Una pasión devastadora

Algún día despertaré y dejaré atrás la pesadilla en la que se ha convertido mi vida.  Tenía todo para ser feliz, una mujer enamorada, una profesión independiente y exitosa, cobraba muy bien.  Pero el trabajo absorbía todo mi tiempo, afectando mi relación de pareja. En casa se respiraba un clima de tensión. Fue así que, para aliviar el estrés y experimentar algo nuevo empecé a jugar a los juegos del ordenador, máquinas tragaperras, casinos en línea, apuestas deportivas. Y un día el final empezó. Como una piedra caí dentro de un pozo oscuro. El juego se había trasformado en una pasión obsesiva y descontrolada que me empujó a intentar más, así que poco a poco la pasión por apostar se fue haciendo más fuerte. Nunca me retiraba, aunque sabía que iba a perder. Seguía repitiéndome a mí mismo la mentira <<esto lo dejo cuando yo quiera>>. Me abandoné al juego disipando mi patrimonio. Harta de esta situación mi esposa se fue. Afortunadamente el trabajo me iba muy bien. El dinero cobrado a los clientes, siempre en efectivo, lo utilizaba para apostar y, claro, perder. Un día la suerte dio un giro a mi favor y empecé a ganar pensando <<sí, ahora por fin me he convertido en un jugador afortunado>>, pero fue como un relámpago y todo volvió como al principio. Una noche mirando hacia fuera, me di cuenta que en el jardín la planta del fruto de la pasión había florecido. Al abrir la ventana la fragancia de esas flores me inundó sacudiéndome de mi pesadilla. <<Sí, mañana despertaré y reanudaré mi vida.>>

Raffaella Bolletti

Pasión

Pasión era cogerse del brazo y pasear por el patio bullicioso y el porche empedrado. De pasión nuestras miradas cómplices durante las horas de clase y las notas inocentes que nos dejábamos en la cajonera del pupitre o entre las páginas de los libros de texto. Hubo pasión en las canciones inventadas y en las poesías recitadas “tú un verso, yo otro”.

Olía a tiza, la pasión, y tenía sabor a palmeras de chocolate, vestía de uniforme azul marino y babi de cuadritos celestes. Flotaba en el autocar y en la capilla, en el salón de actos y en el gimnasio.

Pasión era odiar el viernes y anhelar el lunes.

Pasión fue añorar, durante mucho tiempo, lo que nunca ocurrió.

Ana Diaz

La casa del árbol rojo

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Estos últimos días, veía todo en blanco y negro, como en viejas fotografías. Despertándome esta mañana, de repente vi todo de colores muy vivos, irreales, incluso las sombras eran coloradas, sobre mi nariz tenía unas gafas extrañas que no podía quitarme y había palabras flotando por la atmósfera explicando que seres de otros planetas las habían enviado para ayudarnos contra el Coronavirus.

Simonetta Ferrante

La maison à l’arbre rouge

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Decidió aparcar en la pequeña plaza de la iglesia y bajó del coche. Su hijo estaba a su lado, un poco aburrido. No habían planeado ninguna parada, y menos en un lugar tan silencioso que parecía abandonado. Por el contrario su padre, un encorbatado ejecutivo, parecía feliz. Llevaba mucho tiempo deseando echar un vistazo a la casa rural con su solar colindante, que había heredado años atrás. Empezaron a subir por una carretera secundaria, sin asfaltar, estrecha, donde no podrían pasar dos coches a la vez. Una pequeña muralla, pintada de colores diferentes costeaba la carretera. Un poco antes de llegar a la curva, apareció su casa, de la que nunca se había interesado y que se había convertido en la vivienda de los campesinos que ya trabajaron para su abuelo. Había sido restaurada y pintada de un color verde claro. Detrás de la muralla se veía un pajar de espigas de trigo. El cielo estaba despejado y azul. Toda la luz parecía estar en ese lugar, donde todo era ausencia. Ni agricultores, ni una herramienta, ni un rastrillo. El árbol de tronco rojo todavía estaba allí, más alto que la última vez que lo vio, proyectando su sombra en la pared de la casa. Aquel árbol de corteza lisa y fina como una piel, le despertaba recuerdos lejanos. Aquel árbol fue testigo y compañero silencioso de sus primeros amores, cuando se ruborizaba dando besos escondidos y abrazos torpes, un poco torcidos, como esas ramas. La melancolía lo llevó a pensar que tal vez había dejado pasar una parte importante de su vida sin hacer lo que de verdad quería hacer; tal vez tomaría la decisión de volver a sentarse bajo el amparo del árbol de tronco rojo. Su hijo, mientras tanto, ya había regresado al coche.

Raffaella Bolletti

El árbol pintado

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

En ese camino rural que me gustaba recorrer hacia el atardecer, se podía sentir una armonía y una tranquilidad casi absoluta. Especialmente en verano, con ese aire claro y limpio, con las casas alineadas de colores pastel; era una sucesión de diferentes situaciones de vida, los colores suaves eran iluminados por una luz suave pero particularmente brillante. El día se iba con el calor; con el sol debilitado, era el mejor momento para recoger ideas, para reflexionar y para conocer la noche, la mejor parte del día con sus matices que se desvanecen en el cielo.

El árbol estaba casi a la vista, se erigía hermoso, narciso con sus flores y orgulloso de su presencia. Esa temporada subrayaba su momento de gloria, parecía casi pintado, falso, irreal, pero un punto fuerte que destacaba en el campo provenzal. Todos la llamaban la casa del jardín con el árbol rojo.

Cambiaba durante las estaciones, en primavera con hojas más verdes, en otoño las hojas rojas se mezclaban con el tronco, y en invierno se desvanecía con las heladas, pero su corteza siempre permanecía de ese color brillante.

Me encantaban esos colores, era el último pasaje para ir al mar, al promontorio donde yo terminaba mi camino para ver el sol zambullirse en el mar con su «rayon vert». El sol, tan rojo como el árbol, que lanzaba su último grito, su «flash» antes de desaparecer para dar paso a la noche y a sus sueños.

Luigi Chiesa

Trasquera

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Para llegar al pueblecito de Trasquera, cercano a la frontera italiana con Suiza, hay que recorrer una estrecha carretera que sigue el relieve de la montaña y cruzar por el puente del Diablo, sobre un abismo. Este camino abrupto termina en una explanada luminosa que mira al sur. Camino entre sus callejuelas desiertas, entre casas de piedra, plazoletas con fuentes que son el único murmullo en ese lugar silencioso. Veo a lo lejos a una anciana que, con paso cansado y un gran ramo de flores blancas se dirige hacia una zona en el extremo de la zona habitada, me dedico a seguirla para que sea mi guía involuntaria.

Las bardas están pintadas con colores claros: verde limón, blanco deslumbrante, azul claro… sobresalen copas de árboles frondosos y el aroma de las flores es intenso. La verja metálica por la que entra mi guía está abierta, entro a ese jardín, que es, en realidad, un cementerio con tumbas muy antiguas, algunas con inscripciones borradas por la intemperie. Calculo edades de los sepultados, leo nombres y apellidos españoles, ¡qué raro! Estamos en Italia. Encuentro a la señora que me guió hasta allí y como estamos solas, nos ponemos a charlar; noto que lleva pendientes y colgante de oro toledano damasquinado, como los de la tradición artesanal de Toledo y al alabar sus joyas, me contó que es tradición de ese pueblo, pero que ya no queda quien fabrique tales objetos. Los últimos artesanos ya han muerto. La dejo y sigo recorriendo este lugar de paz, con vistas espectaculares sobre las montañas y el torrente profundo que es como el foso de defensa de un castillo. Fantaseo pensando que, a lo mejor, los españoles que se refugiaron en este lugar apartado y hermoso eran hebreos sefarditas que huían de las persecuciones de los reyes católicos. Habrán atravesado el sur de Francia y esta zona fronteriza tan áspera y casi inexpugnable les habrá parecido el refugio ideal para quedarse. La memoria se ha borrado carcomida por el tiempo, como las inscripciones en las tumbas más antiguas.

Hace calor y el sol está en su cenit. Contemplo el panorama desde ese mirador que se asoma sobre el precipicio, hasta que me saca de mi ensimismamiento el silbido de una víbora. Lentamente, me repongo del atávico terror y me alejo buscando la salida. Estoy completamente sola, sobre una hermosa tumba antigua está el ramo de flores blancas.

Maria Victoria Santoyo Abril

La invitación de Rebeca

Cada noche vuelvo a verlo, labrado en mis ojos recién cerrados, y sé que no me permitirá conciliar el sueño: sus ramas rojas retorcidas en un ademán de congoja, la una estrangulada por la hiedra, la otra mutilada, la otra reseca y sin una hoja, a pesar de que estábamos en junio.

La invitación de Rebeca para que fuera a verla me había sorprendido: siempre era ella la que venía a mi casa, se quedaba a merendar un chocolate caliente o un helado y luego, juntas, hacíamos los deberes. Nunca mencionaba a su familia y cambiaba de tema frente a mis preguntas, a veces tímidas, a veces insistentes. Pero aquel viernes me propuso “Ven tú a mi casa” y la curiosidad empezó a hervir en mi cabeza.

Pero… el árbol, decía antes. Las sombras grises de sus ramas en la pared amarillenta de la casa evocaban a un hombre ahorcado. A lo mejor era aquella luz de inicio de verano lo que me aturdía, el azul exagerado del cielo, el exceso de silencio en una tarde resplandeciente. No había pájaros cantando, ni un soplo de viento, ni se podía adivinar un horizonte detrás de la esquina.

“Rebeca ha muerto” entendí de golpe. “Por eso me pidió que viniera”.

El amarillo dorado de la gavilla de trigo detrás de la tapia brillaba de alegría, se reflejaba en el empedrado soleado de la calle desierta. El engaño de los colores tiernos del muro me invitaba a entrar. “Rebeca ha muerto” me repetí a mí misma. Me acerqué a la puerta, resuelta a entrar, pero no había timbre ni tarjeta con apellidos. Oí la voz de Rebeca que me llamaba detrás de la esquina y corrí hacia ella.

Silvia Zanetto

El árbol rojo

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Julieta, ante la tumba abierta donde yace el cadáver de su marido, esboza una sonrisa. El velo que oscurece su rostro disimula con gran dificultad la alegría que la invade. El cementerio sombreado del pueblo donde vivió su juventud siempre le regalaba serenidad, sobre todo cuando el sol encantaba la frescura matinal de sus colores nítidos y precisos. Después de la ceremonia, cuando hubiera saludado a la última persona, se dirigiría hacia el camino que amaba. El que desde su infancia recorría con el temor de no encontrarlo.

Se llama el paseo de la casa del árbol rojo, su belleza es inigualable, y el tiempo pasado no puede cambiar eso. Un desenfreno infinito de colores armoniosos, un camino amarillento rodeado de verde oscuro, que bordea una pared de colores pasteles, que une una serie de edificios verdes pálidos, para poner en escena un árbol torturado de color rojo, que despliega sobre el fondo del cielo azul un campo sembrado de flores pequeñas blancas y rosas.

Un día, yo tenía unos 8 años, él surgió de entre los dos arbustos que guardaban la entrada al patio de la granja. Era hermoso como un dios, un pequeño rubio despeinado, pantalones cortos y olor a estiércol. Pasó corriendo a mi lado, ni siquiera sé si me vio.

Así es como conocí a Alain, que debería haber sido el amor de mi vida. Naturalmente, él no lo supo hasta más tarde, cuando nos encontramos en la misma clase de segundo en el colegio Saint Boniface en Aviñón. Entonces era un adolescente de 18 años con el que todas mis compañeras habrían querido salir. Debería haber tenido ventaja. Lo conocía, éramos del mismo pueblo. 

Desde que lo conocí la primera vez, me las arreglé para pasar lo más a menudo posible por el camino de la casa del árbol rojo. Quizás jugaba en el patio de la granja, así que podría aventurarme a hablar con él. Relacionarse con él no era fácil, era hijo de un granjero, mi padre como médico del pueblo era considerado un extranjero, y él era un año mayor que yo, así que no estábamos en la misma clase en la escuela.

Sin embargo, yo quería ser su amiga. Bueno, lo que se puede ser amigo entre chico y chica. Nunca estaba libre, cuando no trabajaba en la granja, jugaba al fútbol con sus compañeros de clase. Cada vez la decepción era grande, yo tomaba el sendero y, pasados los dos arbustos, descubría que él no estaba en el patio. 

Por fin, una vez lo encontré sentado en una mesa cubierta con un mantel de grandes cuadros, instalado cerca de la casa en una pequeña terraza de madera protegida por un pequeño techo. Parecía muy ocupado. Me acerqué con cautela.

—¿Cómo te llamas? soy Julieta. ¿Qué haces?

Él no me respondió, pero lentamente me mostró las páginas de su herbario. Era muy cuidadoso. Había hojas y pequeñas flores que secaba meticulosamente entre dos hojas de papel secante presionadas por un diccionario grande. Su mirada se dirigió hacia el árbol rojo, el azul insondable de sus ojos me subyugó en ese momento. Nunca lo olvidaré.

Fue esta mirada la que me turbó de nuevo cuando eligió sin decir palabra sentarse a mi lado en el banco de la clase de segundo. Casi nunca hablaba, incluso cuando le preguntaban los profesores, lo que aumentaba el misterio que lo envolvía. No sabía qué hacer para romper el hechizo. Me sonreía, siempre era servicial, pero en silencio. Mi lugar estaba contra la pared, tenía que levantarse cada vez para dejarme pasar, podía observarme a su gusto, y a veces me las arreglé para rozarlo. Me vestía simplemente, como era necesario en el colegio, sin maquillaje, sin perfume, habría sido una lástima desnaturalizar el hermoso olor campestre que emanaba de él. Un botón olvidado no era tan malo, estaba bien dotada. 

Lo intenté todo, me ofrecí a ayudarle en las materias que se le daban peor, y eran muchas, había repetido el año. Una vez le pregunté si todavía tenía su herbario. Su reacción fue casi brutal, por primera vez. Se levantó y pidió permiso para salir. Me quedé desconcertada, parecía un tema tabú.

El lunes siguiente, se disculpó y aceptó que tomáramos un café juntos en un pequeño bar cerca del colegio. La tarde antes de salir de la escuela, me preparé cuidadosamente delante del espejo del baño, probablemente no tendría otra oportunidad. 

Su herbario, lo había comenzado con su madre. Ella había muerto, un cáncer se la había llevado. Quería seguir adelante, a pesar de que su padre lo consideraba un juego de niños y le prohibía ocuparse de ello. No quería ceder, pero no conocía bien las plantas, excepto su árbol, el árbol rojo. 

—Yo te ayudaré, — le dije, —conozco bien los árboles, cuando estaba en sexto grado, también empecé uno. 

Era cierto, era parte de las estrategias que me había inventado para descongelarlo. Esperaba conocerlo. Cada fin de semana, el árbol rojo, la pared pastel, los dos arbustos formaban parte de la cita, pero cuando entraba en el patio, no había nadie bajo el porche. En la secundaria, durante el recreo, nunca lo vi.

Ahora en segundo, teníamos una pasión en común, nos veíamos cada vez más a menudo, yo subía alegremente el camino amarillo, cada vez con un vestido más corto, la estación lo permitía. Pero para llegar a pequeños toques, por no decir besitos, tuve que esperar casi hasta el final del año escolar.

Aquella mañana estaba finalmente desnuda, descuartizada de placer, sumergida en las profundidades desconocidas de esa mirada sin fin. ¿Qué buscaba en mí ese chico de corazón simple? 

No me atreví a descubrirlo. Pocos días después de nuestra aventura, Alain abandonó sus estudios. Me casé por voluntad de mis padres con un médico. Cuando volví a ver a mis padres en el pueblo, intenté dar un paseo hacía la casa del árbol rojo, sin éxito. Pero yo sabía que él se había hecho cargo de la granja y que nunca se había casado.

Hoy esta decidida, el paseo la espera, lo sabe.

Se detiene un momento más en un banco, la sombra en el cementerio parece retenerla.

Piensa en él, se sumerge en el azul de sus ojos, se ve acostada a su lado. Duerme, su pelo es rubio como la paja. ¿Cómo va a estar hoy?

De repente se levanta, va hacia el camino que bordea la casa con sombras coloridas, el árbol, el árbol rojo está allí, cada vez más torturado, cada vez más hermoso.

Jean Claude Fonder

Body Gard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.

Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.

Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.

Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.

Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.

Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…

Iris Menegoz

En busca de la pareja perfecta

Personajes (en orden de aparición):

El Amarillo
El Rojo
El Naranja 
El Azul
El Verde 
El Violeta 
El Blanco
El Negro
El Amarillo es vivaz y alegre, pero está cargado de celos.

 El Rojo es el más caliente, pero su uso desmesurado puede causar agresividad, mira lo que hace a los toros.

 El Naranja es la combinación de los dos, podría ser mi favorito, es energético, vitamínico y me da alegría, pero no pega con mi piel. No, no pega para nada, lo siento, somos incompatibles.

 El Azul me lleva al cielo y al mar, pero también a los lugares de trabajo, trajes de oficina, batas y monos de obrero.

 El Verde es sinónimo de naturaleza y relax, pero ahora que lo han elegido los soberanistas...

 El Violeta: de carácter filosófico y profundo, pero demasiado cuaresmal, empapado de sentimiento de culpa.

 El Blanco: es puro, luminoso, casi divino. Me encanta, somos imprescindibles los dos, pero su alma se mancha demasiado fácilmente.

 El Negro: es siempre elegante, me fascina, pega con todo, aunque a alguien puede parecer fúnebre, lo es solo por costumbre europea. ¡Decididamente mi favorito! Es el mejor compañero de las mujeres. Un verdadero caballero: te hace parecer más fina, sobre todo más delgada.
Graziella Boffini

No pienso vestirme de negro

El aire estaba denso, negro, silencioso. La casa parecía enfundada en una oscuridad calurosa. Ningún perfume a heno llegaba de los campos, ni una luciérnaga que iluminara la noche sin luna.  La luz eléctrica, de un blanco tajante, recortaba el porche de la casa en zonas rectangulares.

Laura se había quedado afuera.

—¿Pero ¿qué te has puesto? —Le preguntó su hermano, mirándole las piernas pálidas bajo la minifalda rosa.

—Y ¿a ti qué te importa? Hace calor… Acaso ¿quieres que me ponga ya de luto? Mira que no pienso vestirme de negro ni después. Es más… tampoco pienso entrar.

— Entonces, ¿para qué has venido?

La mujer miró a su alrededor como en búsqueda de una respuesta, pero el aire negro le devolvió su pregunta.

Su hermano se había encendido un cigarrillo y lo dejaba consumirse sin fumarlo. Laura se sentó en los peldaños, abrazándose las rodillas. Desde lejos, se oyó el ruido de un tren.

— ¿Así que no vas a entrar? Le he dicho que estás aquí. Hoy está todavía consciente, pero mañana podría ser demasiado tarde, podría no reconocerte… Laura, es tu madre.

Roberto era el hijo perfecto, joven, educado, exitoso en los estudios, a punto de licenciarse a los veintitrés, prometido con una buena chica. El hijo deseado y buscado. A ella, en cambio, nunca le habían perdonado haber nacido demasiado temprano, para destrozarles la juventud a unos padres de veinte años. 

Miró a Roberto: estaba muy delgado, las ojeras marcaban sus ojos verdes y su sonrisa impertinente, que ella había detestado tanto cuando era niño, parecía apagada para siempre.

— Y tú, ¿Cómo estás?

— ¿Acaso te importa?

— Me voy —murmuró Laura— Ya es demasiado tarde… ¿No quieres abrazarme?

Mirándose los zapatos, Roberto contestó:  

— No.

Silvia Zanetto

El agujero negro

La casa de la abuela era el mundo. Un universo que se expandía profundo desde el zaguán azulejado hasta la cocina trasera, a través de una sucesión telescópica de aberturas y cuartos que el dormitorio clausurado partía en dos.

Dicha habitación se encontraba entre las piezas de las tías y la que había sido de mi madre. A diferencia de las otras, daba a un pasillo corto y techado que unía el primer patio rebosante de helechos con el del fondo, usado como tendedero. Tenía, además, la particularidad de una puerta vidriada recubierta por cortinas oscuras, que siempre cerrada con llave se erguía como un patíbulo frente a una especie de gruta húmeda y gélida que era el baño. 

En su complejidad, el pasaje constituía aquello que durante la infancia llamábamos el agujero negro. Un lugar para sortear de prisa, gritando y corriendo a todo trapo. Pasar por el agujero negro significaba respirar hondo, tomar carrera y coraje y avanzar, el corazón en la boca, hasta llegar ilesos del otro lado, burlando los fríos mordiscos que desde el baño arañaban y el acoso incesante de aquella órbita ciega que desde su clausura nos rechazaba y atraía como un imán. 

En nuestros juegos de niños el vasto espacio de la casa se redujo a ese punto cerrado. ¿Qué escondía? Nunca lo supe. Quizás, como repetían esquivos los mayores, tan solo cachivaches. Solo mi primo siguió en los años relatando historias de muertos, hablando del antepasado ahorcado, de los ruidos extraños, de los llantos. De un mundo oculto en el agujero negro, algo que en ciertas noches, aún hoy no me deja dormir.

Adriana Langtry

Negro

Alto, de pelo negro, grandes ojos azules, atlético. Licenciado en derecho, se había convertido desde hacía tiempo en un letrado sin conciencia ni escrúpulos. Se desprendió de la toga negra y la colgó en el perchero. Por fin se acababa la semana laboral. Al salir a la calle mirando el cielo plomizo y gris del principio del invierno pensó que dentro de unas horas estaría en su casa del mar. Mañana, como siempre que estaba allí, empezaría el día tomando un café en la cocina, mirando el mar desde la ventana, luego daría un largo paseo por la playa. Más tarde se citaría con una chica que con solo verla se le aceleraba el corazón. Un cuerpo delgado, la sonrisa radiante, la capa negra con capucha que llevaba puesta para proteger su blanca piel de los rayos del sol, sus pies descalzos sobre la arena, siempre habían ejercido una gran atracción sobre él. Una chica prohibida, que acabó por ser su amante. Nerea, este era su nombre en clave, actuaba como enlace con el peligroso mercado negro de armas. Armas que él entregaba a los clientes que él mismo había defendido y que, a pesar de ser culpables de delitos, estaban en libertad gracias a él que no tenía límites a la hora de ganar un caso. A él no le importaba un bledo que fueran delincuentes. Pero aquel fin de semana Nerea no compareció en la playa. Su móvil estaba desconectado. En la orilla del mar solo encontró la capa negra con capucha. Permaneció sentado en la arena, envuelto en una sombra fría, bajo un sol negro, como un total eclipse. Los pocos transeúntes pasaban a su lado esquivando la mirada. El mar nunca devolvió el cuerpo de Nerea.

Raffaella Bolletti

Al revés

Didier siempre había querido un amigo «negro». A él, rubio de ojos azules y con muchas pecas en su rostro, le parecía extraño y al mismo tiempo intrigante, probablemente porque el contraste entre el blanco y el negro le atraía como le gustaban las fotos monocromáticas sin la presencia del color. Cuando era pequeño, no había mucha gente de color; en esa época la inmigración de los países africanos era muy limitada. Tampoco entendía la palabra «de color» que se refería a la raza negra. El negro era el color de la oscuridad, el hombre negro se lo llevaría, decía siempre su abuela, el agujero negro se lo tragaría. El negro significaba suciedad, y las manchas de tinta que hizo en su cuaderno eran negras. Su vida en blanco y negro sin ningún otro color. 

De adulto, le gustaban los libros de género «noir«, historias sobre la vida después de la muerte, zombis, el día de los muertos, rituales de vudú, novelas afrocubanas, bosques negros. 

¿Y si fuera al revés? 

¿Era el negro la parte hermosa y el blanco la parte mala dentro de nosotros?

Cuando vio a la chica en esa calle oscura y negra con tonos de piel de ámbar, se acercó; tenía un olor similar entre el cuero y el tabaco sucio, sus ojos eran muy claros, verde claro casi blanco. Una sonrisa brillante, dientes muy blancos reflejados en la luna, llevaba joyas de oro que parecían fosforescentes; un poderoso faro de luz blanca en la noche.

Luigi Chiesa

Una decisión difícil

Inés tuvo que ir al funeral de su esposo que había muerto repentinamente en Madrid. Habían estado separados por 10 años, tenían dos hijos y ninguno de los dos se había vuelto a casar.Comenzó a pensar en su boda, estaban muy enamorados, había sido felices por un tiempo, él había hecho una carrera y podían permitirse viajar, servidumbre y una hermosa casa, no les faltaba nada.

Con el nacimiento de los niños ella se dedicó por completo a ellos y después de un tiempo descubrió que él había comenzado a traicionarla. Pasaba varios días a la semana en Madrid y nunca cuidaba a sus hijos, aunque los amaba, quizás eran un impedimento. La situación empeoró y decidieron divorciarse.

Ella se quedó en su casa con los niños y él se mudó a Madrid, fue siempre muy generoso y la apoyó siempre, le ofreció varias veces volver a estar juntos, pero ella nunca había podido perdonarlo. Pensó con pesar que la vida sin él había sido tranquila, pero muy aburrida, era un hombre lleno de iniciativas que amaba las noticias, tal vez podría haberle dado una segunda oportunidad, pero ya era demasiado tarde.

Ahora tenía que empacar su maleta y decidir que vestido usar para el funeral ¿Negro o Rojo? Tomó un vestido negro del armario junto con una hermosa bufanda roja.

Leda Negri

Novelas negras

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Los dos hombres se acercan, levantan a Maroilles cada uno por un brazo, lo arrastran hacia el centro del avión, abren la puerta, y lo empujan. El Mediterráneo es de un azul violento, dos mil metros más abajo.

Cierran la puerta, todavía no es mi turno.

Tres días antes, almorzábamos juntos en un bar del viejo puerto de Marsella. Una pequeña furgoneta se detuvo de repente delante de nosotros, cuatro encapuchados armados hasta los dientes salieron y, antes de que nadie pudiera reaccionar, estábamos embarcados. Nos interrogaron por turnos. Los golpes llovían, golpeaban duro. A Maroilles ya lo había dejado casi muerto, tenía que hacer algo.

—Él no sabe nada, grité, perdónele la vida, soy el único que sabe algo, pero no diré nada.

Querían saber dónde habíamos escondido el dinero. ¿De qué dinero estaban hablando? No tenía ni idea. Y no me falta la imaginación. Soy autor de novelas negras, como la Casa de Papel, ya saben lo que quiero decir. Me gusta contar grandes golpes, cuidadosamente preparados, casi científicamente. Un poco de sexo, un montón de suspense, y si lo logro, hacemos con mi relato una película o una serie. 

Maroilles es el compañero de mi héroe habitual, nunca lo sacrificaría o al menos no lo mataría. No sé quién escribió este guion, no yo, por favor. Lastima que en los programas de TV se toman esas libertades. Conan Doyle nunca habría matado a Watson, aunque intentara matar a Sherlock.

Ahora tendrán que resucitarlo. Eso sí que voy a escribirlo yo.

Jean Claude Fonder

¡Socorro!

Hoy es un día especial; me llamó el director del banco informándome de que tenía una sorpresa para sus clientes y me fijó una cita para esta tarde.

Es una temporada muy afortunada, en este periodo negro del Covid19, me siento como el ganador de una medalla de oro en las Olimpiadas. Me acreditaron el préstamo por € 25.000 que el Gobierno asignó como incentivo para la economía y mañana empiezan las obras para la reestructuración de mi casa que saldrá prácticamente gratis ya que recuperaré el 100% del gasto. Bueno, ya estoy en el banco. Subo las escaleras que me llevarán a la oficina del director, empiezo a sudar, las escaleras nunca terminan, se están alargando, y yo subo, subo, una sensación de constricción cierra mi garganta, ahora las escaleras van cuesta abajo, voy corriendo y extraño los pasos debajo de mis pies, un calor impresionante, extraño el aire, estoy cayendo, más y más abajo, ¡socorro! ¡socorro! Y me despierto en un baño de sudor. 

Elettra Moscatelli