Blog

El beso bajo la lluvia

Nunca me gustó la lluvia. Hui de mi país porque llueve todo el tiempo. Una lluvia ventosa, que dura todo el día, ¿qué digo todo el día? A veces se pasa más de un mes sin ver un rincón de cielo azul. Y no es una lluvia franca, una buena Drache como decimos nosotros. Una tormenta, por ejemplo, como en la pastoral, las grandes nubes negras que acuden en un hermoso cielo azul poblado de nubes blancas, algunos truenos a lo lejos y, de repente, el infierno casi nocturno estriado por relámpagos azulados que desencadenan redobles de timbales coronados por las detonaciones del bombo y finalmente la lluvia densa, la que realmente moja, cuando se dice que llueve a cántaros. Luego el cielo se libera rápidamente mientras que el trueno se calma y se aleja pacíficamente.

No, es una pequeña lluvia interminable, un escupitajo intercalado con una lluvia más fuerte, que te deprime con su cielo gris, sus pequeñas ráfagas de viento que te voltean el paraguas, una humedad permanente que te penetra lentamente hasta el tuétano. 

Sin embargo, a veces se puede disfrutar observando el mundo exterior, bien abrigado y protegido por las ventanas empañadas y cubiertas de gotas. Un mundo que parece un poco irreal, donde las luces de neón se reflejan indecentemente en los charcos que manchan las aceras, donde los paraguas de colores se esfuerzan por abrirse paso entre la multitud de una calle comercial. Y luego están los bares, o más bien las tabernas y los cafés para refugiarse y disfrutar de una buena cerveza entre los paraguas y las gabardinas chorreantes.

Un día, hace mucho tiempo, estaba sentado con una amiga en la ventana de un café, afuera llovía, estábamos enamorados, teníamos ganas de besarnos. Sin duda, el recuerdo de Singing in the rain estaba presente en nuestra mente. Pagué, salimos, llovía siempre, abrí un gran paraguas, escapamos. En el primer porche que encontramos, siempre al abrigo del paraguas, ella se acurrucó contra mí, me miró un instante, sus labios pulposos y ligeramente entreabiertos, sus ojos con el color de la lluvia, me incliné hacia ella, el paraguas se apartó y la besé bajo la lluvia. 

Jean Claude Fonder

Lluvia

La lluvia corre por las calles, por las aceras, sobre los bancos se escurren las gotas, los charcos se agitan sobre las piedras, como las hojas de las palmeras lo hacen con el viento. El mundo se mueve con estruendo. Llueve mañana, tarde, noche y al  día siguiente de nuevo hay que empezar pero al menos hoy, llueve, después todo sigue igual de gris, de triste y una lágrima se confunde con el agua que cae en este charco de dos centímetros y medio, lleno de barro, delante de la escalera donde está sentada Eva, en el primer escalón. Hoy  le parecieron altos, como nunca antes, cuando salía de su trabajo a las nueve de la mañana.  En el jardín verde delante, más oscuro que nunca, Eva piensa que sale de un infierno para recorrer el camino que lleva a otro más aterrador: su casa como cada mañana está fría, vacía pero llena de “tienes que”,  obligaciones que ella no recuerda haber elegido. Desea quedarse allí, escuchando el viento, sintiendo la lluvia y mirando al charco que hay entre sus pies  y preguntándose ¿cuánto ocupara su cuerpo en el universo? ¿cuánto ocupara el alma de cualquier muerto?

Como las tres almas que ya se habían perdido para siempre en aquel geriátrico del que quería huir pero sin saber hacía donde. Allí está pegada, mirando hacía el suelo lleno de tierra y agua, de fango, como su vida. Allí también crecen las plantas.

Blanca Quesada

Bajo sol y bajo lluvia

Para Elisa,
in memoriam

Llovía a cántaros. Hacía frío. Sobre todo en el alma. Sin embargo había mucha gente a tu entierro. Me hubiera gustado participar, pero yo no estaba allí en aquel tiempo. Vivía lejos. Lo que sé me lo contaron. Con pelos y señales. Bueno, la verdad es que para mi, no hizo falta. Lo podía imaginar sin esfuerzo. El dolor de tus padres y de todos los que te quisieron en vida. Entre ellos también el mío. 

Dicen que no existe nada peor que la muerte. En lo personal creo que el silencio es mucho más aterrador y ruidoso. Para acabar de una vez con ese silencio que siempre acompañó tu desaparición, quiero dedicarte esas líneas. Quisiera contarte  lo que fue después. Como si tú pudieras oírme, allá donde estés. 

Porque el día que te fuiste para siempre tú no lo sabías.

Llevabas solo unos vaqueros, una camiseta de colores y tus zapatillas de deporte preferidas. Y la sonrisa con la que acogías a todos y con la que esperabas vivir tu futuro que alguien te robó. Esa también te llevaste para siempre. 

Aquel domingo de septiembre hacía calor. Todavía lo recuerdo. Parecía que el verano no quisiera ceder el paso al otoño, con sus lluvias y sus cielos grises. Saliste de casa despidiéndote de tu madre. Ninguna de las dos hubiera podido imaginar. Nadie hubiera podido predecir la tormenta que vino luego. 

No es fácil encontrar las palabras, porque casi siempre cuando las buscas ellas rehuyen, no están hechas para ser atrapadas en una hoja de papel. Solo quiero que sepas que te buscamos por todas partes, bajo sol y bajo lluvia… y nunca tuvimos la suerte de dar contigo. 

Eso ocurrió muchos años después, cuando la ciudad ya te había olvidado.

Manila Claps………..

Un buen matrimonio

Tras vagar por antiguos senderos, en el mismo bosque en el que paseaba con su abuelo, acompañada por un viento fuerte, frio, bajando de un cielo plomizo, Mariana descansa sentada al pie de un haya. Descansa y piensa en los años, cuando, de niña, solía pasar las vacaciones de verano en la casa de campo y sabía que el último día de agosto, que era también el último día de vacaciones, tendría que saludar sus amigos y regresar a la ciudad. Hoy es una mañana de principios de septiembre. El sol parece no estar dispuesto a levantarse. Sí, es una mañana de un día nublado y frío. Por fin la lluvia empieza a caer. A Mariana le parece oír unas voces llegando desde lejos; quizás sean la lluvia y el viento mezclando sus lenguajes misteriosos e intangibles o quizás sean las gotas al caer sobre las hojas, penetrando dentro de sus pensamientos, metiéndose en su cabeza, o tal vez es su alma, la que creyó haber dejado atrás con su dolor, que ahora la alcanza, a través de estas gotas. El ruido de la lluvia no cubre el eco de unos pasos aproximándose. Mariana se asusta. Se esconde entre ramas enredadas y hojas mojadas precipitando en un vértigo sin fin. Un hombre mojado, delgado, alto va acercándose. ¿Quién eres tú? O ¿Qué eres? Se pregunta Mariana. El hombre, camina entre la lluvia y los relámpagos. Le sonríe y Mariana lo reconoce. La misma capa negra en invierno y en verano. Es él. Es Quique, uno de sus viejos compañeros de juego. Se acuerda que era parco en palabras, mejor dicho ninguna. Pero ahora sus ojos…como los de ningún otro. Parecían ecos de lluvia, una luz clara en un rostro blanquísimo, pálido, austero. Este hombre, Quique, la lleva a un sendero que une el bosque a una pradera, a una granja. Esta noche, bajo esta lluvia helada, en esta granja con la puerta que Quique ha abierto para ella, Mariana quiere dejar el pasado atrás. Quiere amar y ser amada. Y tal vez mañana volver los dos a ser niños, jugar saltando en los charcos de agua, besándose bajo la lluvia. 

Raffaella Bolletti

Lluvia

No sé… a lo mejor me he abrigado demasiado. Es lo que pasa en estos cambios de estación: una siempre se equivoca. Podría quitarme la bufanda, eso sí. No es de lana, es de seda, pero aun así me asfixia.

Llueve. Llueve a cántaros.

Los limpiaparabrisas se agitan en una danza monótona, chirrían adelante y atrás, adelante y atrás.

No veo casi nada.

Sigo teniendo calor, así que intento desabrocharme la chaqueta con la mano izquierda, mientras con la derecha me aferro al volante.

De repente, el vehículo de adelante da un frenazo, lo mismo hago yo. 

Hay un atasco, llueve y no se ve casi nada. Voy a llegar tarde.

No he tenido un accidente, por suerte, pero ahora me viene un sofoco, el sudor me empapa el pelo y el cuello. Me he abrigado demasiado.

Hay un atasco. Estamos todos parados en la autovía bajo la lluvia y yo no consigo quitarme la chaqueta.

Y voy a llegar tarde.

No se ve casi nada. Llueve a cántaros.

Silvia Zanetto

Lluvia

Valentina, mientras miraba la lluvia, pensaba que el verano de 2014 era horrible, llovía siempre y hacía frio, se aburría muchísimo, sus amigas había ido a Inglaterra porque habían suspendido inglés y en septiembre tenían que hacer el examen. Ella había tenido 9 en todas las asignaturas y había preferido quedarse en Italia. Decidió salir y tomó el paraguas pero poco después diluviaba y se refugió en un zaguán donde sintió un lamento. Miró alrededor y vio a un perrito en un rincón, estaba herido. Se acercó y con paciencia, porque el animal estaba aterrorizado, consiguió tomarlo en brazos.

Llamó un taxi y fue a la perrera municipal donde sabía que había un veterinario siempre. Cuando llegaron, el veterinario visitó enseguida el perrito y le dijo: este perro tuvo suerte que usted lo encontrara porque las heridas son graves, le han pegado con mucha fuerza, y si hubiera seguido sangrando probablemente hubiera muerto desangrado. Ahora le cosemos las heridas y dentro de dos días podrá ser adoptado. Valentina en ese momento decidió que lo adoptaría ella y lo llamaría Rubio, por el color del pelo. Se lo dijo al veterinario que alegó que pero Valentina era menor y que tenía que venir con uno de sus padres porque para adoptar un perro, había que ser mayor para firmar el contrato de adopción. Valentina preguntó si tenían necesidad de voluntarios para cuidar los animales, el veterinario dijo que si y que cuando viniera a tomar el perro lo dijera en segreteria. Su madre tenía que firmar la autorización. Valentina se lo dijo esa noche a sus padres que le pusieron una condición: que ella se ocupara de Rubio. Dos días después fue a recoger a Rubio y empezó a trabajar por la tarde en la perrera. El mes de julio pasó volando, en agosto fue al mar como siempre y gracias a Rubio conoció gente nueva que, como ella, tenía un perro y se divirtió a pesar de que en Recco llovía como en Milán. En septiembre mejoró el tiempo, días hermosos con sol y temperatura agradable, parecía julio, volvieron sus amigas y después de hacer los exámenes se vieron y fueron juntas al lago y a pasear por los parques de Milán siempre con Rubio que gusto también a sus amigas.

La noche antes de empezar la escuela se dio cuenta de que ese verano que había sido horrible al inicio después fue uno de los más hermosos de su vida. Había encontrado a su nuevo amigo Rubio y había conocido la satisfacción de ayudar a los demás, y se acordó de una poesía que decía que entre una lluvia y otra hay siempre un arco iris.

Gloria Rolfo

Lluvia

 

Era una locura aquellos tiempos de verano, porque parecía ser el día más soleado cuando de pronto todo estaba nublado; entonces nos preparábamos para ir a ver el gran espectáculo, ya que sucedía una o dos veces por año. 

Tomados de la mano, mi madre llevaba a mis hermanas y mi abuelo a mí, porque la torrencial lluvia que caía provocaba desbordes naturales; vivíamos en las laderas de una gran montaña que, cuando llovía, traía consigo piedras y agua por canales que con el tiempo la propia lluvia había diseñado. Cuando todo se calmaba, nos bañábamos en los grandes pozos que se formaban.

Luis Alberto Prado

El crucero de Tito

(39° dìa)
— ¿Mamá?…¿Mamá?…¿Mamá? ¡Está lloviendo todavía!
— ¡Sì, cariño, lo sé!
— ¡Mamá, no aguanto más esta lluvia! Agua arriba, agua abajo. ¡Son miles de días que llueve!
— ¡No mi amor, son 39 días! Tienes que ser paciente. Muy pronto todo esto terminará. ¿Por qué no te vas a jugar con los monos?
— ¡No, con los monos no quiero jugar nunca más! Siempre me toman el pelo por mi nariz.
— ¡Es sólo para bromear! ¡Tú eres el elefantito más lindo de todo el barco!
— ¿Mama?
— Dime Tito
— ¡Me aburro, me aburro, me aburro!!!
— Tito tranquilízate, esta noche vamos a ir al concierto de los pájaros. Como siempre será muy divertido.
— ¡Nooo! Por favor mamá, otro concierto no. ¡Me sé de memoria todas las canciones!
— ¡Ya basta Tito! No seas caprichoso. Ven aquí e intenta quedarte dormido. Te comprendo, mi amor. Tú naciste en este lugar el día en que nos embarcamos en esta aventura. Conoces sólo la lluvia y el agua del mar. Tú nada sabes de la tierra. Del cielo azul, de los árboles, de las flores con sus miles de colores y perfumes.
— ¿Mamá, de verdad la tierra es tan bonita?
— ¡Sí, querido, la tierra es maravillosa! El sol cada mañana se despierta tiñendo el cielo de rosa y, por la tarde, cuando se va a dormir convierte el cielo en un fuego ardiente. Cuando volvamos a la tierra todo cambiará y, quizás, recordaremos con un poco de nostalgia este raro viaje. Don Noé y su familia nos han cuidado con mucho cariño, pero cuando regresemos a nuestra habitual vida tendremos que trabajar para procuramos la comida, el agua...pero ahora duérmete. Mañana presumo que será un gran día.

(40° día)
— ¡Despiértate Tito, despiértate mi amor! ¡Mira el cielo, es azul! ¡Mira don Noé como sonríe! Tiene en sus manos una paloma blanca que en su pico lleva una rama de olivo.
— ¡Hoy mi amor  has nacido por segunda vez!
Iris Menegoz

Conversación sobre un balcón

Le Balcon (1868-1869)
Edouard Malet (1832 – 1883)

—¿Sabes, Fanny, que no me gustan los balcones? — confió Berthe Morisot a su amiga, observando atentamente el retrato que la representaba en el centro del cuadro que lleva el mismo nombre.

Edouard Manet y Suzanne Leenhoff, su mujer, la habían invitado a su casa en Boulogne sur mer, con los otros protagonistas del cuadro, Fanny Claus la violinista, y el pintor Jean Baptiste Guillemet, jurado del Salón de los Artistas Franceses donde se había exhibido la tela en París en 1869. 

Acababan de terminar un almuerzo ligero en el comedor. La mesa estaba cubierta por un mantel inmaculado cuya blancura iluminaba la habitación un poco oscura. El olor de medio limón acompañaba a las conchas de ostras que habían sido servidas en un lecho de hielo triturado en una bandeja de plata. Algunas rebanadas de pan negro con mantequilla salada, un vaso de vino blanco seco en un servicio de cristal componían los restos de la comida. La criada servía el té a las damas, los señores acababan de encender cuidadosamente un puro cuyo aroma invasivo comenzaba a empeorar el aire de la habitación. 

— ¿Y por qué? — preguntó Manet. 

— No lo sé, es como de pequeño burgués que observa al pueblo miserable que desfila bajo las banderas. Parece Madame Bovary.

— Pero sabes que me inspiré en el cuadro de Goya Las Majas con balcón.

— Peor aún, son mujeres galantes que se burlan de los fieles en procesiones durante la Semana Santa.

— Berthe, creo que lo que pasa es que no te gusta el retrato que te hice, no te sientes hermosa.

— No es cierto, me siento incluso demasiado hermosa. Los críticos ya me llaman “femme fatale”.

— ¿Por qué crees que es?

— Tu reputación, sin duda, después de Olympia y Le Déjeuner sur l’herbe

— ¿Qué puedo hacer? Nunca te he representado desnuda.

— Bueno, hete aquí: — dijo ella, podrías haberme dejado pintar a mí el personaje.



Jean Claude Fonder

Noche de alegría

El apartamento en el cuarto piso del viejo edificio constaba de dos habitaciones. Una era el dormitorio de Ana, Pablo y la niña Alicia de 7 años. La otra era de todo un poco. Cocina, salón, taller. El apartamento, evidentemente modesto, tenía un gran valor. Las dos ventanas asomaban a una de las calles más anchas, comerciales, y populares de la ciudad. Aquella mañana, todo el mundo loco de alegría tenía que pasar por allí. Era el 25 de abril 1945. ¡¡Milán era libre!!
Amigos, familiares, vecinos del pueblo empezaron a llegar muy temprano. Cada uno trayendo algo, queso, pan, vino, salami, fruta. Todos con ramos de claveles rojos para lanzar sobre la muchedumbre festiva, ruidosa que cantando saludaba la gente asomada a las ventanas mezclando el rojo de las banderas con el rojo de los claveles. Todas las ventanas de las casas alrededor estaban abiertas. (Solo las ventanas de los fascistas estaban cerradas. ¿Quizás se habían ido de vacaciones?)
La casa de Ana e Pablo parecía una estación de trenes. La gente iba y venía riendo, bebiendo, abrazándose, comiendo. Era de noche cuando todos se fueron. Ana puso Alicia ya dormida en su cama y empezaron a ordenar la cocina.
Ana fregaba los platos y Pablo, abrazándola por detrás le besó el cuello, le acarició el pecho y, como siempre, bastaron pocos minutos y ambos se encontraron tirados sobre la mesa haciendo el amor como locos entre migas de pan, claveles y rodajas de salami.
(No quiero extenderme en detalles porque como dijo el poeta "la luz del entendimiento me hace ser muy comedido").
Yo nací nueve meses después. Fruto imprevisto de una noche de alegría.
Iris Menegoz

Mitu

La niña, con un vestido rojo con lunares oscuros, calcetines blancos, zapatos barnizados, con una nariz redonda y dos ojos sorprendidos en medio de una cara rodeada por una imponente melena oscura recogida por una cinta roja anudada en mariposa, pregunta a su madre:

— Mamá, ¿tú también eres Mitu?

La madre, pelo moreno corto, cinta blanca, vestida con ropa de casa, arremangada, los brazos sumergidos en la lavadora, el rostro desconcertado, contesta:

— Mi ¿qué?

— Mitu.

— Metoo, ¿quieres decir? Si es inglés, claro.

— No sé. Todas las chicas quieren ser mitu. ¿Tú también lo eres?

— Noooo, estoy casada con tu padre y es el primer hombre que conocí.

— No lo entiendo. ¿Qué tiene eso que ver?

La madre, indignada, los puños en las caderas, la mira con dureza:

— ¿Y qué crees que significa eso, Metoo?

— Es cuando un chico te besa en la boca y no quieres.

Todas mis amigas dicen que les pasó. Pero yo no sé cómo hacerlo. No quiero ser diferente de las demás. Mamá, ¿me puedes ayudar?

— ¿Qué me estás contando? ¿hay chicos que quieren besarte?

— No, no les intereso.

— Entonces, ¿cómo quieres que te ayude?

— Préstame tu pintalabios. No quiero robártelo.

— Pero eso no va a cambiar nada. Tú misma lo has dicho, a esta edad, los chicos deprecian a las chicas.

— Sí, pero el pintalabios deja huella.

Jean Claude Fonder

Un buen matrimonio

Llevaba una vida frugal, no tenía pretensiones y se confortaba con poco. José era un hombre tranquilo, un campesino feliz. Nadie le daba órdenes. Su familia eran sus animales, cerdos, ovejas, gallinas y conejos. Era feliz y se sentía libre. Los sábados por la tarde, después de trabajar en su campo y cuidar de sus animales, le gustaba tocar el acordeón. En el pueblo donde vivía no había salas de baile. A veces se organizaban pequeñas fiestas en la finca de un vecino o, durante el verano, en el bosque.

Aquella noche de septiembre, el destino le tendió una emboscada. Algo cambiaría. Carlota apareció en su vida. Una mujer hermosa y atractiva que le bailaba el agua a José con tantos cumplidos, “Qué bien tocas el acordeón! Y qué músculos”, a los que, evidentemente, no estaba acostumbrado, así que se quedó confundido y encantado a la vez.

Empezaron a salir y al cabo de un par de semanas Carlota consiguió convencer a José de que se casara con ella. Después de la ceremonia hubo una gran fiesta en el pueblo, con música y bailes. Cuatro meses y medio más tarde la esposa dio a luz a una niña. José, poco convencido de la regularidad del evento, pidió con delicadeza una explicación a su mujer.

Carlota convenció a su marido con esta respuesta: “Mira José, cuatro meses y medio de día más cuatro meses y medio de noche son nueve meses. ¿Es que no sabes contar?

Y vivieron felices y comieron perdices

Raffaella Bolletti

Ciento dos

La muy estimada profesora Priscilla Puricelli, enseñante de matemáticas en la escuela Torricelli, en Biancavilla, provincia de Vercelli, tenía 102 años. La eximia docente trabajaba en el instituto desde hacía más o menos 80 años, pero nadie sabía decirlo con precisión, porque todos sus colegas, incluso los jubilados, juraban que ella siempre había estado allí. 

Existía también una leyenda: decían que la joven Priscilla Puricelli, recién licenciada con 111 y doble matrícula de honor, una mañana se había puesto allí en el centro de Biancavilla, sentada en la cátedra con el registro en las manos y, como por arte de magia, el edificio escolar se había creado por sí mismo, surgido de la nada, nacido únicamente de su desmesurado afán de compartir las joyas de las matemáticas con los jóvenes cerebros de sus pupilos.

Durante los 80 años de su honorable carrera, la estimada profesora Puricelli había pasado a través de todas las reformas escolares de todos los gobiernos, pero la monarquía, las dictaduras y la democracia no habían mellado sus regulares costumbres cotidianas.

Claro, lo que más echaba de menos era la embriagadora sensación de poder que experimentaba cuando infligía penas corporales, que en los primeros años de su fantástica carrera no solo eran permitidas sino también recomendadas. En realidad, la estimada docente Puricelli no se avergonzaba cuando admitía que le encantaba golpear a los estudiantes con el palillo: el sutil placer que le provocaba mirar a través de sus gafas situadas en la punta de la nariz la cara pálida del niño que tendía titubeante la mano para ser golpeado… ¡era una sensación inigualable! 

Así que, cuando los tiempos cambiaron y eso se volvió ilegal, Priscilla había implorado al jefe de estudios para que le permitiera, al menos, poner a los estudiantes de rodillas sobre granos de maíz bajo la pizarra…

Cuando cumplió los sesenta, decidió naturalmente no jubilarse.

Cuando cumplió los setenta, la ilustre docente fue llamada por Nello Caramelli, proveedor de Vercelli, que la alabó por su honorable carrera, pero aprovechó para sugerirle con extrema delicadeza que podría ser buena idea ponerse a reposo. La profesora Puricelli contestó otra vez que no.

Cuando cumplió los 80, el nuevo proveedor Donato Imbranato (Nello Caramelli ya se había jubilado) intentó convencerla otra vez, sin éxito. Así que fue él el que se jubiló y Priscilla siguió con su honorable carrera.

La muy estimada profesora Priscilla Puricelli, enseñante de matemáticas en la escuela Torricelli, en Biancavilla en la provincia de Vercelli, se fue de repente a la tierna edad de 102, mientras estaba explicando a sus alumnos el teorema de Pitágoras. No se cayó al suelo, sino que se bloqueó contra la pizarra, con la tiza en la mano, apoyando la cabeza sobre el ángulo recto del triángulo. 

Cuando la pusieron en la caja, el jefe de estudios propuso que le dejaran la tiza en la mano y también el registro, con gran felicidad de los alumnos que tenían todos malas notas en matemáticas…

A la mañana siguiente, una joven delgada con las gafas gruesas, un viejo traje pasado de moda y el pelo recogido se presentó delante del jefe de estudios: -Soy Ludmilla Puricelli, la nueva profesora de matemáticas.

Silvia Zanetto

Una sonrisa asombrosa

Carabanchel, Madrid 

En nuestros días 

Por fin esbozó una sonrisa. Al recuerdo de su nieta corriendo a su encuentro, dos días antes. Habían pasado 43 años desde su última relación con el mundo. Empezó a dibujarse en su rostro de forma casi imperceptible, al principio tímida. Estaba acostumbrado a esconderse, a sobrevivir ocultando todo tipo de sentimientos. Sin embargo, al cabo de un rato, lo que había empezado como una risita sin importancia, se convirtió en una carcajada sonora y profunda. De repente, sintió alivio, allí sentado en el banco pintado de rojo del parque de su niñez. Unos transeúntes, creyéndolo loco, se alejaron rápido. A Antonio poco importaba. Dejó que los recuerdos aflorasen prepotentes, sin limitaciones, como si el tiempo le hubiese devuelto lo que la justicia le había quitado durante años. Gozar de cada momento, como solo sabe hacer el que toca fondo. Reír, descubrió pronto, era la única forma de salir adelante y de retomar lo que le quedaba de su vida. Reír…Solo entonces volvió a sentirse humano. 

 43 años antes…

Una mañana de abril de 1979 la vida de Antonio Morales cambió para siempre. Y para mal. Siempre y mal acaban yendo juntos más veces de las que quisiéramos. Ya han pasado muchos años, y nadie le ha pedido disculpas, ni siquiera formalmente. Además, casi ninguno de sus vecinos del barrio le hace caso. El barrio de su niñez, como era lógico pensar, había cambiado su aspecto y nada quedaba de las viviendas de mala muerte, de fachadas destartaladas y persianas descolgadas, abarrotadas de niños sin zapatos y sin recursos, ni de los olores de cocina multiétnica que sabían a nostalgia y a vidas dejadas atrás en países lejanos. Las calles, antes atestadas de basura de todo tipo y de perros famélicos, no le parecían las mismas. Claro, el mundo había seguido adelante mientras él, muerto en vida durante más de cuarenta años, trataba de ignorar todo lo que ocurría fuera de la cárcel. Olvidar fue su personal solución a lo que, de lo contrario, habría sido un infierno en vida. La misión de Antonio fue sobrevivir, uno entre muchos, tratando de pasar desapercibido, en aquel lugar llamado Prisión Ángel Ruiz Buenaventura, un nombre prometedor detrás del cual solo había un laberinto de pasillos, celdas húmedas y esperanzas destrozadas. Sin embargo, a la vida le gusta darnos sobresaltos, sobre todo en el momento en que menos los esperamos. De ahí que, una mañana de cielo gris, cuando las esperanzas quebradas de Antonio ya quedaban arrinconadas en el pozo de sus pensamientos, un abogado de la oficina del Estado, de pelo cano y con traje de chaqueta, le anunció sin rodeos su liberación. Después de una revisión del caso, un testigo de los hechos, una mujer de más o menos su edad, que vivía en su barrio en aquel entonces, se había retractado en su declaración, justificando su terrible error con la presión judicial de las autoridades. Por lo tanto, después de cuarenta y tres años de vida derrochada entre barrotes, no era él el chico armado que había disparado a quemarropa a dos personas en el supermercado, dejando sin sustento dos viudas y tres huérfanos menores de edad. Fue así como una tarde de cielo despejado, a pesar de sus reticencias, Antonio se encontró en la calle, libre. Y rodeado de periodistas. Como era de suponer, su caso fue llevado a la televisión, sin hablar de los titulares de la prensa local antes, y de la nacional después. Todavía queda en la memoria de los vecinos de Carabanchel la sonrisa asombrosa con la que Antonio solía responder al sinfín de preguntas de los reporteros. 

El cuento está inspirado en una historia verdadera. Cuando leí por primera vez el artículo en el que se comentaba un terrible error judicial muy similar al de mi cuento, me puse en la piel del protagonista al que destrozaron la vida. La única forma de salir de tanto dolor que encontré, y que me gustaría enseñar, es el poder de la sonrisa. 

Manila Claps………..

Humor

Era tan buena gente que no te lo creías, diría incluso que desde que alguien lo veía con su rostro sereno, moreno con ojos grandes, nariz aguileña y labios delgados. Cuando hablaba sentía su voz: suave y delicada, casi tenue y blanda, te recorría una sensación de seguridad, oías entonces como una brisa suave llegaba a tus oídos y te reconfortaba, ¡sabias ya! Que cualquier problema sería solucionado, su figura delgada y esbelta acompañaba tu presencia y, entonces con una dulce sonrisa y una mirada tranquila tú te ponías en sus manos.

Se convirtió en mi acompañante diario y por lo tanto en mi marido, en mi querido esposo. Después de algún tiempo descubrí que tenía un solo defecto: su humor corporal era tan malo como su animo. El que desprendía después de cada guardia de hospital. Él olía como a ausencia, a decepción, a no poder amar, a soledad. Y supe entonces que ese hombre tan simpático podía matar.

Blanca Quesada

Especial tres: Raffaella Bolletti

Hoy les presento tres cuentos de Raffaella Bolletti, una escritora italiana, gran viajadora se enamoró de España, del mundo hispánico y de su idioma.

Es una verdadera cuentacuentos, cuenta sus recuerdos, al menos es lo que parece. Ha ganado muchísimas veces el concurso del Tapañol. Les sugiero que lean los cuentos siguientes:

Por primero “Viejos tiempos”: Acompañada por su padre una niña va por primera vez al cine ver un «western», una película de vaqueros con los indianos.

El segundo «Celda«: Una reflexión sobre las numerosas celdas en las que tu vida te encierre.

Y finalmente «La maison à l’arbre rouge«: Bajo el árbol de LÉO GAUSSON (1860-1944), una madre medita con nostalgia sobre su lejana juventud.

Jean Claude Fonder

RAFFAELLA BOLLETTI

...
Me gusta viajar, leer, me encantan el tango y el flamenco, me fascinan la pintura y la música. Será por eso que mi perro se llama Bach, en honor del compositor.. Es un perro salchicha, algo testarudo pero muy activo y divertido.

... Leer más

Viejos tiempos

Cada domingo por la tarde, salía de paseo con mi padre, siempre observando el mismo ritual, siempre con un rumbo que parecía establecido de antemano. Aquella fría tarde de un noviembre de hace muchos años, mientras la ciudad estaba envuelta en una espesa niebla gris, mi padre decidió dar un salto cualitativo en la costumbre del domingo y, en lugar de llevarme al zoológico (ya conocía yo hasta cuantos pelos tenía en la superficie de su cuerpo, cada animal) me dejó fuera de juego y me llevó al cine. Entramos a la sala por el pasillo central y tomamos asiento. A mí siempre me encantaba el brevísimo rato en el que la sala, al apagarse las luces, permanecía oscura. Huelga decir que yo, por ser niña, esperaba ver una película de dibujos animados, en cambio empezó la proyección de una de esas películas del oeste que tanto le gustaban a mi padre. Los Nativos Americanos, unos salvajes, representados como enemigos, sanguinarios y depredadores atacando la diligencia, a mí me caían muy bien, apostaba por ellos. Pero siempre llegaba la caballería y arrasaba sus tribus en una nube de polvo que parecía dificultar la respiración como la nube de humo que envolvía la sala, puesto que la gente solía fumar en el cine. Pensaba yo que hubiera sido lo mismo si hubiéramos dado un paseo en la niebla. En ambos casos el aire era irrespirable.

Raffaella Bolletti

Celda


Su habitación se había vuelto una celda en la que, encerrada voluntariamente para aislarse del mundo, se quedaba todo el día en la cama. Allí en esa celda se escondían la esperanza, la aceptación, la negación, allí se escondía el tiempo, el olvido imposible. Pensó en los presos, en las celdas de una cárcel; pensó en las abejas, en las celdas de la colmena, libres de salir, entrar, y salir de nuevo. Comprendió la inutilidad de seguir encerrada e incomunicada. Ahora lo tenía claro: retomaría el hilo que la conectaba con el exterior, con ese conjunto de celdas por cruzar. Cada una diferente, cada una contándole su propia historia, en un viaje en el que una celda se abre donde la otra se cierra. Celdas conectadas en paralelo, adyacentes, a veces sin puertas, para así coincidir y relacionarse con los demás. Hasta llegar, sin prisa, a las celdas oscuras de las que no hay salida.

Raffaella Bolletti

La maison à l’arbre rouge

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Decidió aparcar en la pequeña plaza de la iglesia y bajó del coche. Su hijo estaba a su lado, un poco aburrido. No habían planeado ninguna parada, y menos en un lugar tan silencioso que parecía abandonado. Por el contrario su padre, un encorbatado ejecutivo, parecía feliz. Llevaba mucho tiempo deseando echar un vistazo a la casa rural con su solar colindante, que había heredado años atrás. Empezaron a subir por una carretera secundaria, sin asfaltar, estrecha, donde no podrían pasar dos coches a la vez. Una pequeña muralla, pintada de colores diferentes costeaba la carretera. Un poco antes de llegar a la curva, apareció su casa, de la que nunca se había interesado y que se había convertido en la vivienda de los campesinos que ya trabajaron para su abuelo. Había sido restaurada y pintada de un color verde claro. Detrás de la muralla se veía un pajar de espigas de trigo. El cielo estaba despejado y azul. Toda la luz parecía estar en ese lugar, donde todo era ausencia. Ni agricultores, ni una herramienta, ni un rastrillo. El árbol de tronco rojo todavía estaba allí, más alto que la última vez que lo vio, proyectando su sombra en la pared de la casa. Aquel árbol de corteza lisa y fina como una piel, le despertaba recuerdos lejanos. Aquel árbol fue testigo y compañero silencioso de sus primeros amores, cuando se ruborizaba dando besos escondidos y abrazos torpes, un poco torcidos, como esas ramas. La melancolía lo llevó a pensar que tal vez había dejado pasar una parte importante de su vida sin hacer lo que de verdad quería hacer; tal vez tomaría la decisión de volver a sentarse bajo el amparo del árbol de tronco rojo. Su hijo, mientras tanto, ya había regresado al coche.

Raffaella Bolletti

LEER TODOS

Especial tres: Silvia Zanetto

Hoy les presento tres cuentos de Silvia Zanetto, una escritora italiana sensible y muy romántica, cuya feminidad está casi exacerbada. 

Es autora de varios libros de literatura infantil maravillosamente escritos, como «Ma Francesco Dov è» y no sólo como ustedes puede comprobar hojeando esta revista. Les sugiero que lean los siguientes:

El primero «Cuento rápido (y Lento)«, un thriller matutino de una mujer de hoy que se dirige a Milán.

El segundo «Diálogo Frente tiene un Cuadro» cuenta sus emociones ante el famoso «Noche azul» de Edward Hopper.

Y finalmente “Hasta que nos parezca tarde”, el amor a pesar de mi querida madre, contado mientras preparaba su maleta.

Jean Claude Fonder

SILVIA ZANETTO (Venezia 1961)

Me dicen que, para convertirme en una bloguera, tengo que escribir mi propia biografía.

No va a ser fácil, si no quiero aburrir desde el primer día a mis nuevos lectores, porque en mi vida no han pasado cosas excepcionales o novelescas.

Así que tuve que inventármelas, desde el principio.

... Leer más

Cuento rápido (y lento)

Son las siete y cuarto. Levántate.

Es verdad que tienes todo el tiempo del mundo para prepararte, tu autobús no va a partir hasta las ocho y cuarenta. La mochila con los libros la preparaste anoche, el desayuno está prácticamente listo, la ropa que tienes que ponerte está allí, sobre la silla.

Pero la gata maúlla con insistencia, sube a la cama y empieza a mordisquearte las muñecas.

Levántate. Así no tendrás que hacerlo todo de prisa. 

Vas a la cocina, enciendes un fogón, le pones encima una olla llena de agua para el té. 

La gata sigue maullando, sube a la mesa, pasea sobre el fogón encendido, poniendo en peligro la incolumidad de su preciosa cola. Abres una lata de comida y le pones un poco en su cuenco. 

Son las siete y veinte.

Vas al cuarto de baño, vuelves, viertes el agua en la tetera, la gata ha terminado de comer y pide más. Son las siete y veinticinco.

Pones otra olla sobre los fogones, tienes que prepararte algo de comida, un poco de arroz para cuando vuelvas a casa, no puedes empezar a cocinar a tu vuelta, a las dos menos cuarto.

Vuelves al cuarto de baño para asearte, regresas a la cocina, echas una ojeada a la olla del arroz y te sientas para desayunar. Comes tranquila, no es tarde. Pones un poco de sal al arroz, un poco de aliño. Son la siete y cuarenta y cinco, todavía puedes vaciar el lavavajillas. Mientras, sigues controlando al arroz para que no se queme.

Son las siete y cincuenta.

La gata va pidiendo otra comida y le das todavía un poco. El arroz sigue un poco crudo.

Son las ocho menos cinco.

Ya no es tan temprano. Lavas de prisa las tazas del desayuno, son las ocho y todavía tienes que vestirte y maquillarte. Debes salir de casa como máximo a las ocho y veinte, si no quieres perder el autobús. Tus prendas están allí sobre la silla, donde las pusiste ayer, pero las medias son negras y no hacen juego con el vestido azul. Buscas otras en el cajón, las encuentras, son perfectas, te vistes y son las ocho y cinco; todavía estás sin maquillar. Ahora es tarde y lo haces de prisa: te das un poco de color y un poco de carmín, te miras rápidamente al espejo y te das cuenta de que tu pelo, aun recién lavado, te hace parecer a un erizo. Te peinas con vehemencia, pero sirve de poco: tendrás que mojarte al menos el flequillo y arreglarlo con el secador.

Es muy tarde: son las ocho y cuarto, pero ahora estás lista. Te pones los zapatos y el abrigo y buscas las llaves de casa: en la cerradura de la puerta no están. Deben de estar en la mochila que preparaste anoche, bajo los libros, los cuadernos y todo lo imaginable. La gata te ronda maullando, le das toda la lata de la comida con la mano derecha, mientras con la izquierda por fin encuentras las llaves. De repente te acuerdas de la olla del arroz y corres a la cocina: se ha quemado un poco, pero no tanto, en cualquier caso es solo para ti y tú sabes conformarte.

Sales de casa. El espejo del ascensor refleja la imagen de una mujer recién escapada del manicomio, pero bien peinada y con las medias a juego. Lo lograste: son las ocho y veinte y estás fuera de casa.

Hurgando en el bolso buscas la cartera: ya no hay billetes para el autobús, así que tendrás que comprarlos. Mejor ir a la parada del autobús en coche.

A las ocho y veinticinco alcanzas la carretera. Todavía estás a tiempo, no es tarde. A la vuelta de la esquina te encuentras con una cola larguísima. Te dan ganas de sonar la bocina, pero intentas tranquilizarte: es tarde, pero todavía estás a tiempo. A las ocho y treinta sales del atasco y llegas a la parada del autobús a las ocho y treinta dos. Buscas un aparcamiento, pero todos parecen ocupados. Mucho más allá hay uno libre, aparcas el coche y son las ocho y treinta cinco. 

Corres hasta la parada, entras en el bar para comprar el billete y allí también te encuentras con una cola. Una señora te mira con un poco de pena y te pregunta si quieres pasar. Le contestas con un “sí gracias” jadeante, compras el billete y sales del bar, justo a tiempo para tomar el autobús.

No hay mucha gente hoy, así que puedes escoger libremente el asiento, lejos de las personas que charlan en voz alta, cerca de la ventanilla, no demasiado adelante ni demasiado atrás. Eliges el asiento al lado de una señora de mediana edad que está tranquilamente leyendo su libro. Te quitas los guantes, el sombrero, la bufanda e incluso el abrigo, porque normalmente hace calor en el autobús, y los pones en un asiento libre. Luego, buscas las gafas de cerca y el libro de Maggie O’ Farrel “Hamnet”, que casi has terminado: solo te faltan veinte páginas. El libro es en italiano, por supuesto: tu nivel de inglés no es bastante alto para leer el original.

Miras afuera de la ventanilla, relajada, y das un suspiro de alivio. Ahora tienes un montón de tiempo para terminar el libro: el autobús te llevará a Milán a eso de las nueve y media así que, cuando llegues, podrás disfrutar del paseo, porque la clase de literatura no va a empezar hasta las diez. Podrás mirar los escaparates, alargar tu recorrido hasta el Duomo, o gozar del final del verano en el parque Sempione… En fin, ¡tienes todo el tiempo del mundo!

Silvia Zanetto

Diálogo frente a un cuadro

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

— Bueno, y ¿este qué te parece?

— No sé… es raro, diferente a los cuadros de Hopper que conocía. Pero tampoco es eso: la verdad es que hay algo que no me convence… que me fastidia, mejor. 

— Pero representa el azul de la mar, el cielo despejado, los globos color naranja y amarillo. Es una tarde encantadora, con la gente sentada en la terraza de un bar bebiendo y charlando…

— Charlando, ¿dices? Pero ¿no te das cuenta de que cada personaje en realidad está solo? ¿De que las miradas no se cruzan? ¿De que nadie está sonriendo?

— La mujer de pie – quizás sea la camarera- los observa a todos.

— Yo creo que no. Fíjate en la mirada altiva … Y ese color carmesí que tiene en las mejillas y en los labios, y el vestido demasiado escotado… No, no me gusta.

— Pero todos llevan ropa peculiar… ¿qué me dices de los demás? ¿El hombre a la izquierda?

— Creo que es un marinero, no se ve si hay alguien más sentado a su mesa. Y la pareja, los de a la derecha… él está muy elegante, mientras que la mujer está enfundada en algo que podría ser una toalla. Pero no es eso lo que me molesta.

— Entonces, ¿qué?

— Creo que son los de la mesa en el centro. Uno podría ser un pintor, el otro un oficial de la marina. No logro imaginar por qué estarán sentados a la misma mesa. Y el payaso. El payaso blanco, vestido de blanco, pintado de blanco, con ojos y boca maquillados de bermejo, con su cigarrillo entre los labios. No sé… me hace pensar en la muerte, no soporto ni mirarlo… Y piensa que para esta tarde ¡tengo que escribir un cuento sobre eso!

Silvia Zanetto

Hasta que nos parezca tarde

Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo, pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.
Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien.

A mí, en cambio, me gustó enseguida.
Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras me hablaba de su viaje a Africa. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y me permitía ver.
Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda la vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.
Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…
Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían, mi vida anterior no existía. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.
Al principio, él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante del fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú.
Y eso fue el amor.

-Pero, ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre! -me regañó mi madre. -¿Qué pretendes hacer de tu vida? ¿Hacer de enfermera? ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tú vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.
Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él… en fin, ¿qué más da? Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.
Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en una maleta pequeña.
Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en los del desierto, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…
Hasta que nos parezca tarde.


Silvia Zanetto

LEER TODOS

El regalo

Primera nevada
Arkady Alexandrovich Plastov
Pintor realista ruso (1893- 1972)

Cuando me desperté esa mañana, había nevado. 

Imperaba un silencio inusual, como si estuviéramos envueltos en algodón suave y protector. En todas las habitaciones había un aire frío y seco, se respiraba la nieve. Me precipité hacia la sala de estar donde el gran ventanal me descubriría todo el jardín. La nieve estaba allí, virgen, me volví hacia la puerta de entrada que daba a la calle, la gran ventana lateral permitía ver el callejón que sube al garaje. Éramos prisioneros, la nieve nos rodeaba, al menos 30 o 40 centímetros.

Mi hija estaría feliz, una Navidad blanca. El abeto, con los colores resplandecientes de sus bolas se pavoneaba en una esquina cerca de las ventanas, rompiendo maravillosamente la blancura inmaculada que se extendía ante él. 

¡Qué espectáculo! ¡Un jardín de postal! Este jardín que tanto me había hecho sufrir, erigía sus arbustos y sus jóvenes árboles, orgullosamente revestidos de su uniforme invernal, para montar la guardia alrededor del vasto césped y del terraplén de algunos metros que delimitaba nuestro espacio. Este blanco uniforme se oponía en mi recuerdo al caos arcilloso que habíamos descubierto cuando nos habíamos instalado tres años antes en nuestra nueva casa.

¡Qué decepción! La habíamos comprado viendo unos folletos. Aunque nos había alegrado tomar posesión de la casa, nos tomó un par de toneladas de turba y horas de trabajo paciente para crear un césped digno de ese nombre y luego poder proceder a la plantación de lo que no quería ser un seto. Todavía recuerdo cómo con una paleada rápida y una regadera de agua por cada planta, un jardinero municipal, amigo de un vecino oficial de policía, en apenas una hora había diseñado la arquitectura y plantado el primer esbozo de un jardín que iba a florecer de marzo a septiembre y que ganó el premio al jardín más bello del barrio. Por supuesto, eso no se hizo solo, compré una enciclopedia de botánica, y mi esposa y yo dedicamos todas nuestras horas de ocio a hacer crecer y cuidar a este nuevo miembro exigente de la familia. Todos, mi esposa, nuestra hija que en aquella época tenía 11 años, y yo lo amábamos y estábamos orgullosos de él. También el gato, un persa cuyo nombre era Negus.

De pie frente a la ventana de las maravillas, mi hija se había unido a mí y contemplaba amorosamente nuestra obra maestra, por primera vez nevada.

— ¿Qué es esto? —dijo, mostrándome los bonitos pequeños dibujos que ahora decoraban la superficie blanca de la terraza delante de las puertas-ventanas y que se escapaban serpenteando hacia el fondo del jardín.

— Creo que son pajaritos, quizás gorriones. Ya vi unos por aquí.

— Y más al fondo, grandes manchas negras que venían del terreno que está enfrente, en lo alto del terraplén.

«Allí es donde siempre va Negus a cazar en sus salidas nocturnas», pensé. Fui a la cocina donde teníamos su almohada y su comedero. No estaba allí. Regresé a la ventana, mi mujer se había levantado y con su hija apretada contra ella, abrazaba con una mirada fascinada el espectáculo que la naturaleza nos ofrecía tan generosamente en este día de Navidad. 

— Hay un montón de regalos bajo el árbol, —dijo ella—vamos a abrirlos, pero antes vamos a tomar un buen desayuno. Queda todavía un poco de panettone.

Juntos fuimos hacia la cocina. El gato estaba acostado en su cojín mientras ronroneaba. Un pequeño gorrión estaba tendido en el suelo delante de él, una mancha roja en su cuello. Negus nos miraba con una esperanza insoportable, el oro deslumbrante de sus pupilas anchamente abiertas pedía reconocimiento. 

— ¿Papa? —Me dijo mi hija volviéndose hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas y preguntas.



Jean Claude Fonder