El futuro del futuro

Laura encendió el ordenador para empezar la clase. Uno a la vez, los ectoplasmas de sus alumnos iban apareciendo en la pantalla. Laura iba a silenciar sus micrófonos, pero decidió esperar un momento: en el vacío del apartamento en el que estaba encerrada desde hacía semanas, echaba de menos sus chistes ruidosos y sus preguntas inoportunas. Pero las caritas electrónicas y pálidas de los muchachos seguían calladas. “Vosotros sois el futuro del mundo” solía decirles antes, cuando los elogiaba e incluso cuando los regañaba. Ahora, le molestaba hablar de futuro hasta en sentido gramatical.

Era como verlo todo a través de un catalejo invertido, ahora que las preocupaciones pasadas por el futuro se habían convertido en mosquitos risibles y ya no molestos, ahora que un futuro inimaginable ya había llegado, cargado de soledades y videoconferencias, de camiones que se llevaban a los muertos a una sepultura indigna, ahora que abrazar a una persona querida podría convertirte en un ángel de la muerte.

Los chicos, cada uno en su rectángulo de la pantalla, iban apareciendo, saludaban tímidos o con desgana: había que empezar la clase. Laura tenía que explicarles los usos particulares del condicional. Empezó diciendo que en español el condicional es el futuro del pasado, por ejemplo: “Ayer me dijo que vendría a verme esta mañana”. 

De repente se preguntó si lo que decía tenía sentido, si lo que hacía tenía sentido. Observó las melenas rubias y castañas, las gafas, las sudaderas azules y violeta, las miradas atentas o aburridas, los flequillos, los ojos azules y negros, los granos en las mejillas, las caras somnolientas… “Vosotros sois el futuro, pero ¿de qué mundo?” 

No lograba imaginar el futuro del futuro.

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Silvia Zanetto