Body Gard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.

Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.

Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.

Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.

Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.

Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…

Iris Menegoz

En busca de la pareja perfecta

Personajes (en orden de aparición):

El Amarillo
El Rojo
El Naranja 
El Azul
El Verde 
El Violeta 
El Blanco
El Negro
El Amarillo es vivaz y alegre, pero está cargado de celos.

 El Rojo es el más caliente, pero su uso desmesurado puede causar agresividad, mira lo que hace a los toros.

 El Naranja es la combinación de los dos, podría ser mi favorito, es energético, vitamínico y me da alegría, pero no pega con mi piel. No, no pega para nada, lo siento, somos incompatibles.

 El Azul me lleva al cielo y al mar, pero también a los lugares de trabajo, trajes de oficina, batas y monos de obrero.

 El Verde es sinónimo de naturaleza y relax, pero ahora que lo han elegido los soberanistas...

 El Violeta: de carácter filosófico y profundo, pero demasiado cuaresmal, empapado de sentimiento de culpa.

 El Blanco: es puro, luminoso, casi divino. Me encanta, somos imprescindibles los dos, pero su alma se mancha demasiado fácilmente.

 El Negro: es siempre elegante, me fascina, pega con todo, aunque a alguien puede parecer fúnebre, lo es solo por costumbre europea. ¡Decididamente mi favorito! Es el mejor compañero de las mujeres. Un verdadero caballero: te hace parecer más fina, sobre todo más delgada.
Graziella Boffini

No pienso vestirme de negro

El aire estaba denso, negro, silencioso. La casa parecía enfundada en una oscuridad calurosa. Ningún perfume a heno llegaba de los campos, ni una luciérnaga que iluminara la noche sin luna.  La luz eléctrica, de un blanco tajante, recortaba el porche de la casa en zonas rectangulares.

Laura se había quedado afuera.

—¿Pero ¿qué te has puesto? —Le preguntó su hermano, mirándole las piernas pálidas bajo la minifalda rosa.

—Y ¿a ti qué te importa? Hace calor… Acaso ¿quieres que me ponga ya de luto? Mira que no pienso vestirme de negro ni después. Es más… tampoco pienso entrar.

— Entonces, ¿para qué has venido?

La mujer miró a su alrededor como en búsqueda de una respuesta, pero el aire negro le devolvió su pregunta.

Su hermano se había encendido un cigarrillo y lo dejaba consumirse sin fumarlo. Laura se sentó en los peldaños, abrazándose las rodillas. Desde lejos, se oyó el ruido de un tren.

— ¿Así que no vas a entrar? Le he dicho que estás aquí. Hoy está todavía consciente, pero mañana podría ser demasiado tarde, podría no reconocerte… Laura, es tu madre.

Roberto era el hijo perfecto, joven, educado, exitoso en los estudios, a punto de licenciarse a los veintitrés, prometido con una buena chica. El hijo deseado y buscado. A ella, en cambio, nunca le habían perdonado haber nacido demasiado temprano, para destrozarles la juventud a unos padres de veinte años. 

Miró a Roberto: estaba muy delgado, las ojeras marcaban sus ojos verdes y su sonrisa impertinente, que ella había detestado tanto cuando era niño, parecía apagada para siempre.

— Y tú, ¿Cómo estás?

— ¿Acaso te importa?

— Me voy —murmuró Laura— Ya es demasiado tarde… ¿No quieres abrazarme?

Mirándose los zapatos, Roberto contestó:  

— No.

Silvia Zanetto

El agujero negro

La casa de la abuela era el mundo. Un universo que se expandía profundo desde el zaguán azulejado hasta la cocina trasera, a través de una sucesión telescópica de aberturas y cuartos que el dormitorio clausurado partía en dos.

Dicha habitación se encontraba entre las piezas de las tías y la que había sido de mi madre. A diferencia de las otras, daba a un pasillo corto y techado que unía el primer patio rebosante de helechos con el del fondo, usado como tendedero. Tenía, además, la particularidad de una puerta vidriada recubierta por cortinas oscuras, que siempre cerrada con llave se erguía como un patíbulo frente a una especie de gruta húmeda y gélida que era el baño. 

En su complejidad, el pasaje constituía aquello que durante la infancia llamábamos el agujero negro. Un lugar para sortear de prisa, gritando y corriendo a todo trapo. Pasar por el agujero negro significaba respirar hondo, tomar carrera y coraje y avanzar, el corazón en la boca, hasta llegar ilesos del otro lado, burlando los fríos mordiscos que desde el baño arañaban y el acoso incesante de aquella órbita ciega que desde su clausura nos rechazaba y atraía como un imán. 

En nuestros juegos de niños el vasto espacio de la casa se redujo a ese punto cerrado. ¿Qué escondía? Nunca lo supe. Quizás, como repetían esquivos los mayores, tan solo cachivaches. Solo mi primo siguió en los años relatando historias de muertos, hablando del antepasado ahorcado, de los ruidos extraños, de los llantos. De un mundo oculto en el agujero negro, algo que en ciertas noches, aún hoy no me deja dormir.

Adriana Langtry

Negro

Alto, de pelo negro, grandes ojos azules, atlético. Licenciado en derecho, se había convertido desde hacía tiempo en un letrado sin conciencia ni escrúpulos. Se desprendió de la toga negra y la colgó en el perchero. Por fin se acababa la semana laboral. Al salir a la calle mirando el cielo plomizo y gris del principio del invierno pensó que dentro de unas horas estaría en su casa del mar. Mañana, como siempre que estaba allí, empezaría el día tomando un café en la cocina, mirando el mar desde la ventana, luego daría un largo paseo por la playa. Más tarde se citaría con una chica que con solo verla se le aceleraba el corazón. Un cuerpo delgado, la sonrisa radiante, la capa negra con capucha que llevaba puesta para proteger su blanca piel de los rayos del sol, sus pies descalzos sobre la arena, siempre habían ejercido una gran atracción sobre él. Una chica prohibida, que acabó por ser su amante. Nerea, este era su nombre en clave, actuaba como enlace con el peligroso mercado negro de armas. Armas que él entregaba a los clientes que él mismo había defendido y que, a pesar de ser culpables de delitos, estaban en libertad gracias a él que no tenía límites a la hora de ganar un caso. A él no le importaba un bledo que fueran delincuentes. Pero aquel fin de semana Nerea no compareció en la playa. Su móvil estaba desconectado. En la orilla del mar solo encontró la capa negra con capucha. Permaneció sentado en la arena, envuelto en una sombra fría, bajo un sol negro, como un total eclipse. Los pocos transeúntes pasaban a su lado esquivando la mirada. El mar nunca devolvió el cuerpo de Nerea.

Raffaella Bolletti

Al revés

Didier siempre había querido un amigo «negro». A él, rubio de ojos azules y con muchas pecas en su rostro, le parecía extraño y al mismo tiempo intrigante, probablemente porque el contraste entre el blanco y el negro le atraía como le gustaban las fotos monocromáticas sin la presencia del color. Cuando era pequeño, no había mucha gente de color; en esa época la inmigración de los países africanos era muy limitada. Tampoco entendía la palabra «de color» que se refería a la raza negra. El negro era el color de la oscuridad, el hombre negro se lo llevaría, decía siempre su abuela, el agujero negro se lo tragaría. El negro significaba suciedad, y las manchas de tinta que hizo en su cuaderno eran negras. Su vida en blanco y negro sin ningún otro color. 

De adulto, le gustaban los libros de género «noir«, historias sobre la vida después de la muerte, zombis, el día de los muertos, rituales de vudú, novelas afrocubanas, bosques negros. 

¿Y si fuera al revés? 

¿Era el negro la parte hermosa y el blanco la parte mala dentro de nosotros?

Cuando vio a la chica en esa calle oscura y negra con tonos de piel de ámbar, se acercó; tenía un olor similar entre el cuero y el tabaco sucio, sus ojos eran muy claros, verde claro casi blanco. Una sonrisa brillante, dientes muy blancos reflejados en la luna, llevaba joyas de oro que parecían fosforescentes; un poderoso faro de luz blanca en la noche.

Luigi Chiesa

Una decisión difícil

Inés tuvo que ir al funeral de su esposo que había muerto repentinamente en Madrid. Habían estado separados por 10 años, tenían dos hijos y ninguno de los dos se había vuelto a casar.Comenzó a pensar en su boda, estaban muy enamorados, había sido felices por un tiempo, él había hecho una carrera y podían permitirse viajar, servidumbre y una hermosa casa, no les faltaba nada.

Con el nacimiento de los niños ella se dedicó por completo a ellos y después de un tiempo descubrió que él había comenzado a traicionarla. Pasaba varios días a la semana en Madrid y nunca cuidaba a sus hijos, aunque los amaba, quizás eran un impedimento. La situación empeoró y decidieron divorciarse.

Ella se quedó en su casa con los niños y él se mudó a Madrid, fue siempre muy generoso y la apoyó siempre, le ofreció varias veces volver a estar juntos, pero ella nunca había podido perdonarlo. Pensó con pesar que la vida sin él había sido tranquila, pero muy aburrida, era un hombre lleno de iniciativas que amaba las noticias, tal vez podría haberle dado una segunda oportunidad, pero ya era demasiado tarde.

Ahora tenía que empacar su maleta y decidir que vestido usar para el funeral ¿Negro o Rojo? Tomó un vestido negro del armario junto con una hermosa bufanda roja.

Leda Negri

Novelas negras

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Los dos hombres se acercan, levantan a Maroilles cada uno por un brazo, lo arrastran hacia el centro del avión, abren la puerta, y lo empujan. El Mediterráneo es de un azul violento, dos mil metros más abajo.

Cierran la puerta, todavía no es mi turno.

Tres días antes, almorzábamos juntos en un bar del viejo puerto de Marsella. Una pequeña furgoneta se detuvo de repente delante de nosotros, cuatro encapuchados armados hasta los dientes salieron y, antes de que nadie pudiera reaccionar, estábamos embarcados. Nos interrogaron por turnos. Los golpes llovían, golpeaban duro. A Maroilles ya lo había dejado casi muerto, tenía que hacer algo.

—Él no sabe nada, grité, perdónele la vida, soy el único que sabe algo, pero no diré nada.

Querían saber dónde habíamos escondido el dinero. ¿De qué dinero estaban hablando? No tenía ni idea. Y no me falta la imaginación. Soy autor de novelas negras, como la Casa de Papel, ya saben lo que quiero decir. Me gusta contar grandes golpes, cuidadosamente preparados, casi científicamente. Un poco de sexo, un montón de suspense, y si lo logro, hacemos con mi relato una película o una serie. 

Maroilles es el compañero de mi héroe habitual, nunca lo sacrificaría o al menos no lo mataría. No sé quién escribió este guion, no yo, por favor. Lastima que en los programas de TV se toman esas libertades. Conan Doyle nunca habría matado a Watson, aunque intentara matar a Sherlock.

Ahora tendrán que resucitarlo. Eso sí que voy a escribirlo yo.

Jean Claude Fonder

¡Socorro!

Hoy es un día especial; me llamó el director del banco informándome de que tenía una sorpresa para sus clientes y me fijó una cita para esta tarde.

Es una temporada muy afortunada, en este periodo negro del Covid19, me siento como el ganador de una medalla de oro en las Olimpiadas. Me acreditaron el préstamo por € 25.000 que el Gobierno asignó como incentivo para la economía y mañana empiezan las obras para la reestructuración de mi casa que saldrá prácticamente gratis ya que recuperaré el 100% del gasto. Bueno, ya estoy en el banco. Subo las escaleras que me llevarán a la oficina del director, empiezo a sudar, las escaleras nunca terminan, se están alargando, y yo subo, subo, una sensación de constricción cierra mi garganta, ahora las escaleras van cuesta abajo, voy corriendo y extraño los pasos debajo de mis pies, un calor impresionante, extraño el aire, estoy cayendo, más y más abajo, ¡socorro! ¡socorro! Y me despierto en un baño de sudor. 

Elettra Moscatelli

El cuadro

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

¡Qué altos están esos escalones! Y peligroso además con esta alfombra que a veces se escapa de las pequeñas barras de cobre que lo mantienen unido a la escalera y se convierte en peligroso tobogán. No puedo ensuciarme, llevo mi hermoso traje gris, mi camisa blanca con el cuello bien tieso y la pequeña corbata verde que mamá me ha atado esta mañana. Sí, estoy vestido como un grande, excepto por supuesto mis bragas cortas, mis medias altas de lana y mis zapatos de charol.

Voy arriba a almorzar con mi tío Robert y mi tía Ginette. No es la primera vez que me invitan cuando reciben gente, sin duda importante. No lo sé, pero sé que mamá está orgullosa de mí, como cuando me envía al escenario a recitar Le dormeur du val, para ganar los concursos que se organizan en verano en los bares al mar.

Aquí es diferente, tengo que mostrar lo bien que puedo comer sin manchar mi traje. Lo mejor del espectáculo es cuando degusto un huevo mollet, después de cortarle la cabeza con un cuchillo.

No es que me divierta tanto, pero durante la cena, me gusta ver la mirada cómplice de la camarera del cuadro, ella es hermosa como mi mamá. Por supuesto no es lo mismo, pero ella también está bien vestida, muy cuidada, un collar bonito, y siempre unas flores con que realzarlo todo. Una persona hermosa, fresca y distinguida, pero sobre todo ella también es parte del espectáculo. El público que se ve agitarse a través del espejo bebiendo y hablando, echa a veces una mirada distraída sobre ella como sobre mí en la mesa de mis tíos.

— Pero este cuadro es una copia, —preguntó alguien.

— Sí, dice mi tío, —Un bar aux folies bergères de Manet.

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Jean Claude Fonder

Un bar aux folies bergères

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Marta se aburría mucho en este periodo de cuarentena sobretodo a la tarde, a la mañana no porque entre ordenar la casa y hacer el trabajo que le llegaba desde la oficina la mañana pasaba veloz. La tarde era eterna hasta las 19 que podía hablar con Marco su novio que estaba trabajando en la Casa madre de su firma que era a Copenaghen y non había podido volver en Italia. una tarde se puso a mirar un libro que había comprado en Paris el ano pasado y miro atentamente un cuadro que le gustaba mucho «Un bar aux folies bergères» de Edouard Manet. De repente estaba dentro al cuadro era la chica che controlaba las botellas de champagne, la fruta y lo pasaba a su compañero que lo daba a los clientes en el mostrador o lo ponía en las bandejas para los camareros que lo llevaban a las mesas. Le gustaba mucho se divertía por la atmósfera alegre y ruidosa. Sintió a un cierto punto algo húmedo contra la pierna y oyó miau miau, era su gata Cleopatra que quería comer porque había sonado, se levanto y pienso que lastima porque me estaba divirtiendo verdaderamente.

Gloria Rolfo

Amor imposible

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Siento aún tus labios henchidos de promesas mientras me dedicabas el concierto n. 1 para piano de Beethoven y entre tus brazos yo bebía esa música inmensa.

Pero nuestros destinos estaban envenenados, no podrían encontrarse jamás. Tú parecías siempre perdidamente enamorado, aunque luego me di cuenta de que era una actitud donjuanesca y por eso puse medio mundo entre los dos por no llegar a sentir jamás tu desamor. Te odio con todo mi amor, pero sigo repitiendo tu nombre como una jaculatoria.

Edouard, amor mío, sé que no morirás nunca, aunque la pandemia no dejó rastro de tus ojos barnizados de deseo ni de tus labios sedientos de besos.

Me parece escuchar tu voz, sentir tu aliento y tu ardiente mirada, pero sé que es una ilusión, eres una tenue brisa que acaricia mi rostro.

Maria Victoria Santoyo Abril

Delante de la barra

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

A Suzette no le gustaba el trabajo que tenía que hacer para ganarse la vida, así como tampoco le gustaba el ambiguo e inquietante mundo de los clientes de los bares. Los de este club la miraban siempre un poco torcido, no tenía una belleza particular, y menos aún mucho encanto, pero sus ojos brillaban frente a las “naturalezas muertas” de las botellas que servía.

Siempre elegantemente vestida pero torpe.

En el espejo, veía una fantasmagoría de luces pinceladas, la normal presencia festiva del público del Folies-Bergère, iluminado por la luz incandescente de las lámparas de cristal.

Un escaparate en la ventana era su mirador.

Esclavos de los hábitos y formalismos de una sociedad llena de estatus simbólico, escenario rodeado de pequeñas mesas alrededor de las cuales se sentaban hombres con elegantes cilindros negros y mujeres con binoculares. La cerveza inglesa también estaba muy de moda.

El espectáculo debía continuar de todos modos.

Lugar mundano y ruidoso, se convertía irremediablemente en un lugar agitado por la soledad y el silencio, una doble cara.

La gente hablaba, murmuraba, hacía comentarios y chismorreaba, muchos eran los habituales. Era un “tranche de vie” muy moderno. Arrebatar a la vida su lado. El estar allí era para ver y sentir lo grande y poético que se era con nuestras corbatas, zapatos de charol y vestidos engalanados.

Pero el espectáculo aún no había comenzado, de hecho, tal vez ya había terminado.

La revolución burguesa estaba sentada delante de la barra.

Luigi Chiesa

Cenicienta en Paris

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Son apenas las once y ya me siento cansadísima. Me duelen los pies. El traje es demasiado estrecho no puedo ni respirar. Me gusta este traje aún no sea mío. Me lo presta el director, forma parte de mi disfraz. Al amanecer como cenicienta me voy a mi cuarto llevando mi deprimente traje gris y mi abrigo de pelo artificial.  ¡Aquí viene Mr. Cochon! Un día de estos le contestaré que si… que me voy con él. Es viejo, bastante viejo, pero es ricachón. Cada noche me dije que me quiera y que me compraría un apartamentito y que nunca más tendría que trabajar. A mí me da asco trabajar en este lugar. Detesto estos ricos siempre tan falsamente contentos.

Puede ser que es un poco como hacerse de puta pero por el amor habrá tiempo, después de todo tengo sólo 17 anos.

Iris Menegoz

Fase 3

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet
¡Hola, chicos! ¡Que alegría!
 ¡Bienvenidos a todos!
 Me he puesto elegante por la reapertura de nuestro bar, pero, por favor, quedáis un metro de distancia entre sí, porque si ustedes crean aglomeración, Giuseppe ¡me va a imponer cerrar otra vez!
Graziella Boffini

El sueño de Suzón

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Todos saben que los críticos de arte critican.

Lo que critican de mí es la actitud indiferente. 

Pero no se trata de indiferencia, sino de cansancio. Es casi la medianoche y todavía el bar está repleto de gente. La música es un ronroneo, amalgamada al tintineo de las copas, a las risas agudas de las señoras y a las voces abaritonadas de los hombres. 

El corsé me molesta: aparentar una cintura tan fina pide sufrimiento. Y el ramito de flores tan bonitas en el escote me pica los pechos. 

No vamos a cerrar antes de las dos y, cuando por fin los clientes se vayan, tendré que limpiar vasos y platos y ponerlo todo en orden. Hace horas que estoy de pie con estas botitas estrechas: me duelen los tobillos, pero el patrón me dice que tengo que estar elegante…  Aunque ¡detrás del mostrador los pies ni se ven!

¡Ojalá pudiera hacer un buen matrimonio y librarme de este trabajo agobiante! Eso pienso cuando miro a los caballeros distinguidos en el gran salón, con su bigote bien arreglado y su sombrero de copa alta. Parece que sus miradas examinadoras intentan establecer un precio, porque a una camarera no se le pide matrimonio, sino otra cosa. Pero yo sigo esperando que algo bueno pase… Me siento un poco mareada, se me cierran los ojos. El cansancio, claro. Estoy agotada. Y de repente, mientras que mi cuerpo se queda inmóvil mirando con aire indiferente el salón, una parte de mí se desprende y da la vuelta por atrás, donde hay un mundo igual, pero diferente. Donde el caballero no me pide una copa ni me ofrece dinero, sino que me pregunta como me siento, si estoy cansada, o infeliz. 

El vaso que estoy limpiando se me cae de las manos y despierto.

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Silvia Zanetto

Negro

Esta soy yo, Suzon, buscando una salida. Descubro una puerta medio escondida. La cruzo, atravieso y salgo. Salgo del espejo. Salgo de este lugar, de este estanque de personas que, a pesar de estar hablando, parecen silenciadas. Me quedo al otro lado del espejo. Aquí, en esta sala elegante, estoy de camarera, me apoyo en la barra y espero a los clientes. Me llegan las voces, alguien cuenta, uno comenta, otros se están riendo. Qué raro, en el espejo el reflejo me hace inclinar el cuerpo hacia adelante para hablar con un caballero. Pero ¿quién es? ¿qué quiere? Mi reflejo hace como si no entendiera lo que le propone. Además, ni siquiera le gusta. ¿Es esta la realidad? Aquí cerca de la barra no hay nadie y yo estoy cansada, triste y un poco aburrida. Te espero. ¿No pensarás darme plantón hoy también? ¡Qué alivio, por fin has llegado! Ánimo no te detengas, el hombre que ves es una trampa del espejo, no es un cliente. Acércate, no te invitaré a una copa amarga de mi tristeza, te brindaré una calurosa bienvenida y caeré en tus brazos otra vez, atrapada. Y mientras vamos alejándonos de la barra llevando una botella de champagne, te haré cruzar la puerta y entraremos en el espejo para descubrir si la realidad está dentro o fuera. O bien si todo solo es una ilusión.

Raffaella Bolletti

Un mal encuentro

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Ana tenía la capacidad de evocar imágenes con su música, cuando tocaba el piano la música pintaba temporales con los relámpagos, los campos con el trigo ondulando por la lluvia. Terminado el concierto, descansó un rato en el vestuario esperando que Jorge viniera a recogerla para ir al restaurante donde los amigos la celebrarían como siempre. No tenía tiempo suficiente para mudarse el vestido y decidió ponerse el abrigo y el nuevo sombrero que brillaba en la noche como si las estrellas fueran sentadas en su cabeza. Cuando oyó golpear se levantó con una sonrisa que se apagó al abrir la puerta y viendo entrar a un señor calvo, más bien dos mellizos y de repente su mundo se oscureció. Amiguitos de Don Ramiro, el viejo profesor de música con los brazos flácidos y la barriga con pliegues, que en cambio de una casa y de las clases le exigió caricias, venían con el propósito de recibir el mismo tratamiento. Verdad y mentira peleaban en su cabeza; nunca había hablado a Jorge de su pasado, ahora debería renunciar a sus deseos más profundos. No, no podía ser, su vida destruida, no: la defendería dientes y uñas. Y supo en aquel momento que las horas de los mellizos estaban contadas.

Elettra Moscatelli