El cuadro

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

¡Qué altos están esos escalones! Y peligroso además con esta alfombra que a veces se escapa de las pequeñas barras de cobre que lo mantienen unido a la escalera y se convierte en peligroso tobogán. No puedo ensuciarme, llevo mi hermoso traje gris, mi camisa blanca con el cuello bien tieso y la pequeña corbata verde que mamá me ha atado esta mañana. Sí, estoy vestido como un grande, excepto por supuesto mis bragas cortas, mis medias altas de lana y mis zapatos de charol.

Voy arriba a almorzar con mi tío Robert y mi tía Ginette. No es la primera vez que me invitan cuando reciben gente, sin duda importante. No lo sé, pero sé que mamá está orgullosa de mí, como cuando me envía al escenario a recitar Le dormeur du val, para ganar los concursos que se organizan en verano en los bares al mar.

Aquí es diferente, tengo que mostrar lo bien que puedo comer sin manchar mi traje. Lo mejor del espectáculo es cuando degusto un huevo mollet, después de cortarle la cabeza con un cuchillo.

No es que me divierta tanto, pero durante la cena, me gusta ver la mirada cómplice de la camarera del cuadro, ella es hermosa como mi mamá. Por supuesto no es lo mismo, pero ella también está bien vestida, muy cuidada, un collar bonito, y siempre unas flores con que realzarlo todo. Una persona hermosa, fresca y distinguida, pero sobre todo ella también es parte del espectáculo. El público que se ve agitarse a través del espejo bebiendo y hablando, echa a veces una mirada distraída sobre ella como sobre mí en la mesa de mis tíos.

— Pero este cuadro es una copia, —preguntó alguien.

— Sí, dice mi tío, —Un bar aux folies bergères de Manet.

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Jean Claude Fonder