Blanc moussî

Esa mañana era la de la laetare, el cuarto domingo de la cuaresma. Cuando me vi en el espejo, tuve un movimiento de retroceso. El personaje que veía daba miedo.

Todo vestido de blanco, una capa y una capucha también blanca, una máscara anónima, asexual, una cara neutra de color carne con una larga nariz roja como si fuera una zanahoria, unos hermosos labios rojos entreabiertos como para un beso de pin up y dos ojos como dos pequeños agujeros ovalados vacíos de toda vida. Empecé a gruñir como un perro y a agitar un racimo de vejigas de cerdo hinchadas y amenazadoras, era un blanc moussî, lo que significa vestido de blanco en lengua valona.

— ¡Papi, papi, ayuda! — gritó mi hija mientras se volvía hacia la puerta del dormitorio, — hay un monje malvado blanco que quiere golpearme.

Tenía razón, una leyenda quería que en el siglo XV, un príncipe abad del principado de Stavelot-Malmedy, prohibiera la participación de los religiosos en las celebraciones carnavalescas. La población contestataria quiso recordar la presencia de los monjes durante las festividades y así nacieron hacia 1502 los Blancs Moussîs. Más allá de la apariencia, también tienen carácter. Son irreverentes, satíricos y entretenidos. Sus objetivos son hacer participar a los espectadores, engendrar en ellos una reacción, en suma, integrarlos en la fiesta. Para lograrlo, son provocadores. Todos los medios son buenos: están rodeados de pescadores que usan arenques como cebo, de pegadores de carteles satíricos, de porteadores de escobas de manga larga y de tijeras de madera para agarrar tus piernas y de carros con cañones sopladores de confeti.

— ¡No tengas miedo, soy yo, tu papá! — digo quitándome la máscara.

La niña se lanzó llorando entre mis brazos. 

Entonces, almacené mi disfraz de blanc moussî para siempre.

Jean Claude Fonder

Basura

El antifaz negro no me gusta, pero es necesario.

La peluca, en cambio, oscura con mechones violeta, es de lo más femenino, solo tengo que desgreñar los cabellos. Me ensucio el rostro con el maquillaje: matices de gris, morado, violeta. Pintalabios negro, esmalte negro en las uñas, guantes de red, pero rotos, también negros. Pantalones y camiseta oscuros, bien ajustados. Finalmente me enfundo en una bolsa de residuos color plomizo, ya muy estropeada, y mi disfraz de “Saco de Basura” es perfecto. Nadie me va a reconocer, solo tú.

Oculto en mi bolso nuevo todo lo que tengo que llevarme, y salgo a la calle rebosante de gente disfrazada lanzando confeti, entre la música disonante de los carros de Carnaval, las caras espeluznantes de los muñecos de cartón piedra. Gritos de niños, carcajadas, rostros enmascarados en el alegre estrépito de la fiesta. 

Un payaso con la cara pintada de blanco intenta asustarme. Es falso como el alborozo que inunda la ciudad, como todas estas personas que necesitan disfrazarse de algo diferente para encontrar un simulacro de felicidad.

Yo sola soy real, auténtica en mi dolor de pacotilla, en mi rencor de basura. Solo tú me vas a reconocer, porque eres tú el que me ha tirado a la basura como un trapo sucio. Y yo también te voy a reconocer, porque tú no necesitas un disfraz para ser falso. No tendrás el tiempo para un saludo o una sonrisa hipócrita, porque yo sacaré lo que tengo en el bolso nada más verte: nadie se enterará del golpe, con todo ese ruido, nadie hará caso a una chica disfrazada de saco de basura en medio de ese gentío de máscaras borrachas de alegría, nadie se dará cuenta de tu cuerpo pisoteado por la muchedumbre inconsciente, como si fueras un saco de basura.

Silvia Zanetto

Tsampi

Olmo Guillermo LLévano

Tsampi es “selva” en lengua Cofán. (Amazonas Putumañense colombiano…)

Allí viven en grupos pequeños, pobladores indígenas, de cultura ancestral y liderados desde antaño por los Taitas, las Abuelas y los Chamanes, la autoridad tradicional que manejan las plantas de Tsampi para curaciones y el Yagé (tendukhu u’fa) para conocer el futuro, el diálogo de saberes, en la armonización de la palabra y en el amor… caminar juntos en un amanecer o cuando cae la tarde.

(“Suhu” Kussetsw e’yu suuu keehatsw se’ tù phwphwma hunkei tsunmbina farde humbachuma hunkeiu) un ave nocturna, su canto es suuu, cuando es tiempo de siembra. ( Singei indzwe dapae shushushu…) 

Cuando la candela suena shushushu, se mata el tizón o se voltea dejando la parte encendida hacia afuera. Significa que va a haber cacería. Si suena chue, chue, chue, la cacería es gorda y habrá que prepararse para secar o ahumar.

Chuñumbi. (“pájaro ollero) su canto es:

chuñuchuñutshiritshiritshi…. y canta cuando los pescados comienzan a desovar.

Tuntunkhutse: su canto es tun-tun-tun-tun y en el misterio espiritual es a’ipa  chhiriria “pájaro de los infieles”.

Alrededor del fuego y la toma surgen historias de vida de la comunidad cofán, pensamientos, sentimientos e historias tradicionales pertenecientes al universo del pueblo Cofán, donde las autoridades tradicionales… taita, abuelo o abuela, orientan sus vidas en la selva (Tsampi) amazónica colombiana.

Olmo Guillermo Liévano

Selva

La selva que tenemos alrededor, que nos ama y abraza, la selva que nos conmueve y nos disculpa que crece a pesar del fuego y la ira, selva de recuerdos, sensaciones desaparecidas, sueños recorridos y dados por cumplidos, cuando de pronto un piélago de la tierra, un piélago en tu día hace la limpieza y comienza a brotar en otra rama, en otro puerto haciendo escalas en cada vida. 

Blanca Quesada

Selva y simbiosis

La canoa se desliza sobre la densidad luminosa y oscura, abriéndose camino entre balsas flotantes de plantas acuáticas y maravillosos nenúfares, hasta tocar una orilla camuflada entre ramas y troncos caídos, en esa danza de vida y muerte que es la selva. Al penetrar en esa matriz verde, las lanzas de luz se precipitan desde las copas gigantes de ceibas, caobas y hules, iluminan húmedos helechos prehistóricos, lianas, orquídeas de acuarela y rojos sanguíneos de flores carnosas.

La hojarasca favorece el mimetismo de insectos, lagartos, culebras y ranas. Bajo el dosel verdeante compiten por la luz guacamayas multicolores, monos chismosos, iguanas, mapaches, tapires…  La respiración de la selva está hecha de susurros y silbidos. Es un palpitar de miles de seres en mágica simbiosis. En la farmacia de la selva los curanderos encuentran remedios para las enfermedades. ¿Tendremos la sabiduría para aprender de esa universidad desconocida, aún sin clasificar “científicamente”?

Siento que me sumerjo en ese magma vivo del que hago parte, con mis raíces, musgos y hongos que penetran en las profundidades del ciclo eterno de vida y muerte. 

Se oyen, de repente, motosierras asesinas y llamas infernales que aniquilan toda esta vida pulsante, dejando a su paso áridos desiertos. Tengo sed. ¡Están pasando la aspiradora por la casa y han abierto las ventanas para que entre el sol en esta mañana de verano!

Maria Victoria Santoyo Abril

Dando vueltas por el claustro


Envuelta en el silencio por una fina y típica nieblita, rodeada de campos sometidos a correntía continua, la antigua Abadía de Chiaravalle deja adivinar toda su belleza, primero de todo a través de su Campanario.
En el año 1135 empezó la construcción de este monasterio por voluntad de San Bernardo, fraile de la Orden Cisterciense, como una rama de la Abadía de Clairvaux. Los cistercienses se establecieron fuera de la ciudad, saneando una zona pantanosa, dedicándose al trabajo del campo recuperando y haciendo fértil la tierra, contribuyendo al desarrollo del territorio y creando una organización agrícola altamente eficiente capaz de dar vida, junto al complejo monástico, a una granja con animales de patio, cerdos, ovejas y colmenas para las abejas. Una granja donde incluso los peregrinos pobres podían alojarse. Alrededor de la Abadía se desarrolló un pueblo agrícola, anexado al municipio de Milán en 1923. Hoy en día hay una casa de huéspedes que ofrece hospitalidad a quienes la solicitan, y durante su estancia los huéspedes pueden experimentar los ritmos de la comunidad. Hay también una tienda, que es atendida por los monjes, donde se venden productos de la Abadía. Es un lugar que desde siempre me infunde paz en la que de vez en cuando vuelvo a sumergirme. En ese 17 de septiembre de 2016 estaba yo paseando, muy lentamente, por las arcadas del claustro sin darme cuenta de que ya había dado no sé cuantas vueltas al claustro mismo. Los recuerdos iban aflorando, sin orden hacia atrás y hacia adelante despertando emociones dormidas haciéndome revivir momentos y sensaciones, obligándome a enfrentarme a la cruda realidad. Las cosas no siempre son como deseamos. Estaba consciente de que este paseo me llevaría de vuelta en el tiempo hasta aquel 17, día de un lejano septiembre de 1977. Era una mañana como esta y yo era tan feliz y tan inquieta, luciendo mi traje de boda. La marcha nupcial, mi padre acompañándome, y él, mi novio, esperándome en el altar. Quizás fue una lágrima o tal vez fue la voz del fraile saludándome, o la suavidad de su mirada, la delicadeza de su paso las que me devolvieron al presente. De pronto empiezan los toques de la antigua campana mayor, todavía accionada manualmente por los monjes cistercienses, mediante una cuerda que cuelga en el centro de la intersección entre el crucero y la nave central de la iglesia, llamando a los fieles a la misa. El fraile se aleja. Yo prefiero quedarme en el claustro mirando el campanario, que los milaneses suelen llamar “Ciribicciacola”(pronunciado chiribichiacola), probablemente por las cigüeñas que en el pasado anidaban en la torre, o por los chillidos de sus pequeños. Al terminar la misa entro en la iglesia. El fuerte aroma del incienso quemado llena el interior. Doy una vuelta mirando los frescos de las paredes internas. Espero a que los frailes lleguen con sus túnicas blancas con escapulario negro y capuchas, se sienten en el magnífico coro hecho en madera, compuesto por dos hileras dispuestas paralelamente a dos niveles, y empiece el canto gregoriano que se apodera de mí por su belleza, espiritualidad y misterio. Los cistercienses, se destacan por su austeridad, oración, silencio y trabajo duro, principios fundamentales de la Orden. En aquel septiembre de 2016 ¿necesitaba yo lo mismo?
Al salir de la Abadía llovía a cántaros ese 17, día de septiembre de 1977, mi vestido de boda mojado, los invitados bajo la lluvia lanzando arroz a nosotros, los recién casados. El saber popular dice que, si llueve, ese día se habrán derramado todas las lágrimas que tendrá esa pareja, que nunca más vivirá penas ni tendrá motivos para llorar. ¿Novia mojada novia afortunada? Tengo que ser bastante lenta porque hoy, 17 día de septiembre de 2019, paseando por el claustro aún me pongo esta pregunta. Lo que es cierto es que vuelvo aquí, en este lugar tranquilo donde a veces, en el misterio del canto de los frailes, me parece oír tu voz diciendo: ¡Sí quiero!

Raffaella Bolletti

Selva

Ríos verdes, aguas calientes. Mis ojos, dos camalotes llevados por la corriente. Sucio de fango estoy, hirviendo de fiebre. Mis manos son remolinos entorno a tus sinuosidades. Trepo por altos barrancos. Duermo en juncales podridos. Respiro tu olor a crepúsculo, tu negrura de esteros, tu vapor de diluvio. Cedros y yacarés, formol de hormigas y tábanos. Machete, duro machete quiebra tu cuerpo de lianas. Terciopelos de anacondas a remolcar las jangadas. Sudor de caňa y sequía. Furia de incendio y de hachas. Colmillos envenenados se disputan mis entrañas. Vorágine de alaridos, ceguera de sol sin rayos. Muerte que engendra y destierra. Corazón americano.

Adriana Langtry

Selva Oscura

Ignoro cómo me encontré por esa selva oscura, ¡tan amarga que es poco más la muerte! 

Tampoco sé si la selva donde me he extraviado yo es más salvaje, áspera y fuerte que aquella en la que se perdió Dante, confundido por el pecado y desesperadamente trastocado por el exilio que le infligieron. Yo también caí en el error,  pero yo me exilié por mí misma. 

Tenía un trabajo, una familia, un hogar… ahora el que fue el jardín de mi casa se ha convertido en una selva de malas hierbas y espinas que cubrirán de envidia mi antigua vivienda durante cien años, como el castillo de la bella durmiente. Pero fui yo la que forjé mi propia envidia.

Quizás la culpa de todo la tuvo la inconsciencia de querer hacerlo todo a mi manera, sin respeto alguno por los demás: la insensatez que me hizo elegir la vía a través de la selva, justo donde Caperucita encontró el lobo. Pero yo ya no era una niña.

O quizás fue el abandono, la locura ingrata del desamor la que me despistó hacía la selva donde Hansel y Gretel fueron atrapados por la bruja.  Pero la madrastra malvada era yo.

Así que a mi grito “Miserere de mí” no va a contestar Virgilio, el maestro predilecto, con aspecto de espectro vagaroso. Ni me va a socorrer un Príncipe Azul de beso redentor, ni un cazador en busca de fieras a las que matar. Yo no saldré al monte, ni encontraré salvación alguna.  

El sol se calla, la poca luz se esfuma a poco a poco. Oigo ruidos en la selva.

Puede que encuentre una pantera, un león y una loba.

La selva está cada vez más oscura.

Silvia Zanetto

Selvas

Dar pequeños paseos por la selva siempre le resultaba agradable. Se sentaba y contaba los árboles, los observaba, acariciaba sus troncos, cada uno con una piel diferente, como si fueran cuerpos. Le gustaba la mezcla de arbustos, plantas y hierbas, colores, los ruidos de los animales. Imaginaba que en la selva todas las plantas estaban en comunicación subterránea a través de las raíces, avisando a las plantas lejanas de lo que estaba pasando. A veces perdía el sentido del tiempo y, al cerrarse el cielo, la luz desaparecía poco a poco. Todo a su alrededor estaba en silencio, todo quieto, un poco espantoso. Había llegado el momento de regresar a casa, antes de que aparecieran las criaturas aterradoras con caras escalofriantes, barbillas puntiagudas, narices ganchudas de las que hablaban las leyendas. Sólo recuerdos, puesto que vive desde siempre en una ciudad, que a pesar de ser una selva gris, ruidosa, con sonidos que le molestan, donde no se oyen los chillidos de los animales, donde ni siquiera puede acariciar troncos cuando no le queda otra cosa por abrazar, nunca podría abandonar. Y entonces vuelve a pensar en los árboles y en sus raíces, quizás tengan realmente células similares a nuestras neuronas para comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro, que ella se imagina como otra selva tropical con senderos impenetrables. Una selva de emociones conectadas por ramitas estrechas. Otra selva que tenemos que salvaguardar para sobrevivir.

Raffaella Bolletti

Selva perdida, cambio al comando

—Hace miles de años vivían en la selva, pasaban todo el día tratando de quitarse las pulgas y los piojos de la cabeza, ayudándose mutuamente. Después comían, jugaban, follaban y por la noche, dormían. Después evolucionaron. En lugar de australopitecos, se hacen llamar sapiens al cuadrado. Ahora trabajan 12 horas diarias, pasan dos horas al día enlatados. Siempre están nerviosos. Han contaminado el mundo y están preparando la tercera guerra mundial.

—Pero, papá, ¿nosotros qué haremos?

—Tranquilo. No te preocupes, K. Tú y tus hermanos sobreviviréis, te lo prometo. Nosotros los escarabajos somos inmunes a las radiaciones, a la guerra nuclear. Sobreviviremos y finalmente nos tocará dominar el planeta tierra. Será bellísimo.

Graziella Boffini

La selva del Darién

Antes de irse a la cama, Doña Aldonza siempre revisaba todo meticulosamente; la puerta cerrada, la perilla del gas bajada, las luces apagadas, el despertador puesto a las 7.

Por el sendero en medio del bosque del Darién apareció repentinamente una bestia feroz con cabeza de tigre y un cuerpo alienígena que se le iba a abalanzar. Detrás de ella había dos grupos armados de Narcos y FARC que se disparaban entre sí, no había salida. Lo único que había que hacer era saltar al río o unirse a la pandilla de los contrabandistas de “blanca” que estaba más cerca.

Desde siempre le hubiera gustado hacer un viaje de una vez en la vida, “in-a-Lifetime”, a la jungla, sin complicaciones y sin la comodidad de su hogar sumergiéndose en vistas increíbles con bosques inexplorados, y aunque mucho se hubiera contaminado y el bosque se hubiera convertido en secundario, habría sido hermoso.

Cruzar ríos que por el mal estado de la embarcación habrían podido ser experiencias realmente aterradoras. El senderismo-trekking «recompensa-rewards» increíble viendo animales salvajes y disfrutando de emociones extraordinariamente fascinantes.

Sólo consigo misma, esencial e increíblemente «remoto», sintiéndose como si estuviera en el desierto con un teléfono móvil sin señal.

Cuando la encontraron por la mañana, parecía como si estuviera dormida; en la mesita de noche había tres pastillas; dos “Aspirinas” y una píldora azul  un poco rara, con tres letras iniciales ahuecadas de “Ele, Ese, De”.

En la mesita de noche en el libro el lápiz como marcapáginas indicaba la frase: “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado…”

Luigi Chiesa

Desamor silvestre

En un rincón de la selva africana, en la cima de un árbol rodeado por lianas, una pareja de chimpancés está sentada, uno junto a la otra.

El varón mira a la hembra con ojos fascinados y le habla al oído.

— ¡Hermosa, déjame acariciar tu cabellera color ocaso! Quiero ahogarme entre tus tetas peludas suaves come terciopelo. Daría mi vida entera para perderme en la selva oscura de los rizos negros de tu pubis.

— ¡Para… para… para… George! — corta la hembra balanceándose sobre una liana — Ya te lo dije, mi nombre es Cheeta, mi corazón pertenece únicamente a Tarzán. ¡Es el dueño de mi vida! Esta es mi historia y no la puedo cambiar.

— ¡Pero no tiene ni siquiera un pelo! — contesta George.

— ¡Nadie es perfecto! — repite Cheeta sonriendo.

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Iris Menegoz

La selva

Una palabra mágica, sin duda. 
Ella me recuerda los temores de mi infancia, 
escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, 
despierta las fábulas que pueblan mi memoria. 

Una palabra mágica, les digo. 
Las imágenes estallan en mi cabeza: 
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; 
bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; 
los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.

Magia musical, sobre todo. 
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música de Richard Wagner? 
En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: 
La muerte de Siegfried,  la Cabalgata de las valquirias, Tristán e Isolda…

Mágica, eso es seguro. 

Dejen que les cuente lo que me ocurrió misteriosamente hace algunos días.
Esa noche me quedé dormido mientras pensaba cómo contar la selva. Las posibilidades se me presentaban infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me desperté ansioso. 
Tenía una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está grabado en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿En qué empresa trabaja? No lo sé. 
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente. 
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era por trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, está subrayada, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro. 
Me siento perdido, completamente desconcertado. 

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.

Jean Claude Fonder

La ley de la selva

Susan vive en la selva, en una de las mejores, según dicen. Susan ama vivir en la selva, porque sabe que allí encuentra todo lo que necesita, y porque, como todos saben, es una de las mejores selvas del mundo, y eso la enorgullece. Susan vive en el tronco vacío de un viejo árbol. Allí vive con Brisa, su pequeña hija de dos años. Cada mañana, antes de ir a su trabajo, pasa por donde su vecina Yolanda, a quien paga para que cuide de Brisa mientras ella no está. Susan es madre soltera, y trabaja recogiendo racimos de banano para enviarlos fuera de la selva, al gran desierto. De ese gran desierto llegaron alguna vez también sus jefes, y fue allí justamente, en ese desierto infinito, seco y estéril, donde el padre de Brisa se extinguió, sirviendo y luchando por los señores de las arenas.

En la selva de Susan cada vez hay más árboles de banano y menos flores, y cada vez más troncos vacíos, y también más madres solteras. Susan no tiene muchas opciones: es, o trabajar en la bananera, o no sobrevivir. Es la ley de la selva, la ley de la selva que ama, la ley del más fuerte.

Alguna vez un pajarito le habló a Susan sobre otra selva, muy distante de la suya, donde reinaba una ley distinta: allí no sobrevivían los más fuertes, los que vivían para sí mismos, sino los que mejor sabían vivir juntos, los unos para los otros. Pero deben ser habladurías, porque sus ojos, y también sus vecinos, le han dicho todo lo contrario.

Susan vive en una selva llamada ciudad, donde cada vez hay más troncos vacíos, donde cada individuo de su especie nace solo, y muere solo. 

Alan Émilio Suárez

Al despertar

Amanecer
Enrique Omar Sobisch

Cuando desperté, una imagen persistente quedó grabada en la infinita desolación que habitaba mi dolorosa memoria.

¿Qué había pasado?

Revisé los detalles de mi recuerdo. La tierra roja que rimaba con el color oxidado de la chatarra que ocupaba el centro de mi pensamiento debilitado. Una fogata improvisada donde las llamas todavía lamían un extraño recipiente en forma de cilindro de contenido misterioso. Un arbusto muerto que dominaba un camino de tierra. A lo lejos unas colinas tristes y un paisaje desértico sin ningún rastro de vida humana.

Por mucho que intentara recordar el objeto de mi sueño, sólo quedaba esta instantánea, como si hubiera parado la imagen de una película cuyo final nunca conocería. 

No sé por qué, pero la primera idea que me surge es la historia de Bonnie and Clyde, que fueron detenidos en su huida desesperada por un pinchazo desafortunado. El coche, sin duda. No puedo separar a estos dos aventureros de sus viajes sempiternos en coche. Pero este está demasiado destrozado, no tiene marcas de balas y el modelo no es de esa época.

Tal vez unos gauchos. La fogata me los recuerda, creo que la vi en una vieja foto en blanco y negro, pero allí, al lado de ella, había un tipo de remolque de madera que era realmente muy diferente del coche podrido de mi sueño imposible. Y si todavía hay gauchos, se tratará de una empresa turística y la escena onírica que yo había inventado no correspondería mucho al decorado que nos describe José Hernández en Martín Fierro. 

¿Inventado? No he inventado nada. 

Ahora recuerdo que ayer vi esta obra en el blog del pintor Omar Sobisch, forma parte de su época de hiperrealismo, en Madrid donde vive actualmente. Pero eso no explica absolutamente nada. ¿Por qué me obsesiona esta pintura? ¿Quién pudo haber encendido este fuego?

Sólo puede ser él, el pintor, que quería crear un misterio, dejar a la imaginación de cada uno una historia que contarse, crear vida en este desierto despiadado.

Y yo reaccioné. Bonnie y Clyde, la canción, la película de Arthur Penn, los amantes criminales, la huida a través de los campos, el coche… Están aquí, pueden verlos ustedes también, uno en los brazos del otro. Sus armas rojas de sangre, que han dejado allí a su lado, acompañan despiadadamente sus amores prohibidos.



Jean Claude Fonder

Igual

La noche estrellada de Vincent Van Gogh (1889)

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Stonehenge construido hace miles de años. Los grupos procedentes de los otros 4 círculos terrestres ya estaban presentes, sentados en el suelo, en círculo, en silencio. También el grupo del Ártico tomó asiento. Esperaban el amanecer, con el sol atravesando el círculo megalítico e incidiendo perfectamente sobre la piedra talón. El aire estaba cargado de energía. Al llegar la luz los presentes se asombraron con la maravilla del rayo de sol entrando a través de los monolitos y advirtiendo de la llegada del verano. Cada círculo terrestre tenía varios representantes de su comunidad. Al terminar el momento mágico los jefes, los únicos que llevaban una larga capa blanca con capucha, se levantaron. El Jefe Mayor explicó que aquel lugar era simbólico, que allí se saludaba el invierno y se recibía una nueva temporada. Explicó también que el espectáculo que acababa de aparecer volvería a presentarse el 21 de junio del próximo año y que el rayo de sol podía entenderse como un mensajero de una vida que se reitera, en círculos que se arrastran, que se abren y se cierran. Terminó así su discurso <Gracias a todos por participar, regresemos a nuestros Círculos Terrestres, que ahora nos distancian y que podrían desaparecer al derretirse los glaciares, todo reduciéndose en un único círculo mayor sin diferencias atmosféricas. Pensémoslo bien y actuemos en consecuencia>. Los participantes se miraron unos a otros sin hacer comentarios y lentamente se fueron.Tenía un hermano gemelo, todos decían que era imposible diferenciarnos. Físicamente idénticos, no fueron pocos los que nos confundían. Igual que él yo tenía el pelo rubio, los ojos azules, una sonrisa cautivadora, y la misma voz. Compartimos la casa familiar, recibimos la misma crianza, sin diferencias. Pero él siempre fue el más travieso. Incluso, años atrás se hacía pasar por mí con las chicas. Al final se convirtió en un criminal. Y por ser el principal sospechoso de varios delitos fue escondiéndose Dios sabe dónde. Al inculparme a mí por sus crímenes acabaron con mi vida. Tener igual cara y apellido fue una maldición. Ahora estoy aquí, atrapado en este lugar, en otro mundo. En mi anterior vida estaba convencido de que cada noche era igual a la otra por su oscuridad, o porque las estrellas, siempre iguales, seguían allí. Ahora que tengo que mirar al cielo a través de los barrotes de una pequeña ventana he descubierto el misterio y la belleza que encierra una noche. Nunca hay una sola noche igual a la otra. Miro al cielo para aguardar la calma a la espera de que amaine la tormenta que llevo dentro. Y cuando en el horizonte aparece la luz del sol yo sé que todo va a seguir igual que ayer, igual que mañana, igual que siempre. Todo, excepto las noches. 

Raffaella Bolletti

La igualdad

Not to be reproduced – René Magritte (1937)

Éramos gemelos de un embrión único nacidos a partir de un solo óvulo, éramos iguales, dos varones. De niños solíamos bromear e intercambiar cualquier cosa, por ejemplo, novias que no se daban cuenta del reemplazo. Pero lo hacíamos, a pesar de que el juego era pesado. Era una forma perversa de contarnos experiencias y desventuras.

Llevábamos ropa idéntica y aprovechábamos nuestra igualdad para burlarnos de amigos y conocidos. Los dos por igual. Nos reemplazábamos cuando estábamos en la fila para pedir documentos, era una ventaja, era un efecto de fotocopia, uno idéntico al otro.

La igualdad era nuestra fuerza. Mientras sopesaban nuestro parecido, me decían: – ¿Tú eres…? No soy el otro. A veces le preguntaba a mi hermano: – ¿Te gustaría ser yo? Me respondía: – Estaría bien, pero me da igual. – Nos miraban como si fuéramos dos fantasmas, con una curiosidad “peluda”, sexualmente perversa, un misterio sin solución. Hemos compartido todo en la vida, amores, calzoncillos, comida, dinero, emociones…desde siempre.

Mi hermano murió hace un año, ahora que estoy solo, he comprado un espejo que refleja el doble de mi imagen, pero no me parece que la una sea idéntica a la otra. Me falta algo. Un castigo imposible de aceptar; una terrible venganza de la naturaleza. Es difícil de decir, pensaba que ambos moriríamos al mismo tiempo, o uno tras otro a corta distancia. El huevo cortado se ha convertido en uno. Uno sólo no puede seguir viviendo, no tiene sentido.

Mi verdadera identidad murió con él. El igual.

Luigi Chiesa

El lobo y la loba

Un carnero, una oveja y sus dos corderillos, en un camino en medio del bosque oscuro, encontraron una familia de lobos a quienes el hambre atormentaba. En un instante, los feroces animales rodearon a los carneros asustados.

El carnero, para intentar que el destino les perdonase la vida, se dirigió al lobo y le habló más o menos así:

— Hermano lobo, por desgracia la naturaleza ha querido que seáis nuestros depredadores, pero el hombre, nuestro enemigo común, os persigue tanto como nos explota. Hagamos causa común, huyamos juntos de esta especie que destruye alegremente el medio en el que vivimos.

El lobo, sordo a sus súplicas, se arrojó sobre él, lo mató de inmediato y se volvió hacia la oveja y sus corderitos que intentaban esconderse detrás de su madre. La oveja suplicó a su vez:

— Señor lobo, son pequeños y necesitan mi leche.

— Da igual, su carne es más tierna, —respondió el lobo.

Entonces la loba tomó la palabra y gruñó:

— Cállate, estúpido, sólo piensas en atiborrarte. Con el carnero hay suficiente para todos nosotros. La oveja y yo somos iguales, tenemos que proteger a nuestros hijos, defender a nuestra especie. ¿Tú para qué sirves?

Jean Claude Fonder

Igual

No todos somos iguales, algunos son negros, otros son blancos, altos, bajos, con cabello negro o rubio, con ojos marrones o azules, algunos son buenos, otros son malos, pero todos tienen el mismo derecho a comer, a tener un hogar y poder criar sus hijos decentemente.

Desafortunadamente no es así, todavía hay mucha pobreza y hambre en el mundo, en algunos casos por explotación, o guerras, en otros por incapacidad o debilidad de algunas poblaciones. El problema no son los multimillonarios o los ricos empresarios, quienes son odiados porque tienen mucho dinero, pero crean empleos y pagan impuestos, el problema son los gobiernos y las dictaduras que hay en el mundo, donde todos roban, engañan los más débiles y hacen guerras y no piensan en asegurarse de que la gente pueda vivir decentemente.

Los medios están allí, pero no las personas.

Leda Negri

Igual

“Todos somos iguales ante la ley”, eso dicen las constituciones de casi todos los países, aunque la igualdad de tratamiento y de oportunidades, de hecho, no se respeta.  Orwel, en su obra “Rebelión en la Granja”, escrita en 1945, denuncia los totalitarismos; la obra constituye un análisis de la corrupción que puede surgir tras toda adquisición autoritaria de poder. “Rebelión en la granja” es una alegoría del poder y su influencia en el destino de los seres humanos.

Los animales de la Granja, alentados un día por el Viejo cerdo (el ideólogo de la revolución) que antes de morir les explicó sus ideas, llevan a cabo una revolución en la que consiguen expulsar al granjero humano (que representa a la nobleza y la burguesía) y crear sus propias reglas o mandamientos. Pero, con el tiempo, los cerdos se erigen como líderes y luego como una élite dentro de la granja.

Los diferentes estamentos de la sociedad son: las ovejas y las gallinas, analfabetas y acríticas con el régimen, personifican a los estratos más bajos, o a los «fanáticos» de un líder. Los perros representan el aparato represivo. El cuervo Moisés representa a la Iglesia, habla del cielo, el perdón y la paciencia, cumpliendo su papel de apaciguador, al servicio del granjero, que le reserva un tratamiento especial. Representa la afinidad entre el clero y los distintos gobiernos.

Al final de la novela, la dictadura del cerdo tirano y sus seguidores se convierte en absoluta y cuando los animales preguntan al burro Benjamín (el intelectual) cuál es el único mandamiento que queda escrito, éste les lee el séptimo, convenientemente modificado por los cerdos:

“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”

Maria Victoria Santoyo Abril