Una situación complicada

¡No daba crédito a lo que me estaba sucediendo! ¡Un oficial de la Guardia Urbana como yo! ¡Tirado en medio de la vía pública cómo un indigente cualquiera! Era una situación harto bochornosa y no puedo negar que estaba indignado. ¡No poder entrar en mi propia casa! La situación era del todo absurda además de estúpida.


El problema había surgido al ponerme la chaqueta. Por alguna razón: (tenía prisa) no me detuve a mirar la que elegía y ¡Claro! Escogí la prenda equivocada. Justo cuando estaba cerrando recordé con pavor que era en la otra, la que colgaba del perchero, donde tenía la llave. Demasiado tarde porque ya había cerrado la puerta y en la casa no había nadie. Puertas y ventanas cerradas.  Ningún vecino al que recurrir (Por lo visto todos estaban de vacaciones) Todo cerrado a cal y canto.   Entonces vi cómo se acercaba un taxi que paró unos metros antes de llegar a mí. Unos mozalbetes ruidosos y maleducados se bajaron del vehículo y, dando voces y risotadas, avanzaron en la dirección en la que me encontraba. Impulsado por mi condición de agente del orden, me encaré hacia ellos decidido a darles un escarmiento ¡Y entonces reparé en que tampoco tenía los pantalones puestos! De cintura para arriba era un imponente oficial con impecable chaqueta blanca rematado con un salacot del mismo color. De cintura para abajo un pobre infeliz en calzoncillos. Pronto advirtieron también ellos mi ridícula facha y lejos de amilanarse, empezaron a mofarse y tirarme cosas. Diluida toda mi autoridad miré a mi alrededor con desesperación. Arañé la puerta intentando traspasarla. No tenía lugar donde esconderme. Corrí hacía la puerta del edificio del al lado que en ese momento estaba abierta y sin pensármelo dos veces me colé en su interior.


Demasiado deprisa.

 
En ese preciso momento se estaba celebrando una reunión de comuneros que se quedaron boquiabiertos ante mi irrupción de tal guisa. Avergonzado, continué mi carrera hasta el ascensor y preso de los nervios, pulsé una planta cualquiera. Pero la cabina en lugar de subir, empezó a caer a una velocidad endiablada y justo cuando ya estaba esperando para darme el gran trompazo… 

¡Me desperté!

 Para mí alivio constaté que tan sólo estaba soñando. 


Fue una experiencia horrible. 


Nunca volveré a abusar de comidas demasiado copiosas a la hora de la cena.

Sergio Ruiz Afonso

La vieja llave

Tengo muy claro por qué estoy aquí, tumbado en esta especie de cama, intentando conciliar el sueño. Mis pensamientos me lo impiden; el día ha transcurrido como cualquier otro, nada nuevo, nada diferente. Le sigo dando vueltas una y otra vez en mi cabeza, como si fuese una película… Iba conduciendo el coche por esa avenida arbolada; era el coche de mi padre y lo había tomado sin que él lo supiera. Estábamos solos Pablo y yo, cantábamos a todo pulmón. De repente el coche derrapó y chocó con violencia contra un árbol. Yo no me hice mucho daño, solo me rompí el brazo derecho. Pablo, en cambio, se golpeó con la cabeza en el parabrisas rompiéndose también el hombro; estuvo en coma durante tres meses. No sobrevivió. Yo no tenía el carné de conducir. Mis padres me habían puesto la cabeza como un bombo con eso de sacarme el carné, pero yo no quería gastar tiempo en una autoescuela, ya sabía cómo conducir un coche, lo había aprendido con mi amigo Pablo.

Me explicaron que cuando alguien comete un delito y la justicia actúa, el culpable es condenado, y cumplirá su pena encerrado en algún sitio. Entonces me entregaron los documentos oficiales de la Policía Judicial y del Juez relativos a mi crimen, comunicándome que a tenor de lo que establecía el Código Procesal Penal “Quien cause culpablemente la muerte de una persona en violación de las normas de tráfico será condenado a una pena de prisión de dos a siete años», me iban a encerrar en esta celda, en esta vieja cárcel. Para mí se cerró el cielo y empezó la oscuridad. Recuerdo que el carcelero recorría los pasillos para comprobar si en las pequeñas celdas todo estaba tranquilo. El silencio total sólo se interrumpía por el sonido metálico y algo lúgubre de esas grandes llaves de hierro, que colgaban de su cinturón golpeándose entre sí. Un sonido que nunca olvidaré. Cumplí mi condena de cinco años de cárcel, y el día que salí el carcelero vino a saludarme y me dijo “Te deseo que atesores esta mala experiencia y, para que no la olvides, te regalo esta vieja llave un poco oxidada. Es la de tu celda.”

Ahora tengo 45 años y soy funcionario de prisiones. Las puertas de las celdas ya no se abren con llaves de hierro, sino con dispositivos electrónicos, pero siempre llevo conmigo la vieja llave oxidada, colgando de mi cinturón. Hay muchas llaves en la vida de cada ser humano, cada uno tiene la suya. La mía no es una llave de música o de literatura, la mía es una vieja llave de hierro.

Raffaella Bolletti

La importancia de una llave

Hace algunos días entré en un lugar y sentí que quizás no podría salir nunca de ese espacio, al que la gente que trabaja allí lo llama el círculo dorado. Recordé cuando escuché esas palabras las estatuas del color del oro en el puente de Alexander III, en París. Fue maravilloso recordar ese instante, la columna en lo alto, en el cielo una figura maravillosa, esplendente.  

Más tarde me di cuenta, que el nombre de ese «círculo dorado» lo tenía por un motivo más prosaico. Estuve en él circulo largas horas. Me dio tiempo a observar los movimientos, en algunos momentos el esfuerzo les hacía sudar. sobre todo, en los traslados; muy bien coordinados, cada acción palabra o esfuerzo era consultado. Los que cobran por estar allí, permanecen en alerta máxima, alguna vez tuvieron o tendrán síndrome post traumático y entonces dejarán de ponerse en el lugar del otro, ahora se llama no empatizar y antaño no tener compasión. Han perdido la llave de su alma.  Andar entre la vida, el dolor y la muerte tiene sus consecuencias. 

Me atendieron muy bien, mis queridos guardianes que recorren sin descanso el círculo dorado, lleno de cubículos con camillas y cortinas descorridas para poder observar las constantes vitales.  Que normalmente allí no son constantes. Traen y llevan enfermos. Bandejas, muestras y chatos.

Cortinas abiertas. Puertas sin llaves como sus almas. 

Hoy ya tengo mi llave; se llama resiliencia. 

Espero que ellos encuentren la suya.

Blanca Quesada

La llave indecente

La noche de enero 1970, en las afueras de Londres, estaba nevando. 

Un aterido grupito de jóvenes regresaba de la clase de inglés y se estaba dirigiendo hacia un lugar, patrocinado por la Iglesia, que les habían aconsejado y que tenía el papel de favorecer encuentros entre los jóvenes que en aquellos años invadían Inglaterra esperando aprender el codiciado idioma.

Éramos siete. Seis chicas, dos alemanas, tres austriacas y yo, trabajábamos como «au pair» (profesión femenina de gran moda en aquellos años), y un chico, Samuel que venía de Senegal y que trabajaba como lavaplatos en un restaurante chino.

A la entrada del modesto edificio había una mujer leyendo un diario abierto sobre una vieja mesa de madera. Sin levantar sus ojos nos preguntó:

— ¿Cuánto sois?

— Somos siete —respondí yo.

— Esta es la llave del casillero —dijo sin apartar la mirada del periódico. —Poned allí las mochilas. —Solo cuando me entregó la llave levantó los ojos.

— ¡Un momento… un momento! —dijo señalando a Samuel —¡Él no puede entrar!

— ¿Y por qué diablos él no puede entrar? —pregunté yo dándome cuenta de que mi voz se estaba alterando.

— Porque… porque no es católico.

— ¡No sabíamos que teníamos que asistir a misa! ¡Aquí o entramos todos o no entra nadie!

— Lo siento, pero esta es la regla.

— ¿La regla? ¿Habéis oído? ¡Chicos, «es la regla»! —dije yo en voz alta. — ¡Vamos chicos este lugar apesta! – 

Agitando la llave bajo la nariz de la mujer añadí.

— ¿Sabes dónde tiene que poner esta llave? —De pronto, Sissy me dio un gran empujón hacia la puerta y mi frase se congeló en el aire.

Afuera aún nevaba. Nadie habló durante algunos segundos. Samuel con los ojos brillantes me abrazo. De pronto todos nos abrazamos riendo y llorando.

Era invierno, hacía frío, pero para nosotros era ya primavera.

Iris Menegoz

Las llaves

«Tienen que entregar las llaves el 30 de junio de 2023»

Esta frase lacónica marcó el final de mi sueño de siempre, vivir en Italia. De niño, cuando acompañaba a mis padres de vacaciones, esperaba ver a lo lejos el paso del Gotardo. Sabía que cuando saliéramos por el otro lado, el sol brillaría con todas sus luces, la lluvia infinita de mi país estaría lejos.

Un día en Venecia, en la pequeña isla de Torcello, cenamos con mi joven esposa y nuestra pequeña hija, detrás de nosotros una pareja anciana, en pensión sin duda, acompañada por unos jóvenes belgas, contaban su felicidad. Vivían en una isla vecina y habían llegado al restaurante Cipriani con una lancha motora.

Ese día nació nuestro sueño. Me comprometí con Olivetti, me transferí a Milán, recorrí toda Italia al ritmo de un trabajo incesante, y finalmente me retiré. El amor por este país persistió, el entusiasmo de los comienzos se enfrentó a la dura realidad. Me hice italiano, y como todos los italianos, no dejé de criticar a este país que yo mismo adoraba.

Así que empecé a planear esta terrible mudanza. Es como trasplantar un árbol con raíces profundas, pero demasiadas ramas y hojas. El tiempo nos ha enseñado a separar lo importante de lo accesorio. Y lo que es importante son también las amistades que nos rodean y nos confortan y que habrá que saber mantener. También debemos volver a las raíces, acercarnos a nuestra hija y a nuestras nietas, reconstruir un proyecto y redescubrir nuestro apartamento, que vimos en foto, y fue un shock. Una belleza, grande, brillante, impresionante. Tuvimos ganas de entrar en él de nuevo, pero por supuesto estaba ocupado y, con gran pesar, tuvimos que pedir las llaves también nosotros.

Jean Claude Fonder

En invierno

In winter, 1880
DANIEL RIDGWAY KNIGHT (1839 – 1924)

En invierno, nuestros pasos se hunden ligeramente como en una alfombra silenciosa. La nieve cubre de blancura todo el paisaje. El frío protege la vegetación latente, deshaciéndose de los parásitos que la invaden en verano. En las carreteras, no hay barro, la nieve vela para que así sea. Cada vez que hay que extender su capa blanca como si borrara una pizarra.
En invierno hay menos que hacer en el campo y los chismes proliferan. Tres muchachas se encuentran de camino al mercado, una vende leche fresca ordeñada, las otras verduras apenas cosechadas. Charlan.
— María, ¿vendrás a bailar esta noche? Me han dicho que participarán dos jóvenes aspirantes de la escuela militar.
La joven, que remangaba su delantal con la jarra de leche, desvela así la falda cuyo color recuerda el rojo de los pantalones militares franceses. Se menea, soltando una pequeña risa cristalina.
— Francisco, lo conozco. Estará aquí esta noche, su amigo Jacques lo acompañará, él tampoco está mal.
Estaba pensando en el bonito vestido blanco que iba a llevar. Las dos hermanas que acababa de encontrar, encorvadas bajo el peso de sus cestas, no le parecían capaces de competir con ella. Ella había elegido a Francisco. Estaba segura de seducirlo.
Bueno, tenía que darse prisa si quería vender su leche. 
A lo lejos, sobre los tejados nevados del pueblo, las nubes de invierno se amontonaban. Sin duda la nieve invadiría pronto este cielo de invierno. Los copos abundarían como en las bolas. La vida será bella y esa noche, irán a bailar.



Jean Claude Fonder

Carta a mi esposa

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

En Santa Clara, Cuba a 15 de septiembre de 1914.

Querida Emilia, espero que al recibo de esta te encuentres bien, tú y los niños.

Yo estoy bien de salud, a Dios gracias. 

Hasta ayer tenía trabajo en la plantación de azúcar del presidente de Cuba, don Aurelio García Menocal, ese que te dije que ha puesto maestros de escuela hasta en los campos, esto está revuelto, pero quédate tranquila que yo estoy bien. En relación al trabajo, ya tengo pensado ir a Camagüey donde me han dicho que puedo emplearme de cualquier cosa, hasta en el ferrocarril. Esa zona está creciendo y el patrón también tiene plantaciones para allá y el capataz me va a recomendar. Tú sabes que soy buen trabajador. No le tengo miedo a nada.  

Llego cada noche a este cuarto de aperos de apenas veinte metros que comparto con otros siete canarios.  Muerto de cansancio me acuesto soñando con verte pronto. Me arropo con tus cartas y beso la foto que me mandaste de los dos hijos y la niña en tu regazo, tan crecida.

Esa es la ilusión que me da fuerzas: la de volverte a ver, acariciar tu cara y oír la voz de los hijos. Por las noches me reconforta recordar tus recatados besos cuando nos despedimos en ese puerto de Arrecife, ahora tan lejos. Han pasado seis meses. Me parecen años. Vivo solo para volver a mi casita blanca y a mis tierras. Cuídalas, mujer. 

Esperando tu respuesta se despide, tuyo

Zacarías.

Blanca Quesada

La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Mi amor,

Te escribo de nuevo. Todavía no he recibido respuesta a mi última carta. Desde hace casi un año te escribo cada semana y sólo he recibido dos cartas tuyas.

La primera en la que me decías que habías llegado bien a Dnipró, que tu prima Raysa te había recibido bien. Me decías que era muy guapa, que llevaba su pelo rubio recogido en una trenza que llevaba encima de la cabeza formando como una corona. Te respondí que sin duda imitaba a Loulia. Debo decir que tu interés por su peinado me sorprendió un poco.

La segunda, un mes después, cuando ibas a ir al frente acompañado por tu prima, que también se había alistado. Entiendo tu entusiasmo, tu voluntad de no dejar que los rusos invadan tu país, pero que una mujer participe en estas matanzas incluso por una causa justa no me parece natural.

Desde entonces, ni una palabra, sigo la guerra en los periódicos. Hay tantos muertos. Me he dirigido a la embajada, me dicen que siga escribiendo. Esto ayuda a la moral de las tropas, que el correo llegará. 

Me desespera, si lees este correo, respóndeme, una sola palabra me basta, sabría que estás vivo.

Ta Françoise

Ella firmó la carta, un garabato apenas legible. Sabía que era inútil. Su marido había muerto. Sin embargo, no quería renunciar. Quizás estaba prisionero, o herido, incluso pensó en ir a buscarlo. Su familia le suplicaba que no lo hiciera, nunca hubieran creído que casarse con un ucraniano habría desembocado en una situación tan dramática. Stepan era un chico tan hermoso, su melena dorada como la de su padre, sus ojos profundamente azules, y su cuerpo flexible y esbelto conquistaría muchos corazones cuando fuera adulto. 

—Como su padre, —decía la abuela.

Quién hubiera pensado que iría a luchar por su país. Al principio cuando lo conoció, para Françoise se trataba de un ruso como hay tantos en París, le encantaba su acento y, después de todo, era francés como ella, se habían conocido en la Sorbona y los dos enseñaban en el liceo Victor Hugo. Volvía a Ucrania un par de veces al año, pero ella nunca había querido acompañarlo. No quería que su hijo tuviera vínculos con ese país.

Y de repente surgieron las tensiones, la invasión de Crimea, él seguía los acontecimientos de cerca, se apasionaba contra los rusos, quería la integración con la comunidad europea. Viajó con más frecuencia a Dnipró, de donde procedía su familia. Cuando la invasión estalló y Zelensky hizo su llamamiento, decidió irse. Nada pudo retenerlo. En Francia, como siempre en estas situaciones, todos se declaraban ucranianos y llevaban la bandera maquillada en la cara o en su perfil de Facebook.

Aquella mañana, la señora de la limpieza sonriente le trajo una carta.

Ella la miró sospechosa, venía de él. Parecía que había una postal dentro. La abrió febrilmente. Era una foto, sin una palabra. Una foto de él y de Raysa, besándose en uniforme de combate, con una bandera azul y amarilla en la mano.

Jean Claude Fonder

La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Todo había empezado desde que Jorge se había marchado, de repente, quién sabe dónde, sin ninguna explicación. Inés había perdido una parte importante de sí misma, le parecía que algo había muerto en su corazón, algo había dejado de existir. Le parecía que las vidas de los demás seguían fluyendo con normalidad mientras que ella se sentía como si viviera en una extraña realidad. Ni siquiera salía de su casa.

La última carta llegó puntualmente a las once de la mañana de aquel 3 de diciembre de 2021, exactamente como las cartas anteriores. Su hermana se la entregó mientras Inés estaba sentada en la silla, cerca del viejo escritorio que había pertenecido a su abuela. Había abierto el cajón y sacado el manojo de sobres, atados con una banda elástica, que parecía estar esperándola. Por supuesto ya conocía bien lo que iba a pasar. Desde hacía casi dos años recibía una carta cada 15 días. Manuscritas y todas iguales. Ninguno de los sobres llevaba matasellos. En la parte superior derecha estaba la fecha, en el lado izquierdo estaba “Queridísima Inés” y una firma ilegible en la parte final de la página. No había texto, solo un gran espacio en blanco.

La primera llegó el 3 de enero de 2020. ¿Una provocación? ¿Un admirador secreto, demasiado tímido? ¿Un amenazador, alguien tratando de volverla loca? No. Inés estaba segura de que conocía al no-escritor anónimo.

Esta vez Inés, antes de poner la carta en el cajón, decidió escribir alguna respuesta “¿Pero a quién vas a escribir, Inés?” Le dijo una voz en su cerebro. “No me hagas preguntas, por favor, déjame en paz, pues no es un asunto tuyo”. Y suponiendo que las cartas procediesen de su amado, Inés empezó así:

Madrid, 18 de diciembre de 2021

Queridísima Ines,

intenté escribirte muchas veces, sin conseguirlo. Quizás por vergüenza.

Me fui como un ladrón, dejándote así, sin explicación alguna. La verdad es que otra persona me robó el corazón, y me convenció para que huyera. No puedo pretender tu perdón, solo sería feliz si tu pudieras empezar de nuevo una nueva vida sin mi presencia. Atesora los maravillosos días que pasamos juntos y borra la tristeza, si quieres enfadarte con alguien hazlo conmigo, incluso insúltame si quieres.

Jorge

Puso la carta en el sobre, escribió la dirección y el día siguiente, entregó el sobre cerrado a su hermana para que lo llevara a la oficina de correos para el envío.

Unos quince días después, llegó otra carta. Al abrir el sobre Ines por fin se dio cuenta de lo que iba pasando desde mucho tiempo. Su incapacidad para aceptar la realidad, el hecho de que Jorge se hubiera ido se había convertido en una neurosis que la había llevado a intentar escribirse cartas a sí misma haciéndose pasar por Jorge. Ahora, por fin, se había dado cuenta de que el pasado no se podía cambiar. Tenía que reanudar su vida pensando en el futuro. No más cartas. Sólo mensajes de Whatsapp.

Raffaella Bolletti

Dos Cartas

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Perdone, señorita… acaban de traer esta carta. Creo que es la que estaba esperando desde hace unos días — le dijo Consuelo.

Pilar apoyó la pluma. Si eso fuera verdad, lo que estaba escribiendo ahora ya no tendría ningún sentido. Hubiera aparecido lo de que ya casi no se ilusionaba, a través de la oscuridad de su habitación, en las manos de su criada tan respetuosa y fiel…

El sobre era pequeño, hecho de papel grueso y áspero.

Y claro, Consuelo no sabía leer, y solo el deseo de complacerla le hacía creer que fuera justo aquella carta lo que convertiría la palidez de su cara en un rubor de mejillas y la oscuridad de su casa en un resplandor incomparable. A menos que…

— Consuelo, ¿quién ha traído la carta? —preguntó Pilar, mirándola a los ojos, la mano en la barbilla.

— No lo sé, señorita… era un hombre que nunca había visto. Pero puede leerla, así contestará vuestra pregunta.

Las manos blancas de Pilar, iluminadas por la luz de la ventana, titubearon antes de coger la carta.

— ¿Acaso lo sabe mi padre?

— No, señorita, nadie ha visto nada.

La tímida sonrisa de Consuelo quería darle ánimo, quitarle un poco de miedo por su padre déspota, que ya había establecido que Pilar se casaría con un viejo rico de más de cuarenta años. Si pudiera la abrazaría, si no supiera que una sirvienta solo es una sirvienta, y nunca puede ser una amiga.

Pilar volvió a mirar la nueva carta que estaba escribiendo a Celedonio, esa carta que -ahora estaba segura- nunca le enviaría. Huir con él, escapar de la boda con aquel hombre desconocido pero detestado, casarse en secreto con el joven que amaba, sin el permiso de sus padres, perder su familia para siempre… Una locura. ¿Cómo podía haber pensado algo así?

Pero, la carta… Si esa carta tan minúscula y secreta, que seguía en las manos bondadosas de Consuelo, si de verdad hubiera sido enviada por Celedonio, si el sueño de la huida que habían concebido juntos se convirtiera en realidad, entonces…

— Leedla, señorita —se atrevió a decir Consuelo.

— Sí —contestó Pilar— y abrió el sobre. 

Silvia Zanetto

Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Ciudad de Mexico, 20 de enero de 1860.

Ángel mío,

Hace días que no te veo en la Santa Misa en la Catedral y mi alma desespera por saber de ti. Te seguiré dejando cartas en el lugar convenido,  esperando poder organizar tu fuga de esas frías paredes que te aprisionan. Necesito que me cuentes bien toda tu historia para buscar a tu familia.

He sabido que en poco tiempo las monjas van a ser exclaustradas.

Aquella tarde lluviosa, en que lograste esconderte en la sacristía y pude estrecharte entre mis brazos, ha quedado grabada en mi mente. La lluvia caía incesante, juguetona y cómplice…»

[Las palabras que siguen se han borrado, como si sobre ellas se hubiera vertido un dolor salado y corrosivo. Ya no son palabras sino larvas moribundas.

Hay otra carta, escrita con letra menuda, de delicados trazos]

«Amor mío,  no sé si esta misiva llegue a tus manos. Aún vivo el recuerdo de nuestra despedida y tu mirada cargada de promesas…

Quería terminar de contarte mi historia: al fallecer mi amada madre en Toledo, mi padre cuidó de mí hasta cuando se vio obligado a exiliarse por motivos políticos.  Acordándose de que su hermano había emigrado a América,  reunió todos nuestros bienes para constituir mi dote y me confió en las manos de la Madre superiora de la Orden de la Inmaculada Concepción,  sabiendo que pronto viajaría a Las Indias y podrían entregarme en las manos de mi tío,  don Absalón Borráis  Cabrejo, a quien envió una carta encomendándole mi educación.

Nunca supe la dirección de la hacienda de mi tío  y las monjas no me dan noticia alguna.

Mi anhelo es huir contigo y buscar a mi familia.

No me dejan volver a la Catedral, pues sospechan de nuestra relación y de que yo planee la fuga.

Te busco en las partículas de luz que se filtran por la ventana de mi angosta celda.

Hoy también llueve, pero no estás a mi lado.

Dejo constancia en este papel de lo mucho que te amo y seguiré amándote,  en silencio,  por siempre y para siempre.

Odalinda Borráis «

Maria Victoria Santoyo Abril

Vacaciones en la bola negra 

Verano de aplastante calor. Calor insufrible. Mortal de necesidad.

Cielo de un límpido y apocalíptico azul. Carente siquiera de la más insignificante nube.

Innumerables perlas de sudor ejecutando una enloquecedora carrera cuesta abajo por la epidermis de los indefensos cuerpos; todas, pugnando por llegar la primera sin que ninguna conozca cual ha de ser en realidad su premio: el simple disfrute de un instante de frescor antes de tener que desvanecerse.

Ligeras ropas de verano mimetizadas con la auténtica piel por causa de la humedad hasta el punto de semejarse a una segunda epidermis.

Trozos de tela húmeda que cubren y se adhieren al cuerpo de tal forma que convierten, cualquier movimiento, en algo mucho más molesto que una simple incomodidad: un refinado suplicio.

El pensamiento aprisionado por el inminente peligro de combustión.

Ninguna otra idea en la que pensar más que en la omnipresente: 

Y, sobre ésta, como en una noria, girando todas las conversaciones de aquél día.

— ¡Vaya calor que hace hoy!  —exclama uno.

— ¡No recuerdo un día de calor como éste en muchos —enfatiza otro.

— El termómetro de mi casa —metiendo baza un tercero— llegó ayer a alcanzar casi los cuarenta y cinco 

— ¡Como que al vecino del piso de arriba, ese señor que se jubiló el mes pasado, -apuntaba el enterado de turno- se lo tuvieron que llevar al hospital en una ambulancia!

Y como sintiendo la necesidad de ampliar aún más la importancia del suceso, añadía:

— Lo llevaban con el oxígeno puesto y todo. —para terminar, bajando un tanto la voz, con tono grave— No sé si habrá llegado vivo.

Y todos sacudían la cabeza en señal de impotencia o resignación y quedaban en un casi silencio interrumpido únicamente por suspiros de ahogo y resoplidos. 

Mientras tanto, el sol no aflojaba.

Sergio cavilaba que, comparándose con días como aquel, en el infierno debía de ser primavera.

Probaba pensar en algo fresco, ya fuera un polo de fresa o una suave brisa marina, y, cada vez que lo intentaba, o bien el polo de fresa se le derretía en sus pensamientos o el incipiente Alisio era empujado hacia otra parte del mundo por un despiadado simún proveniente del maldito desierto. Cada intentona era como una charca expuesta al implacable sol sahariano. Tan pronto aparecía se transformaban en algo así como un líquido burbujeante, para casi al instante quedar reducida a la nada.

Aun así, pudo, entre la galopante vaporización de sus reflexiones, abrir una diminuta brecha y acordarse de que tenía que escribir una carta; al principio fue una idea bastante difusa, muy perdida entre la agobiante realidad de aquel mortificante calor que todo lo abarcaba.

Sin embargo, ésta, poco a poco, comenzó a destacar como un anuncio luminoso. Cada vez más sugestivo. Cada vez más espectacular y rutilante.

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¡TIENES QUE ESCRIBIR UNA CARTA!

¡ESCRIBA UNA CARTA Y RECIBA CINCO!

¡ ESCRIBA CARTAS Y GANE UN MARAVILLOSO JUEGO DE LÁPICES DE COLORES PARA SUS HIJOS!

Aquella inconsciente y martilleante publicidad no le atraía. No tenía ganas de hacerlo y no porque no lo deseara (escribir una carta era una de las grandes metas de su vida) sino porque la terrible situación de apatía en la que estaba inmerso le hacía ver aquella posibilidad como un algo demasiado distante, una posibilidad lejana que quizá algún día, en un remoto futuro, llegaría a realizarse; debía escribir una carta pero no sabía cuándo llevaría tal tarea a la práctica; NADIE SABÍA CUANDO y ni tan siquiera conocía si, llegado el momento, estaría preparado para ello.

Como un autómata cogió papel y garabateó algo con un bolígrafo:

El esfuerzo intelectual fue tan grande que le volvieron a fundir los plomos mentales. Aún pudo todavía dibujar algunos jeroglíficos

que, después de todo, quizá significaran algo porque a partir de entonces quedó como hipnotizado. Definitivamente atascado; primero, contemplando aquellas figuras de traducción imposible; luego, más allá del papel mismo y aún más allá de la mesa y de la casa que a ésta contenía; cada vez más lejano en un mundo de fuego, un mundo de millones de grados de temperatura en el que todo se consumía y sobre el que giraban todas las cosas, las personas y sus pensamientos.

Hirviente y absorto.

Cuando se recobró de aquella especie de embelesamiento, tenía las cejas chamuscadas y de las puntas de sus dedos se escapaban débiles hilillos de humo.

Abrió los ojos, y, sorprendido, pegó un respingo.

Una cara, casi pegada a la suya, lo miraba con apariencia amistosa. Le sonreía y le hacía señas, para él incomprensibles, con gestos exagerados. Daba la impresión de ser un turista queriéndose hacer entender en un país extranjero, y aunque algo estrafalario en el vestir (llevaba unas alegres bermudas de grandes y llamativas flores, aunque ya algo descoloridas, y una desvarada camisa en la que todavía se podía leer el lema “Hawai”) no daba la impresión de ser un loco peligroso. 

Pudiera ser que más bien se tratara de algún retrasado mental.

—Parece como querer decirnos algo con las manos –dijo el señor de apariencia estrafalaria dirigiéndose a los otros.

Había más gente allí.

Sergio les observaba boquiabierto. ¿De dónde había salido aquella pandilla?

Hacía un momento no estaban y, además, no sólo no les conocía, sino que tampoco les entendía.

Uno de ellos se le acercó hasta casi pegar también su cara contra la suya y acompañó en gestos esperpénticos al primero. Así permanecieron un largo rato: contemplándole y gesticulando hasta parecer cansarse, luego perdieron el interés en hacerse entender y se sentaron a ver la televisión, no sin antes obsequiarle con unas palmaditas en el hombro.

Sergio les siguió con la vista, y durante un tiempo los observó en silencio. Finalmente, también él perdió todo interés por ellos y terminó por dejarse engullir por sus propios pensamientos.

La habitación se había ido quedando paulatinamente a obscuras y cuando quiso encender la luz advirtió que no era sólo su mente lo que se había fundido; por lo visto el apagón era general. No había fluido eléctrico, por lo que parecía, en toda la ciudad.

Por un momento pareció quedar desconcertado, más al instante, reaccionando, se dejó caer nuevamente en su sillón para intentar analizar lo acaecido fríamente.

Justo a tiempo, porque apenas un segundo después de sentarse, todo quedó inmerso en una creciente oscuridad.

El caso era que al parecer había sido engullido por una especie de bola negra de la que desconocía su extensión y sustancia; una masa densa en la que no se distinguía los contornos y en donde cualquier intento de movimiento se iba convirtiendo en una misión imposible. Intentó agudizar el oído por si conseguía escuchar algo, pero en aquella obscuridad también el sonido había desaparecido.

Con cierta dificultad consiguió extender sus manos ante sí con el propósito de tocar algo que le resultara familiar: el borde de un mueble, una pared; tan sólo consiguió constatar que aquella negrura en torno suyo era ahora absoluta, pegajosa e impenetrable.

Sentía algo similar al hambre y pensó en desplazarse hasta el frigorífico.

Caviló perplejo:

¿Cómo había que hacer para desplazarse?

¡QUE NO CUNDA EL PÁNICO!

En ese momento se dio cuenta de que se había quedado sin el sentido de la orientación por lo que, temiendo perderse, prefirió permanecer sentado.

Luego, perdió también la noción del tiempo y pensó:

Probó a concentrarse en una idea trivial a fin de recuperar la serenidad; si deseaba dominar la situación, ésta era lo último que debía abandonarle.

Paco Peco, poco pico, insultaba como un loco a su tío Federico…

Poco a poco, fue perdiendo la sensibilidad de todos sus sentidos.

Por último, ya ni tan siquiera podía distinguir si todavía respiraba (llegó a plantearse la posibilidad de que en realidad estuviera muerto), si tenía o no los ojos abiertos; su situación en el espacio; la sensación de frío e incluso la de calor, que antes le había preocupado tanto.

Bostezó aburrido y una bocanada de nada le invadió sus cavidades internas absorbiéndole también el hambre y la sensación de estar sentado o de pié.

Podía ser que su corazón estuviera todavía palpitando, y sin embargo tampoco lo hubiera podido asegurar.

No sentía ni veía nada y finalmente ni siquiera pudo ya pensar.

Ahora, que ni pensaba ni sentía, ni tenía sensación de tener o no cuerpo, formaba parte, sin conciencia de ello, de la negrura infinita, y no tendiendo otra cosa en la que poder entretenerse, se quedó profundamente dormido.

Sergio Ruiz Afonso

Comiendo uvas

Comiendo uvas, 1898
JOAQUÍN SOROLLA Y BASTIDA (1863 – 1923)

— Me encantan las uvas. Gracias, señor Joaquín.
El pintor, sin decir palabra, había instalado al niño en un asiento cubierto con una sábana blanca suspendida en un gran marco de madera que hacía telón de fondo. Acababa de depositar en su mano un magnífico racimo de uvas verdes cuya transparencia testimoniaba la madurez. Ávidamente, el muchacho ya había introducido en su boca codiciosa un par de uvas.
— Espera, chaval, podrás comértelos más tarde. Espera un poco mientras te dibujo.
El muchacho permaneció inmóvil con la mano delante de su boca. Miraba con miedo al pintor. Se veía que ese temor era habitual.
Sorolla pensó que debía captar esta actitud, hizo un gesto para decirle que no se moviera, cogió el cuaderno y el lápiz voló sobre el papel blanco.

— ¿No tengo que desnudarme? —dijo tímidamente el joven desconocido.
— Claro que no, respondió el pintor sonriente.
— ¿No soy lo bastante guapo? Todos los amigos que os han servido de modelo tenían que desnudarse para posar.
— ¿Qué te parece? ¿Te gusta?
Su mirada de nuevo se estremeció de miedo.
Sorolla no dijo nada, trataba de encontrar, mezclando los colores y el agua, el salmón de la camisa que llevaba el niño. Prácticamente lo había elegido por eso. Este tono, que se mezclaba perfectamente con la tez morena que salía del rostro del niño bajo el gran sombrero de paja que le daba sombra, le encantaba.
— ¿Puedo comer ahora?
— Claro, amigo mío, y si quieres te pintaré en la playa el próximo verano.



Jean Claude Fonder

La sonata

Mañana en la casa del artista, 1914
PAUL GUSTAVE FISCHER (1860 – 1934)

Las últimas notas del primer movimiento de la sonata fácil de Wolfgang Amadeus Mozart resonaron en la bonita pero todavía fresca veranda que daba al jardín soleado. Juana se volvió y preguntó:
— ¿Te ha gustado?
— ¿Eso era Mozart?
— Sí, la sonata K545.
— Prefiero Schubert, La muerta y la doncella, respondió María, levantando apenas un poco los ojos de su libro.
— Y tú, ¿qué estás leyendo?
Sentada en su cómodo sillón de terciopelo rojo pareció despertarse de un sueño, y estirándose, miró durante un rato largo a Juana.
— Virginia Woolf, Al faro. El tiempo pasa.
Juana volvió a instalarse delante del teclado y con suavidad hizo fluir ligeras las notas del Andante.
De repente, los embriagadores efluvios del ramo de peonías que Mireia preparaba en un jarrón sobre la mesita se mezclaron con las notas que impregnaban la atmósfera. Su simple vestido rosa giraba en la acogedora habitación.
Juana entonces, comenzó alegremente el Rondó incandescente y generoso de la famosa sonata.



Jean Claude Fonder

El Libro favorito

—En fin, niños, ya casi es la hora de volver a casa…

Estamos aquí desde hace horas, en el jardín, bajo el plátano que tanto le gusta a Daniel. Y la alegría en sus caras no es sólo porque es el último día de clase.

—Así que, ¿le regalamos ya el libro a Daniel? — me preguntan. —¡Ha sido fantástico escribir todos estos cuentos para él! — ¡Seguro que le van a encantar! — ¡Tendrá todo el verano para leerlos —Ya, pero un lector apasionado como él, ¡seguro que los va a leer en dos horas! —Pero no, ¿qué dices? ¡Volverá a leerlo un montón de veces! ¡Un libro escrito por sus compañeros justo para él! — gritan.

De repente, un susto me golpea y me quita la sonrisa de la cara. 

Porque él no está aquí.

—Chicos, ¿Sabéis dónde está Daniel? No lo veo…

—No estaba con nosotros cuando leímos los cuentos… —¡Yo no lo veo desde antes del partido! —Ya, ¡a él el futbol le da asco! —No ha participado al partido, ¡seguro! — ¿Y después? 

Yo, que soy la maestra, no me he dado cuenta de que he perdido a un alumno. Como mínimo, me van a despedir.

—Yo sé dónde está Daniel— dice la niña más pequeña. ¿Os acordáis lo que ha escrito en su cuento? Que cuando quiere escaparse de un partido…  

— ¡Se esconde en la biblioteca! — contestan todos.

Con el corazón que me explota, corro con los niños hasta la biblioteca de la escuela, pero… 

—Maestra, Daniel tampoco está aquí — me gritan.

—¿Cómo que no está? A ver ¡Vamos a leer su cuento!

—Aquí está. Dice: “creo que si cierro los ojos muy muy fuertes, el hechizo se cumplirá, me volveré ligero, transparente y finalmente desapareceré entre las páginas del libro…”

—Entonces está en el libro — Tenemos simplemente que sacarlo de allí y… — Y ¿te parece fácil? ¡Mira donde estamos!

Los niños miran consternados a su alrededor: centenares y centenares de libros. 

Siempre he estado orgullosa de la amplitud de la biblioteca de nuestra escuela, pero hoy…

—Maestra, para mí Daniel está en su libro favorito… ¿Alguien sabe cuál es? — ¡Yo no lo sé! —¡yo tampoco! —es que a Daniel le gustan tantos libros… —Tenemos que callarnos, a lo mejor así podremos oír si nos contesta…

Y por fin se oye la voz de Daniel, muy sutil, desde el interior de un libro.

—¡Este es su favorito! ¡Tenía que haberlo imaginado! ¡Es también mi favorito! — ¡Y también el mío! — ¡Y el mío!

—¡Daniel!— le llamo. —¡Tienes que salir de ahí!

—¿Cómo? ¡No puedo!

— ¡Inténtalo! — ¡Te vamos a ayudar! — ¡Tienes que desearlo con todas tus fuerzas! — Pero, ¿cómo puede Daniel desear salir de su libro favorito? Que además es también el mío…

—¡Tengo una idea! — dice la pequeña. — Daniel, estoy segura de que cuando sepas lo que hemos hecho para ti… Te hemos escrito un libro de cuentos, y cuando lo leerás será tu nuevo libro favorito. Mira, ahora lo ponemos aquí al lado del libro en el que estás tú…

En el silencio más profundo, dos niños abren con delicadeza el libro favorito de Daniel, hasta encontrar al compañero en el punto más apasionante del capítulo más cautivador. Luego acercan los dos libros abiertos hasta hacer coincidir las páginas.

Y Daniel salta, mientras todos los niños gritan de alegría.

— Qué maravilla! ¡Gracias! Ahora quiero quedarme aquí. Lo habéis escrito para mí…  — dice Daniel.

— Noooo! — le gritamos.

Y por fin, Daniel está aquí con nosotros, bajo el plátano.

En un par de minutos este año escolar va a terminar, y a mí no me van a despedir, por suerte.

Me imagino que queréis saber cuál es el libro favorito de Daniel… Pero no, ¡qué va! ¿Es también vuestro libro favorito?

Silvia Zanetto

Voces secretas

Como cada tarde, Ana cerró la puerta y apagó la luz. La biblioteca se quedó envuelta en su silenciosa penumbra. 

En la calle, el mendigo peruano con su llama de peluche acababa de dejar de tocar con su flauta las repetitivas y nostálgicas canciones de su tierra.

— Perdone si me permito — no quiero que piense que me molesta — dijo una voz calmada y un poco cansada— Pero ¿qué hace usted en este estante que reúne libros cuyos autores tienen el apellido que empieza con la letra C? Si no me equivoco, su apellido empieza con la letra L. De hecho, y sin querer yo vanagloriarme, está casi totalmente dedicada a mi obra. Disculpe, me presento. Me llamo Miguel.

— ¡Dios mío! — respondió una voz clara y joven — Es un gran honor hablar con usted. Me llamo Dante. En realidad, no sé por qué estoy aquí en su estante. Quizás esa chica que estaba leyendo mi libro se equivocó. Le pido perdón.

— ¡Para, Dante, para! Tú no me molestas, más bien me alegra hablar contigo. Aquí estoy rodeado de mis obras y de libros que hablan de mis obras. Háblame de ti. ¿Qué haces? ¿De dónde vienes? Tu español suena diferente al mío.

— Soy guatemalteco. Soy profesor de literatura española e hispanoamericana en una universidad de Milán y soy escritor .

— ¿Guatemala? ¿América? Me hubiera gustado ir a América. Dime, Dante ¿los jóvenes siguen leyendo mi obra?

— Su obra se lee, se leerá y se estudiará siempre, no solo en España sino en todo el mundo.

— Me alegra que a los jóvenes les guste leer ese viejo libro.

— ¡Don Miguel, el suyo no es un libro viejo, es una obra maestra!

— Muchas gracias, Dante. Pero ahora me siento un poco cansado. No estoy acostumbrado a hablar. Me pesan mis cinco siglos. Ha sido un placer hablar contigo. Recuerda que llevas el nombre de un gran poeta italiano, eso da buena suerte. Buenas noches, Dante.

Buenas noches, Don Miguel, ¡muchas gracias!

Y la noche entró como una ladrona por la ventana.

Iris Menegoz

La Bibliotecaria

Lunes 15 de diciembre de 2015, 

El metro está abarrotado, como todas las mañanas. Sin embargo, Ana está sentada. Por suerte sube en la primera estación de la línea, así que puede leer tranquilamente en su móvil. Ana es bibliotecaria, le gusta leer y estos intervalos que recupera durante el trayecto de ida o de regreso a casa le permiten disfrutar de su pasión por los libros.

Su sonrisa ilumina el vagón. Se viste siempre con bonitos colores, hoy lleva una camiseta de algodón azul con vaqueros remangados y unas botas de cuero a juego. Un moño impertinente y majestuoso corona su cara juvenil. 

Ya no piensa en sus hijos, que se han quedado a cargo de su marido. Hoy le toca a él llevarlos a la escuela. El trayecto en bicicleta primero y en metro después, son los únicos momentos en que esta sola y puede dedicarse un momento a sí misma. De lunes a viernes se levanta temprano, se ducha y prepara el desayuno para todos. Al marido le toca despertar a los niños, momento a partir del cual reina el caos en su pequeño apartamento. Algunos días llora uno, otros lloran los dos simultánea o consecutivamente, con frecuencia Ana grita. Odia llegar tarde. 

— ¡Lávate los dientes! ¿Aun no has terminado? ¡Bébete el zumo!¡Ponte el baby! ¡Mete los zapatos de gimnasia en la mochila!¡Apaga la luz!

Sobre todo, tiene que evitar que la tensión se traslade de los niños a la pareja. Cuando sale de casa tiene la sensación de que es medio día. Son solo las 8.

Ahora descansa leyendo en su pequeño y mágico dispositivo. Es un placer, tiene siempre uno o dos libros empezados, cuando termina uno empieza otro, tiene un montón de libros cargados en esta herramienta a la espera de ser leídos.

También usa Facebook como si fuera un diario. Tiene una selección de páginas que le gustan más que los periódicos de los que se ha cansado. Son páginas, revistas, noticiarios y otras fuentes que hablan y opinan sobre los temas que le interesan.

Sigue leyendo su libro “Anatomía de un instante» de Javier Cercas, esta tarde en la biblioteca hay un club de lectura y quiere terminarlo para participar. Será un día largo, pero le gusta esta actividad. Cuando sustituyó a la bibliotecaria, que fue su maestra y que se volvió a España, el club estaba funcionando bien y ya tenía un buen núcleo de lectores apasionados. El instituto Cervantes de Milán tuvo confianza en ella y hoy con el soporte del departamento cultura se devuelven numerosas actividades culturales, no solo el club de lectura inicial sino otras fórmulas: poesía, cine, taller de diferentes tipos, a veces participa en el club el autor, o la autora, como le gusta precisar a Ana. 

Pero lo que más le gusta es que la biblioteca del Instituto se ha convertido en un lugar que, más allá del préstamo de libros, películas, revistas y música, es un foro donde se encuentran y se reúnen personas interesadas por la cultura hispánica o simplemente gente que busca un lugar amigo, un bar sin cerveza, como dicen sus compañeros para tomarle el pelo. De hecho, no se puede decir que sea un espacio silencioso y recogido. Con frecuencia hay gente que habla, grupos de profesoras que se preparan las clases, estudiosos que charlan animadamente como un colectivo espontáneo de críticos literarios, parejas que hacen intercambio de conversación, niños que dibujan o se lanzan pelotas de peluche.

Ana es un poco la madre de este pequeño mundo, ha sabido rodearse de tantos voluntarios que la ayudan, porque está siempre abierta a acoger un nuevo usuario, así les llama, y intenta siempre ayudar a los que lo necesitan. Es cierto que es una labor estresante, pero a Ana le permite satisfacer su interés por las relaciones humanas y su inagotable creatividad.

La biblioteca es, ante todo, un recurso fundamental para los profesores y el alumnado del Instituto a quienes ofrece lectura, búsquedas bibliográficas y consultas para preparar cursos y exámenes. Pero el público no se limita a la gente que frecuenta el Instituto. Son sus usuarios profesores de escuelas públicas de la provincia de Milán, alumnos e investigadores de las universidades, familias españolas e hispanoamericanas, y algún espontáneo periodista, un nieto de brigadista internacional o una anciana sefardí. Todos ellos forman parte de una singular comunidad que Ana en cierta manera preside.

Ana cierra su libro electrónico, ha llegado a la parada de Duomo. Sale del vagón y sube alegremente a la plaza llevada por el flujo continuo de los milaneses que van a trabajar. Plaza Cordusio, via Dante y ya está frente al edificio en el que el Instituto Cervantes ocupa tres pisos. Sube rápidamente al primero, ocupado en gran parte por la biblioteca, entra, pasa detrás del mostrador, se quita la mochila y se instala detrás de su ordenador para consultar el correo. Hoy la biblioteca abre solo por la tarde, a partir de las 2, así que tiene tiempo para arreglar las cosas que ha dejado pendientes el día anterior, además, hay que organizar el club de lectura que empieza a las 6 y suele durar hasta la 7 y media o incluso hasta las 8. Iris, usuaria emblemática de la biblioteca, llegará un poco más tarde para ayudarla a preparar todo para el club y volver a ordenar los libros y los DVD que la gente ha devuelto recientemente.

Si Ana es la madre, Iris seria la tía de la Biblioteca: siempre presente, lista para ayudar, para dar el toque de elegancia que distingue a esta comunidad y la convierte en un lugar único. Iris es el Pepito Grillo de la Biblioteca. Si los usuarios se retrasan a la hora de cerrar, ella los hostiga con gracia hasta que salen alegremente ofendidos. Si Ana programa demasiadas actividades, ahí está Iris para censurarla. Le regaña dulcemente: no puede agotarse o adelgazará y desaparecerá, le recuerda. Todos la quieren, precisamente porque sabe manejar los acontecimientos con su modo de hacer marcado por una inagotable ironía y un humor teñido de negro. Sin Iris la Biblioteca no sería la misma.

Esta tarde la sonrisa espléndida de Iris está vestida de negro, un pantalón de lana y, en el top, una rosa roja de ganchillo de las que hace ella misma. Lleva como siempre sus gafas con dos patillas rayadas de blanco y negro y que parecen plateadas como su pelo corto. Dos pendientes de plata en forma de lágrima de los que cuelga una perla y un ligero maquillaje completan su natural elegancia.

— Buongiorno Ana, come va? tutto bene?

— ¿Qué tal Iris? Yo estoy fenomenal.

Iris habla siempre en italiano, aunque entienda perfectamente el castellano y lo hable bastante bien, pero es una perfeccionista. No quiere hacer nada que no sea absolutamente impecable.

— Hai finito di leggere il libro di Cercas?

— Sí, casi lo he terminado, pero no pasa nada, la historia la conozco bastante bien. De todos modos, tú y los demás lo habéis leído, y me parece que el debate será muy interesante, a juzgar por lo que dicen los que devuelven el libro.

— Yo ni lo intento. Es demasiado gordo, últimamente leo solo libros de menos de 100 páginas y a poder ser con letra grande. Esa lastra de mármol me destruiría la espalda, —ataja en español Iris y se pone sin decir más a desmontar las pilas de libros y de DVD devueltos por los usuarios.

A las cinco, empiezan a llegar los cluberos, como los llama Ana, que frecuentan desde hace años la biblioteca y participan siempre en las actividades que allí se organizan. Quieren sentarse en sus posiciones preferidas, delante o detrás según su afán de protagonismo o sus ansias de invisibilidad. Iris ha colocado las sillas en dos hileras alrededor de la gran mesa central y hay también otras a los dos lados para acoger a veces hasta cuarenta personas. Un grupo muy grande en el que todos se conocen más o menos.

De hecho, las conversaciones nacen, se desarrollan y el rumor crece como en una sala antes del inicio del espectáculo cuando, con una hoja en la mano, Ana pide silencio.

Jean Claude Fonder

Rosas en la puerta

El abandono se hereda genéticamente, igual que los gestos que se repiten en una misma familia. Los ademanes se eternizan cuando un nieto hace lo mismo que un abuelo al que nunca conoció. Igual que yo cuidando siempre a los demás sin pensar en mí, solícita con los más ausentes: mi padre, mi marido y mis hijos. Herede un germen que provoca en los demás un desprecio que hace de mí una víctima perpetúa, como lo fue mi madre y mi abuela, está última, a la que su marido le corto el cuello. Las huellas de sus manos dejaron una estela roja en la pared mientras se desangraba.

Ahora vivo en un tranquilo y pequeño pueblo para que la herencia familiar se acabe conmigo, para que todo se olvide para siempre. Vivo lejos de cualquier parte porque estar con gente es como romperme. Ya me pasó cuando trabajaba como enfermera en aquel pequeño geriátrico de la ciudad antigua. 

Esconderme, confundirme entre los libros dentro de una biblioteca. Este es mi lugar.

 Cada vez que un manuscrito se abre se escuchan trozos de mi propia vida.

 Las esferas que se repiten hasta el infinito se acabaran aquí. Solo soy una espectadora y me siento más viva que nunca. La soledad es la salvación. La única manera de estar viva sin dolor. Ahora, a punto de jubilarme solo puedo regresar a un panteón. 

La biblioteca esta como yo, llena de secretos, donde cada palabra tiene una historia que guardar, cada frase un mundo lleno de esquinas donde algunos no se atreverían ni a pisar. Cada vez que abro un libro me parece apretar teclas que se pulsan para bajar o subir en un ascensor antiguo, lleno de tiempos, donde las puertas chirrían al abrir un espacio con nuevos olores y sabores que llegan con cada página. Me abren a las emociones y conozco mis propios secretos leyendo a los demás.

 Me presente hace doce años a una oferta de trabajo en la “España vaciada” y conseguí ser la responsable de la biblioteca del pueblo. Llegué en un día lleno de nubes y sola. 

Mi hermana Marta y su inseparable Ángel se fueron lejos a disfrutar de la vida. Lejos de todas las muertes que sufrieron. Mi marido y mis hijos también han desaparecido perdidos como un libro que se quedó en casa de alguien. Yo por fin he dejado de ser una cuidadora, una esclava de todos. 

Ahora escucho los susurros de los jóvenes estudiantes y el silencio de los asiduos lectores o de aquellos que preparan oposiciones, hay un pequeño club de lectura los jueves y de vez en cuando viene alguien a presentar su libro.

   No hay nada que hacer sino leer, ordenar algún archivo y mirar por un gran ventanal lleno de aromas, entre los que sobresale el del jazmín de Madagascar, que formando un dosel derrama su sombra sobre los bancos de piedra. Coloreando el camino están las gardenias, las petunias, los jacintos y los elegantes lirios. Las bellas rosas blancas adornan la entrada y todas las mañanas les quito las espinas. Aquí, todos estamos a salvo.

Blanca Quesada