Latino

Era un animal imponente, era enorme, un pastor alemán, de los que se usan en las películas o en las series. Vivíamos en el campo, una casa con un gran jardín y una piscina. Tenía que vivir fuera, necesitaba espacio, debía poder correr, entregarse, ladrar, jugar.

Era hermoso, joven,  de pelo negro y brillante, dos perlas marrones oscuros le daban una mirada como la de Rodolfo Valentino. Los niños lo adoraban.

Y él también los adoraba, era indispensable en medio de ellos, sus juegos eran interminables. Incansable corría tras la pelota que le lanzaban, la traía de vuelta y la depositaba en el pie del lanzador. Respiraba con un pequeño sonido suplicante y echaba una mirada lánguida que quería decir: «otra vez».

También era dulce con los más pequeños, se acercaba precavidamente para dejarse acariciar como un gran juguete de peluche. Y también protector: si alguien que no le gustaba se interesaba demasiado por el niño, él mostraba los dientes emitiendo un gruñido amenazador. 

Una vez que la pequeña Sophie jugaba en la piscina, se dio cuenta de que no hacía pie. Ella comenzó a luchar y a gritar desesperadamente, él no dudó ni un momento, se lanzó al agua, nadó hasta ella para que pudiera agarrarse a su collar y la remolcó hacia la pequeña profundidad. Salieron del agua y la pequeña corrió a refugiar su miedo en los brazos de su madre, él se sacudió de su agua y me miró buscando una aprobación.

— Latino, mi buen perro, ¡ven aquí! — digo con una sonrisa. Y, todavía mojado, lo tomo en mis brazos.

Jean Claude Fonder