Prímulas


Sé que te gustan las prímulas, así que mañana cuando te vaya a ver te las llevaré:

una de color violeta, mi favorito, para que tus sueños de volver a casa te puedan ilusionar y para que el calor del rojo y el frío del azul se puedan abrazar en una fusión de emociones, y te dejen olvidar que nosotras no, no podemos abrazarnos ya.

Otra de color rosa, como las paredes de mi habitación de niña y el helado de fresa que tanto me gustaba, para que el inocente blanco le quite un poco de violencia al rojo, el sentido de culpa que siempre me golpea cuando te veo aquí, con los ojos perdidos entre un pasado borrado y un futuro engañoso. 

La última prímula será roja como la sangre que nos iguala a las madres y a las hijas, la sangre que me sorprendió aquel día en el que tú no estabas, y luego por un tiempo nos hizo mujeres a las dos; te la daré para que puedas atisbar la pasión por la vida que desde hace tiempo te ha abandonado.

Así que te llevaré las prímulas, te encontraré en la sala de visitas, con la mascarilla puesta, mientras la enfermera controlará que no nos acerquemos y no nos toquemos las manos.  Tú intentarás devolverme las flores, como siempre, al principio, luego las aceptarás y, cuando la enfermera te acompañe a tu habitación en la sección de Alzheimer, las pondrá en el umbral de tu puerta: una prímula violeta, una rosa y una roja.


Silvia Zanetto

Lulú

Son las cinco, no duermo, echo de menos algo, no tengo sueño. El cuerpo tibio y tierno de Lulú no está en su lugar, en medio de la cama. Me levanto, no quiero que la noche sea larga. La veo como una sonámbula, no me besa. Cuando vuelvo, no me acuesto hacia la ventana, me vuelvo hacia el centro del lecho, pero ella no me mira, está en el borde de la cama y mira hacia el exterior. Ya está dormida, tranquila como una marmota.

Están muy lejanas las noches dominadas por Eros. Las noches en las que Lulú llevaba un mini vestido que rozaba la indecencia más atrevida. Sus piernas delgadas e interminables le permitían ponerse un atuendo tan corto. Sus padres antes de que yo la conociera, nunca hubieran aceptado que ella se lo pusiera. Lulú, una chica hermosa que conocí en un bar-discoteca, por la tarde. No creía que pudiera conquistarla tan rápidamente, pero estábamos hechos el uno para el otro, intelectuales, amantes de las artes, de la literatura y de la música y no despreciábamos los placeres de la carne, al contrario.

Le acaricio la curva de sus caderas que no son estrechas y sus glúteos que no dejan la menor duda sobre su feminidad exacerbada. Se vuelve contra mí, se pega perfectamente a mi cuerpo, y no dudo en acoger su seno perfecto en mi mano en forma de copa. No quiero despertarla. Es su instinto, quiero creerlo, lo que la atrae a mí. Cuando no duerme, siempre pretende que somos demasiado viejos para eso.

Yo sigo sin dormir, no puedo evitar que mi imaginación recorra el cuerpo sinuoso y preciosamente curvado de mi Lulú. Mi mujer, a la que nunca he dejado de amar con todo mi cuerpo y con la que estoy tan profundamente vinculado por una relación de amistad que desde hace tanto tiempo dura, y durará siempre.

Me despierto en sus brazos. Este día, lo sé, no me decepcionará.

Jean Claude Fonder

El amor más grande

A mí siempre me ha parecido que tenemos los mismos gustos y muy parecidos disgustos. En su cara muestra un rictus de seriedad cuando uno de los niños del edificio entra votando con una pelota. A mí tampoco me gustan los ruidos o las personas que no reconocen lo apropiado o no de sus actos. Es agradable sentir un “buenos días” o la cordialidad de un vecino que abre la puerta para que los demás podamos salir o entrar, sentir la sonrisa satisfecha de un joven que mantiene abierto el ascensor. Detalles que se están perdiendo, de la misma manera que la palabra cortesía está pasando de moda.  También nos molestan los gestos un tanto bruscos, algunas veces insolentes de los jóvenes, quizás la educación no es la misma que aquella severa formación que entonces recibíamos, pienso. Él lo comento alguna vez.

Nuestras miradas se encuentran de forma fortuita. Ocasionalmente, cuando hay mucha gente en el ascensor del edificio donde vivimos, se roza nuestra piel, sin intención y me encuentro con su mirada de disculpa, con unos ojos casi llorosos. 

Después de veinte años. Aunque muchas cosas han cambiado en nuestras vidas: mis hijos han crecido, se han independizado, su madre, con la que vivía, ha fallecido y mi esposo ha muerto. 

Ahora me parece que su mirada es más firme y cuando nos encontramos solos en la escalera, en la puerta, en el ascensor su saludo es más lento y el mío también. Es un amor que no se toca.

Blanca Quesada

Una historia de amor

Carmen salió al jardincito de detrás de la casa para saborear el aire fresco de un día de primavera que ella sintió que la sorprendería. El cielo estaba atravesado por nubes que se perseguían dando la impresión de que objetos y animales flotasen en el aire. Comió una galleta de la fortuna y la nota adjunta la sorprendió: “tu bondad dará frutos inesperados”. Quien sabe qué significa eso. Regresó a casa, desayunó y comenzó su trabajo como blogger. Hoy se dedicaría a la cocina y contaría cómo preparar un buen arroz.

Después de un rato que no supo cuantificar (cuando escribía no se daba cuenta de si habían pasado diez minutos o dos horas), oyó un golpe en la puerta principal. No vio a nadie a través de la lente y estaba a punto de regresar a su escritorio cuando escuchó un gemido, como de un animal herido. Abrió la puerta y en el mismo felpudo un caballero bien vestido, dos ojos hechizantes, una sonrisa que salió como una mueca, con voz débil pidió ayuda y luego se desmayó. Carmen se activó de inmediato: llamó una ambulancia, tomó un trapo mojado y un vaso de agua. Unos segundos y el extraño se recuperó. El médico que llegó en ese momento le visitó y decidió que había que hospitalizarlo para hacerle pruebas. Carmen se dio cuenta de que el hombre ya se estaba convirtiendo en una pasión irracional, pero no pudo reflexionar sobre esta repentina idea porque los enfermeros de la ambulancia hacían que el hombre se subiera a la camilla. La sirena sonó y ella se quedó sola en la puerta pensando en el extraño. Al regresar a la casa, notó que el hombre había dejado un libro en el felpudo; parecía antiguo, una copia de la Divina Comedia de Dante con dibujos. Lo recogió y lo colocó con cuidado en un armario. Pensó seguir escribiendo su blog, pero el recuerdo del hombre se deslizó en su mente; asustada por esa repentina pasión, sintió un ligero malestar al pensar que había dejado que se fuera sin preguntarle al menos su nombre. Decidió aclararse la cabeza y dar un paseo por el río que fluía lentamente detrás de la casa. Debido a la sequía el agua estaba muy baja; se quitó los zapatos y los calcetines y lo vadeó hasta la orilla opuesta, donde se elevaban miles de abedules con sus delgados tallos y ramas mecidas por el viento. Siguió el camino hasta llegar al antiguo molino, la cuchilla del molino giraba perezosamente a pesar de que no quedaba nada por moler. Sorprendida, se dio cuenta de que alguien vivía allí, se podía ver una ventana con cortinas, unas flores en el porche suavizaban la entrada. Intentó llamar, pero nadie le contestó. Tal vez habían decidido renovar la antigua masía. Volvió y vadeó de nuevo el río, sin darse cuenta de que ya habían pasado horas; se dirigió hacia el panadero del pueblo para comer sus famosos palitos de oliva y para tener noticias del extraño. El pueblo era pequeño y la panadería era el lugar de reunión donde todos pasaban durante el día. Así fue como supo que el desconocido, que acababa de comprar la masía, había muerto poco después de su hospitalización sin que los médicos entendieran la causa. Una lágrima bañó su rostro, salió de la tienda pensando en el hombre cuyos ojos grises verdosos la habían embrujado. Fue cuando regresó a casa, en la quietud de su jardín, que recordó dónde había encontrado esos ojos. Era una niña pequeña, de vacaciones en el mar junto con sus padres y había conocido a Andrés, que era mayor que ella; habían pasado una tarde entera juntos, visitando las afueras del pueblo.

Entonces el tiempo los separó, las vacaciones terminaron, ella volvió a la ciudad y ya no pensó en el muchacho. Ahora, después de una visión romántica, su visita a la puerta esa mañana, la mente comenzó a dar vueltas. Cómo habría sido su vida si no se hubiera ido, si hubiera estado con él. Todos esos arrepentimientos por solo unos instantes compartidos en un felpudo. ¿Cómo hubiera sido si ella hubiera tenido tiempo para amarlo? No había esperado a que muriera para encantarla; ella no perdió a un amante soñado, la suya había sido una relación real, aunque corta. Con esta certeza recordó el libro: ¿qué tenía que hacer con él? Buscando en Internet pensó que podría tener valor y contactó a un técnico para que lo evaluara.

Para su sorpresa le dijeron que era una primera edición muy rara y por lo tanto de gran valor; ¿Quería venderlo en una subasta? Una de libros antiguos se llevaría a cabo solo un mes después. Carmen aceptó esperando un ingreso excepcional. Había decidido que ese pueblito de provincias volviera a tener escuela primaria y que se llamaría «La escuela de Andrés». Abrió una suscripción y en su blog contó la historia de la niña, de los ojos grises verdosos que la habían conquistado y el epílogo de un amor especial.

Elettra Moscatelli

Historia de un amor

Es la historia de un amor
Como no hay otro igual
Que me hizo comprender
Todo el bien, todo el mal
Que le dio luz a mi vida
Apagándola después
Ay que vida tan obscura
Sin tu amor no viviré

Aprendimos un montón de canciones españolas durante aquel curso del profesor Antonio Blanco Tejero, en nuestro antiguo Instituto Cervantes de Milán. El de la Avenida Dante, por supuesto. Después de lograr el 2012 el diploma DELE B2, conquistado gracias a mi tenaz voluntad de autodidacta, quise absolutamente participar en un curso y, como la música siempre me ha gustado, el título “Canta con nosotros” me inspiró. Fue entonces cuando me enamoré del Instituto Cervantes, que en unos pocos años se convertiría en mi “segunda casa”. Por eso ahora me pongo triste cuando, caminando por la avenida Dante, paso por delante del edificio en reestructuración donde, en vez de profesores y estudiantes de español, se ven obreros y albañiles, y la bandera de España roja y amarilla ya no está. 

Existen muchos géneros de amor, y encariñarse con un precioso lugar y con las personas que a poco a poco encuentras allí es uno. Quizás por eso esa canción me encantó. Cada miércoles, después de clase, me iba corriendo a la parada del autobús cantando alegremente las nuevas melodías que acababa de aprender: boleros, sevillanas, villancicos… Canciones tradicionales, o con palabras nuevas que creábamos nosotros: la Marimorena, la Llorona, Guantanamera… Pero sobre todo me gustaba cantar “Historia de un amor”, porque estos años en el Instituto Cervantes fueron para mí el inicio de una nueva vida hecha de amistades y de cultura, de tapas y de aprendizaje, de música, de tertulias y de escritura. Logré pasar el DELE C1 y dejé atrás un trabajo que no era lo mío, y todo esto “le dio luz a mi vida”, pero “apagándola después”.

Así que hoy, pasando otra vez por delante de nuestro antiguo Cervantes, además de ver a los obreros, atisbo la cara sonriente de una amiga querida que se fue para siempre hace unas semanas, la de un amigo que nunca volverá a Milán, y la de otros que perdimos de vista pero que siguen viviendo su vida en otro lugar… Pero en diez minutos alcanzaré el bar donde los amigos del Tapañol nos encontraremos, ¡por fin en persona! Al principio me quedaré con la mascarilla puesta, luego me sentiré ridícula por ser la única y me la quitaré. Y hablaremos de sueños que se convierten en proyectos y de proyectos que se convierten en realidad. Porque eso es vida. Y también es amor.

Silvia Zanetto

Una historia de amor

Empezaba a amanecer. Haces de luz se colaban tímidos por las rendijas del gran ventanal. La ciudad todavía estaba dormida, solo se podía ver a algún paseante madrugador esperando en una de las paradas de autobús o entrando en la boca del metro. Pronto, todo el mundo se habría volcado en sus actividades, pero a Montse eso poco le importaba. A sus ochenta y tantos años, solo le quedaba su pasado y muy poco por hacer. 

Ahora que el tiempo se le escapaba de las manos como granitos de arena entre los dedos, el presente de sus días tenía otra forma y significado. Quedarse durante muchas e interminables horas detrás de la ventana de su salón escudriñando a los atareados transeúntes se había convertido en su rutina diaria. Observar el mundo era su forma de seguir con vida porque con el paso de los años Montse había perdido interés por sus aficiones, pero no su curiosidad. 

Sin embargo, no siempre fue así. Cuando la melancolía de sus pensamientos la atormentaba, Montse solía recordar el rostro de aquel joven chaval que fue su alumno cuarenta años antes. Sus ojos almendrados le devolvían la ilusión con la que la miraba y escuchaba sus clases de latín. Sus esfuerzos para comprender palabras antiguas que contaban historias de civilizaciones perdidas…Un relámpago le sacudió el cerebro y tuvo conciencia de un amor inconfesable. ¿Por qué recordarlo ahora? Los años habían pasado rápido y Montse se había convertido en una viejecita sin haber estado joven. A veces, las cosas que pasan como detalles sin importancia de la existencia, con el tiempo pueden tornarse indispensables. El recuerdo de aquel amor le demostró que había existido por alguien.

Manila Claps………..

Una historia de amor

Salvador Dalí et Gala, una historia de amor infinita

Fragmentos al revés

Isabel:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Subo las escaleras, llego a una puerta cerrada y me detengo. ¿Qué hago aquí? De pronto el corazón se me acelera. Soy consciente de que nuestra historia terminó hace unos años. Pero me doy cuenta de que he venido porque en este momento necesito que me hables de nuestro pasado, de tus pecados y de los míos, necesito que tus manos reconozcan mi piel, mi olor. Me pregunto si te acuerdas de los dos pequeños lunares en mi nalga izquierda que te encantaban. Quiero verte. Los recuerdos me aplastan. Quiero hablarte. Mis ojos, todavía brillantes, están rodeados de pequeñas arrugas; me he cortado el pelo que ya no es negro, sino teñido para esconder las canas. Toco el timbre, te llamo y no me contestas. La puerta sigue cerrada.

Jueves. Me estás asfixiando. El fuego de la pasión se va apagando. No nos volvimos a ver. Cada uno por su camino.

Miércoles por la madrugada. Bajo las escaleras. He salido de tu casa. El pelo largo y suelto parece hablar de libertad. He olvidado las llaves del coche bajo tu cama, tengo que volver. Abres la puerta y corremos a tu cuarto, amándonos otra vez. Las llaves permanecen bajo la cama.

Martes. Un amigo en común nos presenta. Empezamos a salir juntos. Hasta que una noche te despides de mí con un beso en la boca. Nuestra historia acaba de empezar.

Un día cualquiera. Ni siquiera sé quién eres, pero siempre que te encuentro me late el corazón muy rápido. Cada vez que no doy contigo estoy perdida.

Álvaro:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Alguien ha tocado el timbre. Eres tú, de eso no me cabe la menor duda. Siempre tocabas el timbre de esta manera. Te escucho decir mi nombre. No quiero que te enteres de que estoy en casa. Me enamoré de ti de una manera tan loca que perdí la razón. Pero ahora no quiero caer en tus manos otra vez. No quiero volver a sentirme para siempre un prisionero tuyo. Tú, que fuiste una mantis religiosa, una criatura fascinante y peligrosa de ojos verdes.

Jueves. Me alejo de ti, sin hablarte, sin explicarme. Soy emocionalmente dependiente. ¡Demasiado! Aún sigo soñando contigo, atrapado a tu cuerpo, pero dentro de una pesadilla. Quiero olvidarte.

Miércoles por la noche. Te vas, bajando de prisa las escaleras y de pronto vuelves para recuperar tus llaves. Terminamos otra vez en mi cama. Te quiero.

Martes. Gracias a un amigo, por fin te conozco. Quiero besarte y me atrevo a hacerlo. Siento el fuego en tus labios.

Un día cualquiera. Como todas las mañanas doy contigo y cada vez me imagino empezando una historia de amor

Raffaella Bolletti

Una historia de amor …felino

Fue una tarde de lluvia otoñal. Regresando a mi casa oí, bajo un coche, una débil llamada. Me bajé y la vi. Era algo pequeño, peludo, delgado y sucio con larga orejas y hermosos ojos verdes. Me miró y dijo.

—¡ Por fin me oíste. Te estaba esperando. ¡Vamos a tu casa!

La cogí en mis manos. Era tan leve, del tamaño de la palma de mi mano. Tenía el pelo blanco y gris como ciertas porcelanas de Copenhague. Su mirada sorprendida y su inmediato ronronear tocaron mi corazón. Enrollándola en mi bufanda pensé:

— Estarás conmigo una semana o dos, después te buscaré una buena familia. Te llamaré Alice, Alice en este país sin maravillas.

Ahora, después veinte años, Alice y yo aún estamos juntas. Fiel amiga capaz de discernir mis días buenos y los malos, mis vacaciones, mi sofá y mi cama.

Ahora es una señora mayor. Tiene todos los pequeños problemas propios de su edad. Pero cuando está en mis brazos y escucho su inmediato ronronear, recuerdo todos los juegos que hicimos juntas. Su carácter alegre y su felicidad cuando cada noche regresaba del trabajo y me saludaba con secretas palabras conocidas solo por nosotras.

Aún hoy, cuando ella está frente a mí mirándome de esta profunda, tierna, humana manera, me siento un poco asustada porque me parece casi imposible pensar que detrás de esa mirada los pensamientos sean ausentes.

Alice, filosofa, sabia, rutinaria, fan del silencio y de Mozart.  Tú me has elegido y decidiste que merecía ser tu amiga, pero nunca siendo mi esclava.

Iris Menegoz

Etel Adnan (Beirut 1925 – París 2021)


“…fui feliz el día que descubrí que el acto de escribir es un acto pictórico”

Esta declaración de la escritora libanesa, poeta plurilingüe y artista visual Etel Adnan, ayuda a comprender su acercamiento a la pintura y la interconexión de lenguajes expresivos que cultivará a lo largo de su vida. Etel Adnan, una de las voces más importantes de la diáspora de Medio Oriente, pionera en la lucha por la igualdad de género, transcurre de hecho su existencia en un cruce constante de caminos, culturas, idiomas. Nace en una familia mixta, de madre griega-cristiana y padre siriano-musulmano, funcionario del Imperio otomano. Infancia y adolescencia están atravesadas por los fermentos y tensiones derivados del choque entre la dominación francesa y las comunidades locales; pasará el resto de su vida entre Beirut, París y los Estados Unidos donde se traslada en 1955, luego de obtener la licenciatura en Filosofía en la Sorbona. 

Es justamente en esos años, ya residente en California donde enseña disciplinas humanísticas, que Etel inicia a pintar mientras se adentra cada vez más en el nuevo idioma que se convertirá en su nueva lengua literaria. Entre tanto, del otro lado del océano ha estallado la guerra de independencia de Argelia. La escritora entra en conflicto con su idioma de origen. Como dirá más tarde, pintar parecía el único modo de tomar partido contra el colonialismo: si el conflicto con el francés le impedía escribir, ahora iba a  “pintar en árabe.”

“El arte abstracto era el equivalente de la expresión poética. No tenía necesidad de pertenecer al idioma de una determinada cultura sino a una forma de expresión abierta…

Es así que en sus acuarelas inicia a transcribir versos de poetas árabes, sin comprender casi el significado, como lo hacia en la niñez, cuando copiaba de los libros del padre el alfabeto árabe prohibido en la escuela, y sin llegar a aferrar las palabras, se iba enamorando de la forma plástica de la caligrafía. De este ejercicio nacen sus “Leporello”, pequeños libros en forma de acordeón que irán a sumarse a los óleos abstractos y paisajísticos, de formas esenciales, geométricas, trazos fuertes, colores brillantes, donde aparecen reiterados: el sol, el mar, el cielo, el monte californiano Tamalpais. Una visión armónica del universo que parece contrastar con sus profundas y dolorosas reflexiones sobre la guerra: la de Vietnam, la de Irak, aquella que martiriza al mundo árabe y que la sorprende de vuelta en Beirut a inicios de los años setenta, obligándola a emigrar a París donde escribe, esta vez en francés, la novela Sitt Marie Rose galardonada por la Asociación de Solidaridad Franco-Árabe y traducida en diferentes idiomas.

En su casa de París, donde vivía con su compañera de vida, la escultora francolibanesa Simone Fattal, Adnan disponía de dos mesas de trabajo idénticas: en una escribía sus poemas; en la otra, acomodaba horizontalmente la tela y pintaba apretando el tubo de color directamente sobre el lienzo mientras lo extendía con una espátula. 

La pintura también es un ejercicio mental, pero para mí siempre ha sido, ante todo, un trabajo sobre el color. El instante en que la pintura sale del tubo y se prepara para ser mezclada con otros tonos me parece mágico”.

Por mucho tiempo, mientras como escritora publicaba antologías poéticas, novelas y ensayos, su pasión por la pintura quedaría relegada a una intimidad compartida con amigos artistas. 

La pintura es un deporte,” declara en una entrevista, “mientras que la escritura es casi una cárcel…La primera me relaja, la segunda me agota.”

Un deporte que le viene reconocido a nivel global solo en 2012, a los 87 años, cuando participa a la exposición internacional Documenta 13 en Kassel (Alemania). 

“…Tres años antes,”cuenta Etel no sin cierta ironía, ”los mismos cuadros colgaban de mi comedor sin que nadie les prestara atención.”

A partir de entonces, su obra será expuesta en galerías y museos del mundo. En 2021, unos meses antes de su muerte, el Guggenheim de Nuova York le dedica su primera individual, conjuntamente a la retrospectiva de Kandinsky.

“En realidad, el arte me sirve para redescubrir la belleza del mundo o lo que queda de ella,” confiesa la artista.Yo creo que la belleza de una montaña es política” Ser feliz es un gesto político. En los momentos trágicos puede tener un efecto transformador.”


Adriana Langtry

Guerra y Paz

Nuestra paz temblosa y muda
opaca luna detrás de las nubes
callada, agobiante, por palabras nunca dichas
ahogada por silencios y mentiras.
¡Ojalá viniera la guerra!
Una guerra feroz de insultos y verdades
de sangre y mordiscos
¡Una guerra que nos libre de esta paz muerta!
Iris Menegoz

Asteriscos

Como todos los clásicos que tenía en casa, el ejemplar de la novela “Guerra y Paz” en mi estantería formaba parte de la herencia libresca de mi padre. Estaban “Los dolores del joven Werther” en una edición de 1957 de la Biblioteca internacional Rizzoli, “Hamlet” de Shakespeare en un libro de 120 liras, los cuentos de Poe, 130 liras, en un ejemplar de 1960, y muchos otros que leería años después. 

El oficial con uniforme blanco y rojo retratado por Kiprenskij en la cubierta de “Guerra y Paz”, edición Sansoni de 1965, me miraba siempre desde la estantería. Parecía decirme: “Léeme. Solo tengo 644 páginas, y tu padre hace tiempo gastó 450 liras para comprarme…”

Yo tenía más o menos 17 años, y enfundarme en un libro así me parecía una empresa desmesurada. Pero, a fin de cuentas, 644 páginas se podían leer. Bajo el título había un asterisco, pero ni me planteé el por qué. Me encantó la historia de la joven Natasha, me costó aguantar las descripciones saturadas de los detalles de las fiestas, me fascinó el personaje de Pierre, me molestaron los episodios crueles de guerra. 

Y llegué hasta el final. Al menos, eso era lo que creía yo. Leyendo las últimas páginas, me parecía un final muy raro: todos los episodios estaban abiertos, no había conclusión. Volví al principio y descubrí el sentido del asterisco: “libro primero”. Así que en el segundo habría dos asteriscos, y en el tercero tres. Claro, en 1965 acababa de nacer mi hermana, y con dos niñas pequeñas en casa no tenía que ser fácil para mi pobre papá concentrarse en la lectura de tres volúmenes de 644 páginas cada uno. Evidentemente, nunca había comprado los que tenían dos y tres asteriscos. Nunca leyó completamente “Guerra y Paz”. 

Yo tampoco.

Silvia Zanetto

Guerra y Paz

Miró por la ventana del autobús que los llevaba al aeropuerto, estaba nevando muy fuerte, abrazó su esposo sentado a su lado, pensó cuánto amaba su país tal como era: blanco y helado en invierno y con los campos amarillos por el sol en verano cuando maduraba el trigo. 

Estaban huyendo de la guerra, habían comenzado los bombardeos, trató de sentir el calor de su hogar, el olor de la madera ardiendo en la chimenea, las voces alegres de su familia durante las fiestas en las que todos se reunían.

Tal vez nunca recuperaría lo que amaba. Se arrepintió de haber considerado, por momentos, su vida aburrida, con la misma rutina cada día, no imaginaba la nostalgia que sentiría por esa vida que ahora estaba empacada en dos maletas.

Se preguntó si sus hijos podrían reunirse con ellos en el país de acogida, y cuántos habrían muerto en combate, así era LA GUERRA: muertos y destrucciones inútiles, solo porque alguien, para saciar su sed de poder, no quería la PAZ

Leda Negri

Guerra y Paz

Ya habían pasado algunos meses desde el día en el que comunicaron que comenzaría el combate. También aseguraron que ahora se disponía de armas muy eficaces para enfrentarse a la guerra que, por supuesto iba a ser difícil y larga. La lucha empezó casi como un desafío contra un enemigo sí conocido, pero engañoso y traicionero, difícilmente dispuesto a negociar, y que además no tenía prisa. Así fue como empezó el entrenamiento para hacer frente a la nueva situación y se recibió la dosis apropiada y diaria de armas y municiones. Después de una larga lucha, pareció verse un rayo de luz. El enemigo se retiraba. En realidad, se había escondido para multiplicarse con velocidad y volver a aparecer fortalecido. Aquel día después de tanto andar de aquí para allá, igual que todas las tardes, desde hacía unas semanas, pasando por la puerta en la que había un cartel que decía “Por favor, guarden silencio”, entré en esa habitación que también se había convertido en la mía, me senté en una de las dos sillas y permanecí allí toda la tarde, toda la noche, atrapada, ausente, mirando al hombre en la cama. Parecía dormir, pero yo sabía que seguía luchando en una batalla que claramente había perdido. A ese hombre se lo tragaban las sombras. Entonces le dije : <<A veces la vida te sirve un fruto amargo. En esta habitación hay dos cuerpos, el tuyo y el mío, dos olvidos.>>

Al final la paz parecía haber llegado, llevando consigo un silencio aterrador. Después de tanto ruido en mi cabeza, durante un largo tiempo, mis pensamientos apresurados, mis demonios internos, a pesar del silencio, todavía estaban presentes. Caminé descalza por el campo, gozando de la suavidad de la hierba mojada. Por fin me senté en el césped mirando al cielo. Pero esta era una paz feroz y no podía evitar chocar contra ella. ¿Puede la paz ser feroz? Claro que sí, por tener recuerdos que arañan el alma como uñas puntiagudas, pintadas de rojo, como la sangre que fluye por las venas.

A veces, especialmente, cuando el mundo que me rodea está tranquilo y en paz, me doy cuenta de que yo no lo estoy, ya que ahora es conmigo misma con quien necesito hablar.

Raffaella Bolletti

Guerra y Paz

— ¡Papá! ¿Por qué dar ese título a esta obra monumental? ¿Cuántas palabras contiene?

— 560.000, creo. Un enorme fresco de la epopeya napoleónica, vista desde el mundo, la sociedad rusa. Se podría decir que esta alternancia de guerra y de paz durante un período tan largo es prácticamente inevitable.

— ¿Quieres decir que es imposible tener paz durante mucho tiempo?

— No sé si se puede considerar un siglo un período largo. Es más o menos la duración de la Pax Romana (96-192), los emperadores Antoninos.

— ¿Había paz en el mundo en ese momento?

— No, sólo en el mundo romano. El mundo alrededor del Mediterráneo, hasta el sur de Escocia al norte, el imperio persa al este, Egipto y el Magreb al sur.

— ¿Qué significaba entonces la Paz, en esta época?

— Esa es una buena pregunta. La paz es, ante todo, la ausencia de conflictos en un Estado u organización de Estados estables. Esta estabilidad permite el crecimiento económico, el bienestar y el desarrollo de las artes y la cultura. Una legislación armoniosa, unas normas que se respeten y una justicia que las haga respetar por el bien de todos. Generalmente, esto lo permite la democracia, porque hace falta mucha cultura y formación para que no degenere y se convierta en corrupción y populismo. A veces se sustituye la democracia por déspotas ilustrados, como fue el caso de los Antoninos, pero eso depende de la calidad de los hombres elegidos y del sistema para elegirlos. Los Antoninos adoptaban a su sucesor, pero naturalmente esto termina por transformarse en herencia y son pocos los casos en que este sistema no haya llevado al desastre.

— ¿Y la guerra de dónde viene entonces?

— Las fuentes de conflicto son numerosas, el racismo, las diferencias, la lengua, la religión, la envidia también y la conquista de poder, y seguramente me olvido de algo. La respuesta, ya lo ves, está en la paz y el amor hacia los demás.

— Entonces, ¿qué podemos hacer?

— La formación, la cultura, es lo que, quizás un día, hará que los pueblos no quieran luchar más.

La pequeña vuelve a hundirse febrilmente en la lectura de Guerra y Paz.

Jean Claude Fonder

Clarice Lispector (1920-1977)


“Quién sabe, escribo por no saber pintar”

De Chirico

No todos saben que una de las más grandes novelistas brasileñas, Clarice Lispector, nacida en Ucrania en una familia rusa de origen judía emigrada en Brasil en 1922, se dedicó a partir de los años sesenta a las artes visuales, dejando como legado 22 cuadros, la mayoría pintados en madera durante los últimos años de su vida. 

El interés de la escritora por el mundo del arte había iniciado en Europa, durante su estancia entre los años 1944-1951 como esposa del diplomático Maury Gurgel Valente. Es allí donde entra en contacto con los círculos intelectuales y artísticos, posando incluso para algunos pintores como Giorgio De Chirico. Su incursión por las artes visuales no será, sin embargo, el tentativo fallido de una carrera paralela, sino más bien un modo de evadir a las rígidas estructuras literarias. 

“…escribir no me trajo lo que yo deseaba, -explica Lispector- es decir, la paz. Lo que me relaja, por increíble que parezca, es pintar. Es relajante y a la vez excitante mezclar colores y formas sin compromiso alguno. Es lo más puro que hago…¡pinto tan mal que da gusto! y no muestro mis cuadros a nadie.”

Del encuentro con la libertad del puro gesto creativo nace su obra abstracta, cuadros que parecen guiados por la pura improvisación: trazos nerviosos, círculos, rayas que se yuxtaponen, saturaciones intensas y contrastes, juego de formas, colores, materiales diversos de gran impacto expresionista, que por otro lado revelan los temas existenciales recurrentes en su poética: el miedo, la interioridad, la relación del ser con el caos, el cosmos, el impulso vital, la muerte. Obra que viene a la luz en el periodo en que se publica una de sus últimas novelas, Agua Viva (1973), cuya protagonista es justamente una pintora.

Para celebrar el centenario del nacimiento de Clarice Lispector el Instituto Moreira Salles de San Paulo ha albergado a fines de 2021 la exposición intitulada “Constelaçao Clarice.”



Adriana Langtry

La otra cara de …

Una gran cantidad de escritoras, escritores y artistas dedican su tiempo libre a otras actividades creativas. Pasiones paralelas a las que a un cierto punto se consagran con vehemencia, casi en secreto, lejos de la mundanidad profesional. ¿Vocaciones ocultas? ¿Refugios? ¿Senderos complementarios? Sin duda, facetas generalmente poco conocidas, que estos breves artículos intentan iluminar.


Adriana Langtry

La consagración de la primavera

La clase de danza
Edgar Degas (1834-1917)

El tiempo es gris, llueve intermitentemente, como sucede a menudo en Bruselas. Mi esposa nos lleva al circo Royal. En realidad es un circo de invierno transformado en teatro; el escenario tiene todavía las típicas características circenses: una pista redonda central rodeada casi en su totalidad por el público, como en un teatro griego.
No me gusta la danza, la que nos muestra aquí el cuadro de Degas, los tutús de las bailarinas y los zapatos de punta para las niñas, y para los niños los leotardos y las chaquetas de príncipe encantador. Pero, naturalmente, hay que hacer concesiones a la mujer. Por otra parte, este circo fue asignado a Maurice Béjart y su Ballet del siglo XX y me dicen que está de moda entre los jóvenes. Es muy difícil conseguir entradas.
Sin embargo, he logrado comprar dos y estamos sentados en las primeras filas para ver La Consagración de la primavera de Igor Stravinsky
El impacto es brutal, impresionante. Conozco la música, maravillosa y muy figurativa, pero hay que saber cómo mostrarla.
En la primera parte, la naturaleza se despierta. La savia sube a los árboles y a los machos humanos. Parece que están desnudos en el escenario, llevan un simple leotardo color carne que prácticamente no esconde nada, y están en una posición agresiva. Como animales, bailan al ritmo de una música salvaje y potente, tienen necesidad de luchar, de enfrentarse entre ellos para elegir al jefe que tendrá derecho a la hembra más bella.
Las hembras también se despiertan, se ofrecen, piernas separadas, pubis alzados. La reina ya ha sido elegida, su belleza lo determina; bailan a su alrededor y ponen de relieve la seducción de sus curvas. Pero permanecen atentas a la presencia de los machos, ante cualquier señal de su presencia – un ruido, un olor -, se asustan y se retiran a la corola que forma sus cuerpos alrededor de la elegida. 
Finalmente, los machos aparecen, empujan hacia adelante a su líder que pierde toda su prepotencia ante la mujer, se vuelve tímido. Entonces comienza el juego del amor, ella lo atrae, lo rechaza; es ella quien elige mediante la seducción, lo provoca y finalmente sucede el coito desenfrenado, se lanzan el uno en los brazos del otro, entre sus cortes de hombres y de mujeres reunidos para procrear juntos en un aceleramiento musical.
Y al fin un gran aplauso, silbidos como hacen los jóvenes, y gritos agudos del público de mujeres jóvenes desenfrenadas.
La danza, así, me conquistó.



Jean Claude Fonder