Una historia de amor

Empezaba a amanecer. Haces de luz se colaban tímidos por las rendijas del gran ventanal. La ciudad todavía estaba dormida, solo se podía ver a algún paseante madrugador esperando en una de las paradas de autobús o entrando en la boca del metro. Pronto, todo el mundo se habría volcado en sus actividades, pero a Montse eso poco le importaba. A sus ochenta y tantos años, solo le quedaba su pasado y muy poco por hacer. 

Ahora que el tiempo se le escapaba de las manos como granitos de arena entre los dedos, el presente de sus días tenía otra forma y significado. Quedarse durante muchas e interminables horas detrás de la ventana de su salón escudriñando a los atareados transeúntes se había convertido en su rutina diaria. Observar el mundo era su forma de seguir con vida porque con el paso de los años Montse había perdido interés por sus aficiones, pero no su curiosidad. 

Sin embargo, no siempre fue así. Cuando la melancolía de sus pensamientos la atormentaba, Montse solía recordar el rostro de aquel joven chaval que fue su alumno cuarenta años antes. Sus ojos almendrados le devolvían la ilusión con la que la miraba y escuchaba sus clases de latín. Sus esfuerzos para comprender palabras antiguas que contaban historias de civilizaciones perdidas…Un relámpago le sacudió el cerebro y tuvo conciencia de un amor inconfesable. ¿Por qué recordarlo ahora? Los años habían pasado rápido y Montse se había convertido en una viejecita sin haber estado joven. A veces, las cosas que pasan como detalles sin importancia de la existencia, con el tiempo pueden tornarse indispensables. El recuerdo de aquel amor le demostró que había existido por alguien.

Manila Claps………..

Una historia de amor

Salvador Dalí et Gala, una historia de amor infinita

Fragmentos al revés

Isabel:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Subo las escaleras, llego a una puerta cerrada y me detengo. ¿Qué hago aquí? De pronto el corazón se me acelera. Soy consciente de que nuestra historia terminó hace unos años. Pero me doy cuenta de que he venido porque en este momento necesito que me hables de nuestro pasado, de tus pecados y de los míos, necesito que tus manos reconozcan mi piel, mi olor. Me pregunto si te acuerdas de los dos pequeños lunares en mi nalga izquierda que te encantaban. Quiero verte. Los recuerdos me aplastan. Quiero hablarte. Mis ojos, todavía brillantes, están rodeados de pequeñas arrugas; me he cortado el pelo que ya no es negro, sino teñido para esconder las canas. Toco el timbre, te llamo y no me contestas. La puerta sigue cerrada.

Jueves. Me estás asfixiando. El fuego de la pasión se va apagando. No nos volvimos a ver. Cada uno por su camino.

Miércoles por la madrugada. Bajo las escaleras. He salido de tu casa. El pelo largo y suelto parece hablar de libertad. He olvidado las llaves del coche bajo tu cama, tengo que volver. Abres la puerta y corremos a tu cuarto, amándonos otra vez. Las llaves permanecen bajo la cama.

Martes. Un amigo en común nos presenta. Empezamos a salir juntos. Hasta que una noche te despides de mí con un beso en la boca. Nuestra historia acaba de empezar.

Un día cualquiera. Ni siquiera sé quién eres, pero siempre que te encuentro me late el corazón muy rápido. Cada vez que no doy contigo estoy perdida.

Álvaro:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Alguien ha tocado el timbre. Eres tú, de eso no me cabe la menor duda. Siempre tocabas el timbre de esta manera. Te escucho decir mi nombre. No quiero que te enteres de que estoy en casa. Me enamoré de ti de una manera tan loca que perdí la razón. Pero ahora no quiero caer en tus manos otra vez. No quiero volver a sentirme para siempre un prisionero tuyo. Tú, que fuiste una mantis religiosa, una criatura fascinante y peligrosa de ojos verdes.

Jueves. Me alejo de ti, sin hablarte, sin explicarme. Soy emocionalmente dependiente. ¡Demasiado! Aún sigo soñando contigo, atrapado a tu cuerpo, pero dentro de una pesadilla. Quiero olvidarte.

Miércoles por la noche. Te vas, bajando de prisa las escaleras y de pronto vuelves para recuperar tus llaves. Terminamos otra vez en mi cama. Te quiero.

Martes. Gracias a un amigo, por fin te conozco. Quiero besarte y me atrevo a hacerlo. Siento el fuego en tus labios.

Un día cualquiera. Como todas las mañanas doy contigo y cada vez me imagino empezando una historia de amor

Raffaella Bolletti

Una historia de amor …felino

Fue una tarde de lluvia otoñal. Regresando a mi casa oí, bajo un coche, una débil llamada. Me bajé y la vi. Era algo pequeño, peludo, delgado y sucio con larga orejas y hermosos ojos verdes. Me miró y dijo.

—¡ Por fin me oíste. Te estaba esperando. ¡Vamos a tu casa!

La cogí en mis manos. Era tan leve, del tamaño de la palma de mi mano. Tenía el pelo blanco y gris como ciertas porcelanas de Copenhague. Su mirada sorprendida y su inmediato ronronear tocaron mi corazón. Enrollándola en mi bufanda pensé:

— Estarás conmigo una semana o dos, después te buscaré una buena familia. Te llamaré Alice, Alice en este país sin maravillas.

Ahora, después veinte años, Alice y yo aún estamos juntas. Fiel amiga capaz de discernir mis días buenos y los malos, mis vacaciones, mi sofá y mi cama.

Ahora es una señora mayor. Tiene todos los pequeños problemas propios de su edad. Pero cuando está en mis brazos y escucho su inmediato ronronear, recuerdo todos los juegos que hicimos juntas. Su carácter alegre y su felicidad cuando cada noche regresaba del trabajo y me saludaba con secretas palabras conocidas solo por nosotras.

Aún hoy, cuando ella está frente a mí mirándome de esta profunda, tierna, humana manera, me siento un poco asustada porque me parece casi imposible pensar que detrás de esa mirada los pensamientos sean ausentes.

Alice, filosofa, sabia, rutinaria, fan del silencio y de Mozart.  Tú me has elegido y decidiste que merecía ser tu amiga, pero nunca siendo mi esclava.

Iris Menegoz

Guerra y Paz

Nuestra paz temblosa y muda
opaca luna detrás de las nubes
callada, agobiante, por palabras nunca dichas
ahogada por silencios y mentiras.
¡Ojalá viniera la guerra!
Una guerra feroz de insultos y verdades
de sangre y mordiscos
¡Una guerra que nos libre de esta paz muerta!
Iris Menegoz

Asteriscos

Como todos los clásicos que tenía en casa, el ejemplar de la novela “Guerra y Paz” en mi estantería formaba parte de la herencia libresca de mi padre. Estaban “Los dolores del joven Werther” en una edición de 1957 de la Biblioteca internacional Rizzoli, “Hamlet” de Shakespeare en un libro de 120 liras, los cuentos de Poe, 130 liras, en un ejemplar de 1960, y muchos otros que leería años después. 

El oficial con uniforme blanco y rojo retratado por Kiprenskij en la cubierta de “Guerra y Paz”, edición Sansoni de 1965, me miraba siempre desde la estantería. Parecía decirme: “Léeme. Solo tengo 644 páginas, y tu padre hace tiempo gastó 450 liras para comprarme…”

Yo tenía más o menos 17 años, y enfundarme en un libro así me parecía una empresa desmesurada. Pero, a fin de cuentas, 644 páginas se podían leer. Bajo el título había un asterisco, pero ni me planteé el por qué. Me encantó la historia de la joven Natasha, me costó aguantar las descripciones saturadas de los detalles de las fiestas, me fascinó el personaje de Pierre, me molestaron los episodios crueles de guerra. 

Y llegué hasta el final. Al menos, eso era lo que creía yo. Leyendo las últimas páginas, me parecía un final muy raro: todos los episodios estaban abiertos, no había conclusión. Volví al principio y descubrí el sentido del asterisco: “libro primero”. Así que en el segundo habría dos asteriscos, y en el tercero tres. Claro, en 1965 acababa de nacer mi hermana, y con dos niñas pequeñas en casa no tenía que ser fácil para mi pobre papá concentrarse en la lectura de tres volúmenes de 644 páginas cada uno. Evidentemente, nunca había comprado los que tenían dos y tres asteriscos. Nunca leyó completamente “Guerra y Paz”. 

Yo tampoco.

Silvia Zanetto

Guerra y Paz

Miró por la ventana del autobús que los llevaba al aeropuerto, estaba nevando muy fuerte, abrazó su esposo sentado a su lado, pensó cuánto amaba su país tal como era: blanco y helado en invierno y con los campos amarillos por el sol en verano cuando maduraba el trigo. 

Estaban huyendo de la guerra, habían comenzado los bombardeos, trató de sentir el calor de su hogar, el olor de la madera ardiendo en la chimenea, las voces alegres de su familia durante las fiestas en las que todos se reunían.

Tal vez nunca recuperaría lo que amaba. Se arrepintió de haber considerado, por momentos, su vida aburrida, con la misma rutina cada día, no imaginaba la nostalgia que sentiría por esa vida que ahora estaba empacada en dos maletas.

Se preguntó si sus hijos podrían reunirse con ellos en el país de acogida, y cuántos habrían muerto en combate, así era LA GUERRA: muertos y destrucciones inútiles, solo porque alguien, para saciar su sed de poder, no quería la PAZ

Leda Negri

Guerra y Paz

Ya habían pasado algunos meses desde el día en el que comunicaron que comenzaría el combate. También aseguraron que ahora se disponía de armas muy eficaces para enfrentarse a la guerra que, por supuesto iba a ser difícil y larga. La lucha empezó casi como un desafío contra un enemigo sí conocido, pero engañoso y traicionero, difícilmente dispuesto a negociar, y que además no tenía prisa. Así fue como empezó el entrenamiento para hacer frente a la nueva situación y se recibió la dosis apropiada y diaria de armas y municiones. Después de una larga lucha, pareció verse un rayo de luz. El enemigo se retiraba. En realidad, se había escondido para multiplicarse con velocidad y volver a aparecer fortalecido. Aquel día después de tanto andar de aquí para allá, igual que todas las tardes, desde hacía unas semanas, pasando por la puerta en la que había un cartel que decía “Por favor, guarden silencio”, entré en esa habitación que también se había convertido en la mía, me senté en una de las dos sillas y permanecí allí toda la tarde, toda la noche, atrapada, ausente, mirando al hombre en la cama. Parecía dormir, pero yo sabía que seguía luchando en una batalla que claramente había perdido. A ese hombre se lo tragaban las sombras. Entonces le dije : <<A veces la vida te sirve un fruto amargo. En esta habitación hay dos cuerpos, el tuyo y el mío, dos olvidos.>>

Al final la paz parecía haber llegado, llevando consigo un silencio aterrador. Después de tanto ruido en mi cabeza, durante un largo tiempo, mis pensamientos apresurados, mis demonios internos, a pesar del silencio, todavía estaban presentes. Caminé descalza por el campo, gozando de la suavidad de la hierba mojada. Por fin me senté en el césped mirando al cielo. Pero esta era una paz feroz y no podía evitar chocar contra ella. ¿Puede la paz ser feroz? Claro que sí, por tener recuerdos que arañan el alma como uñas puntiagudas, pintadas de rojo, como la sangre que fluye por las venas.

A veces, especialmente, cuando el mundo que me rodea está tranquilo y en paz, me doy cuenta de que yo no lo estoy, ya que ahora es conmigo misma con quien necesito hablar.

Raffaella Bolletti

Guerra y Paz

— ¡Papá! ¿Por qué dar ese título a esta obra monumental? ¿Cuántas palabras contiene?

— 560.000, creo. Un enorme fresco de la epopeya napoleónica, vista desde el mundo, la sociedad rusa. Se podría decir que esta alternancia de guerra y de paz durante un período tan largo es prácticamente inevitable.

— ¿Quieres decir que es imposible tener paz durante mucho tiempo?

— No sé si se puede considerar un siglo un período largo. Es más o menos la duración de la Pax Romana (96-192), los emperadores Antoninos.

— ¿Había paz en el mundo en ese momento?

— No, sólo en el mundo romano. El mundo alrededor del Mediterráneo, hasta el sur de Escocia al norte, el imperio persa al este, Egipto y el Magreb al sur.

— ¿Qué significaba entonces la Paz, en esta época?

— Esa es una buena pregunta. La paz es, ante todo, la ausencia de conflictos en un Estado u organización de Estados estables. Esta estabilidad permite el crecimiento económico, el bienestar y el desarrollo de las artes y la cultura. Una legislación armoniosa, unas normas que se respeten y una justicia que las haga respetar por el bien de todos. Generalmente, esto lo permite la democracia, porque hace falta mucha cultura y formación para que no degenere y se convierta en corrupción y populismo. A veces se sustituye la democracia por déspotas ilustrados, como fue el caso de los Antoninos, pero eso depende de la calidad de los hombres elegidos y del sistema para elegirlos. Los Antoninos adoptaban a su sucesor, pero naturalmente esto termina por transformarse en herencia y son pocos los casos en que este sistema no haya llevado al desastre.

— ¿Y la guerra de dónde viene entonces?

— Las fuentes de conflicto son numerosas, el racismo, las diferencias, la lengua, la religión, la envidia también y la conquista de poder, y seguramente me olvido de algo. La respuesta, ya lo ves, está en la paz y el amor hacia los demás.

— Entonces, ¿qué podemos hacer?

— La formación, la cultura, es lo que, quizás un día, hará que los pueblos no quieran luchar más.

La pequeña vuelve a hundirse febrilmente en la lectura de Guerra y Paz.

Jean Claude Fonder

Alba

Amanece.
Una luz líquida y lechosa acaricia tu brazo rubio alumbrando tus pecas doradas.
Bajo tu mano dormida yace el pájaro muerto de mi mano.
Miro tu espalda torcida conteniendo el aliento.
La maleta está lista. Cerrada. 
Como un secreto,
Como una mentira.
Como un dolor.
¡Por favor no te despiertes!
¡No puedo aguantar tu última sonrisa!
Iris Menegoz

Hechizo

Me despierta la primera luz que se desliza entre las grietas de las persianas. En el silencio atónito de la mañana, contemplo con suspendido encanto la armonía del cuerpo de Simón abandonado en el sueño: por fin despojado de defensas, aparece inerme, casi frágil, maravilloso entre las sábanas sueltas.

Me pregunto qué milagro inmerecido me ha ofrecido la suerte y sigo volando en la regularidad de su respiración, me hago mirada y silencio, por temor a que hasta un imperceptible movimiento pueda agrietar el sortilegio y hacerlo desaparecer…

Desde niña he amado los cuentos de hadas al revés: he sido amiga del lobo, de la bruja infeliz, de la hermanastra fea y soltera. Siempre he considerado insípidos los finales “vivieron felices y comieron perdices”: parece que quieren entrañar la quintaesencia del éxtasis. En realidad, es una frase que presupone el tedio de la nada, reiterado al infinito: cuando el círculo se recompone y parece que nada puede rayar la perfección de la felicidad conquistada, el hechizo ya se ha roto y la princesa se ha despertado para siempre, con los ojos bien abiertos.

Así que Simón no será mi Príncipe Azul, no me dará un beso casto y prosaico para romper un hechizo. Será mi Caballero Negro, el mago de la capa oscura y del beso que embruja: el que crea el encanto, y no el que lo quiebra.

Silvia Zanetto

El despertar

En estás habitaciones siempre hay gente. Alguien contado su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días. 

Algunas veces he visto que escuchan con atención, otras con hastío, otras solo se puede llorar, alguna que otra vez  es posible reírse.

 Si te vas al campo un día de esos en que el  verano te premia  con un ligero viento fresco, tienes la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El  ritmo adecuado  para que crezcan las flores, la higuera, la uva, el momento para recoger una cosecha completa. Hay que esperar. Todos esperamos la recompensa final. 

En estas habitaciones vemos como sucede el tiempo.

Alguien prescribe si  la cosecha será buena o no , si hay que esperar o ayudar de alguna manera.

Los tenues rayos de luz se cuelan a través de la ventana  e invaden toda la estancia. Comienza el bostezo y la caricia al despertar. Hoy es ese el fruto de la cosecha.

Blanca Quesada

El despertar

Soñaba con estar de vacaciones. En el sueño era justo como es. Las vacaciones de verano, esas, en la casa de campo de sus abuelos. Felipe conocía bien los hábitos del abuelo y el último día de agosto, que era también el último día de vacaciones, tenía que acompañarlo a buscar setas. Se había levantado muy temprano y todo estaba tan oscuro que a Felipe le parecía que estaba vendado. De vez en cuando una ráfaga de viento producía silbidos inquietantes. A pesar de llevar una chaqueta y un gorro impermeable, la humedad parecía penetrar por la piel. Ni rastro de hongos, ni siquiera venenosos. La cesta de mimbre estaba vacía. Cansado de mirar al suelo miró hacia arriba y se detuvo. ¡Qué raro! Veía todo del revés. Los hongos colgaban de las copas de los arboles como las estalactitas en una cueva. Llamó al abuelo y éste le pidió que se bajara los pantalones. Se había puesto la ropa interior al revés. Nada de brujería, sólo había intentado…para traer buena suerte. El abuelo le echó un rapapolvo, diciéndole que la brujería de los calzoncillos al revés había llevado a otra brujería, la de las setas al revés. ¿Y ahora qué? ¡Vaya, el despertador! El sueño, o mejor dicho la pesadilla, se termina y el despertar comienza. Felipe sabe que tiene que levantarse, pero su cuerpo opone resistencia y sus ojos permanecen cerrados. De hecho, ¿por qué levantarse? Todavía está de vacaciones. Ah sí, el abuelo, los hongos, ¡nada de ropa al revés por favor! El despertar no puede esperar.

Raffaella Bolletti

¡Despertaos!

¡Estallidos de bombas! Relámpagos en el cielo. Ruido atronador. Sirenas de alarmas. Humanidad que corre. Humanidad escondida bajo tierra. Todavía queda esperanza en los que huyen y en los que se quedan. Porque siempre hay luz al final del túnel. Pero ¿de quién es esa maleta? 

Abandonada al lado de una acera, lleva dentro pocos enseres y parece esperar a su dueño como un perro fiel. Pero nadie la va a recoger. Lo que antes vivía, hablaba y pensaba ya no existe. Y esa manta azul, manchada de sangre inocente, y la cara destrozada de una madre que ha perdido su hijo para siempre…Y las arrugas de quien ha vivido mucho y ya no tiene adónde ir porque le faltan las energías…y los que mueren antes de nacer. 

Copos de nieve caen sobre los vivos y sobre los muertos. Vientos gélidos soplan y barren el polvo sobre montañas de escombros. Ciudades vacías. Esperanzas rotas. 

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde se ha escondido? ¿Todavía queda un trozo en algún rincón? 

¡Despertaos gente! 

No es eso el mundo que queríamos.

Manila Claps………..

Despertar

Érase un país lejano, en el que las brumas de una pesadilla ofuscaban las mentes. Las gentes oían, durante meses, años y siglos, los acalorados discursos del Mal Hermano, aplaudían sus chistes insulsos, idolatraban su imagen con la mano apoyada sobre un corazón rojo. No veían que lo que era verdaderamente rojo era la sangre de sus innumerables víctimas. Cuantas más muertes se registraban como caídos en combate, más aumentaba su prestigio como héroe de la nación, como presidente eterno, como “purificador” que, a sangre y fuego, eliminaba la insurgencia, las mentes que pensaban por su cuenta.

Pero un día, una brisa juvenil, de primavera, fue desatando las nieblas, fue aclarando la visión, destapando los oídos de los sordos esclavos e iluminando las mentes dormidas. La brisa se volvió viento y, llevado por bandadas de pájaros, se convirtió en huracán y arrastró lejos al sátrapa Mal Hermano con todo su séquito. El cielo despejado y luminoso dejó brillar el sol y…. colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Maria Victoria Santoyo Abril

Cortesía china

Esta mañana, al despertar, no podía creerlo, recordé mi sueño hasta el más mínimo detalle, nunca me había ocurrido. Estaba en China.

Lo primero que hay que saber es que nunca he visitado China. Por supuesto, he visto películas, documentales, he leído libros, novelas antiguas, modernas e incluso contemporáneas, conozco su historia y he visto muchas fotos. Me gusta la cocina, pero creo que en realidad no la conozco. Habría que ir a vivir allí.

Si yo viviera fuera de nuestro capullo europeo que, por otra parte, no sabemos apreciar en su justo valor, creo que preferiría el mundo chino y su cultura milenaria. No hablemos del american way of live, ni de los rusos que en realidad son también europeos, aunque no lo hayan descubierto todavía.

Estamos en un apartamento, dónde no sé, la máquina de los sueños no lo dice. Mi esposa me despierta, es temprano, es de madrugada.

— Huelo a gas, —me dice.

Me levanto medio dormido, reviso los botones de la cocina, todo parece estar bien. Abro la ventana y me refugio en la cama y en los brazos cálidos de mi esposa. Hacia las 10 horas, un obrero con uniforme reluciente se presenta y, sin demora, se acerca al encendedor eléctrico.

— WOOFFF! — Un resplandor azul aparece y desaparece durante un breve instante.

— En efecto, hay una fuga, — dice él, despreocupado, —delante de mi esposa asustada.

Se pone a trabajar, saca la cocina de su compartimento y comienza a desmontarla, rápidamente me muestra una pieza que no reconozco y me explica en su inglés sin «r» que hay que sustituir la pieza. Llama a un colega que llega poco después, él también espléndido en su uniforme recién planchado. Hablan en un chino tan elegante que debe ser mandarín. Éste último toma una decisión y me hace firmar un documento redactado, … debería decir caligrafiado en la lengua de Confucio.

Con cuidado, levantan la cocina sobre una pequeña máquina de 4 ruedas y se la llevan, no sin saludarnos con profundas reverencias.

Más tarde hice traducir el documento por una persona bilingüe al inglés. 

Muy cortésmente la compañía Arsène Lupin, nos agradece calurosamente por el generoso regalo que les hemos concedido y nos pide que aceptemos sus más sinceras disculpas, especificando que ciertamente nuestro seguro intervendrá.

Jean Claude Fonder

El beso bajo la lluvia

Nunca me gustó la lluvia. Hui de mi país porque llueve todo el tiempo. Una lluvia ventosa, que dura todo el día, ¿qué digo todo el día? A veces se pasa más de un mes sin ver un rincón de cielo azul. Y no es una lluvia franca, una buena Drache como decimos nosotros. Una tormenta, por ejemplo, como en la pastoral, las grandes nubes negras que acuden en un hermoso cielo azul poblado de nubes blancas, algunos truenos a lo lejos y, de repente, el infierno casi nocturno estriado por relámpagos azulados que desencadenan redobles de timbales coronados por las detonaciones del bombo y finalmente la lluvia densa, la que realmente moja, cuando se dice que llueve a cántaros. Luego el cielo se libera rápidamente mientras que el trueno se calma y se aleja pacíficamente.

No, es una pequeña lluvia interminable, un escupitajo intercalado con una lluvia más fuerte, que te deprime con su cielo gris, sus pequeñas ráfagas de viento que te voltean el paraguas, una humedad permanente que te penetra lentamente hasta el tuétano. 

Sin embargo, a veces se puede disfrutar observando el mundo exterior, bien abrigado y protegido por las ventanas empañadas y cubiertas de gotas. Un mundo que parece un poco irreal, donde las luces de neón se reflejan indecentemente en los charcos que manchan las aceras, donde los paraguas de colores se esfuerzan por abrirse paso entre la multitud de una calle comercial. Y luego están los bares, o más bien las tabernas y los cafés para refugiarse y disfrutar de una buena cerveza entre los paraguas y las gabardinas chorreantes.

Un día, hace mucho tiempo, estaba sentado con una amiga en la ventana de un café, afuera llovía, estábamos enamorados, teníamos ganas de besarnos. Sin duda, el recuerdo de Singing in the rain estaba presente en nuestra mente. Pagué, salimos, llovía siempre, abrí un gran paraguas, escapamos. En el primer porche que encontramos, siempre al abrigo del paraguas, ella se acurrucó contra mí, me miró un instante, sus labios pulposos y ligeramente entreabiertos, sus ojos con el color de la lluvia, me incliné hacia ella, el paraguas se apartó y la besé bajo la lluvia. 

Jean Claude Fonder

Lluvia

La lluvia corre por las calles, por las aceras, sobre los bancos se escurren las gotas, los charcos se agitan sobre las piedras, como las hojas de las palmeras lo hacen con el viento. El mundo se mueve con estruendo. Llueve mañana, tarde, noche y al  día siguiente de nuevo hay que empezar pero al menos hoy, llueve, después todo sigue igual de gris, de triste y una lágrima se confunde con el agua que cae en este charco de dos centímetros y medio, lleno de barro, delante de la escalera donde está sentada Eva, en el primer escalón. Hoy  le parecieron altos, como nunca antes, cuando salía de su trabajo a las nueve de la mañana.  En el jardín verde delante, más oscuro que nunca, Eva piensa que sale de un infierno para recorrer el camino que lleva a otro más aterrador: su casa como cada mañana está fría, vacía pero llena de “tienes que”,  obligaciones que ella no recuerda haber elegido. Desea quedarse allí, escuchando el viento, sintiendo la lluvia y mirando al charco que hay entre sus pies  y preguntándose ¿cuánto ocupara su cuerpo en el universo? ¿cuánto ocupara el alma de cualquier muerto?

Como las tres almas que ya se habían perdido para siempre en aquel geriátrico del que quería huir pero sin saber hacía donde. Allí está pegada, mirando hacía el suelo lleno de tierra y agua, de fango, como su vida. Allí también crecen las plantas.

Blanca Quesada