Notre-Dame de Paris

Como una Señora elegante y sin edad, tendida en la pequeña isla de la Cité, rodeada por las aguas del río Sena, descanso tras acoger cada día miles de visitantes. Aquí, en la niebla de la mañana parisina, levanto mis brazos hacia arriba, mis dos torres, donde las personas suben para disfrutar de una vista panorámica de la ciudad. Abro mis ojos, los rosetones, ojos que filtran los rayos del sol e iluminan mis cinco naves de luces multicolores. En mi interior, al igual que en el alma de una mujer, se esconden tesoros, hay lugares misteriosos y secretos que solo los visitantes más atentos pueden descubrir. En este momento necesito un poco de maquillaje, ya han removido las gárgolas y las quimeras, criaturas grotescas y monstruosas, para restaurarlas, y casualmente, hoy como en una novela negra, desprovista de la protección de mis gárgolas las llamas de un infernal incendio me han envuelto, quemando y destruyendo el techo, mi aguja derrumbándose. Me he quedado así con la nave central a cielo abierto y llena de escombros. Pero ahora más que nunca tengo el brío para levantar mi voz y gritar que, precisamente por ser la Señora, demostraré que puedo sobrevivir una vez más, ya ocurrió durante la Revolución, cuando mi imagen quedó dañada por haber sido yo desacralizada, profanada, como una mujer violada. Sin duda volveré a nacer de una forma más hermosa, con la ayuda de la fuerza más poderosa del mundo: el amor. 

Raffaella Bolletti

Notre-Dame de Paris

Esmeralda se despertó muy contenta el primer día de su luna de miel, estando en Paris, una ciudad que deseaba visitar desde hacía por lo menos 10 años, desde que le habían regalado para los Reyes el libro de Victor Hugo Notre-Dame de Paris. Había llorado sobre la triste suerte de la gitana Esmeralda, su homónima, había odiado el malvado y odioso Frolo y había sentido mucha pena por Quasimodo a quien nadie quería solo porque era muy feo aunque era muy bueno. Esa mañana la vista de Notre-Dame fue como ella se había imaginado y estaba contentísima. A la tarde fueron a visitar el Louvre che les gustó mucho, al atardecer mientras paseaban cerca del Sena vieron que  Notre-Dame se había incendiado. Para Esmeralda fue un dolor enorme y empezó a llorar desesperada, su marido Martín la abrazó, la besó y le dijo: no llores, así la reconstruirán bonita e imponente como era y el día que se pueda volver a visitar vendremos. Esmeralda se calmó y pensó che así harían.

Gloria Rolfo

El libro de las perdidas

Este año todavía no han llegado los vencejos a Milán. 

La gente pasea el perro, se tira al césped gozando del sol, charla con los amigos: parece que yo soy la única que se da cuenta de que quizás hay otra preciosidad para apuntar en el libro de las pérdidas.

Es que hasta cierto punto las cosas de la vida cambian: cambias de amigos, de coche, de trabajo, de pareja. Pero llega un momento en el que dejan de cambiar y simplemente se pierden, dejándose atrás un sentido de privación que nunca se acaba. 

Porque es verdad lo que dice ese refrán chino, que la vida es como una cebolla: se desprende un trozo a la vez y algunas veces se llora.  

Será por eso que sentimos tanto lo de Notre Dame de Paris, aquellas hermosas agujas que todos tuvimos la ocasión de admirar al menos una vez en la vida devoradas por las llamas de un descuido culpable y evitable. Otra cosa hermosa apuntada en el libro de las pérdidas.

Ahora dicen que han recogido mucho dinero, que se va a reconstruir dentro de poco tiempo. 

Quizás sea verdad. 

Y quizás, también vuelvan los vencejos a Milán.

Silvia Zanetto

Las torres de Notre-Dame

Lunes, 15 de abril de 2019, Paris.

Hemos reservado en la Tour d’Argent. Son la 6,30 hrs, estamos ante la fachada del pequeño museo de la table, típica del Viejo París en madera de color azul con formas rectangulares blancas y dos vitrinas que muestran estatuas de antiguos camareros. Un escrito declara que la casa fue fundada en 1582.

No es la primera vez que cenamos en este restaurante, el más antiguo de Europa, dicen. Es famoso por la receta de pato prensado, los patos son numerados desde la creación de la receta en 1890. Cuenta con una bodega de vinos con más de 450.000 botellas, una de cognac de 1788. Participamos en la ceremonia, un cena compuesta por platos saboreados por Proust y Salvador Dalí como las “Quenelles de brochet” y el célebre “Canard au sang”.

Subimos a la sexta planta, nos instalan en una mesa con vista al Sena y a Notre-Dame. Empezamos a consultar el menú, cuando oímos gritar:

— Notre-Dame está ardiendo.

Vemos  humo, luces rojas y amarillas que aparecen por momentos en la aguja central. En pocos instantes todos llegan, clientes, camareros, cocineros, y se aglutinan alrededor de nuestra mesa, pegados a los grandes ventanales. El incendio se propaga rápidamente a la cubierta. En el momento en que el tejado se hunde, se escucha un grito de estupor que la gente no puede reprimir. Después se derrumba la aguja, pero cuando se ve que el fuego ha llegado a la torre norte no creen lo que no se puede negar, casi un siglo de historia podría convertirse en humo y cenizas.

— El fuego en las torres ha sido contenido, —anuncia la radio que alguien había encendido.

Solo entonces la gente empieza a marcharse con una inmensa tristeza en el corazón.

Jean Claude Fonder

Paulo y el incendio de la catedral

Olmo Guillermo LLévano

“Todo en el mundo es finito. Los seres humanos y nuestro paso por la historia con nuestras vanidades y orgullos personales, es solo una brizna de paja que se la lleva el viento”

Carolina Sanìn.

 Al  escribir los jeroglíficos  del microrrelato, en mi cerebro aparecen dos intangibles que no puedo ver ni tocar porque ya no existen. Se han quebrado al fuego vivo Notre-Dame de Paris y Paulo Cordeiro.

 Al  garrapiñar alegre en el mas incendiario tema que se le ha ocurrido a Jean-Claude, sobre una enciclopedia arquitectónica del gótico en búsqueda de la luz y la construcción del Universo y memoria de la  Francia, en un pequeño respiro  leo la noticia  en la “Gazzeta del Mezzogiorno”:    

…“ Un taxi que había partido esta mañana del aeropuerto de Palesse hacia Mattera, fue violentamente atropellado por un camión, haciéndolo trizas y han perdido la vida….

 — No puede ser. —Exclamo a mi mismo. —¡Mi amigo Paulo y su esposa Vera!.

Un golpe con sonido y olor azufre, una zozobra y un frío adentro intenso y vacío me embarga. No quiero seguir leyendo pero no puedo evitar mirar por el rabillo del ojo izquierdo y luego aterrorizado con los dos ojos la espeluznante foto.

…Totalmente carbonizado. Siento el aguijón de la muerte en la boca del estómago y la arcada de mi cuerpo por el vomito que se me quiere venir encima. Luego, una gran tristeza. En el exilio casi no existen los amigos. Son contados. Y cuando llegan, se convierten en familia. 

Hace un mes el lunes 15 de abril, hablábamos del dramático incendio de la catedral. 

Calcinado él como calcinada ella la Catedral de Notre-Dame, se me entrecruzan los tres y el sentimiento me obliga a borrarlo todo.

Olmo Guillermo Liévano

Significados

En la televisión hablaban del monumento medieval. Robert, adormecido sobre el diván escuchó el nombre de aquella Catedral. Se despabiló de golpe. Se sentó y rastreando con los dedos los objetos desparramados sobre la mesita dio con el mando a distancia. Subió el volumen. Hablaban del incendio, de París, la caída de un símbolo. 

Los ojos de Robert vagaron en las tinieblas. Una inmensa congoja lo invadió. Se acarició la barba encanecida y recordó de inmediato aquella noche pasada en aquel pueblo cerca de Connecticut hacía más de treinta años. Pocas cosas habían cambiado desde entonces. Ahora tenía casi ochenta, estaba jubilado y había enviudado dos veces. Una vida hecha. Por lo demás seguía viviendo en Seattle y, como entonces, era ciego de nacimiento.

En la televisión hablaban de la devastación en acto. Robert trató de imaginar el calor de las llamas, monstruos voraces devorando la estructura que sucumbía como hoja de papel. Pensó en Raymond y en aquel dibujo que juntos habían diseñado esa noche lejana. Lo había conservado. Sintió la urgencia de encontrarlo. Se levantó y se dirigió al  armario. Su memoria interior no le fallaba. Lo halló escondido en un  cajón.

Era un papel grueso de bolsa de las compras. Logró sentarse en el piso,  lo desplegó y acariciándolo le alisó las arrugas. Luego, con las yemas de los dedos comenzó a recorrer las gruesas lineas trazadas por el bolígrafo. Su corazón latía emocionado. ¡Ahí estaban! Las torres principales, los rosetones, la prominente aguja, arbotantes y gárgolas. Pasando los dedos por los surcos Robert volvió a sentir el calor de su mano apretando la de Raymond mientras guiaba el bolígrafo. Nada se había perdido, pensó el ciego. Ahí seguía, todavía intacto, el diseño de su vida, aquella Catedral gótica en todo su esplendor. 

Adriana Langtry

Azul índigo

Antes de morir me entregó un sobre. Con voz sorda recitó en ingles: —An envelope, take it! Don’t open it till tomorrow…— Segundos después sus ojos quedaron abiertos para siempre.

No estaba preparado para ver morir a nadie, apresuré el paso y salí después de errar por escaleras y pasillos hasta llegar a la sombra de un par de arboles donde hubiera podido organizar mis ideas.

El sobre  se presentaba abultado y su peso me indicaba que podría contener varias 

paginas, al menos cuatro. 

Pero el enigma era el tiempo. ¿Por qué esperar hasta mañana? Luego recordé una vieja historia judía de un rabino que encuentra en la calle una billetera repleta de dinero pero que no puede recoger ¡porque es sábado! Entonces ruega a D__s por un milagro y ¡paf! Es jueves, y el rabino recoge la billetera.

Sin pedir ningún milagro haré lo mismo, he decidido: ¡hoy es mañana!

Abrí el sobre, en su interior descansaban cuatro paginas de color azul índigo, densamente escritas y con algunos garabatos que a primera vista eran tan egipcios como aztecas. Y así decía:

«Hoy jueves 10 de abril de 1853 he iniciado un nuevo comercio, he teñido de azul índigo las camisas y pantalones de los mineros de Los Alamos Town y de Amarillo City en California. El resultado fue tan inesperado cuanto sorprendente.

Pero os aviso, el color azul índigo es el diablo, es un color maldito. He intentado detener su codicia, su superbia inútilmente. ¡Nos arrollará a todos! ¡Que D__s nos proteja!!!

LEVI-STRAUSS

Termine’ de leer confundido, no comprendí el significado. ¿Quién era Levi-Strauss? ¿Por qué era tan peligroso el azul indico? 

Doblé en cuatro las paginas y las confié al bolsillo trasero de mi “blue jeans”.

Ariel Soulé………………

Carta apócrifa

Vincent van Gogh (1853-1890) La Meridiana o la Siesta (inspirada en Millet)

Saint-Rémy,  10 de mayo 1890

Mi querido Théo,

Quisiera decirte que creo que hice bien en venir aquí; primero, al ver la realidad de la vida de los locos, pierdo el vago temor, el miedo a eso. Y poco a poco puedo llegar a considerar la locura como cualquier otra enfermedad.

He vuelto a hacer una copia de Millet, me gustan mucho sus telas «Trabajos del campo». He elegido «La siesta». Me gusta el dibujo, pero querría cambiar el juego de los colores siguiendo las sensaciones que mi memoria ha grabado en el calor de la Provenza. Lo verás; me parece que pintar según esos dibujos de Millet es traducirlos a otra lengua antes que copiarlos. La luz invade el campo y lo tiñe de variaciones amarillas que del casi blanco van al anaranjado. El cielo entonces y los cuerpos acostados en la sombra de un pajar necesitan variaciones de azul alrededor del índigo.

Si puedes envíame: 3 tubos blancos de zinc, 1 tubo de cobalto, 1 tubo de ultramar, 1 tubo de mina anaranjado, 4 tubos de verde veronés, 1 tubo del mismo tamaño verde esmeralda.

Me obsesionan estos colores, en particular el azul índigo, lo quiero siempre más profundo, más oscuro. Quiero pintar cielos enojados que preparan las tormentas que dominan el mundo. Quiero pintar noches que acogerán estrellas naranjas, las que ya están en el más allá.

Vincent.

Jean Claude Fonder

AZUL INDIGO: El maravilloso color del sostén de mi primera vez 

Lo conocía desde solo un mes pero la atracción era muy fuerte, y a pesar de mi educación muy estricta, decidí, después muchos No, decir un Sí.

Me arreglé y me puse mi nuevo sostén de un maravilloso color blu índigo, cuando todo terminó pensé: “¿Por qué no lo he hecho antes?»

Él es mi marido desde hace 51 años.

Leda Negri

Niño índigo

Olmo Guillermo LLévano

Cuando era muy niño, hablaba con las plantas y mediante una rosa de color rojo, tuve un viaje a las estrellas; con los insectos aprendí  sobre la evolución de los seres vivos del planeta. Podía ver el aura de la gente (tal vez lo único que ahora de viejo todavía conservo cuando de vez en cuando observo de cierta manera a ciertas personas… ). Adultos y niños  creyeron que todo era producto de mi imaginación, que ganó pronta y larga fama.

Como permanecía tanto tiempo solo y ensimismado con mis propios pensamientos, al explicarles a mis papás que la muerte no existe y adivinar segundos antes los lugares y acontecimientos, preocupados pensaron que era un niño con deficiencias mentales y resolvieron llevarme a una escuela antes del  tiempo correcto. El primer día aprendí a contar de uno en adelante y eso fue un escándalo. Por mis comportamientos extraños,  me gané la mala voluntad de la rectora y dueña. Lola se llamaba… Al no obedecerle  sus absurdas ocurrencias, pretendió castigarme cruelmente. Obligarme a hincarme de rodillas desnudas sobre granos de arena mojada en piso encementado y sostener un ladrillo grande y pesado  en cada mano que ni siquiera cabían en ellas. Me rebelé. Salí como un rayo corriendo y ella detrás para agarrarme. Logré escaparme por una ventana, no sin embargo sus largas unas untadas de tanta tinta azul, hondo se enterraron en mi cuello cuya cicatriz de ese color me acompañara medio siglo, hasta cuando nació el menor de mis hijos quien balbuceando, nos describió con lujo de detalles, cómo era el planeta de donde él había llegado a esta Tierra y que se llamaba “Laska”… 

Un lejano recuerdo de mi niñez  escalofrío todo mi ser… Era la genética heredada. Un niño índigo como de niños  habían sido su padre y su abuela telépata.

Olmo Guillermo Liévano

Con la hipnosis la paz puede llegar

 

Tenía una obsesión que lo perseguía, a tal punto que le provocaba sueños extraños. ¿Cuál? 

“¿Por qué había venido?” Era tarde para esa pregunta. Ahora se sentía vulnerable, como el niño antes de emigrar.

— Cierre los ojos, Vijay. 

— ¿El ultimo recuerdo, que tiene de su niñez? Preguntó la Doctora. 

Sentado en un sofá dentro de un cuarto espacioso, respondía:

— ¡No lo sé!! Llorando desconsoladamente.

— Ok. Señor Vijay. Escuche mi voz, no piense en nada. Solo escuche mi voz, mi voozzzz… 

¡Noo!!  Aún estoy vivo. ¡No, noo! No me hagan esto. Gritaba, hasta que sus ojos dejaban de mirar. Vendas de un color irreconocible cubrieron mis ojos. 

Barcos que desembarcaban en algún puerto, no reconozco el lugar. A pocos metros, recogía la red llena de peces que el pequeño bote de mi padre cargaba. Pude observar como los obreros descargaban telas, vestidos, etc… barriles estos últimos parecían la cosa más importante de la embarcación. 

— Continue Vijay! 

Estoy sentado en un valle / la doctora en silencio le aferraba la mano / Miro un arcoíris.

«Buena cosecha» El anciano que me acompañaba lo decía. 

— Agradezcamos al Inti. A la pacha mama.

Todos nos arrodillábamos, pero antes de hacerlo, un color llamaba mi atención. El penúltimo, único color que no lograba nunca reconocer: 

rojo, naranja, Amarillo, verde, Azul.. ¿?  y el violeta.

— ¿A qué color se puede asemejar? No lo sabe? Entonces lentamente abra sus ojos. 

— ¡Síí, este es el color, Doctora!

— Vijay, Vijay… Despierte… 

— Tendremos que llevarlo a la morgue. Es de nacionalidad Indiana, lo sabe Dra. sky? 

— Sí, sí. ¡Llévenselo!

“Paciente 6, y todavía no logro hallar el color que me atormenta” 

— ¡Vijay eras, tú! ¡Estaba tan cerca Dios!!.

 ¿Cómo puedo encontrar Paz, Vijay Indigo era? 

Descansa.

Luis Martin Ghiggo

El cielo al atardecer

Y fue así que ella se perdió el encanto de la primavera, encerrada entre cuatro muros de olvido y de rencor.

O quizás la vio, pero en blanco y negro: despojada del perfume del milagro, vacía de la maravilla ilusionada  del renacimiento.

O no la supo reconocer, porque ya no era para ella.

Se lo perdió todo y ni siquiera se enteró.

Y caminó a través de la niebla grisácea que esconde las violetas y los narcisos, sin atisbar el azul índigo del cielo al atardecer: ese azul que no le pertenecía. 

Silvia Zanetto

Preguntas

¿Que pasó a los hombres cuando salieron del vientre de una mujer?

Se deslizaron entre el agua y la placenta y, oyendo el último grito de la madre, se hicieron sordos a las penas de las mujeres.

¿Y yo?

Yo desaparecí de tu vida sin dejar huella como el agua enjabonada fluye sobre las piedras de un suelo sucio.

¿Y tú?

Tú me olvidaste come se olvida una vieja bufanda en el asiento de un taxi.

¿Qué me queda?

Tu mirada azul indigo. Un cuchillo de hielo que mata mi olvido.

Iris Menegoz

Azul índigo

Para el chaval de unos doce años, que nunca se había alejado de su aldea, el azul índigo sólo correspondía al color del cielo que contemplaba en las noches frías del desierto. Ahora era un migrante y los hombres que lo acompañaban cruzando el desierto, con destino al mar mediterráneo, llevaban una túnica y un turbante de ese mismo azul índigo. Abdul, el tuareg, el hombre azul que tenía ocultada su cara entera, salvo sus ojos, le daba miedo, pero al mismo tiempo tenía que confiar en él. Sabía que muchos habían muerto en el «mar sin agua» del desierto. Por fin llegó a una localidad costera y subió a una patera de goma con los demás. Al poco tiempo la patera se dobló por la mitad; el chaval cayó en el agua, desapareciendo bajo las olas; por no saber nadar, se hundió en el mar desconocido y otra vez se dio con ese color azul índigo de las aguas profundas. Consciente que iba a afrontar la muerte, pensó que el color azul índigo le traía desgracia y se dejó llevar por la corriente, en el mismo silencio total del desierto, escuchando el latido de su corazón. Fue rescatado, y al despertar desnudo en una cama de hospital, se percató de que alguien le apretaba la mano. La doctora que cuidaba de él, una mujer de pelo negro y ojos de un azul profundo le dijo: “Tranquilo estás en Europa ahora, pero mejor sería que te pusieras estos vaqueros y esta camiseta”. ¡Vaya! ¡los vaqueros estaban teñidos de color azul índigo! ¡Tal vez sea azul índigo también la bandera europea! Pensó el chaval.

Raffaella Bolletti

La vista azul

Por la mañana Alejandro Echevarría se había levantado temprano, no se encontraba muy bien, estaba mareado, se sentía un poco extraño. Despacito, arrastrándose, se fue al baño, se lavó la cara, pero no veía muy bien; de repente se dio cuenta de que entreveía todo de color azul.

Al principio pensaba que llevaba puestas sus gafas de sol azules, pero no, la vista era de un color particular, con un matiz “azul índigo”.

Parecía ver a través de lentes de ese color, fotografías en blanco y negro viradas, como si una gelatina se hubiera puesto delante de la pantalla del televisor de una época lejana.

En aquel momento buscó desesperadamente dentro de si mismo cualquier instante de felicidad pasada.

¿Qué le cambiaría en su vida de ahora en adelante? Los ojos azules, iguales, ¿Los legendarios hombres azules con el “Tagelmust” que se cubren la cabeza? No pasa nada.

¿Cuándo brilla rojo el atardecer? ¿Chiste sobre los Pitufos? ¿Mirar cuadros famosos de Kandinsky, Vermeer, Chagall, Klein…pintores de la más perfecta expresión del azul? Tenía que acostumbrarse.

De todas formas es un color intrigante, encantador; de la serpiente azul caníbal, del zafiro, de los dioses, del diamante azul, del planeta Neptuno.

¿Si hubiera tenido que elegir él un color? El amarillo, bueno no; el verde, ni hablar; el negro, la oscuridad; sí, el azul índigo está bien, aparte de enrojecer de vergüenza y derramar lágrimas amargas azules.

Luigi Chiesa

El color de mi inconsciencia

 

Llovía mientras amanecía y el gallo con su canto agudo expresaba su pavor, porque el inquebrantable invierno  azotaba  sin temor.

Todo era confusión las aves escondidas, entre sí  buscaban un poco de calor, la ciudad perpleja y vacía  porque la euforia del viento golpeaba mis pulmones y mi inspiración. 

Mientras del cielo se desprendían las nubes como croquetas el horizonte diseñaba en su lienzo  un azul índigo  que asustaba a la gente y a mi inconsciencia, eran señales que aún duraría la tormenta. Avanza el día y ese color aún permanecía ahí, estático y  desafiante como diciendo bienvenidos a la fiesta, pero no era una fiesta cualquiera parecía una terrorífica odisea, un Halloween, un viernes trece o una cadena perpetua.

Mi madre quedó en llegar a las 8 y ya eran las 10 de la mañana, la llamaba  constantemente al teléfono y no respondía, mi hija lloraba por su teta y la mamá bien gracias dormía profundamente a rienda suelta. mi preocupación ya no era sólo una, se multiplicaba conforme mi menesterosa  imaginación  perdía la testa.

Ya tenía 28 y aún yo parecía de 8 como un infantil tratando de huir buscaba una salida en mi inconsciencia; aterrorizado buscaba un consejo, una solución, mi madre no estaba, el día me espantaba, la biblia sobre mi velero me  acariciaba sin darme cuenta, la cogí tembloroso y después de leer dos versículos mi temor desapareció de mi cuerpo y cabeza; aunque el azul índigo junto a la tormenta continuaba con su fiesta.

Luis Alberto Prado

Azul

La niña cogió el cuaderno que tres años antes le regaló su madre por el día de su cumpleaños y que había usado para pintar todos los azules del mundo. Ahora su madre estaba enferma en la cama blanca de un blanco hospital. La niña fue a visitarla y la madre le cogió la mano. La pequeña le dio el cuaderno donde había pintado el azul del cielo y el azul del mar que su madre ya no volvería a ver. Y, en la última página, el azul cobalto, un azul claro y oscuro al mismo tiempo. El azul que encierra todos los azules del mundo. El azul de los ojos de su madre..

Massimiliano Gaspari

Planeta Azul

Hoy la clase desborda de chicos de secundaria pendientes de lo que va a responder la profesora. Las preguntas vuelan numerosas como una nube de flechas:

— ¿Por qué el clima está enloquecido?¿Qué va a pasar si la tierra se calienta?¿Por qué es malo deforestar el Amazonas? ¿Por qué el plástico es un problema? ¿Por qué el petróleo es un problema? ¿Hay demasiados coches? ¿Es verdad que necesitamos los coches eléctricos? …

Una chica se desmarca alzando la mano y la profe pide silencio para escucharla:

— ¿Por qué  llamamos a la tierra el Planeta Azul?

— Porque cuando se ve desde el espacio es azul, —responde la docente, — la tierra, como nuestro cuerpo está formada por agua en un 70%, el agua es la vida. Nuestra tierra es preciosa, tenemos que salvarla, cuidarla, hacer que sea aún más bella para vosotros que sois el futuro, el futuro de la humanidad. ¡Os toca a vosotros, chicos!

El silencio de la reflexión se impone por un momento. Todos se dan cuenta de que la manifestación a la cual quieren participar no es solo un juego de carteles y de disfraces.

De repente las lágrimas desesperadas de una muchachita rompen la tregua.

— ¿Margherita, pobre, qué te pasa, por qué lloras?

— Mi madre no me deja participar, dice que es peligroso y no me puede acompañar. Pero también yo quiero hacer algo. —dice con voz temblorosa.

— Muy bien, Margherita, cada uno puede hacer lo que pueda: dile a tu madre y a tu padre que dejen de utilizar y comprar plástico y cosas embaladas en plástico. Y que compren un coche eléctrico o, aún mejor, que no lo compren.

Jean Claude Fonder