EL RETRATO DESENGAÑADO

Lady in red, 1933 de Slava Fokk

París, Montmartre 1933.
Basta. Una hora más y podría hundirme en los brazos de Morfeo.

¡Menuda noche! Apenas dos clientes, aburridos y con la cartera vacía. Sus manos omnipresentes, he tenido que ponerlos en su lugar y se han ido.
Ambos eran feos.

El primero era gordo, un vientre invasor que apenas cabía detrás de la mesa y unas gafas gruesas como las de Quevedo.
¡Si por lo menos hubiera tenido su sentido del humor!
No dejaba de sorber su copa de champán. Pensaba que iba a poder manosearme sin tan siquiera pedir una botella.

«¿Me tomas el pelo?» le dije y me fui a otra mesa.

Un poco más tarde llegó el segundo, un horror.
Era bastante viejo, un falso calvo que quería ocultar su calvicie de funcionario y olía a tabaco rancio. Cuando pidió solamente una cerveza vi por dónde iba. Me negué casi educadamente y me refugié en mi lugar favorito, en el sofá fucsia.

Estoy muy guapa esta noche, con mi pequeño vestido de satén coral, mi peinado corto con tirabuzones y mis ojos verde botella.
Llevo mis joyas orientales y mi perfume Chanel no5, embriagador.
Hasta mi pintalabios se armoniza con el color del cóctel casero, sin alcohol y reservado a las azafatas de la casa.

Debo decirles que esta noche mi compatriota, el pintor Slava Fokk, está haciendo mi retrato.
Es por él que me he vestido y, si mi expresión es un poco desilusionada, es por sugerencia suya.

Tanto a él como a mí nos gustaría imitar un poco un Tamara de Lempicka que, por supuesto, no les voy a desvelar.


Jean Claude Fonder