La ley de la selva

Susan vive en la selva, en una de las mejores, según dicen. Susan ama vivir en la selva, porque sabe que allí encuentra todo lo que necesita, y porque, como todos saben, es una de las mejores selvas del mundo, y eso la enorgullece. Susan vive en el tronco vacío de un viejo árbol. Allí vive con Brisa, su pequeña hija de dos años. Cada mañana, antes de ir a su trabajo, pasa por donde su vecina Yolanda, a quien paga para que cuide de Brisa mientras ella no está. Susan es madre soltera, y trabaja recogiendo racimos de banano para enviarlos fuera de la selva, al gran desierto. De ese gran desierto llegaron alguna vez también sus jefes, y fue allí justamente, en ese desierto infinito, seco y estéril, donde el padre de Brisa se extinguió, sirviendo y luchando por los señores de las arenas.

En la selva de Susan cada vez hay más árboles de banano y menos flores, y cada vez más troncos vacíos, y también más madres solteras. Susan no tiene muchas opciones: es, o trabajar en la bananera, o no sobrevivir. Es la ley de la selva, la ley de la selva que ama, la ley del más fuerte.

Alguna vez un pajarito le habló a Susan sobre otra selva, muy distante de la suya, donde reinaba una ley distinta: allí no sobrevivían los más fuertes, los que vivían para sí mismos, sino los que mejor sabían vivir juntos, los unos para los otros. Pero deben ser habladurías, porque sus ojos, y también sus vecinos, le han dicho todo lo contrario.

Susan vive en una selva llamada ciudad, donde cada vez hay más troncos vacíos, donde cada individuo de su especie nace solo, y muere solo. 

Alan Émilio Suárez