Una flor engañosa

Flor de beso

Durante la noche hubo mucha humedad y la flor grande, exótica y bonita aún estaba salpicada por algunas gotas de rocío. Despertó y abrió sus dos pétalos color rojo purpúreo luciendo todo su esplendor, lista para ser lo más cautivadora posible. Un novato fraile paseaba en ese mismo jardín, atraído por una fragancia dulce e intensa que le llenaba la nariz. De pronto la vio sentada en el único banco, bajo el almendro. ¡Una mujer en el monasterio! Incrédulo se acercó y la miró, ella también le miraba. Era una mujer que aparentaba unos treinta años, hermosa, atractiva, con grandes ojos verdes y una boca expresiva de labios carnosos pintados de un rojo intenso. La fragancia embriagadora parecía desprenderse de ella. El fraile no se pudo resistir y la besó, pero de pronto descubrió que algo estaba cambiando en el rostro de ella, algo que le disgustaba. De sus ojos verdes salían unas pequeñas ramitas; su boca empezaba a cerrarse segregando un jugoso y muy pegajoso néctar. Se quedó atrapado por su mismo beso mientras ella le decía: 

—Me llamo Flor de Beso y tú eres mi alimento favorito. 

Poco a poco la mujer reveló lo que realmente era: una maravillosa y llamativa flor de una planta carnívora engañosa y asesina. El novato había caído en la trampa como un insecto.    

Raffaella Bolletti

La rosa de Giuseppe

Hace tres años, era el mes de mayo, encontré a Giuseppe durante una estancia de dos días en una finca afuera de la ciudad, convertida en un confortable hotel. Practicábamos taichí y danza terapia, todo el día en absoluto silencio.

Giuseppe llamó mi atención. Era alto, delgado, cutis moreno, mandíbula fuerte, labios carnosos, nariz perfecta, ojos profundos y mirada que te mata. Su pelo negro y espeso cruzado por hilos plateados, estaba recogido en una pequeña cola. Aprendimos a conocernos durante la comida y en la fiesta de la última noche de la estancia. Su voz era profunda, como si hablar le costara. Tenía un buen sentido del humor y reía con gran gusto.

Si «el amor empieza cuando no se espera nada a cambio» yo me enamoré al instante.

Nos encontramos después de las clases de taichí en el parque y asistimos a diferentes manifestaciones.

«No importa la cantidad del tiempo que pasamos con un amigo sino la calidad del tiempo que vivimos con él«.

Una noche de otoño, durante una cena, mi maestro de taichí, con voz llorosa me confió que desde hacía tres años, Giuseppe luchaba contra un cáncer en el cerebro. Falleció en el mes de noviembre. Tenía cuarenta años.

«Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer«.

Algunos días después de su muerte, nosotros, los compañeros de taichí y el maestro, nos encontramos en el parque. Sujetamos nuestras manos y pensamos en él, leímos poemas, hablamos del destino, de la amistad y, bajo un enorme árbol, plantamos un pequeño rosal. Durante todo el ano la cuidamos con cariño y en mayo floreció la primera y única rosa amarilla.

«Fue el tiempo que pasaste con tu rosa que la hizo tan importante«

Un día de invierno, pasando por el parque, vi que el enorme árbol que protegía nuestra rosa había sido talado y con él nuestra plantita.

Si es verdad que «Renunciar a todos tus sueños porque uno de ellos no se realizó» decidí que en primavera plantaría otra rosa.

En primavera fui al parque para decidir donde plantar la futura rosa. Acercándome al sitio donde estaba el árbol, la vi. ¡Rodeada y casi sepulta por trozos de raíces, nuestra pequeña planta había decidido combatir y renacer!

«No era más que una rosa semejante a cien mil otras. Pero la hice mi amiga y ahora es la única en el mundo«.

Nota: Las frases en cursivo pertenecen al Pequeño Príncipe de Antoine de Saint-Exupéry

Iris Menegoz

La flor del renacimiento

Desde la ventana de mi habitación sólo podía ver la pequeña terraza de un vecino con un jarrón y una hermosa flor sobresaliendo de él. La cama me tenía cautiva desde hacía meses debido a la parálisis en las piernas causada por la enfermedad que me había afectado. En mi condición de inválida, no podía moverme, el  único contacto con el mundo exterior, además del cielo, era la pequeña flor. Las estaciones se sucedían y cambiaban como ella lo hacía, en primavera era exuberante y fresca, en verano era calurosa pero palpitante de energía, en otoño era un poco melancólica y teñida de gris, y en invierno era fría y de colores apagados.

Mi salud no mejoró y se temía lo peor. Pero la flor siempre estaba ahí y me daba fuerzas para apretar los dientes y seguir adelante.

Desde mi ventana veía el sol que girando marcaba el paso del tiempo, la lluvia que a veces me animaba y la nieve  que acariciaba y protegía a mi pequeña amiga. Mi vida estaba con ella y ella era mi compañera inseparable, si se hubiera marchitado habría muerto con ella.

Un hermoso día antes del domingo de Pascua, mi madre entró en la habitación entusiasmada con los exámenes clínicos en su mano gritando de alegría: – ¡Estás curada! A partir de ahora puedes llevar una vida normal! –

Empecé a llorar, y después de unos días me levanté y fui a la ventana a ver el jarrón con la pequeña flor guardiana de mi vida.

Junto a él estaba el artista que estaba modificando el dibujo con temple.

Ahora era hermoso, de colores espléndidos, vivo, cegador; era sólo un cuadro en la pared, que el pintor modificaba día tras día para hacerme vivir con él.

Luigi Chiesa

Flor

En un caluroso día de junio, en un campo lleno de amapolas y acianos, nació un maravilloso lirio blanco, tanto la hierba como otras flores se volvieron hacia su lado para oler su delicioso perfume.

La flor se sentía un poco rara porque entre tantas flores rojas y azules solo ella era blanca, pensaba en cuánto su vida era corta y en que nadie la habría nunca mirado. Hablaba con otras flores que envidiaban su belleza y las veía marchitarse gradualmente.

Un día, cuando había perdido la esperanza, llegaron al campo tres niñas con su mamá y se pararon frente a ella para respirar su perfume y admirar su blancura; escuchando lo que decían, supo que cada flor tiene un significado, el suyo le gustó mucho: «si tu regalas un lirio a una niña o a una mujer, ella se sentirá una reina» y también decían que el lirio cada año vuelve a florecer.

La flor de repente se puse feliz y cuando la niña más pequeña la recogió para regalarlo a su Mamá, sintió un poco de dolor, pero supo que había hecho feliz a una mujer.

Leda Negri

La flor de Elsa

Sus padres fueron campesinos cruelmente asesinados por la violencia de la guerra partidista de los años cincuenta. Los cuerpos despedazados a machete, no pudieron ser enterrados y, diseminados por el tiempo, se fueron fundiendo con la negra tierra de la montaña y los verdes de su selva. 

Elsa Rodríguez era su nombre, inolvidable para todos… 

Muy lejos y por caminos de herradura mi padre tuvo que viajar a por ella para traerla a casa, como la nueva muchacha de servicio, que con los años se convirtió en parte de nuestra familia. 

Barnizado su cuerpo de bronce por el sol montuno, así la conocimos siete hermanos hombres más mi papá ya adulto y viudo, un total de ocho. 

Nos quedamos con ella y también ella con nosotros. Los días fueron pasando y el encanto compartido se fue mimetizando… Indolentes, la solicitábamos a todas horas y al mismo tiempo, transformábamos el aire dulce de su nombre en babilónico alboroto. 

No volví a pedirle nada convirtiéndonos en cómplices de pilatunas compartidas.

Un día la casa quedó totalmente sola, con nosotros dos adentro… Ella era muy joven y yo muy niño. 

Oí su llamado repetidas veces. Corrí a buscarla y ahí estaba Elsa sentada a horcajadas en el piso de su alcoba, con la falda arremangada sin que la cubriera nada. Me pidió que me acercara…  

—Niño venga mire. —me dijo con dulzura… Entre sus piernas aparecía el más hermoso bosque negro que con cada mano e infinita delicadeza apartaba para que yo viera lo espectacular de ese momento por ella descubierto para mi fuera… una fuerza invisible, desconocida y poderosa me atrapó… paralizado caí de rodillas con mis ojos sorprendidos muy cerca de lo que Elsa abría y me mostraba del abundante oscuro y suave, entre el asombro, el estupor y la fascinación nuestra, surgió respirando la más hermosa flor de pétalos rosados

Olmo Guillermo Liévano

La flor del Tapañol

Irises- Vincent Van Gogh
La flor del Tapañol no necesitamos buscarla, aquí está
El gran pintor que venía del profundo norte, de azul la vestía
Pero, si todos los colores le pertenecen, predomina la plata.

La flor del Tapañol, de elegancia vestida, es preciosa 
Su don innato para combinar tejidos, accesorios y ropa
Inventar joyas con trozos de papel o de lana, nos encanta.

La flor del Tapañol, explota de emociones como una bomba 
Sabe combinar sátira y nostalgia con un poco de sensualidad
Pero siempre nos maravilla con una sonrisa inesperada.

La flor del Tapañol, amable y humilde, también es imperiosa
Con ella, el matriarcado tiene sentido, porque nos apacigua
Nos tranquiliza en la dulzura de una ilustración recuperada.

La flor del Tapañol, no necesitamos buscarla, es única
Cada día, materna, nos circunda, nos envuelve, nos cuida
Todos la queremos, sin ella no existiríamos. Iris se llama.
Jean Claude Fonder

Duelo

Aquel día, hace varios años, estaba preparado, concentrado en lo que iba a empezar, la mirada fija en los ojos del otro, el que hasta ahora había sido su amigo. Estaba preparado para su primer duelo directo. Había aprendido las estrictas reglas de comportamiento y respeto que el sensei iba inculcando desde el primer día, como por ejemplo la importancia del rito del saludo. Había aprendido que el Karate o Mano Vacía, era una filosofía de vida, que mantiene la miente abierta, que ayuda a enfrentarse con las situaciones desagradables, a aceptar a las personas por lo que son y a reaccionar de una manera positiva. Todo esto se le vino a la cabeza mientras el equipo médico explicaba las medidas que iba a adoptar para su enfermedad. “Hajime, vamos a empezar, me batiré en duelo contra este adversario invisible y a ver quién pasará a la final”. Con su propio optimismo ganó algunos duelos, pero ahora su adversario atacaba de un estilo diferente, jugaba sin igualdad de condiciones, sin respetar las reglas, con ataques cada vez más fuertes. Entonces, a sabiendas de que se sentiría demasiado desfavorecido y débil como para seguir adelante, abandonó el duelo. Así que mientras el duelo de él con el invisible terminó, para ella un otro duelo empezó afectando su vida en un camino que comienza y que nunca se acaba.

Raffaella Bolletti

Duelo

Quién llorará la muerte del último hombre, de los últimos hijos de las últimas madres. Quién nos echará de menos cuando el género humano se haga arena, se disuelva como témpano frágil, se evapore de la faz de la tierra.

En qué estrella remota, en qué humus quedará la memoria, un destello, en qué piedra una huella, en qué abismo deshilachados alfabetos. 

Me pregunto con nostalgia de especie, añorando del futuro la pérdida o quizás lo que nunca habrá sido. 

Qué será de todos nuestros dioses, me pregunto. ¿Resistirán a tanta irreverencia?

Adriana Langtry

Sonrisas amargas

Mis lágrimas se secaban detrás del duelo, era un desfile matizado según se alejaba del féretro; los primeros lloraban mucho, ensimismados, sin palabras, enojados, y poco a poco, recorriendo el cortejo hacia el final, la tristeza iba desapareciendo y los últimos hacían arreglos para la noche, 

— ¿Cómo quedamos? Nos vemos frente al restaurante a las 8 en punto y no pico, — respondían los demás. 

Una pasarela de formalismo ocioso, emociones falsas, pésames de circunstancia, arrogancia, y una verdadera y auténtica omisión de sentimientos.

De repente, irrumpió contra el carro fúnebre un coche enloquecido que lo arrastró veinte metros. La gente asustada se derribó a tierra por el miedo, y el ataúd salió arrojado para afuera con la tapadera abierta.

—¿Hay heridos? —gritaron. 

Muchas personas se sintieron mal, se desmayaron, una niña tuvo un ataque de pánico, la señora con vestido de flores vomitó diciendo 

— ¿Estoy muerta? —La muchacha del tercer piso estaba histérica y le vino una crisis de asma, al señor de la puerta de al lado se le cayó el peluquín.

El policía afirmó que estaban haciendo un duelo, una carrera entre dos vehículos, y los conductores totalmente borrachos y fuera de sí fumando “porros” derraparon contra la carroza de la funeraria.

El cadáver estaba intacto con su camisa blanca, corbata roja y traje gris pardo de rayas blancas.

Pero en la cara del muerto se notaba una ligera sonrisa irónica al lado de la baba que le salía por la boca.

Luigi Chiesa

El duelista

Esa mañana, en el claro de un bosque cerca de Mestre, el amanecer era vigorizante. Un sol un poco pálido dramatizaba este decorado de árboles majestuosos. El verde del bosque ya estaba manchado con grandes salpicaduras de oro. Estábamos en los primeros días de octubre.

Mi asistente y yo, como siempre, estábamos en el lugar un poco antes de tiempo para asegurarnos de que todo estaba en orden, sin presencia molesta ni otros inconvenientes. Nos llevamos las pistolas, de precisión, por supuesto, no quería matar a mi oponente, el cornudo. Sonrío ante la idea.

En realidad no lo conocía, fue su representante quien me lanzó el guante. Ella, la conocí durante el carnaval, llevaba una máscara veneciana que le cubría toda la cara. Cuando nos conocimos en la intimidad de la posada, todavía lo usaba. La única parte de su cuerpo que me mostró fue su pecho generoso, espléndido, que me desafiaba y me excitaba todo a la vez. ¡Una noche para recordar!

Bueno, esa es una forma de expresarme porque según mis buenos hábitos, al día siguiente ya estaba de caza, el carnaval no había terminado. Y, como me sucedía a menudo, fui desafiado a un duelo unos días después.

Llegaron a las 8:00, como acordamos. Mi víctima parecía pequeña y flaca. Mientras nos estábamos observando a distancia, nuestros asistentes estaban ajustando los detalles del procedimiento. Las pistolas elegidas, espalda a espalda y en camisa, dimos los diez pasos reglamentarios. Nos pusimos cada uno en el punto de mira del otro…

De repente mi oponente hizo un gesto de espera, se deshizo de su camisa y me retó de nuevo… Estos pechos orgullosos de mujer… Era ella, la reconocía ahora. ¡Era Elvira! …

Lo último que percibí fue la detonación.

Jean Claude Fonder

Duelo

El viejo estaba acostado en el sillón preferido de Pilar, se sentía muy cansado y sin fuerzas, el día antes habían enterrado su mujer, muerta después de una mala enfermedad.

Pensaba en todos los momentos felices con ella: el día de la boda, el nacimiento de los hijos y en todas las adversidades de la vida superadas junto.

Él la había amado muchísimo desde el primer encuentro, ¿Qué habría hecho sin Pilar? No quería vivir más.

Se durmió por un momento, de repente oyó el ruido de la llave en la puerta y vio entrar su nieto mayor que le dijo: 

— ¿Hola abuelo como estás? He venido a vivir contigo, no te dejo solo. — y lo abrazó fuerte.

.

Leda Negri

Duelo

Castor y Pollux

Salomón reñía siempre con su hermano Pedro. Eran como los Dioscuros, los gemelos Cástor y Pólux. Como todos los gemelos reunían en sí tanto la unidad como la pugna, el duelo, como lo testimonian numerosas historias mitológicas – Ormuz-Ahrimán en Persia, Ixbalamqué-Hunahpú (los mellizos del Popol-Vuh), Rómulo y Remo, Caín y Abel.  –

Salomón se sentía atado a él por fuertes sentimientos de amor y envidia, en ese concentrado de lo humano que es la relación entre hermanos, emergen todas las diversidades y las contradicciones de la humanidad. Pedro era el menor, el consentido del padre, ese patriarca severo, poderoso, pero a veces tierno o injusto.

Iban a cacería y Pedro era el más afortunado y el más ágil, apostaban carreras y era el más rápido; se retaban a duelo de lucha libre y un día la competición fue de tiro al blanco con las escopetas de caza. Un disparo apagó las risas de Pedro y al acudir el padre, las manos de Salomón estaban ensangrentadas, tratando de reanimar al hermano sin vida.

La furia del padre fue como la de un dios del Olimpo. Expulsó a Salomón y la familia se llenó de duelo para siempre.

El destino de este Caín fue de desamores, violencia y abandonos. Trabajó duramente, formó una familia, pero abandonó a su mujer y a sus hijos, porque no lograba encontrar paz y armonía; su hijo mayor eligió la carrera de las armas, era cruel y vengativo y sus nietos también tuvieron una pasión morbosa por las armas de fuego, llegando a posiciones importantes en el ejército, pero con el estigma de la maldición que seguía resonando en sus vidas, desde que Salomón-Caín fuera expulsado del edén familiar. Quizás las maldiciones se pueden sanar con el perdón y el esclarecimiento de la verdad. A veces, las familias son un cálido refugio o un pequeño infierno de desigualdades. 

Maria Victoria Santoyo Abril

Cinco muertes: cuatro duelos

— Que tienen que hacer el luto y guardarlo, —insistía mi hermano el psiquiatra, siempre que moría alguno de nosotros, que se fueron yendo con intervalo de días, en una procesión de muertos; mi mamá, mi hermano menor y enseguida mi papá, quien en su soledad de anciano viudo no les guardó luto pues hablaba con ellos todo el tiempo.

— Mija por acá, mija por allá… Hijo tal cosa… —como si estuvieran siempre a su lado, pero nosotros no veíamos nada. 

Ella duró semanas muriéndose, queriendo despedirse de todos.

— Prométame no derramar una sola lágrima, —me decretó agonizando. No le hice duelo. Ahora se me aparece en sueños y conversamos como ella lo hacía con su esposo estando ya muerta.

Sacudido por lo prometido, volvieron lejanos recuerdos dolorosos, olvidados…  Siendo niño, mi primera inconsolable tristeza al morir mi perro, que no desapareciera hasta el nacimiento de un bebé en casa paterna bautizado Ramiro, un adorable ser humano a quien amé al instante y adopté como si fuera mi hijo siendo mi hermano, hasta el día de su muerte inesperada y violenta.

Duelo empatado al de mi padre al morir casi de inmediato. Sentí rabia con Dios. No creí más en nada.

Pasaron los años… y cuando el nacimiento anunciado de un hijo empezaba a borrar el dolor de tantas muertes caseras, el turno fue para él, que no supo qué era la vida porque nació muerto. Fui al infierno. Toqué fondo y sólo pude sobreaguar y volver a creer, al nacer Juan Felipe, el Benjamín de mi manada, que, amamantado con la leche de la mujer amada, lo hará inmortal. Ya tiene casi un cuarto de siglo feliz y está muy vivo.

 

Olmo Guillermo Liévano

El duelo de Don Nacho

A mediodía en un día de miércoles al improviso Don Atanacio Balboa (Nacho) dejaba de existir a los 75 años. Sus hijos confundidos por tal triste e imprevista noticia se preguntaban el ¿por qué? En medio de estas vicisitudes, Auria la hija menor lloraba desconsoladamente, pidiéndole perdón. Los dos hermanos restantes Pablo y Josefina, más calmados dialogaban, distribuyéndose las tareas para organizar el velorio. Uno fue a ver la funeraria, la otra a arreglar la casa y avisar a los familiares, mientras tanto Auria fue a comunicar al cura. Luego fue a una emisora local a meter el anuncio e invitando al duelo de su querido padre.

En medio de la tristeza la organización andaba de maravilla. 

Hacia las 4 de la tarde una luz divina iluminó sus vidas, don Nacho despertó, ¡Aleluya! Abrió los ojos. ¿Qué pasó? un paro cardíaco, solo eso había sucedido. 

Por dos horas sin parar festejaron bailando y bebiendo por la resurrección del padre. Después de las 6 de la tarde don Nacho cansado se fue a descansar. Estando en su recamara tenía la radio encendida y escucha la noticia donde se invitaba al duelo de él.

Acongojado y estúpido llamó a su hija y dijo que vayan a cancelar esa noticia. De inmediato mandaron a un familiar, pero la emisora quedaba a 20 minutos de la casa (no existía el móvil).

Durante este tiempo volvieron a pasar más de 5 veces la noticia de su deceso. Bastó para que esta vez sí, un verdadero paro cardíaco le ataque sin piedad. Entre la preocupación la rabia y el alcohol, la hipertensión lo mato.

Nota: Esta historia fue real sólo cambie los nombres por no herir susceptibilidades. 

 

Luis Alberto Prado

Duelo

En esta habitación siempre hay gente distinta y esperando. Caras nuevas que hablan, alguien contando su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días.

Algunos escuchan con atención a los que hablan, otras con hastío miran el reloj, otras veces no se puede escuchar sino llorar, alguna que otra vez uno puede hasta reírse, se entablan conversaciones y se cuentan cosas.

 Y yo recuerdo aquellos días en los que iba al campo, un día de esos en que el verano te premia con un ligero viento fresco, una brisa que reconforta y aparece la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El ritmo adecuado para que crezcan las flores, la higuera, la uva, tiempo para recoger una cosecha completa, hay que esperar, todos esperamos a recoger la cosecha final.

Delante de esa habitación todos esperamos y él ve como sucede el tiempo para todos y prescribe si la cosecha será buena o no y hace su diagnóstico y sabe si hay que esperar o ayudar de alguna manera al tiempo para que la cosecha sea mejor, sea más fácil de recoger y se recoja en el momento adecuado.

En mi caso él me hace sentirme segura, me hace sentirme segura el que él recorra un poco de mi tiempo, son pocos minutos al mes, ¿cuántos duelos habrá tenido que recorrer? ¿Cuántos no han vuelto a regresar a por sus recetas, a su análisis anual? ¿Cuántas veces el duelo es el de una niña o el de un anciano? Nunca nos preguntamos por los duelos de aquellos a los que no tenemos que avisar cuando llegue la cosecha final. El médico se va a enterar solo cuando tú no vayas más y a la enfermera le pasará igual, ellos tienen un tiempo mínimo para los duelos. Nosotros una sala de espera llena de suspiros.

Pensándolo bien todos se enterarán cuando ya no te vean más y entonces comienza el duelo de cada cual. Y el silencio largo se queda entre dos palabras y duele.

Gracias por llenar mi espacio con tus tiempos. 

.

Blanca Quesada

El duelo

Otra vez había vuelto, y no había sido nada inesperado: algo como el inexorable reflujo de la mala temporada.

Había vuelto: lo reconocía por los mordiscos de perro rabioso en mi corazón, por los golpazos en las rodillas que invadían mis piernas con una lánguida debilidad y hacían mis pasos inestables. Lo reconocía por el melancólico presagio de que la vida se me iba a oleadas, como una letanía de intentos fracasados que nunca llegaron a su fin, como una respiración entrecortada que se recomponía en un trastorno rítmico.

Había vuelto. Y era como si nunca se hubiera ido, ocultado entre los pliegues de los días inútiles, en los malhumores escondidos, en los recuerdos traicioneros que afloraban a la memoria como trozos de madera después de un naufragio.

Había vuelto para encerrar los días en una monotonía plomiza sin esperanza, en el hielo que encierra el ritmo y la réplica de las horas, para encarcelar mi vida en un Invierno del que no podía presagiar el fin.

Había vuelto, era él: era el duelo.

Silvia Zanetto

Latina

__ ¿Ve? Se acostó con usted nada más que para quitarle dinero. Menos mal que yo estaba atento. ¿Cómo fue que la conoció?

__ La vi en el baño. 

__ ¿De qué hablaron? Cuénteme todo. 

Clifter hizo un gesto de contrariedad. Se puso un manta sobre los hombros, hacía frio y encendió un cigarrillo.

__ La chica me gustaba, nada más.

__ Se acostó con ella…

__ Ni nos dirigimos la palabra.

__ Se encamaron y le hizo los bolsillos.  

__ Seguramente no era una princesa rusa. ¿Usted recuerda Clifter que somos dos descendientes de los valientes soldados británicos que han llegado a este país durante las Invasiones Inglesas? Usted sabe Clifter que no podemos acostarnos con la primera tipa que se nos antoje? Ahora dígame Clifter, ¿quién era, de que raza era?

Cerró los ojos mientras inspiraba el humo del cigarrillo. Fumar lo relajaba y le hacía descargar la rabia y la humillación que sentía en ese momento

Abrió los ojos, pensando que no estaba a la altura de todo esto. Murmuró algo…

__ ¡Una Latina!

Clifter y su amigo estaban sentados en la barra del Alvear Roof Bar, uno de los bares más exclusivos de Buenos Aires.

El barrista Ramón había escuchado la conversación y dijo:

__ Perdón si me entrometo, ¿están hablando de una chica color piel canela y ojos verdes?

__ Sì…

Afirmó Clifter con asombro y rabia

Ramón continuó:

__ ¡Es Rosa La Latina! Una especie de Robin Hood Latina que se mueve en los barrios altos. Seduce a las víctimas con su cuerpo estatuario, el color de piel y sobre todo esos ojos… hechiceros verdes esmeralda.

Clifter a este punto quería saber más…

__ Ramón, continúe por favor.

Ramón llenó los vasos de los tragos de sus clientes.

__ Dicen que besa muy bien. Encanta a sus presas, los lleva a la cama pero después nada de sexo. Durante su danza seductora quizás debe agregar algo a las bebidas, los clientes cuando tocan la cama caen como hipnotizados. Les roba y les deja una señal en el hombro izquierdo, como una firma.

Clifter ni se había dado cuenta. Abre los primeros botones de la camisa, se libera el hombro izquierdo y descubre las dos letras como dos rasguños, un poco inflamados: “RL” 

Ramón asintiendo con la cabeza dijo:

__ ¡Exacto! Son las iniciales de Rosa Latina.

Un bolero de fondo y de la puerta entró una chica de piel color canela.

En ese preciso momento los tres hombres presentaron las mismas características: bocas abiertas y todos los pelos de punta.

Myrna Gil Quintero……………
Ariel Soulé………………

Latino

“Pero, profesor… ¡Sí es más fácil que el inglés!” exclamó Martín durante su primera clase de latín aquel día de hace innumerables años, en el segundo curso del colegio.

El profesor sonrió,  silencioso y satisfecho. Pero fue su padre el que le desilusionó, el que le advirtió de que no se dejara engañar  por asonancias y consonancias y lo inició en los misterios  gramaticales de la remota lengua, madre de tantos idiomas.

Esta advertencia paterna “ab inicio” lo desasosegó un poco, pero Martín se las apañó bastante bien hasta que empezó el bachillerato, cuando, “a posteriori” tuvo que darle la razón a su progenitor, porque le costaba mucho alcanzar hasta un “aprobado” en latín. A pesar de todo, pasó los exámenes, “Dei gratia”  y se apuntó a la Universidad, eligiendo la facultad de Humanidades, la que sería su “alma mater” durante cinco años. Su “deficit” lingüístico se ampliaba y sus derrotas latinas eran más catastróficas que la de Adrianópolis, pero en las otras asignaturas cada vez sacaba sobresaliente “cum laude”. 

Con toda probabilidad, habría tenido que repetir los exámenes de latín “per saecula seculorum”, y se habría licenciado “post mortem” si los profesores no se hubieran apiadado de él, un estudiante “sui generis” que hablaba varios idiomas, escribía como un ángel y sabía citar de memoria a todos los escritores españoles, pero de latín no entendía ni “bis”. La “condicio sine qua non” para asignarle la licenciatura fue que nunca pusiera en su “curriculum vitae” la palabra “latín”. 

Epílogo: Hoy Martín es catedrático  muy estimado en la misma universidad en la que se licenció: es profesor de Inglés.

Silvia Zanetto