Latino

“Pero, profesor… ¡Sí es más fácil que el inglés!” exclamó Martín durante su primera clase de latín aquel día de hace innumerables años, en el segundo curso del colegio.

El profesor sonrió,  silencioso y satisfecho. Pero fue su padre el que le desilusionó, el que le advirtió de que no se dejara engañar  por asonancias y consonancias y lo inició en los misterios  gramaticales de la remota lengua, madre de tantos idiomas.

Esta advertencia paterna “ab inicio” lo desasosegó un poco, pero Martín se las apañó bastante bien hasta que empezó el bachillerato, cuando, “a posteriori” tuvo que darle la razón a su progenitor, porque le costaba mucho alcanzar hasta un “aprobado” en latín. A pesar de todo, pasó los exámenes, “Dei gratia”  y se apuntó a la Universidad, eligiendo la facultad de Humanidades, la que sería su “alma mater” durante cinco años. Su “deficit” lingüístico se ampliaba y sus derrotas latinas eran más catastróficas que la de Adrianópolis, pero en las otras asignaturas cada vez sacaba sobresaliente “cum laude”. 

Con toda probabilidad, habría tenido que repetir los exámenes de latín “per saecula seculorum”, y se habría licenciado “post mortem” si los profesores no se hubieran apiadado de él, un estudiante “sui generis” que hablaba varios idiomas, escribía como un ángel y sabía citar de memoria a todos los escritores españoles, pero de latín no entendía ni “bis”. La “condicio sine qua non” para asignarle la licenciatura fue que nunca pusiera en su “curriculum vitae” la palabra “latín”. 

Epílogo: Hoy Martín es catedrático  muy estimado en la misma universidad en la que se licenció: es profesor de Inglés.

Silvia Zanetto