Fantasma

Dali – El sueño

De niño veraneaba en la casa de campo de mi abuela materna. Era una antigua casa en dos plantas que constaba de dos pisos, un comedor con chimenea, una enorme cocina, cuatro habitaciones, un baño. Me acuerdo que la abuela solía decir, a mis primos y a mí, que en la casa vivía, desde siempre, un típico fantasma, con una sábana blanca y que era él quien producía los ruidos que oíamos por la noche. Yo siempre he creído en las presencias fantasmales. Pero negaba la presencia del fantasma, de ese fantasma, y, al contrario de mis primos, no tenía miedo de él, es más, me habría gustado conocerle.

Al volverme adulto me di cuenta de que los fantasmas no son los que llevan sábanas blancas. Parafraseando parte del título de un libro puedo decir que es verdad que los fantasmas llegan sin avisar. Y llegan, siempre llegan, aunque no los veas. Yo mismo tenía muchos fantasmas revoloteando por mi casa y por mi mente. Problemas no resueltos, malas experiencias, un pasado complicado. Por fin me enamoré. Francisca era una chica guapa, alegre, que me hacía sentir bien, los fantasmas desaparecieron. Vivimos tres años en un pequeño apartamento alquilado, en un barrio tranquilo de la ciudad de Milán. Un día, de pronto y sin ninguna razón aparente, Francisca se fue sin dejarme ni una carta, ni un mensaje. Esta repentina fractura de lo normal, y la paralizadora sensación de pérdida y de soledad que llevaba a cuestas, hicieron que poco a poco la depresión se apoderara de mí. Empecé a perder interés en todo, también en el trabajo, que tanto me gustaba. Me despidieron y me quedé sin sueldo y sin la posibilidad de hacer frente a los gastos. Así que dejé el apartamento y sin hogar me convertí en un vagabundo. Un vagabundo entre los muchos vagabundos y pordioseros que poblaban las calles. Hoy, como todos los días me aproximo, allí donde me esperan; el lugar donde encuentro a los invisibles de la ciudad, como soy yo, haciendo cola para un plato de comida, o para ducharse. El lugar está al alcance de los zapatos pero yo no puedo llegar. Hoy no. Hoy no busco comida, camino hasta la esquina, me detengo un rato, miro a los paseantes; ellos miran, pero no ven que yo ya estaba allí, pasan, no se detienen, yo saludo y ellos me ignoran. Ya no me importa, ya lo he comprobado. Nada ni nadie puede convertirme en fantasma, ya lo soy.

Raffaella Bolletti

El dolor que cabe en un alma es para los vivos

– Recorrí el pasado y el futuro enteros y elegí mi presente. Grité «¡Estoy entre ustedes!» y nadie me oyó. Dije «Estoy bien» y nadie me escuchó. Toqué tu brazo y no me sentiste. 

Siento su puño en mi estómago, sé que es ella y este es el mismo vómito que cuando su cuerpo estaba formándose dentro de mi ser. Ahora me golpea la locura de no verla nunca más.

– ¡Y no me ves!

 Ahora es un poco más que un ser sin cuerpo, ya sabe que no tiene sombra. Es un fantasma. Está buscando su lugar y puede recorrer la eternidad en un segundo; eso marea, da náuseas, las mismas que yo siento, somos dos partes separadas con el mismo vértigo. 

– Las sensaciones son las mismas. El dolor inmenso. El terror que supone crearse de nuevo. La sorpresa de lo etéreo.

Puedes ir a cualquier lugar, recuerda que es por el este, por el tuyo, es por donde nace el sol. Míralo desde lejos. Estás acompañada, lo sé y yo siempre permaneceré en la mañana. 

– Estoy despidiéndome, construyéndome en otro lugar, eligiendo la mejor de las opciones, sintiendo lo mismo que tú, somos parte de una misma molécula para siempre. 

Estamos en distintos colores, mamá: yo en el amarillo claro del principio de los momentos y tú en el rojo de la vida, la sangre. 

Soy su madre, me siento tan triste que no me cabe el dolor en las palabras ¡Hija, hija! 

– Podemos estar en la misma calle, en la misma dimensión, en el mismo sitio, estamos una dentro de la otra, cuando tú vas a la izquierda, yo también lo hago ¡Y no me ves! Mírate dentro, soy como tu espejo. Pude escapar de mi cuerpo. Recorro los espacios infinitos con sus nuevas dimensiones.

Elegirá bien, cómo ella sabe. La vida es una perpetua reconstrucción de objetos rotos, momentos huidos y caminos recorridos. Ahora sé que el sol es distinto cada vez y descubrimos la senda de cada día, como ella el universo ¡Vuela alto mi niña!

– Mi alma como un globo surca el cielo áureo, sobre un viento suave.

El dolor que cabe en un alma es para los vivos. Lo vio todo, nos ve a todos ¡Qué bello es el ojo de mi hija! 

–  ¡Mamá estoy bien, muy bien!¡ Estoy en Júpiter familia! En el planeta más grande, en la luz del día. 

El ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas es ojo porque él te ve.

Blanca Quesada

La vigilia

La estancia permanecía en penumbras, apenas iluminada por la débil llama de un único quinqué que colgaba en una de las casi totalmente desnudas paredes.

Cinco hombres de rostro duro y mirada taciturna permanecían sentados alrededor de una recia mesa de madera. Sobre la misma, tan sólo una jarra de vino a medio llenar como único vínculo de unión entre ellos. Apenas hablaban, tan sólo bebían cortos tragos de sus respectivos vasos y de vez en cuando miraban con aparente temor el reloj que, desde el otro extremo del salón y por encima del profundo silencio que ahogaba el lugar, dejaba escuchar el tictac implacable que, segundo a segundo, aproximaba sus agujas a las doce de la noche.

Noche tras noche, desde hacía casi tres meses, ocurría siempre así. Permanecían sentados codos con codo hasta el amanecer. Sin necesidad de palabras. Con el único fin de prestar apoyo y compañía a Ismael, uno de aquellos cinco conjurados, dueño de la casa y protagonista de su desgracia.

Siempre pendientes del maldito reloj. Siempre pendientes de que al menos esa noche sonaran por fin las doce campanadas.

Como cinco condenados. Esperando un juicio que nunca llegaba.

Fatídicamente, cuando las dos agujas se juntaron sobre los números romanos que señalaban la duodécima, el mecanismo dejó de funcionar dando lugar, a continuación, a una serie de hechos inauditos que día a día se habían ido convirtiendo en rutina.

Uno de los hombres, justo el que se sentaba frente a Ismael, apenas pudo contener un gesto de asombro cuando, por un momento, le pareció ver algo parecido a una sombra que cruzaba el salón, muy cerca de donde se encontraban sentados. Pero fue una apreciación apenas fugaz y prefirió callar. Al punto, todas las luces de la estancia se encendieron al unísono e instantes después la leña de la chimenea prendió por sí sola en tanto que la mecedora dispuesta cerca de ésta, empezó una acompasada danza: hacia atrás y hacia delante. Una y otra vez. Hacia atrás y hacia delante.

Poco después, pareció parar por unos instantes, el fuego se avivó y nuevamente la mecedora comenzó a danzar.

Los hombres miraban en silencio en dirección a la chimenea sin atreverse a hablar, embargados por la superstición. 

Un poco más tarde, volvió la silla a parar su balanceo y de forma imprevista el retrato de la boda del atribulado Ismael, salió despedido desde la repisa de la chimenea, lugar sobre el que hasta ese momento había estado colocado, para estrellarse contra el suelo. 

Todos se levantaron sorprendidos, sobrecogidos sus corazones por el temor. Mirando con demudado semblante en dirección al portarretrato ahora roto sobre el pavimento.

Ismael se echó una vez más a llorar desconsolado y se revolvió en su asiento intentando levantarse.

– ¡Lucía, Lucía! ¡Es ella! ¡Seguro que es ella! repetía una y otra vez el nombre de su esposa recientemente fallecida, con voz desesperada.

Lo tuvieron que sujetar a viva fuerza y alguien le susurró en tanto le posaba una mano sobre el hombro obligándolo a sentarse nuevamente:

– Tranquilízate Ismael. Reza lo que sepas y pide para que los muertos descansen en paz.

Sergio Ruiz Afonso

Fantasma digital

Te veo en la foto de perfil con esa sonrisa socarrona de un tiempo, seductora y perversa. Entre Mona Lisa y Mefistófeles.

En medio de la noche llegan tus mensajes apremiantes, angustiosos, como quejidos lejanos. Vuelves a ser el manipulador que, con relatos tristes, intentas conmover y atraer a quienes se alejaron de tu pérfida influencia. 

Es imposible devolver las manecillas del reloj del implacable tiempo.

Apareciste en un chat cuarenta años después, como un fantasma juvenil. Es posible que te hayas quedado atrapado en una sesión de espiritismo de nuestra juventud. 

Vuelve a tu oscura dimensión. Adiós.

Maria Victoria Santoyo Abril

Ghostwriter

Sé que te parecerá extraño pero créeme, a veces llegan a oleadas como una ventolera. Los veo desde la ventana desplazarse con vertiginosa obstinación por el jardín. Y cuando bajo tan solo para despegarme por un instante de la computadora, aprovechan y se cuelan por las rendijas y  con  sus cuerpos deshilachados invaden mi despacho como blancas medusas. Entiéndeme. Están en todas partes. Han tomado posesión de la casa. Son los fantasmas de mis muertos, seres livianos, gaseosos que sin embargo conservan un peso consistente. ¡Tendrías que verlos! tan concretos como los anillos de Saturno, tan vibrantes como la luz que nos llega de los despojos de una  estrella. Créeme, a veces no me dan tregua, sobre todo cuando busco descanso. Van y vienen entreverando recuerdos, confesando secretos, equivocando presagios y franquezas. Tengo que ser sincera, por momentos me agotan. Quisiera de una vez por todas deshacerme de ellos. Y entonces salgo a caminar sin rumbo. Cumplo maquinalmente con los deberes del día o me distraigo contando las hojas de los árboles o hablando contigo por teléfono. No, por favor no te ofendas. Es que a veces estoy tan dolorida como si me hubiesen dado una paliza. Pretenden, sin piedad, que me ocupe de ellos. Te lo puedo jurar, no exagero. Y si no, se amotinan con furor de murmullos o, aún peor, se anidan envenenando mi pecho como un manojo de serpientes. Créeme, de solo pensarlo me estremezco. Por eso te pido que no insistas. No es que no quiera verte es que ahora no puedo. Exigen que termine cuanto ante de escribir sus memorias. Reclaman prepotentes los derechos de autor.

Adriana Langtry

Alter ego

Reproduction interdite – René Magritte (1898 – 1967)

Desde cualquier punto de vista, especialmente del mío, creo que ésta que a continuación voy a relatar es una historia un tanto lamentable.
Hace tiempo que vivo solo. Mi esposa falleció hace años y por caprichos de la vida, en lo que mucho ha tenido que ver tanto la edad como la eficiente laboriosidad de la muerte, me fui quedando además, sin familiares o amigos con los que tratar, y puesto que nunca resulté ser persona frecuentadora de tascas ni muy dado a relacionarme con los vecinos más allá del típico y cordial “buenos días o buenas noches”, el hablar conmigo mismo se convirtió, las más de las veces, en mi más socorrido entretenimiento.


Y no crean, que a pesar de todo y en un principio, estas conversaciones-monólogos resultaban muy amenas e incluso instructivas. Y, aunque con el paso del tiempo me fui casi acostumbrando a hablar solo e incluso viera ventajas en que nadie contradijera mis opiniones, el hecho de no tener frente a mí un interlocutor visible que le diera algo de verosimilitud a aquella relación me empezó a incomodar y fue por ello que un día, después de darle algunas vueltas al asunto, decidí que un buen remedio contra la fastidiosa soledad pudiera ser el comprarme un espejo.


No lo hice enseguida. Me tomé mi tiempo. Lo elegí con mucho cuidado y finalmente, me pareció que la mejor opción sería la de uno de cuerpo entero que descubrí en la trastienda de un comercio cercano. Ilusionado, tan pronto lo compré, yo mismo lo coloqué en un rincón de la salita de estar, arrimado a la pared, justo enfrente de mi sillón preferido.
La idea era poder imaginarme acompañado, y todas las tardes, después de la cena, solía sentarme frente a aquel a departir en animado monólogo como si se tratara de una visita. El verme reflejado en su bruñida superficie me hacía imaginar que hablaba con un semejante.


Al principio todo trascurrió según lo previsto: mi doble me seguía el juego como si se tratara de un amigo de toda la vida. Yo le hablaba y él me escuchaba con interés e incluso me pareció que asentía con la cabeza de cuando en cuando. Por supuesto, tenía claro que tan sólo era un simple reflejo de mí mismo. O al menos era eso lo que pensaba.
Poco a poco, mi alter ego se cansó de simplemente escuchar y comenzó a querer opinar por sí mismo. Yo se lo consentí porque me pareció beneficioso para mi interés. Pero sucedió que un día la conversación subió de tono hasta convertirse en una acalorada discusión en la que ya no conseguimos ponernos de acuerdo. En un momento dado, mi reflejo se enfureció conmigo hasta el punto de darme la espalda, y desde entonces y para mi desgracia, a pesar de mis ruegos y disculpas, ya no le he podido ver nuevamente el rosto y he terminado por volver a quedarme solo.
Es que ni yo mismo me aguanto…

Sergio Ruiz Afonso

Juntos

Cavalière dans le bois – – René Magritte (1898 – 1967)

Me enderecé lentamente, abrí los hombros y después los sentidos, casi oí su corazón, juntos.  Yo a su grupa y él dentro de mi alma, los dos galopamos, nada pesaba, ligeros atravesábamos los enormes espacios que separan los átomos, entre la arboleda, las piedras, los ríos. Éramos uno, como el universo, superando etapas. Descubriendo cada dimensión. Terminando ciclos
La realidad era un lienzo.
La óptica del ahora me salvó de la locura.
Por fin las plantas siguen creciendo.

Blanca Quesada

Para Julia

Reproduction interdite – René Magritte (1898 – 1967)

 Felipe no quería que nadie volviese a ver su cara, después de lo que había hecho. Y tampoco quería volver a verse él: demasiado remordimiento, demasiado asco por si mismo. Demasiado horror por la locura que se apoderó de él, quizás solo por unos minutos, que lo convirtió en un monstruo, y le hizo cometer algo que nunca se podrá borrar. Unos minutos y ya no era él, ya no tenía su antigua cara de chico bueno, la que nunca volvería a ser suya.  

Y Julia, con su rostro de niña, con su flequillo y su sonrisa tan inocente, tan inocente ¡por Dios! ¿Pero por qué lo había dejado? 

Aquel Felipe con la cara de bueno ya no existía, él se había convertido en locura y aberración, en un asesino imperdonable.  Había destruido la vida de Julia, y la suya también. 

¿Cómo podía soportar encontrarse con su propia mirada, ver sus ojos de homicida, sus labios de veneno, su cara que ya no era la de siempre?

Cuando entró en su casa y se vislumbró en el espejo, la imagen del antiguo Felipe le dio la espalda. 

Silvia Zanetto

Reproducción prohibida

Reproduction interdite – René Magritte (1898 – 1967)

 Soy Julio, un hombre cualquiera. Soy Asistente en la Oficina de Información y Atención al ciudadano de un ayuntamiendo en el centro de Italia. Mi cargo me facilita conocer a muchas personas y con cada una trato comprender y resolver los problemas burocráticos que ellas me presentan. Enfrentarse a ciudadanos a menudo enfadados, non es tan fácil, para mí es el lado más complicado. A las 13 horas, terminado mi día laboral en el ayuntamiento, salgo de la oficina, y me voy al Centro Hospitalario donde hay niños con enfermedades importantes. Allí me disfrazo de payaso, convirtiéndome en Juanito, me pongo una peluca rubia, una nariz de goma redonda y roja, y en los labios un carmín. Entro en las habitaciones donde están los niños; las paredes pintadas de colores vivos a veces con dibujos de animales. Los niños parecen divertirse mucho, se ríen y tratan de imitarme. A veces traigo algunas narices de goma para regalárselas. Termino de ser el payaso y vuelvo a mi apartamento; descanso un poco y vuelvo a salir. Por la noche me voy a un club muy popular de la ciudad, donde me llaman Gladys. Allí llevo una falda negra, una blusa de rayas blancas y negras y zapatos de tacón. También me pongo una peluca rubia de pelo largo. Es una diversión un poco loca la de vestirme de mujer, pero me ayuda a superar los momentos complicados de la vida. No soy transexual, ¡o tal vez lo sea!

Hoy tengo una cita con mi jefe en el ayuntamiento. Ni idea de por qué el jefe me ha citado en su despacho. Estoy un poco preocupado. ¿Me va a echar un rapapolvo? ¿se ha enterado de mis disfraces y va despedirme? ¿O bien me va a proponer una promoción? Hoy llevo traje de chaqueta y pantalón oscuros, camisa blanca y corbata. Antes de salir me miro al espejo para asegurarme de que todo está perfecto. Qué extraño, veo mi cuerpo, pero no veo mi cara. Y además hay otro yo detrás de mí, también sin rostro. Pero sí veo el reflejo del libro en el espejo. ¿Por qué esa falta de imagen?, ¿dónde estoy? El espejo parece contestarme. ¿Cómo puedo reflejar una imagen tuya? Los humanos tenéis diferentes aspectos, no sois siempre los mismos, sois una mezcla de situaciones. ¿cómo sé quién eres? ¿Julio, Juanito, Gladys, otro?. Ay espejo, tienes razón, a veces ni siquiera yo sé quién soy, a veces me parece que no tengo una identidad mía y temo quedarme en una posible tiniebla, una tiniebla donde somos otros y todos un pedazo de un engaño, el engaño de un espejo.

Raffaella Bolletti

Recuerdos

L’empire de la lumière – René Magritte (1898 – 1967)

 Amanecía, el barrendero pasaba todas las mañanas a la misma hora con su carro lleno de escobas y de cubos. Su primer vistazo lo echaba a la casa de en frente y a las dos ventanas perpetuamente encendidas. Gracias a Carlota, la portera del edificio, León conocía un montón de anécdotas sobre el inquilino que allí vivía.

Se trataba del Doctor Martínez. Un hombre de mediana edad muy rico que, después la muerte de su joven mujer no podía dormir y pasaba las noches bebiendo.

Eso lo decía Carlota que contaba todas las mañanas las botellas que el Doctor dejaba en el cubo de la basura.

Cada mañana que León se acercaba al portal de la casa del Doctor Martínez, Carlota lo invitaba a beber un café y siempre lo ponía al día de la vida del Doctor.

– El hombre sale sólo al anochecer, no habla con nadie, no tiene amigos, ha dejado de trabajar. ¡Puede hacerlo, es bastante rico el cabrón!

– ¿Por qué cabrón? – preguntó León con tímida curiosidad

– Lisa, la joven esposa del Doctor – continuó Carlota – era hermosísima.

Su encanto había generado en el Doctor unos celos letales. Lisa, era una prestigiosa concertista. Daba clase de piano hasta que él se lo prohibió. Yo la escuchaba tocar el piano durante horas. Melodías tan tristes que me hacían llorar. Por desgracia escuchaba también los gritos, los insultos del hombre y el llanto desesperado de Lisa.

– ¿Usted piensa que le pegaba? – preguntó León un poco asustado.

– ¡Si! Yo creo que sí. Cuando la veía pasar llevando gafas oscuras y una bufanda que le ocultaba casi por completo la cara, sentía una gran pena por la joven. Vivieron así durante dos años. Luego llegó el cáncer y en dos meses la pobre se murió. Desde entonces el Doctor se sintió asolado por el remordimiento. Empezó a no vivir ni de día ni de noche.

– ¡Pero fue el cáncer el que mató a Lisa! – replicó León.

– ¡Si, fue el cáncer quien mató su cuerpo, pero fu él quien mató su alma! 

 

Iris Menegoz

La amazona prodigiosa

Cavalière dans le bois – – René Magritte (1898 – 1967)

 Cada tarde al atardecer la veo, o mejor, siento el viento que la precede. Del bosque llega una brisa perfumada de pinos y musgo. Luego, se levanta la hojarasca movida por los cascos del corcel que sale del bosque, su andar es rítmico, cadencioso y elástico. Está montado por una diestra amazona. Todo en ella es armonía, ritmo y belleza. Su traje de terciopelo lila es de corte clásico, el cabello castaño recogido bajo el sombrero está trenzado en un artístico moño. Me recuerda a alguien, pero aún no sé a quién. Desde lejos no logro distinguir bien sus rasgos, pero me es familiar.

Sigo con la mirada el trote y el paso fino y, cuando empieza a oscurecer, vuelve a penetrar en el bosque, como si atravesara los árboles y se escondiera.

Hoy, por fin, he podido ver su rostro y… ¡ella me ha mirado de frente! Ahora la reconozco, es la dama del retrato que tenía mi abuelo en su habitación.

Maria Victoria Santoyo Abril

Los amantes

Vas a preguntarme por qué nos besamos en la boca si nuestras cabezas y, por supuesto nuestras bocas, están cubiertas por un sudario blanco.
¿Cómo sabes que es un sudario blanco? Sin duda habrás leído algunos comentaristas, que afirman que Magritte quedó impresionado por el suicidio de su madre. La mujer se arrojó al río Sambre con un camisón enrollado en la cabeza. No estoy de acuerdo, Magritte para mí es ante todo un humorista. ¿Por qué entonces cubrirse la cabeza besándose?
Para esconderse, por supuesto, pero no creo que sea muy erótico, ¿alguna vez lo intentaste? De todos modos, hay contacto y la lengua no es el único órgano que puede crear una sensación erótica.
Veamos, en cambio, qué sentido tiene esconderse del público. ¿Una apuesta quizás?
Es cierto que en el momento de la creación de la obra (1938), la sociedad es todavía muy pudorosa, victoriana podría decirse, así que si los amantes son del mismo sexo o de edad muy diferentes sería sin duda útil. Pero eso no explica que sea útil hacerlo en público, se puede simplemente hacer en privado.
Así que, ¿qué es?
Otra pregunta: ¿te gusta la obra? ¿estéticamente? ¿te activa un interés artístico, emociones, reflexiones? Si la respuesta es sí, entonces Magritte ha logrado su objetivo. No hay que preguntar nada más.

Jean Claude Fonder

Recuerdo

El precioso recuerdo

– Fabiana querida, ¿cuál es tu recuerdo favorito?

– El de mi nacimiento, papá.

– Pero cariño, ¡no vas a pretender que recuerdas tu nacimiento! Yo estaba allí, lo recuerdo bien y es un recuerdo inolvidable. También para tu madre, que sufría el martirio para ayudarte a salir de su cuerpo descuartizado y desgarrado por los cortes que el médico había practicado. Para ti, el bebé, debía ser traumático este viaje imposible para pasar entre la carne y los huesos ensangrentados de tu pobre madre. Y cuando, finalmente, pudiste gritar para liberar tus pulmones y respirar el aire libre, te aseguro que no estabas sonriendo.

Mi hija me escuchaba describir este momento difícil, pero también recuerdo imperecedero. La memoria es engañosa, tendemos a construirla como nos conviene. Mi pregunta anodina había roto la barrera del hábito que se formaba alrededor de nuestra familia y de su historia cotidiana. De repente las lágrimas brotaron:

– Papá, estaba hablando de la joya que le diste a mamá para darle las gracias, pero también para celebrar nuestro triple amor. Los tres anillos de Cartier, el oro amarillo, gris y rosa que nos lo había recordado.

Jean Claude Fonder

Chistes de la memoria

René Magritte

Los recuerdos son trozos de vida que te persiguen desordenadamente a través de la niebla de la memoria.

Lo raro es que yo no logro conservar los recuerdos de los tiempos felices.

Como si la felicidad fuera algo adquirido y que con el paso del tiempo pierde su luz.

En cambio, los recuerdos de los tiempos angustiosos, el desamparo, las ofensas, acuden a la memoria vividos, lúcidos, intensos.

Las cicatrices del alma nunca sanan, basta poco para hacerlas sangrar.  

Iris Menegoz

Y ahora soy un libro

Paul Delvaux

Los recuerdos a veces se parecen a los amigos, cuando nos confortan, nos alivian de la melancolía y se nos quedan juntos en los momentos más solitarios de nuestra vida.  

A veces, en cambio, nos atormentan por el remordimiento que nos traen, así que intentamos verlos desde otro punto de vista para lograr perdonarnos. A veces, en cambio, están llenos de dudas, y nos rodean en un circulo, cogidos de sus manos, como un baile inquieto y atormentador. Porque los recuerdos se  escapan, se diluyen, se transforman… 

Es por eso que Sara decidió dejar de ser un cuaderno vacío y quiso convertirse en un libro, un libro de recuerdos para que no se desvanecieran para siempre, cuando su cabeza los borraría. Empezó a escribir cada día, como mínimo por media hora, sin darse reglas: solo seguía  los pasos de su memoria que caminaba entre las zonas nubladas y las comarcas con el cielo despejado de su vida pasada. A veces dejaba de escribir y se volvía a mudar en un cuaderno vacío,  pero luego empezaba otra vez a convertirse en su libro, releyendo y siguiendo con su historia. 

Sara también descubrió que a menudo la memoria nos traiciona: selecciona, borra, decolora los recuerdos, y nunca sabemos si es una fuga que nos salva, librándonos  del desasosiego, o una pérdida irremediable de lo único que nos quedaba de la mayoría de la vida. Entonces intentó comparar sus recuerdos con los de sus familiares y amigos, y se dio cuenta de que muchas veces eran diferentes, no porque alguien mintiera, sino porque todos guardan en su memoria lo que más les ha importado, y desde su punto de vista.

Pero Sara no se rindió.  

Volvió a escribir su historia, casi cada día, y los recuerdos volvieron como un dono merecido, se multiplicaron, a lo mejor imperfectos y disueltos…  pero suyos.

Y ahora,  Sara también es un libro.

Silvia Zanetto

La invención del recuerdo

Se deslizan con cautela fuera del álbum como animales enjaulados. Se asoman por los bordes dentellados de las fotografías color sepia. Son los protagonistas de las antiguas tramas familiares. Intérpretes, comparsas, voces fuera de campo de aquellas legendarias historias que a lo largo de las generaciones fueron narradas de boca en boca, celebradas y embarulladas hasta disolverse en el silencio. Aquellos viejos actores, desde los marcos de papel carcomido, escrutan ahora el entorno, apabullados ante los extraños que van y vienen por la casa, legítimos descendientes que ni los tienen en cuenta. 

Desde la muerte de los últimos testigos, los antepasados cayeron en el olvido, desprovistos de aquellos trovadores domésticos que con paciencia aprendían a perpetuar la saga colectiva. Es por eso que se agitan inmóviles en sus marcos de cartulina, que se dejan resbalar por el papel de arroz que los protege, exhalando susurros silenciosos y estremeciéndose, como estatuas, sin mover los tendones.

¿Acaso alguien recuerda las aventuras y tragedias de esas tres muchachas que saludan risueñas sentadas en las rocas?  Con los cabellos sueltos y el pudor concentrado en los finos tobillos que afloran bajo las faldas amplias con volantes. ¿O el fatal desenlace de esa pareja con sombrero y sombrilla a la vera del río, y el consecuente dispendio de vidas de esa ristra de niños vestidos de marineritos y princesas? 

En su inmutable silencio los protagonistas del pasado se asoman al presente, fuera del álbum, y yacen a la vista de todos, desparramados sobre el escritorio. Los más intrépidos se lanzan al vacío, como aquel rostro viril de bigotes tupidos con charreteras y medallas, que cabalgando un papel amarillento aterriza sobre la alfombra como una hoja de árbol arrugada. 

Buscan un corazón palpitante que quiera de nuevo interpelarlos, pronunciar sus nombres en voz alta, inventar con paciencia recuerdo tras recuerdo. Por fin hacerlos revivir.

Adriana Langtry

Recuerdos

Xavier estaba buscando un libro, cuando vio su álbum de la boda en la estantería, hacía tiempo que no lo veía, entró al salón y llamó a su mujer para verlo con ella. Hojeando el álbum recordó la linda pareja que eran y lo mucho que se amaban.

Miró a su esposa a su lado y se dio cuenta de que, 30 años después, ella había conservado un cierto encanto, estaba bien cuidada, siempre ordenada y era una madre excelente.

Al mirar las fotos surgieron muchos recuerdos y sensaciones para los dos, fue como retroceder en el tiempo cuando estaban enamorados, hacía mucho que no se sentían tan cerca.

Xavier se preguntó por qué la había engañado más de una vez y comprendió que era por su debilidad, al no poder resistir ciertas tentaciones.

Ciertamente ella siempre había sido fiel y no lo merecía, pero él nunca había pensado, ni remotamente, en dejarla.

Ángela también se emocionó mucho pensando en su boda, lo maravilloso que había sido ese día. Se preguntó por qué después 10 años de matrimonio y dos hijos se había enamorado de otro hombre, tal vez porque imaginaba que él no le era del todo fiel se sintió libre de no renunciar a lo que la hacía feliz.

En cierto momento su historia terminó porque ninguno de los dos tenía ganas de seguir fingiendo y escondiéndose, no querían hacer sufrir a las dos familias.

Ahora todo era diferente, solo quedaban ellos dos en la casa, los hijos eran independientes.

Continuaron mirando esos recuerdos y comentando sobre ellos, terminaron abrazándose, comprendieron que se habían encontrado otra vez, gracias a ese álbum que había despertado sus sentimientos y las ganas de continuar el camino juntos.

Leda Negri

Olor a brillantina

Recuerdo al hermano José, avanzando por entre los pupitres con su andar lento y gesto huraño, esparciendo a su paso el dulzón olor de la brillantina con la que se untaba el escaso cabello, mientras nos exhortaba sobre los temas más diversos con aquella voz de tono grave y amenazante, siempre parapetado tras su versátil vara de metro y medio.
          

La utilizaba para casi todo, haciendo a ratos las veces de bastón, de regla e incluso, en las clases de canto, también de batuta, pero cuyo principal cometido era el de convertirse en elemento disuasorio para los que creyéramos que nuestro paso por la escuela iba a ser un agradable paseo de domingo. Por medio de ella se esforzaba en mantener el orden en el aula a la vez que nos inculcaba sabiduría y respeto. Eran mis tiempos de infancia en el colegio La Salle.

Recuerdo las agotadoras clases de geografía en las que se empeñaba en grabarnos en la cabeza, a fuerza de coscorrones y palos, los ríos y correspondientes afluentes que recorrían nuestra accidentada geografía patria. No sé para qué tanto trabajo. Seguramente la mitad de ellos ya no existan, engullidos por el cambio climático. Tampoco eran mucho más soportables las aburridas clases de historia en las que se nos enseñaba una sesgada visión de la realidad con vistas a mantener nuestro orgullo nacional bien alto. Las de religión por su parte, tan importantes por entonces, me hacían pensar que, a dios, cualesquiera que fuera tu bando, lo ibas a tener como aliado incondicional, siempre dispuesto para masacrar sin piedad a tus enemigos.

Creo que aquel tipo de educación, basada más bien en una visión sectaria y muy poco caritativa de la vida, en la división piramidal de la humanidad en razas y clases sociales, así como en el miedo y la violencia, es el origen de todas las injusticias actuales. Y digo yo, a la vista de lo que se ve y de lo que he vivido, si no sería que aquella repetida máxima que rezaba que dios premia a los buenos y castiga a los malos, quería decir justamente lo contrario.

Sergio Ruiz Afonso