Negro

Alto, de pelo negro, grandes ojos azules, atlético. Licenciado en derecho, se había convertido desde hacía tiempo en un letrado sin conciencia ni escrúpulos. Se desprendió de la toga negra y la colgó en el perchero. Por fin se acababa la semana laboral. Al salir a la calle mirando el cielo plomizo y gris del principio del invierno pensó que dentro de unas horas estaría en su casa del mar. Mañana, como siempre que estaba allí, empezaría el día tomando un café en la cocina, mirando el mar desde la ventana, luego daría un largo paseo por la playa. Más tarde se citaría con una chica que con solo verla se le aceleraba el corazón. Un cuerpo delgado, la sonrisa radiante, la capa negra con capucha que llevaba puesta para proteger su blanca piel de los rayos del sol, sus pies descalzos sobre la arena, siempre habían ejercido una gran atracción sobre él. Una chica prohibida, que acabó por ser su amante. Nerea, este era su nombre en clave, actuaba como enlace con el peligroso mercado negro de armas. Armas que él entregaba a los clientes que él mismo había defendido y que, a pesar de ser culpables de delitos, estaban en libertad gracias a él que no tenía límites a la hora de ganar un caso. A él no le importaba un bledo que fueran delincuentes. Pero aquel fin de semana Nerea no compareció en la playa. Su móvil estaba desconectado. En la orilla del mar solo encontró la capa negra con capucha. Permaneció sentado en la arena, envuelto en una sombra fría, bajo un sol negro, como un total eclipse. Los pocos transeúntes pasaban a su lado esquivando la mirada. El mar nunca devolvió el cuerpo de Nerea.

Raffaella Bolletti