Selva Oscura

Ignoro cómo me encontré por esa selva oscura, ¡tan amarga que es poco más la muerte! 

Tampoco sé si la selva donde me he extraviado yo es más salvaje, áspera y fuerte que aquella en la que se perdió Dante, confundido por el pecado y desesperadamente trastocado por el exilio que le infligieron. Yo también caí en el error,  pero yo me exilié por mí misma. 

Tenía un trabajo, una familia, un hogar… ahora el que fue el jardín de mi casa se ha convertido en una selva de malas hierbas y espinas que cubrirán de envidia mi antigua vivienda durante cien años, como el castillo de la bella durmiente. Pero fui yo la que forjé mi propia envidia.

Quizás la culpa de todo la tuvo la inconsciencia de querer hacerlo todo a mi manera, sin respeto alguno por los demás: la insensatez que me hizo elegir la vía a través de la selva, justo donde Caperucita encontró el lobo. Pero yo ya no era una niña.

O quizás fue el abandono, la locura ingrata del desamor la que me despistó hacía la selva donde Hansel y Gretel fueron atrapados por la bruja.  Pero la madrastra malvada era yo.

Así que a mi grito “Miserere de mí” no va a contestar Virgilio, el maestro predilecto, con aspecto de espectro vagaroso. Ni me va a socorrer un Príncipe Azul de beso redentor, ni un cazador en busca de fieras a las que matar. Yo no saldré al monte, ni encontraré salvación alguna.  

El sol se calla, la poca luz se esfuma a poco a poco. Oigo ruidos en la selva.

Puede que encuentre una pantera, un león y una loba.

La selva está cada vez más oscura.

Silvia Zanetto