El Río de los Sueños Turquesas

Ulises era un pececillo que vivía con su madre Burbujazul y su padre Rojobubul en el Río de los sueños Turquesas. Era el menor de ocho hermanos: los demás eran de un único color, él en cambio tenía todos los colores del arco iris. Era un pececillo muy vivaz e incluso bastante desobediente. El Río de los sueños Turquesas estaba rodeado de altos chopos verdes y perfumadas acacias florecidas, y el agua corría siempre en la misma dirección, hacia… ¿hacia dónde? Ulises quería descubrirlo, pero mamá Burbujazul y papá Rojobubul siempre repetían: — Niños, tenéis que quedaros cerca de nosotros, porque el río es grande y esconde muchos peligros. Sobre todo, no os acerquéis nunca a la desembocadura del río. ¡Nunca!

— Nunca, nunca, nunca… —repetían Blanquillo, Amarillo, Verdillo y los demás hermanitos, pero Ulises pececillo multicolor no decía nada. Así que un día decidió dejarse ir por la corriente para ver lo que pasaría. 

Bajo los chopos, vio dos humanos que tenían en sus manos un palo con un cable. — ¿Qué será esa cosa? — se preguntó Ulises, y se acercó para ver mejor.

— ¡Huye, huye!— le gritó un anciano pez gris con gafas, un poco gordo.— Son pescadores, te van a capturar! 

Ulises atisbó un pobre pez clavado a la caña de pescar que se contorsionaba con una mirada de muerte en los ojos, y huyó a toda velocidad. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante.   

De repente, el agua del río perdió su color azul transparente y se volvió de un marrón amarillento desconocido, con un sabor asqueroso y un hedor insoportable. Ulises empezó a toser.

—¡Aléjate, niño! ¡Es peligroso! 

Era otra vez el pez gris con gafas, que lo observaba desde lejos. —Es un desagüe industrial —le explicó. — Si te quedas allí, ¡te vas a morir envenenado!

Ulises atisbó unos peces flotando en la superficie del río y huyó cuanto más rápido podía. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante. 

La corriente se hizo más fuerte y el paisaje iba cambiando: las orillas del río estaban cada vez más lejanas y se podía vislumbrar una cantidad desmesurada de agua azul celeste. 

— ¿Y eso que es? —se preguntó Ulises abriendo los ojos maravillados.

— ¡No te acerques, niño! Es el mar. No es para pececillos como tú, ¡es peligroso!

— ¿Otra vez tú? ¡Déjame en paz, por favor! ¡Quiero conocer el mundo! — se enfadó Ulises. Y decidió seguir adelante.

Y así Ulises pececillo multicolor se fue, siguiendo su camino y sus deseos. Descubrió dónde acababa el río, se enteró de lo que era el mar, y de muchas otras cosas.

Sus hermanitos, abriendo y cerrando las bocas, seguían repitiendo “Nunca, nunca, nunca” …

Silvia Zanetto

El deseo de un río

No soy uno de esos ríos famosos por recorrer ciudades importantes. Tampoco soy uno de esos imponentes ríos de América. Soy un rio cualquiera, en un país cualquiera. Y pues sí, casi estoy allí, al final de mi vida. Lo correcto sería que me dejara morir desembocando en el mar. Pero tengo una idea dando vueltas en mi cabeza. ¿Y ahora qué? Tengo que pensarlo bien…Al nacer del hueco de una roca en la montaña sabía que mi recorrido pasaría por diferentes etapas. No necesito una brújula para este viaje, está dentro de mí. Mis aguas son como recién nacidas, pero yo soy el de siempre. Cada día vuelvo a empezar como si fuera un niño que corre y da saltos. ¡Qué maravilla! Soy un arroyo que va convirtiéndose en un torrente, mis aguas van bajando con cierta velocidad, a veces muy rápida, con saltos y también pequeñas cascadas, las aguas salpicando las rojas sobre las que las lagartijas descansan al sol. No puedo controlar la velocidad, solo puedo bajar. Llegando más abajo, la velocidad es más moderada y mis aguas fluyen en un recorrido con curvas y meandros. He tenido suerte. Soy un río corto, no atravieso ciudades, sino bosques y campos. Todo en un silencio solitario y a veces temible. En realidad, esta soledad palpita de vida, miríadas de insectos zumbando sobre las flores, pájaros, lobos, zorros. Y a veces se levanta el viento, acaricia los campos y rompe el silencio. De pronto escucho un murmullo de gente lejana que parece acercarse. Es un grupo de jóvenes; se acercan a mi orilla se desnudan y se tiran al agua. También llegan niños felices con trozos de madera como piraguas. Soy parte de ellos, oigo sus palabras y sus risas que se quedan aquí en el fondo, y estoy feliz. Bajo todavía más y me extiendo como una sábana en la llanura. Ahora, a lo largo de mis orillas, hay sauces llorones reflejándose en mis aguas que parecen verdes. El olor a mar se acerca. Tengo que pensarlo bien ….No quiero desembocar otra vez, no quiero el abrazo de ese mar que todo lo confunde y lo mezcla, es más, todo lo contrario. Me gustaría alejarme de él. Los ríos siempre corremos hacia abajo, desembocamos en otros ríos o en el mar, pero esta idea… ¡Podría tal vez intentar repetir el proceso al revés! ¿Podría desobedecer a las leyes de la naturaleza? Correr tierra adentro, convertirme al subir en un torrente y luego en un arroyo, llegando arriba siendo solo un hilo de agua. Podría llevar todo lo que he arrastrado, las hojas muertas, las risas, la felicidad de cada persona que encontré, los colores, al interior de la montaña de la que nací, como si fuera el museo de mis recuerdos. Pero sí, lo sé, no hay regreso. Allá lo veo, el mar que me recoge en una gran ola para que todo siga igual.

Raffaella Bolletti

El río Magdalena

La serpiente sagrada se desliza silenciosa, brillante, entre la verde selva. Durante la subida, la gran serpiente está grávida de peces de plata que van aguas arriba buscando aguas frescas. Aguas arriba también viajó el general cuando iba hacia la fría capital, en sus tiempos de éxito. En los puertos fue homenajeado, recibido a bombo y platillo. Pero, cuando la sed de poder de sus antiguos correligionarios los llevó a traicionarlo, él volvió por el río, desandando el camino, derrotado, enfermo, hacia el exilio. Corrían rumores de su enfermedad y de su mal de ojo contagioso. A su paso ya no había fiesta y regocijo, sino silencio y miradas furtivas. El general en su laberinto alcanzó a llegar a su casa de San Pedro Alejandrino, donde le esperaba la parca. Habría de ser su último viaje sobre la gran serpiente.

Maria Victoria Santoyo Abril

El Río

Tenía quince años cuando mi amiga Sara me confeso que le gustaba Víctor. Él siempre me pareció interesante, pero quien no parece interesante cuando se sienta a tu lado y no sabes si está o no, ¡cualquiera comienza a estar intrigado!, no te mira, no dice nada ¿escucha o no? era un autista sin serlo, un sospechoso de algo. Lo dejábamos estar allí, a nuestro lado, era uno más. 

Mi amiga, la admiradora secreta de Víctor, era una mujer que disfrutaba del leve movimiento de las alas de una mariposa y por ello pensé, en aquel momento, que supo comprender la fragancia del clavel más raro.

 Parecían distintos pero eran iguales. Se fueron escapando poco a poco pero los dos tenían mentiras familiares que ocultar, enfermedades heredadas, que no quieres nombrar. Él había escrito una historia de viajes y ella una historia de muñecas.

Después de treinta años encontré a Víctor. Me dijo que Sara, su mujer, mi amiga había muerto,  entonces supe que él  había ganado la guerra y ella se había dejado matar. Si,  lo sé, con certeza porque  me contó lo que él le decía a ella, pero jamás dijo lo que ella contestaba.

 Me comentó alguna vez que sentía que no existía para los demás y yo siempre tuve la sensación de él que se escondía para que lo buscaran.

Ahora sé de qué era sospechoso; de ausencia. Cuando fuimos jóvenes él estaba aprendiendo  del grupo a ser agradable, a tener el gesto adecuado, a imitar para poder representar lo que es  correcto en cada momento pero no siente, no se conoce porque no existe.

¿Silencioso o sigiloso, sensible o extremadamente crítico, discreto o asumiendo protocolos?

No tiene alma, la vida ocurre ajena ¿el dolor del otro le consume o es el placer de no ser él quien tiene ese dolor? 

Aquella mujer sufría de amor, él estaba en otro sitio, no podía entender como un hombre tan maravilloso estaba tan lejos.  No,  él nunca estuvo. Nunca la amo, la uso.

 Los seres humanos somos los leones de la selva y las ratas de la ciudad, sabemos adaptarnos. Ellos como nosotros recorremos el rio, el mismo rio.

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Blanca Quesada

Rioplatense

Me llamo Pablo, tengo doce años y como dice mi papá citando a su escritor preferido, nací en la ciudad frente al río inmóvil. Papá tiene todos los libros de Mallea, le encanta, también le encantan las mujeres, creo que por eso vamos seguido a Santropé el nuevo balneario de la costanera norte. Yo odio el río, prefiero jugar a la pelota, treparme a los árboles o andar en bici por mi barrio de veredas flojas. Me da asco sentir los pies que se te hunden en el barro, es como caminar en arenas movedizas, como ahogarse en un mar de café con leche. Además está lejos, hay que tomar mil colectivos, además no sé nadar. Ahora las mujeres usan malla de dos piezas que la tía, que para hacerse la culta no dice malla sino bañador, me dijo que se llama bikini. Creo por unas bombas que tiraron hace unos años no sé dónde. Mamá se pone una bikini de rayitas rojas y blancas y papá le larga un piropo: ¡Negra, estás explosiva! A mamá le dicen negra porque es morocha y la verdad está linda con esa malla que además tiene los colores de mi equipo del alma, River Plate. Yo creía que Santropé era el twist que pasaban por la radio cuando yo era más chico, pero papá me contó que es también una playa francesa. No entiendo qué tiene que ver la costa azul con todo este barro. Tampoco entiendo por qué mi equipo se llama River Plate que quiere decir río playo. Parece todo patas para arriba. Se equivocaron de nombre, lo mismo que los conquistadores que lo llamaron de la Plata de puro codiciosos que eran. Leí en el manual de la escuela que allá por la independencia los barcos ingleses se quedaban atascados en medio del río a causa de los bancos de junco y limo que crecen continuamente. Papá dice que este es un río traicionero, dice también que estamos entre dos fuegos y que si seguimos así las cosas se van a poner jodidas. No sé a qué se refiere, pero cuando miro el río tan ancho que no se ve la otra orilla me pasa lo mismo que cuando vamos al campo y veo por todos lados pampa. Me vienen unas ganas terribles de escaparme, pero nunca sé adónde. Los abuelos en cambio, desde que llegaron de Italia no se mueven de la Boca. Es un barrio al sur, cerca del puerto, de veredas altas y olor a podrido por culpa de las crecidas del río que inundan de café con leche calles y casas. Mi barrio en vez está tan lejos del río que ni siquiera la brisa logra en verano superar la muralla de rascacielos a la moda que están cubriendo la costa. También para visitar a los abuelos hay que tomar mil colectivos y al final terminan cebando mate y contándonos de su tierra lejana. Los abuelos tienen la mirada quieta y borrosa como anclada en el lodo. Y eso me pone triste, y no entiendo al final qué quería decir Mallea, si el inmóvil era el río o esta ciudad.

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Adriana Langtry

Un encuentro al río

Era un día frío y nublado, el viento azotaba los juncos al lado del río y levantaba en el aire pequeñas gotas de agua. Ana iba andando despacito con su perro, un setter inglés blanco y negro. No encontró a nadie hasta cuando llegó a su sitio preferido, una curva del río que formaba un refugio perfecto ya que el viejo árbol, poderoso, con sus ramas desnudas, escondía la vista desde el sendero.

Tras acomodarse sobre su roca preferida que tenía un apoyo natural para los riñones, se dio cuenta de que, al fondo del sendero, un hombre pintaba su tela, apoyada en un caballete. Ana quedó un rato mirándole y luego decidió acercarse al hombre y, sin hacer ruido, se paró a su lado, pero detrás de él, de manera que el hombre no pudiera verle mientras ella observaba sus pinceladas capaces e intensas. Estuvo mirándole; le gustaba observar a las personas y él tenía un aspecto familiar. El perro seguía buscando olores y pasó bastante tiempo antes de que volviera y se echara cerca de ella.

En fin el hombre se dio cuenta de su presencia y le sonrió; su mirada era dulce como el terciopelo, el pelo largo, movido por el viento, un color castaño con los hilos de plata como reflejos del sol. Ana quedó encantada, sin emitir un sonido, acunada por el sentimiento de amistad, quizás de amor, que el hombre le inspiraba. Le vinieron a la mente recuerdos de su juventud; otro día, otro río, su primer enamorado. Jordi era un joven tranquilo, un estudiante riguroso, que la hacía sentir como a una reina y Ana pensaba que habría sido para siempre. En cambio, el joven, que era muy religioso, la dejó para entrar en el seminario y seguir su vocación. Ana sufrió muchísimo y, a pesar del tiempo que pasaba, de los hombres que conoció, nunca se atrevió a formar una familia, siempre pensando en su amor perdido.

El sol se asomó a través de las nubes, calentando el aire. El perro, cansado por la inmovilidad, ladró, rompiendo la burbuja del silencio. Ana y Jordi se acercaron el uno a la otra, miraron cada uno en los ojos del otro, y como un relámpago en las noches de verano, se encontraron, dos almas perdidas que finalmente miraban juntas al futuro, un regalo llegado del cielo, un nuevo inicio.

Elettra Moscatelli

Un encuentro en el río

El Río no tenía fin, parecía infinito de verdad, una cantidad de agua descomunal parecía no moverse hacia ninguna dirección. Por la noche pequeños peces luminosos saltaban haciendo sus exhibiciones delante nuestros ojos pasmados. Las pirañas nadaban tranquilas, no dándose cuenta que serían comidas por la noche. Aves llenas de colores vívidos aparecían solas o en grupos en el cielo o sobre los árboles alrededor de nosotros. Todo parecía extraño e irreal: el río Amazonas continuaba su vida entre los escasos seres humanos que allí vivían o lo visitaban. Yo volví a mi casa con un fuerte recuerdo todavía impreso en mi corazón.

Simonetta Ferrante

Esperando sentado

M. está sentada a la orilla del Río.
 Está esperando que pasen los cadáveres de sus enemigos.
 Le han hecho de todo, a ella, malditos cabrones.
 "Qué malos, que mundo de mierda", piensa M.
 

 No tiene prisa
 Espera
 Tiene paciencia 
 Espera 
 Está sentada quietamente, mira el agua.
 

 Esperando admira los reflejos del sol que juega con el agua. Pero esos sí que son bellos.
 Ahora se da cuenta de que en la otra parte del Río hay una llanura y en el fondo árboles, cuántos tipos diferentes de llantas existen, todas de verdes diferentes.
 Después de un largo rato, se acerca una mariposa, que seguramente ha robado los colores a un abanico. Antes de este momento, M. nunca se había dado cuenta de cuánto es lindo el mundo.
 
M. no piensa ya en sus enemigos. 
 Tumba el sol, se hace de noche, ahora el cielo se oscurece.
 Las aguas del Río ya no reflejan luces, se hacen negras.
 En esas aguas ahora pasan sus cadáveres, de los enemigos de M., pero ella no los ve, porque M. ya no mira hacia abajo.
 

 M. está mirando a las estrellas, a la luna, y piensa que el universo es maravilloso.
 
Graziella Boffini

El Río

—!El perro es inocente! Él nunca había atacado a nadie, y si ha mordido a su hija, es porque ella siempre está molestándolo con palos y piedras, ¿es que no se ha dado cuenta, señor Castillo?

—¡Ésas son sólo excusas! Ese perro es suyo, es su responsabilidad, y usted tiene que responder por las consecuencias de lo que haga.

Y yo sudaba frío, mientras escuchaba la discusión entre mi papá y el vecino; me imaginaba lo peor: que a Ragú se lo llevarían a una perrera por haber mordido a la hija del vecino, o que incluso hasta podrían quitarle la cabeza. ¿Y qué debía hacer yo entonces, con mis 7 añitos apenas, para salvar a mi perro?

Y entonces, como un rayo venido quién sabe de dónde, llegó a mi cabeza la idea, nuestra gran solución ante la ira del vecino: el río. En 5 minutos estaríamos ahí, y si lográbamos atravesarlo estaríamos salvados Ragú y yo, y ya ningún vecino podría separarnos. Y sin pensarlo dos veces, le puse el collar y salimos corriendo por la puerta de atrás. 

Me pareció una eternidad, pero finalmente llegamos a la orilla: se llamaba Suratá aquel río, y a mis 7 años me parecía el río más ancho del mundo, ancho y profundo. Sabía que Ragú me seguiría, así que me lancé inmediatamente, y usando mis escasas pero suficientes capacidades natatoriales, fui avanzando poco a poco mientras me arrastraba lentamente la corriente, y Ragú detrás: uno detrás del otro, ambos nadando como perros que buscan su salvación. 

Después de lo que me pareció otra eternidad, finalmente llegamos a la otra orilla, mojados hasta los huesos, pero completos, y sobre todo, ¡vivos! Y así, sin más, nos fuimos alejando de aquella orilla para nunca más regresar.

Y yo me pregunto: ¿cuántas veces habrá salvado una vida la otra orilla de un río? 

Alan Émilio Suárez

El tambor

El escaparate de la juguetería
Timoléon Marie Lobrichon

Había una multitud de niños frente a la juguetería de Boulevard Saint-Germain a pesar de que la cortina de hierro todavía estaba bajada.
— ¿Aún no han abierto? – Pregunté.
— No, —me dijeron —pero se oye ruido en el interior.
Pensé que estarían preparando el escaparate, ya era casi Navidad.
Al día siguiente, de hecho pasaba por allí todas las mañanas para ir a la escuela, encontré la misma situación, había aún más gente. Esta vez me detuve, para escuchar mejor, incluso pedí silencio. Se oía claramente un redoble de tambor y como un ruido de fondo. No me pareció ruido de personas. Decidí que al día siguiente esperaría a la apertura, aunque llegara tarde, no me importaba, encontraría una excusa.
A la mañana siguiente estaba en primera línea, me había levantado temprano. Es alegre salir cuando París se despierta, el aire es vivificante, huele a pan, el agua corre por las alcantarillas, se anuncia el periódico de la mañana, un coche pasa al trote ligero, la vida vuelve a empezar. 
El tambor batía alegremente, yo esperaba. La cortina se levantó. Me pareció incluso ver las baquetas pararse… y sin embargo todos los juguetes estaban inmóviles. Había títeres, muñecas, un barco, un cañón sobre ruedas, un pequeño carro tirado por un caballo de peluche, y por supuesto, en primer plano, un pierrot listo para tocar su tambor. Los niños maravillados me rodeaban para ver mejor.
¿Qué estaba pasando en esa tienda?, ¿magia?
Ya había oído hablar de juguetes que se animan por la noche, así que tenía que comprobarlo. Entré, examiné el tambor, todo parecía normal. El encargado me preguntó si estaba interesada, le dije que tenía que pensarlo y que volvería. De hecho, había descubierto que bajo el mostrador había un vacío bajo la caja donde podría esconderme. No era muy grande y estaba decidida. Tenía que esclarecer el asunto.
Por la noche entré de nuevo en la tienda, y antes de que alguien pudiera verme, me deslicé dentro del escondite. Nadie sospecharía nada, había dicho a mi madre que estaba indispuesta y que me iba a la cama. Subrepticiamente salí, dejando en mi lugar a mi oso oportunamente disfrazado. La tienda finalmente cerró, esperé acurrucada en mi pequeño agujero, un poco asustada de todos modos. ¿Qué estaba haciendo allí?
A las diez nada, a medianoche nada, afortunadamente no hacía mucho frío. Me había puesto el abrigo de lana gruesa. Me dormí y me desperté cuando eran las 7h. De repente, en el fondo de la tienda, se abrió una puerta. Aterrorizada me hice aún más pequeña. El encargado entró y se dirigió hacia el fonógrafo con cuerno que estaba en el estante. Giró varias veces la manivela, colocó la aguja sobre el disco y se oyó a través de los chisporroteos el sonido cadencioso de un tambor.



Jean Claude Fonder

Susana

Chaste Suzanne Felix Vallotton, 1922

Esa noche entré en el salón rosa del Chabanais, una de las «Maison» más famosas de París. Hacía mucho calor allí, porque las muchachas estaban vestidas  con ropa interior como es habitual en este tipo de establecimiento. No era raro que un muslo bonito o un pecho hermoso saliera a la luz entre los ramos de lencería que hacían frufrú. Se me fue la vista inmediatamente a un trío formado por dos bolas de billar que el sudor hacía brillar como si acabasen de frotarlas, es decir, las calvas de dos hombres cuya edad no dejaba ninguna duda, y una joven y hermosa dama cuyo sombrero cloche brillaba en la oscuridad. Estaban vestidos como para hacer frente al frío invierno nevado de este año 1922. La joven, con los ojos arrugados de sospechas, miraba uno tras otro a los dos intrépidos personajes que le hacían propuestas despreciables.

Como a muchos, me encantaba pasar la noche en un local como éste, donde se pueden mantener conversaciones picantes en medio de jóvenes bellezas que no se cubren del todo o no se cubren en absoluto, y que no dudan en mostrarse livianas. La decoración era agradable, rica en terciopelo y fragancias cautivadoras. El calor reinaba, y no me refiero solo a la temperatura. El grupo rosa en la zona apartada era extraño. 

Illustration de ‘La Maison Tellier’ de Guy de Maupassant – Edgar Degas

Me acerqué y comencé a entender. Un cartel indicaba que se trataba de un cuadro vivo que representaba la famosa escena bíblica de Susana y los viejos que ilustraba aquí el cuadro La chaste Suzanne del pintor Felix Vallotton, del que se exponía una copia.

Como todos saben, muchos otros pintores escenificaron este episodio. Alguno mucho más explícitamente, como el de Edgar Degas, cuya reproducción estaba expuesta también para indicar el segundo cuadro vivo que se podía ver en el  primer piso y que podría llamarse Suzanne en el baño.

Jean Claude Fonder

Susana

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Hay algo que me molesta en ellos. No es la edad, no: siempre he sentido respeto por las personas mayores. Tampoco la obesidad del hombre hundido en este sofá color rosa empalagoso. Y tampoco la actitud sumisa del otro, que se dirige a mí con el aire servil de un camarero. No, nada de eso.

Yo creo que son los rectángulos de luz que se reflejan sobre sus cabezas redondas y lustrosas como huevos de avestruz. Los reflejos también son rosados, encima de las cabezas rosadas como este sofá rosa. 

Detesto el rosa.

Por eso no me voy a quitar mi capa roja, ancha y gruesa: me voy a enfundar en ella hasta el cuello, y que esperen, estos cabrones. Mi mirada sutil y oblicua les va a contestar que no, antes de que cualquier pregunta impertinente se deslice de sus labios codiciosos, mi pelo largo y reluciente se va a quedar escondido bajo el sombrero gris, cuajado de falsas estrellas.

Que esperen hasta la mañana, hasta dentro de un año, hasta el fin del mundo. Que se callen, que no pidan nada. Mis ojos entornados los van a fulminar, si se atreven. 

Detesto el rosa.

Silvia Zanetto

La historia de Susana

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

No soy esa del retrato. Me refiero a la niña que aparece en la superficie de la tela, la golosa que escarba en el plato. Soy otra. El espectro escondido bajo la dura costra de cobalto. Los muchos, se detienen en la criatura. Aprecian la forma exterior, los azules, el don del artista. Mientras yo permanezco en el fondo. Soy substrato, sostén, la imagen oculta detrás de capas pigmentadas de olvido. ¿Llegarán alguna vez a descubrirme? ¿A traerme a la luz? Porque de luz se trataba, ¿recuerdas? “El resplandor de mi vida”, repetías, “¡mi Gioconda! quiero hacer tu retrato.” Lo suplicaste de nuevo mientras ebrios de cabaret volvíamos abrazados por las ramblas. Yo, sentada en el atelier, chaqueta abotonada y mantilla. Tú, vibrante de trazos blancos frente al lienzo. “Pon sonrisa apacible”, dijiste, “pon mirada lejana”. “Mi musa, resplandor de mis días.” Me llamabas la mujer velada. Eran noches de pláticas aquellas. De ajenjo, de adolescencia, de bohemia y olor a trementina. Si supieras. El alma se me cubrió de añil la tarde en que no volviste. Y fue, en realidad, mi dolor a teñir de azul tus pinceladas. Me enterraste bajo estratos de olvido. Y recubriste la tela con la imagen de un crío que, aunque no lo sabrás, se asemeja a tu hijo. Con tu mismo perfil, tan goloso y absorto en su tarea. Si supieras… eres un hábil artista. ¿Quién sabe si llegarán a descubrirme? Cuando seas famoso o en un tiempo lejano, cuando se aprenda a mirar en transparencia. Hurgando en las profundidades del cuadro quizás alguien sorprenderá mi retrato. Y hablarán de tus tristes azules. Y exhibirán el rostro de la desconocida. Más nadie se enterará de lo que esconde esa pintura, archivada como “técnica juvenil del pintor.”

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Adriana Langtry

Profesional

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Caballeros, si no me equivoco ustedes quieren saber si soy puta.

Sin duda sí, soy puta, profesional, libre y joven.

Me llaman Boca de rosa y, como cantaba el poeta: hay quien el amor lo hace por juego, quien lo elige por profesión, Boca de rosa ni uno ni otro, ella lo hace por pasión.

Por tanto, ruego a sus señorías que saquen sus caras babosas y sus culos lánguidos con celeridad de aquí.

Muchas gracias.

Iris Menegoz

Susana … a pagamento

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Aquí estoy, sentada con estos dos viejos contratando el precio.

¿El precio de que? 

De mi

De mi cuerpo.

De mi cariño.

De mi intimidad.

De mi misma.

Todo en este mundo tiene un precio, y no juzguen por favor, que también ustedes pueden caer en desgracia. Y no se lo deseo, pero tengan en cuenta que les puede pasar a ustedes, queridos bien pensantes, tan seguros de sí mismos solo porque nunca han tenido problemas graves.

Estos dos viejos me van a pagar y me van a pagar con oro luciente, luciente como sus calvas.

Graziella Boffini

Así hacen todas

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Es el 7 de diciembre. El Teatro alla Scala presenta la nueva temporada lírica con una versión de Así hacen todas. A Susana le gustaba asistir al estreno de la temporada, aunque se había convertido en un escaparate para muchas personas. A ella la ópera lírica le encantaba. No le importaba lucir su mejor traje de noche, le interesaba la música. Se había casado con un hombre adinerado que no tenía intereses fuera de su trabajo. Por lo tanto, siempre acudía al Teatro sola. Esta vez tenía que compartir el palco con dos hombres desconocidos de mediana edad. El estreno estaba a punto de empezar y los dos estaban cuchicheando ¡Qué molestia! ¿De qué están hablando por aquí tan calladamente? El guion se fundaba en el intercambio de parejas, en la volubilidad del amor, en la infidelidad de las mujeres y sobre todo en la falta de principios morales de los hombres. Al terminar la representación, cuando ya se había puesto su abrigo rojo y su sombrero brillante los dos hombres se le acercaron y le pidieron que se quedara un rato. Tenían que hablar con ella. Ya conocía la situación por estar al tanto de que a menudo, al final de las óperas, dos hombres trataban de cortejar a las mujeres solas, apostando por cuál de ellos hubiera sido el elegido. Sus calvas cabezas relucían bajo la luz, sus miradas lúbricas no daban lugar a dudas. Los ojos negros y profundos de Susana sostenían esas miradas con desafío. Casi a burlarse de ellos. “Así hacen todas, pero yo no, y menos con vosotros” dijo. Se levantó e se fue a la salida del Teatro.

Llueve a cántaros en la ciudad mientras Susana regresa a su hogar riéndose a más no poder.

Raffaella Bolletti

Un mal encuentro

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Ana tenía la capacidad de evocar imágenes con su música, cuando tocaba el piano la música pintaba temporales con los relámpagos, los campos con el trigo ondulando por la lluvia. Terminado el concierto, descansó un rato en el vestuario esperando que Jorge viniera a recogerla para ir al restaurante donde los amigos la celebrarían como siempre. No tenía tiempo suficiente para mudarse el vestido y decidió ponerse el abrigo y el nuevo sombrero que brillaba en la noche como si las estrellas fueran sentadas en su cabeza. Cuando oyó golpear se levantó con una sonrisa que se apagó al abrir la puerta y viendo entrar a un señor calvo, más bien dos mellizos y de repente su mundo se oscureció. Amiguitos de Don Ramiro, el viejo profesor de música con los brazos flácidos y la barriga con pliegues, que en cambio de una casa y de las clases le exigió caricias, venían con el propósito de recibir el mismo tratamiento. Verdad y mentira peleaban en su cabeza; nunca había hablado a Jorge de su pasado, ahora debería renunciar a sus deseos más profundos. No, no podía ser, su vida destruida, no: la defendería dientes y uñas. Y supo en aquel momento que las horas de los mellizos estaban contadas.

Elettra Moscatelli

Coquetería

¿Podemos considerar a los hombres coquetos? Pues cumplimos con informarles que la coquetería no es exclusiva de la mujer, el hombre también la practica y no nos imaginamos cuánto, en nuestras sociedades latinas y profundamente machistas un gesto de coquetería de un hombre es interpretado de otra forma, se tilda de homosexualidad, situación ésta que no lo es, el hecho de vestirse bien, estar arreglado, usar un buen perfume en un hombre nos da indicios de que en verdad es coqueto.

En mis años de mozo de estudiante de bachillerato reconozco que fui un adolescente coqueto; mi madre se encargaba de que fuera al liceo con la camisa impecablemente planchada y almidonada, pantalón planchado, una buena colonia, corte de cabello a la moda, todo esto aunado a la edad alborotaba las hormonas entre las jóvenes y causaba la admiración.

Siempre hemos sido coquetos, hombres y mujeres, no solamente con la ropa y la forma de comportarse, había otra situación donde se podía demostrar la coquetería y era mediante el baile, ser un o una buena bailarina de jóvenes era muy importante. Ser un deportista medianamente destacado servía y sirve para demostrar la coquetería, el hablar bien, ser culto o culta ayuda de igual forma a la coquetería masculina o femenina.

Gilberto Díaz

¡New York New York!!!

Era una clara mañana de junio, 1972. El avión estaba a punto de despegar. Mi corazón latía enloquecido. Un sueño estaba a punto de hacerse realidad. ¡Quince días, sola, en un hotel en Manhattan!

El viaje era largo, pero pronto fui adoptada por un grupo de romanos divertidos y ruidosos que no sabían una palabra de inglés. Prácticamente me secuestraron. Pasé con ellos lo que quedaba de mi primer día en N.Y haciendo «shopping» compulsivo.

En mi segundo día tenía una cita en la 5° Avenue a la oficina de la KLM donde Alan, el director, gran amigo de Gabriel, ya me estaba esperando. Me recibió con gran afecto y me invitó a almorzar.

Era mediodía cuando ingresamos al «Playboy Club» y de repente fue medianoche. Nos sentamos en un «separé». Pronto llegó una camarera. ¡Que Dios me perdone llamar ‘camarera’ a una visión así! Apareció una «conejita» de casi dos metros, vestía un «body» negro hecho para valorizar sus abundantes tetas, piernas largas y perfectas, dos orejas blancas y negras y una colita blanca como una bolita de nieve, pero de pelo suave. De la comida no tengo recuerdos.  Por cierto, lo que bebí no era sólo zumo de naranja. Pasé lo que quedaba de mi segundo día en N.Y. durmiendo.

Me desperté muy temprano, con un ligero dolor de cabeza, pero con una emocionante alegría. ¡I am coming, N.Y! Era una linda mañana, la ciudad empezaba a despertarse. Caminé durante horas, gozando de todo lo que me rodeaba. Me parecía estar viviendo en una película de Woody Allen. Llegué a Washington Square. Me senté al borde de la fuente para seguir leyendo mi guía turística. 

De repente, llevada por una misteriosa atracción levanté los ojos y lo vi. Estaba a unos 100 metros de mí. Avanzaba suavemente, como mi gato Arturo cuando intenta cazar una lagartija.

Alto, delgado, piel color…. Nutella, barba corta y bigotes. Vestía una camisa violeta de satén brillante ajustada como sus vaqueros, en la cabeza tenía un sombrero negro.

Mecánicamente, quitándome las gafas de sol, pasé la lengua por mis labios esperando tener aún un rastro de mi pintalabios. Intenté exhibir mi mirada encantadora, que normalmente no funciona, pero esta vez sí.

Me sonrió y me preguntó si podía sentarse a mi lado. (Yo me sentí como una copa de helado de nata bajo el sol del desierto). Hablamos un largo rato intentando descubrir algo sobre la vida del otro. De mi vida no tenía nada interesante que contar, pero él sí, mucho. Me dijo que era militar y que a la mañana siguiente un avión lo llevaría a Alemania porque desde el momento de su rechazo a ir a Vietnam su vida era una incógnita.  No estaba preocupado. Parecía que no le importase un bledo su futuro. Estaba orgulloso de su decisión.

Paseamos, reímos, comimos «Hot dogs» tumbados sobre el césped de «Central Park», cenamos en un pequeño restaurante italiano, bebimos vino tinto y tomándonos por la mano, era ya de noche cuando llegamos a mi hotel.  Nos besamos. Fue un beso sin ayer, sin hoy, sin mamana. Un beso sin futuro. Un beso para toda la vida.

—¿Quieres subir un rato? — pregunté yo mirando sus ojos de regaliz – Aquí me paro porque como dijo el Poeta «la luz del entendimiento me hace ser muy cometida».

Me desperté que ya era mediodía.  No tenía gana de levantarme.  Seguía dando vueltas en las sabanas en búsqueda de aquel olor de chocolate y avellanas.

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Iris Menegoz

Mayo

Siempre había pensado que uno debe habitar los recuerdos como si cada uno de ellos fuera una casa, una casa que puedes recorrer cada vez que deseas y en donde puedes cambiar los muebles, las alfombras y hasta las tazas y sus colores pero, en este caso ella recorrió  ese trocito de tiempo, paso a paso y sin mover nada. Hoy el recuerdo que la mantenía entretenida no podía cambiar, ese momento de su vida fue perfecto. Hoy el verbo pasado se quedó suspendido por un segundo en su piel, aquel momento lo repetiría con todos sus detalles, sin mover un ápice, ni siquiera aquel viento que la despeinó, sí, ese instante lleno de mar, volvería a ser igual. 

El sur tenía sol y playas con arena dorada. Ella había nacido allí y Jean había llegado con sus padres cuando tenía cinco años. Aquella mañana resulto poco apacible, el viento se sentó delante de su casa, igual que él, Jean que lo hacía cada día para ir juntos al instituto, esa mañana, él se había retrasado como las pequeñas garzas blancas, rezagadas en su recorrido hacía África. Estaba apoyada en la pared de la iglesia, esperándolo, la falda alborotada por el viento enseñaba sus muslos morenos, se desabrochó los dos botones superiores de la camisa, la brisa, aunque fuerte, era cálida, y lucia el sol, mientras se quitaba el pelo de la cara vio cómo había alguien mirándola, era él, había llegado. Aquel sol de mayo prendió, era la respuesta a un estímulo. Se acercó a Jean como lo había hecho siempre y se sentó en el muro blanco, ya el viento había enseñado sus muslos, por lo tanto, él, cómplice,  le guiño un ojo, lo vio como nunca antes ¡sus ojos eran de color caramelo! sintió su mirada. Unos ojos visitando a otros ojos, el instante tan solo duró una eternidad dentro de un segundo. Él toco su mano suavemente y comenzó la acuarela que nunca descolgó.

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Blanca Quesada