El cuadro

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

¡Qué altos están esos escalones! Y peligroso además con esta alfombra que a veces se escapa de las pequeñas barras de cobre que lo mantienen unido a la escalera y se convierte en peligroso tobogán. No puedo ensuciarme, llevo mi hermoso traje gris, mi camisa blanca con el cuello bien tieso y la pequeña corbata verde que mamá me ha atado esta mañana. Sí, estoy vestido como un grande, excepto por supuesto mis bragas cortas, mis medias altas de lana y mis zapatos de charol.

Voy arriba a almorzar con mi tío Robert y mi tía Ginette. No es la primera vez que me invitan cuando reciben gente, sin duda importante. No lo sé, pero sé que mamá está orgullosa de mí, como cuando me envía al escenario a recitar Le dormeur du val, para ganar los concursos que se organizan en verano en los bares al mar.

Aquí es diferente, tengo que mostrar lo bien que puedo comer sin manchar mi traje. Lo mejor del espectáculo es cuando degusto un huevo mollet, después de cortarle la cabeza con un cuchillo.

No es que me divierta tanto, pero durante la cena, me gusta ver la mirada cómplice de la camarera del cuadro, ella es hermosa como mi mamá. Por supuesto no es lo mismo, pero ella también está bien vestida, muy cuidada, un collar bonito, y siempre unas flores con que realzarlo todo. Una persona hermosa, fresca y distinguida, pero sobre todo ella también es parte del espectáculo. El público que se ve agitarse a través del espejo bebiendo y hablando, echa a veces una mirada distraída sobre ella como sobre mí en la mesa de mis tíos.

— Pero este cuadro es una copia, —preguntó alguien.

— Sí, dice mi tío, —Un bar aux folies bergères de Manet.

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Jean Claude Fonder

Un bar aux folies bergères

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Marta se aburría mucho en este periodo de cuarentena sobretodo a la tarde, a la mañana no porque entre ordenar la casa y hacer el trabajo que le llegaba desde la oficina la mañana pasaba veloz. La tarde era eterna hasta las 19 que podía hablar con Marco su novio que estaba trabajando en la Casa madre de su firma que era a Copenaghen y non había podido volver en Italia. una tarde se puso a mirar un libro que había comprado en Paris el ano pasado y miro atentamente un cuadro que le gustaba mucho «Un bar aux folies bergères» de Edouard Manet. De repente estaba dentro al cuadro era la chica che controlaba las botellas de champagne, la fruta y lo pasaba a su compañero que lo daba a los clientes en el mostrador o lo ponía en las bandejas para los camareros que lo llevaban a las mesas. Le gustaba mucho se divertía por la atmósfera alegre y ruidosa. Sintió a un cierto punto algo húmedo contra la pierna y oyó miau miau, era su gata Cleopatra que quería comer porque había sonado, se levanto y pienso que lastima porque me estaba divirtiendo verdaderamente.

Gloria Rolfo

Amor imposible

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Siento aún tus labios henchidos de promesas mientras me dedicabas el concierto n. 1 para piano de Beethoven y entre tus brazos yo bebía esa música inmensa.

Pero nuestros destinos estaban envenenados, no podrían encontrarse jamás. Tú parecías siempre perdidamente enamorado, aunque luego me di cuenta de que era una actitud donjuanesca y por eso puse medio mundo entre los dos por no llegar a sentir jamás tu desamor. Te odio con todo mi amor, pero sigo repitiendo tu nombre como una jaculatoria.

Edouard, amor mío, sé que no morirás nunca, aunque la pandemia no dejó rastro de tus ojos barnizados de deseo ni de tus labios sedientos de besos.

Me parece escuchar tu voz, sentir tu aliento y tu ardiente mirada, pero sé que es una ilusión, eres una tenue brisa que acaricia mi rostro.

Maria Victoria Santoyo Abril

Delante de la barra

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

A Suzette no le gustaba el trabajo que tenía que hacer para ganarse la vida, así como tampoco le gustaba el ambiguo e inquietante mundo de los clientes de los bares. Los de este club la miraban siempre un poco torcido, no tenía una belleza particular, y menos aún mucho encanto, pero sus ojos brillaban frente a las “naturalezas muertas” de las botellas que servía.

Siempre elegantemente vestida pero torpe.

En el espejo, veía una fantasmagoría de luces pinceladas, la normal presencia festiva del público del Folies-Bergère, iluminado por la luz incandescente de las lámparas de cristal.

Un escaparate en la ventana era su mirador.

Esclavos de los hábitos y formalismos de una sociedad llena de estatus simbólico, escenario rodeado de pequeñas mesas alrededor de las cuales se sentaban hombres con elegantes cilindros negros y mujeres con binoculares. La cerveza inglesa también estaba muy de moda.

El espectáculo debía continuar de todos modos.

Lugar mundano y ruidoso, se convertía irremediablemente en un lugar agitado por la soledad y el silencio, una doble cara.

La gente hablaba, murmuraba, hacía comentarios y chismorreaba, muchos eran los habituales. Era un “tranche de vie” muy moderno. Arrebatar a la vida su lado. El estar allí era para ver y sentir lo grande y poético que se era con nuestras corbatas, zapatos de charol y vestidos engalanados.

Pero el espectáculo aún no había comenzado, de hecho, tal vez ya había terminado.

La revolución burguesa estaba sentada delante de la barra.

Luigi Chiesa

Cenicienta en Paris

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Son apenas las once y ya me siento cansadísima. Me duelen los pies. El traje es demasiado estrecho no puedo ni respirar. Me gusta este traje aún no sea mío. Me lo presta el director, forma parte de mi disfraz. Al amanecer como cenicienta me voy a mi cuarto llevando mi deprimente traje gris y mi abrigo de pelo artificial.  ¡Aquí viene Mr. Cochon! Un día de estos le contestaré que si… que me voy con él. Es viejo, bastante viejo, pero es ricachón. Cada noche me dije que me quiera y que me compraría un apartamentito y que nunca más tendría que trabajar. A mí me da asco trabajar en este lugar. Detesto estos ricos siempre tan falsamente contentos.

Puede ser que es un poco como hacerse de puta pero por el amor habrá tiempo, después de todo tengo sólo 17 anos.

Iris Menegoz

Fase 3

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet
¡Hola, chicos! ¡Que alegría!
 ¡Bienvenidos a todos!
 Me he puesto elegante por la reapertura de nuestro bar, pero, por favor, quedáis un metro de distancia entre sí, porque si ustedes crean aglomeración, Giuseppe ¡me va a imponer cerrar otra vez!
Graziella Boffini

El sueño de Suzón

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Todos saben que los críticos de arte critican.

Lo que critican de mí es la actitud indiferente. 

Pero no se trata de indiferencia, sino de cansancio. Es casi la medianoche y todavía el bar está repleto de gente. La música es un ronroneo, amalgamada al tintineo de las copas, a las risas agudas de las señoras y a las voces abaritonadas de los hombres. 

El corsé me molesta: aparentar una cintura tan fina pide sufrimiento. Y el ramito de flores tan bonitas en el escote me pica los pechos. 

No vamos a cerrar antes de las dos y, cuando por fin los clientes se vayan, tendré que limpiar vasos y platos y ponerlo todo en orden. Hace horas que estoy de pie con estas botitas estrechas: me duelen los tobillos, pero el patrón me dice que tengo que estar elegante…  Aunque ¡detrás del mostrador los pies ni se ven!

¡Ojalá pudiera hacer un buen matrimonio y librarme de este trabajo agobiante! Eso pienso cuando miro a los caballeros distinguidos en el gran salón, con su bigote bien arreglado y su sombrero de copa alta. Parece que sus miradas examinadoras intentan establecer un precio, porque a una camarera no se le pide matrimonio, sino otra cosa. Pero yo sigo esperando que algo bueno pase… Me siento un poco mareada, se me cierran los ojos. El cansancio, claro. Estoy agotada. Y de repente, mientras que mi cuerpo se queda inmóvil mirando con aire indiferente el salón, una parte de mí se desprende y da la vuelta por atrás, donde hay un mundo igual, pero diferente. Donde el caballero no me pide una copa ni me ofrece dinero, sino que me pregunta como me siento, si estoy cansada, o infeliz. 

El vaso que estoy limpiando se me cae de las manos y despierto.

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Silvia Zanetto

Negro

Esta soy yo, Suzon, buscando una salida. Descubro una puerta medio escondida. La cruzo, atravieso y salgo. Salgo del espejo. Salgo de este lugar, de este estanque de personas que, a pesar de estar hablando, parecen silenciadas. Me quedo al otro lado del espejo. Aquí, en esta sala elegante, estoy de camarera, me apoyo en la barra y espero a los clientes. Me llegan las voces, alguien cuenta, uno comenta, otros se están riendo. Qué raro, en el espejo el reflejo me hace inclinar el cuerpo hacia adelante para hablar con un caballero. Pero ¿quién es? ¿qué quiere? Mi reflejo hace como si no entendiera lo que le propone. Además, ni siquiera le gusta. ¿Es esta la realidad? Aquí cerca de la barra no hay nadie y yo estoy cansada, triste y un poco aburrida. Te espero. ¿No pensarás darme plantón hoy también? ¡Qué alivio, por fin has llegado! Ánimo no te detengas, el hombre que ves es una trampa del espejo, no es un cliente. Acércate, no te invitaré a una copa amarga de mi tristeza, te brindaré una calurosa bienvenida y caeré en tus brazos otra vez, atrapada. Y mientras vamos alejándonos de la barra llevando una botella de champagne, te haré cruzar la puerta y entraremos en el espejo para descubrir si la realidad está dentro o fuera. O bien si todo solo es una ilusión.

Raffaella Bolletti

Un mal encuentro

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Ana tenía la capacidad de evocar imágenes con su música, cuando tocaba el piano la música pintaba temporales con los relámpagos, los campos con el trigo ondulando por la lluvia. Terminado el concierto, descansó un rato en el vestuario esperando que Jorge viniera a recogerla para ir al restaurante donde los amigos la celebrarían como siempre. No tenía tiempo suficiente para mudarse el vestido y decidió ponerse el abrigo y el nuevo sombrero que brillaba en la noche como si las estrellas fueran sentadas en su cabeza. Cuando oyó golpear se levantó con una sonrisa que se apagó al abrir la puerta y viendo entrar a un señor calvo, más bien dos mellizos y de repente su mundo se oscureció. Amiguitos de Don Ramiro, el viejo profesor de música con los brazos flácidos y la barriga con pliegues, que en cambio de una casa y de las clases le exigió caricias, venían con el propósito de recibir el mismo tratamiento. Verdad y mentira peleaban en su cabeza; nunca había hablado a Jorge de su pasado, ahora debería renunciar a sus deseos más profundos. No, no podía ser, su vida destruida, no: la defendería dientes y uñas. Y supo en aquel momento que las horas de los mellizos estaban contadas.

Elettra Moscatelli

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Cuando yo era joven, el futuro se presentaba como un arcoíris de colores. Ahora, nuestro futuro parece un agujero negro y amenazante, con todos los colores que teníamos antes totalmente cancelados.

Cuando éramos jóvenes, el futuro se podía dibujar más o menos exactamente, con la seguridad que daba eso y nos mostraba un camino; ahora todo parece dudoso, improvisado.

El agujero negro podría comernos de repente y dejarnos sin futuro.

En el momento presente no podemos programar ni tan siquiera el futuro próximo, nada de vacaciones, tenemos que quedarnos donde estamos.

Todas nuestras citas y las de nuestros amigos han sido retrasadas. ¿Pero hasta cuándo?

Simonetta Ferrante………………..

De película

Siempre he deseado vivir como dentro de una película. Evidentemente mis deseos fueron escuchados, pero no entendidos puntualmente.

Yo me imaginaba esos bulevares con altas palmeras a los lados que dejan la luz jugar con las sombras, idealmente construidas para recorrerlas sobre un cabriolet blanco, quizás un Jaguar, con asientos de verdadera piel clara, del goloso color caramelo del manís, el mismo color del azúcar tostado. Y yo conduciendo, el cuello adornado con un pañuelo de seda colorida de Hermes, la cara medio escondida tras unas enormes gafas de sol, estilo diva, Gucci por supuesto.

No pensaba que, al contrario, terminaríamos en una peli con guión de ciencia ficción, pero no una estereotipada con astronautas, base lunar, ovnis y extraterrestres verdes con piel de lagartija, además de la obligatoria babita gelatinosa a lado de las bocas con dientes que ni los tiburones primitivos, sino una del género futuro distópico.

Ahora sí que lo nuestro es de película, estamos en una oximórica ucronía de tiempo presente, con cotidianos decretos de leyes contradictorios, finalmente dándonos cuenta de que la sanidad pública había sido derrotada.

Estamos enfrentándonos a un enemigo invisible, un parte de guerra que empezó con una simple gripe que no era tan simple, causada por comer murciélagos, perros, gatos tarántulas sin tan siquiera cocinarlos, los poderes fuertes, el 5G, el 8K, los Mayas que se equivocaron por ocho años, el investigador incapaz que lo dejó escapar del laboratorio por una distracción.

Ahora estamos esperando la inmunidad del rebaño, ni que fuéramos ovejas, ya acostumbrados contar muertos cada día a la hora del aperitivo, con el miedo de que pueda mutar, siguiendo a los que tiran piedras a los que hacen footing y acabando con guardia di finanza, helicóptero y drones persiguiendo a un despistado paseando solo con su perro en la playa. Sin olvidar los que se murieron de verdad, inclusive escritores, famosos, médicos, enfermeros, desconocidos, ancianos, jóvenes, y otros que no están en la lista.

Graziella Boffini

Arauca – Coveñas

Estoy de nuevo ante el mar de los siete colores y todo parece igual, los manglares que crecen en aguas salinas, pero en la playa noto que la arena fina de Coveñas tiene manchas de piel curtida. Esa linfa viscosa viene del subsuelo de las llanuras donde se calcula la distancia en días a caballo, a mil kilómetros del Caribe. La linfa de la tierra viaja por tubos que desangran los depósitos subterráneos de las llanuras del Orinoco y se la llevan hacia el norte. A su paso quedan ambientes desolados, ríos contaminados, tierras anegadas de petróleo y en el mar, las petroleras dejan su huella mortífera.

Monstruosas máquinas escarban el vientre de los llanos y, en marzo de 2014, una sequía sin precedentes dejó decenas de miles de esqueletos diseminados por la llanura, los acuíferos habían sido horadados y el agua había desaparecido. Los estudios de vulnerabilidad de años atrás decían: “amenaza de alto grado”.

El grito agonizante de chigüiros, caimanes, vacas, se desvanece en el aire. ¿Qué nos espera en el año 2050?

Me zambullo en el mar para alejar el hedor de los cadáveres resecos allá, tantos kilómetros abajo.

Maria Victoria Santoyo Abril

Una decisión difícil

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

El futuro que imagino está muy lejos. Veo una hermosa playa de arena fina y dorada con el mar claro lleno de pequeños peces nadando en la orilla, veo una casa en medio de un bosque con un césped de flores. Es lo que me ofrecía cada verano de mi vida y que nunca aprecié lo suficiente, deseando ir a otros lugares. Ahora todo esto me parece un regalo maravilloso y es donde desearía poder ir con toda mi familia y ver a mis viejos amigos.

Esta horrible emergencia que nadie hubiera imaginado, nos ha enseñado a apreciar más lo que tenemos. Nunca quise abrazar y besar a mis amigos tanto como ahora, y entiendo que elegí a las personas adecuadas porque extraño su presencia.

En esta situación no faltan preocupaciones, el dolor por los muertos, el miedo de enfermarse y de no tener los medios para vivir, sin embargo, tuvimos mucho tiempo para reflexionar.

En realidad, tenemos demasiado, y podemos renunciar a algo y dárselo a quienes más lo necesitan. Encerrados en casa, el mundo ha mejorado, los niños se han quedado más con los padres quienes siempre trabajan y nunca tienen tiempo para

ellos, los animales ya no se sienten amenazados, no hay ruido, el aire está limpio e incluso en Milán puedes respirar bien si no contraes el virus….

Me pregunto si en futuro, cuando volvamos a la normalidad, recordaremos los valores verdaderos o si comenzaremos a comportarnos como antes.

Leda Negri

Regreso al futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

El olor a pan, un olor de mi infancia; el sol, que hace sonreír a nuestra vieja ringhiera; las aves que cantan de nuevo; la frescura del aire, un verdadero decorado primaveral para el nuevo día. Me despierto. 

El timbre de mi puerta resuena en el silencio matutino. Alegremente voy a abrirla. 

—¿Quién es?

—Tu vecina, responde una voz joven y femenina.

Abro sin miedo. Una mujer hermosa y despeinada me sonríe francamente a pesar de la máscara, está en bata rosa y usa guantes. La reconozco. Es la persona que vive al final de la ringhiera. Nunca habíamos hablado. Creo haberla visto alguna vez en el ascensor. Hay que decir que, como en todas las grandes ciudades, entre vecinos apenas había contactos.

—Te he traído dos porciones de la tarta de verdura que acabo de hacer, es demasiado para nosotros.

¡Que maravilla! No sólo ese perfume que me rejuvenece, sino también el hermoso aspecto dorado de la tarta que rebosa salsa bechamel y que me anuncia un pequeño festín. Confundida de emoción por este gesto inesperado, se lo agradezco calurosamente.

—Sé que bajas la basura por la noche, déjala aquí cerca de mi puerta. Tengo que llevar la mía también y, como es mejor no usar el ascensor, bajaré también la tuya.

¿Qué más puedo decir? Al día siguiente la vecina de abajo nos propuso ir a comprar el pan, la portera nos hace la compra en el supermercado, la vecina de la otra esquina organiza todas las noches un aperitivo de ringhiera, a distancia, cada uno detrás de la celosía que da al balcón. 

¡A su salud! ¡Hablemos por Whatsapp!

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Jean Claude Fonder

Profesional

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Dijo el viejo Seneca: 

— ¡Espera en el futuro sólo quién no sabe vivir el presente!

A estas alturas de mi vida, mi actitud frente el futuro es muy distante.

Nunca fui una ferviente partidaria del futuro, ni siquiera cuando era joven. Pronto comprendí que esperar en el futuro era caer en una trampa. El futuro es mentiroso, te engaña, te toma el pelo. Demasiadas veces mi futuro ha cambiado en un día. No puedo confiar en él.

Hoy es mi futuro.

Esta noche es mi futuro.

Aún así, hablar de futuro en estos días pendientes y turbios, me parece arriesgado, como si jugáramos a la «Ruleta Rusa».

Iris Menegoz

El don

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Soñaba mucho, era su fuerza, podía dormir muchas horas, y por la mañana cuando se despertaba le gustaba volver a dormir para repasar los sueños que había tenido durante la noche. Quería asegurarse de que los recordaba bien para poder contarlos, incluso si algo cambiaba en la narración. Era un don natural suyo, una notable fuente de inspiración, por lo que incluso durante esos días de “encarcelamiento” forzoso no querría salir. Quedarse en casa era sublime, no era una restricción, era como presionar un botón de la máquina del tiempo y empezar a soñar. Podía elegir el futuro o el pasado, normalmente elegía el pasado que proyectaba hacia el futuro, recordaba los momentos más bellos de su infancia, los días fríos y nevados y el calor de las mantas. Hubiera querido que esos momentos mágicos volvieran, hechos de oscuridad, ternura; cuentos de hadas y gnomos, duendes y extraños animalitos con nombres curiosos. El futuro no le reservaba mucho, y entre el pasado estaba el presente y la vuelta a la normalidad, lo que más temía.

Recordaba siempre un poema de Raymond Carver, un papelito que guardaba un poco arrugado en su cajón:

 …esta mañana hay nieve por todas partes. Hacemos comentarios al respecto.
 Me dices que no has dormido bien. Yo digo que yo tampoco. Tuviste una noche terrible. “Yo también”.
 Estamos extraordinariamente tranquilos y tiernos el uno con el otro,
 como si cada uno de nosotros percibiera la fragilidad mental del otro.
 Como si supiéramos lo que siente el otro. No lo hacemos, por supuesto. Nunca es así. No importa.
 Es la ternura lo que me importa. Ese es el regalo que me mueve y me sostiene esta mañana. Como cada mañana. 

No había futuro quizás, sólo pasado y vuelta a la normalidad. 

Luigi Chiesa

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Recuerdo que fue como si me hubiera despertado de una larga pesadilla. Eran malos tiempos. Tenía que marcharme cuanto antes. Dejarlo todo atrás, mi isla, mi casa, los pocos amigos y buscar un futuro que imaginaba linealmente hacia adelante. Eso era lo que deseaba. Tenía ganas de subir a mi pequeño barco pesquero y surcar las aguas. La cocina del barco estaba completamente abastecida con todo lo que necesitaría. Era tiempo de zarpar, finalmente sin equipamiento de protección individual, sin rumbo fijo, sin saber lo que me esperaría. Entonces me alejé del muelle para ganar las aguas del mar abierto. A solas con los sonidos del viento y de las gaviotas. Navegué algunas semanas por el Mediterráneo hasta llegar al Atlántico donde me abandoné a una locura seductora para perder la noción de una realidad devastadora. Me gustaba estar a merced de las olas. Una tarde me senté en la proa y cerré los ojos. Entonces imaginé tener en mis manos una bola de cristal que me permitiera ver el futuro, imaginé, también, disponer de la posibilidad de preguntarle a la bola hacia cuál de los puntos cardinales hacer rumbo. De repente tuve la sensación de que algo semejante a agua me mojaba las piernas. Probablemente me había quedado dormido un rato con la bola en el regazo. Al abrir los ojos me di cuenta de que tenía en la mano izquierda una copa de Cava que iba derramándose y que en el suelo estaba una botella vacía. Una vez desaparecido el efecto de la borrachera todo fue más claro. Tomé el timón y puse la proa al este hacia un nuevo amanecer. Mi futuro era esto: volver a mi pequeña isla y empezar desde cero.

Raffaella Bolletti

El futuro del futuro

Laura encendió el ordenador para empezar la clase. Uno a la vez, los ectoplasmas de sus alumnos iban apareciendo en la pantalla. Laura iba a silenciar sus micrófonos, pero decidió esperar un momento: en el vacío del apartamento en el que estaba encerrada desde hacía semanas, echaba de menos sus chistes ruidosos y sus preguntas inoportunas. Pero las caritas electrónicas y pálidas de los muchachos seguían calladas. “Vosotros sois el futuro del mundo” solía decirles antes, cuando los elogiaba e incluso cuando los regañaba. Ahora, le molestaba hablar de futuro hasta en sentido gramatical.

Era como verlo todo a través de un catalejo invertido, ahora que las preocupaciones pasadas por el futuro se habían convertido en mosquitos risibles y ya no molestos, ahora que un futuro inimaginable ya había llegado, cargado de soledades y videoconferencias, de camiones que se llevaban a los muertos a una sepultura indigna, ahora que abrazar a una persona querida podría convertirte en un ángel de la muerte.

Los chicos, cada uno en su rectángulo de la pantalla, iban apareciendo, saludaban tímidos o con desgana: había que empezar la clase. Laura tenía que explicarles los usos particulares del condicional. Empezó diciendo que en español el condicional es el futuro del pasado, por ejemplo: “Ayer me dijo que vendría a verme esta mañana”. 

De repente se preguntó si lo que decía tenía sentido, si lo que hacía tenía sentido. Observó las melenas rubias y castañas, las gafas, las sudaderas azules y violeta, las miradas atentas o aburridas, los flequillos, los ojos azules y negros, los granos en las mejillas, las caras somnolientas… “Vosotros sois el futuro, pero ¿de qué mundo?” 

No lograba imaginar el futuro del futuro.

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Silvia Zanetto

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Recuerdo que fue como si me hubiera despertado de una larga pesadilla. Eran malos tiempos. Tenía que marcharme cuanto antes. Dejarlo todo atrás, mi isla, mi casa, los pocos amigos y buscar un futuro que imaginaba linealmente hacia adelante. Eso era lo que deseaba. Tenía ganas de subir a mi pequeño barco pesquero y surcar las aguas. La cocina del barco estaba completamente abastecida con todo lo que necesitaría. Era tiempo de zarpar, finalmente sin equipamiento de protección individual, sin rumbo fijo, sin saber lo que me esperaría. Entonces me alejé del muelle para ganar las aguas del mar abierto. A solas con los sonidos del viento y de las gaviotas. Navegué algunas semanas por el Mediterráneo hasta llegar al Atlántico donde me abandoné a una locura seductora para perder la noción de una realidad devastadora. Me gustaba estar a merced de las olas. Una tarde me senté en la proa y cerré los ojos. Entonces imaginé tener en mis manos una bola de cristal que me permitiera ver el futuro, imaginé, también, disponer de la posibilidad de preguntarle a la bola hacia cuál de los puntos cardinales hacer rumbo. De repente tuve la sensación de que algo semejante a agua me mojaba las piernas. Probablemente me había quedado dormido un rato con la bola en el regazo. Al abrir los ojos me di cuenta de que tenía en la mano izquierda una copa de Cava que iba derramándose y que en el suelo estaba una botella vacía. Una vez desaparecido el efecto de la borrachera todo fue más claro. Tomé el timón y puse la proa al este hacia un nuevo amanecer. Mi futuro era esto: volver a mi pequeña isla y empezar desde cero.

Tatiana Guarnizo