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Una historia de amor …felino

Fue una tarde de lluvia otoñal. Regresando a mi casa oí, bajo un coche, una débil llamada. Me bajé y la vi. Era algo pequeño, peludo, delgado y sucio con larga orejas y hermosos ojos verdes. Me miró y dijo.

—¡ Por fin me oíste. Te estaba esperando. ¡Vamos a tu casa!

La cogí en mis manos. Era tan leve, del tamaño de la palma de mi mano. Tenía el pelo blanco y gris como ciertas porcelanas de Copenhague. Su mirada sorprendida y su inmediato ronronear tocaron mi corazón. Enrollándola en mi bufanda pensé:

— Estarás conmigo una semana o dos, después te buscaré una buena familia. Te llamaré Alice, Alice en este país sin maravillas.

Ahora, después veinte años, Alice y yo aún estamos juntas. Fiel amiga capaz de discernir mis días buenos y los malos, mis vacaciones, mi sofá y mi cama.

Ahora es una señora mayor. Tiene todos los pequeños problemas propios de su edad. Pero cuando está en mis brazos y escucho su inmediato ronronear, recuerdo todos los juegos que hicimos juntas. Su carácter alegre y su felicidad cuando cada noche regresaba del trabajo y me saludaba con secretas palabras conocidas solo por nosotras.

Aún hoy, cuando ella está frente a mí mirándome de esta profunda, tierna, humana manera, me siento un poco asustada porque me parece casi imposible pensar que detrás de esa mirada los pensamientos sean ausentes.

Alice, filosofa, sabia, rutinaria, fan del silencio y de Mozart.  Tú me has elegido y decidiste que merecía ser tu amiga, pero nunca siendo mi esclava.

Iris Menegoz

Etel Adnan (Beirut 1925 – París 2021)


“…fui feliz el día que descubrí que el acto de escribir es un acto pictórico”

Esta declaración de la escritora libanesa, poeta plurilingüe y artista visual Etel Adnan, ayuda a comprender su acercamiento a la pintura y la interconexión de lenguajes expresivos que cultivará a lo largo de su vida. Etel Adnan, una de las voces más importantes de la diáspora de Medio Oriente, pionera en la lucha por la igualdad de género, transcurre de hecho su existencia en un cruce constante de caminos, culturas, idiomas. Nace en una familia mixta, de madre griega-cristiana y padre siriano-musulmano, funcionario del Imperio otomano. Infancia y adolescencia están atravesadas por los fermentos y tensiones derivados del choque entre la dominación francesa y las comunidades locales; pasará el resto de su vida entre Beirut, París y los Estados Unidos donde se traslada en 1955, luego de obtener la licenciatura en Filosofía en la Sorbona. 

Es justamente en esos años, ya residente en California donde enseña disciplinas humanísticas, que Etel inicia a pintar mientras se adentra cada vez más en el nuevo idioma que se convertirá en su nueva lengua literaria. Entre tanto, del otro lado del océano ha estallado la guerra de independencia de Argelia. La escritora entra en conflicto con su idioma de origen. Como dirá más tarde, pintar parecía el único modo de tomar partido contra el colonialismo: si el conflicto con el francés le impedía escribir, ahora iba a  “pintar en árabe.”

“El arte abstracto era el equivalente de la expresión poética. No tenía necesidad de pertenecer al idioma de una determinada cultura sino a una forma de expresión abierta…”

Es así que en sus acuarelas inicia a transcribir versos de poetas árabes, sin comprender casi el significado, como lo hacia en la niñez, cuando copiaba de los libros del padre el alfabeto árabe prohibido en la escuela, y sin llegar a aferrar las palabras, se iba enamorando de la forma plástica de la caligrafía. De este ejercicio nacen sus “Leporello”, pequeños libros en forma de acordeón que irán a sumarse a los óleos abstractos y paisajísticos, de formas esenciales, geométricas, trazos fuertes, colores brillantes, donde aparecen reiterados: el sol, el mar, el cielo, el monte californiano Tamalpais. Una visión armónica del universo que parece contrastar con sus profundas y dolorosas reflexiones sobre la guerra: la de Vietnam, la de Irak, aquella que martiriza al mundo árabe y que la sorprende de vuelta en Beirut a inicios de los años setenta, obligándola a emigrar a París donde escribe, esta vez en francés, la novela Sitt Marie Rose galardonada por la Asociación de Solidaridad Franco-Árabe y traducida en diferentes idiomas.

En su casa de París, donde vivía con su compañera de vida, la escultora francolibanesa Simone Fattal, Adnan disponía de dos mesas de trabajo idénticas: en una escribía sus poemas; en la otra, acomodaba horizontalmente la tela y pintaba apretando el tubo de color directamente sobre el lienzo mientras lo extendía con una espátula. 

“La pintura también es un ejercicio mental, pero para mí siempre ha sido, ante todo, un trabajo sobre el color. El instante en que la pintura sale del tubo y se prepara para ser mezclada con otros tonos me parece mágico”.

Por mucho tiempo, mientras como escritora publicaba antologías poéticas, novelas y ensayos, su pasión por la pintura quedaría relegada a una intimidad compartida con amigos artistas. 

“La pintura es un deporte,” declara en una entrevista, “mientras que la escritura es casi una cárcel…La primera me relaja, la segunda me agota.”

Un deporte que le viene reconocido a nivel global solo en 2012, a los 87 años, cuando participa a la exposición internacional Documenta 13 en Kassel (Alemania). 

“…Tres años antes,”cuenta Etel no sin cierta ironía, ”los mismos cuadros colgaban de mi comedor sin que nadie les prestara atención.”

A partir de entonces, su obra será expuesta en galerías y museos del mundo. En 2021, unos meses antes de su muerte, el Guggenheim de Nuova York le dedica su primera individual, conjuntamente a la retrospectiva de Kandinsky.

“En realidad, el arte me sirve para redescubrir la belleza del mundo o lo que queda de ella,” confiesa la artista. “Yo creo que la belleza de una montaña es política” “Ser feliz es un gesto político. En los momentos trágicos puede tener un efecto transformador.”


Adriana Langtry

Guerra y Paz

Nuestra paz temblosa y muda
opaca luna detrás de las nubes
callada, agobiante, por palabras nunca dichas
ahogada por silencios y mentiras.
¡Ojalá viniera la guerra!
Una guerra feroz de insultos y verdades
de sangre y mordiscos
¡Una guerra que nos libre de esta paz muerta!
Iris Menegoz

Asteriscos

Como todos los clásicos que tenía en casa, el ejemplar de la novela “Guerra y Paz” en mi estantería formaba parte de la herencia libresca de mi padre. Estaban “Los dolores del joven Werther” en una edición de 1957 de la Biblioteca internacional Rizzoli, “Hamlet” de Shakespeare en un libro de 120 liras, los cuentos de Poe, 130 liras, en un ejemplar de 1960, y muchos otros que leería años después. 

El oficial con uniforme blanco y rojo retratado por Kiprenskij en la cubierta de “Guerra y Paz”, edición Sansoni de 1965, me miraba siempre desde la estantería. Parecía decirme: “Léeme. Solo tengo 644 páginas, y tu padre hace tiempo gastó 450 liras para comprarme…”

Yo tenía más o menos 17 años, y enfundarme en un libro así me parecía una empresa desmesurada. Pero, a fin de cuentas, 644 páginas se podían leer. Bajo el título había un asterisco, pero ni me planteé el por qué. Me encantó la historia de la joven Natasha, me costó aguantar las descripciones saturadas de los detalles de las fiestas, me fascinó el personaje de Pierre, me molestaron los episodios crueles de guerra. 

Y llegué hasta el final. Al menos, eso era lo que creía yo. Leyendo las últimas páginas, me parecía un final muy raro: todos los episodios estaban abiertos, no había conclusión. Volví al principio y descubrí el sentido del asterisco: “libro primero”. Así que en el segundo habría dos asteriscos, y en el tercero tres. Claro, en 1965 acababa de nacer mi hermana, y con dos niñas pequeñas en casa no tenía que ser fácil para mi pobre papá concentrarse en la lectura de tres volúmenes de 644 páginas cada uno. Evidentemente, nunca había comprado los que tenían dos y tres asteriscos. Nunca leyó completamente “Guerra y Paz”. 

Yo tampoco.

Silvia Zanetto

Guerra y Paz

Miró por la ventana del autobús que los llevaba al aeropuerto, estaba nevando muy fuerte, abrazó su esposo sentado a su lado, pensó cuánto amaba su país tal como era: blanco y helado en invierno y con los campos amarillos por el sol en verano cuando maduraba el trigo. 

Estaban huyendo de la guerra, habían comenzado los bombardeos, trató de sentir el calor de su hogar, el olor de la madera ardiendo en la chimenea, las voces alegres de su familia durante las fiestas en las que todos se reunían.

Tal vez nunca recuperaría lo que amaba. Se arrepintió de haber considerado, por momentos, su vida aburrida, con la misma rutina cada día, no imaginaba la nostalgia que sentiría por esa vida que ahora estaba empacada en dos maletas.

Se preguntó si sus hijos podrían reunirse con ellos en el país de acogida, y cuántos habrían muerto en combate, así era LA GUERRA: muertos y destrucciones inútiles, solo porque alguien, para saciar su sed de poder, no quería la PAZ

Leda Negri

Guerra y Paz

Ya habían pasado algunos meses desde el día en el que comunicaron que comenzaría el combate. También aseguraron que ahora se disponía de armas muy eficaces para enfrentarse a la guerra que, por supuesto iba a ser difícil y larga. La lucha empezó casi como un desafío contra un enemigo sí conocido, pero engañoso y traicionero, difícilmente dispuesto a negociar, y que además no tenía prisa. Así fue como empezó el entrenamiento para hacer frente a la nueva situación y se recibió la dosis apropiada y diaria de armas y municiones. Después de una larga lucha, pareció verse un rayo de luz. El enemigo se retiraba. En realidad, se había escondido para multiplicarse con velocidad y volver a aparecer fortalecido. Aquel día después de tanto andar de aquí para allá, igual que todas las tardes, desde hacía unas semanas, pasando por la puerta en la que había un cartel que decía “Por favor, guarden silencio”, entré en esa habitación que también se había convertido en la mía, me senté en una de las dos sillas y permanecí allí toda la tarde, toda la noche, atrapada, ausente, mirando al hombre en la cama. Parecía dormir, pero yo sabía que seguía luchando en una batalla que claramente había perdido. A ese hombre se lo tragaban las sombras. Entonces le dije : <<A veces la vida te sirve un fruto amargo. En esta habitación hay dos cuerpos, el tuyo y el mío, dos olvidos.>>

Al final la paz parecía haber llegado, llevando consigo un silencio aterrador. Después de tanto ruido en mi cabeza, durante un largo tiempo, mis pensamientos apresurados, mis demonios internos, a pesar del silencio, todavía estaban presentes. Caminé descalza por el campo, gozando de la suavidad de la hierba mojada. Por fin me senté en el césped mirando al cielo. Pero esta era una paz feroz y no podía evitar chocar contra ella. ¿Puede la paz ser feroz? Claro que sí, por tener recuerdos que arañan el alma como uñas puntiagudas, pintadas de rojo, como la sangre que fluye por las venas.

A veces, especialmente, cuando el mundo que me rodea está tranquilo y en paz, me doy cuenta de que yo no lo estoy, ya que ahora es conmigo misma con quien necesito hablar.

Raffaella Bolletti

Guerra y Paz

— ¡Papá! ¿Por qué dar ese título a esta obra monumental? ¿Cuántas palabras contiene?

— 560.000, creo. Un enorme fresco de la epopeya napoleónica, vista desde el mundo, la sociedad rusa. Se podría decir que esta alternancia de guerra y de paz durante un período tan largo es prácticamente inevitable.

— ¿Quieres decir que es imposible tener paz durante mucho tiempo?

— No sé si se puede considerar un siglo un período largo. Es más o menos la duración de la Pax Romana (96-192), los emperadores Antoninos.

— ¿Había paz en el mundo en ese momento?

— No, sólo en el mundo romano. El mundo alrededor del Mediterráneo, hasta el sur de Escocia al norte, el imperio persa al este, Egipto y el Magreb al sur.

— ¿Qué significaba entonces la Paz, en esta época?

— Esa es una buena pregunta. La paz es, ante todo, la ausencia de conflictos en un Estado u organización de Estados estables. Esta estabilidad permite el crecimiento económico, el bienestar y el desarrollo de las artes y la cultura. Una legislación armoniosa, unas normas que se respeten y una justicia que las haga respetar por el bien de todos. Generalmente, esto lo permite la democracia, porque hace falta mucha cultura y formación para que no degenere y se convierta en corrupción y populismo. A veces se sustituye la democracia por déspotas ilustrados, como fue el caso de los Antoninos, pero eso depende de la calidad de los hombres elegidos y del sistema para elegirlos. Los Antoninos adoptaban a su sucesor, pero naturalmente esto termina por transformarse en herencia y son pocos los casos en que este sistema no haya llevado al desastre.

— ¿Y la guerra de dónde viene entonces?

— Las fuentes de conflicto son numerosas, el racismo, las diferencias, la lengua, la religión, la envidia también y la conquista de poder, y seguramente me olvido de algo. La respuesta, ya lo ves, está en la paz y el amor hacia los demás.

— Entonces, ¿qué podemos hacer?

— La formación, la cultura, es lo que, quizás un día, hará que los pueblos no quieran luchar más.

La pequeña vuelve a hundirse febrilmente en la lectura de Guerra y Paz.

Jean Claude Fonder

Clarice Lispector (1920-1977)


“Quién sabe, escribo por no saber pintar”

De Chirico

No todos saben que una de las más grandes novelistas brasileñas, Clarice Lispector, nacida en Ucrania en una familia rusa de origen judía emigrada en Brasil en 1922, se dedicó a partir de los años sesenta a las artes visuales, dejando como legado 22 cuadros, la mayoría pintados en madera durante los últimos años de su vida. 

El interés de la escritora por el mundo del arte había iniciado en Europa, durante su estancia entre los años 1944-1951 como esposa del diplomático Maury Gurgel Valente. Es allí donde entra en contacto con los círculos intelectuales y artísticos, posando incluso para algunos pintores como Giorgio De Chirico. Su incursión por las artes visuales no será, sin embargo, el tentativo fallido de una carrera paralela, sino más bien un modo de evadir a las rígidas estructuras literarias. 

“…escribir no me trajo lo que yo deseaba, -explica Lispector- es decir, la paz. Lo que me relaja, por increíble que parezca, es pintar. Es relajante y a la vez excitante mezclar colores y formas sin compromiso alguno. Es lo más puro que hago…¡pinto tan mal que da gusto! y no muestro mis cuadros a nadie.”

Del encuentro con la libertad del puro gesto creativo nace su obra abstracta, cuadros que parecen guiados por la pura improvisación: trazos nerviosos, círculos, rayas que se yuxtaponen, saturaciones intensas y contrastes, juego de formas, colores, materiales diversos de gran impacto expresionista, que por otro lado revelan los temas existenciales recurrentes en su poética: el miedo, la interioridad, la relación del ser con el caos, el cosmos, el impulso vital, la muerte. Obra que viene a la luz en el periodo en que se publica una de sus últimas novelas, Agua Viva (1973), cuya protagonista es justamente una pintora.

Para celebrar el centenario del nacimiento de Clarice Lispector el Instituto Moreira Salles de San Paulo ha albergado a fines de 2021 la exposición intitulada “Constelaçao Clarice.”



Adriana Langtry

La otra cara de …

Una gran cantidad de escritoras, escritores y artistas dedican su tiempo libre a otras actividades creativas. Pasiones paralelas a las que a un cierto punto se consagran con vehemencia, casi en secreto, lejos de la mundanidad profesional. ¿Vocaciones ocultas? ¿Refugios? ¿Senderos complementarios? Sin duda, facetas generalmente poco conocidas, que estos breves artículos intentan iluminar.


Adriana Langtry

La consagración de la primavera

La clase de danza
Edgar Degas (1834-1917)

El tiempo es gris, llueve intermitentemente, como sucede a menudo en Bruselas. Mi esposa nos lleva al circo Royal. En realidad es un circo de invierno transformado en teatro; el escenario tiene todavía las típicas características circenses: una pista redonda central rodeada casi en su totalidad por el público, como en un teatro griego.
No me gusta la danza, la que nos muestra aquí el cuadro de Degas, los tutús de las bailarinas y los zapatos de punta para las niñas, y para los niños los leotardos y las chaquetas de príncipe encantador. Pero, naturalmente, hay que hacer concesiones a la mujer. Por otra parte, este circo fue asignado a Maurice Béjart y su Ballet del siglo XX y me dicen que está de moda entre los jóvenes. Es muy difícil conseguir entradas.
Sin embargo, he logrado comprar dos y estamos sentados en las primeras filas para ver La Consagración de la primavera de Igor Stravinsky
El impacto es brutal, impresionante. Conozco la música, maravillosa y muy figurativa, pero hay que saber cómo mostrarla.
En la primera parte, la naturaleza se despierta. La savia sube a los árboles y a los machos humanos. Parece que están desnudos en el escenario, llevan un simple leotardo color carne que prácticamente no esconde nada, y están en una posición agresiva. Como animales, bailan al ritmo de una música salvaje y potente, tienen necesidad de luchar, de enfrentarse entre ellos para elegir al jefe que tendrá derecho a la hembra más bella.
Las hembras también se despiertan, se ofrecen, piernas separadas, pubis alzados. La reina ya ha sido elegida, su belleza lo determina; bailan a su alrededor y ponen de relieve la seducción de sus curvas. Pero permanecen atentas a la presencia de los machos, ante cualquier señal de su presencia – un ruido, un olor -, se asustan y se retiran a la corola que forma sus cuerpos alrededor de la elegida. 
Finalmente, los machos aparecen, empujan hacia adelante a su líder que pierde toda su prepotencia ante la mujer, se vuelve tímido. Entonces comienza el juego del amor, ella lo atrae, lo rechaza; es ella quien elige mediante la seducción, lo provoca y finalmente sucede el coito desenfrenado, se lanzan el uno en los brazos del otro, entre sus cortes de hombres y de mujeres reunidos para procrear juntos en un aceleramiento musical.
Y al fin un gran aplauso, silbidos como hacen los jóvenes, y gritos agudos del público de mujeres jóvenes desenfrenadas.
La danza, así, me conquistó.



Jean Claude Fonder

Alba

Amanece.
Una luz líquida y lechosa acaricia tu brazo rubio alumbrando tus pecas doradas.
Bajo tu mano dormida yace el pájaro muerto de mi mano.
Miro tu espalda torcida conteniendo el aliento.
La maleta está lista. Cerrada. 
Como un secreto,
Como una mentira.
Como un dolor.
¡Por favor no te despiertes!
¡No puedo aguantar tu última sonrisa!
Iris Menegoz

Hechizo

Me despierta la primera luz que se desliza entre las grietas de las persianas. En el silencio atónito de la mañana, contemplo con suspendido encanto la armonía del cuerpo de Simón abandonado en el sueño: por fin despojado de defensas, aparece inerme, casi frágil, maravilloso entre las sábanas sueltas.

Me pregunto qué milagro inmerecido me ha ofrecido la suerte y sigo volando en la regularidad de su respiración, me hago mirada y silencio, por temor a que hasta un imperceptible movimiento pueda agrietar el sortilegio y hacerlo desaparecer…

Desde niña he amado los cuentos de hadas al revés: he sido amiga del lobo, de la bruja infeliz, de la hermanastra fea y soltera. Siempre he considerado insípidos los finales “vivieron felices y comieron perdices”: parece que quieren entrañar la quintaesencia del éxtasis. En realidad, es una frase que presupone el tedio de la nada, reiterado al infinito: cuando el círculo se recompone y parece que nada puede rayar la perfección de la felicidad conquistada, el hechizo ya se ha roto y la princesa se ha despertado para siempre, con los ojos bien abiertos.

Así que Simón no será mi Príncipe Azul, no me dará un beso casto y prosaico para romper un hechizo. Será mi Caballero Negro, el mago de la capa oscura y del beso que embruja: el que crea el encanto, y no el que lo quiebra.

Silvia Zanetto

El despertar

En estás habitaciones siempre hay gente. Alguien contado su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días. 

Algunas veces he visto que escuchan con atención, otras con hastío, otras solo se puede llorar, alguna que otra vez  es posible reírse.

 Si te vas al campo un día de esos en que el  verano te premia  con un ligero viento fresco, tienes la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El  ritmo adecuado  para que crezcan las flores, la higuera, la uva, el momento para recoger una cosecha completa. Hay que esperar. Todos esperamos la recompensa final. 

En estas habitaciones vemos como sucede el tiempo.

Alguien prescribe si  la cosecha será buena o no , si hay que esperar o ayudar de alguna manera.

Los tenues rayos de luz se cuelan a través de la ventana  e invaden toda la estancia. Comienza el bostezo y la caricia al despertar. Hoy es ese el fruto de la cosecha.

Blanca Quesada

El despertar

Soñaba con estar de vacaciones. En el sueño era justo como es. Las vacaciones de verano, esas, en la casa de campo de sus abuelos. Felipe conocía bien los hábitos del abuelo y el último día de agosto, que era también el último día de vacaciones, tenía que acompañarlo a buscar setas. Se había levantado muy temprano y todo estaba tan oscuro que a Felipe le parecía que estaba vendado. De vez en cuando una ráfaga de viento producía silbidos inquietantes. A pesar de llevar una chaqueta y un gorro impermeable, la humedad parecía penetrar por la piel. Ni rastro de hongos, ni siquiera venenosos. La cesta de mimbre estaba vacía. Cansado de mirar al suelo miró hacia arriba y se detuvo. ¡Qué raro! Veía todo del revés. Los hongos colgaban de las copas de los arboles como las estalactitas en una cueva. Llamó al abuelo y éste le pidió que se bajara los pantalones. Se había puesto la ropa interior al revés. Nada de brujería, sólo había intentado…para traer buena suerte. El abuelo le echó un rapapolvo, diciéndole que la brujería de los calzoncillos al revés había llevado a otra brujería, la de las setas al revés. ¿Y ahora qué? ¡Vaya, el despertador! El sueño, o mejor dicho la pesadilla, se termina y el despertar comienza. Felipe sabe que tiene que levantarse, pero su cuerpo opone resistencia y sus ojos permanecen cerrados. De hecho, ¿por qué levantarse? Todavía está de vacaciones. Ah sí, el abuelo, los hongos, ¡nada de ropa al revés por favor! El despertar no puede esperar.

Raffaella Bolletti

¡Despertaos!

¡Estallidos de bombas! Relámpagos en el cielo. Ruido atronador. Sirenas de alarmas. Humanidad que corre. Humanidad escondida bajo tierra. Todavía queda esperanza en los que huyen y en los que se quedan. Porque siempre hay luz al final del túnel. Pero ¿de quién es esa maleta? 

Abandonada al lado de una acera, lleva dentro pocos enseres y parece esperar a su dueño como un perro fiel. Pero nadie la va a recoger. Lo que antes vivía, hablaba y pensaba ya no existe. Y esa manta azul, manchada de sangre inocente, y la cara destrozada de una madre que ha perdido su hijo para siempre…Y las arrugas de quien ha vivido mucho y ya no tiene adónde ir porque le faltan las energías…y los que mueren antes de nacer. 

Copos de nieve caen sobre los vivos y sobre los muertos. Vientos gélidos soplan y barren el polvo sobre montañas de escombros. Ciudades vacías. Esperanzas rotas. 

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde se ha escondido? ¿Todavía queda un trozo en algún rincón? 

¡Despertaos gente! 

No es eso el mundo que queríamos.

Manila Claps………..

Despertar

Érase un país lejano, en el que las brumas de una pesadilla ofuscaban las mentes. Las gentes oían, durante meses, años y siglos, los acalorados discursos del Mal Hermano, aplaudían sus chistes insulsos, idolatraban su imagen con la mano apoyada sobre un corazón rojo. No veían que lo que era verdaderamente rojo era la sangre de sus innumerables víctimas. Cuantas más muertes se registraban como caídos en combate, más aumentaba su prestigio como héroe de la nación, como presidente eterno, como “purificador” que, a sangre y fuego, eliminaba la insurgencia, las mentes que pensaban por su cuenta.

Pero un día, una brisa juvenil, de primavera, fue desatando las nieblas, fue aclarando la visión, destapando los oídos de los sordos esclavos e iluminando las mentes dormidas. La brisa se volvió viento y, llevado por bandadas de pájaros, se convirtió en huracán y arrastró lejos al sátrapa Mal Hermano con todo su séquito. El cielo despejado y luminoso dejó brillar el sol y…. colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Maria Victoria Santoyo Abril

Cortesía china

Esta mañana, al despertar, no podía creerlo, recordé mi sueño hasta el más mínimo detalle, nunca me había ocurrido. Estaba en China.

Lo primero que hay que saber es que nunca he visitado China. Por supuesto, he visto películas, documentales, he leído libros, novelas antiguas, modernas e incluso contemporáneas, conozco su historia y he visto muchas fotos. Me gusta la cocina, pero creo que en realidad no la conozco. Habría que ir a vivir allí.

Si yo viviera fuera de nuestro capullo europeo que, por otra parte, no sabemos apreciar en su justo valor, creo que preferiría el mundo chino y su cultura milenaria. No hablemos del american way of live, ni de los rusos que en realidad son también europeos, aunque no lo hayan descubierto todavía.

Estamos en un apartamento, dónde no sé, la máquina de los sueños no lo dice. Mi esposa me despierta, es temprano, es de madrugada.

— Huelo a gas, —me dice.

Me levanto medio dormido, reviso los botones de la cocina, todo parece estar bien. Abro la ventana y me refugio en la cama y en los brazos cálidos de mi esposa. Hacia las 10 horas, un obrero con uniforme reluciente se presenta y, sin demora, se acerca al encendedor eléctrico.

— WOOFFF! — Un resplandor azul aparece y desaparece durante un breve instante.

— En efecto, hay una fuga, — dice él, despreocupado, —delante de mi esposa asustada.

Se pone a trabajar, saca la cocina de su compartimento y comienza a desmontarla, rápidamente me muestra una pieza que no reconozco y me explica en su inglés sin «r» que hay que sustituir la pieza. Llama a un colega que llega poco después, él también espléndido en su uniforme recién planchado. Hablan en un chino tan elegante que debe ser mandarín. Éste último toma una decisión y me hace firmar un documento redactado, … debería decir caligrafiado en la lengua de Confucio.

Con cuidado, levantan la cocina sobre una pequeña máquina de 4 ruedas y se la llevan, no sin saludarnos con profundas reverencias.

Más tarde hice traducir el documento por una persona bilingüe al inglés. 

Muy cortésmente la compañía Arsène Lupin, nos agradece calurosamente por el generoso regalo que les hemos concedido y nos pide que aceptemos sus más sinceras disculpas, especificando que ciertamente nuestro seguro intervendrá.

Jean Claude Fonder

Susurros en la fontana

SUSURROS DE AMOR
William-Adolphe Bouguereau (1825 – 1905 )

Siempre he considerado Roma como una ciudad de provincias. Me gustan sus pequeñas calles de color inextricablemente medievales. Me gusta perderme por ellas, guiado por el olor del pan de trigo a las cuatro de la mañana, cuando el panadero lo saca crujiente del horno. Me gustan los gatos vagabundos que se acercan libremente, saltan a tu alrededor, como el gatito en el pelo de Anita Ekberg. Un gatito blanco como su estola blanca que pasea su hermoso cabello rubio en su desnuda espalda escotada.

Me gusta cuando, ya de mañana, salgo atontado de la fiesta, sigo el sonido del agua en la oscuridad fresca, y encuentro, majestuosa, la Fontana de Trevi. Anita está dentro, bañándose, su abundante y lechoso pecho regado por las cascadas chorreantes, da saltitos ante mis ojos maravillados. Me llama, sin dudarlo me remango los pantalones y con los pies descalzos, chapoteo hacia ella. La abrazo, la beso y ella, simplemente, coge un poco de agua en su mano y según amanece, me bautiza en el pelo, susurrando «Marcello».



Jean Claude Fonder