Volver

No es tan grande como la recordaba. Claro, en los ojos de los niños cada rincón del mundo se hace gigante, incluso su casa. En el balcón donde se aferran mis recuerdos hay todavía molinillos coloreados, que me desvelan que ahora también hay niños que viven ahí. Hay también algunas macetas de flores: son geranios, los que le gustaban tanto a mamá. 

No conozco a los nuevos dueños de mi casa, han pasado demasiados años y los propietarios han cambiado más de una vez. Tampoco sé si entre los inquilinos de la comunidad hay todavía alguno de los chicos con los que había jugado al escondite, a bruja comanda color, a las cuatro esquinas, al teléfono escacharrado… 

Me gusta la palabra española “comunidad”: si pienso en donde vivo ahora, sería mejor utilizar la palabra “bloque”: estás en tu casa y, cuando encuentras a los vecinos, solo les dices “buenas tardes”; a veces ni te acuerdas de cómo se llaman. Pero cuando yo vivía en esta casa, hace cincuenta años, eso sí que era una comunidad de vecinos. 

Voy a leer los apellidos en la verja de la entrada. Algunos me suenan, puede que algunos de esos niños se hayan quedado allí, a lo mejor algunos de sus padres todavía estén vivos… Pero no sabríamos reconocernos, aunque me atreviera a tocar el timbre.

Un señor que no conozco —¿o quizás sí? —sale por la puerta de la izquierda. 

—Perdón, señor, yo viví aquí cuando era niña… ¿puedo entrar en el patio y dar una vuelta?

El hombre me contesta con amabilidad y me deja pasar. 

No lo conozco. No me conoce. 

El patio — Pero ¿cómo puede ser tan pequeño? — no es tan diferente de como lo recordaba, solo algunos árboles son más altos, mientras que otros ya no están, como el de caqui que estaba bajo el balcón de mi habitación. Mis amiguitas y yo jugábamos a “caseta” bajo el caqui, fingíamos que sus pequeños frutos que se caían cuando todavía estaban verdes eran pimientos, que rellenábamos de tierra. Este árbol, al que una vez construí una cara de barro con el pelo de hierba, y le decía que era mi novio, ya ha desaparecido para siempre, como cuando el barro se secó y la cara de mi “novio” se cayó. 

En cambio, el balcón de mi cuarto todavía está allí, un poco más viejo, pero casi igual. Y me veo asomándome, esperando a papá cuando volvía del trabajo.

Y ahora que vivo en un bloque en vez que en una comunidad, ahora que mamá ha subido al cielo, para encontrarse después de tantos años con papá, quiero pensar que no hay desconocidos en nuestra antigua casa, sino que mis padres han vuelto allí y a lo mejor, si espero un poco, se van a asomar al balcón entre los molinillos y van a sonreír a esta mujer desconocida que — ¿quién sabe por qué? — está admirando con ojos encantados su casa.

Silvia Zanetto

La casa

Mientras esperaba que el camión de la mudanza se llevara los últimos muebles a la casa nueva, Laura se acordó de aquella casa que Julio le había mostrado con entusiasmo, explicándole que habían tenido suerte de encontrarla tan barata y tan cerca al centro de Milán. Cuando la había visto le había parecido oscura, sucia y con muchas cosas que arreglar pero estaba enamorada, quería casarse y no tenían dinero así que desde un cierto punto de vista habían tenido suerte. Se acordó del trabajo que hizo junto con su madre y su hermana para limpiarla y se dio cuenta de que limpia y pintada de colores claros, con los suelos cambiados con ayuda de sus amigos, no era tan oscura. Ahora, en la nueva casa que es nueva, en la que no ha tenido que hacer nada, que es más grande, con una habitación para cada uno de sus hijos que están muy contentos también porque está cerca de ésta y no tienen que alejarse de sus amigos ni de su escuela. Ella está contenta pero, mirando alrededor se da cuenta de que esta casa para ella será la casa a la que siempre asociará la palabra casa.

Gloria Rolfo

El jardín del amor

El jardín del amor, 1630 – 1635
PETER PAUL RUBENS (1577 – 1640)

El jardín del amor me parece un título muy travieso, dijo Hélène, emitiendo una pequeña risa cristalina.
-¿Tengo que estar celosa, amigo mío?
Estaba sentada vestida con un flamante vestido de seda amarilla en el centro de la habitación. Su sillón estaba cubierto con una capa azul oscuro que dejaba al descubierto su opulento pecho. En su escote, una simple fila de perlas, con la cabeza ligeramente inclinada, sus rubios cabellos levantados en dos mechones a los lados, echaba una mirada pegadiza al pintor que la observaba.
-Cuando me hablan del jardín de amor, pienso inmediatamente en el jardín de Afrodita y Astarté, cerca de Alejandría. Uno no lleva a su mujer a este tipo de lupanar, Pierre Paul.
Había mirado bien el cuadro que habían preparado los jóvenes pintores del taller que ayudaban al maestro. Un marco de gran tamaño, un palacio faraónico y un jardín para crear una escena idílica y galante. En la parte inferior izquierda del cuadro una fila de árboles corre hacia el horizonte donde un cielo azul bañado por una suave luz que ilumina las nubes instala la profundidad del cuadro en una perspectiva rigorista. En segundo plano, algunas parejas se besan apasionadamente en una gruta rústica decorada con estatuas, decoración típica de los ricos jardines italianos. El primer plano fue tarea de Rubens. La había puesto en diferentes posiciones, siempre ricamente vestida con una orgía de sedas vivas y colores vibrantes.
-Acabamos de casarnos y aceptas un encargo que exalta la lujuria y la fornicación, —insinuó con una sonrisa traviesa.
El pintor no se resistió, la invitó a reunirse con él. 
Helena se precipitó y aferrándolo tiernamente descubrió un cuadro maravilloso en el que estaba representada numerosas veces, bailando con su marido o en una pose que la invitaba a unirse a ella sin equívocos. La escena estaba festoneada de putti rosos y regordetos. Los amores alados giran llevando los símbolos del amor conyugal; las fuentes, la de las tres gracias y la de Venus montando un delfín, aludían al amor fecundo.
Ella se volvió hacia él y lo devoró con un largo beso interminable.



Jean Claude Fonder

La llave

La clé des champs – René Magritte

Quiero salir. 

Salir de este cuarto, salir de esta casa cerrada desde siempre. Salir al aire libre a caminar, a correr, y luego tirarme al césped a tocar la hierba con mis manos atrofiadas y oler el perfume del campo. Salir de estas recaídas intolerables que se han clavado en mi vida y en mi mente y que ya no me permiten respirar. Salir hacia el azul de este cielo, que solo puedo ver encarcelado en un rectángulo, entre estas cortinas grises que amenazan con cubrirlo todo.

Quiero salir, pero no hay llave.

No es que no la encuentre: no existe. 

Y quiero abrazar a estos árboles verdes, tan vivos, sobre la colina, y trepar sobre sus ramas, y ver qué hay detrás de ese cerro: un mundo de flores y de ardillas, o de viento y de gaviotas, o de manos que se estrechan entre gritos y risas y palabras que se mezclan, o el infinito del mar…

Pero no hay llave. 

Ahora, oigo un crujido en el cristal, ligero. Pero, de repente, explota un estruendo espantoso, un golpe inesperado. El vidrio se destroza en fragmentos, en el suelo de este cuarto.

No hay llave, pero ahora tampoco hay cristal en la ventana. 

Me puedo ir. 

Podría herirme las manos, perder el equilibrio bajando al suelo, pero me puedo ir.

Porque esta es la llave: darme cuenta de que estoy vivo todavía, que no es demasiado tarde para librarme de lo que me presiona, para gozar el verde y el azul de la vida, del cielo resplandeciente sin nubes y de todo lo que todavía está detrás del cerro, esperándome a mí. 

Silvia Zanetto

Una situación complicada

¡No daba crédito a lo que me estaba sucediendo! ¡Un oficial de la Guardia Urbana como yo! ¡Tirado en medio de la vía pública cómo un indigente cualquiera! Era una situación harto bochornosa y no puedo negar que estaba indignado. ¡No poder entrar en mi propia casa! La situación era del todo absurda además de estúpida.


El problema había surgido al ponerme la chaqueta. Por alguna razón: (tenía prisa) no me detuve a mirar la que elegía y ¡Claro! Escogí la prenda equivocada. Justo cuando estaba cerrando recordé con pavor que era en la otra, la que colgaba del perchero, donde tenía la llave. Demasiado tarde porque ya había cerrado la puerta y en la casa no había nadie. Puertas y ventanas cerradas.  Ningún vecino al que recurrir (Por lo visto todos estaban de vacaciones) Todo cerrado a cal y canto.   Entonces vi cómo se acercaba un taxi que paró unos metros antes de llegar a mí. Unos mozalbetes ruidosos y maleducados se bajaron del vehículo y, dando voces y risotadas, avanzaron en la dirección en la que me encontraba. Impulsado por mi condición de agente del orden, me encaré hacia ellos decidido a darles un escarmiento ¡Y entonces reparé en que tampoco tenía los pantalones puestos! De cintura para arriba era un imponente oficial con impecable chaqueta blanca rematado con un salacot del mismo color. De cintura para abajo un pobre infeliz en calzoncillos. Pronto advirtieron también ellos mi ridícula facha y lejos de amilanarse, empezaron a mofarse y tirarme cosas. Diluida toda mi autoridad miré a mi alrededor con desesperación. Arañé la puerta intentando traspasarla. No tenía lugar donde esconderme. Corrí hacía la puerta del edificio del al lado que en ese momento estaba abierta y sin pensármelo dos veces me colé en su interior.


Demasiado deprisa.

 
En ese preciso momento se estaba celebrando una reunión de comuneros que se quedaron boquiabiertos ante mi irrupción de tal guisa. Avergonzado, continué mi carrera hasta el ascensor y preso de los nervios, pulsé una planta cualquiera. Pero la cabina en lugar de subir, empezó a caer a una velocidad endiablada y justo cuando ya estaba esperando para darme el gran trompazo… 

¡Me desperté!

 Para mí alivio constaté que tan sólo estaba soñando. 


Fue una experiencia horrible. 


Nunca volveré a abusar de comidas demasiado copiosas a la hora de la cena.

Sergio Ruiz Afonso

La vieja llave

Tengo muy claro por qué estoy aquí, tumbado en esta especie de cama, intentando conciliar el sueño. Mis pensamientos me lo impiden; el día ha transcurrido como cualquier otro, nada nuevo, nada diferente. Le sigo dando vueltas una y otra vez en mi cabeza, como si fuese una película… Iba conduciendo el coche por esa avenida arbolada; era el coche de mi padre y lo había tomado sin que él lo supiera. Estábamos solos Pablo y yo, cantábamos a todo pulmón. De repente el coche derrapó y chocó con violencia contra un árbol. Yo no me hice mucho daño, solo me rompí el brazo derecho. Pablo, en cambio, se golpeó con la cabeza en el parabrisas rompiéndose también el hombro; estuvo en coma durante tres meses. No sobrevivió. Yo no tenía el carné de conducir. Mis padres me habían puesto la cabeza como un bombo con eso de sacarme el carné, pero yo no quería gastar tiempo en una autoescuela, ya sabía cómo conducir un coche, lo había aprendido con mi amigo Pablo.

Me explicaron que cuando alguien comete un delito y la justicia actúa, el culpable es condenado, y cumplirá su pena encerrado en algún sitio. Entonces me entregaron los documentos oficiales de la Policía Judicial y del Juez relativos a mi crimen, comunicándome que a tenor de lo que establecía el Código Procesal Penal “Quien cause culpablemente la muerte de una persona en violación de las normas de tráfico será condenado a una pena de prisión de dos a siete años», me iban a encerrar en esta celda, en esta vieja cárcel. Para mí se cerró el cielo y empezó la oscuridad. Recuerdo que el carcelero recorría los pasillos para comprobar si en las pequeñas celdas todo estaba tranquilo. El silencio total sólo se interrumpía por el sonido metálico y algo lúgubre de esas grandes llaves de hierro, que colgaban de su cinturón golpeándose entre sí. Un sonido que nunca olvidaré. Cumplí mi condena de cinco años de cárcel, y el día que salí el carcelero vino a saludarme y me dijo “Te deseo que atesores esta mala experiencia y, para que no la olvides, te regalo esta vieja llave un poco oxidada. Es la de tu celda.”

Ahora tengo 45 años y soy funcionario de prisiones. Las puertas de las celdas ya no se abren con llaves de hierro, sino con dispositivos electrónicos, pero siempre llevo conmigo la vieja llave oxidada, colgando de mi cinturón. Hay muchas llaves en la vida de cada ser humano, cada uno tiene la suya. La mía no es una llave de música o de literatura, la mía es una vieja llave de hierro.

Raffaella Bolletti

La importancia de una llave

Hace algunos días entré en un lugar y sentí que quizás no podría salir nunca de ese espacio, al que la gente que trabaja allí lo llama el círculo dorado. Recordé cuando escuché esas palabras las estatuas del color del oro en el puente de Alexander III, en París. Fue maravilloso recordar ese instante, la columna en lo alto, en el cielo una figura maravillosa, esplendente.  

Más tarde me di cuenta, que el nombre de ese «círculo dorado» lo tenía por un motivo más prosaico. Estuve en él circulo largas horas. Me dio tiempo a observar los movimientos, en algunos momentos el esfuerzo les hacía sudar. sobre todo, en los traslados; muy bien coordinados, cada acción palabra o esfuerzo era consultado. Los que cobran por estar allí, permanecen en alerta máxima, alguna vez tuvieron o tendrán síndrome post traumático y entonces dejarán de ponerse en el lugar del otro, ahora se llama no empatizar y antaño no tener compasión. Han perdido la llave de su alma.  Andar entre la vida, el dolor y la muerte tiene sus consecuencias. 

Me atendieron muy bien, mis queridos guardianes que recorren sin descanso el círculo dorado, lleno de cubículos con camillas y cortinas descorridas para poder observar las constantes vitales.  Que normalmente allí no son constantes. Traen y llevan enfermos. Bandejas, muestras y chatos.

Cortinas abiertas. Puertas sin llaves como sus almas. 

Hoy ya tengo mi llave; se llama resiliencia. 

Espero que ellos encuentren la suya.

Blanca Quesada

La llave indecente

La noche de enero 1970, en las afueras de Londres, estaba nevando. 

Un aterido grupito de jóvenes regresaba de la clase de inglés y se estaba dirigiendo hacia un lugar, patrocinado por la Iglesia, que les habían aconsejado y que tenía el papel de favorecer encuentros entre los jóvenes que en aquellos años invadían Inglaterra esperando aprender el codiciado idioma.

Éramos siete. Seis chicas, dos alemanas, tres austriacas y yo, trabajábamos como «au pair» (profesión femenina de gran moda en aquellos años), y un chico, Samuel que venía de Senegal y que trabajaba como lavaplatos en un restaurante chino.

A la entrada del modesto edificio había una mujer leyendo un diario abierto sobre una vieja mesa de madera. Sin levantar sus ojos nos preguntó:

— ¿Cuánto sois?

— Somos siete —respondí yo.

— Esta es la llave del casillero —dijo sin apartar la mirada del periódico. —Poned allí las mochilas. —Solo cuando me entregó la llave levantó los ojos.

— ¡Un momento… un momento! —dijo señalando a Samuel —¡Él no puede entrar!

— ¿Y por qué diablos él no puede entrar? —pregunté yo dándome cuenta de que mi voz se estaba alterando.

— Porque… porque no es católico.

— ¡No sabíamos que teníamos que asistir a misa! ¡Aquí o entramos todos o no entra nadie!

— Lo siento, pero esta es la regla.

— ¿La regla? ¿Habéis oído? ¡Chicos, «es la regla»! —dije yo en voz alta. — ¡Vamos chicos este lugar apesta! – 

Agitando la llave bajo la nariz de la mujer añadí.

— ¿Sabes dónde tiene que poner esta llave? —De pronto, Sissy me dio un gran empujón hacia la puerta y mi frase se congeló en el aire.

Afuera aún nevaba. Nadie habló durante algunos segundos. Samuel con los ojos brillantes me abrazo. De pronto todos nos abrazamos riendo y llorando.

Era invierno, hacía frío, pero para nosotros era ya primavera.

Iris Menegoz

Las llaves

«Tienen que entregar las llaves el 30 de junio de 2023»

Esta frase lacónica marcó el final de mi sueño de siempre, vivir en Italia. De niño, cuando acompañaba a mis padres de vacaciones, esperaba ver a lo lejos el paso del Gotardo. Sabía que cuando saliéramos por el otro lado, el sol brillaría con todas sus luces, la lluvia infinita de mi país estaría lejos.

Un día en Venecia, en la pequeña isla de Torcello, cenamos con mi joven esposa y nuestra pequeña hija, detrás de nosotros una pareja anciana, en pensión sin duda, acompañada por unos jóvenes belgas, contaban su felicidad. Vivían en una isla vecina y habían llegado al restaurante Cipriani con una lancha motora.

Ese día nació nuestro sueño. Me comprometí con Olivetti, me transferí a Milán, recorrí toda Italia al ritmo de un trabajo incesante, y finalmente me retiré. El amor por este país persistió, el entusiasmo de los comienzos se enfrentó a la dura realidad. Me hice italiano, y como todos los italianos, no dejé de criticar a este país que yo mismo adoraba.

Así que empecé a planear esta terrible mudanza. Es como trasplantar un árbol con raíces profundas, pero demasiadas ramas y hojas. El tiempo nos ha enseñado a separar lo importante de lo accesorio. Y lo que es importante son también las amistades que nos rodean y nos confortan y que habrá que saber mantener. También debemos volver a las raíces, acercarnos a nuestra hija y a nuestras nietas, reconstruir un proyecto y redescubrir nuestro apartamento, que vimos en foto, y fue un shock. Una belleza, grande, brillante, impresionante. Tuvimos ganas de entrar en él de nuevo, pero por supuesto estaba ocupado y, con gran pesar, tuvimos que pedir las llaves también nosotros.

Jean Claude Fonder

En invierno

In winter, 1880
DANIEL RIDGWAY KNIGHT (1839 – 1924)

En invierno, nuestros pasos se hunden ligeramente como en una alfombra silenciosa. La nieve cubre de blancura todo el paisaje. El frío protege la vegetación latente, deshaciéndose de los parásitos que la invaden en verano. En las carreteras, no hay barro, la nieve vela para que así sea. Cada vez que hay que extender su capa blanca como si borrara una pizarra.
En invierno hay menos que hacer en el campo y los chismes proliferan. Tres muchachas se encuentran de camino al mercado, una vende leche fresca ordeñada, las otras verduras apenas cosechadas. Charlan.
— María, ¿vendrás a bailar esta noche? Me han dicho que participarán dos jóvenes aspirantes de la escuela militar.
La joven, que remangaba su delantal con la jarra de leche, desvela así la falda cuyo color recuerda el rojo de los pantalones militares franceses. Se menea, soltando una pequeña risa cristalina.
— Francisco, lo conozco. Estará aquí esta noche, su amigo Jacques lo acompañará, él tampoco está mal.
Estaba pensando en el bonito vestido blanco que iba a llevar. Las dos hermanas que acababa de encontrar, encorvadas bajo el peso de sus cestas, no le parecían capaces de competir con ella. Ella había elegido a Francisco. Estaba segura de seducirlo.
Bueno, tenía que darse prisa si quería vender su leche. 
A lo lejos, sobre los tejados nevados del pueblo, las nubes de invierno se amontonaban. Sin duda la nieve invadiría pronto este cielo de invierno. Los copos abundarían como en las bolas. La vida será bella y esa noche, irán a bailar.



Jean Claude Fonder

Carta a mi esposa

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

En Santa Clara, Cuba a 15 de septiembre de 1914.

Querida Emilia, espero que al recibo de esta te encuentres bien, tú y los niños.

Yo estoy bien de salud, a Dios gracias. 

Hasta ayer tenía trabajo en la plantación de azúcar del presidente de Cuba, don Aurelio García Menocal, ese que te dije que ha puesto maestros de escuela hasta en los campos, esto está revuelto, pero quédate tranquila que yo estoy bien. En relación al trabajo, ya tengo pensado ir a Camagüey donde me han dicho que puedo emplearme de cualquier cosa, hasta en el ferrocarril. Esa zona está creciendo y el patrón también tiene plantaciones para allá y el capataz me va a recomendar. Tú sabes que soy buen trabajador. No le tengo miedo a nada.  

Llego cada noche a este cuarto de aperos de apenas veinte metros que comparto con otros siete canarios.  Muerto de cansancio me acuesto soñando con verte pronto. Me arropo con tus cartas y beso la foto que me mandaste de los dos hijos y la niña en tu regazo, tan crecida.

Esa es la ilusión que me da fuerzas: la de volverte a ver, acariciar tu cara y oír la voz de los hijos. Por las noches me reconforta recordar tus recatados besos cuando nos despedimos en ese puerto de Arrecife, ahora tan lejos. Han pasado seis meses. Me parecen años. Vivo solo para volver a mi casita blanca y a mis tierras. Cuídalas, mujer. 

Esperando tu respuesta se despide, tuyo

Zacarías.

Blanca Quesada

La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Mi amor,

Te escribo de nuevo. Todavía no he recibido respuesta a mi última carta. Desde hace casi un año te escribo cada semana y sólo he recibido dos cartas tuyas.

La primera en la que me decías que habías llegado bien a Dnipró, que tu prima Raysa te había recibido bien. Me decías que era muy guapa, que llevaba su pelo rubio recogido en una trenza que llevaba encima de la cabeza formando como una corona. Te respondí que sin duda imitaba a Loulia. Debo decir que tu interés por su peinado me sorprendió un poco.

La segunda, un mes después, cuando ibas a ir al frente acompañado por tu prima, que también se había alistado. Entiendo tu entusiasmo, tu voluntad de no dejar que los rusos invadan tu país, pero que una mujer participe en estas matanzas incluso por una causa justa no me parece natural.

Desde entonces, ni una palabra, sigo la guerra en los periódicos. Hay tantos muertos. Me he dirigido a la embajada, me dicen que siga escribiendo. Esto ayuda a la moral de las tropas, que el correo llegará. 

Me desespera, si lees este correo, respóndeme, una sola palabra me basta, sabría que estás vivo.

Ta Françoise

Ella firmó la carta, un garabato apenas legible. Sabía que era inútil. Su marido había muerto. Sin embargo, no quería renunciar. Quizás estaba prisionero, o herido, incluso pensó en ir a buscarlo. Su familia le suplicaba que no lo hiciera, nunca hubieran creído que casarse con un ucraniano habría desembocado en una situación tan dramática. Stepan era un chico tan hermoso, su melena dorada como la de su padre, sus ojos profundamente azules, y su cuerpo flexible y esbelto conquistaría muchos corazones cuando fuera adulto. 

—Como su padre, —decía la abuela.

Quién hubiera pensado que iría a luchar por su país. Al principio cuando lo conoció, para Françoise se trataba de un ruso como hay tantos en París, le encantaba su acento y, después de todo, era francés como ella, se habían conocido en la Sorbona y los dos enseñaban en el liceo Victor Hugo. Volvía a Ucrania un par de veces al año, pero ella nunca había querido acompañarlo. No quería que su hijo tuviera vínculos con ese país.

Y de repente surgieron las tensiones, la invasión de Crimea, él seguía los acontecimientos de cerca, se apasionaba contra los rusos, quería la integración con la comunidad europea. Viajó con más frecuencia a Dnipró, de donde procedía su familia. Cuando la invasión estalló y Zelensky hizo su llamamiento, decidió irse. Nada pudo retenerlo. En Francia, como siempre en estas situaciones, todos se declaraban ucranianos y llevaban la bandera maquillada en la cara o en su perfil de Facebook.

Aquella mañana, la señora de la limpieza sonriente le trajo una carta.

Ella la miró sospechosa, venía de él. Parecía que había una postal dentro. La abrió febrilmente. Era una foto, sin una palabra. Una foto de él y de Raysa, besándose en uniforme de combate, con una bandera azul y amarilla en la mano.

Jean Claude Fonder

La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Todo había empezado desde que Jorge se había marchado, de repente, quién sabe dónde, sin ninguna explicación. Inés había perdido una parte importante de sí misma, le parecía que algo había muerto en su corazón, algo había dejado de existir. Le parecía que las vidas de los demás seguían fluyendo con normalidad mientras que ella se sentía como si viviera en una extraña realidad. Ni siquiera salía de su casa.

La última carta llegó puntualmente a las once de la mañana de aquel 3 de diciembre de 2021, exactamente como las cartas anteriores. Su hermana se la entregó mientras Inés estaba sentada en la silla, cerca del viejo escritorio que había pertenecido a su abuela. Había abierto el cajón y sacado el manojo de sobres, atados con una banda elástica, que parecía estar esperándola. Por supuesto ya conocía bien lo que iba a pasar. Desde hacía casi dos años recibía una carta cada 15 días. Manuscritas y todas iguales. Ninguno de los sobres llevaba matasellos. En la parte superior derecha estaba la fecha, en el lado izquierdo estaba “Queridísima Inés” y una firma ilegible en la parte final de la página. No había texto, solo un gran espacio en blanco.

La primera llegó el 3 de enero de 2020. ¿Una provocación? ¿Un admirador secreto, demasiado tímido? ¿Un amenazador, alguien tratando de volverla loca? No. Inés estaba segura de que conocía al no-escritor anónimo.

Esta vez Inés, antes de poner la carta en el cajón, decidió escribir alguna respuesta “¿Pero a quién vas a escribir, Inés?” Le dijo una voz en su cerebro. “No me hagas preguntas, por favor, déjame en paz, pues no es un asunto tuyo”. Y suponiendo que las cartas procediesen de su amado, Inés empezó así:

Madrid, 18 de diciembre de 2021

Queridísima Ines,

intenté escribirte muchas veces, sin conseguirlo. Quizás por vergüenza.

Me fui como un ladrón, dejándote así, sin explicación alguna. La verdad es que otra persona me robó el corazón, y me convenció para que huyera. No puedo pretender tu perdón, solo sería feliz si tu pudieras empezar de nuevo una nueva vida sin mi presencia. Atesora los maravillosos días que pasamos juntos y borra la tristeza, si quieres enfadarte con alguien hazlo conmigo, incluso insúltame si quieres.

Jorge

Puso la carta en el sobre, escribió la dirección y el día siguiente, entregó el sobre cerrado a su hermana para que lo llevara a la oficina de correos para el envío.

Unos quince días después, llegó otra carta. Al abrir el sobre Ines por fin se dio cuenta de lo que iba pasando desde mucho tiempo. Su incapacidad para aceptar la realidad, el hecho de que Jorge se hubiera ido se había convertido en una neurosis que la había llevado a intentar escribirse cartas a sí misma haciéndose pasar por Jorge. Ahora, por fin, se había dado cuenta de que el pasado no se podía cambiar. Tenía que reanudar su vida pensando en el futuro. No más cartas. Sólo mensajes de Whatsapp.

Raffaella Bolletti

Dos Cartas

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Perdone, señorita… acaban de traer esta carta. Creo que es la que estaba esperando desde hace unos días — le dijo Consuelo.

Pilar apoyó la pluma. Si eso fuera verdad, lo que estaba escribiendo ahora ya no tendría ningún sentido. Hubiera aparecido lo de que ya casi no se ilusionaba, a través de la oscuridad de su habitación, en las manos de su criada tan respetuosa y fiel…

El sobre era pequeño, hecho de papel grueso y áspero.

Y claro, Consuelo no sabía leer, y solo el deseo de complacerla le hacía creer que fuera justo aquella carta lo que convertiría la palidez de su cara en un rubor de mejillas y la oscuridad de su casa en un resplandor incomparable. A menos que…

— Consuelo, ¿quién ha traído la carta? —preguntó Pilar, mirándola a los ojos, la mano en la barbilla.

— No lo sé, señorita… era un hombre que nunca había visto. Pero puede leerla, así contestará vuestra pregunta.

Las manos blancas de Pilar, iluminadas por la luz de la ventana, titubearon antes de coger la carta.

— ¿Acaso lo sabe mi padre?

— No, señorita, nadie ha visto nada.

La tímida sonrisa de Consuelo quería darle ánimo, quitarle un poco de miedo por su padre déspota, que ya había establecido que Pilar se casaría con un viejo rico de más de cuarenta años. Si pudiera la abrazaría, si no supiera que una sirvienta solo es una sirvienta, y nunca puede ser una amiga.

Pilar volvió a mirar la nueva carta que estaba escribiendo a Celedonio, esa carta que -ahora estaba segura- nunca le enviaría. Huir con él, escapar de la boda con aquel hombre desconocido pero detestado, casarse en secreto con el joven que amaba, sin el permiso de sus padres, perder su familia para siempre… Una locura. ¿Cómo podía haber pensado algo así?

Pero, la carta… Si esa carta tan minúscula y secreta, que seguía en las manos bondadosas de Consuelo, si de verdad hubiera sido enviada por Celedonio, si el sueño de la huida que habían concebido juntos se convirtiera en realidad, entonces…

— Leedla, señorita —se atrevió a decir Consuelo.

— Sí —contestó Pilar— y abrió el sobre. 

Silvia Zanetto

Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Ciudad de Mexico, 20 de enero de 1860.

Ángel mío,

Hace días que no te veo en la Santa Misa en la Catedral y mi alma desespera por saber de ti. Te seguiré dejando cartas en el lugar convenido,  esperando poder organizar tu fuga de esas frías paredes que te aprisionan. Necesito que me cuentes bien toda tu historia para buscar a tu familia.

He sabido que en poco tiempo las monjas van a ser exclaustradas.

Aquella tarde lluviosa, en que lograste esconderte en la sacristía y pude estrecharte entre mis brazos, ha quedado grabada en mi mente. La lluvia caía incesante, juguetona y cómplice…»

[Las palabras que siguen se han borrado, como si sobre ellas se hubiera vertido un dolor salado y corrosivo. Ya no son palabras sino larvas moribundas.

Hay otra carta, escrita con letra menuda, de delicados trazos]

«Amor mío,  no sé si esta misiva llegue a tus manos. Aún vivo el recuerdo de nuestra despedida y tu mirada cargada de promesas…

Quería terminar de contarte mi historia: al fallecer mi amada madre en Toledo, mi padre cuidó de mí hasta cuando se vio obligado a exiliarse por motivos políticos.  Acordándose de que su hermano había emigrado a América,  reunió todos nuestros bienes para constituir mi dote y me confió en las manos de la Madre superiora de la Orden de la Inmaculada Concepción,  sabiendo que pronto viajaría a Las Indias y podrían entregarme en las manos de mi tío,  don Absalón Borráis  Cabrejo, a quien envió una carta encomendándole mi educación.

Nunca supe la dirección de la hacienda de mi tío  y las monjas no me dan noticia alguna.

Mi anhelo es huir contigo y buscar a mi familia.

No me dejan volver a la Catedral, pues sospechan de nuestra relación y de que yo planee la fuga.

Te busco en las partículas de luz que se filtran por la ventana de mi angosta celda.

Hoy también llueve, pero no estás a mi lado.

Dejo constancia en este papel de lo mucho que te amo y seguiré amándote,  en silencio,  por siempre y para siempre.

Odalinda Borráis «

Maria Victoria Santoyo Abril

Vacaciones en la bola negra 

Verano de aplastante calor. Calor insufrible. Mortal de necesidad.

Cielo de un límpido y apocalíptico azul. Carente siquiera de la más insignificante nube.

Innumerables perlas de sudor ejecutando una enloquecedora carrera cuesta abajo por la epidermis de los indefensos cuerpos; todas, pugnando por llegar la primera sin que ninguna conozca cual ha de ser en realidad su premio: el simple disfrute de un instante de frescor antes de tener que desvanecerse.

Ligeras ropas de verano mimetizadas con la auténtica piel por causa de la humedad hasta el punto de semejarse a una segunda epidermis.

Trozos de tela húmeda que cubren y se adhieren al cuerpo de tal forma que convierten, cualquier movimiento, en algo mucho más molesto que una simple incomodidad: un refinado suplicio.

El pensamiento aprisionado por el inminente peligro de combustión.

Ninguna otra idea en la que pensar más que en la omnipresente: 

Y, sobre ésta, como en una noria, girando todas las conversaciones de aquél día.

— ¡Vaya calor que hace hoy!  —exclama uno.

— ¡No recuerdo un día de calor como éste en muchos —enfatiza otro.

— El termómetro de mi casa —metiendo baza un tercero— llegó ayer a alcanzar casi los cuarenta y cinco 

— ¡Como que al vecino del piso de arriba, ese señor que se jubiló el mes pasado, -apuntaba el enterado de turno- se lo tuvieron que llevar al hospital en una ambulancia!

Y como sintiendo la necesidad de ampliar aún más la importancia del suceso, añadía:

— Lo llevaban con el oxígeno puesto y todo. —para terminar, bajando un tanto la voz, con tono grave— No sé si habrá llegado vivo.

Y todos sacudían la cabeza en señal de impotencia o resignación y quedaban en un casi silencio interrumpido únicamente por suspiros de ahogo y resoplidos. 

Mientras tanto, el sol no aflojaba.

Sergio cavilaba que, comparándose con días como aquel, en el infierno debía de ser primavera.

Probaba pensar en algo fresco, ya fuera un polo de fresa o una suave brisa marina, y, cada vez que lo intentaba, o bien el polo de fresa se le derretía en sus pensamientos o el incipiente Alisio era empujado hacia otra parte del mundo por un despiadado simún proveniente del maldito desierto. Cada intentona era como una charca expuesta al implacable sol sahariano. Tan pronto aparecía se transformaban en algo así como un líquido burbujeante, para casi al instante quedar reducida a la nada.

Aun así, pudo, entre la galopante vaporización de sus reflexiones, abrir una diminuta brecha y acordarse de que tenía que escribir una carta; al principio fue una idea bastante difusa, muy perdida entre la agobiante realidad de aquel mortificante calor que todo lo abarcaba.

Sin embargo, ésta, poco a poco, comenzó a destacar como un anuncio luminoso. Cada vez más sugestivo. Cada vez más espectacular y rutilante.

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¡TIENES QUE ESCRIBIR UNA CARTA!

¡ESCRIBA UNA CARTA Y RECIBA CINCO!

¡ ESCRIBA CARTAS Y GANE UN MARAVILLOSO JUEGO DE LÁPICES DE COLORES PARA SUS HIJOS!

Aquella inconsciente y martilleante publicidad no le atraía. No tenía ganas de hacerlo y no porque no lo deseara (escribir una carta era una de las grandes metas de su vida) sino porque la terrible situación de apatía en la que estaba inmerso le hacía ver aquella posibilidad como un algo demasiado distante, una posibilidad lejana que quizá algún día, en un remoto futuro, llegaría a realizarse; debía escribir una carta pero no sabía cuándo llevaría tal tarea a la práctica; NADIE SABÍA CUANDO y ni tan siquiera conocía si, llegado el momento, estaría preparado para ello.

Como un autómata cogió papel y garabateó algo con un bolígrafo:

El esfuerzo intelectual fue tan grande que le volvieron a fundir los plomos mentales. Aún pudo todavía dibujar algunos jeroglíficos

que, después de todo, quizá significaran algo porque a partir de entonces quedó como hipnotizado. Definitivamente atascado; primero, contemplando aquellas figuras de traducción imposible; luego, más allá del papel mismo y aún más allá de la mesa y de la casa que a ésta contenía; cada vez más lejano en un mundo de fuego, un mundo de millones de grados de temperatura en el que todo se consumía y sobre el que giraban todas las cosas, las personas y sus pensamientos.

Hirviente y absorto.

Cuando se recobró de aquella especie de embelesamiento, tenía las cejas chamuscadas y de las puntas de sus dedos se escapaban débiles hilillos de humo.

Abrió los ojos, y, sorprendido, pegó un respingo.

Una cara, casi pegada a la suya, lo miraba con apariencia amistosa. Le sonreía y le hacía señas, para él incomprensibles, con gestos exagerados. Daba la impresión de ser un turista queriéndose hacer entender en un país extranjero, y aunque algo estrafalario en el vestir (llevaba unas alegres bermudas de grandes y llamativas flores, aunque ya algo descoloridas, y una desvarada camisa en la que todavía se podía leer el lema “Hawai”) no daba la impresión de ser un loco peligroso. 

Pudiera ser que más bien se tratara de algún retrasado mental.

—Parece como querer decirnos algo con las manos –dijo el señor de apariencia estrafalaria dirigiéndose a los otros.

Había más gente allí.

Sergio les observaba boquiabierto. ¿De dónde había salido aquella pandilla?

Hacía un momento no estaban y, además, no sólo no les conocía, sino que tampoco les entendía.

Uno de ellos se le acercó hasta casi pegar también su cara contra la suya y acompañó en gestos esperpénticos al primero. Así permanecieron un largo rato: contemplándole y gesticulando hasta parecer cansarse, luego perdieron el interés en hacerse entender y se sentaron a ver la televisión, no sin antes obsequiarle con unas palmaditas en el hombro.

Sergio les siguió con la vista, y durante un tiempo los observó en silencio. Finalmente, también él perdió todo interés por ellos y terminó por dejarse engullir por sus propios pensamientos.

La habitación se había ido quedando paulatinamente a obscuras y cuando quiso encender la luz advirtió que no era sólo su mente lo que se había fundido; por lo visto el apagón era general. No había fluido eléctrico, por lo que parecía, en toda la ciudad.

Por un momento pareció quedar desconcertado, más al instante, reaccionando, se dejó caer nuevamente en su sillón para intentar analizar lo acaecido fríamente.

Justo a tiempo, porque apenas un segundo después de sentarse, todo quedó inmerso en una creciente oscuridad.

El caso era que al parecer había sido engullido por una especie de bola negra de la que desconocía su extensión y sustancia; una masa densa en la que no se distinguía los contornos y en donde cualquier intento de movimiento se iba convirtiendo en una misión imposible. Intentó agudizar el oído por si conseguía escuchar algo, pero en aquella obscuridad también el sonido había desaparecido.

Con cierta dificultad consiguió extender sus manos ante sí con el propósito de tocar algo que le resultara familiar: el borde de un mueble, una pared; tan sólo consiguió constatar que aquella negrura en torno suyo era ahora absoluta, pegajosa e impenetrable.

Sentía algo similar al hambre y pensó en desplazarse hasta el frigorífico.

Caviló perplejo:

¿Cómo había que hacer para desplazarse?

¡QUE NO CUNDA EL PÁNICO!

En ese momento se dio cuenta de que se había quedado sin el sentido de la orientación por lo que, temiendo perderse, prefirió permanecer sentado.

Luego, perdió también la noción del tiempo y pensó:

Probó a concentrarse en una idea trivial a fin de recuperar la serenidad; si deseaba dominar la situación, ésta era lo último que debía abandonarle.

Paco Peco, poco pico, insultaba como un loco a su tío Federico…

Poco a poco, fue perdiendo la sensibilidad de todos sus sentidos.

Por último, ya ni tan siquiera podía distinguir si todavía respiraba (llegó a plantearse la posibilidad de que en realidad estuviera muerto), si tenía o no los ojos abiertos; su situación en el espacio; la sensación de frío e incluso la de calor, que antes le había preocupado tanto.

Bostezó aburrido y una bocanada de nada le invadió sus cavidades internas absorbiéndole también el hambre y la sensación de estar sentado o de pié.

Podía ser que su corazón estuviera todavía palpitando, y sin embargo tampoco lo hubiera podido asegurar.

No sentía ni veía nada y finalmente ni siquiera pudo ya pensar.

Ahora, que ni pensaba ni sentía, ni tenía sensación de tener o no cuerpo, formaba parte, sin conciencia de ello, de la negrura infinita, y no tendiendo otra cosa en la que poder entretenerse, se quedó profundamente dormido.

Sergio Ruiz Afonso