Prensas de colores

A la prensa podemos vestirla de colores: amarilla, cuando llega la primavera y las primeras flores; rosa o del corazón, cuando se imprimen historias de amor; negra si es tremendista o si escribimos en la oscuridad. Quizás si la historia se mancha de sangre, la prensa se tiñe de rojo.

La prensa sería verde o de color paja si los textos fuesen escritos en hojas de papiro o pergamino.

Ahora anhelamos la prensa del color de la libertad de movimiento. 

Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, contra la prensa sensacionalista llena de titulares sobre catástrofes.

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”, eso dijo Don Quijote

Maria Victoria Santoyo Abril

El periódico del paquete

El paquete de periódicos estaba apilado allí en el estante de la antesala; yo acababa de llegar, había estado fuera todo el día y no había ido a trabajar. En mi casa, reinaba siempre un desorden atávico, había un montón de platos que lavar, ropa que planchar y el habitual olor a cerrado.

¿Qué día es hoy?, me pregunté; martes. La señora de la limpieza venía el sábado. Me llamó la atención un titular del diario que salía de la pila:

“La chica fue encontrada estrangulada en el tercer piso de una casa en la Calle de Alcalá 7 …” ¡Mierda! ¡Pero aquí es donde vivo yo!

La noticia ya estaba en todos los periódicos. Mi vecina, ¡eso no es posible! Inmediatamente fui a la computadora para averiguar más detalles. “Una mujer de unos cuarenta años, atractiva, ligada al mundo de la prostitución en el ámbito de los Grandes Eventos…” “Probablemente un asesinato de una ‘pago puta’ de encuentros por internet con caballeros maduros”.

 “Aquí encontrará texto, imágenes y otras informaciones sobre nuestros comunicados de prensa en versión electrónica, haga clic, si usted es un suscriptor”.

Normalmente tengo que leer artículos de prensa amarilla, del corazón, informes de crímenes, porque también soy periodista de investigación, pero tan pronto como puedo evitar leer todo este tipo de noticias, lo hago ya que con gusto tiraría este montón de tonterías a la basura. Noticias apreciadas por el público en general, “el pueblo debe ser educado”, me decían, la disquisición estaba en el método de educación.

Me miré en el espejo y vi la vejez en mi cara, el pelo que aún me quedaba era blanco.

De repente sonó el timbre, y al otro lado: – Policía criminal, ¿puede abrir la puerta, por favor? – me dijeron.

Luigi Chiesa

Prensa

Ana estaba muy contenta esa mañana de febrero porque su jefe le había pedido que fuera al puerto para retirar el vino que le había mandado su suegro de Italia y a ella le gustaba ir al puerto, era un paseo muy lindo. Partió de la Plaza Congreso donde estaba la oficina, pero a mitad de la Avenida de Mayo vio que había un tumulto de gente furiosa contra La Prensa que era uno de los diarios más antiguos de Buenos Aires, fundado en 1869 por José C. Paz. No era la primera vez que pasaba, pero esta vez era más serio que las otras veces porque La Prensa no quería respetar las leyes del presidente Perón, ese día había habido un ataque contra los canillitas que pedían más derechos y aunque los atacantes no fueron identificados, todos sospechaban que habían sido enviados por La Prensa que ese día fue expropiada y volvió a ser de propiedad de la Familia Paz en el año 1956, después de la Revolución Libertadora que derroco a Perón. A Ana le entró mucho miedo delante de la gente que estaba furiosa. No sabía qué hacer; por suerte un policía que la vio le dijo: “señorita no tendría que hacerla pasar, pero haré una excepción; venga, pase por acá”. De esta manera, Ana consiguió llegar al puerto y retirar el vino, pero estaba muy asustada por lo que había visto y por lo que le hubiera podido pasar.

Gloria Rolfo

Historia de una Princesa

La princesa se despertó y miró tiernamente al hombre que dormía a su lado, una pequeña luz entraba por la ventana, se sentía feliz, estaba soleado y estaba en Paris con un hombre que realmente la amaba, por primera vez en su vida. Finalmente, después de tanto sufrimiento y traición se sintió segura, fue como entrar en un puerto tranquilo ajeno de cualquier peligro.

Ese feliz momento terminó tan pronto como pensó en sus hijos, la prensa seguramente publicaría fotografías y artículos, deseaba solo tener tiempo para hablar con ellos y informarles de cómo eran realmente las cosas.

Desafortunadamente había una multitud de fotógrafos frente al hotel y tuvieron que encontrar una manera de evitarlos.

Despertó a su compañero y decidieron quedarse en el hotel todo el día, salir solo por la noche para ir al famoso restaurante donde habían reservado para celebrar su compromiso.

Salieron por la puerta de servicio, el conductor los estaba esperando, subieron en el coche con el guardaespaldas, y lograron evadir a la prensa. El camino parecía tranquillo, llegaron a la entrada de un túnel y se dieron cuenta de que un auto les flanqueaba para hacer fotos, el conductor aceleró, pero perdió el control, el impacto fue terrible, la princesa sintió un gran peso sobre ella, no pudo moverse, vio a sus hijos correr hacia ella, parecía poder abrazarlos, ya no podía respirar y antes de irse comprendió que había perdido todo.

Leda Negri

Prensa

Sus cuatro hijos le decían que era una mujer aprensiva.

Dolores conocía bien la etimología de la palabra “aprensivo” que, como todos saben, procede de “prensa”. Es decir: cuantos más periódicos uno lee, más se angustia por las noticias alarmantes que se publican y confronta versiones, busca informaciones, hasta quedar completamente confundido.

Todavía más tendría que preocuparse ahora, con eso de la epidemia y todo.

Sin embargo, Dolores estaba tranquila, en su casita en la costa norte de la isla, con sus cuatro perros. Tenían el nombre de sus hijos: Carlos, Manuela, Javier y Clara, porque cada vez que uno de ellos se había ido para siempre de su casa, Dolores había adoptado un nuevo cachorro y le había dado su nombre.

Recibía “El País” cada mañana y lo leía de arriba abajo, sentada entre las flores azules y amarillas de su pequeño jardín que se asomaba al mar. Sabía que en el sur de la isla mil personas estaban en cuarentena en un hotel, por culpa de unos malditos turistas italianos que habían contagiado a los habitantes de ese pequeño paraíso terrenal. Pero ella, ¿por qué tendría que preocuparse? Hacía años que no salía de su pueblo, Buenavista del Norte y, a fin de cuentas, ya había vivido lo suficiente. Sus cuatro hijos de cuatro patas, en la prensa decían que no se podían enfermar, y los demás cuatro… Pues, no era su problema.

Pero hoy Dolores ha leído en la prensa un título agobiante: “Los animales domésticos no pueden transmitir el virus, pero sí pueden enfermar”. Mira a los ojos a sus cuatro amores: “No os preocupéis” les dice con voz tierna y temblorosa. Lee atentamente el artículo hasta el final y entiende que es una falsa alarma.

Y finalmente tira el periódico a la basura.

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Silvia Zanetto

La prensa

Para la abuela la prensa era importante. Tres veces por semana leía los periódicos. ¡Tráeme el diario!, exclamaba al primero que se asomaba a la cocina. No leía otra cosa. Y a diferencia de nosotros que los elegíamos siguiendo tendencias adversarias, cuando ella decía ¡tráeme el diario! se pasaba de toda ideología. 

Así, terminadas las tareas de casa, la abuela se sentaba en la sala, sus cortas piernas colgando de la silla, y desplegaba el periódico sobre la mesa en ancho y en largo, cuidadosamente, como si fuese un corte de seda fina o el mantel de lino de las fiestas. Si en ese instante se hubiese desplomado el mundo, creo que la abuela no se hubiese dado cuenta. Porque ella, el diario, lo leía de arriba a abajo, desde los grandes titulares hasta los caracteres tipográficos más pequeños. Las gafas puestas, el cuerpecito encorvado, la abuela se aplicaba con el mismo esmero en las distintas y, según la inclinación del repartidor del día, contradictorias secciones, desde la política a la económica, pasando por los clasificados, televisión y avisos fúnebres.

A rito consumado, el periódico venía doblado y depositado en la pila de papel viejo que guardaba en el armario de la limpieza. Hojas embadurnadas de tinta que luego renacerían en sus manos cumpliendo nuevos y útiles servicios: empaquetar los huevos de las ponedoras del gallinero del fondo, envolver todo tipo de basura, hacer de felpudo en los días de lluvia, limpiar los vidrios, dar forma a los zapatos o protegerlos de la humedad.

Tres veces por semana la abuela hacía su reclamo. Ni un día más ni uno menos. Un modo, quizás, para mantener el equilibrio de su pila de diarios. Porque para ella la prensa era importante, necesaria, más bien imprescindible.

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Adriana Langtry

El baúl de los recuerdos

En un cajón de la destartalada buhardilla, un periódico amarillo lo llama: El Liberal, nunca más tiranías, democracia. Lo mira y mira el tiempo, que está parado entre telarañas y muebles olvidados. Aquí no ha entrado Franco a trastear en pos de la roja polilla, se siente el olor a rastro, la humedad, la memoria. 

Encuentra un carnet del partido comunista, restos de comida extraviados, uniformes, un vestido de boda… El plato gordo es un baúl cerrado cuyo contenido es incógnita. Rompe el candado, alza la tapa, el polvo lo hace retroceder y toser tapándose los ojos, mira. En el baúl acostado un hombre se acurruca como el esqueleto de un pájaro cuando lo abandonan en el nido.

Sale sacudiéndose para volver al camión. 

— ¿Había algo? — le pregunta el hijo.

— No hay nada que nos sirva de esa habitación.

Higinio Rodríguez

Prensa

Conducía deprisa para llegar a tiempo a la rueda de prensa. Estaba muy nervioso, conocía bien ese tipo de situación. Sabía por experiencia que los corresponsales de prensa en víspera de noticias siempre estaban al borde de un ataque de nervios y hacían preguntas sin sentido. Todo eso podía pasar también hoy. Ya imaginaba a sí mismo ajustándose las gafas empezando a leer las palabras escritas en las finas hojas de papel…. De pronto, fue como si la luz del sol se apagara. Miró entonces a través del retrovisor y tal fue su sorpresa al enterarse de que una cantidad enorme de lo que parecía ser nubes, iba acercándose y por fin adelantaba a su coche a toda velocidad. Esas nubes estaban llenas de palabras, mezcladas entre ellas, puestas al azar, emitiendo un ruido ensordecedor. Detrás, flotando a una velocidad más reducida, seguían unas cuantas bolas llenas de papeles impresos, de diferentes periódicos; el ruido no era molesto, sino más bien agradable. Otras ya llegaban, jugando a pillarse. ¡Aquí está! La prensa en el ciberespacio. Llegó por fin a la sala donde se tendría la rueda de prensa. El silencio era aplastante. Ya no era necesaria su intervención. Los corresponsales ya se habían enterado de todo. Ni siquiera empezó la lectura del comunicado y se fue. Los pocos que se habían personado allí, parecían murciélagos adormilados. Murciélagos desprestigiados que ya no necesitaban desplegar sus alas para difundir el virus. Ahora la difusión viral de las noticias le correspondía a la prensa escrita, a su hermana la prensa digital, con su nuevo lenguaje, su inmediatez, su interactividad, y su incontrolabilidad.

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Raffaella Bolletti

El título

«¿Dónde está?» pensé. Tenía sólo que dejar su artículo en la redacción. Cuando lo espero, siempre me pongo nerviosa. Miro por la ventana y, por fin, lo veo llegar. Parece feliz mi guapo periodista. Es mi hijo, estoy orgullosa de él.

En primer lugar, es guapo, siempre a la moda, cabello peinado a cepillo y corto a los lados, una barba naciente que le da un aire un poco salvaje con sus ojos negros y su tipo latino. Un verdadero macho que sabe ser tierno con la mujer que ama, y son muchas, se lo aseguro. Además, es periodista.

Bueno, no fue fácil. Al principio quiso ser informático. Era un campeón, un navegador excepcional, haciendo malabares con Facebook, Twitter, Instagram y todo eso. Por ello fue una decepción cuando suspendió el primer año, no era lo que se había imaginado, demasiado científico, dijo. Mi Daniel es un sentimental, un pasional, no podía funcionar.

Periodista, eso le quedaba como un guante. Fui yo la que tuvo la idea. De hecho, se especializó en informática, hoy, todavía rema, pero tengo la sensación de que va a emerger. Hemos redactado juntos un artículo sobre el Coronavirus, un tema de moda. Al ver su sonrisa, parece que haya sido aceptado.

— ¡Mamá! ¡Nuestro artículo estará en primera página! El artículo ha gustado mucho, pero, sobre todo, hemos encontrado un título fantástico, cinco columnas en primera página. 

— Dime, dime, —grité entusiasta.

— “El virus se transmite por ordenador y móvil”

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Jean Claude Fonder

Monótona languidez

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Ese día hacía un calor tórrido. Todo parecía más amarillo. El sol salpicaba la terraza y la pared amarilla con sus rayos ardientes. La joven, vestida toda de blanco, estaba sentada desanimada sobre su estola, también amarilla. 

Acababa de leer una carta. Su mirada se perdía en la distancia. Ni siquiera veía  la gallina que estaba encaramada en la silla de al lado. La invadía una languidez irresistible. La carta, escrita por ella, era una carta de ruptura, su ruptura con Roberto. ¡Dios, qué guapo era! 

Recordaba sus noches de amor, era un buen amante. Sabía llevarla más allá de lo imposible, ella se sentía bella cuando él la cogía, todo su cuerpo arqueado aullando con un placer rabioso. También era rico, sin exagerar, no tiraba el dinero por la borda, pero no se negaba nada, no le negaba nada. Parecía el amante ideal.

Le había costado mucho escribir esta carta para renunciar a él. Y ahora se preguntaba si debía enviarla, pero aún había tiempo.

¿Qué le reprochaba?

Bueno, por ejemplo, en ese momento no estaba aquí. Su trabajo lo mantenía ocupado, estaba de viaje, Dios sabe dónde. Cuando él volvía a casa estaba cansado, demasiado cansado, y luego estaba el deporte que ocupaba sus fines de semana. Con demasiada frecuencia terminaba en borracheras impotentes con sus amigos. En esas ocasiones era mejor no esperarlo, no tenía el alcohol tierno.

Era una persona sin sabor, sin delicadeza y sin sutileza. No era un verdadero compañero. Era un hermoso animal, pero no de compañía.

Ella llamó al mayordomo, que llevaba un chaleco amarillo con rayas negras. Le dio la carta.

Pasó una nube y la terraza fue inundada por la frescura de la sombra. 

Jean Claude Fonder

Vacaciones con los abuelos

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco.jpg

Estaba visitando la exposición de los impresionistas cuando un cuadro atrajo mi atención: era Mujer en vestido blanco de Henri Lebasque. El cuadro me hizo recordar cuando era niña y el sábado en que terminaba la escuela mis padres me llevaban a la casa de campo de mis abuelos donde yo pasaba las vacaciones hasta agosto que me venían a buscar para ir con ellos al mar. Yo entraba corriendo, gritando: ¡abuela María! Mi abuela me esperaba siempre en el patio vestida de blanco con Juan, que era una paloma que vivía allí.

Cuando llegué al Book Shop vi un póster del cuadro de Lebasque y lo compré. Después lo llevé a enmarcar con el marco que mi hijo me había regalado para el día de la madre y lo colgué en la oficina en la pared detrás de mi escritorio. Cuando tengo algún problema en el trabajo o estoy nerviosa, me basta mirar el cuadro para tranquilizarme pensando en las hermosas vacaciones que siempre pasé con mis queridos abuelos

Gloria Rolfo

Carta a una desconocida

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Querida Claudine, (este nombre imaginario te queda perfecto)

¡Qué hermosa estás en la pintura!

¡Qué bonito tu vestido de seda blanco!

¡Tu sombrerito y tus zapatos me encantan!

Te imagino sentada frente a tu casa en Provenza. Puedo husmear el perfume de las flores del jardín que te rodea, mezclado con un lejano olor a mar.

Tu carita somnolienta bajo la luz amarilla me hace pensar que estás un poco aburrida a pesar de la presencia rara e inquietante del pajarito.

Aquí, en Milán, el escenario es muy diferente. Estamos viviendo un tipo de pesadilla. Escuelas, cines, teatros, museos, cerrados. Supermercados asaltados con estantes sin mercancías. Un virus, que es un bicho, pero más pequeño y muy malo, está saqueando nuestro bienestar.

Perdona, pero por eso cuando miro tu figura sumergida en esa luz tibia y amarilla un poco me pongo de los nervios. Lo siento, sé que no es culpa tuya, pero mejor será que nos contactemos cuando estos días surrealistas se acaben.

Te mando un beso virtual, los únicos que nos permiten.

Iris.

P.S. Lo de el pajarito inquietante te lo aclaro la próxima vez. Tiene algo que ver con algunas tesis del señor Freud.

Iris Menegoz

Sueño amarillo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

¡Sabina se dejó caer en la silla de mimbre, delante de su casa! El paseo había sido abrumador, bajo el sol primerizo de un verano que prometía ser tórrido. La garganta seca reclamaba un vaso de agua, pero el cansancio le impedía levantarse. Se le cerraban los ojos, cegados por la luz dorada que se difundía por el aire y lo volvía todo amarillo: su sobretodo ligero que yacía abandonado en el respaldo, la acera anaranjada, la pared desconchada, los postigos cerrados para defender la casa del calor. Era una luz irreal que no creaba sombras, sino una paz infinita que se colaba en su cuerpo, iluminaba el ala del sombrerito, los pliegues del vestido blanco recién estrenado y los zapatos nuevos con correas de bailarina.  

Ojalá pudiera dejarse ir, diluirse en la nada azafranada del abandono, perderse en el sueño veraniego del olvido, fueron sus últimos pensamientos antes de caer dormida.

Y Sabina soñó:  soñó con un ave fénix de plumaje inigualable que se posaba en la silla a su lado: tenía cuerpo dorado, reflejos escarlatas en las alas, su cabecita estaba elegantemente inclinada hacia ella.  El ave fénix cantó con su voz maravillosa y Sabina sintió su alma levantarse, bailar una danza amarilla sin reglas y sin perdón. Del ojo izquierdo del ave surgieron lágrimas milagrosas, que el ave fénix le ofreció a la muchacha, y ella las sorbió. 

Cuando Sabina despertó, el ave fénix había desaparecido. Ya no tenía sed, ni sentía cansancio. Como si hubiera resurgido de sus propias cenizas.

Silvia Zanetto

Blanco y negro

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

La dama vestida de blanco se sentaba aburrida en la silla del patio de su casa de verano en Le Cannet.

Odiaba la Provenza, no soportaba esa tranquilidad, ese estilo de vida preciso, ese lento paso de los días en los que no pasaba nada.

Esa casa tan perfecta, de estilo provenzal; la odiaba, aunque ella hubiera elegido los muebles, los cuadros, con una meticulosa atención a los detalles.

Estaba sola esa tarde, hacía calor, aunque una ligera brisa secara las gotas de sudor que corrían por su espalda hacia las bragas. Era como si fuera una emoción erótica, una sensación que a menudo sentía pero que no podía satisfacer. Era todavía una mujer joven, su ilustre marido, abogado de edad, había ido al pueblo con los invitados y volvería tarde esa noche.

La perversión aumentó, ella quería hacer algo para satisfacer ese repentino «deseo» sexual. Pero estaba sola, la única compañera era una gallina del corral de al lado, encaramada a la silla con ella, que tal vez percibía su estado anímico alterado.

Podía haber dado una vuelta en carruaje, haber ido al pueblo para tomar un refresco, haber dado un paseo a caballo considerando, además, que el mozo de cuadras siempre estaba a su disposición.

Pero no, eso no era lo que quería hacer en su fuero interno.

Decidió subir a su habitación y entre las sábanas de lino frescas satisfacer el ardor juvenil con sus propias manos.

Cuando se levantó, escuchó una voz y vio una sombra masculina que la llamaba. El vestido que había elegido y llevaba puesto ese día era bicolor, «doble cara», delante blanco, pero detrás era completamente negro.

Luigi Chiesa

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Yo sigo aquí, sentada en un sillón cubierto por un lienzo amarillo con borde negro. La ventana detrás de mí tiene postigos amarillos cerrados. Llevo un lindo vestido, un pequeño sombrero y los zapatos elegantes, todo blanco. Me gusta mucho esta vestimenta. Espero, y tengo la sensación de que tarde o temprano algo va a pasar. De momento me quedo aquí charlando contigo que estás posado en la silla cerca de la mía, en esta luz amarilla. Me caes bien. Es un placer conversar, escuchas y nunca me llevas la contraria. ¿Sabes que hay un hombre, mirándonos desde hace tiempo? No, no debes tenerle miedo, a él le gusta observar. Aquel hombre que sigue mirándonos me ha atrapado aquí en esta hermosa pintura donde todo es amarillo, donde no hay cielo y donde sólo somos dos. Estaba tan celoso que pensó él en castigarme apartándome de su vida, encerrándome en un cuadro, tan amarillo como sus celos. Tal vez se encarceló a sí mismo en una soledad que ya no puede aguantar. Por eso nos mira. Claro está que quiere que volvamos a estar juntos. Tengo mis ojos un poco escondidos bajo el pequeño sombrero para que su mirada no pueda hipnotizarme otra vez, yo no quiero volver con él. Estoy satisfecha con esta situación. Simplemente hay que esperar a que alguien pase por aquí y se quede con nosotros. Y cuando ocurra abriré los postigos y dejaré entrar la luz amarilla de mi alegría.

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Raffaella Bolletti

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Anna se había vestido de blanco porque había mucho calor y se había sentado afuera en la sombra. Un extraño pájaro estaba en la silla cerca de ella y la miraba inquisitivamente como si estuviera preocupado. Estaba esperando a Juan que acababa de regresar de un viaje de negocios de seis meses y que le dijo que tenía una sorpresa muy importante. El la consideraba su mejor amiga, pero ella lo había amado desde que fueron juntos a la escuela y nunca tuvo el coraje de confesarlo. Mientras esperaba se durmió y soñó que él la acariciaría y la besaría, sintiendo una sensación maravillosa.

De repente sintió un toque en el hombro, Juan había llegado, estaba con una chica rubia a quien presentó como su novia. Inmediatamente el pájaro asustado se fue volando.

Leda Negri

Estío solitario

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Mi siesta ha sido más larga que de costumbre. No sé bien cuántas horas he dormido, he perdido la noción del tiempo.

No se oyen ruidos, ni voces y las guitarras que mis vecinos que solían tocar al atardecer ahora están mudas, los niños no juegan en el patio, es como si una densa capa de silencio se hubiera abatido sobre nuestro pueblo. Sólo el soplo de alguna brisa cálida me despierta de la modorra que me envuelve. Las calles están desiertas.

Para soportar mejor el calor tórrido de este verano me he puesto vestido y sombrero blancos. Un suave cacareo me sobresalta por lo inesperado, en medio de tanto silencio. A mi lado, en la otra silla, se ha posado una gallina. ¿Seremos las únicas sobrevivientes de alguna pandemia desoladora?

Maria Victoria Santoyo Abril

El hechizo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Había dado con ella fácilmente. Las instrucciones eran claras. “La encontrarás”, estaba escrito, “a esa hora de la tarde en que el estío embriaga los sentidos de calidez amarilla. Estará allí”, decían los libros, “sentada en el patio, envuelta en las gasas blancas del vestido, los hombros desnudos y torneados, el rostro apenas protegido por una capelina.” La había encontrado fácilmente. Y eran días que le revoloteaba entorno sin decidirse. 

Lo peor había quedado atrás. Lo sabía. Había surcado distancias inabarcables. llanuras kilométricas, planeado sobre abismos vertiginosos. Había superado el peligro implícito en cada una de las pruebas grabadas, como mandamientos, en las páginas: la privación del desierto, el furor de las tormentas oceánicas. Y a cada una había subsistido: a la ferocidad de las bestias, a las llamas que de ramo en ramo devoraban las forestas, a los despistes y a los disparos de los cazadores. Llegó, exhausto e incólume, del otro lado del mundo. Era un sobreviviente. 

Había dado con ella sin esfuerzo. Y ahora, para desbaratar por siempre el maleficio, le quedaba por cumplir ese último gesto: recoger las alas, posarse sobre la silla de hierro y entregarse a sus manos redentoras. 

Pero eran días que le revoloteaba entorno. Y días que ella se sentaba a esperarlo, enfundada en su largo vestido de gasa blanca. Ambos sabían. Las instrucciones eran precisas. “Aquel pichón que logre cruzar del otro lado del mundo en solitario y que, posándose en una tarde amarilla, encuentre a la mujer vestida de blanco, recibirá sus caricias. El hada romperá así el hechizo y el ave retomará su antigua forma humana.”  Inicio y final del relato, todo desde siempre estaba escrito. Sin embargo, revoloteaba indeciso: ¿para qué volver a ser humano, se preguntaba, ahora que he aprendido a volar? 

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Adriana Langtry

Esos días

Por esos días había que estar en casa, ya lo sabía, lo saben todos, como lo de que desde que nacemos nos vamos a morir, pero no te lo puedes creer, como muchas veces nos pasa con la prensa, es una historia pero ¿porqué vas a creer y condicionar tu vida? Precisamente por eso hay que vivir ¿porqué te lo vas a creer? La mayoría de las veces son bulos, la prensa siempre exagera con tal de vender el tiempo, ese tiempo que respaldan a esos políticos, siempre mentirosos, siempre mirando hacía las próximas elecciones, ¿Qué conviene más, ser atrevidos o cautos, hacer contra publicidad y utilizar a la prensa o que ellos inventen?

La honestidad se fue para siempre de todos y ahora yo conozco el precio. Yo no estaba cuando mi mujer daba a luz una maravillosa hija, yo no estaba y descubrí su nombre completo en un aeropuerto y a los dos días de nacer ¡tan solo tenías dos días de vida! ¿Cómo te lo vas a creer? Pero en las últimas páginas de la prensa. Dentro de un marco negro donde aparecía mi nombre. El nombre de su padre estaba ella.

Y eso ocurrió por querer contar la vida de los otros en vez de vivir la mía. La prensa esa que te roba el tiempo y  ahora te recuerda que estás vivo y otros muertos.

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Blanca Quesada