Selvas

Dar pequeños paseos por la selva siempre le resultaba agradable. Se sentaba y contaba los árboles, los observaba, acariciaba sus troncos, cada uno con una piel diferente, como si fueran cuerpos. Le gustaba la mezcla de arbustos, plantas y hierbas, colores, los ruidos de los animales. Imaginaba que en la selva todas las plantas estaban en comunicación subterránea a través de las raíces, avisando a las plantas lejanas de lo que estaba pasando. A veces perdía el sentido del tiempo y, al cerrarse el cielo, la luz desaparecía poco a poco. Todo a su alrededor estaba en silencio, todo quieto, un poco espantoso. Había llegado el momento de regresar a casa, antes de que aparecieran las criaturas aterradoras con caras escalofriantes, barbillas puntiagudas, narices ganchudas de las que hablaban las leyendas. Sólo recuerdos, puesto que vive desde siempre en una ciudad, que a pesar de ser una selva gris, ruidosa, con sonidos que le molestan, donde no se oyen los chillidos de los animales, donde ni siquiera puede acariciar troncos cuando no le queda otra cosa por abrazar, nunca podría abandonar. Y entonces vuelve a pensar en los árboles y en sus raíces, quizás tengan realmente células similares a nuestras neuronas para comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro, que ella se imagina como otra selva tropical con senderos impenetrables. Una selva de emociones conectadas por ramitas estrechas. Otra selva que tenemos que salvaguardar para sobrevivir.

Raffaella Bolletti