Monótona languidez

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Ese día hacía un calor tórrido. Todo parecía más amarillo. El sol salpicaba la terraza y la pared amarilla con sus rayos ardientes. La joven, vestida toda de blanco, estaba sentada desanimada sobre su estola, también amarilla. 

Acababa de leer una carta. Su mirada se perdía en la distancia. Ni siquiera veía  la gallina que estaba encaramada en la silla de al lado. La invadía una languidez irresistible. La carta, escrita por ella, era una carta de ruptura, su ruptura con Roberto. ¡Dios, qué guapo era! 

Recordaba sus noches de amor, era un buen amante. Sabía llevarla más allá de lo imposible, ella se sentía bella cuando él la cogía, todo su cuerpo arqueado aullando con un placer rabioso. También era rico, sin exagerar, no tiraba el dinero por la borda, pero no se negaba nada, no le negaba nada. Parecía el amante ideal.

Le había costado mucho escribir esta carta para renunciar a él. Y ahora se preguntaba si debía enviarla, pero aún había tiempo.

¿Qué le reprochaba?

Bueno, por ejemplo, en ese momento no estaba aquí. Su trabajo lo mantenía ocupado, estaba de viaje, Dios sabe dónde. Cuando él volvía a casa estaba cansado, demasiado cansado, y luego estaba el deporte que ocupaba sus fines de semana. Con demasiada frecuencia terminaba en borracheras impotentes con sus amigos. En esas ocasiones era mejor no esperarlo, no tenía el alcohol tierno.

Era una persona sin sabor, sin delicadeza y sin sutileza. No era un verdadero compañero. Era un hermoso animal, pero no de compañía.

Ella llamó al mayordomo, que llevaba un chaleco amarillo con rayas negras. Le dio la carta.

Pasó una nube y la terraza fue inundada por la frescura de la sombra. 

Jean Claude Fonder