Noche de alegría

El apartamento en el cuarto piso del viejo edificio constaba de dos habitaciones. Una era el dormitorio de Ana, Pablo y la niña Alicia de 7 años. La otra era de todo un poco. Cocina, salón, taller. El apartamento, evidentemente modesto, tenía un gran valor. Las dos ventanas asomaban a una de las calles más anchas, comerciales, y populares de la ciudad. Aquella mañana, todo el mundo loco de alegría tenía que pasar por allí. Era el 25 de abril 1945. ¡¡Milán era libre!!
Amigos, familiares, vecinos del pueblo empezaron a llegar muy temprano. Cada uno trayendo algo, queso, pan, vino, salami, fruta. Todos con ramos de claveles rojos para lanzar sobre la muchedumbre festiva, ruidosa que cantando saludaba la gente asomada a las ventanas mezclando el rojo de las banderas con el rojo de los claveles. Todas las ventanas de las casas alrededor estaban abiertas. (Solo las ventanas de los fascistas estaban cerradas. ¿Quizás se habían ido de vacaciones?)
La casa de Ana e Pablo parecía una estación de trenes. La gente iba y venía riendo, bebiendo, abrazándose, comiendo. Era de noche cuando todos se fueron. Ana puso Alicia ya dormida en su cama y empezaron a ordenar la cocina.
Ana fregaba los platos y Pablo, abrazándola por detrás le besó el cuello, le acarició el pecho y, como siempre, bastaron pocos minutos y ambos se encontraron tirados sobre la mesa haciendo el amor como locos entre migas de pan, claveles y rodajas de salami.
(No quiero extenderme en detalles porque como dijo el poeta "la luz del entendimiento me hace ser muy comedido").
Yo nací nueve meses después. Fruto imprevisto de una noche de alegría.
Iris Menegoz