El cruce de ferrocarril (1)

Era la última entrega antes del largo puente de Pascua; un día de primavera que sugería la necesidad de ir despacio, y Jordi quería sumergirse en la naturaleza. En ese día soleado no quería colarse en un túnel y en lugar de tomar la autopista, decidió recorrer la antigua carretera que subía a lo largo de la montaña, al lado del bosque, a pesar de que el recorrido era más largo.

Cuando llegó al cruce del ferrocarril se sorprendió porque no había coches esperando y pensó que habrían cerrado las barras hacía poco; sabía que la espera sería larga, pensó bajarse de la camioneta e irse a la vieja cafetería para conseguir un chocolate.

Cuando entró, en seguida reconoció el olor casi mágico de cuando era niño: un olor a casa antigua, paredes altas, suelos húmedos, cruasanes recién horneados, fermentación y vino malo, que, por un momento, lo aturdió. Nada había cambiado. Tocó la campana esperando al mayor que le había enseñado jugar los dardos, si, los mismos dardos que todavía veía en la pared detrás de la caja. Quién sabe cuántos años tenía, había pasado un tiempo desde la última vez que lo vieron allí. Por fin se abrió la puerta que daba a la parte trasera del local, prácticamente un acceso privado al bosque, y entró una criatura angelical. Se quedó con la boca abierta. Una cascada de pelo rubio ondulado y dos ojos azules en los que parecía permanecer un pedacito de cielo. Le saludó y comenzó el hechizo. La voz angelical le preguntó lo que quería y Jordi tartamudeó que quería chocolate, el habitual del lugar. «Por supuesto, voy a prepararlo para ti ahora mismo» dijo el ángel rubio y Jordi se sintió perdido.

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Elettra Moscatelli

Nieve

Su nombre es nieve, se forma cuando la temperatura es menor de cero grados y el vapor de la atmosfera comienza a caer en forma de pequeños cristales de hielo. Su nombre es como ella, cae lentamente, de forma suave como una hoja, pero en este caso es un cristal transparente con una forma matemática precisa. Diría que a mí amiga Nieves, su característica más evidente es estar en las nubes como su nombre y como la nieve cae hasta llenar el jardín. Ella aterriza en la realidad, primero se transforma en suaves montañitas de algodón y poco a poco se convierten en el más duro hielo. Lo que era blando y suave se convierte en algo duro y frío, después llega el agua que corre libre y se mezcla con la tierra y se hunde hasta llegar al fondo, hasta ahuecar la piedra y entonces hueles el fango.

Ella es como su nombre indica es agua congelada que cuando toca la tierra se convierte en polvo blando y blanco; su voz rezuma dulzura, cuando habla es la flor más suave acariciando tu piel, la voz de una madre que arrulla a su niño recién nacido. 

Mecida por la brisa llega como agua que se desmadejaba plácidamente en su lago. Mi querida Nieves era Nieve.

Podría decirse que ella puede estar en estado gaseoso, líquido o sólido, en algunos momentos parece ligera como el agua que corre por un río, en estado de sublimación como el perfume de una rosa o en el estado más duro posible, pienso que es debido a su ánimo; variable como el viento.

Aquella noche la taza cayó al vacío sin ninguna sustancia. Se levantó despacio con ella en la mano, no se había roto, estaba entera, como ella.

Mi Nieves había nacido en un pueblo seco y caliente, en Orsola, Lanzarote, un pueblo donde el horizonte es el Atlántico, lleno de calima seis veces al año. El nombre de esta mujer procede de las ganas que tenían sus padres de sentir el frío que produce la nieve y de su fruto: el agua, el agua que sirve para regar los campos. 

Es una sencilla auxiliar de enfermería con turno de noche, un turno elegido voluntariamente, en el geriátrico más antiguo que tiene la isla. El nocturno es el más descansado, los ancianos están bien atendidos. Durante el día no se para, pero por las noches este lugar es un remanso de paz, descansa allí de su marido y de los dos hijos, a los que tiene que atender.  “Calzoncillos blancos por triplicado “ lo peor que le podía suceder le paso a nievitas; decía mi madre.  En este centro estaban los viejos más ricos, los conocidos señoritos de siempre y ella sabía cómo tratarlos, su sonrisa suave y su voz serena los convencía y a ella hacía realmente lo que tenía que hacer sin demasiado esfuerzo hasta que amaneció don Jaime con un bisturí clavado en la carótida, ella lo había encontrado, se sintió culpable, no había hecho los cambios posturales como era debido, no le había ofrecido la lechita de la noche. No había hecho su trabajo, o al menos, no lo había hecho bien, no lo había hecho como otras veces. 

Entonces agarro su pelo y se hizo el moño alto de Nieves salió del baño  con los ojos rojos y le contesto al Sargento Mendoza,  lo mismo que se había dicho a sí misma y a mí llorando como un cristal roto.

— Tranquila, la noche ha sido muy tranquila, he apuntado todo lo que se ha hecho porque así se me ha ordenado y he llevado los protocolos como el doctor ha indicado, yo he trasladado a don Jaime a la habitación trescientos tres ya que se me comunicó por escrito que ”había que aislarlo” y lo hice como siempre en la misma habitación de siempre, al lado de la sala de reuniones y del office. 

Yo me pase la noche despierta y el de mantenimiento, Germán, vino a preguntarme si había alguna gota suelta, que le habían avisado las chicas del turno de la tarde que había una avería, estuvo mirando el cuarto de baño donde lavamos a los enfermos encamados primero y después fue a los baños generales de la planta y no vio que se perdiera agua por ningún sitio. Él se fue como a los cuarenta minutos y yo me puse a hacer la ronda.

Y está mañana se me fue el alma al suelo cuando vi a don Jaime con ese bisturí en el lado izquierdo del cuello ¡Terrible, terrible!

— Estamos acostumbrados a que fallezcan ancianos en este centro, es lo normal, pero de esta forma es desolador y desconcertante, le dijo doctor Morín al sargento Francisco Mendoza.

— Entonces anoche estuvieron por aquí, la auxiliar de enfermería y el responsable del mantenimiento del edificio además de los residentes.

— Saben quién fue el último en ver a Don Jaime. 

— Yo creo que fue Nieves, dijo el doctor, ella hizo el traslado del paciente.

— Si, así es; yo fui la que hice el traslado y los cambios posturales, lo habíamos puesto en esa habitación porque estaba enfermo con alguna bacteria o virus, es lo que siempre se hace para evitar males mayores, por ejemplo, se contagie el compañero de habitación y el personal sanitario, ya sabe, se tiene que evitar enfermen los residentes y nosotros mismos; por lo que tomamos más precauciones de lo habitual. 

Nieves se levantó despacio, el borde inferior de su falda recorrió la pequeña mesa donde pocos momentos antes se había servido el café y la falda empujo suavemente el plato y entonces el plato hizo que la taza vaciará su contenido y todo rodó hasta el suelo, ella siguió caminando hasta la puerta, no miró atrás, salió del geriátrico de la zona antigua, en aquel momento Nieves salió de su propia vida, esa mañana nos dimos cuenta todos. Nos enteramos al día siguiente.

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Blanca Quesada

La inocencia de la nieve (1)

Milán, enero de 1945, otro invierno de guerra. «¡El último!» dijo mi compañero Antonio, pero yo no le creo. Dijo lo mismo el año pasado.

Nieva. La manta blanca oculta los escombros del último bombardeo. La piadosa mentira de la nieve hace parecer todo inocente.

Estoy aquí desde hace tres días, en este sótano húmedo y oscuro mirando a través de una ventanilla de 50 cm a nivel de la acera. Miro sin perder de vista el portal de la vivienda de enfrente. Allí vive el «Camerata Romano Tenconi» que, tarde o temprano, tendrá que aparecer a solas. Ya lo vi dos veces. Una vez rodeado por sus matones, y la otra llevando de la mano a su hijo pequeño.

La orden de mi comandante era clara. «¡Solo él, ninguna matanza! ».

Me uní al «Fronte della gioventù» en el invierno de 1944. Me acuerdo. Nevaba. Tenía 18 años, era y soy una mezcla de rabia, coraje y hormonas. Normalmente tengo el rol de estafeta por el GAP y, a menudo, con mis compañeros imprimimos folletos para distribuir que a veces lanzamos desde las galerías de los cines. Mi nombre de partisano es Olmo.

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Iris Menegoz

Fragmentos (1)

Y de repente se enteró de que el destino se había hartado de ser generoso con ella. Entendió que aquel molinete incesante de días felices bajo un cielo despejado, turbado solo por leves escaramuzas o malhumores pasajeros, de repente terminaría, dejando que fuera el viento de los recuerdos el que barrería su casa y su mente. 

No fue una idea de las que se insinúan sutilmente bajo las demás y poco a poco tiñen cada cosa de un color diferente. Fue fulminante, cuando le precipitó entre las manos aquella carta, que por supuesto no era para ella.

No titubeó ni un instante: rasgó la hoja, recogió los fragmentos y los llevó a la cocina para quemarlos.  Unos trozos de papel se quedaron en el escritorio, uno en el suelo. Levantó una ceja, un poco contrariada. No volvió a recogerlos: ya todo estaba en manos del azar, merecía la pena dejarlo hacer.

Un leve olor a quemado había invadido su cocina inmaculada: abrió la ventana, luego volvió a la sala de estar.

De repente la perfección absoluta de su casa la golpeó como un silbido agudo y disonante: agarró el jarrón de cristal de la mesa del salón y lo arrojó al suelo en un fragoroso resplandor de fragmentos. Por un fugaz, loco instante se sintió feliz, ebria de su propia locura. Luego, las lagrimas empezaron a desprenderse, mientras se cortaba las manos recogiendo fragmentos de cristal del parqué destrozado sin remedio. 

Elisa se podía definir una mujer mimada, hasta caprichosa. Estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero la vida todavía no había rasguñado su piel de porcelana dorada, ni mucho menos sus indudables certezas, en primer lugar, la de haber nacido para ser adorada.

O quizás, eso era lo que le había dejado creer Jorge. 

Ella se había adaptado con gusto: era agradable, pero sobre todo fácil abandonarse, dejarse ir, librándose un poco a la vez de todas las responsabilidades. Como cuando él le propuso que dejara su trabajo: aquella vez, Elisa sintió serpentear algo como una huella de nostalgia, pero era tan sutil que no tuvo dificultad en desatenderla. Pensándolo bien, ahora le parecía que no había sido nostalgia, sino arrepentimiento. Entonces se había decidido por un tiempo parcial, pero después de algunos meses había pedido la dimisión y se la había ofrecido a Jorge adornada con lazos.

Con la misma amable despreocupación, había aceptado una ayuda para las tareas domésticas, y luego otra para planchar, mientras que llenaba la inutilidad de sus días yendo al gimnasio o recibiendo masajes relajantes en el centro estético. 

Sonriente y sosegada, cada tarde le abría la puerta a Jorge lista para ser exactamente lo que él se esperaba de ella, mientras que aquella serpiente -que fuera nostalgia o remordimiento u otra cosa – se movía desasosegada y cada vez más camuflada.

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Silvia Zanetto

“El futuro” (1)

Desperté bajo un rayo de sol que entraba por la ventana a través de la persiana bajada casi del todo. Andrés seguía durmiendo, tal vez se había olvidado de que teníamos una cita con la tripulación del velero “El Futuro”. El olor a café lo despertó al instante. Era un día muy especial y estaba bastante nerviosa. Después de un año muy pesado, Andrés y yo necesitábamos retomar nuestras vidas, alejándonos de toda pesadilla. En estos tiempos nada excepto el silencio del mar abierto podía ser la solución. Además, era la oportunidad perfecta para realizar un viejo sueño. Yo estaba llena de alegría y de esperanza. ¡Y de inquietud también! Zarpamos rumbo al sur con el propósito de cruzar el océano Atlántico. El cielo estaba despejado y el mar tranquilo.

La navegación seguía lenta en este lugar donde sólo existían agua y cielo, como si se disolvieran uno en otro. Pero los navegantes expertos lo saben bien, los riesgos merodean por los océanos, y los cambios son repentinos. Así que de pronto una tormenta nos sorprendió cerca de la costa argentina. El mar estaba a merced de un viento impetuoso y aterrador y el barco se alejaba cada vez más hacia un horizonte invisible en el que flotaba una neblina oscura. La brújula parecía enloquecida. Al pensar que habíamos perdido el rumbo y que estábamos navegando hacia el vacío, el miedo se apoderó de mí. Pensé que mi primer viaje por mar acabaría muy mal. Al cabo de un tiempo que me resultó interminable, poco a poco la costa argentina apareció a lo lejos. Un brillo intermitente estaba allá comunicándose con nosotros, regalándonos su mensaje de luz. Era un faro. El Faro del fin del Mundo. « Has visto Alicia, tu sueño va haciéndose realidad.» Me dije a mí misma. En aquel entonces, abrazando a Andrés…

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Raffaella Bolletti

Mémoires (1)

—Señoras y señores hoy les voy a contar la historia de María (obviamente María no es su verdadero nombre, pero imagino que ella prefiera permanecer anónima)

De todas maneras Felipa (ah no, disculpen hemos elegido como seudónimo Martina, no ehm  María) 

De todas maneras, ella era una chica rubia, no, me parece que era pelirroja, muy linda o quizás un tipo normal, ahora no me acuerdo bien, que vivía en la casa en frente a la de mi tío Mario, ¡no! estaba en la casa amarilla en la plaza detrás a la de mi abuela Alfonsina que se murió hace dos años… no la que se murió era la abuela Clodovea, que no es mi verdadera abuela; la llamamos así por ser tan vieja, siempre ha sido vieja, se trata de la segunda o tercera mujer de Adolfo, pero no el tío Astolfo que se quedó viudo, o que probablemente fue el primer o el segundo divorciado de nuestro pequeño pueblo.

Me acuerdo de él, el tío Augusto, ¡qué simpático que era! En el pueblo corría la voz de que había matado a su primera mujer por cuestiones de cuernos, no, preciso, la voz que corría en el pueblo era que él había faenado a su vecino de casa por cuestiones de confines. O de cuernos o de dinero. U algo más. De todas maneras, nunca encontraron todos los trozos del cuerpo.

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Graziella Boffini

El comandante

La limusina se detuvo frente al hotel Giulo Cesare a lo largo del río Tíber. El comandante Mario Doria salió lentamente, se enderezó y se estiró mirando a su alrededor. Se reajustó su uniforme azul oscuro, pasó la mano por su cabello ligeramente canoso y se cubrió de su kepí, estaba impecable como siempre. El conductor entregó su equipaje al portero del hotel. Él preguntó en la recepción:

—¿Ha llegado la señora?

—Le espera en el bar, señor.

La decoración recordaba a la antigua Roma, como la podía imaginar Hollywood o mejor aún la Cine Città de Fellini. El salón donde se servía el aperitivo estaba al final de un pasillo pavimentado de mármol, un perfume exótico y ligeramente picante lo acogió. La luz era propicia para crear el ambiente acogedor que conocía bien. Una música sin nombre cubría las conversaciones susurradas. Su mirada hizo rápidamente el inventario de los diferentes grupos sentados convenientemente en los sofás alrededor de las mesitas bajas. Inmediatamente identificó a una mujer vestida de negro que llevaba un traje cuya falda se abría en cartera y era bastante corta. Le pareció que llevaba medias retenidas por un liguero y notó que llevaba como blusa una sola fila de perlas.

— Buenas noches, querida, entonó el comandante, y le besó la mano en un gesto que le era manifiestamente familiar.

Ella lo invitó a sentarse y le hizo una señal al camarero para que se acercara.

— ¿Qué estás tomando? —preguntó.

— Un Martini —respondió, observando que ella consumía uno también.

— ¿Cómo estás, Mario? ¿Tu vuelo ha ido bien?

—¿Cómo puedo llamarte? — preguntó en voz baja

— Soy la condesa Florencia Contini, puedes llamarme Florencia —respondió con el mismo tono.

— Perfectamente, mi querida Florencia, — dijo entonces, aunque moderando su voz de barítono. — ¿La espera no ha sido demasiado larga?

— Absolutamente no, es un lugar encantador y con buena gente.

Era una mujer muy hermosa, de tipo mediterráneo, ojos negros, pelo negro recortado medio corto que debía tener unos cincuenta años, se podían observar pequeñas arrugas que no trataba de ocultar. Eso la hacía más accesible. No era altiva como las jóvenes que se saben perfectas y no tienen la necesidad de seducir. Quería ser deseable, lo demostraba su elegante y sensual atuendo.

En cuanto a él, era hermoso. La mirada y la compañía de las mujeres se lo recordaba a cada instante. Una belleza latina a la que la madurez, el uniforme, el prestigio de su profesión añadía algo que, para cada una, era un detalle indispensable que lo hacía único. También era buen conversador y podía abordar cualquier tema, la literatura, las exposiciones, el teatro, los conciertos, la historia y la ciencia, todo, incluso la moda le interesaba. Un hombre perfecto, que no molestaba a las damas con la petición usual: «¿De qué equipo es usted?».

Entablaron entonces una larga discusión que no se detuvo ni un instante, ni siquiera durante la cena que hicieron servir en una mesa en un rincón un poco más reservado del mismo local.

Le contó su vida mundana de condesa solitaria, viuda desde hacía algunos años, que participaba regularmente en visitas, inauguraciones, recepciones e incluso estrenos en la ópera. Además, estudiaba español, un idioma que ya manejaba fácilmente, lo que le permitía participar en presentaciones de libros, clubes de lectura, talleres de escritura y un gran número de iniciativas todas ellas interesantes.

Él, como piloto de larga distancia, daba la vuelta al mundo y las vacaciones entre vuelos eran más numerosas, lo que le permitía un programa de actividades bastante rico en acontecimientos excepcionales, un poco los mismos que los de su compañera, pero repartidos por todo el mundo. Ella estaba fascinada, sobre cualquier tema que ella abordara, él era competente. Hablaba español con fluidez y le parecía que lo había leído todo, también él escribía y era experto en política, historia e incluso filosofía. Se apasionaron por «El Infinito en un Junco» de Irene Vallejo que ambos habían leído. …

La tarde y la noche se prolongaban, un poco demasiado para el gusto de la condesa, que cruzaba y descruzaba cada vez más a menudo las piernas, descubriendo por inadvertencia una liga o la curva de un seno. 

El comandante propuso entonces continuar la conversación en su habitación. La condesa no se hizo rogar. 

Entraron, y sus maletas estaban esperándoles. 

No se tomaron el tiempo para apreciar la hermosa y muy clásica habitación. 

Se besaron sin esperar un instante, le quitó la chaqueta, la miró brevemente y la tomó en sus brazos. Ella abrió sus muslos, su falda descubrió el liguero y las medias, no tenía bragas, lo rodeó con sus piernas para aferrarse a él y se tambalearon juntos hasta la cama.

Cuando se despertó, ella ya no estaba allí. Un pequeño sobre rosado y perfumado le esperaba en la mesita de noche. Lo abrió, encontró un billete de 100 euros con las marcas rojas de dos labios entreabiertas.

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Jean Claude Fonder

Reminiscencias (1)

Se despertó de sobresalto. Lo había escuchado de nuevo. Esta vez el ruido provenía del piso de arriba, del apartamento vacío. No era aquel martilleo insistente que semanas antes la había llevado a desbaratar estantes, vaciar armarios, a auscultar cada rincón de la casa en el intento de descubrir el origen de los golpes. Al final, se había procurado tan solo una fuerte jaqueca y la reprimenda paternal de Giorgio.

—¿Pero qué te pasa? —le había preguntado el marido a medias atónito, a medias ya desacostumbrado a las reacciones inesperadas que, en tiempos idos. habían formado parte de la naturaleza de Hilda. Y había agregado con su acento italiano y ese tono paciente y rotundo, apenas velado por un controlado fastidio: -Tranquilla, aquí no suceden ciertas cosas-.

La voz ronca de Giorgio había sido siempre el mejor de los ansiolíticos para Hilda. La mujer lo había intuido desde la primera vez que la había escuchado a través de los hilos telefónicos, en aquella llamada equivocada que los había enlazado para siempre. Una voz que trasmitía seguridad, especie de guarida donde protegerse de las viejas sombras en acecho, por eso ante el amistoso reproche del marido había vuelto a capitular, a decirse que era nada, la imaginación, esas cosas, a convertirse ella misma en un nohablo-noveo-noescucho, representación simplificada de los tres monos sabios, sobre todo de aquel que ahora se tapaba los oídos para evitar el mal. Sin embargo…esta vez algo fallaba. Desde que las nuevas reglamentaciones oficiales habían sido promulgadas, los ruidos molestos habían hecho su reaparición en el piso de arriba. Y la paciente y firme voz de Giorgio, ese fármaco personal contra todo desasosiego parecía estar perdiendo de hora en hora su comprobada eficacia.

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Adriana Langtry

El Retrato Desengañado

Lady in red, 1933 de Slava Fokk

París, Montmartre 1933.
Basta. Una hora más y podría hundirme en los brazos de Morfeo.

¡Menuda noche! Apenas dos clientes, aburridos y con la cartera vacía. Sus manos omnipresentes, he tenido que ponerlos en su lugar y se han ido.
Ambos eran feos.

El primero era gordo, un vientre invasor que apenas cabía detrás de la mesa y unas gafas gruesas como las de Quevedo.
¡Si por lo menos hubiera tenido su sentido del humor!
No dejaba de sorber su copa de champán. Pensaba que iba a poder manosearme sin tan siquiera pedir una botella.

«¿Me tomas el pelo?» le dije y me fui a otra mesa.

Un poco más tarde llegó el segundo, un horror.
Era bastante viejo, un falso calvo que quería ocultar su calvicie de funcionario y olía a tabaco rancio. Cuando pidió solamente una cerveza vi por dónde iba. Me negué casi educadamente y me refugié en mi lugar favorito, en el sofá fucsia.

Estoy muy guapa esta noche, con mi pequeño vestido de satén coral, mi peinado corto con tirabuzones y mis ojos verde botella.
Llevo mis joyas orientales y mi perfume Chanel no5, embriagador.
Hasta mi pintalabios se armoniza con el color del cóctel casero, sin alcohol y reservado a las azafatas de la casa.

Debo decirles que esta noche mi compatriota, el pintor Slava Fokk, está haciendo mi retrato.
Es por él que me he vestido y, si mi expresión es un poco desilusionada, es por sugerencia suya.

Tanto a él como a mí nos gustaría imitar un poco un Tamara de Lempicka que, por supuesto, no les voy a desvelar.


Jean Claude Fonder

Diálogo

Homework
Gregory Mortensen

¡Hola! Estás muy concentrada ¿Qué haces? 
— Mis deberes —respondió con una mirada profundamente seria.
Eso me pareció surrealista. En un escenario de destrucción, un poco apartada, una joven haitiana, bien cuidada y hermosamente vestida con los pies descalzos, estaba sentada sobre lo que podría haber sido una de esas piedras que se utilizan para bordear las aceras. Estaba inclinada sobre su texto, lo corregía a lápiz. A su alrededor no había más que desolación, detritus, piedras, hierba chiflada, latas de conservas vacías, a lo lejos había un humo espeso que nublaba la atmósfera y al que se debían sin duda estos malos olores poco tranquilizadores. Y ella con su pelo muy crespo recogido en pequeños mechones cuidadosamente sujetados por pequeñas pinzas que parecían un par de cerezas.
— ¿Qué tienes de deberes? —pregunté.
— Una redacción. El tema es “El cambio climático”. Hablo de Greta Thumberg.
— Pero cómo has oído hablar de Greta.
— En la escuela, y luego encontré esta revista, —dijo mostrándomela.
Un silencio pasó.
— ¿Qué quieres hacer con tu vida? – le pregunté. 
— Quiero ser periodista y escribir libros.

Le estreché la mano y me alejé pensativo y sereno.



Jean Claude Fonder

Norah Borges y la vanguardia Ultraísta

Justo un siglo atrás, en 1921 la familia Borges Acevedo –padre, madre y dos hijos, Jorge Luis (Georgie) y Leonor Fanny (Norah, 1901-1998)- se encuentra en España luego de una estadía en Europa que del 14 al 18 los ve en Suiza, a causa de los tratamientos que sigue el padre para combatir el avance de una progresiva e irremediable ceguera.

Por ese entonces Norah tiene ya 20 años, ha estudiado bellas artes en Ginebra y ha asimilado las poéticas expresionistas y cubistas. Desde niña se apasiona por las artes, la pintura, el dibujo, también por la escritura que parece abandonar para no invadir el territorio de su hermano. Comparte ahora con él las inquietudes de las vanguardias que recorren Europa. En España se codean con poetas y artistas que buscan modos de expresión lejanos al sentimentalismo fin de siglo y a la exuberancia modernista, entre ellos Jacobo Sureda y sobre todo el crítico y poeta ultraísta Guillermo de Torre, futuro marido de Norah.

La anunciacion.Norah Borges.1945


Pintora, grabadora, dibujante, ilustradora, creadora de cartografías secretas, ex-libris, collages, tapices y xilografías, entre los aňos 20 y 30 ilustra las revistas vanguardistas españolas Grecia y Ultra y, de regreso a su patria, las argentinas Prisma, Proa, Martín Fierro, y  más tarde Sur. En 1923 ilustra Fervor de Buenos Aires, el primer libro de poesía de su hermano. Algo que seguirá haciendo a lo largo de su vida con las obras de amigos poetas y escritores: Juan Ramón Jiménez, Norah Lange, Rafael Alberti, Cortázar, Silvina Ocampo entre muchos más. En 1934, residente en Madrid junto al marido hasta el estallido de la guerra civil, diseña vestuarios para una obra teatral dirigida por su amigo García Lorca. En los años cuarenta colabora como ilustradora y crítica de arte –con el seudónimo de Manuel Pinedo- con la revista Anales de Buenos Aires.

Con el ocaso de las vanguardias y reacia a la mundanidad y a las consignas del mercado del arte, Norah Borges continúa su proceso introspectivo que la lleva a construir un estilo particular, íntimo y fuera de todo canon. Una poética de colores pasteles, figuras tan angelicales cuanto ambiguas, de miradas absortas y melancólicas, paisajes poblados de quietud y envueltos en geometrías metafísicas.


Tal vez por eso será etiquetada como “pintora de temas femeninos” y su obra pasará prácticamente desapercibida hasta los años noventa cuando, poco antes de su muerte, algunos estudiosos de las vanguardias españolas la descubren. Una curiosidad es la publicación en 1977 por la editorial Polifilo de Milán de un volumen de lujointitulado Norah y con prólogo de su célebre hermano, que contiene una serie de litografías realizadas en 1925 y halladas por casualidad en una librería italiana de anticuario. Finalmente, a fines de 2019 el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires le dedicará por primera vez una muestra retrospectiva. 


retrospectiva de Norah Borges en el MNBA: 

Adriana Langtry

Mis Ríos

TIMAVO – Mágico, caprichoso. Nace en Croacia, cruza Eslovenia y cuando llega a Italia desaparece bajo el suelo durante unos 40 km de ruta fantasma antes de sumergirse en el Mediterráneo con un cauce italiano de sólo 2 km. El rio más breve de Italia.

TAGLIAMENTO – (Tilìment en la lengua de Pasolini) – En su ancho lecho se entrelazan pequeños ríos y canales de aguas verdes y azules que contrastan con lenguas de arena blanca. En sus 170 km es el rio más libre de Europa porque no tiene orillas.

Pero cuando era una niña no sabía nada de todo eso. Para mí existía un único río: «la Roggia». Era un canal de tres metros de ancho y profundo más o menos dos metros. Fluía detrás de casa de la abuela. Servía de abrevadero para los animales, para hacer funcionar los molinos y para enjuagar la ropa.

Era un lugar lleno de misterio, tenía el encanto de las cosas prohibidas. La abuela no quería que yo me acercara a «la Roggia». Siempre me decía: «Cuidado Nena porque el agua «lè furba!»

En los días de verano, cuando el sol picaba sin vergüenza y las gallinas habitualmente cotillas y ruidosas estaban quietas bajo la carreta, sentarse cerca aquel «mini río» era un placer enorme.  Era sombrío, el agua fresca corría cantando y para mí era más exótico que el Río Paraná.

Con mis amiguitas, jugábamos a inventar un restaurante de cinco estrellas pescando lo que flotaba en el rio. Hojas, flores, tomates un poco podridos, pieles de melones, limones ya exprimidos y otros vegetales, en definitiva, unos de los primeros ejemplos de cocina vegana.

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Iris Menegoz

El río

Era un agradable día de Julio, pero con una ligera brisa; Rocío decidió bajar al Rio, con su perro Pedro. Tomó el camino detrás de su casa. Era un sendero un poco empinado pero lo acababan de limpiar los agricultores que lo usaban para acceder a sus campos. Pedro la precedía y, de vez en cuando, desaparecía entre los arbustos atraído por algún animal, solo para aparecer sin aliento, o con el rabo entre las piernas, tal vez por haber visto a alguien más grande que él. Al costado del camino había castaños, hayas y abedules, y aquí y allá matas de lavanda púrpura, lirios de montaña anaranjados y mucha milenrama blanca y rosa, en el aire un aroma de flores silvestres calentados por el sol. A ella siempre le asombraba tanta belleza y paz. Al final del camino, cruzando una carretera, después de pocos pasos apareció la franja plateada del rio con el agua fluyendo clara entre piedras y grandes cantos rodados. Cuando llegó donde el río formaba un pequeño lago, Pedro inmediatamente entró en el agua, ella se desvistió e hizo lo mismo. El contacto con el agua la regeneró, luego de un pequeño baño, salió y se acostó al sol, sintió tal sensación de bienestar que las lágrimas de emoción le brotaron de los ojos. Fue en ese momento que tomó la decisión que la atormentaba desde hacía días. Ya no tenía duda, rechazaría la oferta de trabajo en la ciudad y se quedaría en su pequeño pueblo de montaña que amaba tanto y donde ella tenía su raíces.

Leda Negri

El Río de los Sueños Turquesas

Ulises era un pececillo que vivía con su madre Burbujazul y su padre Rojobubul en el Río de los sueños Turquesas. Era el menor de ocho hermanos: los demás eran de un único color, él en cambio tenía todos los colores del arco iris. Era un pececillo muy vivaz e incluso bastante desobediente. El Río de los sueños Turquesas estaba rodeado de altos chopos verdes y perfumadas acacias florecidas, y el agua corría siempre en la misma dirección, hacia… ¿hacia dónde? Ulises quería descubrirlo, pero mamá Burbujazul y papá Rojobubul siempre repetían: — Niños, tenéis que quedaros cerca de nosotros, porque el río es grande y esconde muchos peligros. Sobre todo, no os acerquéis nunca a la desembocadura del río. ¡Nunca!

— Nunca, nunca, nunca… —repetían Blanquillo, Amarillo, Verdillo y los demás hermanitos, pero Ulises pececillo multicolor no decía nada. Así que un día decidió dejarse ir por la corriente para ver lo que pasaría. 

Bajo los chopos, vio dos humanos que tenían en sus manos un palo con un cable. — ¿Qué será esa cosa? — se preguntó Ulises, y se acercó para ver mejor.

— ¡Huye, huye!— le gritó un anciano pez gris con gafas, un poco gordo.— Son pescadores, te van a capturar! 

Ulises atisbó un pobre pez clavado a la caña de pescar que se contorsionaba con una mirada de muerte en los ojos, y huyó a toda velocidad. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante.   

De repente, el agua del río perdió su color azul transparente y se volvió de un marrón amarillento desconocido, con un sabor asqueroso y un hedor insoportable. Ulises empezó a toser.

—¡Aléjate, niño! ¡Es peligroso! 

Era otra vez el pez gris con gafas, que lo observaba desde lejos. —Es un desagüe industrial —le explicó. — Si te quedas allí, ¡te vas a morir envenenado!

Ulises atisbó unos peces flotando en la superficie del río y huyó cuanto más rápido podía. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante. 

La corriente se hizo más fuerte y el paisaje iba cambiando: las orillas del río estaban cada vez más lejanas y se podía vislumbrar una cantidad desmesurada de agua azul celeste. 

— ¿Y eso que es? —se preguntó Ulises abriendo los ojos maravillados.

— ¡No te acerques, niño! Es el mar. No es para pececillos como tú, ¡es peligroso!

— ¿Otra vez tú? ¡Déjame en paz, por favor! ¡Quiero conocer el mundo! — se enfadó Ulises. Y decidió seguir adelante.

Y así Ulises pececillo multicolor se fue, siguiendo su camino y sus deseos. Descubrió dónde acababa el río, se enteró de lo que era el mar, y de muchas otras cosas.

Sus hermanitos, abriendo y cerrando las bocas, seguían repitiendo “Nunca, nunca, nunca” …

Silvia Zanetto

El deseo de un río

No soy uno de esos ríos famosos por recorrer ciudades importantes. Tampoco soy uno de esos imponentes ríos de América. Soy un rio cualquiera, en un país cualquiera. Y pues sí, casi estoy allí, al final de mi vida. Lo correcto sería que me dejara morir desembocando en el mar. Pero tengo una idea dando vueltas en mi cabeza. ¿Y ahora qué? Tengo que pensarlo bien…Al nacer del hueco de una roca en la montaña sabía que mi recorrido pasaría por diferentes etapas. No necesito una brújula para este viaje, está dentro de mí. Mis aguas son como recién nacidas, pero yo soy el de siempre. Cada día vuelvo a empezar como si fuera un niño que corre y da saltos. ¡Qué maravilla! Soy un arroyo que va convirtiéndose en un torrente, mis aguas van bajando con cierta velocidad, a veces muy rápida, con saltos y también pequeñas cascadas, las aguas salpicando las rojas sobre las que las lagartijas descansan al sol. No puedo controlar la velocidad, solo puedo bajar. Llegando más abajo, la velocidad es más moderada y mis aguas fluyen en un recorrido con curvas y meandros. He tenido suerte. Soy un río corto, no atravieso ciudades, sino bosques y campos. Todo en un silencio solitario y a veces temible. En realidad, esta soledad palpita de vida, miríadas de insectos zumbando sobre las flores, pájaros, lobos, zorros. Y a veces se levanta el viento, acaricia los campos y rompe el silencio. De pronto escucho un murmullo de gente lejana que parece acercarse. Es un grupo de jóvenes; se acercan a mi orilla se desnudan y se tiran al agua. También llegan niños felices con trozos de madera como piraguas. Soy parte de ellos, oigo sus palabras y sus risas que se quedan aquí en el fondo, y estoy feliz. Bajo todavía más y me extiendo como una sábana en la llanura. Ahora, a lo largo de mis orillas, hay sauces llorones reflejándose en mis aguas que parecen verdes. El olor a mar se acerca. Tengo que pensarlo bien ….No quiero desembocar otra vez, no quiero el abrazo de ese mar que todo lo confunde y lo mezcla, es más, todo lo contrario. Me gustaría alejarme de él. Los ríos siempre corremos hacia abajo, desembocamos en otros ríos o en el mar, pero esta idea… ¡Podría tal vez intentar repetir el proceso al revés! ¿Podría desobedecer a las leyes de la naturaleza? Correr tierra adentro, convertirme al subir en un torrente y luego en un arroyo, llegando arriba siendo solo un hilo de agua. Podría llevar todo lo que he arrastrado, las hojas muertas, las risas, la felicidad de cada persona que encontré, los colores, al interior de la montaña de la que nací, como si fuera el museo de mis recuerdos. Pero sí, lo sé, no hay regreso. Allá lo veo, el mar que me recoge en una gran ola para que todo siga igual.

Raffaella Bolletti

El río Magdalena

La serpiente sagrada se desliza silenciosa, brillante, entre la verde selva. Durante la subida, la gran serpiente está grávida de peces de plata que van aguas arriba buscando aguas frescas. Aguas arriba también viajó el general cuando iba hacia la fría capital, en sus tiempos de éxito. En los puertos fue homenajeado, recibido a bombo y platillo. Pero, cuando la sed de poder de sus antiguos correligionarios los llevó a traicionarlo, él volvió por el río, desandando el camino, derrotado, enfermo, hacia el exilio. Corrían rumores de su enfermedad y de su mal de ojo contagioso. A su paso ya no había fiesta y regocijo, sino silencio y miradas furtivas. El general en su laberinto alcanzó a llegar a su casa de San Pedro Alejandrino, donde le esperaba la parca. Habría de ser su último viaje sobre la gran serpiente.

Maria Victoria Santoyo Abril

El Río

Tenía quince años cuando mi amiga Sara me confeso que le gustaba Víctor. Él siempre me pareció interesante, pero quien no parece interesante cuando se sienta a tu lado y no sabes si está o no, ¡cualquiera comienza a estar intrigado!, no te mira, no dice nada ¿escucha o no? era un autista sin serlo, un sospechoso de algo. Lo dejábamos estar allí, a nuestro lado, era uno más. 

Mi amiga, la admiradora secreta de Víctor, era una mujer que disfrutaba del leve movimiento de las alas de una mariposa y por ello pensé, en aquel momento, que supo comprender la fragancia del clavel más raro.

 Parecían distintos pero eran iguales. Se fueron escapando poco a poco pero los dos tenían mentiras familiares que ocultar, enfermedades heredadas, que no quieres nombrar. Él había escrito una historia de viajes y ella una historia de muñecas.

Después de treinta años encontré a Víctor. Me dijo que Sara, su mujer, mi amiga había muerto,  entonces supe que él  había ganado la guerra y ella se había dejado matar. Si,  lo sé, con certeza porque  me contó lo que él le decía a ella, pero jamás dijo lo que ella contestaba.

 Me comentó alguna vez que sentía que no existía para los demás y yo siempre tuve la sensación de él que se escondía para que lo buscaran.

Ahora sé de qué era sospechoso; de ausencia. Cuando fuimos jóvenes él estaba aprendiendo  del grupo a ser agradable, a tener el gesto adecuado, a imitar para poder representar lo que es  correcto en cada momento pero no siente, no se conoce porque no existe.

¿Silencioso o sigiloso, sensible o extremadamente crítico, discreto o asumiendo protocolos?

No tiene alma, la vida ocurre ajena ¿el dolor del otro le consume o es el placer de no ser él quien tiene ese dolor? 

Aquella mujer sufría de amor, él estaba en otro sitio, no podía entender como un hombre tan maravilloso estaba tan lejos.  No,  él nunca estuvo. Nunca la amo, la uso.

 Los seres humanos somos los leones de la selva y las ratas de la ciudad, sabemos adaptarnos. Ellos como nosotros recorremos el rio, el mismo rio.

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Blanca Quesada

Rioplatense

Me llamo Pablo, tengo doce años y como dice mi papá citando a su escritor preferido, nací en la ciudad frente al río inmóvil. Papá tiene todos los libros de Mallea, le encanta, también le encantan las mujeres, creo que por eso vamos seguido a Santropé el nuevo balneario de la costanera norte. Yo odio el río, prefiero jugar a la pelota, treparme a los árboles o andar en bici por mi barrio de veredas flojas. Me da asco sentir los pies que se te hunden en el barro, es como caminar en arenas movedizas, como ahogarse en un mar de café con leche. Además está lejos, hay que tomar mil colectivos, además no sé nadar. Ahora las mujeres usan malla de dos piezas que la tía, que para hacerse la culta no dice malla sino bañador, me dijo que se llama bikini. Creo por unas bombas que tiraron hace unos años no sé dónde. Mamá se pone una bikini de rayitas rojas y blancas y papá le larga un piropo: ¡Negra, estás explosiva! A mamá le dicen negra porque es morocha y la verdad está linda con esa malla que además tiene los colores de mi equipo del alma, River Plate. Yo creía que Santropé era el twist que pasaban por la radio cuando yo era más chico, pero papá me contó que es también una playa francesa. No entiendo qué tiene que ver la costa azul con todo este barro. Tampoco entiendo por qué mi equipo se llama River Plate que quiere decir río playo. Parece todo patas para arriba. Se equivocaron de nombre, lo mismo que los conquistadores que lo llamaron de la Plata de puro codiciosos que eran. Leí en el manual de la escuela que allá por la independencia los barcos ingleses se quedaban atascados en medio del río a causa de los bancos de junco y limo que crecen continuamente. Papá dice que este es un río traicionero, dice también que estamos entre dos fuegos y que si seguimos así las cosas se van a poner jodidas. No sé a qué se refiere, pero cuando miro el río tan ancho que no se ve la otra orilla me pasa lo mismo que cuando vamos al campo y veo por todos lados pampa. Me vienen unas ganas terribles de escaparme, pero nunca sé adónde. Los abuelos en cambio, desde que llegaron de Italia no se mueven de la Boca. Es un barrio al sur, cerca del puerto, de veredas altas y olor a podrido por culpa de las crecidas del río que inundan de café con leche calles y casas. Mi barrio en vez está tan lejos del río que ni siquiera la brisa logra en verano superar la muralla de rascacielos a la moda que están cubriendo la costa. También para visitar a los abuelos hay que tomar mil colectivos y al final terminan cebando mate y contándonos de su tierra lejana. Los abuelos tienen la mirada quieta y borrosa como anclada en el lodo. Y eso me pone triste, y no entiendo al final qué quería decir Mallea, si el inmóvil era el río o esta ciudad.

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Adriana Langtry

Un encuentro al río

Era un día frío y nublado, el viento azotaba los juncos al lado del río y levantaba en el aire pequeñas gotas de agua. Ana iba andando despacito con su perro, un setter inglés blanco y negro. No encontró a nadie hasta cuando llegó a su sitio preferido, una curva del río que formaba un refugio perfecto ya que el viejo árbol, poderoso, con sus ramas desnudas, escondía la vista desde el sendero.

Tras acomodarse sobre su roca preferida que tenía un apoyo natural para los riñones, se dio cuenta de que, al fondo del sendero, un hombre pintaba su tela, apoyada en un caballete. Ana quedó un rato mirándole y luego decidió acercarse al hombre y, sin hacer ruido, se paró a su lado, pero detrás de él, de manera que el hombre no pudiera verle mientras ella observaba sus pinceladas capaces e intensas. Estuvo mirándole; le gustaba observar a las personas y él tenía un aspecto familiar. El perro seguía buscando olores y pasó bastante tiempo antes de que volviera y se echara cerca de ella.

En fin el hombre se dio cuenta de su presencia y le sonrió; su mirada era dulce como el terciopelo, el pelo largo, movido por el viento, un color castaño con los hilos de plata como reflejos del sol. Ana quedó encantada, sin emitir un sonido, acunada por el sentimiento de amistad, quizás de amor, que el hombre le inspiraba. Le vinieron a la mente recuerdos de su juventud; otro día, otro río, su primer enamorado. Jordi era un joven tranquilo, un estudiante riguroso, que la hacía sentir como a una reina y Ana pensaba que habría sido para siempre. En cambio, el joven, que era muy religioso, la dejó para entrar en el seminario y seguir su vocación. Ana sufrió muchísimo y, a pesar del tiempo que pasaba, de los hombres que conoció, nunca se atrevió a formar una familia, siempre pensando en su amor perdido.

El sol se asomó a través de las nubes, calentando el aire. El perro, cansado por la inmovilidad, ladró, rompiendo la burbuja del silencio. Ana y Jordi se acercaron el uno a la otra, miraron cada uno en los ojos del otro, y como un relámpago en las noches de verano, se encontraron, dos almas perdidas que finalmente miraban juntas al futuro, un regalo llegado del cielo, un nuevo inicio.

Elettra Moscatelli