Arauca – Coveñas

Estoy de nuevo ante el mar de los siete colores y todo parece igual, los manglares que crecen en aguas salinas, pero en la playa noto que la arena fina de Coveñas tiene manchas de piel curtida. Esa linfa viscosa viene del subsuelo de las llanuras donde se calcula la distancia en días a caballo, a mil kilómetros del Caribe. La linfa de la tierra viaja por tubos que desangran los depósitos subterráneos de las llanuras del Orinoco y se la llevan hacia el norte. A su paso quedan ambientes desolados, ríos contaminados, tierras anegadas de petróleo y en el mar, las petroleras dejan su huella mortífera.

Monstruosas máquinas escarban el vientre de los llanos y, en marzo de 2014, una sequía sin precedentes dejó decenas de miles de esqueletos diseminados por la llanura, los acuíferos habían sido horadados y el agua había desaparecido. Los estudios de vulnerabilidad de años atrás decían: “amenaza de alto grado”.

El grito agonizante de chigüiros, caimanes, vacas, se desvanece en el aire. ¿Qué nos espera en el año 2050?

Me zambullo en el mar para alejar el hedor de los cadáveres resecos allá, tantos kilómetros abajo.

Maria Victoria Santoyo Abril

Una decisión difícil

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

El futuro que imagino está muy lejos. Veo una hermosa playa de arena fina y dorada con el mar claro lleno de pequeños peces nadando en la orilla, veo una casa en medio de un bosque con un césped de flores. Es lo que me ofrecía cada verano de mi vida y que nunca aprecié lo suficiente, deseando ir a otros lugares. Ahora todo esto me parece un regalo maravilloso y es donde desearía poder ir con toda mi familia y ver a mis viejos amigos.

Esta horrible emergencia que nadie hubiera imaginado, nos ha enseñado a apreciar más lo que tenemos. Nunca quise abrazar y besar a mis amigos tanto como ahora, y entiendo que elegí a las personas adecuadas porque extraño su presencia.

En esta situación no faltan preocupaciones, el dolor por los muertos, el miedo de enfermarse y de no tener los medios para vivir, sin embargo, tuvimos mucho tiempo para reflexionar.

En realidad, tenemos demasiado, y podemos renunciar a algo y dárselo a quienes más lo necesitan. Encerrados en casa, el mundo ha mejorado, los niños se han quedado más con los padres quienes siempre trabajan y nunca tienen tiempo para

ellos, los animales ya no se sienten amenazados, no hay ruido, el aire está limpio e incluso en Milán puedes respirar bien si no contraes el virus….

Me pregunto si en futuro, cuando volvamos a la normalidad, recordaremos los valores verdaderos o si comenzaremos a comportarnos como antes.

Leda Negri

Regreso al futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

El olor a pan, un olor de mi infancia; el sol, que hace sonreír a nuestra vieja ringhiera; las aves que cantan de nuevo; la frescura del aire, un verdadero decorado primaveral para el nuevo día. Me despierto. 

El timbre de mi puerta resuena en el silencio matutino. Alegremente voy a abrirla. 

—¿Quién es?

—Tu vecina, responde una voz joven y femenina.

Abro sin miedo. Una mujer hermosa y despeinada me sonríe francamente a pesar de la máscara, está en bata rosa y usa guantes. La reconozco. Es la persona que vive al final de la ringhiera. Nunca habíamos hablado. Creo haberla visto alguna vez en el ascensor. Hay que decir que, como en todas las grandes ciudades, entre vecinos apenas había contactos.

—Te he traído dos porciones de la tarta de verdura que acabo de hacer, es demasiado para nosotros.

¡Que maravilla! No sólo ese perfume que me rejuvenece, sino también el hermoso aspecto dorado de la tarta que rebosa salsa bechamel y que me anuncia un pequeño festín. Confundida de emoción por este gesto inesperado, se lo agradezco calurosamente.

—Sé que bajas la basura por la noche, déjala aquí cerca de mi puerta. Tengo que llevar la mía también y, como es mejor no usar el ascensor, bajaré también la tuya.

¿Qué más puedo decir? Al día siguiente la vecina de abajo nos propuso ir a comprar el pan, la portera nos hace la compra en el supermercado, la vecina de la otra esquina organiza todas las noches un aperitivo de ringhiera, a distancia, cada uno detrás de la celosía que da al balcón. 

¡A su salud! ¡Hablemos por Whatsapp!

.

Jean Claude Fonder

Profesional

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Dijo el viejo Seneca: 

— ¡Espera en el futuro sólo quién no sabe vivir el presente!

A estas alturas de mi vida, mi actitud frente el futuro es muy distante.

Nunca fui una ferviente partidaria del futuro, ni siquiera cuando era joven. Pronto comprendí que esperar en el futuro era caer en una trampa. El futuro es mentiroso, te engaña, te toma el pelo. Demasiadas veces mi futuro ha cambiado en un día. No puedo confiar en él.

Hoy es mi futuro.

Esta noche es mi futuro.

Aún así, hablar de futuro en estos días pendientes y turbios, me parece arriesgado, como si jugáramos a la «Ruleta Rusa».

Iris Menegoz

El don

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Soñaba mucho, era su fuerza, podía dormir muchas horas, y por la mañana cuando se despertaba le gustaba volver a dormir para repasar los sueños que había tenido durante la noche. Quería asegurarse de que los recordaba bien para poder contarlos, incluso si algo cambiaba en la narración. Era un don natural suyo, una notable fuente de inspiración, por lo que incluso durante esos días de “encarcelamiento” forzoso no querría salir. Quedarse en casa era sublime, no era una restricción, era como presionar un botón de la máquina del tiempo y empezar a soñar. Podía elegir el futuro o el pasado, normalmente elegía el pasado que proyectaba hacia el futuro, recordaba los momentos más bellos de su infancia, los días fríos y nevados y el calor de las mantas. Hubiera querido que esos momentos mágicos volvieran, hechos de oscuridad, ternura; cuentos de hadas y gnomos, duendes y extraños animalitos con nombres curiosos. El futuro no le reservaba mucho, y entre el pasado estaba el presente y la vuelta a la normalidad, lo que más temía.

Recordaba siempre un poema de Raymond Carver, un papelito que guardaba un poco arrugado en su cajón:

 …esta mañana hay nieve por todas partes. Hacemos comentarios al respecto.
 Me dices que no has dormido bien. Yo digo que yo tampoco. Tuviste una noche terrible. “Yo también”.
 Estamos extraordinariamente tranquilos y tiernos el uno con el otro,
 como si cada uno de nosotros percibiera la fragilidad mental del otro.
 Como si supiéramos lo que siente el otro. No lo hacemos, por supuesto. Nunca es así. No importa.
 Es la ternura lo que me importa. Ese es el regalo que me mueve y me sostiene esta mañana. Como cada mañana. 

No había futuro quizás, sólo pasado y vuelta a la normalidad. 

Luigi Chiesa

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Recuerdo que fue como si me hubiera despertado de una larga pesadilla. Eran malos tiempos. Tenía que marcharme cuanto antes. Dejarlo todo atrás, mi isla, mi casa, los pocos amigos y buscar un futuro que imaginaba linealmente hacia adelante. Eso era lo que deseaba. Tenía ganas de subir a mi pequeño barco pesquero y surcar las aguas. La cocina del barco estaba completamente abastecida con todo lo que necesitaría. Era tiempo de zarpar, finalmente sin equipamiento de protección individual, sin rumbo fijo, sin saber lo que me esperaría. Entonces me alejé del muelle para ganar las aguas del mar abierto. A solas con los sonidos del viento y de las gaviotas. Navegué algunas semanas por el Mediterráneo hasta llegar al Atlántico donde me abandoné a una locura seductora para perder la noción de una realidad devastadora. Me gustaba estar a merced de las olas. Una tarde me senté en la proa y cerré los ojos. Entonces imaginé tener en mis manos una bola de cristal que me permitiera ver el futuro, imaginé, también, disponer de la posibilidad de preguntarle a la bola hacia cuál de los puntos cardinales hacer rumbo. De repente tuve la sensación de que algo semejante a agua me mojaba las piernas. Probablemente me había quedado dormido un rato con la bola en el regazo. Al abrir los ojos me di cuenta de que tenía en la mano izquierda una copa de Cava que iba derramándose y que en el suelo estaba una botella vacía. Una vez desaparecido el efecto de la borrachera todo fue más claro. Tomé el timón y puse la proa al este hacia un nuevo amanecer. Mi futuro era esto: volver a mi pequeña isla y empezar desde cero.

Raffaella Bolletti

El futuro del futuro

Laura encendió el ordenador para empezar la clase. Uno a la vez, los ectoplasmas de sus alumnos iban apareciendo en la pantalla. Laura iba a silenciar sus micrófonos, pero decidió esperar un momento: en el vacío del apartamento en el que estaba encerrada desde hacía semanas, echaba de menos sus chistes ruidosos y sus preguntas inoportunas. Pero las caritas electrónicas y pálidas de los muchachos seguían calladas. “Vosotros sois el futuro del mundo” solía decirles antes, cuando los elogiaba e incluso cuando los regañaba. Ahora, le molestaba hablar de futuro hasta en sentido gramatical.

Era como verlo todo a través de un catalejo invertido, ahora que las preocupaciones pasadas por el futuro se habían convertido en mosquitos risibles y ya no molestos, ahora que un futuro inimaginable ya había llegado, cargado de soledades y videoconferencias, de camiones que se llevaban a los muertos a una sepultura indigna, ahora que abrazar a una persona querida podría convertirte en un ángel de la muerte.

Los chicos, cada uno en su rectángulo de la pantalla, iban apareciendo, saludaban tímidos o con desgana: había que empezar la clase. Laura tenía que explicarles los usos particulares del condicional. Empezó diciendo que en español el condicional es el futuro del pasado, por ejemplo: “Ayer me dijo que vendría a verme esta mañana”. 

De repente se preguntó si lo que decía tenía sentido, si lo que hacía tenía sentido. Observó las melenas rubias y castañas, las gafas, las sudaderas azules y violeta, las miradas atentas o aburridas, los flequillos, los ojos azules y negros, los granos en las mejillas, las caras somnolientas… “Vosotros sois el futuro, pero ¿de qué mundo?” 

No lograba imaginar el futuro del futuro.

.

Silvia Zanetto

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Recuerdo que fue como si me hubiera despertado de una larga pesadilla. Eran malos tiempos. Tenía que marcharme cuanto antes. Dejarlo todo atrás, mi isla, mi casa, los pocos amigos y buscar un futuro que imaginaba linealmente hacia adelante. Eso era lo que deseaba. Tenía ganas de subir a mi pequeño barco pesquero y surcar las aguas. La cocina del barco estaba completamente abastecida con todo lo que necesitaría. Era tiempo de zarpar, finalmente sin equipamiento de protección individual, sin rumbo fijo, sin saber lo que me esperaría. Entonces me alejé del muelle para ganar las aguas del mar abierto. A solas con los sonidos del viento y de las gaviotas. Navegué algunas semanas por el Mediterráneo hasta llegar al Atlántico donde me abandoné a una locura seductora para perder la noción de una realidad devastadora. Me gustaba estar a merced de las olas. Una tarde me senté en la proa y cerré los ojos. Entonces imaginé tener en mis manos una bola de cristal que me permitiera ver el futuro, imaginé, también, disponer de la posibilidad de preguntarle a la bola hacia cuál de los puntos cardinales hacer rumbo. De repente tuve la sensación de que algo semejante a agua me mojaba las piernas. Probablemente me había quedado dormido un rato con la bola en el regazo. Al abrir los ojos me di cuenta de que tenía en la mano izquierda una copa de Cava que iba derramándose y que en el suelo estaba una botella vacía. Una vez desaparecido el efecto de la borrachera todo fue más claro. Tomé el timón y puse la proa al este hacia un nuevo amanecer. Mi futuro era esto: volver a mi pequeña isla y empezar desde cero.

Tatiana Guarnizo

Guitarras y flamenco

Por supuesto, los dos italianos habían pedido gazpacho, paella y sangría.
Desde que habían llegado a Andalucía, el sonido de mil guitarras parecía perseguirlos dondequiera que fueran: por las calles torcidas, embellecidas por balcones rebosantes de geranios, en las esquinas más recónditas de las plazas, en las terrazas impregnadas por el perfume hechicero del jazmín.
Tommaso sonrió satisfecho, mirando la sartén colmada de un triunfo bermejo de camarones en el amarillo brillante del arroz.
Mientras le vertía la sangría en la copa, rozó ligeramente los dedos de Manuela. Ella le sonrió, casi con desgana, luego arrepentida le estrechó la mano con más fuerza.
El volumen alto de la música era la excusa perfecta para no hablar: acababa de entrar en el restaurante una banda de músicos vestidos con trajes tradicionales que, acompañándose de sus guitarras y castañuelas, cantaban en una secuencia previsible, las canciones que a los extranjeros les gusta escuchar cuando van a España. El público, distraído e indulgente en el alboroto de una noche de fiesta y de banquetes, les aplaudía con generosidad.

Paco Pena and the flamenco dance company

Tommaso le vertió en la copa otra sangría. Parecía contento.
Manuela lo miró y de repente lo vio viejo. Viejo como no había sido nunca. La luz de su mirada dura y al mismo tiempo amable, parecía apagada de repente, como si un inesperado golpe de viento hubiera aflojado su vigor.
El hombre se volvió atrás, curioso, para descubrir a quién le pertenecía la voz de tenor que había entonado “Granada”. Manuela también observó al cantante: era joven, un muchacho hermoso, pero sin gracia.  Volvió a escudriñar la cara de Tommaso, buscando un eco de aquella emoción perdida que no lograba reencontrar.
Un mechón moreno le cayó sobre el rostro: lo lanzó por atrás con un movimiento de la cabeza. Su largo pelo rizado estaba recogido en la nuca, una flor carmesí en el moño. Sobre el vestido escarlata de falda ancha llevaba el chal que había hecho comprar el día anterior a Tommaso. Una luz oscura en sus ojos grandes, perfectamente enmarcados por una línea negra.
Y él le había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
En cambio, ella había buscado en aquel disfraz inocente la violencia y la pasión de las bailaoras de flamenco. “Es un baile malo” había pensado abrumada unos días antes, contemplando los rostros contraídos de los bailaores que se agarraban, se alejaban, se entregaban a la cruel parodia de un amor que los agotaba, lacerados en la imposibilidad de seguir o de acabar.
Manuela no podía creer que un solo instrumento pudiera provocar emociones tan diferentes: esa tarde, los acordes de la guitarra eran la banda sonora de charlas y risas, de la alegría vacacional de un restaurante en el que todo era como todos se esperaban que fuera.
Sin embargo, en el flamenco Manuela percibía el eco del mismo tormento que silencioso le asediaba el alma. En aquel baile de movimientos bruscos, de sufrimiento inarmónico, acompañado por ritmos sincopados, en el que los golpes acompasados de las palmas y de los tacones en el piso casi cubrían el sonido de la guitarra, le había parecido escuchar la voz de aquella emoción perdida, la que ya no podía reencontrar. Un cante quejumbroso, dolido, un ritmo obsesionante que de golpe se paraba y luego recomenzaba, cada vez más rápido, cada vez más irregular… Recordaba el ademán pasional y ambiguo de la bailaora que brusca le agarraba el pelo de la nuca a su compañero para agarrarlo en un abrazo definitivo, o tal vez para hacerle daño, golpearlo, matarlo. El baile se había convertido en el desafío entre dos amantes que se odiaban y se deseaban.
Y Manuela, enfundada en aquel vestido escarlata de bailaora, se había ilusionado de adueñarse de todo aquello, de poseerlo y hacerlo resonar en su cuerpo, revivir aquella pasión que había dejado en su alma solo una estela enrojecida.
Pero él la había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
“¿En qué estás pensando?” le preguntó Tommaso.
“En nada, mi amor. Tonterías…”
“¿Nos vamos?” propuso él, metiendo la tarjeta de crédito en la cartera.

En la Plaza Mayor había lugar para cualquiera que quisiese tocar algo de música. Hasta las campanas, cuando ya era noche cerrada, cantaban una melodía alegre. Un grupo de chicos se experimentaban con las canciones de los Gipsy King, mientras una chica improvisaba una imitación de flamenco que solo transmitía la despreocupación de una joven de vacaciones.
En el rincón más escondido de la plaza, protegido por la oscuridad de los pórticos, un anciano músico solitario acariciaba las cuerdas de su guitarra. Acercándose a él, las voces bulliciosas de la plaza se apagaban, en signo de respeto, como al entrar en una iglesia.
Los dedos expertos del guitarrista lograron tocar las cuerdas más secretas del alma de Manuela, justo allá donde se había ocultado lo que ya no podía reencontrar. La chica se sintió agotada y se apoyó a una columna, cerró los ojos para esconder un brillo traicionero y dejó que las franjas del chal, que se le había deslizado del hombro, rozaran el suelo.
Cuando la música terminó, por un momento el silencio fue inmenso. Luego los presentes murmuraron pocas palabras de admiración y abrieron la cartera.
Tommaso sacó un billete de diez euros. “Dáselos tú” le dijo, hablándole como a una niña. Efectivamente, hubiera podido ser su hija. Manuela los tiró avergonzada en la caja abierta de la guitarra. Luego, mientras ya estaba alejándose, se quitó la flor del pelo y volvió atrás.
“Esto, en cambio, se lo regalo yo” le dijo al músico.
El hombre le contestó con una sonrisa cansada en sus ojos grises y no articuló ni una sola palabra.


Silvia Zanetto

El Pierrot

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

No, no soy Joker, sería demasiado fácil. Soy el Pierrot lunaire. ¿Saben? Arnold Schönberg, un compositor vienés, la música es extraña, contemporánea se dice, una mujer canta o más bien habla en esta música sin melodía. Al principio, yo mimaba sin comprender, pero poco a poco, percibí la poesía que emanaba de este espectáculo azul como la noche, de las notas atonales y misteriosas, de las letras cantadas al hablar, de este idioma musical que es el alemán, donde apenas reconocía la evocación de Colombine y su Pierrot.

Ahora estoy aquí en este cuadro, como la mujer desnuda en medio de hombres en el Déjeuner sur l’herbe de Manet. Hopper, que estaba presente en el teatro, se inspiró sin duda en nuestro espectáculo y me contrató para figurar en este. Le Soir Bleu es el título. El ambiente es parisino, pero sigue siendo un Hopper, los personajes se congelan y miran a un vacío un poco triste. Estamos en París a principios de siglo. Alrededor de las pequeñas mesas redondas, un obrero, un pintor, un militar de opereta, una pareja en trajes para ir a teatro y luego yo escandalosamente extraño que estoy en el medio. Obviamente soy objeto de la concupisciencia imperiosa de una putita de Montmartre en ropa de trabajo.

Es un poco menos poético que mi Colombine, pero creo que, pensándolo bien, voy a encontrar unas coplas inflamadas para alcanzar con ella una quimérica voluptuosidad.

Jean Claude Fonder

Tarde azul

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Es un viaje entre los amigos de antaño, sentados en la terraza con vistas al mar azul, está la tía Leonor, con su vestido verde, su maquillaje rosa para ocultar esablancura insólita, mi cuñado Gustavo, con su bigote y su traje elegante y a nuestra mesa se sienta un bizarro personaje, parece amigable, con su cigarrillo en los labios, pero hay algo inquietante: su palidez, su cabeza o calavera pelada y brillante. Jugamos a las cartas de la suerte. ¿A quién le toca la mejor carta? Espero seguir jugando sin perder esta partida.

Ojalá esta partida dure lo suficiente para que muchos podamos ganar y no nos someta el miedo. ¡Adelante, otra carta!

Maria Victoria Santoyo Abril

Diálogo frente a un cuadro

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

— Bueno, y ¿este qué te parece?

— No sé… es raro, diferente a los cuadros de Hopper que conocía. Pero tampoco es eso: la verdad es que hay algo que no me convence… que me fastidia, mejor. 

— Pero representa el azul de la mar, el cielo despejado, los globos color naranja y amarillo. Es una tarde encantadora, con la gente sentada en la terraza de un bar bebiendo y charlando…

— Charlando, ¿dices? Pero ¿no te das cuenta de que cada personaje en realidad está solo? ¿De que las miradas no se cruzan? ¿De que nadie está sonriendo?

— La mujer de pie – quizás sea la camarera- los observa a todos.

— Yo creo que no. Fíjate en la mirada altiva … Y ese color carmesí que tiene en las mejillas y en los labios, y el vestido demasiado escotado… No, no me gusta.

— Pero todos llevan ropa peculiar… ¿qué me dices de los demás? ¿El hombre a la izquierda?

— Creo que es un marinero, no se ve si hay alguien más sentado a su mesa. Y la pareja, los de a la derecha… él está muy elegante, mientras que la mujer está enfundada en algo que podría ser una toalla. Pero no es eso lo que me molesta.

— Entonces, ¿qué?

— Creo que son los de la mesa en el centro. Uno podría ser un pintor, el otro un oficial de la marina. No logro imaginar por qué estarán sentados a la misma mesa. Y el payaso. El payaso blanco, vestido de blanco, pintado de blanco, con ojos y boca maquillados de bermejo, con su cigarrillo entre los labios. No sé… me hace pensar en la muerte, no soporto ni mirarlo… Y piensa que para esta tarde ¡tengo que escribir un cuento sobre eso!

Silvia Zanetto

Soir bleu

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Estoy de mala leche. Hace mucho que no la encuentro, la echo de menos y no puedo esperar a verla. Llego a la cafetería, tal vez coincida con ella. Han puesto algunas linternas de varios colores colgando del techo y hay personas sentadas en la terraza. Son hombres que conozco bien. Están allí, juntos, pero aparentemente ensimismados. Parece que no hay vida. Yo me quedo por dentro, a la espera. De repente un escalofrío recorre mi cuerpo, ya la veo, viene acercándose. Ha adelgazado. Incluso se ha cortado el pelo y se ha maquillado, pintándose los labios y las mejillas quizás de un rojo demasiado rojo. El pecho un poco expuesto. El escote deja poco a la imaginación. Su blanca piel resalta en la luz azul de la tarde. Seguro no va a pasar desapercibida. Ha echado una mirada de desafío a cada uno de los hombres sentados en la terraza, los que ahora se hacen de los ciegos. Los que sin duda se acuerdan de cuando la rodeaban con sus brazos dándole besos por la piel, olvidando la razón y dejándose llevar por el deseo. A mí me ocurrió lo mismo. Además, me infectó con los brotes de un sentimiento nuevo. ¡Vaya! Se ha dado cuenta de que estoy aquí y me mira fijamente. Viene a por mí. Aunque sin comunicación verbal, ahora lo entiendo todo. Viene a por mí. E igual que un animalito venenoso dejará caer una gota de su veneno en mi corazón. Apagará la luz y yo también me volveré una de esas sombras, suspendidas e inmuebles, sin vida, envueltas por la fría luz de una tarde azul.

Raffaella Bolletti

Consciencia

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Todos los personajes del cuadro comparten los mismos espacios, las mismas actitudes y de alguna manera parecen alienados, sin comunicar el uno con el otro. De hecho, la pareja a la derecha ni siquiera se mira a los ojos: el hombre aparta completamente la mirada de la mujer que lo acompaña. Lo mismo que los clientes de restaurantes y bares que, aunque sentados en la misma mesa, miran cada uno a su teléfono, sin hablar entre ellos. En estos días de emergencia me encontré como el Pierrot del cuadro de Edward Hopper – Soir bleu – la tristeza y la inquietud como amigos diarios que nunca me abandonaban. Tuve que dejar los encuentros sociales, las compras compulsivas, los aperitivos, las vacaciones y después de un mes llevando esta melancolía, me di cuenta de que estaba mejor que nunca, como no pasaba desde hace mucho tiempo. Finalmente puedo leer horas sin parar, sin que los compromisos sociales me impidan llegar al tope del cuento, siguiendo hasta que pueda observar como va a terminar. Puedo cocinar todas aquellas recetas que tanta satisfacción regalan cuando veo a mi marido comiendo con gusto y regalándome una sonrisa y un «¡bravo!». Y dedicar el tiempo necesario a la meditación y gracias a esta práctica, observar la belleza de mi imperfección. Ahora doy un significado distinto a los acontecimientos pasados; ya no considero la soledad como una ausencia sino como una experiencia útil, impulsando el viaje hacia el bienestar interior. Como la mujer que atenta mira al Pierrot, advertencia que aclara nuestra situación, un hilo transparente une la ausencia con la expectativa y la falta a que me obliga el Covid se convierte en una oportunidad para el futuro.

Elettra Moscatelli

La careta

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Esta tarde la terraza está repleta. Es extraño. Reina el silencio. Colgaron farolitos chinos y la transparencia del aire es tan azul que, mirando desde la barandilla, las ondulaciones de las colinas podrían confundirse con el oleaje del mar. Un paisaje sereno, no cabe duda. Sin embargo, es extraño.  

De todos modos, hoy, para la entrada triunfal, me pintaré el rostro de blanco, los pómulos bien rojos, labios de sangre y dos manchones oscuros en los ojos.  Algunos dirán que me parezco al payaso que desde hace meses viene todas las tardes. Un tipo triste, fumador solitario que ya no causa sorpresa ni alegría. A mis clientes, en cambio, sé que les gustará mi disfraz, gritarán excitados: ¡sácate la careta Amerí! -así me llaman porque vengo de América. Sueñan con arrancarme el vestido escotado y poseerme. Conozco a todos los presentes, al pintor para el que posé en posiciones de contorsionista, al general en jefe que me transformó en su campo de batalla, al burgués cabizbajo que arrastró hasta aquí a su frígida mujer, tan solo por volver a verme. A todos, marineros asiáticos e ilustres banqueros europeos, todos se pierden en pos de fuertes emociones. Conozco a esta gente. Detrás de los buenos modales y la fe en el progreso adoran, aunque no lo confiesen, la vulgaridad y sobre todo la muerte. 

Por eso me paso de las críticas. Mi careta es auténtica. Dicen que soy arrogante por este modo que tengo de andar con la cabeza alta. ¿De qué tendría que avergonzarme? Al fin de cuentas, esta terraza está llena de máscaras, sin contar los clientes que espían del otro lado del lienzo. No hago más que cumplir con mi tarea en esta extraña tarde de julio de 1914, donde reina el silencio y todo parece seguir igual.

Adriana Langtry

Las noches de azul

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Esa noche Claudine no sabía qué ponerse, sería una noche como cualquier otra, las mismas caras, los personajes habituales. El vestido azul, un poco escotado, tal vez estaba bien. Todavía era la hora del cóctel cuando se fue a patrullar a la terraza.

Comenzó la caza del cliente, y sus idas y venidas subrayaban su intención.

El suyo era un juego de miradas y silencios, un vistazo hechizante y penetrante mediante el típico maquillaje de las putas parisinas. Un “look” pesado deliberadamente excéntrico para despertar los deseos y enmascarar los surcos de las arrugas. Ya no era muy jovencita, su cara se deslizaba con los años, las noches que pasaba bebiendo, fumando y quedándose despierta. Las madrugadas “en bleu” y como siempre decía ella, pintar “el silencio”, a través de los ojos, penetrar en los deseos de la gente.

Le gustaba quedarse despierta hasta tarde en los ateliers de los artistas, o descubrir nuevos restaurantes y luego traer amigos.

Un pintor y un oficial de la marina estaban sentados frente a un payaso vestido como un Pierrot, que hacía el figurante para ir tirando. En la mesa de la izquierda, solo, un trabajador cansado, el día estaba llegando a su fin para todos.

No debería sorprenderte nada, por otro lado, era un lugar frecuentado también por artistas, gente extraña, vaga, aprovechados con poco dinero en sus bolsillos, y a menudo cuatro “pelagatos” borrachos molestándola y agarrándola.

Nadie podía juzgarla, ella era la que juzgaba a los demás.

A la derecha, notó sorprendida una pareja de la rica burguesía, elegantemente vestida. El hombre de la pareja la saludó y le dijo: – Señorita, ¿le gustaría pasar la noche con nosotros? –

Tal vez no sería una noche azul habitual.

Luigi Chiesa

Una fabula verdadera

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Cuando Elsa lo parió, pronto se dio cuenta que el cachorro era raro. En toda su larga vida nunca había visto un cachorro de gorila enteramente blanco.

Mientras lo acunaba susurrando una vieja nana, mirando su carita rosada y su pelo tan suave dijo. 

—¡Que hermoso eres mi amor! Nadie en el mundo se parece a ti. ¡Tú eres único! -. El sonido de sus palabras le produjeron un raro escalofrío.

¡Ya! Tú eres diferente. Demasiado diferente de todos los de tu raza. La manada nunca te aceptará. Tenemos que huir de aquí lo más lejos posible.

Aprestándolo a su corazón se puso a correr volando de árbol en árbol hasta que alcanzaron al borde extremo de la selva. Muy lejos de la manada, pero demasiado cerca de la cabaña de Zomu. Un viejo cazador sin escrúpulos que robaba y vendía animales selváticos a los zoológicos.

Elsa y Luna (así lo llamó) vivían felices. Elsa tenía abundante leche y Luna crecía gordito y alegre. Pasaron algunos meses. Luna como todos los chicos de su edad se volvían más vivaz y juguetón.

Zomu, que siempre iba explorando la zona cerca de su cabaña, se dio cuenta de aquella energía. Les sorprendió abrazados bajo un viejo árbol. Mató a Elsa. Tomó a Luna. Lo vendió a un tipo, que lo vendió a otro tipo, que lo vendió al zoológico de Barcelona.

Luna se convirtió en copito de nieve. Fue la estrella del zoológico de Barcelona. Se hizo muy viejo.

Detrás de las rejas de su jaula, copito de nieve, a pesar de su gran notoriedad, siempre fue un gorila triste. Quizás nunca pudo olvidar los abrazos de Elsa, su olor, la tibia dulzura de su leche, el perfume y la música de la selva.

Iris Menegoz

La tarde y el azul infinito

Hopper, Edward

La tarde estaba llena de gente, el café tenía el mar azul al fondo, quieto, en calma, eran las cinco de la tarde. Las mesas estaban llenas. Una pareja con sus mejores galas, ella mirando a lo lejos, buscando ese barquito que estará en algún lugar y él con la mirada perdida explicándose el horizonte. En otra mesa había dos marineros, encantados por estar llenos de tiempo y compartiendo el espacio; ocupando la vida. Ellos hablaban de mí, lo sé, ellos siempre miran el vestido y el maquillaje alegre, de circo, con el único que mi hermano me puede ver.  Él estaba sentado en una mesa, el payaso vestido de blanco, silencioso, preparándose para actuar, quizás, ¿quién lo sabe? él era el payaso y lo único que le interesaba era sentarse en el azul infinito y yo lo esperaba de pie en la tarde, llena de gente donde él nunca estuvo. 

.

Blanca Quesada

El duelo

Geisha y cereso
Tsuchiya Koitsu

La niebla es espesa y se aferra a la maleza que invade el sotobosque, un samurái vestido con un sobrio kimono negro, con el pelo hirsuto encerrado en una venda carmesí se abre camino en la semioscuridad perfumada de humedad. Lleva pantalones oscuros ajustados en la parte inferior y sandalias de madera, dos espadas pasan por el cinturón de tela gris que rodea estrictamente sus riñones, camina rápidamente con los brazos separados, un palo pesado en su mano derecha.

De repente se detiene, sus ojos se oscurecen y observan con atención al guerrero que blande con las dos manos una espada alzada ante él. Lleva los colores de una famosa escuela de esgrima japonesa. No hay duda de sus intenciones, lo desafía. Se lo esperaba, esta escuela se encuentra en los alrededores y allí se dirigía para complementar su reputación enfrentándose a uno o varios de sus profesores.

Avanza lenta y firmemente hacia su adversario, que suda abundantemente, el miedo es evidente en su mirada. Con precaución, da dos pasos hacia un grupo de árboles que lo protegen de un posible ataque por la espalda. Observa los movimientos del samurái que está frente a él y que levanta un poco más su espada asustada. Bruscamente salta hacia la izquierda, levanta con las dos manos su palo y con un sencillo golpe magistral rompe el antebrazo de su adversario que suelta su espada y grita de dolor. Todos los alumnos que se escondían en el bosque cercano huyen.

Miyamoto Musashi, porque es él, sigue su camino, hasta llegar a la famosa escuela que se encuentra en un maravilloso jardín zen, junto a una escuela de Geishas. El día avanza y el viento que se levanta limpia el cielo dando paso a un sol victorioso. 

Cuando cae la noche, el jardín donde reina una suave luz púrpura descubre su misterio ante sus ojos apaciguados. Rocas, un césped, un pequeño arroyo, algunos árboles cuidadosamente dispuestos, un cerezo en flor y un pequeño puente encorvado del mismo tono, bastan como si fueran un ramo, para crear este ambiente indescriptible que desprende y celebra un silencio reparador. Una geisha que viste ricamente con los tonos que se ajustan a los colores del jardín y que camina en este decorado suspendido en el tiempo, lo mira.

Entra en la escuela vacía, se descalza, se arrodilla sobre el tatami en una posición respetuosa, toma un pincel y traza algunos caracteres preciosos en una hoja de papel.



Jean Claude Fonder

Felicidad mínima

Al atardecer de un domingo de inicio verano, regresaba cantando para mÍ misma un viejo estribillo de una canción que decía «de vez en cuando la vida te besa en la boca…» (¡Qué gusto da la felicidad cuando te agarra así, sin motivo!)».

Llegué frente a mi portal de vidrio y metal junto con la señora Benetti, una señora mayor gruñona y chismosa que vive en el tercer piso. Dimos tres pasos y me paré. Sentí como un puñetazo en el estómago y, con un nudo en la garganta, le pregunté.

“¿Está viendo lo que veo yo?»  Ella me respondió que sí.

A esta altura del cuento necesito describir cómo se desarrolla la entrada de mi edificio. Desde el portón hacia el ascensor hay un pasillo de aproximadamente veinte metros subdivididos de la siguiente manera: diez metros de pasillo, cinco peldaños, a la izquierda la portería y otros diez metros más allá el ascensor.

Hicimos los cinco peldaños y, cerca de la puerta de la portería (un hueco donde vive la chica rumana que se ocupa de la portería y la limpieza), vimos un excremento enorme.

“¡La culpa es de los malcriados que tienen perros!» dijo de pronto la señora Benetti.

«No» le respondí yo. «Aquí nadie tiene perros que puedan hacer cosas de este tamaño. Estos no son excrementos de animales. Esta es mierda, mierda humana».

Durante el trayecto en ascensor la señora Benetti siguió hablando mal de todos los extranjeros. ”¡Perezosos, animales sin vergüenza!”.

Yo no la escuchaba. Pensaba en la pobre chica que tenía que limpiar aquella falta, aquel desprecio, aquel ultraje. La señora Benetti bajó al tercero piso y yo seguí a mi casa, al sexto piso.

Abrí mi puerta, pero en seguida la cerré. Advertía que tenia que hacer algo para ayudar la chica rumana a borrar aquel insulto del cual no tenía ninguna culpa.

Con mi móvil llame a Elena (este es su nombre). Me abrió de pronto. Le mostré lo que había a un metro de su puerta. «Trata de encontrar una paleta y una escoba». Le dije con voz segura. «Te ayudo a limpiar este asco».

Me entregó una paleta y una vieja escoba, pero cuando se acercó aquel material tan enorme y maloliente se fue corriendo al baño de la portería y empezó a vomitar.

“No, Dios mío, no por favor, ¡Elena!”. Le grité yo.

La paleta era pequeña, la escoba pelada. ¡No era fácil trabajar con esa herramienta! Yo intentaba no mirar lo que estaba haciendo. Estaba muy concentrada en un solo pensamiento. «Estas haciendo la cosa justa». Entretanto oía las arcadas de Elena.

“¡Elena por favor deja eso!». Le grité otra vez. «Busca la llave para ir al bajo donde están los cubos de la basura»

Elena me precedía a lo largo de la escalera que llegaba al bajo. Intentando no caerme con mi inconcebible fardo, recuerdo que pensé “¿En qué basura se echa este material?»

Acompañada por la música de las arcadas de Elena, nos dirigimos a una especie de baño del sótano. Un agujero oscuro y maloliente con un lavabo lleno de agua gris donde flotaban cosas indefinibles. Para bien o para mal logré limpiar un poco la paleta y la escoba y regresamos a la portería.

Elena me abrazó llorando y, dándome las gracias, me dijo «Nadie habría hecho esto por mí”. Y yo, que notoriamente tengo un corazón duro y no me dejo impresionar fácilmente, le dije «Ni hablar, chica, vete a dormir.  Necesito beber algo fuerte».

Regresé a mi cuarto. Destapé una botella de vino blanco helado y mientras lo bebía me di cuenta de que me sentía bien. Al fin y al cabo había hecho algo que se acercaba a los principios en los que creía.

Que la vida podía ser una mierda ya lo sabía. Pero nunca habría imaginado que limpiar una mierda podía hacerte tan feliz.

Iris Menegoz