Una historia de amor …felino

Fue una tarde de lluvia otoñal. Regresando a mi casa oí, bajo un coche, una débil llamada. Me bajé y la vi. Era algo pequeño, peludo, delgado y sucio con larga orejas y hermosos ojos verdes. Me miró y dijo.

—¡ Por fin me oíste. Te estaba esperando. ¡Vamos a tu casa!

La cogí en mis manos. Era tan leve, del tamaño de la palma de mi mano. Tenía el pelo blanco y gris como ciertas porcelanas de Copenhague. Su mirada sorprendida y su inmediato ronronear tocaron mi corazón. Enrollándola en mi bufanda pensé:

— Estarás conmigo una semana o dos, después te buscaré una buena familia. Te llamaré Alice, Alice en este país sin maravillas.

Ahora, después veinte años, Alice y yo aún estamos juntas. Fiel amiga capaz de discernir mis días buenos y los malos, mis vacaciones, mi sofá y mi cama.

Ahora es una señora mayor. Tiene todos los pequeños problemas propios de su edad. Pero cuando está en mis brazos y escucho su inmediato ronronear, recuerdo todos los juegos que hicimos juntas. Su carácter alegre y su felicidad cuando cada noche regresaba del trabajo y me saludaba con secretas palabras conocidas solo por nosotras.

Aún hoy, cuando ella está frente a mí mirándome de esta profunda, tierna, humana manera, me siento un poco asustada porque me parece casi imposible pensar que detrás de esa mirada los pensamientos sean ausentes.

Alice, filosofa, sabia, rutinaria, fan del silencio y de Mozart.  Tú me has elegido y decidiste que merecía ser tu amiga, pero nunca siendo mi esclava.

Iris Menegoz