Alba

Amanece.
Una luz líquida y lechosa acaricia tu brazo rubio alumbrando tus pecas doradas.
Bajo tu mano dormida yace el pájaro muerto de mi mano.
Miro tu espalda torcida conteniendo el aliento.
La maleta está lista. Cerrada. 
Como un secreto,
Como una mentira.
Como un dolor.
¡Por favor no te despiertes!
¡No puedo aguantar tu última sonrisa!
Iris Menegoz

Hechizo

Me despierta la primera luz que se desliza entre las grietas de las persianas. En el silencio atónito de la mañana, contemplo con suspendido encanto la armonía del cuerpo de Simón abandonado en el sueño: por fin despojado de defensas, aparece inerme, casi frágil, maravilloso entre las sábanas sueltas.

Me pregunto qué milagro inmerecido me ha ofrecido la suerte y sigo volando en la regularidad de su respiración, me hago mirada y silencio, por temor a que hasta un imperceptible movimiento pueda agrietar el sortilegio y hacerlo desaparecer…

Desde niña he amado los cuentos de hadas al revés: he sido amiga del lobo, de la bruja infeliz, de la hermanastra fea y soltera. Siempre he considerado insípidos los finales “vivieron felices y comieron perdices”: parece que quieren entrañar la quintaesencia del éxtasis. En realidad, es una frase que presupone el tedio de la nada, reiterado al infinito: cuando el círculo se recompone y parece que nada puede rayar la perfección de la felicidad conquistada, el hechizo ya se ha roto y la princesa se ha despertado para siempre, con los ojos bien abiertos.

Así que Simón no será mi Príncipe Azul, no me dará un beso casto y prosaico para romper un hechizo. Será mi Caballero Negro, el mago de la capa oscura y del beso que embruja: el que crea el encanto, y no el que lo quiebra.

Silvia Zanetto

El despertar

En estás habitaciones siempre hay gente. Alguien contado su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días. 

Algunas veces he visto que escuchan con atención, otras con hastío, otras solo se puede llorar, alguna que otra vez  es posible reírse.

 Si te vas al campo un día de esos en que el  verano te premia  con un ligero viento fresco, tienes la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El  ritmo adecuado  para que crezcan las flores, la higuera, la uva, el momento para recoger una cosecha completa. Hay que esperar. Todos esperamos la recompensa final. 

En estas habitaciones vemos como sucede el tiempo.

Alguien prescribe si  la cosecha será buena o no , si hay que esperar o ayudar de alguna manera.

Los tenues rayos de luz se cuelan a través de la ventana  e invaden toda la estancia. Comienza el bostezo y la caricia al despertar. Hoy es ese el fruto de la cosecha.

Blanca Quesada

El despertar

Soñaba con estar de vacaciones. En el sueño era justo como es. Las vacaciones de verano, esas, en la casa de campo de sus abuelos. Felipe conocía bien los hábitos del abuelo y el último día de agosto, que era también el último día de vacaciones, tenía que acompañarlo a buscar setas. Se había levantado muy temprano y todo estaba tan oscuro que a Felipe le parecía que estaba vendado. De vez en cuando una ráfaga de viento producía silbidos inquietantes. A pesar de llevar una chaqueta y un gorro impermeable, la humedad parecía penetrar por la piel. Ni rastro de hongos, ni siquiera venenosos. La cesta de mimbre estaba vacía. Cansado de mirar al suelo miró hacia arriba y se detuvo. ¡Qué raro! Veía todo del revés. Los hongos colgaban de las copas de los arboles como las estalactitas en una cueva. Llamó al abuelo y éste le pidió que se bajara los pantalones. Se había puesto la ropa interior al revés. Nada de brujería, sólo había intentado…para traer buena suerte. El abuelo le echó un rapapolvo, diciéndole que la brujería de los calzoncillos al revés había llevado a otra brujería, la de las setas al revés. ¿Y ahora qué? ¡Vaya, el despertador! El sueño, o mejor dicho la pesadilla, se termina y el despertar comienza. Felipe sabe que tiene que levantarse, pero su cuerpo opone resistencia y sus ojos permanecen cerrados. De hecho, ¿por qué levantarse? Todavía está de vacaciones. Ah sí, el abuelo, los hongos, ¡nada de ropa al revés por favor! El despertar no puede esperar.

Raffaella Bolletti

¡Despertaos!

¡Estallidos de bombas! Relámpagos en el cielo. Ruido atronador. Sirenas de alarmas. Humanidad que corre. Humanidad escondida bajo tierra. Todavía queda esperanza en los que huyen y en los que se quedan. Porque siempre hay luz al final del túnel. Pero ¿de quién es esa maleta? 

Abandonada al lado de una acera, lleva dentro pocos enseres y parece esperar a su dueño como un perro fiel. Pero nadie la va a recoger. Lo que antes vivía, hablaba y pensaba ya no existe. Y esa manta azul, manchada de sangre inocente, y la cara destrozada de una madre que ha perdido su hijo para siempre…Y las arrugas de quien ha vivido mucho y ya no tiene adónde ir porque le faltan las energías…y los que mueren antes de nacer. 

Copos de nieve caen sobre los vivos y sobre los muertos. Vientos gélidos soplan y barren el polvo sobre montañas de escombros. Ciudades vacías. Esperanzas rotas. 

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde se ha escondido? ¿Todavía queda un trozo en algún rincón? 

¡Despertaos gente! 

No es eso el mundo que queríamos.

Manila Claps………..

Despertar

Érase un país lejano, en el que las brumas de una pesadilla ofuscaban las mentes. Las gentes oían, durante meses, años y siglos, los acalorados discursos del Mal Hermano, aplaudían sus chistes insulsos, idolatraban su imagen con la mano apoyada sobre un corazón rojo. No veían que lo que era verdaderamente rojo era la sangre de sus innumerables víctimas. Cuantas más muertes se registraban como caídos en combate, más aumentaba su prestigio como héroe de la nación, como presidente eterno, como “purificador” que, a sangre y fuego, eliminaba la insurgencia, las mentes que pensaban por su cuenta.

Pero un día, una brisa juvenil, de primavera, fue desatando las nieblas, fue aclarando la visión, destapando los oídos de los sordos esclavos e iluminando las mentes dormidas. La brisa se volvió viento y, llevado por bandadas de pájaros, se convirtió en huracán y arrastró lejos al sátrapa Mal Hermano con todo su séquito. El cielo despejado y luminoso dejó brillar el sol y…. colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Maria Victoria Santoyo Abril

Cortesía china

Esta mañana, al despertar, no podía creerlo, recordé mi sueño hasta el más mínimo detalle, nunca me había ocurrido. Estaba en China.

Lo primero que hay que saber es que nunca he visitado China. Por supuesto, he visto películas, documentales, he leído libros, novelas antiguas, modernas e incluso contemporáneas, conozco su historia y he visto muchas fotos. Me gusta la cocina, pero creo que en realidad no la conozco. Habría que ir a vivir allí.

Si yo viviera fuera de nuestro capullo europeo que, por otra parte, no sabemos apreciar en su justo valor, creo que preferiría el mundo chino y su cultura milenaria. No hablemos del american way of live, ni de los rusos que en realidad son también europeos, aunque no lo hayan descubierto todavía.

Estamos en un apartamento, dónde no sé, la máquina de los sueños no lo dice. Mi esposa me despierta, es temprano, es de madrugada.

— Huelo a gas, —me dice.

Me levanto medio dormido, reviso los botones de la cocina, todo parece estar bien. Abro la ventana y me refugio en la cama y en los brazos cálidos de mi esposa. Hacia las 10 horas, un obrero con uniforme reluciente se presenta y, sin demora, se acerca al encendedor eléctrico.

— WOOFFF! — Un resplandor azul aparece y desaparece durante un breve instante.

— En efecto, hay una fuga, — dice él, despreocupado, —delante de mi esposa asustada.

Se pone a trabajar, saca la cocina de su compartimento y comienza a desmontarla, rápidamente me muestra una pieza que no reconozco y me explica en su inglés sin «r» que hay que sustituir la pieza. Llama a un colega que llega poco después, él también espléndido en su uniforme recién planchado. Hablan en un chino tan elegante que debe ser mandarín. Éste último toma una decisión y me hace firmar un documento redactado, … debería decir caligrafiado en la lengua de Confucio.

Con cuidado, levantan la cocina sobre una pequeña máquina de 4 ruedas y se la llevan, no sin saludarnos con profundas reverencias.

Más tarde hice traducir el documento por una persona bilingüe al inglés. 

Muy cortésmente la compañía Arsène Lupin, nos agradece calurosamente por el generoso regalo que les hemos concedido y nos pide que aceptemos sus más sinceras disculpas, especificando que ciertamente nuestro seguro intervendrá.

Jean Claude Fonder

Susurros en la fontana

SUSURROS DE AMOR
William-Adolphe Bouguereau (1825 – 1905 )

Siempre he considerado Roma como una ciudad de provincias. Me gustan sus pequeñas calles de color inextricablemente medievales. Me gusta perderme por ellas, guiado por el olor del pan de trigo a las cuatro de la mañana, cuando el panadero lo saca crujiente del horno. Me gustan los gatos vagabundos que se acercan libremente, saltan a tu alrededor, como el gatito en el pelo de Anita Ekberg. Un gatito blanco como su estola blanca que pasea su hermoso cabello rubio en su desnuda espalda escotada.

Me gusta cuando, ya de mañana, salgo atontado de la fiesta, sigo el sonido del agua en la oscuridad fresca, y encuentro, majestuosa, la Fontana de Trevi. Anita está dentro, bañándose, su abundante y lechoso pecho regado por las cascadas chorreantes, da saltitos ante mis ojos maravillados. Me llama, sin dudarlo me remango los pantalones y con los pies descalzos, chapoteo hacia ella. La abrazo, la beso y ella, simplemente, coge un poco de agua en su mano y según amanece, me bautiza en el pelo, susurrando «Marcello».



Jean Claude Fonder

El beso bajo la lluvia

Nunca me gustó la lluvia. Hui de mi país porque llueve todo el tiempo. Una lluvia ventosa, que dura todo el día, ¿qué digo todo el día? A veces se pasa más de un mes sin ver un rincón de cielo azul. Y no es una lluvia franca, una buena Drache como decimos nosotros. Una tormenta, por ejemplo, como en la pastoral, las grandes nubes negras que acuden en un hermoso cielo azul poblado de nubes blancas, algunos truenos a lo lejos y, de repente, el infierno casi nocturno estriado por relámpagos azulados que desencadenan redobles de timbales coronados por las detonaciones del bombo y finalmente la lluvia densa, la que realmente moja, cuando se dice que llueve a cántaros. Luego el cielo se libera rápidamente mientras que el trueno se calma y se aleja pacíficamente.

No, es una pequeña lluvia interminable, un escupitajo intercalado con una lluvia más fuerte, que te deprime con su cielo gris, sus pequeñas ráfagas de viento que te voltean el paraguas, una humedad permanente que te penetra lentamente hasta el tuétano. 

Sin embargo, a veces se puede disfrutar observando el mundo exterior, bien abrigado y protegido por las ventanas empañadas y cubiertas de gotas. Un mundo que parece un poco irreal, donde las luces de neón se reflejan indecentemente en los charcos que manchan las aceras, donde los paraguas de colores se esfuerzan por abrirse paso entre la multitud de una calle comercial. Y luego están los bares, o más bien las tabernas y los cafés para refugiarse y disfrutar de una buena cerveza entre los paraguas y las gabardinas chorreantes.

Un día, hace mucho tiempo, estaba sentado con una amiga en la ventana de un café, afuera llovía, estábamos enamorados, teníamos ganas de besarnos. Sin duda, el recuerdo de Singing in the rain estaba presente en nuestra mente. Pagué, salimos, llovía siempre, abrí un gran paraguas, escapamos. En el primer porche que encontramos, siempre al abrigo del paraguas, ella se acurrucó contra mí, me miró un instante, sus labios pulposos y ligeramente entreabiertos, sus ojos con el color de la lluvia, me incliné hacia ella, el paraguas se apartó y la besé bajo la lluvia. 

Jean Claude Fonder

Lluvia

La lluvia corre por las calles, por las aceras, sobre los bancos se escurren las gotas, los charcos se agitan sobre las piedras, como las hojas de las palmeras lo hacen con el viento. El mundo se mueve con estruendo. Llueve mañana, tarde, noche y al  día siguiente de nuevo hay que empezar pero al menos hoy, llueve, después todo sigue igual de gris, de triste y una lágrima se confunde con el agua que cae en este charco de dos centímetros y medio, lleno de barro, delante de la escalera donde está sentada Eva, en el primer escalón. Hoy  le parecieron altos, como nunca antes, cuando salía de su trabajo a las nueve de la mañana.  En el jardín verde delante, más oscuro que nunca, Eva piensa que sale de un infierno para recorrer el camino que lleva a otro más aterrador: su casa como cada mañana está fría, vacía pero llena de “tienes que”,  obligaciones que ella no recuerda haber elegido. Desea quedarse allí, escuchando el viento, sintiendo la lluvia y mirando al charco que hay entre sus pies  y preguntándose ¿cuánto ocupara su cuerpo en el universo? ¿cuánto ocupara el alma de cualquier muerto?

Como las tres almas que ya se habían perdido para siempre en aquel geriátrico del que quería huir pero sin saber hacía donde. Allí está pegada, mirando hacía el suelo lleno de tierra y agua, de fango, como su vida. Allí también crecen las plantas.

Blanca Quesada

Bajo sol y bajo lluvia

Para Elisa,
in memoriam

Llovía a cántaros. Hacía frío. Sobre todo en el alma. Sin embargo había mucha gente a tu entierro. Me hubiera gustado participar, pero yo no estaba allí en aquel tiempo. Vivía lejos. Lo que sé me lo contaron. Con pelos y señales. Bueno, la verdad es que para mi, no hizo falta. Lo podía imaginar sin esfuerzo. El dolor de tus padres y de todos los que te quisieron en vida. Entre ellos también el mío. 

Dicen que no existe nada peor que la muerte. En lo personal creo que el silencio es mucho más aterrador y ruidoso. Para acabar de una vez con ese silencio que siempre acompañó tu desaparición, quiero dedicarte esas líneas. Quisiera contarte  lo que fue después. Como si tú pudieras oírme, allá donde estés. 

Porque el día que te fuiste para siempre tú no lo sabías.

Llevabas solo unos vaqueros, una camiseta de colores y tus zapatillas de deporte preferidas. Y la sonrisa con la que acogías a todos y con la que esperabas vivir tu futuro que alguien te robó. Esa también te llevaste para siempre. 

Aquel domingo de septiembre hacía calor. Todavía lo recuerdo. Parecía que el verano no quisiera ceder el paso al otoño, con sus lluvias y sus cielos grises. Saliste de casa despidiéndote de tu madre. Ninguna de las dos hubiera podido imaginar. Nadie hubiera podido predecir la tormenta que vino luego. 

No es fácil encontrar las palabras, porque casi siempre cuando las buscas ellas rehuyen, no están hechas para ser atrapadas en una hoja de papel. Solo quiero que sepas que te buscamos por todas partes, bajo sol y bajo lluvia… y nunca tuvimos la suerte de dar contigo. 

Eso ocurrió muchos años después, cuando la ciudad ya te había olvidado.

Manila Claps………..

Un buen matrimonio

Tras vagar por antiguos senderos, en el mismo bosque en el que paseaba con su abuelo, acompañada por un viento fuerte, frio, bajando de un cielo plomizo, Mariana descansa sentada al pie de un haya. Descansa y piensa en los años, cuando, de niña, solía pasar las vacaciones de verano en la casa de campo y sabía que el último día de agosto, que era también el último día de vacaciones, tendría que saludar sus amigos y regresar a la ciudad. Hoy es una mañana de principios de septiembre. El sol parece no estar dispuesto a levantarse. Sí, es una mañana de un día nublado y frío. Por fin la lluvia empieza a caer. A Mariana le parece oír unas voces llegando desde lejos; quizás sean la lluvia y el viento mezclando sus lenguajes misteriosos e intangibles o quizás sean las gotas al caer sobre las hojas, penetrando dentro de sus pensamientos, metiéndose en su cabeza, o tal vez es su alma, la que creyó haber dejado atrás con su dolor, que ahora la alcanza, a través de estas gotas. El ruido de la lluvia no cubre el eco de unos pasos aproximándose. Mariana se asusta. Se esconde entre ramas enredadas y hojas mojadas precipitando en un vértigo sin fin. Un hombre mojado, delgado, alto va acercándose. ¿Quién eres tú? O ¿Qué eres? Se pregunta Mariana. El hombre, camina entre la lluvia y los relámpagos. Le sonríe y Mariana lo reconoce. La misma capa negra en invierno y en verano. Es él. Es Quique, uno de sus viejos compañeros de juego. Se acuerda que era parco en palabras, mejor dicho ninguna. Pero ahora sus ojos…como los de ningún otro. Parecían ecos de lluvia, una luz clara en un rostro blanquísimo, pálido, austero. Este hombre, Quique, la lleva a un sendero que une el bosque a una pradera, a una granja. Esta noche, bajo esta lluvia helada, en esta granja con la puerta que Quique ha abierto para ella, Mariana quiere dejar el pasado atrás. Quiere amar y ser amada. Y tal vez mañana volver los dos a ser niños, jugar saltando en los charcos de agua, besándose bajo la lluvia. 

Raffaella Bolletti

Lluvia

No sé… a lo mejor me he abrigado demasiado. Es lo que pasa en estos cambios de estación: una siempre se equivoca. Podría quitarme la bufanda, eso sí. No es de lana, es de seda, pero aun así me asfixia.

Llueve. Llueve a cántaros.

Los limpiaparabrisas se agitan en una danza monótona, chirrían adelante y atrás, adelante y atrás.

No veo casi nada.

Sigo teniendo calor, así que intento desabrocharme la chaqueta con la mano izquierda, mientras con la derecha me aferro al volante.

De repente, el vehículo de adelante da un frenazo, lo mismo hago yo. 

Hay un atasco, llueve y no se ve casi nada. Voy a llegar tarde.

No he tenido un accidente, por suerte, pero ahora me viene un sofoco, el sudor me empapa el pelo y el cuello. Me he abrigado demasiado.

Hay un atasco. Estamos todos parados en la autovía bajo la lluvia y yo no consigo quitarme la chaqueta.

Y voy a llegar tarde.

No se ve casi nada. Llueve a cántaros.

Silvia Zanetto

Lluvia

Valentina, mientras miraba la lluvia, pensaba que el verano de 2014 era horrible, llovía siempre y hacía frio, se aburría muchísimo, sus amigas había ido a Inglaterra porque habían suspendido inglés y en septiembre tenían que hacer el examen. Ella había tenido 9 en todas las asignaturas y había preferido quedarse en Italia. Decidió salir y tomó el paraguas pero poco después diluviaba y se refugió en un zaguán donde sintió un lamento. Miró alrededor y vio a un perrito en un rincón, estaba herido. Se acercó y con paciencia, porque el animal estaba aterrorizado, consiguió tomarlo en brazos.

Llamó un taxi y fue a la perrera municipal donde sabía que había un veterinario siempre. Cuando llegaron, el veterinario visitó enseguida el perrito y le dijo: este perro tuvo suerte que usted lo encontrara porque las heridas son graves, le han pegado con mucha fuerza, y si hubiera seguido sangrando probablemente hubiera muerto desangrado. Ahora le cosemos las heridas y dentro de dos días podrá ser adoptado. Valentina en ese momento decidió que lo adoptaría ella y lo llamaría Rubio, por el color del pelo. Se lo dijo al veterinario que alegó que pero Valentina era menor y que tenía que venir con uno de sus padres porque para adoptar un perro, había que ser mayor para firmar el contrato de adopción. Valentina preguntó si tenían necesidad de voluntarios para cuidar los animales, el veterinario dijo que si y que cuando viniera a tomar el perro lo dijera en segreteria. Su madre tenía que firmar la autorización. Valentina se lo dijo esa noche a sus padres que le pusieron una condición: que ella se ocupara de Rubio. Dos días después fue a recoger a Rubio y empezó a trabajar por la tarde en la perrera. El mes de julio pasó volando, en agosto fue al mar como siempre y gracias a Rubio conoció gente nueva que, como ella, tenía un perro y se divirtió a pesar de que en Recco llovía como en Milán. En septiembre mejoró el tiempo, días hermosos con sol y temperatura agradable, parecía julio, volvieron sus amigas y después de hacer los exámenes se vieron y fueron juntas al lago y a pasear por los parques de Milán siempre con Rubio que gusto también a sus amigas.

La noche antes de empezar la escuela se dio cuenta de que ese verano que había sido horrible al inicio después fue uno de los más hermosos de su vida. Había encontrado a su nuevo amigo Rubio y había conocido la satisfacción de ayudar a los demás, y se acordó de una poesía que decía que entre una lluvia y otra hay siempre un arco iris.

Gloria Rolfo

Lluvia

 

Era una locura aquellos tiempos de verano, porque parecía ser el día más soleado cuando de pronto todo estaba nublado; entonces nos preparábamos para ir a ver el gran espectáculo, ya que sucedía una o dos veces por año. 

Tomados de la mano, mi madre llevaba a mis hermanas y mi abuelo a mí, porque la torrencial lluvia que caía provocaba desbordes naturales; vivíamos en las laderas de una gran montaña que, cuando llovía, traía consigo piedras y agua por canales que con el tiempo la propia lluvia había diseñado. Cuando todo se calmaba, nos bañábamos en los grandes pozos que se formaban.

Luis Alberto Prado

El crucero de Tito

(39° dìa)
— ¿Mamá?…¿Mamá?…¿Mamá? ¡Está lloviendo todavía!
— ¡Sì, cariño, lo sé!
— ¡Mamá, no aguanto más esta lluvia! Agua arriba, agua abajo. ¡Son miles de días que llueve!
— ¡No mi amor, son 39 días! Tienes que ser paciente. Muy pronto todo esto terminará. ¿Por qué no te vas a jugar con los monos?
— ¡No, con los monos no quiero jugar nunca más! Siempre me toman el pelo por mi nariz.
— ¡Es sólo para bromear! ¡Tú eres el elefantito más lindo de todo el barco!
— ¿Mama?
— Dime Tito
— ¡Me aburro, me aburro, me aburro!!!
— Tito tranquilízate, esta noche vamos a ir al concierto de los pájaros. Como siempre será muy divertido.
— ¡Nooo! Por favor mamá, otro concierto no. ¡Me sé de memoria todas las canciones!
— ¡Ya basta Tito! No seas caprichoso. Ven aquí e intenta quedarte dormido. Te comprendo, mi amor. Tú naciste en este lugar el día en que nos embarcamos en esta aventura. Conoces sólo la lluvia y el agua del mar. Tú nada sabes de la tierra. Del cielo azul, de los árboles, de las flores con sus miles de colores y perfumes.
— ¿Mamá, de verdad la tierra es tan bonita?
— ¡Sí, querido, la tierra es maravillosa! El sol cada mañana se despierta tiñendo el cielo de rosa y, por la tarde, cuando se va a dormir convierte el cielo en un fuego ardiente. Cuando volvamos a la tierra todo cambiará y, quizás, recordaremos con un poco de nostalgia este raro viaje. Don Noé y su familia nos han cuidado con mucho cariño, pero cuando regresemos a nuestra habitual vida tendremos que trabajar para procuramos la comida, el agua...pero ahora duérmete. Mañana presumo que será un gran día.

(40° día)
— ¡Despiértate Tito, despiértate mi amor! ¡Mira el cielo, es azul! ¡Mira don Noé como sonríe! Tiene en sus manos una paloma blanca que en su pico lleva una rama de olivo.
— ¡Hoy mi amor  has nacido por segunda vez!
Iris Menegoz

Conversación sobre un balcón

Le Balcon (1868-1869)
Edouard Malet (1832 – 1883)

—¿Sabes, Fanny, que no me gustan los balcones? — confió Berthe Morisot a su amiga, observando atentamente el retrato que la representaba en el centro del cuadro que lleva el mismo nombre.

Edouard Manet y Suzanne Leenhoff, su mujer, la habían invitado a su casa en Boulogne sur mer, con los otros protagonistas del cuadro, Fanny Claus la violinista, y el pintor Jean Baptiste Guillemet, jurado del Salón de los Artistas Franceses donde se había exhibido la tela en París en 1869. 

Acababan de terminar un almuerzo ligero en el comedor. La mesa estaba cubierta por un mantel inmaculado cuya blancura iluminaba la habitación un poco oscura. El olor de medio limón acompañaba a las conchas de ostras que habían sido servidas en un lecho de hielo triturado en una bandeja de plata. Algunas rebanadas de pan negro con mantequilla salada, un vaso de vino blanco seco en un servicio de cristal componían los restos de la comida. La criada servía el té a las damas, los señores acababan de encender cuidadosamente un puro cuyo aroma invasivo comenzaba a empeorar el aire de la habitación. 

— ¿Y por qué? — preguntó Manet. 

— No lo sé, es como de pequeño burgués que observa al pueblo miserable que desfila bajo las banderas. Parece Madame Bovary.

— Pero sabes que me inspiré en el cuadro de Goya Las Majas con balcón.

— Peor aún, son mujeres galantes que se burlan de los fieles en procesiones durante la Semana Santa.

— Berthe, creo que lo que pasa es que no te gusta el retrato que te hice, no te sientes hermosa.

— No es cierto, me siento incluso demasiado hermosa. Los críticos ya me llaman “femme fatale”.

— ¿Por qué crees que es?

— Tu reputación, sin duda, después de Olympia y Le Déjeuner sur l’herbe

— ¿Qué puedo hacer? Nunca te he representado desnuda.

— Bueno, hete aquí: — dijo ella, podrías haberme dejado pintar a mí el personaje.



Jean Claude Fonder

Noche de alegría

El apartamento en el cuarto piso del viejo edificio constaba de dos habitaciones. Una era el dormitorio de Ana, Pablo y la niña Alicia de 7 años. La otra era de todo un poco. Cocina, salón, taller. El apartamento, evidentemente modesto, tenía un gran valor. Las dos ventanas asomaban a una de las calles más anchas, comerciales, y populares de la ciudad. Aquella mañana, todo el mundo loco de alegría tenía que pasar por allí. Era el 25 de abril 1945. ¡¡Milán era libre!!
Amigos, familiares, vecinos del pueblo empezaron a llegar muy temprano. Cada uno trayendo algo, queso, pan, vino, salami, fruta. Todos con ramos de claveles rojos para lanzar sobre la muchedumbre festiva, ruidosa que cantando saludaba la gente asomada a las ventanas mezclando el rojo de las banderas con el rojo de los claveles. Todas las ventanas de las casas alrededor estaban abiertas. (Solo las ventanas de los fascistas estaban cerradas. ¿Quizás se habían ido de vacaciones?)
La casa de Ana e Pablo parecía una estación de trenes. La gente iba y venía riendo, bebiendo, abrazándose, comiendo. Era de noche cuando todos se fueron. Ana puso Alicia ya dormida en su cama y empezaron a ordenar la cocina.
Ana fregaba los platos y Pablo, abrazándola por detrás le besó el cuello, le acarició el pecho y, como siempre, bastaron pocos minutos y ambos se encontraron tirados sobre la mesa haciendo el amor como locos entre migas de pan, claveles y rodajas de salami.
(No quiero extenderme en detalles porque como dijo el poeta "la luz del entendimiento me hace ser muy comedido").
Yo nací nueve meses después. Fruto imprevisto de una noche de alegría.
Iris Menegoz