Felicidad mínima

Al atardecer de un domingo de inicio verano, regresaba cantando para mÍ misma un viejo estribillo de una canción que decía «de vez en cuando la vida te besa en la boca…» (¡Qué gusto da la felicidad cuando te agarra así, sin motivo!)».

Llegué frente a mi portal de vidrio y metal junto con la señora Benetti, una señora mayor gruñona y chismosa que vive en el tercer piso. Dimos tres pasos y me paré. Sentí como un puñetazo en el estómago y, con un nudo en la garganta, le pregunté.

“¿Está viendo lo que veo yo?»  Ella me respondió que sí.

A esta altura del cuento necesito describir cómo se desarrolla la entrada de mi edificio. Desde el portón hacia el ascensor hay un pasillo de aproximadamente veinte metros subdivididos de la siguiente manera: diez metros de pasillo, cinco peldaños, a la izquierda la portería y otros diez metros más allá el ascensor.

Hicimos los cinco peldaños y, cerca de la puerta de la portería (un hueco donde vive la chica rumana que se ocupa de la portería y la limpieza), vimos un excremento enorme.

“¡La culpa es de los malcriados que tienen perros!» dijo de pronto la señora Benetti.

«No» le respondí yo. «Aquí nadie tiene perros que puedan hacer cosas de este tamaño. Estos no son excrementos de animales. Esta es mierda, mierda humana».

Durante el trayecto en ascensor la señora Benetti siguió hablando mal de todos los extranjeros. ”¡Perezosos, animales sin vergüenza!”.

Yo no la escuchaba. Pensaba en la pobre chica que tenía que limpiar aquella falta, aquel desprecio, aquel ultraje. La señora Benetti bajó al tercero piso y yo seguí a mi casa, al sexto piso.

Abrí mi puerta, pero en seguida la cerré. Advertía que tenia que hacer algo para ayudar la chica rumana a borrar aquel insulto del cual no tenía ninguna culpa.

Con mi móvil llame a Elena (este es su nombre). Me abrió de pronto. Le mostré lo que había a un metro de su puerta. «Trata de encontrar una paleta y una escoba». Le dije con voz segura. «Te ayudo a limpiar este asco».

Me entregó una paleta y una vieja escoba, pero cuando se acercó aquel material tan enorme y maloliente se fue corriendo al baño de la portería y empezó a vomitar.

“No, Dios mío, no por favor, ¡Elena!”. Le grité yo.

La paleta era pequeña, la escoba pelada. ¡No era fácil trabajar con esa herramienta! Yo intentaba no mirar lo que estaba haciendo. Estaba muy concentrada en un solo pensamiento. «Estas haciendo la cosa justa». Entretanto oía las arcadas de Elena.

“¡Elena por favor deja eso!». Le grité otra vez. «Busca la llave para ir al bajo donde están los cubos de la basura»

Elena me precedía a lo largo de la escalera que llegaba al bajo. Intentando no caerme con mi inconcebible fardo, recuerdo que pensé “¿En qué basura se echa este material?»

Acompañada por la música de las arcadas de Elena, nos dirigimos a una especie de baño del sótano. Un agujero oscuro y maloliente con un lavabo lleno de agua gris donde flotaban cosas indefinibles. Para bien o para mal logré limpiar un poco la paleta y la escoba y regresamos a la portería.

Elena me abrazó llorando y, dándome las gracias, me dijo «Nadie habría hecho esto por mí”. Y yo, que notoriamente tengo un corazón duro y no me dejo impresionar fácilmente, le dije «Ni hablar, chica, vete a dormir.  Necesito beber algo fuerte».

Regresé a mi cuarto. Destapé una botella de vino blanco helado y mientras lo bebía me di cuenta de que me sentía bien. Al fin y al cabo había hecho algo que se acercaba a los principios en los que creía.

Que la vida podía ser una mierda ya lo sabía. Pero nunca habría imaginado que limpiar una mierda podía hacerte tan feliz.

Iris Menegoz

Lucca, un sábado de febrero de 2020

Despiértese con el sonido del piano che sube desde el salón. Sonría. Abra la ventana y goce de la vista de la campiña toscana. 

Desayunen hablando de las especies de pájaros que pueblan el jardín. 

Den un largo paseo en bicicleta siguiendo el curso del río Serchio. Tomen café en una terraza soleada de la piazza San Martino

Suban a la Torre Guinigi y admiren los tejados de Lucca. Bésense. 

Almuercen en la piazza dell’Anfiteatro. Hablen de la próxima Semana Santa, cuando vendrán sus amigos de los tiempos de Oxford. Sienta una punzada de inquietud pensando que no estará a la altura de esas personas. Aparte de su mente ese pensamiento disfuncional. 

Vuelvan a casa en bicicleta. Tomen el té de las cinco. Deje que él le lea un libro en su idioma. Hágale repetir los pasajes que más le gusten.

Póngase elegante para salir. Asistan a un breve concierto en el oratorio di San Giuseppe. Emociónese con las arias de Puccini que interpretan el tenor y la soprano.

Vayan a cenar. Conversen desgranando sus vidas. Sienta desazón al comprobar que la cultura británica nos es tan extraña a los latinos como la japonesa.

Vuelvan a casa. Enciendan la chimenea. Sigan conversando. 

Alégrense de haber vivido este día memorable, que en pocos días se convertirá en irrepetible. Ámense.

Ana Diaz

Un día especial

Laura se dio cuenta de que los días especiales podían ser muchos y no todos hermosos. Un día especial fue cuando ella volvió del trabajo y encontró a su marido Marco con 40 de fiebre y una tos muy fuerte y cavernosa. Llamó su médico que la invito a llevarlo al hospital donde él los esperaba. Cuando llegaron, les hicieron el tampón a ambos por precaución. El de Laura era negativo, el de Marco, que no conseguía respirar, positivo. Marco fue enseguida internado en urgencias y entubado. A Laura le preguntaron si había tenido contacto con ciudadanos chinos y Laura dijo que no, pero que sí había tenido una reunión con un colega alemán que trabajaba en China y que se había enfermado de coronavirus y que evidentemente había contagiado Marco. Para Laura ese fue un día especial pero muy terrible, uno de los peores de su vida. Durante quince días pudo ver a Marco solo a través del monitor de la zona de terapia intensiva. Un día, cuando llegó, Marco no estaba en urgencias y un médico se acercó a ella y, sonriendo, le dijo que su marido estaba mucho mejor y, por ello había sido trasladado a otra planta. Para Laura, el hecho de poder verlo y hablar normalmente con él fue hermoso y ese día fue especial y maravilloso como cuando, dos semanas después, Marco pudo volver a casa. Y uno de los momentos mejores de su vida, un día maravilloso y muy especial fue el día en que Marco hizo el segundo tampón negativo que certificaba que volvía a ser una persona sana. 

Gloria Rolfo

Un día particular

Hoy me desperté a las seis de la mañana, me levanto, tomo mis píldoras, me muevo al ritmo de una tortuga. Vuelvo a mi cama, inspiro, no quiero empezar el día y allí estoy, parada, esperando que llegue la realidad, la realidad que no es placentera, se me pone un nudo en la garganta.

Los sonidos han desaparecido, el nuevo silencio es una parte sórdida que uno tiene que aceptar. Cada acto y cada movimiento se vuelve precioso y más consciente.

Aprecio los objetos en mi casa, tienen colores que nunca he visto, los toco con amor, como reconociéndolos después de tanto tiempo viviendo juntos.

Las noticias llegan por el móvil, pantalla, diarios, te penetran con crueldad descomunal. Videos, siempre más videos que ya no tengo ganas de mirar. El tiempo parece extendido, cristalizado, suspendido.

Es un día particular que se repite desde hace dos semanas y… ¿cuántas veces seguirá repitiéndose? 

Simonetta Ferrante

Las langostas

Ese día Ramón estaba especialmente contento en el tren que iba a Cayo Levisa. El mar en ese pequeño pueblo de pescadores era diferente, el olor que el mar emanaba era particular, un penetrante sabor marino. Tenía que comprar algunas langostas para llevarlas a La Habana, y para ello tenía que llenar la nueva bolsa del gimnasio, el beneficio de la venta sería suficiente para tres meses. El Paladar se las habría pagado bien.

De camino a casa, su vecino le dijo: 

—¿Tuviste una buena compra hoy? — le guiñó un ojo sabiendo que el contrabando de mariscos estaba prohibido.

—¡Claro! Tengo una nueva nevera lo suficientemente grande para guardar todas las langostas. Esperemos que no corten la energía esta noche.

—He organizado una fiesta y están todos invitados… después de 11 pisos a pie se les servirá una buena cerveza fría.

El edificio en ruinas tenía un ascensor estropeado desde 1970 y nadie tenía un congelador.

También había invitado a Rubén, que había organizado una barbacoa la semana anterior con la carne del caballo que había muerto de enfermedad en su jardín.

— ¡La buena cocina, mata todos los microbios! — Decía la vieja Rebeca, que había sobrevivido al hambre y a la comida no especialmente sana.

Había puesto la música a tope para que todo el vecindario pudiera bailar.

Cuando llegó la policía, todos salieron de estampida, huyeron, se escondieron fingiendo no conocerse.

Tres años de prisión le dieron, y el abogado no logró convertir la sentencia en una ruta alternativa, limpiando la morgue. Había sido un día particular.

Luigi Chiesa

Un día particular

Los amigos, abreviando mi nombre, me llaman Lope. Cada día me asomo a esta ventana y escucho los ruidos procedentes de la calle, del jardín donde, por extraño que parezca, el perro ya no ladra. A veces me parece oír tu nombre en el aire. La vida de la gente sigue adelante, mientras la mía se ha parado en seco desde entonces. No es lo mío tejer telas interminables, prefiero escribirte una carta cada mañana y tirarla a la basura cada noche, para luego volver a escribir otra, día tras día. No puedo enviártelas, desconozco tu paradero. Me he quedado en mis aposentos en la planta de arriba. Preguntas sin responder me llenan la cabeza. Los días transcurren despacio y, en mi habitación, aparentemente soy inmune al dolor y a la soledad. Pero hoy 25 de marzo de 2020 me uniré a la fiesta que han organizado en la planta baja, celebrando un día particular dedicado a Dante Alighieri porque yo también, después de que te marchaste, he cruzado el Infierno de la desesperación, he pasado por el Purgatorio de la esperanza y… ¿Qué pasa? De pronto el perro ladra feliz, tu perfume me llena la nariz y sé que no es una broma de mis sentidos. ¡Has vuelto! No estoy preparada para una sorpresa tan grande. Tu ausencia me ha agobiado. Ahora necesito un poco de descanso, necesito que me cuentes qué regiones has visto, los olores que has capturado, quién has encontrado, y luego deja que yo pueda reconocer tus manos, tus dedos, tu cuerpo así que podamos volver a nuestro Paraíso. ¡Y que nadie se entere de nuestras cosas íntimas! Tendrá que ser un día particular.

Raffaella Bolletti

Un día particular

Nací con la primavera, un 20 de marzo de un milenio ya pasado. 

Algunas fotografías en blanco y negro me hacen revivir lo que la memoria ha tachado: un par de coletas con dos copos que imagino azules, mamá y la abuela sentadas cerca de la chimenea y una tarta demasiado grande para celebrar mis cuatro años.  

Un cumpleaños que no celebré fue el de los diez, cuando en la cocina silenciosa el tictac del reloj repiqueteaba el vacío que había dejado la muerte de la tía.

Otro fue el de los 18, cuando alcancé la mayoría de edad enferma en la cama, mientras mis amigas en la escuela se quedaron con el regalo en las manos, una maravillosa azalea que la boba de la bedela me entregó dos días después, antes de que mis amigas llegaran al instituto.

Un día único fue el cumpleaños de los cincuenta: había logrado alcanzar mi propósito, escribir una novela, y lo celebré por todo lo alto. Recuerdo una primavera particular y un mar de flores que casi no lograba llevarme a casa, la luz que caía oblicua de las lámparas de cristal, el brindis, los abrazos y los amigos que escuchaban páginas de mi libro… 

Pero el cumple más especial fue el de 2019: tuve la suerte de que el 20 de marzo fuera un miércoles de Tapañol. Había muchas personas en el bar librería Red Feltrinelli Brera con una copa en la mano, compartiendo con generosidad su propio cuento con amigos de siete países diferentes, todos sentados en la misma mesa.

El de hoy es un cumple de pantallas y de conexiones, con los amigos que me felicitan a través del móvil o del ordenador.

Todavía no sé si va a formar parte de los que celebré o de los que no celebré.

.

Silvia Zanetto

El día D

La calle está rigurosamente desierta, un perro triste deambula, casi no tiene carne en los huesos, la sombra de las casas que parecen vacías se alarga como en la escena final de un western cuando el héroe se aleja hacia el sol poniente. Y, sin embargo, mañana tendría que ser el día D. 

Nadie lo creía. La presidenta de la UP lo anunció y lo postergó tantas veces, este día particular en el que finalmente podremos salir, festejar, bailar en las calles, besarnos, … Ser libre de nuevo.

Cuando esto comenzó en China, nos pareció tan lejano, que bastaba con bloquear los vuelos, no frecuentar a los chinos e incluso a los asiáticos en general. Pero luego, muchos quisieron ser los más listos, los astutos, como dicen los italianos, y la enfermedad se propagó como la peste. El miedo ha tomado el poder y nos ha hecho entender finalmente que sólo la obediencia rigurosa a las medidas que preconizan los científicos, y sobre todo los que tienen experiencia, puede salvarnos. Tenemos que ser solidarios, aceptar la experiencia de los demás, volver a pensar nuestro modo de vida, de coexistir en este maravilloso planeta, nuestro bien más preciado.

Y todo empezó a cambiar, la contaminación en las aglomeraciones se ha desvanecido, los peces vuelven a frecuentar los canales en Venecia, los pájaros cantan en las ramas en flor, reina el silencio y permite a algún tenor improvisado entonar un “Oh, sole mio” triunfal.

La gente ha aprendido a sobrevivir, a reutilizar, a no desperdiciar. Globalización ya no significa comerciar sino comunicarse socializar y ayudarse mutuamente. Incluso los políticos populistas entienden que ya no interesan a nadie, los nacionalistas deben almacenar sus banderas y pensar planetariamente.

La Unión Planetaria ha nacido. Por ahora su único objetivo es salvar la humanidad. Mañana es el día D.

Jean Claude Fonder

Prensas de colores

A la prensa podemos vestirla de colores: amarilla, cuando llega la primavera y las primeras flores; rosa o del corazón, cuando se imprimen historias de amor; negra si es tremendista o si escribimos en la oscuridad. Quizás si la historia se mancha de sangre, la prensa se tiñe de rojo.

La prensa sería verde o de color paja si los textos fuesen escritos en hojas de papiro o pergamino.

Ahora anhelamos la prensa del color de la libertad de movimiento. 

Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, contra la prensa sensacionalista llena de titulares sobre catástrofes.

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”, eso dijo Don Quijote

Maria Victoria Santoyo Abril

El periódico del paquete

El paquete de periódicos estaba apilado allí en el estante de la antesala; yo acababa de llegar, había estado fuera todo el día y no había ido a trabajar. En mi casa, reinaba siempre un desorden atávico, había un montón de platos que lavar, ropa que planchar y el habitual olor a cerrado.

¿Qué día es hoy?, me pregunté; martes. La señora de la limpieza venía el sábado. Me llamó la atención un titular del diario que salía de la pila:

“La chica fue encontrada estrangulada en el tercer piso de una casa en la Calle de Alcalá 7 …” ¡Mierda! ¡Pero aquí es donde vivo yo!

La noticia ya estaba en todos los periódicos. Mi vecina, ¡eso no es posible! Inmediatamente fui a la computadora para averiguar más detalles. “Una mujer de unos cuarenta años, atractiva, ligada al mundo de la prostitución en el ámbito de los Grandes Eventos…” “Probablemente un asesinato de una ‘pago puta’ de encuentros por internet con caballeros maduros”.

 “Aquí encontrará texto, imágenes y otras informaciones sobre nuestros comunicados de prensa en versión electrónica, haga clic, si usted es un suscriptor”.

Normalmente tengo que leer artículos de prensa amarilla, del corazón, informes de crímenes, porque también soy periodista de investigación, pero tan pronto como puedo evitar leer todo este tipo de noticias, lo hago ya que con gusto tiraría este montón de tonterías a la basura. Noticias apreciadas por el público en general, “el pueblo debe ser educado”, me decían, la disquisición estaba en el método de educación.

Me miré en el espejo y vi la vejez en mi cara, el pelo que aún me quedaba era blanco.

De repente sonó el timbre, y al otro lado: – Policía criminal, ¿puede abrir la puerta, por favor? – me dijeron.

Luigi Chiesa

Prensa

Ana estaba muy contenta esa mañana de febrero porque su jefe le había pedido que fuera al puerto para retirar el vino que le había mandado su suegro de Italia y a ella le gustaba ir al puerto, era un paseo muy lindo. Partió de la Plaza Congreso donde estaba la oficina, pero a mitad de la Avenida de Mayo vio que había un tumulto de gente furiosa contra La Prensa que era uno de los diarios más antiguos de Buenos Aires, fundado en 1869 por José C. Paz. No era la primera vez que pasaba, pero esta vez era más serio que las otras veces porque La Prensa no quería respetar las leyes del presidente Perón, ese día había habido un ataque contra los canillitas que pedían más derechos y aunque los atacantes no fueron identificados, todos sospechaban que habían sido enviados por La Prensa que ese día fue expropiada y volvió a ser de propiedad de la Familia Paz en el año 1956, después de la Revolución Libertadora que derroco a Perón. A Ana le entró mucho miedo delante de la gente que estaba furiosa. No sabía qué hacer; por suerte un policía que la vio le dijo: “señorita no tendría que hacerla pasar, pero haré una excepción; venga, pase por acá”. De esta manera, Ana consiguió llegar al puerto y retirar el vino, pero estaba muy asustada por lo que había visto y por lo que le hubiera podido pasar.

Gloria Rolfo

Historia de una Princesa

La princesa se despertó y miró tiernamente al hombre que dormía a su lado, una pequeña luz entraba por la ventana, se sentía feliz, estaba soleado y estaba en Paris con un hombre que realmente la amaba, por primera vez en su vida. Finalmente, después de tanto sufrimiento y traición se sintió segura, fue como entrar en un puerto tranquilo ajeno de cualquier peligro.

Ese feliz momento terminó tan pronto como pensó en sus hijos, la prensa seguramente publicaría fotografías y artículos, deseaba solo tener tiempo para hablar con ellos y informarles de cómo eran realmente las cosas.

Desafortunadamente había una multitud de fotógrafos frente al hotel y tuvieron que encontrar una manera de evitarlos.

Despertó a su compañero y decidieron quedarse en el hotel todo el día, salir solo por la noche para ir al famoso restaurante donde habían reservado para celebrar su compromiso.

Salieron por la puerta de servicio, el conductor los estaba esperando, subieron en el coche con el guardaespaldas, y lograron evadir a la prensa. El camino parecía tranquillo, llegaron a la entrada de un túnel y se dieron cuenta de que un auto les flanqueaba para hacer fotos, el conductor aceleró, pero perdió el control, el impacto fue terrible, la princesa sintió un gran peso sobre ella, no pudo moverse, vio a sus hijos correr hacia ella, parecía poder abrazarlos, ya no podía respirar y antes de irse comprendió que había perdido todo.

Leda Negri

Prensa

Sus cuatro hijos le decían que era una mujer aprensiva.

Dolores conocía bien la etimología de la palabra “aprensivo” que, como todos saben, procede de “prensa”. Es decir: cuantos más periódicos uno lee, más se angustia por las noticias alarmantes que se publican y confronta versiones, busca informaciones, hasta quedar completamente confundido.

Todavía más tendría que preocuparse ahora, con eso de la epidemia y todo.

Sin embargo, Dolores estaba tranquila, en su casita en la costa norte de la isla, con sus cuatro perros. Tenían el nombre de sus hijos: Carlos, Manuela, Javier y Clara, porque cada vez que uno de ellos se había ido para siempre de su casa, Dolores había adoptado un nuevo cachorro y le había dado su nombre.

Recibía “El País” cada mañana y lo leía de arriba abajo, sentada entre las flores azules y amarillas de su pequeño jardín que se asomaba al mar. Sabía que en el sur de la isla mil personas estaban en cuarentena en un hotel, por culpa de unos malditos turistas italianos que habían contagiado a los habitantes de ese pequeño paraíso terrenal. Pero ella, ¿por qué tendría que preocuparse? Hacía años que no salía de su pueblo, Buenavista del Norte y, a fin de cuentas, ya había vivido lo suficiente. Sus cuatro hijos de cuatro patas, en la prensa decían que no se podían enfermar, y los demás cuatro… Pues, no era su problema.

Pero hoy Dolores ha leído en la prensa un título agobiante: “Los animales domésticos no pueden transmitir el virus, pero sí pueden enfermar”. Mira a los ojos a sus cuatro amores: “No os preocupéis” les dice con voz tierna y temblorosa. Lee atentamente el artículo hasta el final y entiende que es una falsa alarma.

Y finalmente tira el periódico a la basura.

.

Silvia Zanetto

La prensa

Para la abuela la prensa era importante. Tres veces por semana leía los periódicos. ¡Tráeme el diario!, exclamaba al primero que se asomaba a la cocina. No leía otra cosa. Y a diferencia de nosotros que los elegíamos siguiendo tendencias adversarias, cuando ella decía ¡tráeme el diario! se pasaba de toda ideología. 

Así, terminadas las tareas de casa, la abuela se sentaba en la sala, sus cortas piernas colgando de la silla, y desplegaba el periódico sobre la mesa en ancho y en largo, cuidadosamente, como si fuese un corte de seda fina o el mantel de lino de las fiestas. Si en ese instante se hubiese desplomado el mundo, creo que la abuela no se hubiese dado cuenta. Porque ella, el diario, lo leía de arriba a abajo, desde los grandes titulares hasta los caracteres tipográficos más pequeños. Las gafas puestas, el cuerpecito encorvado, la abuela se aplicaba con el mismo esmero en las distintas y, según la inclinación del repartidor del día, contradictorias secciones, desde la política a la económica, pasando por los clasificados, televisión y avisos fúnebres.

A rito consumado, el periódico venía doblado y depositado en la pila de papel viejo que guardaba en el armario de la limpieza. Hojas embadurnadas de tinta que luego renacerían en sus manos cumpliendo nuevos y útiles servicios: empaquetar los huevos de las ponedoras del gallinero del fondo, envolver todo tipo de basura, hacer de felpudo en los días de lluvia, limpiar los vidrios, dar forma a los zapatos o protegerlos de la humedad.

Tres veces por semana la abuela hacía su reclamo. Ni un día más ni uno menos. Un modo, quizás, para mantener el equilibrio de su pila de diarios. Porque para ella la prensa era importante, necesaria, más bien imprescindible.

.

Adriana Langtry

El baúl de los recuerdos

En un cajón de la destartalada buhardilla, un periódico amarillo lo llama: El Liberal, nunca más tiranías, democracia. Lo mira y mira el tiempo, que está parado entre telarañas y muebles olvidados. Aquí no ha entrado Franco a trastear en pos de la roja polilla, se siente el olor a rastro, la humedad, la memoria. 

Encuentra un carnet del partido comunista, restos de comida extraviados, uniformes, un vestido de boda… El plato gordo es un baúl cerrado cuyo contenido es incógnita. Rompe el candado, alza la tapa, el polvo lo hace retroceder y toser tapándose los ojos, mira. En el baúl acostado un hombre se acurruca como el esqueleto de un pájaro cuando lo abandonan en el nido.

Sale sacudiéndose para volver al camión. 

— ¿Había algo? — le pregunta el hijo.

— No hay nada que nos sirva de esa habitación.

Higinio Rodríguez

Prensa

Conducía deprisa para llegar a tiempo a la rueda de prensa. Estaba muy nervioso, conocía bien ese tipo de situación. Sabía por experiencia que los corresponsales de prensa en víspera de noticias siempre estaban al borde de un ataque de nervios y hacían preguntas sin sentido. Todo eso podía pasar también hoy. Ya imaginaba a sí mismo ajustándose las gafas empezando a leer las palabras escritas en las finas hojas de papel…. De pronto, fue como si la luz del sol se apagara. Miró entonces a través del retrovisor y tal fue su sorpresa al enterarse de que una cantidad enorme de lo que parecía ser nubes, iba acercándose y por fin adelantaba a su coche a toda velocidad. Esas nubes estaban llenas de palabras, mezcladas entre ellas, puestas al azar, emitiendo un ruido ensordecedor. Detrás, flotando a una velocidad más reducida, seguían unas cuantas bolas llenas de papeles impresos, de diferentes periódicos; el ruido no era molesto, sino más bien agradable. Otras ya llegaban, jugando a pillarse. ¡Aquí está! La prensa en el ciberespacio. Llegó por fin a la sala donde se tendría la rueda de prensa. El silencio era aplastante. Ya no era necesaria su intervención. Los corresponsales ya se habían enterado de todo. Ni siquiera empezó la lectura del comunicado y se fue. Los pocos que se habían personado allí, parecían murciélagos adormilados. Murciélagos desprestigiados que ya no necesitaban desplegar sus alas para difundir el virus. Ahora la difusión viral de las noticias le correspondía a la prensa escrita, a su hermana la prensa digital, con su nuevo lenguaje, su inmediatez, su interactividad, y su incontrolabilidad.

.

Raffaella Bolletti

El título

«¿Dónde está?» pensé. Tenía sólo que dejar su artículo en la redacción. Cuando lo espero, siempre me pongo nerviosa. Miro por la ventana y, por fin, lo veo llegar. Parece feliz mi guapo periodista. Es mi hijo, estoy orgullosa de él.

En primer lugar, es guapo, siempre a la moda, cabello peinado a cepillo y corto a los lados, una barba naciente que le da un aire un poco salvaje con sus ojos negros y su tipo latino. Un verdadero macho que sabe ser tierno con la mujer que ama, y son muchas, se lo aseguro. Además, es periodista.

Bueno, no fue fácil. Al principio quiso ser informático. Era un campeón, un navegador excepcional, haciendo malabares con Facebook, Twitter, Instagram y todo eso. Por ello fue una decepción cuando suspendió el primer año, no era lo que se había imaginado, demasiado científico, dijo. Mi Daniel es un sentimental, un pasional, no podía funcionar.

Periodista, eso le quedaba como un guante. Fui yo la que tuvo la idea. De hecho, se especializó en informática, hoy, todavía rema, pero tengo la sensación de que va a emerger. Hemos redactado juntos un artículo sobre el Coronavirus, un tema de moda. Al ver su sonrisa, parece que haya sido aceptado.

— ¡Mamá! ¡Nuestro artículo estará en primera página! El artículo ha gustado mucho, pero, sobre todo, hemos encontrado un título fantástico, cinco columnas en primera página. 

— Dime, dime, —grité entusiasta.

— “El virus se transmite por ordenador y móvil”

.

Jean Claude Fonder