El Río de los Sueños Turquesas

Ulises era un pececillo que vivía con su madre Burbujazul y su padre Rojobubul en el Río de los sueños Turquesas. Era el menor de ocho hermanos: los demás eran de un único color, él en cambio tenía todos los colores del arco iris. Era un pececillo muy vivaz e incluso bastante desobediente. El Río de los sueños Turquesas estaba rodeado de altos chopos verdes y perfumadas acacias florecidas, y el agua corría siempre en la misma dirección, hacia… ¿hacia dónde? Ulises quería descubrirlo, pero mamá Burbujazul y papá Rojobubul siempre repetían: — Niños, tenéis que quedaros cerca de nosotros, porque el río es grande y esconde muchos peligros. Sobre todo, no os acerquéis nunca a la desembocadura del río. ¡Nunca!

— Nunca, nunca, nunca… —repetían Blanquillo, Amarillo, Verdillo y los demás hermanitos, pero Ulises pececillo multicolor no decía nada. Así que un día decidió dejarse ir por la corriente para ver lo que pasaría. 

Bajo los chopos, vio dos humanos que tenían en sus manos un palo con un cable. — ¿Qué será esa cosa? — se preguntó Ulises, y se acercó para ver mejor.

— ¡Huye, huye!— le gritó un anciano pez gris con gafas, un poco gordo.— Son pescadores, te van a capturar! 

Ulises atisbó un pobre pez clavado a la caña de pescar que se contorsionaba con una mirada de muerte en los ojos, y huyó a toda velocidad. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante.   

De repente, el agua del río perdió su color azul transparente y se volvió de un marrón amarillento desconocido, con un sabor asqueroso y un hedor insoportable. Ulises empezó a toser.

—¡Aléjate, niño! ¡Es peligroso! 

Era otra vez el pez gris con gafas, que lo observaba desde lejos. —Es un desagüe industrial —le explicó. — Si te quedas allí, ¡te vas a morir envenenado!

Ulises atisbó unos peces flotando en la superficie del río y huyó cuanto más rápido podía. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante. 

La corriente se hizo más fuerte y el paisaje iba cambiando: las orillas del río estaban cada vez más lejanas y se podía vislumbrar una cantidad desmesurada de agua azul celeste. 

— ¿Y eso que es? —se preguntó Ulises abriendo los ojos maravillados.

— ¡No te acerques, niño! Es el mar. No es para pececillos como tú, ¡es peligroso!

— ¿Otra vez tú? ¡Déjame en paz, por favor! ¡Quiero conocer el mundo! — se enfadó Ulises. Y decidió seguir adelante.

Y así Ulises pececillo multicolor se fue, siguiendo su camino y sus deseos. Descubrió dónde acababa el río, se enteró de lo que era el mar, y de muchas otras cosas.

Sus hermanitos, abriendo y cerrando las bocas, seguían repitiendo “Nunca, nunca, nunca” …

Silvia Zanetto