Jueves gordo

En los años cincuenta, en Milán existía, no sé si aún existe, un día de carnaval especialmente dedicado a los niños. Se llamaba «Giovedì grasso». El aviso de la inminente llegada del carnaval se ponía en el escaparate de «All’Onestà». Yo, niña de seis/siete años que vivía cerca de esa mágica tienda, pasaba horas mirando encantada la muñeca disfrazada de… princesa… reina… hada. Soñaba con aquel vestido largo, hinchado, azul con encajes blancos, pero sobre todo quería la peluca de bucles rubios que encima tenía una coronita de diamantes resplandecientes. Desde los cinco hasta los diez años, viví un momento de «gran fealdad». Potenciaba mi autoestima negativa mi querida madre, que en paz descanse. Me cortaba el pelo casi como un varón y, por fuera poco, en el centro de la cabeza me ponía una horrorosa horquilla donde clavaba una espantosa cinta blanca. ¡Fueron años en que mi amor propio alcanzó el nivel más bajo! Cuando llegaba el carnaval yo, con mi gran maripos anémica encima de la cabeza, frente aquel escaparate, soñaba con convertirme, aunque solo fuera por un día, en aquella preciosa princesa rubia. Llegaba el «jueves gordo». En la esquina de la gran vía de Corso Buenos Aires, yo miraba a los niños que paseaban lanzando papelitos picados. Regresaba a casa con un nudo en la garganta. Nunca lloré frente a mis padres. ¡Aquellos fueron años realmente duros!.

Iris Menegoz

El carnaval del rebelde

Al enterarse de que el Carnaval de Venecia iba a empezar, pensó que sería una ocasión perfecta para él. ¿Era o no era el genio del disfraz? Entonces, a pesar de que tenía que cumplir su condena por haber sido un rebelde, aunque le costara mucho, estaba tan ansioso por divertirse, que dejando de lado su orgullo, pidió y obtuvo un permiso temporal para alejarse y asistir a esa fiesta elegante. Llegó a tiempo. El día había amanecido despejado y los canales reflejaban la luz del sol. Se puso su primer disfraz, un largo traje negro y una máscara blanca de nariz larga y decorada, que sólo dejaba ver sus ojos, y empezó a pasear por las calles en ese silencio típico de la ausencia de tráfico. La Fiesta Veneciana con la procesión de góndolas que había recorrido el Gran Canal había terminado, mientras continuaban los grandes bailes y los desfiles de los maravillosos disfraces de época. En el escenario de la Plaza de San Marcos se habían reunido miles de personas ocultas tras las máscaras, esperando el Vuelo del Ángel desde el campanario de la Iglesia, que se terminaría posándose en la plaza. Se puso su segundo disfraz, un lujoso traje de dama de época. Nadie le hizo caso. Subió al campanario y actuando como ángel empezó su descenso. Nada más tocar el suelo en medio de la muchedumbre que aplaudía alegre se quitó rápidamente el disfraz utilizado para el vuelo y se fue. El Carnaval, ese, solo había sido una diversión. Ya era tiempo de volver a su sitio, inmóvil, en el Parque de El Retiro en Madrid.

Raffaella Bolletti

Carnaval

Cuando Valentina recibió la invitación de Valeria para ir al Carnaval de Colonia pensó contestar que no quería ir,  porque estaba triste y deprimida desde que Marcos la había dejado por una de sus mejores amigas, Alejandra. Pero sabía que Valeria non aceptaría un no como respuesta y finalmente aceptó. Cuando llegaron a Colonia tuvieron que elegir un disfraz porque en Carnaval a Colonia se disfrazan todos, no solo los niños. Eligió un disfraz de madrastra de Blancanieves de acuerdo con su estado de ánimo, que no era muy bueno y mientras paseaban por la calles de Colonia admirando el paso de los carros de Carnaval, sintió una voz que decía: si la madrastra de Blancanieves hubiera sido tan hermosa el cuento habría terminado en manera distinta porque Blancanieves no podía ser menos hermosa que la madrastra, se dio vuelta y vio a un Arlequín con dos maravillosos ojos azules y una sonrisa luminosa. Entonces pensó que había hecho bien en venir y que el hecho que Marcos la hubiera dejado no era una desgracia.

Gloria Rolfo

El carnaval de Barranquilla

¡Quién lo vive es quién lo goza!

…así decía el cartel de la entrada de la ciudad de Barranquilla; había mucha gente alrededor, las calles estaban abarrotadas y en el aire se podía percibir una atmósfera de carnaval de alegría y un olor a buñuelos con nata; todo el mundo se saludaba tirándose serpentinas con sus máscaras de papel maché hechas a mano.

La reina de la fiesta iba a ser elegida pronto, era jueves, el “Mardi Gras” nacional; todos estaban impacientes, alegres y un poco borrachos. Los hombres, impulsados por sus instintos sexuales primarios, marcando paquete, trataban de frotarse contra las chicas, con su aliento que apestaba a cerveza ácida por unos cuantos tragos de más. Era temporada de desfiles, bailes de máscaras y recepciones, era tradicionalmente el «clou» de las fiestas de invierno, el punto culminante del debut en sociedad de las jóvenes, que perderían su virginidad por la noche.

El “Cumbiódromo” estaba alistado para los desfiles de las carrozas, el escenario saturado de la creatividad y del sabor de los barranquilleros, grandes anfitriones de la alegría en el mundo.

El tema del carnaval era la selva y el animal elegido la serpiente.

Cuando la señorita apareció por la boca de una anaconda del gran carro, decorado con el bosque tropical, estaba tendida en el suelo, con una daga en su vientre y un chorrito de sangre brotando.

Lo único que se quedó eran las cintas policiales amarillas y negras de la escena del crimen, una música de marcha fúnebre flotaba en el aire entre los escombros de los carruajes.

Luigi Chiesa

Blanc moussî

Esa mañana era la de la laetare, el cuarto domingo de la cuaresma. Cuando me vi en el espejo, tuve un movimiento de retroceso. El personaje que veía daba miedo.

Todo vestido de blanco, una capa y una capucha también blanca, una máscara anónima, asexual, una cara neutra de color carne con una larga nariz roja como si fuera una zanahoria, unos hermosos labios rojos entreabiertos como para un beso de pin up y dos ojos como dos pequeños agujeros ovalados vacíos de toda vida. Empecé a gruñir como un perro y a agitar un racimo de vejigas de cerdo hinchadas y amenazadoras, era un blanc moussî, lo que significa vestido de blanco en lengua valona.

— ¡Papi, papi, ayuda! — gritó mi hija mientras se volvía hacia la puerta del dormitorio, — hay un monje malvado blanco que quiere golpearme.

Tenía razón, una leyenda quería que en el siglo XV, un príncipe abad del principado de Stavelot-Malmedy, prohibiera la participación de los religiosos en las celebraciones carnavalescas. La población contestataria quiso recordar la presencia de los monjes durante las festividades y así nacieron hacia 1502 los Blancs Moussîs. Más allá de la apariencia, también tienen carácter. Son irreverentes, satíricos y entretenidos. Sus objetivos son hacer participar a los espectadores, engendrar en ellos una reacción, en suma, integrarlos en la fiesta. Para lograrlo, son provocadores. Todos los medios son buenos: están rodeados de pescadores que usan arenques como cebo, de pegadores de carteles satíricos, de porteadores de escobas de manga larga y de tijeras de madera para agarrar tus piernas y de carros con cañones sopladores de confeti.

— ¡No tengas miedo, soy yo, tu papá! — digo quitándome la máscara.

La niña se lanzó llorando entre mis brazos. 

Entonces, almacené mi disfraz de blanc moussî para siempre.

Jean Claude Fonder

Basura

El antifaz negro no me gusta, pero es necesario.

La peluca, en cambio, oscura con mechones violeta, es de lo más femenino, solo tengo que desgreñar los cabellos. Me ensucio el rostro con el maquillaje: matices de gris, morado, violeta. Pintalabios negro, esmalte negro en las uñas, guantes de red, pero rotos, también negros. Pantalones y camiseta oscuros, bien ajustados. Finalmente me enfundo en una bolsa de residuos color plomizo, ya muy estropeada, y mi disfraz de “Saco de Basura” es perfecto. Nadie me va a reconocer, solo tú.

Oculto en mi bolso nuevo todo lo que tengo que llevarme, y salgo a la calle rebosante de gente disfrazada lanzando confeti, entre la música disonante de los carros de Carnaval, las caras espeluznantes de los muñecos de cartón piedra. Gritos de niños, carcajadas, rostros enmascarados en el alegre estrépito de la fiesta. 

Un payaso con la cara pintada de blanco intenta asustarme. Es falso como el alborozo que inunda la ciudad, como todas estas personas que necesitan disfrazarse de algo diferente para encontrar un simulacro de felicidad.

Yo sola soy real, auténtica en mi dolor de pacotilla, en mi rencor de basura. Solo tú me vas a reconocer, porque eres tú el que me ha tirado a la basura como un trapo sucio. Y yo también te voy a reconocer, porque tú no necesitas un disfraz para ser falso. No tendrás el tiempo para un saludo o una sonrisa hipócrita, porque yo sacaré lo que tengo en el bolso nada más verte: nadie se enterará del golpe, con todo ese ruido, nadie hará caso a una chica disfrazada de saco de basura en medio de ese gentío de máscaras borrachas de alegría, nadie se dará cuenta de tu cuerpo pisoteado por la muchedumbre inconsciente, como si fueras un saco de basura.

Silvia Zanetto

Tsampi

Olmo Guillermo LLévano

Tsampi es “selva” en lengua Cofán. (Amazonas Putumañense colombiano…)

Allí viven en grupos pequeños, pobladores indígenas, de cultura ancestral y liderados desde antaño por los Taitas, las Abuelas y los Chamanes, la autoridad tradicional que manejan las plantas de Tsampi para curaciones y el Yagé (tendukhu u’fa) para conocer el futuro, el diálogo de saberes, en la armonización de la palabra y en el amor… caminar juntos en un amanecer o cuando cae la tarde.

(“Suhu” Kussetsw e’yu suuu keehatsw se’ tù phwphwma hunkei tsunmbina farde humbachuma hunkeiu) un ave nocturna, su canto es suuu, cuando es tiempo de siembra. ( Singei indzwe dapae shushushu…) 

Cuando la candela suena shushushu, se mata el tizón o se voltea dejando la parte encendida hacia afuera. Significa que va a haber cacería. Si suena chue, chue, chue, la cacería es gorda y habrá que prepararse para secar o ahumar.

Chuñumbi. (“pájaro ollero) su canto es:

chuñuchuñutshiritshiritshi…. y canta cuando los pescados comienzan a desovar.

Tuntunkhutse: su canto es tun-tun-tun-tun y en el misterio espiritual es a’ipa  chhiriria “pájaro de los infieles”.

Alrededor del fuego y la toma surgen historias de vida de la comunidad cofán, pensamientos, sentimientos e historias tradicionales pertenecientes al universo del pueblo Cofán, donde las autoridades tradicionales… taita, abuelo o abuela, orientan sus vidas en la selva (Tsampi) amazónica colombiana.

Olmo Guillermo Liévano

Selva

La selva que tenemos alrededor, que nos ama y abraza, la selva que nos conmueve y nos disculpa que crece a pesar del fuego y la ira, selva de recuerdos, sensaciones desaparecidas, sueños recorridos y dados por cumplidos, cuando de pronto un piélago de la tierra, un piélago en tu día hace la limpieza y comienza a brotar en otra rama, en otro puerto haciendo escalas en cada vida. 

Blanca Quesada

Selva y simbiosis

La canoa se desliza sobre la densidad luminosa y oscura, abriéndose camino entre balsas flotantes de plantas acuáticas y maravillosos nenúfares, hasta tocar una orilla camuflada entre ramas y troncos caídos, en esa danza de vida y muerte que es la selva. Al penetrar en esa matriz verde, las lanzas de luz se precipitan desde las copas gigantes de ceibas, caobas y hules, iluminan húmedos helechos prehistóricos, lianas, orquídeas de acuarela y rojos sanguíneos de flores carnosas.

La hojarasca favorece el mimetismo de insectos, lagartos, culebras y ranas. Bajo el dosel verdeante compiten por la luz guacamayas multicolores, monos chismosos, iguanas, mapaches, tapires…  La respiración de la selva está hecha de susurros y silbidos. Es un palpitar de miles de seres en mágica simbiosis. En la farmacia de la selva los curanderos encuentran remedios para las enfermedades. ¿Tendremos la sabiduría para aprender de esa universidad desconocida, aún sin clasificar “científicamente”?

Siento que me sumerjo en ese magma vivo del que hago parte, con mis raíces, musgos y hongos que penetran en las profundidades del ciclo eterno de vida y muerte. 

Se oyen, de repente, motosierras asesinas y llamas infernales que aniquilan toda esta vida pulsante, dejando a su paso áridos desiertos. Tengo sed. ¡Están pasando la aspiradora por la casa y han abierto las ventanas para que entre el sol en esta mañana de verano!

Maria Victoria Santoyo Abril

Dando vueltas por el claustro


Envuelta en el silencio por una fina y típica nieblita, rodeada de campos sometidos a correntía continua, la antigua Abadía de Chiaravalle deja adivinar toda su belleza, primero de todo a través de su Campanario.
En el año 1135 empezó la construcción de este monasterio por voluntad de San Bernardo, fraile de la Orden Cisterciense, como una rama de la Abadía de Clairvaux. Los cistercienses se establecieron fuera de la ciudad, saneando una zona pantanosa, dedicándose al trabajo del campo recuperando y haciendo fértil la tierra, contribuyendo al desarrollo del territorio y creando una organización agrícola altamente eficiente capaz de dar vida, junto al complejo monástico, a una granja con animales de patio, cerdos, ovejas y colmenas para las abejas. Una granja donde incluso los peregrinos pobres podían alojarse. Alrededor de la Abadía se desarrolló un pueblo agrícola, anexado al municipio de Milán en 1923. Hoy en día hay una casa de huéspedes que ofrece hospitalidad a quienes la solicitan, y durante su estancia los huéspedes pueden experimentar los ritmos de la comunidad. Hay también una tienda, que es atendida por los monjes, donde se venden productos de la Abadía. Es un lugar que desde siempre me infunde paz en la que de vez en cuando vuelvo a sumergirme. En ese 17 de septiembre de 2016 estaba yo paseando, muy lentamente, por las arcadas del claustro sin darme cuenta de que ya había dado no sé cuantas vueltas al claustro mismo. Los recuerdos iban aflorando, sin orden hacia atrás y hacia adelante despertando emociones dormidas haciéndome revivir momentos y sensaciones, obligándome a enfrentarme a la cruda realidad. Las cosas no siempre son como deseamos. Estaba consciente de que este paseo me llevaría de vuelta en el tiempo hasta aquel 17, día de un lejano septiembre de 1977. Era una mañana como esta y yo era tan feliz y tan inquieta, luciendo mi traje de boda. La marcha nupcial, mi padre acompañándome, y él, mi novio, esperándome en el altar. Quizás fue una lágrima o tal vez fue la voz del fraile saludándome, o la suavidad de su mirada, la delicadeza de su paso las que me devolvieron al presente. De pronto empiezan los toques de la antigua campana mayor, todavía accionada manualmente por los monjes cistercienses, mediante una cuerda que cuelga en el centro de la intersección entre el crucero y la nave central de la iglesia, llamando a los fieles a la misa. El fraile se aleja. Yo prefiero quedarme en el claustro mirando el campanario, que los milaneses suelen llamar “Ciribicciacola”(pronunciado chiribichiacola), probablemente por las cigüeñas que en el pasado anidaban en la torre, o por los chillidos de sus pequeños. Al terminar la misa entro en la iglesia. El fuerte aroma del incienso quemado llena el interior. Doy una vuelta mirando los frescos de las paredes internas. Espero a que los frailes lleguen con sus túnicas blancas con escapulario negro y capuchas, se sienten en el magnífico coro hecho en madera, compuesto por dos hileras dispuestas paralelamente a dos niveles, y empiece el canto gregoriano que se apodera de mí por su belleza, espiritualidad y misterio. Los cistercienses, se destacan por su austeridad, oración, silencio y trabajo duro, principios fundamentales de la Orden. En aquel septiembre de 2016 ¿necesitaba yo lo mismo?
Al salir de la Abadía llovía a cántaros ese 17, día de septiembre de 1977, mi vestido de boda mojado, los invitados bajo la lluvia lanzando arroz a nosotros, los recién casados. El saber popular dice que, si llueve, ese día se habrán derramado todas las lágrimas que tendrá esa pareja, que nunca más vivirá penas ni tendrá motivos para llorar. ¿Novia mojada novia afortunada? Tengo que ser bastante lenta porque hoy, 17 día de septiembre de 2019, paseando por el claustro aún me pongo esta pregunta. Lo que es cierto es que vuelvo aquí, en este lugar tranquilo donde a veces, en el misterio del canto de los frailes, me parece oír tu voz diciendo: ¡Sí quiero!

Raffaella Bolletti

Selva

Ríos verdes, aguas calientes. Mis ojos, dos camalotes llevados por la corriente. Sucio de fango estoy, hirviendo de fiebre. Mis manos son remolinos entorno a tus sinuosidades. Trepo por altos barrancos. Duermo en juncales podridos. Respiro tu olor a crepúsculo, tu negrura de esteros, tu vapor de diluvio. Cedros y yacarés, formol de hormigas y tábanos. Machete, duro machete quiebra tu cuerpo de lianas. Terciopelos de anacondas a remolcar las jangadas. Sudor de caňa y sequía. Furia de incendio y de hachas. Colmillos envenenados se disputan mis entrañas. Vorágine de alaridos, ceguera de sol sin rayos. Muerte que engendra y destierra. Corazón americano.

Adriana Langtry

Selva Oscura

Ignoro cómo me encontré por esa selva oscura, ¡tan amarga que es poco más la muerte! 

Tampoco sé si la selva donde me he extraviado yo es más salvaje, áspera y fuerte que aquella en la que se perdió Dante, confundido por el pecado y desesperadamente trastocado por el exilio que le infligieron. Yo también caí en el error,  pero yo me exilié por mí misma. 

Tenía un trabajo, una familia, un hogar… ahora el que fue el jardín de mi casa se ha convertido en una selva de malas hierbas y espinas que cubrirán de envidia mi antigua vivienda durante cien años, como el castillo de la bella durmiente. Pero fui yo la que forjé mi propia envidia.

Quizás la culpa de todo la tuvo la inconsciencia de querer hacerlo todo a mi manera, sin respeto alguno por los demás: la insensatez que me hizo elegir la vía a través de la selva, justo donde Caperucita encontró el lobo. Pero yo ya no era una niña.

O quizás fue el abandono, la locura ingrata del desamor la que me despistó hacía la selva donde Hansel y Gretel fueron atrapados por la bruja.  Pero la madrastra malvada era yo.

Así que a mi grito “Miserere de mí” no va a contestar Virgilio, el maestro predilecto, con aspecto de espectro vagaroso. Ni me va a socorrer un Príncipe Azul de beso redentor, ni un cazador en busca de fieras a las que matar. Yo no saldré al monte, ni encontraré salvación alguna.  

El sol se calla, la poca luz se esfuma a poco a poco. Oigo ruidos en la selva.

Puede que encuentre una pantera, un león y una loba.

La selva está cada vez más oscura.

Silvia Zanetto

Selvas

Dar pequeños paseos por la selva siempre le resultaba agradable. Se sentaba y contaba los árboles, los observaba, acariciaba sus troncos, cada uno con una piel diferente, como si fueran cuerpos. Le gustaba la mezcla de arbustos, plantas y hierbas, colores, los ruidos de los animales. Imaginaba que en la selva todas las plantas estaban en comunicación subterránea a través de las raíces, avisando a las plantas lejanas de lo que estaba pasando. A veces perdía el sentido del tiempo y, al cerrarse el cielo, la luz desaparecía poco a poco. Todo a su alrededor estaba en silencio, todo quieto, un poco espantoso. Había llegado el momento de regresar a casa, antes de que aparecieran las criaturas aterradoras con caras escalofriantes, barbillas puntiagudas, narices ganchudas de las que hablaban las leyendas. Sólo recuerdos, puesto que vive desde siempre en una ciudad, que a pesar de ser una selva gris, ruidosa, con sonidos que le molestan, donde no se oyen los chillidos de los animales, donde ni siquiera puede acariciar troncos cuando no le queda otra cosa por abrazar, nunca podría abandonar. Y entonces vuelve a pensar en los árboles y en sus raíces, quizás tengan realmente células similares a nuestras neuronas para comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro, que ella se imagina como otra selva tropical con senderos impenetrables. Una selva de emociones conectadas por ramitas estrechas. Otra selva que tenemos que salvaguardar para sobrevivir.

Raffaella Bolletti

Selva perdida, cambio al comando

—Hace miles de años vivían en la selva, pasaban todo el día tratando de quitarse las pulgas y los piojos de la cabeza, ayudándose mutuamente. Después comían, jugaban, follaban y por la noche, dormían. Después evolucionaron. En lugar de australopitecos, se hacen llamar sapiens al cuadrado. Ahora trabajan 12 horas diarias, pasan dos horas al día enlatados. Siempre están nerviosos. Han contaminado el mundo y están preparando la tercera guerra mundial.

—Pero, papá, ¿nosotros qué haremos?

—Tranquilo. No te preocupes, K. Tú y tus hermanos sobreviviréis, te lo prometo. Nosotros los escarabajos somos inmunes a las radiaciones, a la guerra nuclear. Sobreviviremos y finalmente nos tocará dominar el planeta tierra. Será bellísimo.

Graziella Boffini

La selva del Darién

Antes de irse a la cama, Doña Aldonza siempre revisaba todo meticulosamente; la puerta cerrada, la perilla del gas bajada, las luces apagadas, el despertador puesto a las 7.

Por el sendero en medio del bosque del Darién apareció repentinamente una bestia feroz con cabeza de tigre y un cuerpo alienígena que se le iba a abalanzar. Detrás de ella había dos grupos armados de Narcos y FARC que se disparaban entre sí, no había salida. Lo único que había que hacer era saltar al río o unirse a la pandilla de los contrabandistas de “blanca” que estaba más cerca.

Desde siempre le hubiera gustado hacer un viaje de una vez en la vida, “in-a-Lifetime”, a la jungla, sin complicaciones y sin la comodidad de su hogar sumergiéndose en vistas increíbles con bosques inexplorados, y aunque mucho se hubiera contaminado y el bosque se hubiera convertido en secundario, habría sido hermoso.

Cruzar ríos que por el mal estado de la embarcación habrían podido ser experiencias realmente aterradoras. El senderismo-trekking «recompensa-rewards» increíble viendo animales salvajes y disfrutando de emociones extraordinariamente fascinantes.

Sólo consigo misma, esencial e increíblemente «remoto», sintiéndose como si estuviera en el desierto con un teléfono móvil sin señal.

Cuando la encontraron por la mañana, parecía como si estuviera dormida; en la mesita de noche había tres pastillas; dos “Aspirinas” y una píldora azul  un poco rara, con tres letras iniciales ahuecadas de “Ele, Ese, De”.

En la mesita de noche en el libro el lápiz como marcapáginas indicaba la frase: “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado…”

Luigi Chiesa

Desamor silvestre

En un rincón de la selva africana, en la cima de un árbol rodeado por lianas, una pareja de chimpancés está sentada, uno junto a la otra.

El varón mira a la hembra con ojos fascinados y le habla al oído.

— ¡Hermosa, déjame acariciar tu cabellera color ocaso! Quiero ahogarme entre tus tetas peludas suaves come terciopelo. Daría mi vida entera para perderme en la selva oscura de los rizos negros de tu pubis.

— ¡Para… para… para… George! — corta la hembra balanceándose sobre una liana — Ya te lo dije, mi nombre es Cheeta, mi corazón pertenece únicamente a Tarzán. ¡Es el dueño de mi vida! Esta es mi historia y no la puedo cambiar.

— ¡Pero no tiene ni siquiera un pelo! — contesta George.

— ¡Nadie es perfecto! — repite Cheeta sonriendo.

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Iris Menegoz

La selva

Una palabra mágica, sin duda. 
Ella me recuerda los temores de mi infancia, 
escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, 
despierta las fábulas que pueblan mi memoria. 

Una palabra mágica, les digo. 
Las imágenes estallan en mi cabeza: 
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; 
bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; 
los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.

Magia musical, sobre todo. 
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música de Richard Wagner? 
En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: 
La muerte de Siegfried,  la Cabalgata de las valquirias, Tristán e Isolda…

Mágica, eso es seguro. 

Dejen que les cuente lo que me ocurrió misteriosamente hace algunos días.
Esa noche me quedé dormido mientras pensaba cómo contar la selva. Las posibilidades se me presentaban infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me desperté ansioso. 
Tenía una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está grabado en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿En qué empresa trabaja? No lo sé. 
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente. 
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era por trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, está subrayada, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro. 
Me siento perdido, completamente desconcertado. 

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.

Jean Claude Fonder

La ley de la selva

Susan vive en la selva, en una de las mejores, según dicen. Susan ama vivir en la selva, porque sabe que allí encuentra todo lo que necesita, y porque, como todos saben, es una de las mejores selvas del mundo, y eso la enorgullece. Susan vive en el tronco vacío de un viejo árbol. Allí vive con Brisa, su pequeña hija de dos años. Cada mañana, antes de ir a su trabajo, pasa por donde su vecina Yolanda, a quien paga para que cuide de Brisa mientras ella no está. Susan es madre soltera, y trabaja recogiendo racimos de banano para enviarlos fuera de la selva, al gran desierto. De ese gran desierto llegaron alguna vez también sus jefes, y fue allí justamente, en ese desierto infinito, seco y estéril, donde el padre de Brisa se extinguió, sirviendo y luchando por los señores de las arenas.

En la selva de Susan cada vez hay más árboles de banano y menos flores, y cada vez más troncos vacíos, y también más madres solteras. Susan no tiene muchas opciones: es, o trabajar en la bananera, o no sobrevivir. Es la ley de la selva, la ley de la selva que ama, la ley del más fuerte.

Alguna vez un pajarito le habló a Susan sobre otra selva, muy distante de la suya, donde reinaba una ley distinta: allí no sobrevivían los más fuertes, los que vivían para sí mismos, sino los que mejor sabían vivir juntos, los unos para los otros. Pero deben ser habladurías, porque sus ojos, y también sus vecinos, le han dicho todo lo contrario.

Susan vive en una selva llamada ciudad, donde cada vez hay más troncos vacíos, donde cada individuo de su especie nace solo, y muere solo. 

Alan Émilio Suárez