Las langostas

Ese día Ramón estaba especialmente contento en el tren que iba a Cayo Levisa. El mar en ese pequeño pueblo de pescadores era diferente, el olor que el mar emanaba era particular, un penetrante sabor marino. Tenía que comprar algunas langostas para llevarlas a La Habana, y para ello tenía que llenar la nueva bolsa del gimnasio, el beneficio de la venta sería suficiente para tres meses. El Paladar se las habría pagado bien.

De camino a casa, su vecino le dijo: 

—¿Tuviste una buena compra hoy? — le guiñó un ojo sabiendo que el contrabando de mariscos estaba prohibido.

—¡Claro! Tengo una nueva nevera lo suficientemente grande para guardar todas las langostas. Esperemos que no corten la energía esta noche.

—He organizado una fiesta y están todos invitados… después de 11 pisos a pie se les servirá una buena cerveza fría.

El edificio en ruinas tenía un ascensor estropeado desde 1970 y nadie tenía un congelador.

También había invitado a Rubén, que había organizado una barbacoa la semana anterior con la carne del caballo que había muerto de enfermedad en su jardín.

— ¡La buena cocina, mata todos los microbios! — Decía la vieja Rebeca, que había sobrevivido al hambre y a la comida no especialmente sana.

Había puesto la música a tope para que todo el vecindario pudiera bailar.

Cuando llegó la policía, todos salieron de estampida, huyeron, se escondieron fingiendo no conocerse.

Tres años de prisión le dieron, y el abogado no logró convertir la sentencia en una ruta alternativa, limpiando la morgue. Había sido un día particular.

Luigi Chiesa