Lluvia

 

Era una locura aquellos tiempos de verano, porque parecía ser el día más soleado cuando de pronto todo estaba nublado; entonces nos preparábamos para ir a ver el gran espectáculo, ya que sucedía una o dos veces por año. 

Tomados de la mano, mi madre llevaba a mis hermanas y mi abuelo a mí, porque la torrencial lluvia que caía provocaba desbordes naturales; vivíamos en las laderas de una gran montaña que, cuando llovía, traía consigo piedras y agua por canales que con el tiempo la propia lluvia había diseñado. Cuando todo se calmaba, nos bañábamos en los grandes pozos que se formaban.

Luis Alberto Prado

El crucero de Tito

(39° dìa)
— ¿Mamá?…¿Mamá?…¿Mamá? ¡Está lloviendo todavía!
— ¡Sì, cariño, lo sé!
— ¡Mamá, no aguanto más esta lluvia! Agua arriba, agua abajo. ¡Son miles de días que llueve!
— ¡No mi amor, son 39 días! Tienes que ser paciente. Muy pronto todo esto terminará. ¿Por qué no te vas a jugar con los monos?
— ¡No, con los monos no quiero jugar nunca más! Siempre me toman el pelo por mi nariz.
— ¡Es sólo para bromear! ¡Tú eres el elefantito más lindo de todo el barco!
— ¿Mama?
— Dime Tito
— ¡Me aburro, me aburro, me aburro!!!
— Tito tranquilízate, esta noche vamos a ir al concierto de los pájaros. Como siempre será muy divertido.
— ¡Nooo! Por favor mamá, otro concierto no. ¡Me sé de memoria todas las canciones!
— ¡Ya basta Tito! No seas caprichoso. Ven aquí e intenta quedarte dormido. Te comprendo, mi amor. Tú naciste en este lugar el día en que nos embarcamos en esta aventura. Conoces sólo la lluvia y el agua del mar. Tú nada sabes de la tierra. Del cielo azul, de los árboles, de las flores con sus miles de colores y perfumes.
— ¿Mamá, de verdad la tierra es tan bonita?
— ¡Sí, querido, la tierra es maravillosa! El sol cada mañana se despierta tiñendo el cielo de rosa y, por la tarde, cuando se va a dormir convierte el cielo en un fuego ardiente. Cuando volvamos a la tierra todo cambiará y, quizás, recordaremos con un poco de nostalgia este raro viaje. Don Noé y su familia nos han cuidado con mucho cariño, pero cuando regresemos a nuestra habitual vida tendremos que trabajar para procuramos la comida, el agua...pero ahora duérmete. Mañana presumo que será un gran día.

(40° día)
— ¡Despiértate Tito, despiértate mi amor! ¡Mira el cielo, es azul! ¡Mira don Noé como sonríe! Tiene en sus manos una paloma blanca que en su pico lleva una rama de olivo.
— ¡Hoy mi amor  has nacido por segunda vez!
Iris Menegoz

Conversación sobre un balcón

Le Balcon (1868-1869)
Edouard Malet (1832 – 1883)

—¿Sabes, Fanny, que no me gustan los balcones? — confió Berthe Morisot a su amiga, observando atentamente el retrato que la representaba en el centro del cuadro que lleva el mismo nombre.

Edouard Manet y Suzanne Leenhoff, su mujer, la habían invitado a su casa en Boulogne sur mer, con los otros protagonistas del cuadro, Fanny Claus la violinista, y el pintor Jean Baptiste Guillemet, jurado del Salón de los Artistas Franceses donde se había exhibido la tela en París en 1869. 

Acababan de terminar un almuerzo ligero en el comedor. La mesa estaba cubierta por un mantel inmaculado cuya blancura iluminaba la habitación un poco oscura. El olor de medio limón acompañaba a las conchas de ostras que habían sido servidas en un lecho de hielo triturado en una bandeja de plata. Algunas rebanadas de pan negro con mantequilla salada, un vaso de vino blanco seco en un servicio de cristal componían los restos de la comida. La criada servía el té a las damas, los señores acababan de encender cuidadosamente un puro cuyo aroma invasivo comenzaba a empeorar el aire de la habitación. 

— ¿Y por qué? — preguntó Manet. 

— No lo sé, es como de pequeño burgués que observa al pueblo miserable que desfila bajo las banderas. Parece Madame Bovary.

— Pero sabes que me inspiré en el cuadro de Goya Las Majas con balcón.

— Peor aún, son mujeres galantes que se burlan de los fieles en procesiones durante la Semana Santa.

— Berthe, creo que lo que pasa es que no te gusta el retrato que te hice, no te sientes hermosa.

— No es cierto, me siento incluso demasiado hermosa. Los críticos ya me llaman “femme fatale”.

— ¿Por qué crees que es?

— Tu reputación, sin duda, después de Olympia y Le Déjeuner sur l’herbe

— ¿Qué puedo hacer? Nunca te he representado desnuda.

— Bueno, hete aquí: — dijo ella, podrías haberme dejado pintar a mí el personaje.



Jean Claude Fonder

Noche de alegría

El apartamento en el cuarto piso del viejo edificio constaba de dos habitaciones. Una era el dormitorio de Ana, Pablo y la niña Alicia de 7 años. La otra era de todo un poco. Cocina, salón, taller. El apartamento, evidentemente modesto, tenía un gran valor. Las dos ventanas asomaban a una de las calles más anchas, comerciales, y populares de la ciudad. Aquella mañana, todo el mundo loco de alegría tenía que pasar por allí. Era el 25 de abril 1945. ¡¡Milán era libre!!
Amigos, familiares, vecinos del pueblo empezaron a llegar muy temprano. Cada uno trayendo algo, queso, pan, vino, salami, fruta. Todos con ramos de claveles rojos para lanzar sobre la muchedumbre festiva, ruidosa que cantando saludaba la gente asomada a las ventanas mezclando el rojo de las banderas con el rojo de los claveles. Todas las ventanas de las casas alrededor estaban abiertas. (Solo las ventanas de los fascistas estaban cerradas. ¿Quizás se habían ido de vacaciones?)
La casa de Ana e Pablo parecía una estación de trenes. La gente iba y venía riendo, bebiendo, abrazándose, comiendo. Era de noche cuando todos se fueron. Ana puso Alicia ya dormida en su cama y empezaron a ordenar la cocina.
Ana fregaba los platos y Pablo, abrazándola por detrás le besó el cuello, le acarició el pecho y, como siempre, bastaron pocos minutos y ambos se encontraron tirados sobre la mesa haciendo el amor como locos entre migas de pan, claveles y rodajas de salami.
(No quiero extenderme en detalles porque como dijo el poeta "la luz del entendimiento me hace ser muy comedido").
Yo nací nueve meses después. Fruto imprevisto de una noche de alegría.
Iris Menegoz

Mitu

La niña, con un vestido rojo con lunares oscuros, calcetines blancos, zapatos barnizados, con una nariz redonda y dos ojos sorprendidos en medio de una cara rodeada por una imponente melena oscura recogida por una cinta roja anudada en mariposa, pregunta a su madre:

— Mamá, ¿tú también eres Mitu?

La madre, pelo moreno corto, cinta blanca, vestida con ropa de casa, arremangada, los brazos sumergidos en la lavadora, el rostro desconcertado, contesta:

— Mi ¿qué?

— Mitu.

Metoo, ¿quieres decir? Si es inglés, claro.

— No sé. Todas las chicas quieren ser mitu. ¿Tú también lo eres?

— Noooo, estoy casada con tu padre y es el primer hombre que conocí.

— No lo entiendo. ¿Qué tiene eso que ver?

La madre, indignada, los puños en las caderas, la mira con dureza:

— ¿Y qué crees que significa eso, Metoo?

— Es cuando un chico te besa en la boca y no quieres.

Todas mis amigas dicen que les pasó. Pero yo no sé cómo hacerlo. No quiero ser diferente de las demás. Mamá, ¿me puedes ayudar?

— ¿Qué me estás contando? ¿hay chicos que quieren besarte?

— No, no les intereso.

— Entonces, ¿cómo quieres que te ayude?

— Préstame tu pintalabios. No quiero robártelo.

— Pero eso no va a cambiar nada. Tú misma lo has dicho, a esta edad, los chicos deprecian a las chicas.

— Sí, pero el pintalabios deja huella.

Jean Claude Fonder

Un buen matrimonio

Llevaba una vida frugal, no tenía pretensiones y se confortaba con poco. José era un hombre tranquilo, un campesino feliz. Nadie le daba órdenes. Su familia eran sus animales, cerdos, ovejas, gallinas y conejos. Era feliz y se sentía libre. Los sábados por la tarde, después de trabajar en su campo y cuidar de sus animales, le gustaba tocar el acordeón. En el pueblo donde vivía no había salas de baile. A veces se organizaban pequeñas fiestas en la finca de un vecino o, durante el verano, en el bosque.

Aquella noche de septiembre, el destino le tendió una emboscada. Algo cambiaría. Carlota apareció en su vida. Una mujer hermosa y atractiva que le bailaba el agua a José con tantos cumplidos, “Qué bien tocas el acordeón! Y qué músculos”, a los que, evidentemente, no estaba acostumbrado, así que se quedó confundido y encantado a la vez.

Empezaron a salir y al cabo de un par de semanas Carlota consiguió convencer a José de que se casara con ella. Después de la ceremonia hubo una gran fiesta en el pueblo, con música y bailes. Cuatro meses y medio más tarde la esposa dio a luz a una niña. José, poco convencido de la regularidad del evento, pidió con delicadeza una explicación a su mujer.

Carlota convenció a su marido con esta respuesta: “Mira José, cuatro meses y medio de día más cuatro meses y medio de noche son nueve meses. ¿Es que no sabes contar?

Y vivieron felices y comieron perdices

Raffaella Bolletti

Ciento dos

La muy estimada profesora Priscilla Puricelli, enseñante de matemáticas en la escuela Torricelli, en Biancavilla, provincia de Vercelli, tenía 102 años. La eximia docente trabajaba en el instituto desde hacía más o menos 80 años, pero nadie sabía decirlo con precisión, porque todos sus colegas, incluso los jubilados, juraban que ella siempre había estado allí. 

Existía también una leyenda: decían que la joven Priscilla Puricelli, recién licenciada con 111 y doble matrícula de honor, una mañana se había puesto allí en el centro de Biancavilla, sentada en la cátedra con el registro en las manos y, como por arte de magia, el edificio escolar se había creado por sí mismo, surgido de la nada, nacido únicamente de su desmesurado afán de compartir las joyas de las matemáticas con los jóvenes cerebros de sus pupilos.

Durante los 80 años de su honorable carrera, la estimada profesora Puricelli había pasado a través de todas las reformas escolares de todos los gobiernos, pero la monarquía, las dictaduras y la democracia no habían mellado sus regulares costumbres cotidianas.

Claro, lo que más echaba de menos era la embriagadora sensación de poder que experimentaba cuando infligía penas corporales, que en los primeros años de su fantástica carrera no solo eran permitidas sino también recomendadas. En realidad, la estimada docente Puricelli no se avergonzaba cuando admitía que le encantaba golpear a los estudiantes con el palillo: el sutil placer que le provocaba mirar a través de sus gafas situadas en la punta de la nariz la cara pálida del niño que tendía titubeante la mano para ser golpeado… ¡era una sensación inigualable! 

Así que, cuando los tiempos cambiaron y eso se volvió ilegal, Priscilla había implorado al jefe de estudios para que le permitiera, al menos, poner a los estudiantes de rodillas sobre granos de maíz bajo la pizarra…

Cuando cumplió los sesenta, decidió naturalmente no jubilarse.

Cuando cumplió los setenta, la ilustre docente fue llamada por Nello Caramelli, proveedor de Vercelli, que la alabó por su honorable carrera, pero aprovechó para sugerirle con extrema delicadeza que podría ser buena idea ponerse a reposo. La profesora Puricelli contestó otra vez que no.

Cuando cumplió los 80, el nuevo proveedor Donato Imbranato (Nello Caramelli ya se había jubilado) intentó convencerla otra vez, sin éxito. Así que fue él el que se jubiló y Priscilla siguió con su honorable carrera.

La muy estimada profesora Priscilla Puricelli, enseñante de matemáticas en la escuela Torricelli, en Biancavilla en la provincia de Vercelli, se fue de repente a la tierna edad de 102, mientras estaba explicando a sus alumnos el teorema de Pitágoras. No se cayó al suelo, sino que se bloqueó contra la pizarra, con la tiza en la mano, apoyando la cabeza sobre el ángulo recto del triángulo. 

Cuando la pusieron en la caja, el jefe de estudios propuso que le dejaran la tiza en la mano y también el registro, con gran felicidad de los alumnos que tenían todos malas notas en matemáticas…

A la mañana siguiente, una joven delgada con las gafas gruesas, un viejo traje pasado de moda y el pelo recogido se presentó delante del jefe de estudios: -Soy Ludmilla Puricelli, la nueva profesora de matemáticas.

Silvia Zanetto

Una sonrisa asombrosa

Carabanchel, Madrid 

En nuestros días 

Por fin esbozó una sonrisa. Al recuerdo de su nieta corriendo a su encuentro, dos días antes. Habían pasado 43 años desde su última relación con el mundo. Empezó a dibujarse en su rostro de forma casi imperceptible, al principio tímida. Estaba acostumbrado a esconderse, a sobrevivir ocultando todo tipo de sentimientos. Sin embargo, al cabo de un rato, lo que había empezado como una risita sin importancia, se convirtió en una carcajada sonora y profunda. De repente, sintió alivio, allí sentado en el banco pintado de rojo del parque de su niñez. Unos transeúntes, creyéndolo loco, se alejaron rápido. A Antonio poco importaba. Dejó que los recuerdos aflorasen prepotentes, sin limitaciones, como si el tiempo le hubiese devuelto lo que la justicia le había quitado durante años. Gozar de cada momento, como solo sabe hacer el que toca fondo. Reír, descubrió pronto, era la única forma de salir adelante y de retomar lo que le quedaba de su vida. Reír…Solo entonces volvió a sentirse humano. 

 43 años antes…

Una mañana de abril de 1979 la vida de Antonio Morales cambió para siempre. Y para mal. Siempre y mal acaban yendo juntos más veces de las que quisiéramos. Ya han pasado muchos años, y nadie le ha pedido disculpas, ni siquiera formalmente. Además, casi ninguno de sus vecinos del barrio le hace caso. El barrio de su niñez, como era lógico pensar, había cambiado su aspecto y nada quedaba de las viviendas de mala muerte, de fachadas destartaladas y persianas descolgadas, abarrotadas de niños sin zapatos y sin recursos, ni de los olores de cocina multiétnica que sabían a nostalgia y a vidas dejadas atrás en países lejanos. Las calles, antes atestadas de basura de todo tipo y de perros famélicos, no le parecían las mismas. Claro, el mundo había seguido adelante mientras él, muerto en vida durante más de cuarenta años, trataba de ignorar todo lo que ocurría fuera de la cárcel. Olvidar fue su personal solución a lo que, de lo contrario, habría sido un infierno en vida. La misión de Antonio fue sobrevivir, uno entre muchos, tratando de pasar desapercibido, en aquel lugar llamado Prisión Ángel Ruiz Buenaventura, un nombre prometedor detrás del cual solo había un laberinto de pasillos, celdas húmedas y esperanzas destrozadas. Sin embargo, a la vida le gusta darnos sobresaltos, sobre todo en el momento en que menos los esperamos. De ahí que, una mañana de cielo gris, cuando las esperanzas quebradas de Antonio ya quedaban arrinconadas en el pozo de sus pensamientos, un abogado de la oficina del Estado, de pelo cano y con traje de chaqueta, le anunció sin rodeos su liberación. Después de una revisión del caso, un testigo de los hechos, una mujer de más o menos su edad, que vivía en su barrio en aquel entonces, se había retractado en su declaración, justificando su terrible error con la presión judicial de las autoridades. Por lo tanto, después de cuarenta y tres años de vida derrochada entre barrotes, no era él el chico armado que había disparado a quemarropa a dos personas en el supermercado, dejando sin sustento dos viudas y tres huérfanos menores de edad. Fue así como una tarde de cielo despejado, a pesar de sus reticencias, Antonio se encontró en la calle, libre. Y rodeado de periodistas. Como era de suponer, su caso fue llevado a la televisión, sin hablar de los titulares de la prensa local antes, y de la nacional después. Todavía queda en la memoria de los vecinos de Carabanchel la sonrisa asombrosa con la que Antonio solía responder al sinfín de preguntas de los reporteros. 

El cuento está inspirado en una historia verdadera. Cuando leí por primera vez el artículo en el que se comentaba un terrible error judicial muy similar al de mi cuento, me puse en la piel del protagonista al que destrozaron la vida. La única forma de salir de tanto dolor que encontré, y que me gustaría enseñar, es el poder de la sonrisa. 

Manila Claps………..

Humor

Era tan buena gente que no te lo creías, diría incluso que desde que alguien lo veía con su rostro sereno, moreno con ojos grandes, nariz aguileña y labios delgados. Cuando hablaba sentía su voz: suave y delicada, casi tenue y blanda, te recorría una sensación de seguridad, oías entonces como una brisa suave llegaba a tus oídos y te reconfortaba, ¡sabias ya! Que cualquier problema sería solucionado, su figura delgada y esbelta acompañaba tu presencia y, entonces con una dulce sonrisa y una mirada tranquila tú te ponías en sus manos.

Se convirtió en mi acompañante diario y por lo tanto en mi marido, en mi querido esposo. Después de algún tiempo descubrí que tenía un solo defecto: su humor corporal era tan malo como su animo. El que desprendía después de cada guardia de hospital. Él olía como a ausencia, a decepción, a no poder amar, a soledad. Y supe entonces que ese hombre tan simpático podía matar.

Blanca Quesada

El regalo

Primera nevada
Arkady Alexandrovich Plastov
Pintor realista ruso (1893- 1972)

Cuando me desperté esa mañana, había nevado. 

Imperaba un silencio inusual, como si estuviéramos envueltos en algodón suave y protector. En todas las habitaciones había un aire frío y seco, se respiraba la nieve. Me precipité hacia la sala de estar donde el gran ventanal me descubriría todo el jardín. La nieve estaba allí, virgen, me volví hacia la puerta de entrada que daba a la calle, la gran ventana lateral permitía ver el callejón que sube al garaje. Éramos prisioneros, la nieve nos rodeaba, al menos 30 o 40 centímetros.

Mi hija estaría feliz, una Navidad blanca. El abeto, con los colores resplandecientes de sus bolas se pavoneaba en una esquina cerca de las ventanas, rompiendo maravillosamente la blancura inmaculada que se extendía ante él. 

¡Qué espectáculo! ¡Un jardín de postal! Este jardín que tanto me había hecho sufrir, erigía sus arbustos y sus jóvenes árboles, orgullosamente revestidos de su uniforme invernal, para montar la guardia alrededor del vasto césped y del terraplén de algunos metros que delimitaba nuestro espacio. Este blanco uniforme se oponía en mi recuerdo al caos arcilloso que habíamos descubierto cuando nos habíamos instalado tres años antes en nuestra nueva casa.

¡Qué decepción! La habíamos comprado viendo unos folletos. Aunque nos había alegrado tomar posesión de la casa, nos tomó un par de toneladas de turba y horas de trabajo paciente para crear un césped digno de ese nombre y luego poder proceder a la plantación de lo que no quería ser un seto. Todavía recuerdo cómo con una paleada rápida y una regadera de agua por cada planta, un jardinero municipal, amigo de un vecino oficial de policía, en apenas una hora había diseñado la arquitectura y plantado el primer esbozo de un jardín que iba a florecer de marzo a septiembre y que ganó el premio al jardín más bello del barrio. Por supuesto, eso no se hizo solo, compré una enciclopedia de botánica, y mi esposa y yo dedicamos todas nuestras horas de ocio a hacer crecer y cuidar a este nuevo miembro exigente de la familia. Todos, mi esposa, nuestra hija que en aquella época tenía 11 años, y yo lo amábamos y estábamos orgullosos de él. También el gato, un persa cuyo nombre era Negus.

De pie frente a la ventana de las maravillas, mi hija se había unido a mí y contemplaba amorosamente nuestra obra maestra, por primera vez nevada.

— ¿Qué es esto? —dijo, mostrándome los bonitos pequeños dibujos que ahora decoraban la superficie blanca de la terraza delante de las puertas-ventanas y que se escapaban serpenteando hacia el fondo del jardín.

— Creo que son pajaritos, quizás gorriones. Ya vi unos por aquí.

— Y más al fondo, grandes manchas negras que venían del terreno que está enfrente, en lo alto del terraplén.

«Allí es donde siempre va Negus a cazar en sus salidas nocturnas», pensé. Fui a la cocina donde teníamos su almohada y su comedero. No estaba allí. Regresé a la ventana, mi mujer se había levantado y con su hija apretada contra ella, abrazaba con una mirada fascinada el espectáculo que la naturaleza nos ofrecía tan generosamente en este día de Navidad. 

— Hay un montón de regalos bajo el árbol, —dijo ella—vamos a abrirlos, pero antes vamos a tomar un buen desayuno. Queda todavía un poco de panettone.

Juntos fuimos hacia la cocina. El gato estaba acostado en su cojín mientras ronroneaba. Un pequeño gorrión estaba tendido en el suelo delante de él, una mancha roja en su cuello. Negus nos miraba con una esperanza insoportable, el oro deslumbrante de sus pupilas anchamente abiertas pedía reconocimiento. 

— ¿Papa? —Me dijo mi hija volviéndose hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas y preguntas.



Jean Claude Fonder

Feria

Para Jean Claude Fonder

En los jaulones revoloteaban las palomas de ninguna paz.

Los naipes marcados de infortunios brillaban en las mangas del adivino y en el cuello del oso, la cadena para cortar en óxido a la mujer barbuda.

Él escupía fuego; ella tragaba las cenizas.

Los espejos deformantes devolvían
                                               tu exacta figura.
Me fui antes de que los guantes del mago acertaran a fruncir los dedos
para formar el puño.

No quise ver al tigre pasear al payaso con traílla.
Ni a los monos, tan humanos.
Ni las telas de la carpa por el piso cuando los enanos, con un alboroto de albatros, desmantelaran la cruz de la estructura.

Que tire la primera piedra quien no le ha dado la espalda al triste circo del mundo.

Desde la Revista Casapaís, han elegido una selección de poemas inéditos de Valeria Correa Fiz que ya están disponible en linea en esta pagina http://www.casapais.org.

Valeria me hizo el honor y el placer de dedicarme un poema entre ellos. Se llama Feria, lo comparto con ellos.  Hizo una traducción en francés para profundizarlo y apreciarlo mejor.
A mí me gustó muchísimo, desprende una sorda e imposible nostalgia, por un mundo que hay que reconstruir sin saber cómo.


Jean Claude Fonder
Foire


Dans les grandes cages, voltigeaient  les colombes de paix aucune.
 
Les cartes marquées d’infortunes brillaient dans les manches du devin et sur le cou de l’ours, la chaîne pour couper la femme à barbe déjà rouillée. 

Il crachait du feu, elle avalait les cendres. 

Les miroirs déformants renvoyaient 
					   ton image exacte. 


Je suis partie avant que les gants du magicien n’arrivent à plier les doigts 
pour former le poing. 

Je ne voulais pas voir le tigre promener le clown au bout d’une corde. 
Ni aux singes, tant humains.
Ni les toiles de la tente sur le sol quand les nains, avec un tumulte d’albatros, démonteront la croix de la structure. 

Que jette la première pierre celui qui ne lui a pas tourné le dos
au triste cirque du monde.
Valeria Correa Fiz

Psique

El rapto de Psique
William Adolphe Bouguereau (1825 – 1925)

Amor me lleva Alto en el cielo, Amor me lleva.

Me abraza con fuerza. Me estremezco, siento el calor de su cuerpo contra el mío apenas cubierto. Su abrazo me tranquiliza. Con los ojos cerrados inclino mi cabeza contra su hombro. Su amor, el amor de Eros, me envuelve, me protege, una sonrisa dichosa florece en mi rostro. Estoy feliz.

Recuerdo todo lo que sufrí antes de beber ambrosía y recibir de las manos de Zeus mis alas de mariposa. 

El primero que me hizo sufrir fue el mismo Eros, cuando se enamoró de mí tras ser herido con la flecha que debía golpear a un ser monstruoso, por orden de su madre Afrodita, celosa de mi belleza. Me salvó y me escondió en un hermoso palacio sin decirme quién era. Sólo me visitaba de noche y se escapaba antes del amanecer dejándome palpitante de deseo y de amor.

Luego, cuando su madre todavía furiosa, me condenó a todo tipo de pruebas imposibles, como poner en una caja una parte de la belleza de Perséfone, la reina de los infiernos, llevándome casi hasta las puertas de la muerte.

Fue entonces que Eros, mi amor liberado de la cruel Afrodita, me llevó al Olimpo donde Zeus decidió compasivo hacerme diosa y unirme a Eros ante el Panteón de los dioses.

¡Amor mío llévame! ¡A lo más alto del cielo, Amor mío llévame!



Jean Claude Fonder

Cincuenta matices de rosa

TENCONI GIUSEPPE & FIGLI - Seta italiana dal 1900

Eso decía el letrero colgado sobre la puerta de la tienda situada en el corazón elegante de la ciudad. En el interior los muebles se remontaban a la época de la apertura. Estantes de roble contenían, en perfecto orden, cajitas de cartón azul claro.  Una impresionante y reluciente calculadora de cobre y bronce, orgullo de la señora Amalia Tenconi que vivía sentada detrás de ella.
Ana trabajaba allí desde hacía 5 años. Siempre muy elegante en su "uniforme". Camiseta de seda blanca y una falda negra plisada. Ana era muy valorada por la clientela y también por la señora Amalia que apreciaba tanto sus maneras educadas y amables.
Eran la 6 y media de un sofocante viernes de junio. Ana estaba de pie desde las 9 de la mañana. Mirando el viejo reloj de pared, contaba los minutos que faltaban para el cierre de la tienda.
—¡Todavía quedan 30 minutos! - Pensó -¡No aguanto más! ¡Mis pies están hinchados como dos salchichas!
Dos minutos después, la puerta se abrió y apareció Doña Maria Rosaria Felicita Benetti in De Sanctis, que Ana llamaba "Lema".
—¡Buenas tarde Ana! —chirrió la señora —¡Sé que es un poco tarde pero lo juro, necesito un par de bragas rosas!
Sonriendo, Ana tomó la primera cajita y mostró un par de suaves bragas rosa.
—Sí, si son muy bonitas pero.....el rosa no me convence— dijo la señora.
Otra cajita.
—¡Sí, pero el rosa…!
Otra cajita.
—¡Sí, pero el rosa…!
Otra cajta.
—¡Sí, pero el rosa…!
A la décima cajita Ana se acordó de que, la semana anterior, una camiseta roja de su hijo se mezcló en la lavadora con su ropa blanca tiñendo todo, incluidas sus bragas de algodón, de un rosa raro e indefinido.
Mirando a la señora Benetti en los ojos, Ana sonriendo se levantó la falda.
—¿Puede ser esto el rosa que usted está buscando? 
Iris Menegoz

La dependienta

Estaba guardando los vestidos que la persona anterior no había comprado cuando la puerta emitió un pequeño timbre y la fragancia vaga de un perfume barato invadió la tienda. ¡Una clienta!

Era imponente y ocupaba un espacio importante en la tienda. Una XXL sin duda.

— Quisiera un vestido pequeño para la tarde. ¿Podría usted proponerme algo?, me encantan los colores brillantes y las flores. – dijo con cierta agresividad.

Mala suerte, querida, pensé, nuestra colección es toda de colores neutros este invierno: marrón, beige y negro.

De lo poco que me quedaba de la temporada pasada encontré un vestido ligeramente ceñido, rosa vitamina y sin motivos, uno de alta costura con flores atemporales rosas y moradas oscuras sobre fondo violeta pálido, y otro completamente diverso de la colección de este año, un vestido de lana marrón claro con cuello de tortuga muy amplio sin cinturón.

La cliente entró en el probador y después de un cierto tiempo, o más bien un tiempo cierto – ni siquiera se hizo ver con los dos primeros vestidos – salió con el vestido marrón que ni siquiera podía disimular su vientre y sus fuertes muslos.

— ¡Qué bien! —exclamé. —usted está perfecta con este vestido. Muy elegante. Y además, está de moda este año. ¿No es así, Simona?

Mi compañera asintió con una gran sonrisa.

— Mire lo bien que le queda con este hermoso fular de seda, —añadí.

Le presenté el accesorio que iba con el vestido, un cuadrado de seda con estampados de color marrón sobre fondo negro. Un émulo de Hermes. Tengo que decir que me gustaba. 

Eso fue lo que me hizo ganar la batalla. 

Puse una pequeña muestra de nuestro perfume en el paquete y la llevé feliz hasta la salida.

Jean Claude Fonder

Un sábado de otoño

Es un sábado de otoño. Hay gente paseando y también hay gente en la terraza de la cafetería de enfrente, tal vez tomando chocolate caliente o una taza de té aprovechando el día soleado y los maravillosos colores otoñales que empiezan a teñir las hojas de los árboles. ¿Y yo? Aquí, trabajando en esta tienda, con Inés, atendiendo a los clientes, aconsejando colores, recomendando aquel producto, aquella cinta o pasamanería que realmente van buscando o que necesitan. Al igual que todos los sábados, desde hace unas semanas se presenta en la tienda este hombre, este tipo que parece un galán envejecido. Es casi como si tuviera una obligación de comparecencia periódica ante mí. Siempre hace lo mismo, empieza a dar un vistazo, compra algunos lazos de diferentes colores para su mujer, luego me pregunta por mi salud y por fin me cuenta hechos de su aburrida vida de casado, intentando seducirme con su cálida y aterciopelada voz. Conoce mi nombre por habérselo preguntado a Inés. Hoy ha comprado cintas de diferentes tonos de rojo. Me mira a los ojos y me dice “Rojo, el color de la pasión, la que me persigue al mirarte. Ven conmigo ahora mismo y deja que envuelva en las cintas rojas tu cuerpo, que solo puedo imaginar bajo este vestido negro que llevas puesto. No te vas a arrepentir”. Yo no digo nada, me da la lata, pero tengo que aguantarme, sonreír y ser amable. Ahora le mantengo abierta la puerta para que salga rápido y me deje en paz. Su amigo lo espera afuera, cruzando la mirada de Inés desde el escaparate. Lo sé, los dos se han vuelto amantes, a pesar de la diferencia de edad, y cada sábado se van a la casa de campo de él. ¿Y yo? Cerraré la tienda y me quedaré un rato en la cafetería dejándome llevar por la belleza de las hojas amarillas.

Raffaella Bolletti

La clienta

Brigitte, la dependienta jefa, me abre la puerta para que pueda pasar con mi voluminoso paquete. Me enseña una amable media sonrisa: soy una clienta habitual y hoy también le he dado la oportunidad a Pierre, mi adinerado marido, de demostrarme su generoso amor con unos cuantos regalos. El paquete que tiene Brigitte en las manos también es mío, una faja que necesitaba absolutamente para que hiciera juego con el vestido nuevo. 

Por supuesto, él me espera afuera: se fía de mí, de mis gustos tan refinados en elegir vestidos distinguidos que nos permitirán -a él más que a mí, claro- dar buena impresión a los invitados de la cena de esta noche. Pierre nunca entra en la tienda: son cosas de mujeres y le aburren desmesuradamente. Y el dinero, seamos sinceros, no es un problema para él, puedo gastar todo lo que quiera, con tal de que él pueda enseñarles a todos una esposa admirable y elegante: la mujer de un importante hombre de negocios.

La luz de la tarde se desliza levemente por el suelo lúcido de madera de la tienda, acaricia cálida los tapices bordeados de color naranja. Antes de recoger el último paquete de las manos de Brigitte, se me cae la mirada sobre una cinta hundida en el suelo, que parece un  corazoncito. “¡Qué mono!” pienso riendo, “Es el símbolo del amor tan profundo que Pierre siente por mí”.

Pierre está al otro lado del escaparate, mirando hacia el interior con una mirada pícara y una sonrisa vagamente estúpida. No me mira a mí, tampoco a la ropa: está observando a Yvonne, la dependienta más joven: contempla la forma de sus pechos que sobresalen al poner la ropa en una estantería más alta, sus ojos azules, su sonrisa de complacimiento: ya se sabe, las mujeres trabajadoras no son mujeres de bien, y me imagino que, después de la cena elegante con los hombres de negocios, Pierre pasará la noche con ella, en lugar de conmigo.

Brigitte me entrega el paquete. -¡Hasta pronto señora!

-¡Hasta mañana!- le contesto. Ya me he fijado en un bonito vestido azul, bordado y con encaje, que me encantaría comprarme.

Silvia Zanetto

La dependienta

La primera vez que lo vio casi se le cayó encima. Chocó con el pie derecho en la silla de ruedas donde estaba sentado el hombre. Sus súbitas disculpas no suscitaron ninguna reacción particular en él. Ni siquiera una mirada. Sus ojos estaban empeñados en otras tareas. Ildefonso se dio la vuelta y prosiguió su tarde de compras sin más. Tenía prisa. Muchos regalos por comprar y las tiendas abarrotadas de gente no prometían nada bueno. Su secretaria, que nunca iba de vacaciones por ser solterona y aburrida, le había pedido  diez días seguidos de permiso para irse de viaje a Lisboa.. ¡Increíble! Se estaba volviendo blando.. Además, él no podía perder el tiempo porque el tiempo es dinero, ¿no? Todo el mundo lo sabía. Sobre todo Ildefonso. Venido de la nada había construido un imperio económico del que estaba orgulloso y del que presumía delante de amigos y enemigos. ¿Cómo lo había conseguido? Nada de milagros, claro. Simplemente volcando cuerpo y alma en un único objetivo: el dinero. Una palabra que lo decía todo. Al menos para él. Sin embargo, pese a todos sus numerosos compromisos, la figura oscura de aquel hombre en su silla de ruedas volvió a aparecer en su memoria en los días sucesivos. También en las semanas sucesivas. Hasta que el recuerdo de aquel encuentro fortuito se convirtió en una especie de obsesión. No sabía explicárselo. Ni siquiera su analista, al que solía acudir todos los jueves por la tarde, tenía la respuesta. Fue así como, el día antes de Navidad, dejando las maletas a medio hacer y los billetes de ida y vuelta para  New York en la mesilla de noche, decidió volver al centro comercial con la absurda esperanza de encontrarlo otra vez allí.  ¿Para qué? No lo sabía. Mientras conducía por las carreteras atascadas por las inminentes festividades, seguía repitiéndose que todo aquello era simplemente absurdo. ¿Qué hacía allí un hombre de éxito como él? Ildefonso nunca había hecho nada por nadie excepto por sí mismo, menos aún por nada que no rentase dinero. Invertir el tiempo en algo que no fuesen los negocios era un absurdo desperdicio. Tenía una agenda llena de compromisos hasta el año sucesivo y a sus espaldas solo amores consumados de prisa para satisfacción de la carne y empobrecimiento del espíritu. ¿Qué le faltaba por tener? Pero allí estaba, tratando de llegar a tiempo al centro comercial en búsqueda de un hombre perfectamente desconocido. Una locura. Una broma que podría contar a sus colaboradores para pavonearse de su temeridad frente a un tullido. Con esos pensamientos caminaba por los largos pasillos del centro comercial que seguían llenos de gente apresurada por las últimas compras. Había niños por todas partes que correteaban. Familias enteras con bolsas repletas de paquetes de colores. Música de Navidad que salía de los altavoces. Sin hablar de los escaparates, adornados con juegos de luces y guirnaldas navideñas. Caminaba ensimismado en sus pensamientos cuando se percató de su presencia. Se paró de pronto. Su hombre estaba allí. Sentado en su silla de rueda, casi inmóvil, y la mirada fija hacia los transeúntes. Entonces se concedió algún tiempo para escudriñarlo mejor. El hombre vestía un abrigo negro pese al calor del ambiente y llevaba una bufanda verde anudada con cura. Tenía la piel muy clara o a lo mejor era la negrura de su vestimenta que la resaltaba. Su nariz pequeña chocaba con sus ojos negros, muy grandes y expresivos. Ahora que estaba allí casi no tenía el valor de acercarse. Sin embargo, lo hizo,  como empujado por una fuerza oscura. Fue entonces cuando el hombre del abrigo oscuro empezó a hablarle, con una voz profunda y tierna al mismo tiempo, casi como si estuviera esperándole: “Estoy aquí por ella… No. No es lo que usted imagina. Desde luego es una mujer guapa y encantadora pero, fíjese en sus gestos. Suaves y firmes, precisos y elegantes. La gracia con la que empaqueta los regalos, la atención casi materna con la que prepara los escaparates para que sean más atractivos, las sonrisas preciosas con las que acoge a sus clientes, la mirada limpia de una conciencia sin manchas. Y el tiempo. Su tiempo. Todo lo que necesita con tal de hacer bien su trabajo. Para ella no hay prisa, solo dedicación y pasión. Llevo meses observándola, pero nunca me he atrevido a entrar en la tienda.  Tal vez me arme de valor, en futuro.- Pasaron unos segundos que a Ildefonso le parecieron eternos y el hombre, como si adivinara el trasiego interior de su improvisado interlocutor, añadió – “Mire, en mi vida, hubo un antes y un después. Pero, solo ahora soy dueño de mi tiempo. ¿Le parece poco?”

Manila Claps………..

La vendedora

No os extrañe ver a un hombre delante de un escaparate con artículos de lujo para mujeres: está mirando la exposición de la mercancía, no a la vendedora. Ella sí que está mirándole a él; su cara sonriente se pone triste y pronuncia algo que se puede descifrar fácilmente observándole los labios. Son cuatro palabras.

—Lo siento, don Ernesto.

—No te puede oír desde la acera —masculla la otra dependienta.

—Pero seguro que entiende mi pésame —contesta Carmen petulante, mientras que elige de la balda una preciosa chaqueta púrpura y la expone sobre el maniquí del escaparate.

Le han contado que ya antes de que ella empezara a trabajar allí (—Vaya —piensa—, ¡lo rápido que pasan ocho años!) él solía examinar cuidadosamente la vidriera con su esposa, doña Isabel. Luego entraban para buscar en cada rincón de la tienda, riéndose como niños, hasta que ella no encontrara algo que encantara a los dos. No a diario, claro, pero seguro que al menos una vez por semana: ella podía permitírselo, pertenecía a una de las familias más influyentes de la ciudad. Era bastante mayor que don Ernesto, quizás una quincena de años, pero siempre había parecido más joven. Una mujer encantadora, una risa contagiosa, unos ojos sonrientes, una tez luminosa: 

—¡Que ni yo, y tengo veintitrés…! —piensa Carmen, frunciendo el ceño.

En el tibio sol de mediodía Don Ernesto sonríe recordando la fiesta que era, con sus ojos y dedos, acariciar faldas de terciopelo, enaguas de seda, cuellos de piel, frías joyas relucientes en sus tecas.

—Te lo agradezco mucho, Isabel, de haberme inculcado tu buen gusto, excelente de verdad. Cuando te conocí sólo era un joven que acababa de concluir la carrera, ahora soy un hombre hecho y derecho, a pesar de tus padres que siguen odiándome —piensa, alejándose con paso firme de la tienda y desapareciendo en la Gran Vía. Tiene gente que ver, cosas que arreglar.

Cae la noche en la discreta Calle de la Zarzuela. Escrutando por la ventana las sombras que se mueven en la oscuridad, Carmen exclama: 

—Míralo, ¡allí está Ernesto con mi chaqueta púrpura!

Giulia Muttoni………..

El columpio

Les Hasards heureux de l’escarpolette, 1766
Jean Honoré Fragonard (1732 – 1806)

Me siento coqueta y luminosa con el frufrú de este vestido de seda rosa anaranjado que rima con el verdor que me rodea. Su seda burbujea alrededor de mi corpiño florido ampliamente escotado que corona una bonita cinta anudada alrededor de mi cuello. Un pequeño sombrero adornado con flores protege mi tez mientras trata de ordenar mis rizos rubios que vuelan al ritmo del columpio.

Paco, mi pobre marido, lo hizo con el fondo de terciopelo rojo de una vieja silla y dos cuerdas grandes que colgó de las ramas de nuestro viejo castaño en el fondo de nuestro parque. Sabe que me gusta balancearme, ¡qué bueno es!

—Más alto, Paquito, más alto, ¡vamos!

Un ligero viento me acaricia agradablemente los muslos bajo la falda que se remanga según los movimientos del artefacto que manipula mi marido.

De repente veo, tendido detrás de un espeso arbusto lleno de capullos de rosas salvajes, a un joven que me parece reconocer. Él me mira impunemente, su cara es aún más rosa que mi vestido. ¿Qué puede ver que lo emociona hasta ese punto? Probablemente mis medias atadas por ligas y quién sabe si algo más. Es el joven barón, nuestro vecino, que me está haciendo la corte desde hace algún tiempo.

Debo decir que no me desagrada. Es muy joven, obviamente, pero me halaga y no lo he desanimado. ¡Al contrario!

No sé lo que me pasó, con el movimiento levanté mi pierna aún más alto, mi zapato voló en su dirección, él lo agarró, lo llevó a sus labios y me hizo señas de callarme, mientras se ocultaba aun más.

Tendré que recuperarlo, ¿no?



Jean Claude Fonder

Una noche inolvidable

Llovía que ni Noé

Llovía a cántaros. Haciendo la compra, Amaia se había empapado totalmente, pero había salvado la comida del agua: la cena del jueves estaba sagrada desde cuando su hija Dani, después de graduarse, se había mudado de la gran ciudad a la provincia para trabajar en los dos consultorios de su exmarido. Normalmente llegaba alrededor de las ocho y cuarto/ocho y media y, después de una charla para contarse las últimas novedades, se sentaban en el sofá para ver el nuevo episodio de Grey’s Anatomy comiendo cada vez platos diferentes con un par de copas de cava.

A las 9 pensó que quizás con el diluvio la autopista estaría atascada, pero Dani siempre la avisaba si se retrasaba. Cuando el programa comenzó la llamó al móvil, pero no tuvo respuesta.

Empezó a dar vueltas por el salón, invocando una calma que se acabó en diez minutos. La llamó otra vez. Otra vez solo el timbre del teléfono. Entonces contactó a su hijo y al novio de Dani, pero nadie sabía nada.

Más tarde hizo lo más obvio, pero en el primer consultorio contestaba un buzón de voz y Amaia, por alguna razón, no tenía el número del segundo. 

Inspiró profundamente y, en un gesto sin precedentes desde su divorcio – es decir veintidós años – tecleó el número de su ex.

—Hoy hemos trabajado por separado, no la he visto. Voy a llamar a la secretaria, luego te haré saber.

En diez minutos se sucedieron las llamadas entrantes de los tres hombres, de escasas e inquietas palabras y ninguna novedad. Diez minutos dando vueltas por el salón.

El hijo vino a su casa para no dejarla sola. Su ex había empezado a llamar a la policía y hospitales del área, algo que ella no podía hacer con las manos temblorosas.

—Vas a dejar un surco en el mármol del piso, ¡mamá! — intentó desdramatizar Leo.

Pero Amaia no oía nada excepto el latido de su corazón que, por su parte, también trataba de calmarla.

—Soy su madre, ¡lo sabría si le hubiera pasado algo malo!

A las 11 de la noche por fin una llamada de su ex: Dani había sufrido un accidente de coche y se encontraba en el hospital cerca de su casa, pero por teléfono no le decían nada más, sólo que estaba viva.

Su ex y su novio se precipitaron al hospital – uno desde el pueblo, el otro desde la ciudad – mientras Amaia no paraba de dar vueltas, discutiendo con su corazón.

—¿Así es como sabías que no le había pasado nada malo?

—Pero no está muerta, ¿no es cierto?

—Ya ¿y si se encontrara en la UCI?

—Serénate, que mis latidos se aceleran…

—¿Que me serene? ¡Si no sé cómo está mi hija!

—Tranquilízate, que lo necesitarás cuándo llegue la próxima llamada…

Y la llamada llegó.

Llovía que ni Noé. Dani conducía con mucho cuidado, pero no se esperaba el torrente rabioso de agua que tuvo que afrontar a la entrada de la autopista, una curva estrecha cuesta arriba. El coche era viejo, aún no tenía ABS y cuando entró en la autovía las ruedas se deslizaron hacia la barandilla a la derecha. Dani intentó un volantazo para evitar el impacto, pero chocó contra la barandilla central, arrojándola en el medio de la carretera. Lo último que recordaba eran dos faros altos que estaban a punto de atropellarla y que sólo distaban…

—¡Nooooooooo!

Un número desconocido.

—Mamá, mamá, soy yo. Estoy bien. El coche hay que tirarlo, es una chatarra, pero yo estoy bien, te lo juro. Me están haciendo un montón de exámenes. Los médicos no me dejaban telefonearte, seguían preguntándome si tenía un marido a quien avisar, pero yo les contestaba que tenía que llamar a mi mamá, mi mamá, que había quedado contigo y que estarías destrozada sin tener noticias, pero no me han dejado hasta ahora…

Durante diez segundos la red telefónica mezcló lágrimas de madre e hija, hasta que a la última le quitaron el móvil para entrar en otro laboratorio radiológico.

Casi eran las 2 de la mañana – Amaia lo comprobó rápido – cuando el novio le entregó como un regalo precioso a Dani, descalza y con la ropa un poco rota. Se estaba muriendo por abrazar a su hija, pero moretones, tiritas y collarín cervical la disuadieron. 

Escuchó horrorizada el cuento que le hizo: como que los faros eran de un camión que no pudo hacer nada para esquivarla y cómo en el choque – con el conocimiento – había perdido zapatos, anillos, brazalete. Cómo fueron los bomberos a liberarla con un soplete: esto se lo contaron los enfermeros porque ella se había despertado en una camilla en urgencias, con médicos que ladraban órdenes alrededor alternándolos con preguntas deletreadas a ella y cegándole los ojos con una luz. Por suerte estaba sola, porque un pasajero en el asiento delantero sin duda habría muerto.

Por fin los calmantes hicieron efecto y Amaia la acostó en su vieja cama, en su viejo cuarto, sin desnudarla. Se sentó en una silla y allí pasó el resto de la noche, despertándola cuando gritaba: «Nooooooooo!»

—Sólo es una pesadilla, cielo, se acabó, se acabó. Todo va bien, sólo es una pesadilla.

El día después Leo le mostró la foto del coche en el depósito de autos, del que había sacado lo que su hermana había perdido en el accidente. Amaia todavía la tiene en su pantalla para no olvidar esa noche. El terror y la suerte de esa noche. Pero, aún queriendo, ¿quién podría olvidarla?

Giulia Muttoni………..