Selva y simbiosis

La canoa se desliza sobre la densidad luminosa y oscura, abriéndose camino entre balsas flotantes de plantas acuáticas y maravillosos nenúfares, hasta tocar una orilla camuflada entre ramas y troncos caídos, en esa danza de vida y muerte que es la selva. Al penetrar en esa matriz verde, las lanzas de luz se precipitan desde las copas gigantes de ceibas, caobas y hules, iluminan húmedos helechos prehistóricos, lianas, orquídeas de acuarela y rojos sanguíneos de flores carnosas.

La hojarasca favorece el mimetismo de insectos, lagartos, culebras y ranas. Bajo el dosel verdeante compiten por la luz guacamayas multicolores, monos chismosos, iguanas, mapaches, tapires…  La respiración de la selva está hecha de susurros y silbidos. Es un palpitar de miles de seres en mágica simbiosis. En la farmacia de la selva los curanderos encuentran remedios para las enfermedades. ¿Tendremos la sabiduría para aprender de esa universidad desconocida, aún sin clasificar “científicamente”?

Siento que me sumerjo en ese magma vivo del que hago parte, con mis raíces, musgos y hongos que penetran en las profundidades del ciclo eterno de vida y muerte. 

Se oyen, de repente, motosierras asesinas y llamas infernales que aniquilan toda esta vida pulsante, dejando a su paso áridos desiertos. Tengo sed. ¡Están pasando la aspiradora por la casa y han abierto las ventanas para que entre el sol en esta mañana de verano!

Maria Victoria Santoyo Abril

Selva

Ríos verdes, aguas calientes. Mis ojos, dos camalotes llevados por la corriente. Sucio de fango estoy, hirviendo de fiebre. Mis manos son remolinos entorno a tus sinuosidades. Trepo por altos barrancos. Duermo en juncales podridos. Respiro tu olor a crepúsculo, tu negrura de esteros, tu vapor de diluvio. Cedros y yacarés, formol de hormigas y tábanos. Machete, duro machete quiebra tu cuerpo de lianas. Terciopelos de anacondas a remolcar las jangadas. Sudor de caňa y sequía. Furia de incendio y de hachas. Colmillos envenenados se disputan mis entrañas. Vorágine de alaridos, ceguera de sol sin rayos. Muerte que engendra y destierra. Corazón americano.

Adriana Langtry

Selva Oscura

Ignoro cómo me encontré por esa selva oscura, ¡tan amarga que es poco más la muerte! 

Tampoco sé si la selva donde me he extraviado yo es más salvaje, áspera y fuerte que aquella en la que se perdió Dante, confundido por el pecado y desesperadamente trastocado por el exilio que le infligieron. Yo también caí en el error,  pero yo me exilié por mí misma. 

Tenía un trabajo, una familia, un hogar… ahora el que fue el jardín de mi casa se ha convertido en una selva de malas hierbas y espinas que cubrirán de envidia mi antigua vivienda durante cien años, como el castillo de la bella durmiente. Pero fui yo la que forjé mi propia envidia.

Quizás la culpa de todo la tuvo la inconsciencia de querer hacerlo todo a mi manera, sin respeto alguno por los demás: la insensatez que me hizo elegir la vía a través de la selva, justo donde Caperucita encontró el lobo. Pero yo ya no era una niña.

O quizás fue el abandono, la locura ingrata del desamor la que me despistó hacía la selva donde Hansel y Gretel fueron atrapados por la bruja.  Pero la madrastra malvada era yo.

Así que a mi grito “Miserere de mí” no va a contestar Virgilio, el maestro predilecto, con aspecto de espectro vagaroso. Ni me va a socorrer un Príncipe Azul de beso redentor, ni un cazador en busca de fieras a las que matar. Yo no saldré al monte, ni encontraré salvación alguna.  

El sol se calla, la poca luz se esfuma a poco a poco. Oigo ruidos en la selva.

Puede que encuentre una pantera, un león y una loba.

La selva está cada vez más oscura.

Silvia Zanetto

Selvas

Dar pequeños paseos por la selva siempre le resultaba agradable. Se sentaba y contaba los árboles, los observaba, acariciaba sus troncos, cada uno con una piel diferente, como si fueran cuerpos. Le gustaba la mezcla de arbustos, plantas y hierbas, colores, los ruidos de los animales. Imaginaba que en la selva todas las plantas estaban en comunicación subterránea a través de las raíces, avisando a las plantas lejanas de lo que estaba pasando. A veces perdía el sentido del tiempo y, al cerrarse el cielo, la luz desaparecía poco a poco. Todo a su alrededor estaba en silencio, todo quieto, un poco espantoso. Había llegado el momento de regresar a casa, antes de que aparecieran las criaturas aterradoras con caras escalofriantes, barbillas puntiagudas, narices ganchudas de las que hablaban las leyendas. Sólo recuerdos, puesto que vive desde siempre en una ciudad, que a pesar de ser una selva gris, ruidosa, con sonidos que le molestan, donde no se oyen los chillidos de los animales, donde ni siquiera puede acariciar troncos cuando no le queda otra cosa por abrazar, nunca podría abandonar. Y entonces vuelve a pensar en los árboles y en sus raíces, quizás tengan realmente células similares a nuestras neuronas para comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro, que ella se imagina como otra selva tropical con senderos impenetrables. Una selva de emociones conectadas por ramitas estrechas. Otra selva que tenemos que salvaguardar para sobrevivir.

Raffaella Bolletti

Selva perdida, cambio al comando

—Hace miles de años vivían en la selva, pasaban todo el día tratando de quitarse las pulgas y los piojos de la cabeza, ayudándose mutuamente. Después comían, jugaban, follaban y por la noche, dormían. Después evolucionaron. En lugar de australopitecos, se hacen llamar sapiens al cuadrado. Ahora trabajan 12 horas diarias, pasan dos horas al día enlatados. Siempre están nerviosos. Han contaminado el mundo y están preparando la tercera guerra mundial.

—Pero, papá, ¿nosotros qué haremos?

—Tranquilo. No te preocupes, K. Tú y tus hermanos sobreviviréis, te lo prometo. Nosotros los escarabajos somos inmunes a las radiaciones, a la guerra nuclear. Sobreviviremos y finalmente nos tocará dominar el planeta tierra. Será bellísimo.

Graziella Boffini

La selva del Darién

Antes de irse a la cama, Doña Aldonza siempre revisaba todo meticulosamente; la puerta cerrada, la perilla del gas bajada, las luces apagadas, el despertador puesto a las 7.

Por el sendero en medio del bosque del Darién apareció repentinamente una bestia feroz con cabeza de tigre y un cuerpo alienígena que se le iba a abalanzar. Detrás de ella había dos grupos armados de Narcos y FARC que se disparaban entre sí, no había salida. Lo único que había que hacer era saltar al río o unirse a la pandilla de los contrabandistas de “blanca” que estaba más cerca.

Desde siempre le hubiera gustado hacer un viaje de una vez en la vida, “in-a-Lifetime”, a la jungla, sin complicaciones y sin la comodidad de su hogar sumergiéndose en vistas increíbles con bosques inexplorados, y aunque mucho se hubiera contaminado y el bosque se hubiera convertido en secundario, habría sido hermoso.

Cruzar ríos que por el mal estado de la embarcación habrían podido ser experiencias realmente aterradoras. El senderismo-trekking «recompensa-rewards» increíble viendo animales salvajes y disfrutando de emociones extraordinariamente fascinantes.

Sólo consigo misma, esencial e increíblemente «remoto», sintiéndose como si estuviera en el desierto con un teléfono móvil sin señal.

Cuando la encontraron por la mañana, parecía como si estuviera dormida; en la mesita de noche había tres pastillas; dos “Aspirinas” y una píldora azul  un poco rara, con tres letras iniciales ahuecadas de “Ele, Ese, De”.

En la mesita de noche en el libro el lápiz como marcapáginas indicaba la frase: “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado…”

Luigi Chiesa

Desamor silvestre

En un rincón de la selva africana, en la cima de un árbol rodeado por lianas, una pareja de chimpancés está sentada, uno junto a la otra.

El varón mira a la hembra con ojos fascinados y le habla al oído.

— ¡Hermosa, déjame acariciar tu cabellera color ocaso! Quiero ahogarme entre tus tetas peludas suaves come terciopelo. Daría mi vida entera para perderme en la selva oscura de los rizos negros de tu pubis.

— ¡Para… para… para… George! — corta la hembra balanceándose sobre una liana — Ya te lo dije, mi nombre es Cheeta, mi corazón pertenece únicamente a Tarzán. ¡Es el dueño de mi vida! Esta es mi historia y no la puedo cambiar.

— ¡Pero no tiene ni siquiera un pelo! — contesta George.

— ¡Nadie es perfecto! — repite Cheeta sonriendo.

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Iris Menegoz

La selva

Una palabra mágica, sin duda. 
Ella me recuerda los temores de mi infancia, 
escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, 
despierta las fábulas que pueblan mi memoria. 

Una palabra mágica, les digo. 
Las imágenes estallan en mi cabeza: 
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; 
bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; 
los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.

Magia musical, sobre todo. 
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música de Richard Wagner? 
En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: 
La muerte de Siegfried,  la Cabalgata de las valquirias, Tristán e Isolda…

Mágica, eso es seguro. 

Dejen que les cuente lo que me ocurrió misteriosamente hace algunos días.
Esa noche me quedé dormido mientras pensaba cómo contar la selva. Las posibilidades se me presentaban infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me desperté ansioso. 
Tenía una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está grabado en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿En qué empresa trabaja? No lo sé. 
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente. 
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era por trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, está subrayada, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro. 
Me siento perdido, completamente desconcertado. 

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.

Jean Claude Fonder

La ley de la selva

Susan vive en la selva, en una de las mejores, según dicen. Susan ama vivir en la selva, porque sabe que allí encuentra todo lo que necesita, y porque, como todos saben, es una de las mejores selvas del mundo, y eso la enorgullece. Susan vive en el tronco vacío de un viejo árbol. Allí vive con Brisa, su pequeña hija de dos años. Cada mañana, antes de ir a su trabajo, pasa por donde su vecina Yolanda, a quien paga para que cuide de Brisa mientras ella no está. Susan es madre soltera, y trabaja recogiendo racimos de banano para enviarlos fuera de la selva, al gran desierto. De ese gran desierto llegaron alguna vez también sus jefes, y fue allí justamente, en ese desierto infinito, seco y estéril, donde el padre de Brisa se extinguió, sirviendo y luchando por los señores de las arenas.

En la selva de Susan cada vez hay más árboles de banano y menos flores, y cada vez más troncos vacíos, y también más madres solteras. Susan no tiene muchas opciones: es, o trabajar en la bananera, o no sobrevivir. Es la ley de la selva, la ley de la selva que ama, la ley del más fuerte.

Alguna vez un pajarito le habló a Susan sobre otra selva, muy distante de la suya, donde reinaba una ley distinta: allí no sobrevivían los más fuertes, los que vivían para sí mismos, sino los que mejor sabían vivir juntos, los unos para los otros. Pero deben ser habladurías, porque sus ojos, y también sus vecinos, le han dicho todo lo contrario.

Susan vive en una selva llamada ciudad, donde cada vez hay más troncos vacíos, donde cada individuo de su especie nace solo, y muere solo. 

Alan Émilio Suárez

Igual

La noche estrellada de Vincent Van Gogh (1889)

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Stonehenge construido hace miles de años. Los grupos procedentes de los otros 4 círculos terrestres ya estaban presentes, sentados en el suelo, en círculo, en silencio. También el grupo del Ártico tomó asiento. Esperaban el amanecer, con el sol atravesando el círculo megalítico e incidiendo perfectamente sobre la piedra talón. El aire estaba cargado de energía. Al llegar la luz los presentes se asombraron con la maravilla del rayo de sol entrando a través de los monolitos y advirtiendo de la llegada del verano. Cada círculo terrestre tenía varios representantes de su comunidad. Al terminar el momento mágico los jefes, los únicos que llevaban una larga capa blanca con capucha, se levantaron. El Jefe Mayor explicó que aquel lugar era simbólico, que allí se saludaba el invierno y se recibía una nueva temporada. Explicó también que el espectáculo que acababa de aparecer volvería a presentarse el 21 de junio del próximo año y que el rayo de sol podía entenderse como un mensajero de una vida que se reitera, en círculos que se arrastran, que se abren y se cierran. Terminó así su discurso <Gracias a todos por participar, regresemos a nuestros Círculos Terrestres, que ahora nos distancian y que podrían desaparecer al derretirse los glaciares, todo reduciéndose en un único círculo mayor sin diferencias atmosféricas. Pensémoslo bien y actuemos en consecuencia>. Los participantes se miraron unos a otros sin hacer comentarios y lentamente se fueron.Tenía un hermano gemelo, todos decían que era imposible diferenciarnos. Físicamente idénticos, no fueron pocos los que nos confundían. Igual que él yo tenía el pelo rubio, los ojos azules, una sonrisa cautivadora, y la misma voz. Compartimos la casa familiar, recibimos la misma crianza, sin diferencias. Pero él siempre fue el más travieso. Incluso, años atrás se hacía pasar por mí con las chicas. Al final se convirtió en un criminal. Y por ser el principal sospechoso de varios delitos fue escondiéndose Dios sabe dónde. Al inculparme a mí por sus crímenes acabaron con mi vida. Tener igual cara y apellido fue una maldición. Ahora estoy aquí, atrapado en este lugar, en otro mundo. En mi anterior vida estaba convencido de que cada noche era igual a la otra por su oscuridad, o porque las estrellas, siempre iguales, seguían allí. Ahora que tengo que mirar al cielo a través de los barrotes de una pequeña ventana he descubierto el misterio y la belleza que encierra una noche. Nunca hay una sola noche igual a la otra. Miro al cielo para aguardar la calma a la espera de que amaine la tormenta que llevo dentro. Y cuando en el horizonte aparece la luz del sol yo sé que todo va a seguir igual que ayer, igual que mañana, igual que siempre. Todo, excepto las noches. 

Raffaella Bolletti

La igualdad

Not to be reproduced – René Magritte (1937)

Éramos gemelos de un embrión único nacidos a partir de un solo óvulo, éramos iguales, dos varones. De niños solíamos bromear e intercambiar cualquier cosa, por ejemplo, novias que no se daban cuenta del reemplazo. Pero lo hacíamos, a pesar de que el juego era pesado. Era una forma perversa de contarnos experiencias y desventuras.

Llevábamos ropa idéntica y aprovechábamos nuestra igualdad para burlarnos de amigos y conocidos. Los dos por igual. Nos reemplazábamos cuando estábamos en la fila para pedir documentos, era una ventaja, era un efecto de fotocopia, uno idéntico al otro.

La igualdad era nuestra fuerza. Mientras sopesaban nuestro parecido, me decían: – ¿Tú eres…? No soy el otro. A veces le preguntaba a mi hermano: – ¿Te gustaría ser yo? Me respondía: – Estaría bien, pero me da igual. – Nos miraban como si fuéramos dos fantasmas, con una curiosidad “peluda”, sexualmente perversa, un misterio sin solución. Hemos compartido todo en la vida, amores, calzoncillos, comida, dinero, emociones…desde siempre.

Mi hermano murió hace un año, ahora que estoy solo, he comprado un espejo que refleja el doble de mi imagen, pero no me parece que la una sea idéntica a la otra. Me falta algo. Un castigo imposible de aceptar; una terrible venganza de la naturaleza. Es difícil de decir, pensaba que ambos moriríamos al mismo tiempo, o uno tras otro a corta distancia. El huevo cortado se ha convertido en uno. Uno sólo no puede seguir viviendo, no tiene sentido.

Mi verdadera identidad murió con él. El igual.

Luigi Chiesa

El lobo y la loba

Un carnero, una oveja y sus dos corderillos, en un camino en medio del bosque oscuro, encontraron una familia de lobos a quienes el hambre atormentaba. En un instante, los feroces animales rodearon a los carneros asustados.

El carnero, para intentar que el destino les perdonase la vida, se dirigió al lobo y le habló más o menos así:

— Hermano lobo, por desgracia la naturaleza ha querido que seáis nuestros depredadores, pero el hombre, nuestro enemigo común, os persigue tanto como nos explota. Hagamos causa común, huyamos juntos de esta especie que destruye alegremente el medio en el que vivimos.

El lobo, sordo a sus súplicas, se arrojó sobre él, lo mató de inmediato y se volvió hacia la oveja y sus corderitos que intentaban esconderse detrás de su madre. La oveja suplicó a su vez:

— Señor lobo, son pequeños y necesitan mi leche.

— Da igual, su carne es más tierna, —respondió el lobo.

Entonces la loba tomó la palabra y gruñó:

— Cállate, estúpido, sólo piensas en atiborrarte. Con el carnero hay suficiente para todos nosotros. La oveja y yo somos iguales, tenemos que proteger a nuestros hijos, defender a nuestra especie. ¿Tú para qué sirves?

Jean Claude Fonder

Igual

No todos somos iguales, algunos son negros, otros son blancos, altos, bajos, con cabello negro o rubio, con ojos marrones o azules, algunos son buenos, otros son malos, pero todos tienen el mismo derecho a comer, a tener un hogar y poder criar sus hijos decentemente.

Desafortunadamente no es así, todavía hay mucha pobreza y hambre en el mundo, en algunos casos por explotación, o guerras, en otros por incapacidad o debilidad de algunas poblaciones. El problema no son los multimillonarios o los ricos empresarios, quienes son odiados porque tienen mucho dinero, pero crean empleos y pagan impuestos, el problema son los gobiernos y las dictaduras que hay en el mundo, donde todos roban, engañan los más débiles y hacen guerras y no piensan en asegurarse de que la gente pueda vivir decentemente.

Los medios están allí, pero no las personas.

Leda Negri

Igual

“Todos somos iguales ante la ley”, eso dicen las constituciones de casi todos los países, aunque la igualdad de tratamiento y de oportunidades, de hecho, no se respeta.  Orwel, en su obra “Rebelión en la Granja”, escrita en 1945, denuncia los totalitarismos; la obra constituye un análisis de la corrupción que puede surgir tras toda adquisición autoritaria de poder. “Rebelión en la granja” es una alegoría del poder y su influencia en el destino de los seres humanos.

Los animales de la Granja, alentados un día por el Viejo cerdo (el ideólogo de la revolución) que antes de morir les explicó sus ideas, llevan a cabo una revolución en la que consiguen expulsar al granjero humano (que representa a la nobleza y la burguesía) y crear sus propias reglas o mandamientos. Pero, con el tiempo, los cerdos se erigen como líderes y luego como una élite dentro de la granja.

Los diferentes estamentos de la sociedad son: las ovejas y las gallinas, analfabetas y acríticas con el régimen, personifican a los estratos más bajos, o a los «fanáticos» de un líder. Los perros representan el aparato represivo. El cuervo Moisés representa a la Iglesia, habla del cielo, el perdón y la paciencia, cumpliendo su papel de apaciguador, al servicio del granjero, que le reserva un tratamiento especial. Representa la afinidad entre el clero y los distintos gobiernos.

Al final de la novela, la dictadura del cerdo tirano y sus seguidores se convierte en absoluta y cuando los animales preguntan al burro Benjamín (el intelectual) cuál es el único mandamiento que queda escrito, éste les lee el séptimo, convenientemente modificado por los cerdos:

“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”

Maria Victoria Santoyo Abril

Abre tu puerta cerrada

Me llamo Elio, mi hermano se llama Delio. Somos los hermanos gemelos más iguales que se hayan visto bajo el sol. 

De pequeños, distinguir el uno del otro era un verdadero problema para nuestros padres, pero parte de la culpa la tuvieron ellos: nunca se les ocurrió vestirnos con prendas diferentes, incluso tuvieron la descabellada idea de inscribirnos a la misma clase, donde ni la maestra ni los compañeros lograban distinguirnos. 

Recibir expedientes escolares iguales, con iguales notas en todas las asignaturas, se convirtió en una costumbre.  

Un día Delio se hizo daño jugando al fútbol y se quedó cojo por unos días:  fueron los más felices de nuestra vida, porque había algo que nos hacía diferentes. Así que se me ocurrió que podíamos hacer algo voluntariamente para lograr el mismo resultado. Yo le robé el tinte para el pelo a mamá e intenté hacerme pelirrojo, pero ella me descubrió y me empujó la cabeza bajo el grifo.

Delio decidió volverse harapiento: se hizo cortes en los pantalones y en las mangas y se revolcó en el barro antes de entrar en el colegio. Aquel día todos tuvieron claro cuál de los dos era el señorito y cuál el granuja. Pero, nada más salir del cole, mamá le echó una regañina y lo llevó a casa a bañarse. Después, se volvió loca para encontrar otros pantalones y otro suéter iguales a los míos, pero, como no lo consiguió, tiró a la basura también los míos.

Por fin, nos hicimos hombres y pudimos decidir qué hacer de nuestras vidas. 

Por cierto: la tonta de la maestra nunca se enteró de que siempre me interrogaba dos veces a mí en matemáticas, y dos veces a Delio en historia y gramática. Quizás por eso ¡sacábamos siempre las mismas notas, Delio y yo!

Silvia Zanetto

La otredad

Giuseppe Garibaldi en Rosario (Argentina)

¿Qué diablos hago en esta ciudad?! Por más que conozca aquí a muchos otros —paisanos y locales—, creo que jamás me sentiré parte de este lugar…

Siento cómo huelen mis orígenes, y de inmediato… miradas de rechazo, desvíos, caminar acelerado… Pero… ¿qué otra cosa puedo pedir?; venir era mi única opción; era eso o la muerte. Después de haberme escondido, de haber huido de ciudad en ciudad con la ayuda de algunos amigos —amigos que no tuvieron la oportunidad, como yo, de escapar, y cuya situación hoy desconozco—; después de haber llegado a la costa dejando allí todos mis ahorros y embarcándome hacia esta tierra prometida… Era mi única opción para vivir —tristemente—, como lo sigue siendo todavía para otros… ¡Cómo quisiera volver!, seguir ayudando a mi gente, casi todos oprimidos por ese régimen absurdo…

Por fortuna, aquí he encontrado algunos amigos, y más ayuda de la que había esperado… Sin ella, seguramente estaría como al inicio: robando para poder comer y pagar una cama —como todavía hacen algunos, per forza…—, o estaría nuevamente herido, o en una celda.

Aunque… ¿es posible que sí hubiera tenido otra opción? Tal vez habría sido mejor escuchar a mi mamá, haber seguido con mis estudios, con mi apacible trabajo en las canoas, y haber muerto sin saber nada más, sin preguntar nada… ¡Maldito el día en el que supe de Voltaire, y de Rousseau! Sin ellos, jamás me habría invadido este sinsentido de querer convertirme en un héroe local…

Igual… ya es demasiado tarde. Agradezco a América por haberme recibido, y por seguir alimentando mi vida; sea como sea, encontraré la forma de volver a Italia, de donde nunca debí haber salido. *

 *(Basado en la vida de Giuseppe Garibaldi durante su estadía en América del Sur).

Alan Émilio Suárez

Igual

La significación de la noche – René Magritte (1927)

¿Existirá otro igual a mi mismo en alguna parte del mundo que estuviera pensando en ese mismo momento lo mismo que estoy pensando en este mismo instante?


Pasé los tres primeros años preguntándomelo a mi mismo y hasta llegué a creer descubrirlo al ver mi otra mitad, pero me dijeron que no, que simplemente se trataba tan sólo de un espejo. Sucedió después en el patio de mi casa. Alborozado pregunté si eso que se movía igual y al lado mío donde yo me movía era mi otro. Se rieron de mí y me dijeron que no. Que tampoco. Que eso no era igual a mi mismo, que se trataba de mi propia sombra e hicieron de eso un chiste que lo repetían a otros gigantes para que también se rieran. Con estos golpes, decidí no volver a preguntar nada. Comprendí la existencia del mundo de las sombras, sus espejismos. En mudo silencio seguí buscando a ese alguien igual que debía existir en alguna parte.

De paseo con los grandes por los verdes del campo, requeté pensando observé cómo la luz del día se fue yendo y lentamente las sombras lo fueron cubriendo todo… Unos pasos y repentinamente apareció desde arriba una enorme bola brillante blanca redonda que iluminó lo oscuro. Si yo corría ella también lo hacía, adonde yo fuera ella también iba o si paraba, ella también paraba. Así fue convirtiéndose en lo más entrañable mío. Al principio no tardaron en darse cuenta porque tan pronto se oscurecía, me escapaba para dialogar con ella. Me encerraban y yo me les escapaba. A medida que fui creciendo, fueron llegando médicos, curas y brujos para quitarme eso de la cabeza. Me apodaron lunático y loco. Ahora ya viejo, por todo lo que pienso, digo y hago, decidieron llamarme poeta y ella en eso está de acuerdo con ellos.

Olmo Guillermo Liévano

Igual

Cuando, después de sesenta años alrededor del mundo, G.D. regresó a su pueblo, era un hombre viejo y adinerado. Hablaba cinco idiomas y se había acostado con miles de mujeres sin besar a ninguna de ellas. O así decía.

Cuando la tía Katina lo vio caminando hacia el altar de la iglesia casi le dio un ataque.

¡Igual… igualito… a su padre! —pensó -. La tía Katina se acordaba bien de don Augusto. En los treinta fue podestà del pueblo. Un fascista insolente, arrogante y delator. Murió hace diez años con mala conciencia. O así lo esperaba la tía Katina.

G.D. era un niño cuando estalló la guerra. Nació tras tres hermanitas. Don Augusto lo crio con orgullo. Lo educó para ser un «hombre verdadero» y para tratar a las mujeres siempre con menosprecio. Gloria, la primera novia de G.D., después de su partida, siguió llorando a mares esperando una carta que nunca llegó. Murió soltera. Dicen que era un poco loca.

El pueblo que G.D. encontró a su regreso no tenía nada que ver con el que había dejado años atrás. La pobreza se había ido. La gente vivía muy bien. Sus amigos estaban muertos o enfermos y seniles. G.D. tenía un montón de dinero y un montón de aventuras que contar, pero nadie a quien contarlas. Porque a la gente, su dinero y cómo lo había ganado, le daba igual.

Iris Menegoz