Sueño latino

El hotel Latino estaba inmerso en un parque natural de pinos marítimos; tenía un patio con un jardín exuberante, una pequeña piscina tallada en piedra de lava negra y quemada, un claustro con azulejos en las paredes y se olía siempre un perfume penetrante de plantas y flores tropicales. El huerto, los frutales, el rincón de hierbas aromáticas, el rocío del agua, estaban rodeados de cortinas rompe vientos. Todo chiquito pero hermoso.

—¡Vamos al Latino! —normalmente se decía. Mi cuarto asomaba al interior; estaba decorado con varios objetos de países lejanos, máscaras de Bali, tótems de India, altares de rituales vudú cubanos, muebles étnicos de bambú y cuero.

El latino era más parecido a un chiringuito de madera que a un edificio. A la cafetería llegaba cada día un niño que hacía cualquier cosa con hojas de caña de azúcar cruzadas. — ¿Qué quieres? —me preguntó, mirándome con sus grandes ojos negros. 

— Hazme un saltamontes —respondí. En diez minutos con los deditos de sus manitas hizo el bicho. 

— ¿Cuánto vale? 

— Lo que quieras. 

Le di un poco de dinero, probablemente lo que ganaba en un mes, a juzgar por su mirada sorprendida.

Mientras estaba tumbado perezoso en mi cama con la puerta abierta, se abalanzó de repente una muchacha mestiza de unos 15 años, guapa, pelo negro rizado, con un cuerpo longuilíneo y pequeños senos.

— ¡Tengo hambre! —Me dijo tratando de desnudarse restregándose sobre mí. 

— ¡Por favor niñita, quítate! Allí en la nevera hay un poco de comida. 

Me di cuenta de que quería pagar.

Lo que te deja siempre el Latino aparte de sorpresas y hallazgos impactantes, es un sabor amargo en la boca, que no es el mismo que el del “spritz Campari” que se disuelve poco tiempo después.

Luigi Chiesa