El duelista

Esa mañana, en el claro de un bosque cerca de Mestre, el amanecer era vigorizante. Un sol un poco pálido dramatizaba este decorado de árboles majestuosos. El verde del bosque ya estaba manchado con grandes salpicaduras de oro. Estábamos en los primeros días de octubre.

Mi asistente y yo, como siempre, estábamos en el lugar un poco antes de tiempo para asegurarnos de que todo estaba en orden, sin presencia molesta ni otros inconvenientes. Nos llevamos las pistolas, de precisión, por supuesto, no quería matar a mi oponente, el cornudo. Sonrío ante la idea.

En realidad no lo conocía, fue su representante quien me lanzó el guante. Ella, la conocí durante el carnaval, llevaba una máscara veneciana que le cubría toda la cara. Cuando nos conocimos en la intimidad de la posada, todavía lo usaba. La única parte de su cuerpo que me mostró fue su pecho generoso, espléndido, que me desafiaba y me excitaba todo a la vez. ¡Una noche para recordar!

Bueno, esa es una forma de expresarme porque según mis buenos hábitos, al día siguiente ya estaba de caza, el carnaval no había terminado. Y, como me sucedía a menudo, fui desafiado a un duelo unos días después.

Llegaron a las 8:00, como acordamos. Mi víctima parecía pequeña y flaca. Mientras nos estábamos observando a distancia, nuestros asistentes estaban ajustando los detalles del procedimiento. Las pistolas elegidas, espalda a espalda y en camisa, dimos los diez pasos reglamentarios. Nos pusimos cada uno en el punto de mira del otro…

De repente mi oponente hizo un gesto de espera, se deshizo de su camisa y me retó de nuevo… Estos pechos orgullosos de mujer… Era ella, la reconocía ahora. ¡Era Elvira! …

Lo último que percibí fue la detonación.

Jean Claude Fonder

Duelo

El viejo estaba acostado en el sillón preferido de Pilar, se sentía muy cansado y sin fuerzas, el día antes habían enterrado su mujer, muerta después de una mala enfermedad.

Pensaba en todos los momentos felices con ella: el día de la boda, el nacimiento de los hijos y en todas las adversidades de la vida superadas junto.

Él la había amado muchísimo desde el primer encuentro, ¿Qué habría hecho sin Pilar? No quería vivir más.

Se durmió por un momento, de repente oyó el ruido de la llave en la puerta y vio entrar su nieto mayor que le dijo: 

— ¿Hola abuelo como estás? He venido a vivir contigo, no te dejo solo. — y lo abrazó fuerte.

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Leda Negri

Duelo

Castor y Pollux

Salomón reñía siempre con su hermano Pedro. Eran como los Dioscuros, los gemelos Cástor y Pólux. Como todos los gemelos reunían en sí tanto la unidad como la pugna, el duelo, como lo testimonian numerosas historias mitológicas – Ormuz-Ahrimán en Persia, Ixbalamqué-Hunahpú (los mellizos del Popol-Vuh), Rómulo y Remo, Caín y Abel.  –

Salomón se sentía atado a él por fuertes sentimientos de amor y envidia, en ese concentrado de lo humano que es la relación entre hermanos, emergen todas las diversidades y las contradicciones de la humanidad. Pedro era el menor, el consentido del padre, ese patriarca severo, poderoso, pero a veces tierno o injusto.

Iban a cacería y Pedro era el más afortunado y el más ágil, apostaban carreras y era el más rápido; se retaban a duelo de lucha libre y un día la competición fue de tiro al blanco con las escopetas de caza. Un disparo apagó las risas de Pedro y al acudir el padre, las manos de Salomón estaban ensangrentadas, tratando de reanimar al hermano sin vida.

La furia del padre fue como la de un dios del Olimpo. Expulsó a Salomón y la familia se llenó de duelo para siempre.

El destino de este Caín fue de desamores, violencia y abandonos. Trabajó duramente, formó una familia, pero abandonó a su mujer y a sus hijos, porque no lograba encontrar paz y armonía; su hijo mayor eligió la carrera de las armas, era cruel y vengativo y sus nietos también tuvieron una pasión morbosa por las armas de fuego, llegando a posiciones importantes en el ejército, pero con el estigma de la maldición que seguía resonando en sus vidas, desde que Salomón-Caín fuera expulsado del edén familiar. Quizás las maldiciones se pueden sanar con el perdón y el esclarecimiento de la verdad. A veces, las familias son un cálido refugio o un pequeño infierno de desigualdades. 

Maria Victoria Santoyo Abril

Cinco muertes: cuatro duelos

— Que tienen que hacer el luto y guardarlo, —insistía mi hermano el psiquiatra, siempre que moría alguno de nosotros, que se fueron yendo con intervalo de días, en una procesión de muertos; mi mamá, mi hermano menor y enseguida mi papá, quien en su soledad de anciano viudo no les guardó luto pues hablaba con ellos todo el tiempo.

— Mija por acá, mija por allá… Hijo tal cosa… —como si estuvieran siempre a su lado, pero nosotros no veíamos nada. 

Ella duró semanas muriéndose, queriendo despedirse de todos.

— Prométame no derramar una sola lágrima, —me decretó agonizando. No le hice duelo. Ahora se me aparece en sueños y conversamos como ella lo hacía con su esposo estando ya muerta.

Sacudido por lo prometido, volvieron lejanos recuerdos dolorosos, olvidados…  Siendo niño, mi primera inconsolable tristeza al morir mi perro, que no desapareciera hasta el nacimiento de un bebé en casa paterna bautizado Ramiro, un adorable ser humano a quien amé al instante y adopté como si fuera mi hijo siendo mi hermano, hasta el día de su muerte inesperada y violenta.

Duelo empatado al de mi padre al morir casi de inmediato. Sentí rabia con Dios. No creí más en nada.

Pasaron los años… y cuando el nacimiento anunciado de un hijo empezaba a borrar el dolor de tantas muertes caseras, el turno fue para él, que no supo qué era la vida porque nació muerto. Fui al infierno. Toqué fondo y sólo pude sobreaguar y volver a creer, al nacer Juan Felipe, el Benjamín de mi manada, que, amamantado con la leche de la mujer amada, lo hará inmortal. Ya tiene casi un cuarto de siglo feliz y está muy vivo.

 

Olmo Guillermo Liévano

El duelo de Don Nacho

A mediodía en un día de miércoles al improviso Don Atanacio Balboa (Nacho) dejaba de existir a los 75 años. Sus hijos confundidos por tal triste e imprevista noticia se preguntaban el ¿por qué? En medio de estas vicisitudes, Auria la hija menor lloraba desconsoladamente, pidiéndole perdón. Los dos hermanos restantes Pablo y Josefina, más calmados dialogaban, distribuyéndose las tareas para organizar el velorio. Uno fue a ver la funeraria, la otra a arreglar la casa y avisar a los familiares, mientras tanto Auria fue a comunicar al cura. Luego fue a una emisora local a meter el anuncio e invitando al duelo de su querido padre.

En medio de la tristeza la organización andaba de maravilla. 

Hacia las 4 de la tarde una luz divina iluminó sus vidas, don Nacho despertó, ¡Aleluya! Abrió los ojos. ¿Qué pasó? un paro cardíaco, solo eso había sucedido. 

Por dos horas sin parar festejaron bailando y bebiendo por la resurrección del padre. Después de las 6 de la tarde don Nacho cansado se fue a descansar. Estando en su recamara tenía la radio encendida y escucha la noticia donde se invitaba al duelo de él.

Acongojado y estúpido llamó a su hija y dijo que vayan a cancelar esa noticia. De inmediato mandaron a un familiar, pero la emisora quedaba a 20 minutos de la casa (no existía el móvil).

Durante este tiempo volvieron a pasar más de 5 veces la noticia de su deceso. Bastó para que esta vez sí, un verdadero paro cardíaco le ataque sin piedad. Entre la preocupación la rabia y el alcohol, la hipertensión lo mato.

Nota: Esta historia fue real sólo cambie los nombres por no herir susceptibilidades. 

 

Luis Alberto Prado

Duelo

En esta habitación siempre hay gente distinta y esperando. Caras nuevas que hablan, alguien contando su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días.

Algunos escuchan con atención a los que hablan, otras con hastío miran el reloj, otras veces no se puede escuchar sino llorar, alguna que otra vez uno puede hasta reírse, se entablan conversaciones y se cuentan cosas.

 Y yo recuerdo aquellos días en los que iba al campo, un día de esos en que el verano te premia con un ligero viento fresco, una brisa que reconforta y aparece la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El ritmo adecuado para que crezcan las flores, la higuera, la uva, tiempo para recoger una cosecha completa, hay que esperar, todos esperamos a recoger la cosecha final.

Delante de esa habitación todos esperamos y él ve como sucede el tiempo para todos y prescribe si la cosecha será buena o no y hace su diagnóstico y sabe si hay que esperar o ayudar de alguna manera al tiempo para que la cosecha sea mejor, sea más fácil de recoger y se recoja en el momento adecuado.

En mi caso él me hace sentirme segura, me hace sentirme segura el que él recorra un poco de mi tiempo, son pocos minutos al mes, ¿cuántos duelos habrá tenido que recorrer? ¿Cuántos no han vuelto a regresar a por sus recetas, a su análisis anual? ¿Cuántas veces el duelo es el de una niña o el de un anciano? Nunca nos preguntamos por los duelos de aquellos a los que no tenemos que avisar cuando llegue la cosecha final. El médico se va a enterar solo cuando tú no vayas más y a la enfermera le pasará igual, ellos tienen un tiempo mínimo para los duelos. Nosotros una sala de espera llena de suspiros.

Pensándolo bien todos se enterarán cuando ya no te vean más y entonces comienza el duelo de cada cual. Y el silencio largo se queda entre dos palabras y duele.

Gracias por llenar mi espacio con tus tiempos. 

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Blanca Quesada

El duelo

Otra vez había vuelto, y no había sido nada inesperado: algo como el inexorable reflujo de la mala temporada.

Había vuelto: lo reconocía por los mordiscos de perro rabioso en mi corazón, por los golpazos en las rodillas que invadían mis piernas con una lánguida debilidad y hacían mis pasos inestables. Lo reconocía por el melancólico presagio de que la vida se me iba a oleadas, como una letanía de intentos fracasados que nunca llegaron a su fin, como una respiración entrecortada que se recomponía en un trastorno rítmico.

Había vuelto. Y era como si nunca se hubiera ido, ocultado entre los pliegues de los días inútiles, en los malhumores escondidos, en los recuerdos traicioneros que afloraban a la memoria como trozos de madera después de un naufragio.

Había vuelto para encerrar los días en una monotonía plomiza sin esperanza, en el hielo que encierra el ritmo y la réplica de las horas, para encarcelar mi vida en un Invierno del que no podía presagiar el fin.

Había vuelto, era él: era el duelo.

Silvia Zanetto

Latina

__ ¿Ve? Se acostó con usted nada más que para quitarle dinero. Menos mal que yo estaba atento. ¿Cómo fue que la conoció?

__ La vi en el baño. 

__ ¿De qué hablaron? Cuénteme todo. 

Clifter hizo un gesto de contrariedad. Se puso un manta sobre los hombros, hacía frio y encendió un cigarrillo.

__ La chica me gustaba, nada más.

__ Se acostó con ella…

__ Ni nos dirigimos la palabra.

__ Se encamaron y le hizo los bolsillos.  

__ Seguramente no era una princesa rusa. ¿Usted recuerda Clifter que somos dos descendientes de los valientes soldados británicos que han llegado a este país durante las Invasiones Inglesas? Usted sabe Clifter que no podemos acostarnos con la primera tipa que se nos antoje? Ahora dígame Clifter, ¿quién era, de que raza era?

Cerró los ojos mientras inspiraba el humo del cigarrillo. Fumar lo relajaba y le hacía descargar la rabia y la humillación que sentía en ese momento

Abrió los ojos, pensando que no estaba a la altura de todo esto. Murmuró algo…

__ ¡Una Latina!

Clifter y su amigo estaban sentados en la barra del Alvear Roof Bar, uno de los bares más exclusivos de Buenos Aires.

El barrista Ramón había escuchado la conversación y dijo:

__ Perdón si me entrometo, ¿están hablando de una chica color piel canela y ojos verdes?

__ Sì…

Afirmó Clifter con asombro y rabia

Ramón continuó:

__ ¡Es Rosa La Latina! Una especie de Robin Hood Latina que se mueve en los barrios altos. Seduce a las víctimas con su cuerpo estatuario, el color de piel y sobre todo esos ojos… hechiceros verdes esmeralda.

Clifter a este punto quería saber más…

__ Ramón, continúe por favor.

Ramón llenó los vasos de los tragos de sus clientes.

__ Dicen que besa muy bien. Encanta a sus presas, los lleva a la cama pero después nada de sexo. Durante su danza seductora quizás debe agregar algo a las bebidas, los clientes cuando tocan la cama caen como hipnotizados. Les roba y les deja una señal en el hombro izquierdo, como una firma.

Clifter ni se había dado cuenta. Abre los primeros botones de la camisa, se libera el hombro izquierdo y descubre las dos letras como dos rasguños, un poco inflamados: “RL” 

Ramón asintiendo con la cabeza dijo:

__ ¡Exacto! Son las iniciales de Rosa Latina.

Un bolero de fondo y de la puerta entró una chica de piel color canela.

En ese preciso momento los tres hombres presentaron las mismas características: bocas abiertas y todos los pelos de punta.

Myrna Gil Quintero……………
Ariel Soulé………………

Latino

“Pero, profesor… ¡Sí es más fácil que el inglés!” exclamó Martín durante su primera clase de latín aquel día de hace innumerables años, en el segundo curso del colegio.

El profesor sonrió,  silencioso y satisfecho. Pero fue su padre el que le desilusionó, el que le advirtió de que no se dejara engañar  por asonancias y consonancias y lo inició en los misterios  gramaticales de la remota lengua, madre de tantos idiomas.

Esta advertencia paterna “ab inicio” lo desasosegó un poco, pero Martín se las apañó bastante bien hasta que empezó el bachillerato, cuando, “a posteriori” tuvo que darle la razón a su progenitor, porque le costaba mucho alcanzar hasta un “aprobado” en latín. A pesar de todo, pasó los exámenes, “Dei gratia”  y se apuntó a la Universidad, eligiendo la facultad de Humanidades, la que sería su “alma mater” durante cinco años. Su “deficit” lingüístico se ampliaba y sus derrotas latinas eran más catastróficas que la de Adrianópolis, pero en las otras asignaturas cada vez sacaba sobresaliente “cum laude”. 

Con toda probabilidad, habría tenido que repetir los exámenes de latín “per saecula seculorum”, y se habría licenciado “post mortem” si los profesores no se hubieran apiadado de él, un estudiante “sui generis” que hablaba varios idiomas, escribía como un ángel y sabía citar de memoria a todos los escritores españoles, pero de latín no entendía ni “bis”. La “condicio sine qua non” para asignarle la licenciatura fue que nunca pusiera en su “curriculum vitae” la palabra “latín”. 

Epílogo: Hoy Martín es catedrático  muy estimado en la misma universidad en la que se licenció: es profesor de Inglés.

Silvia Zanetto

Latino

Era un animal imponente, era enorme, un pastor alemán, de los que se usan en las películas o en las series. Vivíamos en el campo, una casa con un gran jardín y una piscina. Tenía que vivir fuera, necesitaba espacio, debía poder correr, entregarse, ladrar, jugar.

Era hermoso, joven,  de pelo negro y brillante, dos perlas marrones oscuros le daban una mirada como la de Rodolfo Valentino. Los niños lo adoraban.

Y él también los adoraba, era indispensable en medio de ellos, sus juegos eran interminables. Incansable corría tras la pelota que le lanzaban, la traía de vuelta y la depositaba en el pie del lanzador. Respiraba con un pequeño sonido suplicante y echaba una mirada lánguida que quería decir: «otra vez».

También era dulce con los más pequeños, se acercaba precavidamente para dejarse acariciar como un gran juguete de peluche. Y también protector: si alguien que no le gustaba se interesaba demasiado por el niño, él mostraba los dientes emitiendo un gruñido amenazador. 

Una vez que la pequeña Sophie jugaba en la piscina, se dio cuenta de que no hacía pie. Ella comenzó a luchar y a gritar desesperadamente, él no dudó ni un momento, se lanzó al agua, nadó hasta ella para que pudiera agarrarse a su collar y la remolcó hacia la pequeña profundidad. Salieron del agua y la pequeña corrió a refugiar su miedo en los brazos de su madre, él se sacudió de su agua y me miró buscando una aprobación.

— Latino, mi buen perro, ¡ven aquí! — digo con una sonrisa. Y, todavía mojado, lo tomo en mis brazos.

Jean Claude Fonder

Latín

Milan, 1955. Quinto y último año de escuela primaria.
Para terminar la escuela obligatoria tenía que elegir entre dos trienios. La "escuela Commerciale " y la "escuela Media". La primera dirigía hacia un trabajo, la segunda hacia la continuación de los estudios.  
Yo sabía, por ciencia cierta, cuál era mi destino.
En la escuela “Commerciale" habría aprendido estenografía, dactilografía, contabilidad y un poco de francés. Herramientas básicas, que me habrían abierto las puertas a un modesto mundo de trabajo.
Nunca pensé seguir estudiando. Trabajar para ayudar a mi familia era un orgullo, no una pena.
En la “Media” estudiaban el idioma de los latinos, de los Romanos, el “Latín”. Una lengua mágica, secreta, inútil que despertaba en mí una rara atracción. Me preguntaba.
¿Por qué aprender una lengua que teóricamente no sirve para nada?
Pensé que sin duda ello ocultaba una clase de extravagante privilegio que solo unos pocos afortunados podían disfrutar.
¡A mí diez años, por primera vez, me di cuenta que el mundo tenía dos caras!
Iris Menegoz

Magia latina

El amanecer ya se asomaba. Habíamos leído toda la noche, acompañados por las gotas incesantes de lluvia que golpeaban el vidrio de la gran ventana que daba al hermoso jardín, la pasión de su esposa hasta el mismo día de su muerte. Desde que ella se fuera, mi padre ya viudo enmudeció y acercándose al siglo, no se volvió a mover, enraizado igual que un árbol sembrado en su asiento de siempre del comedor de la casa, donde se la pasaba leyendo a todas las horas, sus centenares de libros buscando en ellos algún  rastro de ella. 

El  turno esta vez fue para “Cien años de soledad” y no le perdió una sola coma…Yo lo acompañaba leyendo otro, atento a lo que se le ofreciera. Pero él no pidió nada. Ni un vaso de agua o un café, que antes tanto disfrutaba. 

De repente gritó pronunciando varias veces mi nombre. De un salto y con el corazón atragantado en mi garganta, estuve a su lado para auxiliarlo… Las letras de las palabras se le salían de las páginas como hormigas huyendo y él luchaba por  regresarlas. Sorprendido calculé como un ciego donde estaban regadas de a montones en la mesa, le ayudé a rescatarlas y con él, tratar de reordenarlas a velocidades planetarias. Centenares de pájaros de colores exóticos,  cacatúas, orquídeas y mariposas amarillas inundaban el espacio. Reconocí a Aureliano Buendía en medio de un campo de amapolas. Úrsula buscando a su hijo José Arcadio, la culebra pintada en su cuerpo seduciendo a una gitana para olvidar a la sensual Pilar Ternera. Le leí en voz alta. De las entrañas de su jardín milagroso como un anillo de bodas, ella había entrado para reunirse con él por unos instantes.

También comprendí porqué los latinos de América, amazónica, andina y caribeña, somos otra cosa.

Olmo Guillermo Liévano

Sueño latino

El hotel Latino estaba inmerso en un parque natural de pinos marítimos; tenía un patio con un jardín exuberante, una pequeña piscina tallada en piedra de lava negra y quemada, un claustro con azulejos en las paredes y se olía siempre un perfume penetrante de plantas y flores tropicales. El huerto, los frutales, el rincón de hierbas aromáticas, el rocío del agua, estaban rodeados de cortinas rompe vientos. Todo chiquito pero hermoso.

—¡Vamos al Latino! —normalmente se decía. Mi cuarto asomaba al interior; estaba decorado con varios objetos de países lejanos, máscaras de Bali, tótems de India, altares de rituales vudú cubanos, muebles étnicos de bambú y cuero.

El latino era más parecido a un chiringuito de madera que a un edificio. A la cafetería llegaba cada día un niño que hacía cualquier cosa con hojas de caña de azúcar cruzadas. — ¿Qué quieres? —me preguntó, mirándome con sus grandes ojos negros. 

— Hazme un saltamontes —respondí. En diez minutos con los deditos de sus manitas hizo el bicho. 

— ¿Cuánto vale? 

— Lo que quieras. 

Le di un poco de dinero, probablemente lo que ganaba en un mes, a juzgar por su mirada sorprendida.

Mientras estaba tumbado perezoso en mi cama con la puerta abierta, se abalanzó de repente una muchacha mestiza de unos 15 años, guapa, pelo negro rizado, con un cuerpo longuilíneo y pequeños senos.

— ¡Tengo hambre! —Me dijo tratando de desnudarse restregándose sobre mí. 

— ¡Por favor niñita, quítate! Allí en la nevera hay un poco de comida. 

Me di cuenta de que quería pagar.

Lo que te deja siempre el Latino aparte de sorpresas y hallazgos impactantes, es un sabor amargo en la boca, que no es el mismo que el del “spritz Campari” que se disuelve poco tiempo después.

Luigi Chiesa

Latino

Te echo de menos mi querido Latino. Hace años que no nos encontramos. Era yo una estudiante liceana, tú un universitario. Me conquistaste de inmediato la primera vez que me fui de vacaciones sola. Me recibiste y me rodeaste con tus brazos, compartimos la vivacidad de ser jóvenes, las risas, la rebeldía, la vibrante sensación de alegría que se respiraba por toda parte en el entramado de pequeñas y encantadoras calles con las cafeterías, los cines, las pequeñas librerías, los teatros, Fue fácil enamorarse de ti, del derecho a soñar que teníamos los jóvenes. Volví a encontrarte unos años más tarde. Ya había acabado mi carrera escolar. Y tú, terminados los días de las barricadas y los movimientos estudiantiles del 1968, parecías haber perdido el espíritu revolucionario, cambiaste mucho, ya no eras el mismo. Te habías vuelto en un pequeño burgués, pero tu encanto seguía intacto. 

¡Te echo de menos Barrio Latino!

Raffaella Bolletti

Nueva

Nos besamos en la estación, rodeados por una muchedumbre invisible.
Con el agua bendita de tu saliva me bautizaste. 
Yo era nueva. 
Nueva como la luna negra.
Nueva como un asombro. 
Nueva como una nena la noche de Reyes.
Lloré cuando el tren, indecente babosa roja, se alejó dejando detrás su baba de plata

Iris Menegoz

Nueva

Mis ojos se van acostumbrando a la penumbra. Llevamos unos diez minutos en el bar y ya puedo distinguir a Marcos en la barra. Lo atiende una melena rubia. Desde aquí no puedo ver más. Me vuelvo para hablar con Guillermo, acabo de conocerlo y su opinión cuenta, porque es el mejor amigo de Marcos. En ese momento le suena el teléfono. Guillermo me sonríe a modo de disculpa. Me arrebujo en la chaqueta de cuero nueva. He tirado la casa por la ventana, porque Marcos es la bomba. Guillermo toma la precaución de leer el nombre en la pantalla antes de contestar. «Me tienen frito», dice buscando mi complicidad. Paula (yo también he leído el nombre) no debe de ser la causa de ese molesto chisporroteo, porque responde inmediatamente. Tiro con torpeza de las mangas de la chaqueta nueva y me vuelvo hacia la barra. Inclinado peligrosamente sobre la barra, Marcos sigue charlando con la melena rubia, Me abrocho un botón de la chaqueta. «Es nueva», oigo que dice Guillermo. «No, no es Isabel, riñeron hace una semana, esta es nueva». Comprendo que se refiere a mí y no a la chaqueta: Isabel es la antigua novia de Marcos. Lo de la semana lo aclararé más tarde, espero, porque hace cuatro que conocí a Marcos en la tienda donde vendo prendas de cuero. Entró a comprarse un cinturón y mientras pagaba me dio su número de teléfono en un pedazo de papel. Lo deslizó por el mostrador. Igual que está haciendo ahora. La melena rubia ha estirado un brazo para coger el mensaje, que ahora hace resbalar por la barra. Reconozco el gesto. Irritada, me levanto de golpe y hago ademán de marcharme. Guillermo me detiene. «Espera, llevas una etiqueta colgando». Me agarra la manga derecha y tira.

Patricia Orts

I have a dream

Yo también tengo un sueño.

Un sueño que contiene todos los sueños.

Un sueño que no quiere perder nada de nuestro pasado.

Nuestros libros, los que leímos, consultamos y todos los demás que nos rodearon, confortaron.

La mesa maravillosa, que se puede configurar como quieras, donde hemos trabajado, conversado, festejado, recibido autores inolvidables.

Un sueño que quiero compartir con todos los usuarios, los compañeros, los amigos que la frecuentan.

Un sueño que está en manos de nuestra hada, nuestra hechicera bibliotecaria Ana. La que  todo empezó, desarrolló, diversificó, encantó… 

Ya lo sé, como el ave fénix, la sabrá recrear más hermosa, más concurrida, más rica… Un sueño, el mío: la nueva biblioteca Jorge Guillén.

Jean Claude Fonder