísono sus risas y comentarios, no siempre respetuosos con los objetos abandonados ni con la dignidad de mis sentimientos o los de ella, suponiendo que ella guardara algún sentimiento hacia mí.

Al cuarto día apareció bajo la puerta un sobre con un mensaje dentro. El vendaval de los traslados hizo desaparecer el sobre y el piadoso olvido borró de mi mente el mensaje.

Ahora, por esos milagros del destino, la administración pública me ha ofrecido un ciclo de conferencias sobre uno de esos temas que algún ingenuo ha pensado que soy algo así como un experto. El ciclo tiene lugar en el departamento de la facultad donde ella está a punto de jubilarse.

— Cuando vi tu nombre en la lista de profesores invitados estuve a punto de vetarte. Luego pensé que sería gracioso volver a verte.

Fue el delicado recibimiento que me dedicó más de treinta años después de que yo le propusiera ser madre, justo momentos antes de iniciar mi primera charla. La turbación causada por su repentina presencia me permitió dar la más brillante conferencia de mi vida.

— Has estado soberbio, me dijo. Me permitirás que te invite a dar un paseo por el Sierpes, ¿no?

¡Ah!, el bello y presuroso Sierpes, devoto servidor de cauces mayores y testigo de nuestros primeros pasos como amantes por las alamedas de sus orillas, a donde ahora, tantos años después me traía, como para evocar algo, o como para liquidarlo definitivamente sin un ápice de nostalgia.

— Aquí te me declaraste. ¿Lo recuerdas?

Era mentira. Yo me había declarado nada más verla por primera vez en el autobús que nos conducía a la universidad. Me había declarado con la mirada, con los gestos, con las atenciones. ¿Pero para qué refutar una idea asentada en el tiempo y establecida como la única realidad posible? Cierto que tuvieron que pasar muchos meses para que yo me atreviera a verbalizar mis sentimientos. De nuevo junto al Sierpes parecía lícito aceptar todas las versiones posibles del pasado.

La cena, en medio de la condescendencia que otorga la edad, fue frugal, como siempre le había gustado a ella. Solo unas copas de buen vino iluminaron la modestia de nuestra velada en un antiguo restaurante venido a menos, sin apenas comensales.

Sus ojos habían olvidado ya su mirar fiero pero conservaban aquel color de arena tostada por el que yo me había perdido. Su boca mantenía ese aire de lujuria desbocada que tanto placer me procuró. ¿Qué quedaba hoy de aquella pasión de arcilla desdentada que embarraba nuestras almas con fuerza desmedida? ¿Qué queda de aquel viento entre bosques de encinas que lanzaba su cabellera robusta contra mi rostro aún poseído por la infancia y los ensueños? ¿Qué de la poesía o las canciones populares que abrazaban nuestras voces al unísono o del vago sueño de una revolución que sin saberlo ya estábamos viviendo?

Tras un crepúsculo delicado la noche se volvió, de urgencia, huraña, violenta, hostil. Silencio total en la cabina de mando. ¿Ya nos lo habíamos dicho todo o al menos un resumen?

Frente a la hostilidad de la autovía, la paz del túnel bajo la sierra. Enseguida el fósforo de las señales sobre el asfalto, gasolineras iluminadas como naves espaciales en los márgenes del recorrido, diminutas luces diluidas en la distancia del territorio y de la lluvia, el nerviosismo furioso del limpia sobre el cristal. Volvíamos a la gran metrópoli donde siempre vivió y en la que, a su modo y manera, había triunfado.

— No te he preguntado si estás casada.

De repente el silencio se hizo plomo derretido. Invadió las gargantas, los gestos, el cubículo en el que rodábamos, la lluvia, las luces, la noche entera con su furiosa tormenta. ¿Cómo y por qué aquella torpeza de querer poner perfiles a una vida que no me correspondía? La vi disminuir bruscamente la velocidad, gesticular con sus brazos, llevarse la mano a los ojos para detener una brusca lágrima y realizar un intento de articular alguna palabra.

No sé cómo el tiempo me devolvió al sobre bajo la puerta y a la sentencia olvidada que contenía. No podía concretar las palabras escritas con las que me había despedido, hasta que ella, haciendo un esfuerzo en el que parecía romperse, con una voz casi inaudible las recitó.

— Hace tanto amor que el tiempo murió ya.

Arturo Lorenzo.
Mafrid, marzo de 2024

Arturo Lorenzo

¿Qué queda?

Cansada, cansada, cansada…

De mis arrepentimientos.

De mis imperfecciones que ya no puedo aceptar.

De sentirme inadecuada.

De que mi cuerpo ya no está en sintonía con mi mente.

De los cambios que no tengo tiempo de hacer.

Del dolor.

Del miedo.

De los espejos que reflejan otra persona.

De ver a mis hijos luchar contra las adversidades.

De no poder salvar a mis nietos de las decepciones.

De mis intentos inútiles de ser positiva.

De saber que de todos nosotros quedará solo un puñado de polvo y unos recuerdos distorsionados.

Una semana después 

Que bien, qué bien, qué bien

Hoy es un maravilloso día de sol.

La semana pasada siempre estuvo lloviendo.

Hoy por la mañana veré a mi hija que vive al lado del mar.

Por la tarde iré  al parque con mis nietos y los dos perros,  mientras ellos juegan yo descansaré  leyendo un libro y mirando la plantas que están  echando hojas y flores.

Por la tarde iré a visitar a una vecina mía de 98 años que necesita compañía, ella siempre me cuenta de su vida y de la guerra, sus cuentos me gustan mucho.

Por la noche una pareja de amigos vendrá a cenar y luego jugaremos a las cartas.

La vida puede ser muy simple y placentera, así que no me importa nada de lo que quedará de todos nosotros. Hoy no quiero desperdiciar un maravilloso día de sol.

Leda Negri

¿Qué queda?

Barbara se despertó y por primera vez, desde que Mario se fue, no se sentía triste y sin ganas de hacer nada, así que se levantó, se duchó y se desayunó. Antes de empezar a escribir la tesis decidió hacer un balance de su vida para cerrar el capítulo Mario y abrir uno nuevo. Empezó a pensar que le había quedado como primera cosa la capacidad de amar con toda el alma, aunque pudiera ser herida, la seguridad de que si esta vez había ido mal la próxima vez iría mejor, la voluntad y la fuerza di terminar sus estudios y encontrar el trabajo que siempre quiso hacer: médico especialista en enfermedades tropicales. Y después, dándose vuelta, vio a Rufus el gato de Mario, que se había quedado con ella y la miraba diciéndole: “por fin volviste a sonreír, él no merece tu llanto, yo no te dejaré nunca”. En ese momento un rayo de sol iluminó la carta a la que no había querido contestar, era una del Instituto de Salud de Milán, uno de los más importantes de Europa; le ofrecían, después de graduarse, una beca de seis meses. No había contestado porque quería ir con Mario, pero ahora se dio cuenta de que era una magnífica oportunidad y decidió ir sola porque le había quedado también el coraje de empezar de nuevo.

Gloria Rolfo

¿Qué queda?

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

Querida Ana,

¡Que alegría tu carta con las dos fotos!

¿Dónde las encontraste después cincuenta años?

¡Que lindas éramos!

Tú, con tus rizos color melón maduro que salían de la bandera de Chile que ondeaba detrás de tu espalda. Yo, con la camiseta con la cara del Che y una minifalda «mínima», cantando «El pueblo unido…»

¡Cuántas canciones, cuántas pasión!

No eran ilusiones. Eran certezas. Certezas en un mundo mejor, sin guerras, un mundo de paz. Eran guerras lejanas, pero nos pertenecían.

¿Y ahora?

¿Ahora en que las guerras las tenemos detrás de la esquina quién habla en serio de paz?

Excepto el anciano Francesco de Roma, nadie entre los poderosos de la tierra se está comprometiendo en serio.

Querida, tú me preguntas ¿qué queda?

Pregunta difícil. Recuerdos, a veces nostalgia, pequeños arrepentimientos.

¡Algo queda, menos la juventud!

Adiós Ana, te espero como siempre en Milán en el cortejo del 25 de abril.

Un beso. 

Iris Menegoz

Un extraño paréntesis

Cuando Claudia se atrevió a levantar la vista, el lago parecía haber desaparecido, tragado por la niebla negra que había invadido la tarde: una niebla densa, símil al vacío que se extendía en su corazón. Incluso el rostro del chico aferrado a la barandilla junto a ella, Agustín, parecía haberse fundido en ese gris.

Pero sus palabras, esas dos palabras suyas resonaron en la oscuridad, y el toque de su mano, que había tocado su hombro, ardió en la carne de Claudia como una quemadura.

La chica se había sacudido enojada por aquel gesto delicado, dándole la espalda, y permaneció inmóvil, encerrando entre sus delgados brazos la violencia de aquel secreto que latía en su pecho.

Ciertamente estas no eran vacaciones para Claudia y su padre: más bien una fuga, una convalecencia, un extraño paréntesis abierto como por error. Fue el médico el que les había recomendado irse al lago: “será el clima ideal”, había dicho, para una persona en el estado de su padre. “También será bueno para la niña”, había añadido. «Será también una oportunidad para que ustedes dos pasen algún tiempo juntos…»

A su llegada, el lago los había envuelto en el abrazo húmedo de una llovizna helada. Aunque durante la semana había habido algunos días soleados, a Claudia le pareció que el paisaje lacustre sólo podía expresarse en esos dos tonos de gris: pálido, con una transparencia nacarada durante el día; oscuro y denso, que borraba los contornos de las cosas, al anochecer.

Como ahora, cuando estaba allí clavada en la balaustrada, negándose obstinadamente a darle una sola mirada al incauto chico que le había dicho «te amo». Y esas ganas tan grandes de salir corriendo y contarlo, de volcar en un abrazo amistoso ese torbellino de consternación y vergüenza que le daba vueltas en la cabeza… pero ¿podría hablarle de estas cosas a su papá?

Tampoco había hablado nunca de eso con su madre, ni siquiera antes de que se ella enfermara. La verdad es que Claudia nunca había pensado todavía en los chicos, en el amor… Eran conversaciones para quienes parecían mayores y se susurraban secretos en voz baja.

Luego, cuando el hospital le quitó a su madre, Claudia rezó por ella todas las noches, pidiéndole inútilmente a Dios que mamá se recuperara.

“¿Claudia?” -aventuró Agustín. «¿Te has ofendido?»

Y ahora, ¿qué quería de ella aquel a quien apenas conocía desde hacía unos días? ¿Por qué la estaba atormentando?

“¿Claudia?” murmuró.

«¡Déjame en paz! ¿Quieres entender que me molestas?” gritó, rompiendo a llorar.

Agustín recogió sus sentimientos y se los guardó en lo más profundo de sus bolsillos.

“¡Es obvio que tu madre no te enseñó la educación!”  respondió él.

Y, sin mirar atrás, se fue.

Silvia Zanetto

¿Qué queda?

Una tristeza feroz me afecta, con sus emociones, sus recuerdos, los buenos sumándose a los malos, y todos formando parte de un equipaje que siempre llevo conmigo. Y ahora de nuestra vida en común ¿qué queda? El duelo por tu pérdida. ¿Qué queda? quizás las ganas de los viajes que planeamos juntos. Ojalá fuera así. Pero no, ahora no tengo ganas de viajar, puesto que mi equipaje es demasiado pesado.

Entonces ¿Qué queda?

Queda 

este mar que parece alejarse y que siempre vuelve a una orilla cualquiera,

este mar intranquilo, cambiando de color a menudo, copiando del cielo,

Queda

este mar ruidoso, rompiéndose contra las rocas,

este mar que esconde entre sus olas un ojo rojo: el sol al levantarse,

este mar que sigue rugiendo en el silencio oscuro de una noche sin estrellas,

Queda

este mar que ola tras ola me trae su voz y parece devolverme también la tuya,

este mar que aún estará allí una mañana detrás de otras miles,

Queda

este mar que me hace daño, y que me arrastra y me suelta los pies,

ese mar encantador como una sirena de Ulises, que se aprovecha de mi debilidad,

Queda

este mar que me traerá gotas de agua como lágrimas,

Queda

este mar…. frente al que estoy sola.

Raffaella Bolletti

Toda historia tiene su mancha de café 

La vida de Nicasio está llena de pequeñas líneas que se entrelazan con otras; juntas dan lugar a una maraña de cruce de caminos. Él escribe sus líneas conectadas con parientes, amigos y paseantes.

Los caminos se entrelazan y las palabras se mezclan con el contacto de su mirada. Nicasio, como un libro, puede quedarse en la playa, en la memoria de un caminante, situarse en el peral del jardín, en un lago de lágrimas y en un sueño de risas.

Aprendió que un libro se pone amarillo, las páginas se quiebran, se borran las letras y puede que su vida se descatalogue como cualquier texto.

Saborea las palabras, huele colores, escucha nubes, llega más allá del arco iris. 

Sabe que está dentro del mejor argumento.

Conoce y siente su dosis de sabiduría y compasión. Coloca su sonrisa, su mirada en el momento; todo instante tiene su recuerdo y, cada gota tiene su sombra. 

 El amor y la muerte es lo que cambian su vida y esto es posible en cada página. Dichosa vida. Siente.

Nicasio intuye que la sílaba tiene su acompañante, la palabra su significado y el café su mancha. Esto es lo que queda. Su última frase fue gracias por haberte cruzado conmigo. 

Es un regocijo estar en un buen libro.

Blanca Quesada

¿Qué queda?

En la niebla inevitable de mis ojos oscuros y cansados, los de un hombre que comienza sus últimas décadas, te observo. La piel satinada de tu cara no oculta las pequeñas arrugas que me acusas de haber cavado, envuelve el azul incandescente de tus ojos claros. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

– Y yo, ya no te amo, gritan en un relámpago que brilla como una bofetada definitiva.

Te miro más intensamente, eres la mujer que, a primera vista, entrando en el bar de mis noches locas y desesperadas, amé porque supiste escucharme. Tenías el pelo largo como hoy que, para desafiarme, los dejaste crecer. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

– Puedo peinarlos como quiera, -decreta ella, haciéndolos revolotear como una jovencita obstinada.

Con tu pelo garçon, corto como el minivestido naranja que desvelaba el huso de tus largas piernas, me costaba esperar la intimidad de nuestro pañal. A veces soñaba, te imaginaba cabalgando sobre mis deseos exacerbados por tu belleza y cuando me despertaba, descubría que no era un sueño. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

– No me mires así, no es de tu edad, susurra bajando los párpados como si estuviera asustada.

Algunas veces la noche es fresca, las curvas insidiosas de mi esposa se acercan a mi cuerpo dormido para encontrar calor y consuelo, si me despierto, os dejo imaginar las ideas que no dejan de asaltarme. Pero también recuerdo con ternura una pequeña lágrima naciente en la esquina de sus grandes ojos azules cuando me besó en nuestro aniversario. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

Jean Claude Fonder

La rabia

Havid bajó la mirada y comprobó, una vez más, que aquella sangre seca que manchaba sus manos no era la suya. Con seguridad lo sería de alguno de los desgraciados a los que había intentado ayudar, o incluso sangre de los miembros de su familia, cuyos cuerpos, ahora inánimes, descansaban sepultados bajo aquel montón de escombros que él mismo estaba pisando. Se llevó las manos a la cabeza meciendo su prematuramente encanecido cabello y de su garganta se escapó un alarido. A lo lejos, aún se escuchaban esporádicas explosiones que indicaban que el peligro aún no había pasado y con un gesto mezcla de rabia e impotencia, se agachó para recoger un cascote que lanzó en dirección a los estampidos. Gemía como un niño asustado, pero de sus enrojecidos ojos, ya secos al llanto, no se escapó una sola lágrima. Hacía tan sólo unos días que había estado soñando con la próxima cosecha de trigo, feliz de haber terminado a tiempo el aljibe. 

Esta vez –recordaba haberle comentado a su padre- a poco que caigan unas gotas, no nos faltará el agua. 

Pero acaeció aquel luctuoso suceso en el que mataron a tanta gente y que había provocado que él mismo pasase a convertirse, días después, en víctima de una terrible venganza. Ahora era su padre junto al resto de la familia los que estaban muertos, y la casa, al igual que el aljibe que tanto le había costado construir, habían pasado a ser poco más que ruinas.

A su modo de ver había llegado el Día del Juicio. Clamó a dios pidiendo justicia, pero dios se había vuelto sordo. Era sabido que ya era sordo desde mucho tiempo atrás, aunque, por si acaso, algunos le siguieran rezando como si en realidad escuchase: rezaban los más, sobre todo por seguir las tradiciones y no perder la costumbre; los menos, porque eran unos ilusos. 

A Havid, magullado de cuerpo y espíritu, se le abrieron en ese momento los ojos a la maldad humana para constatar con horror que, para algunos, la existencia de gente como él hacía mucho que había dejado de pesar en una balanza y que, a pese a la certeza de no tener para nadie mayor valor que el de un guijarro, estaba condenado al cruel destino de seguir viviendo no como persona, sino como un objeto de trueque; igual que una cosa sin alma.

Alzó la mirada clavando sus oscuras pupilas en la nada infinita. Ante él, más allá de aquellas ruinas sólo atino a ver un futuro sin esperanza. Desposeído hasta de las migas de felicidad por las que tanto se había esforzado, e incluso dudando de la misma propiedad de sus pobres andrajos, como único motivo para continuar en pie ya tan sólo le quedaba la rabia. Esa, que en adelante, habría de ser su posesión más valiosa, y un día, lo único que tendría para dejar como herencia.

Sergio Ruiz Afonso

¿Qué queda?

Desde muy pequeño se distinguió por su sensibilidad y su carácter, algo flemático pero enérgico, su inteligencia excepcional y su empatía con el mundo. Para él, éste es el mejor de los mundos posibles. 

Su vida se llenó de experiencias. Vivió amores, aventuras, tuvo expectativas, desilusiones, viajes, éxitos, ayudó a mucha gente. 

Al atardecer, en esos momentos mágicos, en que las luces cálidas van cambiando poco a poco, hablábamos en voz baja para no romper el encanto. Nos preguntábamos «¿Qué será de nosotros dentro de 20 años?» «A lo mejor estaremos girando en el sin fin, en el sin fondo, pero de nosotros quedará el recuerdo en quienes nos amaron».

Maria Victoria Santoyo Abril

AGUA

Aguas

La canica azul

El manantial recién nacido surge entre las rocas y se despliega juguetón y sinuoso como un renacuajo, con la alegría de un niño, crece y recorre el bosque formando abrevaderos refrescantes.

Hay zonas de la Tierra donde las lluvias desaparecen bajo la capa terrestre y forman corrientes subterráneas que crean esculturas cársticas y salen a espiar el mundo como ojos con párpados de piedra, son los cenotes, profundos y misteriosos. Traen consigo el eco del fondo de la tierra.

Cuando los torrentes altos encuentran un despeñadero, se lanzan revoloteando impetuosos entre gazas y tules blanquecinos, con majestuoso revuelo. Corren a encontrar otras cascadas, se engrosan y alimentan lagos y ríos, hasta llegar al mar, la madre de las aguas.

Los manglares tropicales son el hábitat de numerosas especies y proporcionan una protección natural contra fuertes vientos y huracanes. Son aguas de marismas y estuarios, con fondos de suaves limos y arenas, donde se encuentran las aguas dulces con el mar. Pululan de aves migratorias, moluscos y son la guardería de cientos de peces jóvenes, temerosos de afrontar el gran mar.

Desde la nave espacial Apolo 17 se tomó la foto denominada “la canica azul”, donde se ve el casquete del Polo Sur.  Los océanos esconden la oscura zona abisal, que es como un planeta desconocido, donde comenzó la vida. Será por eso que los poetas dicen LA MAR…

Maria Victoria Santoyo Abril

Agua una historia con final feliz

El pobre perro flaco atado a una cadena bajo el sol abrasador, frente a una casa antigua rodeada por una valla, tenía tanta sed que le costaba respirar, llevaba mucho tiempo esperando que alguien le trajera agua y comida, pero nadie había aparecido.

Se habían olvidado de él, tenía la nariz caliente y un gran dolor en la garganta, había perdido toda esperanza y estaba resignado a morir. Nadie lo quería, el siempre recibía con agrado a quienes le llevaban la comida y el agua, pero nunca una caricia ni una salida a caminar, tiraban sus cosas en un recipiente sucio y se marchaban inmediatamente.

La casa cercana estaba deshabitada y por esa calle pasaba muy poca gente, de todas formas, no habría tenido fuerzas para ladrar.

Cerró los ojos, ni siquiera escuchó venir un auto que se detuvo a unos pasos de su casa, se bajó una mujer con dos niños, se miraron desconcertados a su rededor, evidentemente se habían equivocado de camino. Los dos niños se acercaron a la valla y lo vieron, llamaron a su madre impresionados por su apariencia, ella entendió que non había un momento que esperar para salvarlo.

La vieja valla cedió bajo sus golpes, entraron y por suerte lograron liberarlo de la cadena, lo llevaron a la sombra, pero ya no se movía, intentaron enfriarlo usando el agua que tenían en el auto, poco a poco se fue moviendo, lograron que bebiera unos sorbos de agua, luego lo subieron al auto para llevarlo a su casa, donde comenzó a comer pequeñas cantidades de comida.

Decidieron quedárselo si denunciar al propietario por miedo a tener que devolverlo a esa horrible vida.

Su salud mejoraba cada día, los niños estaban muy contentos, lo colmaban de caricias y mimos, él era mi dócil y cariñoso y sobre todo feliz.

Cuando se recuperó por completo decidieron llevarlo al río, apenas llegaron se arrojó al agua clara y fresca, no podía creer que hubiera tanta, recordando la sed que había sufrido, pensó que si el paraíso existía tenía que ser así.

Leda Negri

AGUA 

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

¡Mira mi amor, mira! ¡Está lloviendo! – dije empujando su silla de ruedas hacia la ventana.

¡Por fin llueve, agua bendita después de tantos meses de sequía! Los árboles estiran sus ramas después de este largo sueño.

¿Te acuerdas mi amor, como nos gustaba escuchar la lluvia por la noche cuando estábamos en la cama?

¿Te acuerdas mi amor cuando yo, simulando miedo a los relámpagos y truenos, me apretaba contra ti y tú me abrazabas y acunándome me besabas como si fuera una niña asustada?

¿Te acuerdas mi amor, que siempre acabábamos haciendo el amor?

Miro tu cara pálida, tu sonrisa de niño cuando duerme y sueña, tus ojos que eran azules como el cielo del día de Pascua de mi niñez y que ahora me miran desde lejos, sin brillo envueltos en una tiniebla gris.

Tu mano seca y temblorosa me acaricia los ojos.

¡Agua! – dices mirándote los dedos mojados.

¡Si mi amor, ahora te traigo un vaso de zumo de naranja!

Me voy hacia la cocina. El nudo en la garganta por fin se disuelve en un llanto apacible y liberador.

Iris Menegoz