Recuerdo

He estado pensando en llevarte de excursión el próximo sábado. Viajaremos a un destino sorpresa. Así le había dicho su novio Pedro. A Francisca no le gustaban las sorpresas. Pero qué más da.

El destino desconocido, una sorpresa… Por fin había llegado el tan esperado sábado. El fin de semana prometía ser intenso. Nada de trabajo, un poco de descanso. Pedro conducía el pequeño coche alquilado, concentrado en el recorrido, no había tráfico en la carretera. Ella conocía esa localidad, por haber estado allí años atrás con su exnovio Andrés, pero no se lo podía revelar a Pedro arruinando su idea de sorprenderla. Nada más llegar, y aparcado el coche, Pedro se desnudó y se zambulló en el agua de la pequeña cala tranquila en un entorno natural. En cambio, Francisca, subió al bosque que rodeaba la playa, se sentó en la base de un árbol, apoyando la espalda a su tronco y cerró los ojos. De repente fue como si una cascada de agua le cayera encima. Una cascada en la que flotaban los recuerdos. Trozos del pasado, algunos buenos y divertidos, otros dolorosos. Uno particularmente insistente. Le apareció Andrés, en el mismo lugar donde se encontraba ahora, Andrés abrazándola, Andrés besándola, Andrés, Andrés… le pareció notar nada menos que su perfume. Andrés, ya no estaba, nunca volvería a encontrarlo, si no en otra vida ya que se murió en un accidente de tráfico; entonces ¿Por qué evocar un recuerdo tan doloroso? ¿Por qué vibra y en mi cerebro?, estoy como detenida por su imagen, se decía Francisca a sí misma. Andrés estaba dentro de un chubasco repentino que seguía mojándole la cara con agua fría.

¿Pero qué estaba pasando? De verdad su cara estaba mojada.

Al abrir los ojos vio a Pedro, que dejaba que el agua del mar, del que acababa de salir, goteara sobre su cuerpo. ¿Y tú quién eres? Le preguntó, todavía concentrada en el recuerdo. Soy tu salida de emergencia de los recuerdos que duelen. Y aunque se diga que recordar es volver a vivir, por favor deja ir a Andrés.

Yo estoy aquí. Ahora soy yo tu presente, soy tu futuro recuerda que te quiero.

Raffaella Bolletti

En nuestra memoria para siempre

Pasa a través de la rendija de la mañana una luz que inunda la habitación, la cortina levanta su vuelo con la suave y delicada brisa del otoño, amanece de nuevo. El sol ya salió y comienza un día largo, lento, lleno de quehaceres. Primero deslizarme sobre las sábanas hasta llegar a las mullidas zapatillas y con pausa abrir de par en par la ventana, ver el campo y saber desde lejos que la tierra está blanda y la hierba mojada.

Escojo la ropa adecuada para pasear por este paraje acabado de estrenar. La elipse sigue su curso, los astros no paran. Camino como ellos, tranquila, entre el sueño y la vigilia.  Pienso todavía que un café o un chocolate estaría bien.

Mañana, tarde y noche y otro día más. 

Los zapatos para caminar y la técnica universal: la vida y la muerte, el día y la noche, el sol y la luna, junto a ellos los eternos aforismos humanos. 

Después de tantas horas sigues aquí y para siempre, en mis recuerdos.

Te fuiste bien pertrechada, como un guía para los caminantes, una aliada para los amigos, una líder para los compañeros. Una capitana para su equipo. Como un caracol para un largo viaje. 

Naomi, derramaste e inundaste para siempre con tu luz nuestras pequeñas vidas.

Me parece increíble que yo siga teniendo cuerpo y eligiendo paso a paso mis entretenimientos, mi función, mi oración y devoción. Buscando el horizonte desde todas las cosas, mientras tú, Naomi, sin perder el norte, con las botas puestas, preparada, segura, saboreando, eterna como el mismo sol, veo tu gesto de complicidad al final de las escaleras, recorriendo segura tu camino hasta el arco iris, plena, mientras el cielo llueve sobre «El camino de las peras»

Como el universo, infinita.

Nota de la autora.

Un ángel llamado Naomi nos guía. Gracias por tus abrazos, por tus palabras, por tus gestos, por tu risa. Gracias por el corto e intenso tiempo que nos dedicaste, nos consagraste a todos, nos destinaste a valorar lo importante. Sabemos ahora, que alguien así de maravillosa se merecía un lugar sin límites, sin espacios. Un lugar aún mejor. Gracias. Sé que tus alas nos sitúan a todos en el amanecer de cada día.

A la memoria de Naomi Mendoza Peralta (2006 -2023). 

Blanca Quesada

Sol

Como cada noche, el murciélago ya se había colocado en su rincón habitual de la terraza. Paula encendió una pequeña vela y se sentó en la terraza, mirando hacia el horizonte. La oscuridad lo envolvía todo. El mar estaba allí, negro, invisible, sólo se podía oír el sonido ligero de las olas al romperse contra la orilla. Con el paso de las horas algunas estrellas empezaban a asomarse en el cielo, aportando un poco de luz a la noche sin luna. A Paula le gustaba observar y navegar por el cielo con su proprio telescopio. Algunas noches se quedaba en la terraza, medio dormida, esperando el amanecer y acordándose de que alguien le había contado años atrás que el sol, según lo que creían los Kuna, un pueblo localizado en Panamá y en el norte de Colombia, había nacido de la unión entre la luna-mujer y la luna-hombre. Después del nacimiento, la luna-mujer se fue a vivir cerca de la Tierra, mientras que la luna-hombre se quedó con el recién nacido. Quién sabe, tal vez por eso los habitantes de la Tierra sólo vemos una cara de la luna.

Por fin una lejana luz rosada aparecía al horizonte. Mientras tanto, el murciélago ya se había alejado de su rincón para ir a esconderse a otro lugar más oscuro. La luz del horizonte iba cambiando color, empezaba el amanecer; un color violeta, un rosado tenue, luego un naranja intenso y por fin allá estaba él. El sol, con toda su luminosidad reflejándose en el mar. Como un niño recién nacido que trae luz y felicidad. Como un niño que poco a poco aprende a ponerse de pie y a marchar, el sol poco a poco revelaba sus poderosos rayos. Un espectáculo al que Paula no podía renunciar, porque cada mañana los colores, la luz y el mar eran diferentes. Parecía haberse establecido entre Paula y el sol un dialogo silencioso. Ella lo esperaba y él cambiaba de color cada vez, como si quisiera que fuera feliz.

Al mediodía el sol emanaba todo su calor, toda su fuerza. Si de verdad se empieza a vivir a los 40, entonces Paula se imaginaba al mediodía de la vida, con unas increíbles ganas de vivir, conocer, disfrutar de cualquier cosa. A esas horas el sol también seguía trayendo un calor molesto, casi aplastante y Paula se quedaba tranquila leyendo bajo el toldo, disfrutando de la terraza y picando algo. Pero aquel día, la depresión se había apoderado de ella, estaba deprimida y simular ser feliz le resultaba cada vez complicado, ni un movimiento, ella seguía estando allí, aparentando dormir, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil. Fue entonces que utilizando uno de sus rayos como si fuera un látigo, el sol golpeó un brazo de Paula una y otra vez, para que despertara de esta muerte aparente, para que reaccionara, se levantara de la silla y aprovechara el día. Entonces la alcanzó con otro rayo, el rayo hablante diciendo: “Sabes que siempre estaré aquí, mi deber es despertar al mundo, traer luz y calor, felicidad ¡no te atrevas a abandonarme! Necesito tus fotos al amanecer, al levantarme”. Paula abrió los ojos y sonrió. Otro rayo, el de las caricias, pasó sobre su cuerpo con ternura, hasta que Paula se levantó, salió de casa y dio un largo paseo por la playa. Por fin llegó la hora de regresar, el sol empezaba a esconderse detrás del horizonte, ocultando muy lentamente los rayos en su cuerpo redondo, cerrando el cielo sobre el mundo y dejando paso a la oscuridad. Era este el peor momento para Paula que, en su casa, sentada en la terraza se daba cuenta de que todo seguía igual, con la monotonía persistente y contagiosa de un dolor que solo pasaría al próximo amanecer, cuando los rayos de su amigo sol volverían para acariciarla.

Raffaella Bolletti

La madre del sol

– ¡Ay, por Dios! ¡Qué calor hace! -se quejó Estela- Hace casi cuarenta grados, ¿no te parece?

– Bueno, no exageres. Además, hace un día precioso, ¿no te parece? – contestó Pamela sonriendo con amabilidad- A mí me encantan las mañanas de sol… ¡Sobre todo aquí en la playa!  ¿Te das cuenta de que por fin estamos de vacaciones, Estela?

-Ya, pero sabes que no soporto cuando hace bochorno. Además, son las diez, ¿te imaginas qué sofoco al mediodía, cuando el sol va a quemarme la cabeza?

-Bueno, puedes ponerte bajo la sombrilla.

Estela, después de atravesar la playa de Costa Rey, haciéndose notar por todos los veraneantes con su nuevo bikini muy sexy, se acostó en la tumbona. Pamela la siguió llevándose las bolsas, las toallas de playa, cremas, agua y merienda. Ella llevaba un traje de baño entero y negro.

-Pamela, te voy a contar una leyenda de aquí, y verás si no tengo razón.

-Una leyenda de aquí, ¿dices?

-Sí, una historia popular que en el pasado las mujeres de Cerdeña les contaban a sus niños. 

-Vale, cuéntamela.

-Bueno, es una historia muy clásica que los padres solían utilizar para que les obedecieran los niños que se negaban a quedarse en casa a echar la siesta en los bochornosos días del verano, cuando el sol era demasiado fuerte.

– ¡Como hoy! -comentó Pamela, riéndose.

– Digamos que sí. Como te decía, era un recurso típico de la narración popular sarda. La protagonista de la historia era una criatura fantástica: la Madre del Sol, una mujer guapísima que aparecía en verano desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde.

Pamela la miró, quitándose las gafas de sol.

– Se dice -prosiguió Estela- que la misteriosa figura deambulaba cubierta de los pies a la cabeza por las calles, desiertas en esas horas, buscando a los niños desobedientes. Y cuando encontraba a uno, empeñado en jugar por la calle a pesar de las advertencias de sus padres, le dejaba una marca tocándole la frente y provocándole una fiebre muy alta, que duraría muchos días.

– ¡Vaya! Qué crueldad, ¿no?

– Bueno, los niños se creían esa leyenda, y aunque pueda parecer un método cruel contarles una historia así, no era infrecuente en la tradición sarda. Y todo con el objetivo de garantizar la seguridad y la salud de los más pequeños de la familia. O sea, que no era nada pérfido, sino solo una forma eficaz de mantener los niños alejados del calor y del riesgo de sufrir una insolación grave. ¿Qué te parece?

– Estela, para mí el sol es luz, energía, alegría… sobre todo por la mañana, representa el inicio de un día especial. Pero…  ¿sabes qué? Ahora nos ponemos la crema. 

– Protección 50, ¿para el primer día?

– ¡Claro que sí!

Y Pamela sacó las cremas de la bolsa.

Silvia Zanetto

Sol

Marisol tenía dos años cuando llegó a Italia desde Chile con sus padres en busca de una vida mejor.

Empezaron haciendo de todo, trabajando muchísimas horas cada día y, después de muchos sacrificios, lograron comprar un pequeño apartamento y pagar los estudios de Marisol.

Ella se sentía italiana, nunca habían vuelto en Chile, ya no tenían a nadie allí.

La chica tenía muchos amigos, afortunadamente nunca había sufrido episodios de racismo, sentía Italia como su patria, ahora estaba graduada y trabajaba.

En la universidad había conocido a un chico italiano y estaban enamorados, Marisol era muy hermosa, de piel ligeramente aceitunada y pelo largo y oscuro. Estaban saliendo desde hace meses, las dos familias nunca se habían encontrado, pero había llegado el momento de hacerlo, ya que querían casarse.

Ella estaba muy preocupada, tenía miedo de que no la aceptaran, sabía que eran muy ricos y che vivían en una casa grande, pensó en sus padres que siempre vestían con sencillez, imaginó que los de su novio serían gente elegante y refinada.

A medida que se acercaba el día del encuentro, el miedo crecía, la invitación era para el siguiente domingo, faltaba poco. Cuando llegó la hora de salir, se miró en el espejo por enésima vez, mamá y papá parecían tranquilos.

Llegaron a una calle con muchas casas hermosas, la de su novio era grande con un jardín lleno de flores, le temblaban las piernas, al entrar encontraron la familia en fila para saludarlos.

El padre primero estrechó las manos de sus padres hablando español, la madre la abrazó diciendo que había oído hablar mucho de ella y que lo que importaba era su felicidad.

Marisol sintió una sensación casi de santidad, pero justo en ese momento se despertó, era solo un hermoso sueño. Sus incertidumbres y dudas comenzaron de nuevo, pero luego, cansada de esa situación, pensó en que los sueños pueden hacerse realidad.

Era un maravilloso día de sol y, con calma, comenzó a prepararse para el evento.

Leda Negri

Sol

Sol, Sol, oh Sol, dueño del cielo aterrador
Las nubes encendidas celebran tu puesta
Todo el día nos has torturado con el calor
Tibia, clemente que la noche sea bienvenida
                                                          
Rosado, tímido e inocente fue el amanecer
La mañana lleva frescura, se olvida el ayer
El Sol ilumina los ladrillos blanqueados
De los jardines y de los tranquilos patios

El Sol de mediodía no se ve encima del cielo
Las nubecitas de Magritte en el azul pasean
Los pájaros bailan y vuelan de techo en techo
El follaje verde de los grandes árboles tiemblan 

Son las dos, el Sol, lo temamos, va a llegar,
Bajaremos las persianas, las persianas de ratán
Al contrario, aparecen amenazante nubes negras
La tormenta y la lluvia se van a desencadenar

Una cubierta triste de gris obstruye el cielo
El frío nos acecha, las ventanas hemos cerrado 
¿Dónde está el Sol? El manantial de la vida 
La lluvia es vida también, pero sin el Sol nada

Las nubes se rasgan, un trozo de cielo aparece
Un poco más de azul, consagra nuestra esperanza
Olvidado el calor, esperamos que el claro progrese
La luz del Sol, alegría, felicidad, abundancia
Jean Claude Fonder

Ayer

Hoy no es un viernes cualquiera. Hoy estoy aquí, sentada en un banco del parque. Lo que pasó tiene que tener un porqué. Me pregunto cuál. No tengo respuesta. Una canción me persigue, “AYER”, algunas notas van repitiéndose, como mis preguntas. “AYER”. ¿nde está el hombre seductor de ojos azules? ¿Dónde estabas, dónde te escondiste cuando yo te necesitaba para seguir viviendo? REcuerdo tu mirada intensa, recuerdo nuestro primer encuentro. Nos conocimos por casualidad, y por casualidad seguimos encontrándonos dando vueltas por el barrio con nuestros perros. El MIsterio de una atracción desconocida nos rodeaba. Seguimos liberando nuestra pasión, nada de amor, sólo fisicidad. O por lo menos así lo creía yo, hasta que un día algo sucedió. ¿Fue cil para ti  abandonarme? No puedo encontrar una respuesta, solo sé lo que pasó aquella mañana cuando me revelaste que te mudarías de ciudad y frente a mi se abrió el desconcierto, abrazándome dijiste: “mira hacia allá. ¿Lo ves? El SOL se levanta a pesar de todo. Tienes que actuar de esta manera, levantarte y seguir viviendo, todo termina. ¿Por qué? LAdrón, miserable. ¿Por qué SIgo pensando en tí, cuando lo mejor sería olvidarte?. “AYER”. Un DOlor molesto y aplastante. Quizás al DOblar la esquina pueda volver a encontrarte? Un SIlbido cerebral parece avisarme de que va a pasar algo. grimas dulces caen sobre mis labios, la SOLedad que había crecido como un balón inflado va reventar en mis manos. “AYER”. Las notas de la FAmosa canción siguen dando vueltas en mi cabeza, MI corazón, que “AYER” parecía estar quebrado en este momento, late feliz. REcuerdos, un montón de recuerdos. ¿nde me llevará este deseo de volver a verte? Claro, a ninguna parte, lo sé bien. Por supuesto lo pasado, pasado está, ni yo puedo volver atrás.

Siguen en mi cabeza las notas de “AYER”.

Luis Miguel – «Ayer» 

Raffaella Bolletti

La cajita de música

La gaveta de mi abuela era grande como su amor, guardaba libros, pañuelos y una caja que se abría y tocaba la música favorita de mis abuelos. Un ritmo alegre que ponía de pie a una bailarina frente al espejo.

Recuerdo que siempre que la escuchaba ella se recostaba en su almohada con los ojos cerrados y su leve sonrisa. Tan dulce. Soñando, quizás que Nicasio, su amor, estuviera cerca acariciando su blanco y suave rostro.

No conocí a mi abuelo, pero sí el regalo musical «Para Elisa» que sonaba cada vez que se abría la cajita.

Él murió muy joven. Ella se quedó sola cuidando a mi madre. La niña entonces tenía un mes.

Abuela trabajó mucho para ser fuerte y ayudó a mamá a construir seres invencibles, entusiastas y alegres.

Crecí con sus besos en mi frente, estaba contenta con sus nietos; nos llenaba de buenas noches tranquilas, de buenos días con zumo de naranja llenos de risas y de buenas tardes de paseos y juegos.  Sabía que su ser iría conmigo siempre.

Abuela, como la bailarina, ahora descansa en el trinchante de casa de mis padres que bailan a su mismo ritmo. Felices.

Blanca Quesada

Nadie puede juzgarme, tampoco tú

Es que yo siempre había detestado el pelo corto. Desde niña, no me molestaba el peso de mis trenzas, en cambio adoraba el castaño dorado del pelo que se ondulaba por mis hombros hasta la espalda.

Pero en aquel año 1966 la canción “Nada puede juzgarme, tampoco tú” de la cantante apodada “Casco dorado” había explotado con un éxito sensacional. Fue un grito para el mundo, y su triunfo hizo que también su corte de pelo, terrible para mí, como si toda su melena fuera como un flequillo que le dejaba descubierto el cuello, se convirtiera en moda para las mujeres y las chicas… 

“Y además, cuanto más corto está el pelo, menos tiempo necesito para secármelo…” Creo que fue eso lo que pensó mi mamá, cuando decidió que no solo mi hermanita con el pelo rizado, sino también yo podría llevarlo corto. Claro que mi peluquera no era tan hábil como la del “Casco Dorado”. Tampoco era una peluquera: era mamá.

Cuando papá me vio, aquella tarde, empezó a llamarme Caterina Caselli, y siguió haciéndolo por un tiempo, mientras que mi madre estaba muy orgullosa del resultado obtenido: su niña de cinco años se había convertido en una de las cantantes más exitosas de aquella época.

“Nadie puede juzgarme”, decía la canción, pero yo me imaginaba que todas mis amiguitas me juzgarían fea como me veía yo, y pensaba “La verdad me hiere, lo sé…”

Mis padres eran mis padres, y nadie podía juzgarlos, tampoco yo. Por el contrario: yo era la última que hubiera podido juzgarlos. Pero, claro, si eran las cantantes las que establecían el estilo, entonces…

En el cajón del armario de la abuela logré encontrar un ovillo de lana amarilla. Me costó mucho trabajo, pero al final los arreglé: los largos, larguísimos  hilos de lana atados entre sí y colocados encima de mi cabeza, según mi opinión, se parecían bastante a una peluca rubia (pero larga, larguísima) de cierto nivel. 

Por la tarde, me presenté a mis padres con mi estupenda peluca: – ¿Me reconocéis? -pregunté.

– Claro, eres Dalida -contestó papá, riendo.

Por aquel entonces, no podía darme cuenta de que la canción “Nadie puede juzgarme” de Caterina Caselli era un himno a la libertad, que nos enseñaba que cada persona tiene su derecho a tomar decisiones sin que los demás se permitan juzgarlos, y sobre todo, subrayaba los derechos de las mujeres, algo que en aquella época quizás no era tan obvio. 

Pero a lo mejor porque Caterina Caselli en su canción cantaba “por eso hay cosas que me gustan y otras no”, al final mamá aceptó dejarme crecer el pelo otra vez y ya no me lo cortó durante tres años. Puede que también convenciera papá, no sé… 

De Dalida, en cambio, se me ha olvidado todo. 

Solo me acuerdo de su pelo: rubio y largo. Largo y rubio.  

Caterina Caselli ninguno me puede juzgar

Silvia Zanetto

La canción de Mary

La vida no siempre discurre por los caminos que hubiéramos  deseado, sino por el que  nos van empujando  las circunstancias o incluso, con caprichosa frecuencia, el mismo azar. Hay veces, en las que apaciblemente nos lleva de su mano; otras, a rastras. Y mientras tanto, a nosotros, simples juguetes del destino, no nos queda otro remedio que continuar hacia adelante.  Siempre intentando sobreponernos a los varapalos de la vida con el mejor talante o al menos, y si fuera posible, con media sonrisa. 

Recuerdo a Mary ensimismada en su mundo. Recostados ambos en el sofá. Hombro contra hombro. Su mano entrelazada a la mía, mientras desde el viejo Panasonic la voz rota de Winnie Winehouse nos aleccionaba con su «Our day will come«, todo un canto a la esperanza. Y es que cada uno se agarra a lo que puede o a lo que quiere creer. Unos, a los dioses; otros, a la pura magia o a las realidades paralelas.

Yo, por mi parte y por entonces, devoraba con la vehemencia de un neófito las filosofías cuánticas de los multiversos y hacía verdaderas filigranas mentales para convencerme de que cualquier cosa, Pleasantville, ese mundo perfecto donde todo es felicidad, era posible. 

Intentaba no pensar. No me importaba tener que aferrarme a un clavo ardiendo para defender mis sueños.  Y esto porque creía y aún creo que siempre es lícito esperar incluso a costa de falsas esperanzas. Y aunque hoy, Mary finalmente descansa en paz, aquella canción, su canción, nuestra canción, sigue resonando en mis oídos. Pero ahora ya no la escucho como la invitación a la esperanza de otrora, sino como un himno dedicado a toda clase de ilusos.  Muy especialmente a todos aquellos que intentamos darnos ánimos a fin de poder afrontar lo que venga con lo que quiera que sea que tengamos más a mano. Como lo pudiera ser una canción. Una canción hecha casi a la medida para todos los que hemos aprendido a reír entre lágrimas. A creer en la fantasía de un arco iris. 

Seré un iluso desde luego, pero de alguna manera hay que vivir y está bien que sea así.

Sergio Ruiz Afonso

Las canciones

Aquella tarde, encerrado en el Esquinade un local de noche decorado en azul y negro, desgranó las tristes palabras de Ferré:

Con el tiempo va, todo se va.

La página está blanca, todo se fue. (*)

-Miró su vaso de cerveza casi vacío durante un largo tiempo, luego, de repente, bebió rápidamente el resto, y salió. Cruzó la pequeña calle que de noche estaba llena de jóvenes en goguette. Entró en otro local frente al anterior. Se llamaba el Tranvía, y se asemejaba a uno, con estos bancos opuestos y separados por una pequeña tabla donde se depositaban las bebidas. Una espléndida pelirroja estaba sentada sola y le miraba, el deseo en sus ojos.

-¿Puedo sentarme?

No esperó su respuesta y le invitó inmediatamente a bailar sobre las palabras de Aznavur:

Ya me vi en la parte superior del cartel
Diez veces más grande que cualquier otra persona, mi nombre estaba extendido (**)

En la pista, al fondo del local, se besaron por primera vez.

Cincuenta años más tarde, bajo una rejilla en forma de campana adornada con flores, vestidos con un kimono que les habían regalado, se besaron de nuevo con los aplausos de sus amigos más queridos en un maravilloso jardín Toscano. Una famosa firma italiana de informática lo contrató. Una carrera que lo llevó a emigrar a Italia donde, por supuesto, lo siguió su esposa.

Pensionistas y ambos fanáticos de la cultura descubrieron el mundo hispano cuyo idioma, el castellano, fue bastante fácil de adquirir gracias a sus conocimientos de francés e italiano. Así conocieron a muchos amigos, participaron, estudiaron y publicaron en una revista en línea que ellos mismos crearon.

Pero la edad y la enfermedad llegaron. La pandemia dramatizó la situación:

El tiempo desapareció,

No sabemos si nos queda algo,

¿Qué objetivos podemos todavía alcanzar?

Nuestra generación fallece, persona por persona,

Nuestra época pasó, ¿qué más podemos hacer?

La nieve lo ha cubierto todo… (*)

La lectura les acompañó y les permitió vivir muchas vidas, para él la escritura fue un nuevo e inesperado recurso. Mucho más que un descubrimiento…

¡Pero un día llegará y les mostraré que tengo talento! (**)

Avec le temps va, tout sen va”  – Con el tiempo va, todo se va” de Leo Ferré

**  Je mvoyais déjà” – Ya me vi”  de Charles Aznavour

Jean Claude Fonder

Era Ella

Maddalena penitente Georges de la Tour

 

 Impresionante y enigmática la postura de su mirada, mientras a mi alrededor había más cuadros para visitar, yo estaba frente a ella pasmado, meditabundo, tratando de comprender por qué aquel lienzo era tan inspirador aunque lleno de dilemas, porque al mirar su escondido rostro me parecía ver a mi adorada madre cuando, de niño, por las noches me ayudaba con mi tarea escolar y, cuando deslizaba mis ojos hacia abajo creía ver a una hechicera que acariciaba mi cabeza; eh ahí comenzó mi cuerpo a temblar, cada vez el zoom de mi círculo visual se enfocaba solo en ella y las blasfemias rondaban en mi lengua, mas mis dientes como una celda de piedra las retenían para no prorratear adjetivos nefastos hacia ella. 

Seguían las preguntas calcinando mi esquema cerebral pensando si los libros eran tan solo un detalle o eran toda su vida escrita en fragmentos o en prosa, también parecía un juramento o una despedida terrenal porque cuando me percaté de la cruz y la soga lista para ejercer el papel de verdugo me incitaba más. Será que estaba demasiado cansada o la luz de la noche suavizaba sus ansias y se enfocaba solo en algo espiritual, aún con el pero y el por qué como puntos de inicio,  continuó y al final seguía oscureciendo mis enigmáticas respuestas. 

Sinceramente se veía una mujer refinada, elegante y, aunque no veía directamente su mirada, algo me decía que su tristeza se reflejaba con una sola palabra que hasta ahora no he podido descifrar. No sé cuánto tiempo estuve frente a ella, solo escuchaba el sonido de mi respiración; las incógnitas dentro de mí seguían atrapadas haciendo juicio sin razonar, cuando de pronto los altavoces resuenan en mis oídos y una melodiosa voz agradece la visita y anuncia que el Museo de Louvre cerrará en breves minutos invitando a todos a salir. 

En el transcurso de mi salida parecía estar acompañando a un funeral, nunca había caminado tan lento, sentía que mi espalda cargaba tanta irresponsabilidad por dudar de algo que no me competía, porque yo solo debía admirar la belleza del cuadro y no juzgar qué cosa o quién era la que estaba dentro. 

En fin, me fui de París sabiendo que había estado en una balanza emocional porque cuando subí a la cima de la Torre Eiffel pensé tocar las estrellas, estaba rebosante mi alegría, pero dentro del museo sucumbí en un huracán de dilemas. No sé en qué pensó Georges de La Tour pero el milagro de aquel cuadro en mí funcionó porque me volví más consciente y menos invasor de las acciones de los demás.

Luis Alberto Prado

Magdalena penitente

Maddalena penitente Georges de la Tour

 ¡Ay! Calavera que reposas en mi regazo. Estoy segura de que puedes oírme, aunque no te hable. Sé que entiendes mi sufrimiento. Como ves estoy aquí, sentada en la penumbra de un cuarto semivacío, descalza, esperando a que llegue un nuevo día. Estoy cansada, pero no consigo dormir, tengo que reflexionar sobre mí misma. ¿Quién soy? O bien ¿Quién dice la gente que soy? Soy Magdalena, pues sí, soy pecadora. El paso de las horas se va convirtiendo en una penitencia. El aire huele a tristeza. ¿Estoy mirando la llama? Parece que sí, pero no, estoy mirando al vacío. Mi mano izquierda tiene que prestar apoyo y descanso a mi cabeza que parece haberse transformado en un peñasco pesado. La llama de la lámpara de aceite ilumina los objetos que están sobre la mesa, dos tomos, el látigo con el que tendría que azotarme y una cruz. También mi pierna izquierda está bajo la luz, mientras que la pierna derecha está en la oscuridad. Igual que mis pensamientos. La mitad son oscuros, son una sombra que me envuelve y que me pregunta si es correcto lo que dice la gente, si es verdad que he pecado mucho. Soy Magdalena, pues sí, soy pecadora. Mis pecados no desaparecerán. Siempre me acompañarán. La otra mitad reflejan una parte diferente de mi vida, la que dediqué a ese hombre. Cambié mi vida. Me encomendé a él. Y hoy que ya no está, hoy me doy cuenta de que también mi vida se va apagando, como se apagará la llama de la lámpara. ¡Ay! Calavera ¿Quién fuiste en vida? ¿Fuiste una mujer o fuiste un hombre? Seguro que fuiste pecador, como todos lo somos. Ahora lo entiendo, eres el reflejo de mí misma. Esta calavera soy yo.  ¡Ay! Calavera. Mi futuro es esto.

Raffaella Bolletti

Maria de Magdala

 Me llamo María, María de Magdala, pero todos me llaman Magdalena siempre añadiendo un adjetivo: penitente, arrepentida. Los pintores y escultores más famosos del mundo me representaron siempre y solo en el instante de más dolor.

Nací en una casa pobre en las afueras de la ciudad. Más que una casa era una cueva oscura. Un infierno en verano, una nevera en invierno. ¿Cuántos éramos en familia? ¡Una muchedumbre! Un gran plato y muchas cucharas. Cuando tenía 13 años, mi padre me dijo:

— ¡Te estás haciendo mayor! —En un instante me encontré siendo la sirvienta en el palacio del “dueño” de la ciudad. Desafortunadamente también el señor de la casa, sus hijos y sus amigos se dieron cuenta de que me estaba haciendo grande.

A los dieciocho años era una mujer muy guapa y, ya que no me faltaban admiradores, decidí trabajar por mi cuenta. Dejé el palacio y conseguí una casita. Mis negocios progresaban. Después pocos meses contraté a una joven. Se llamaba Sara. Era dulce y sabia y en poco tiempo se convirtió en mi mejor amiga. 

Sara siempre hablaba de un joven hombre que ella llamaba “mi Santo”, que iba predicando por el país rodeado por una multitud de seguidores. Me pedía siempre con mayor insistencia que me uniera a ella para escuchar las palabras de su Santo.

— Habla a los pobres —me decía — habla de justicia, de equidad, de amor, de perdón, palabras que nadie nunca antes se había atrevido a pronunciar —. Así que un día, solo por curiosidad, fui con ella al campo donde predicaba y, cruzando con esfuerzo la muchedumbre que lo rodeaba, nos acercamos y lo vi de frente.

Era un hombre muy hermoso. Pelo negro, sedoso un poco ondulado, Ojos negros y piel color ámbar. (Un judío de Palestina nunca podría tener ojos azules y pelo rubio). Una luz mágica e inexplicable se irradiaba de su figura. Me acerqué. Me reconoció. Sabía de mí y de mi vida. Me puso una mano en la frente y me sonrió.

Me enamoré de pronto como solo ocurre una vez en la vida. Desde aquel fatídico encuentro mi vida sufrió un cambio profundo. Todo lo que pertenecía a mi pasado desapareció en poco tiempo, Sara y yo nos fundimos con la muchedumbre, cada vez más numerosa, para escuchar las palabras visionarias, idealistas, revolucionarias de aquel hombre.

Confieso que no siempre entendía sus discursos, pero me daba cuenta de que su constante condena a los ricos y los poderosos, tarde o temprano habría tenido consecuencias negativas para él.

¡Vámonos! – yo le decía – alejémonos del mundo, donde nadie nos juzgue, donde nadie nos diga que hacemos mal!

Él me miraba como se mira a un niño y, sonriendo ante mi ingenuidad, me respondía:

— ¡Tengo que estar a la altura de la misión que mi Padre Celeste me confió, a cualquier precio!

Yo me quedaba callada. También tenía ideas confusas sobre el Padre Celeste. Antes de conocerlo me habían dicho que su padre era un carpintero de Nazaret. Yo le creía siempre sin hacer inútiles preguntas dejando que mi miedo creciera.  

La venganza no llegó tarde con su furor bestial. 

A los pies de aquella malvada y sangrienta cruz, su madre y yo, locas de dolor, lloramos a mares.

Así me convertí en la Magdalena penitente, arrepentida. Penitente, arrepentida y enfadada porque ni mi amor, ni el Padre Celeste, fueron capaces de salvar la vida del hombre al que amaba.

Iris Menegoz

Alicia en el país de las pesadilla

Maddalena penitente Georges de la Tour

 Escribir sobre el dolor no es tarea fácil. No lo es cuando se ha de escribir acerca del dolor propio. Mucho menos cuando se trata del dolor ajeno. Penetrar en ese mundo oscuro, lleno de obstáculos aparentemente insalvables no es una   tarea sencilla. Las pérdidas, los desengaños, agrietan los corazones aniquilando, a veces para siempre, los deseos de vivir o cualquier atisbo de esperanza y ¿qué es la vida sin esperanza? ¿cuál podría ser la fórmula que alentaría a sobrevivir en un mundo sin horizontes? 

Me lo pregunto cada día que me encuentro con mi convecina: a su decir, la esposa casquivana.  Tanto ella como su marido se pasaron media vida poniéndose mutuamente los cuernos, pero ella ha asumido ahora el peso de todas las culpas. Su nombre es Alicia, y yo para mis adentros la llamo Alicia en el País de las pesadillas. 

Hoy me la volví a encontrar. Cabizbaja. Pensativa, como últimamente. 

Desde que a su pareja se lo llevó la peste, prácticamente no habla con nadie. Algunos dicen que ha perdido la cabeza, pero yo creo que es que simplemente ha recubierto su corazón con una especie de mortaja. En su casa, con la mirada ojerosa y perdida, sosteniendo entre sus dedos esa calavera que encontró no sé dónde y a la que ahora le ha dado por llevar a todas partes, se pasa las horas suspirando y si le preguntas cómo se encuentra se te queda mirando con una mirada vacía que lo dice todo sin necesidad de palabras. 

En la noche, cuando cree que nadie la escucha, la siento sollozar desconsoladamente y así permanece hasta ser vencida por el cansancio. Su vida se resume en una eterna pesadilla en la que no se advierte diferencia alguna entre el sueño y la vigilia.

No importa ya que su hombre fuera bueno o fuera malo. La muerte no redime a los vivos. Tan sólo a los muertos.  Está convencida de que así espiará eso que ella llama «sus pecados», y no le teme a la muerte porque a su manera de ver, ya está en el infierno.

 Escribir sobre el dolor no es tarea fácil. No lo es cuando se ha de escribir acerca del dolor propio. Mucho menos cuando se trata del dolor ajeno. Penetrar en ese mundo oscuro, lleno de obstáculos aparentemente insalvables no es una   tarea sencilla. Las pérdidas, los desengaños, agrietan los corazones aniquilando, a veces para siempre, los deseos de vivir o cualquier atisbo de esperanza y ¿qué es la vida sin esperanza? ¿cuál podría ser la fórmula que alentaría a sobrevivir en un mundo sin horizontes? 

Me lo pregunto cada día que me encuentro con mi convecina: a su decir, la esposa casquivana.  Tanto ella como su marido se pasaron media vida poniéndose mutuamente los cuernos, pero ella ha asumido ahora el peso de todas las culpas. Su nombre es Alicia, y yo para mis adentros la llamo Alicia en el País de las pesadillas. 

Hoy me la volví a encontrar. Cabizbaja. Pensativa, como últimamente. 

Desde que a su pareja se lo llevó la peste, prácticamente no habla con nadie. Algunos dicen que ha perdido la cabeza, pero yo creo que es que simplemente ha recubierto su corazón con una especie de mortaja. En su casa, con la mirada ojerosa y perdida, sosteniendo entre sus dedos esa calavera que encontró no sé dónde y a la que ahora le ha dado por llevar a todas partes, se pasa las horas suspirando y si le preguntas cómo se encuentra se te queda mirando con una mirada vacía que lo dice todo sin necesidad de palabras. 

En la noche, cuando cree que nadie la escucha, la siento sollozar desconsoladamente y así permanece hasta ser vencida por el cansancio. Su vida se resume en una eterna pesadilla en la que no se advierte diferencia alguna entre el sueño y la vigilia.

No importa ya que su hombre fuera bueno o fuera malo. La muerte no redime a los vivos. Tan sólo a los muertos.  Está convencida de que así espiará eso que ella llama «sus pecados», y no le teme a la muerte porque a su manera de ver, ya está en el infierno.

Sergio Ruiz Afonso

Vacio

Maddalena penitente Tiziano

 Un lepisma, un gusano, una lombriz, poca cosa. Así me sentí siempre: insignificante. La pesadilla se repetía.

Esos bichos que viven en lugares húmedos y oscuros como la angustia y el dolor punzante. La desesperación hizo que le diera la oportunidad a mi ser de sentir tantas veces como pudiera. Un garabato de vida. Te lo he dado todo.  No tengo más.  Mi alma es como de celofán.

Junto a la desesperanza la mirada perdida y rezagada en el ruego al cielo. Y me despierto añorando la paz en el corazón, deseando recuperar el amor que di. Y ahora, al final sin sueños que vivir, sin nada pendiente, tan solo la impotencia y la desolación enterrada en la mayor de las tristezas. Cállate, ni las lágrimas son buenas. Cállate mujer, no llores, me digo a mí misma, no grites, cada vez que nos acercamos a la verdad desalojamos al mundo de la muerte, del dolor, de la ira y colocamos números y letras. Es entonces cuando veo el insulto de la inteligencia ante el verbo penitente.

Culpable de lo que ocurre y de lo que no ocurre: porque si yo hubiera dicho o hecho, entonces aquello jamás hubiera ocurrido. Amamantando el padecimiento continuo, mirando con impotencia, gimiendo pececillos de plata. Hundidos en la congoja, en la desolación mientras las plagas siguen creciendo en el fondo del oscuro pozo negro.

Sin calma, sin consuelo, solo queda implorar al cielo.

Blanca Quesada

El pecado

Maddalena penitente Tiziano

 El cielo era gris. Magdalena se despertó con la cara roja, toda despeinada, el ceño fruncido. Su día sería como todos los demás. Se sentía tan sola desde la muerte de su marido. No trabajaba, no lo necesitaba. Su familia era rica, pero su marido la había llevado a Milán, y volver a Calabria le parecía una regresión.

Leía mucho, participaba en las actividades culturales que la ciudad ofrecía en abundancia, cine, conciertos, teatro, presentaciones de libros, formaciones de todo tipo, … Aunque le faltaba algo, tenía amigas, pero… 

Aquella mañana, en el correo, vio un sobre precioso, contenía una postal, era una invitación. Un nombre extraño y tentador: Círculo El pecado, lo invitaban a una velada en el hotel Hyatt situado en la galería Vittorio Emanuele. 

¿De qué se trataba? Tenía su nombre: María de Magdala. Debía presentarse al día siguiente viernes 7 de abril a las 21.00 horas en traje de gala, sin mayor precisión. La curiosidad prevaleció.

Ella eligió un vestido de Armani, de encaje negro con efectos de transparencia, la espalda completamente descubierta hasta la cintura con una gorguera que parecía ofrecer su cara para invitar al beso. Ella no sabía si tendría que seducir, pero ella estaba lista para todo. Un taxi la dejó delante de la entrada del hotel. Un portero le abrió la puerta y, sin una palabra, la llevó al ascensor.

Entró en una pequeña suite cuyas ventanas daban a la galería. Reproducciones famosas como El beso y la Salomé de Klimt adornaban una cámara sobriamente blanca y gris. Se había puesto una mesa para la cena de una persona. Sin duda, estaba un poco decepcionada, constatando la falta de un segundo comensal. Sin embargo, se instaló buscando la pose que le favorecía más.

Los platos comenzaron a desfilar como las estaciones de un vía crucis que evocaban, pero lo que retuvo la atención de Madeleine fue el cocinero que servía los platos, era joven, con el pelo largo y barbudo, su cuerpo un poco musculoso que parecía haber sido torturado atraía su mirada. Sentía el deseo de curarlo, de aliviarlo, de abrazarlo. El segundo plato estaba sangrante y ella bebió una copa de vino tinto, se la ofreció a este Jesús que la servía sufriendo, lo tomó en sus brazos y se desplomó con él en la cama cercana.

Al día siguiente, cuando abrió el correo, un nuevo sobre llamó su atención. Lo abrió febrilmente, lo que parecía una factura era la absolución.

Jean Claude Fonder