Recuerdos

L’empire de la lumière – René Magritte (1898 – 1967)

 Amanecía, el barrendero pasaba todas las mañanas a la misma hora con su carro lleno de escobas y de cubos. Su primer vistazo lo echaba a la casa de en frente y a las dos ventanas perpetuamente encendidas. Gracias a Carlota, la portera del edificio, León conocía un montón de anécdotas sobre el inquilino que allí vivía.

Se trataba del Doctor Martínez. Un hombre de mediana edad muy rico que, después la muerte de su joven mujer no podía dormir y pasaba las noches bebiendo.

Eso lo decía Carlota que contaba todas las mañanas las botellas que el Doctor dejaba en el cubo de la basura.

Cada mañana que León se acercaba al portal de la casa del Doctor Martínez, Carlota lo invitaba a beber un café y siempre lo ponía al día de la vida del Doctor.

– El hombre sale sólo al anochecer, no habla con nadie, no tiene amigos, ha dejado de trabajar. ¡Puede hacerlo, es bastante rico el cabrón!

– ¿Por qué cabrón? – preguntó León con tímida curiosidad

– Lisa, la joven esposa del Doctor – continuó Carlota – era hermosísima.

Su encanto había generado en el Doctor unos celos letales. Lisa, era una prestigiosa concertista. Daba clase de piano hasta que él se lo prohibió. Yo la escuchaba tocar el piano durante horas. Melodías tan tristes que me hacían llorar. Por desgracia escuchaba también los gritos, los insultos del hombre y el llanto desesperado de Lisa.

– ¿Usted piensa que le pegaba? – preguntó León un poco asustado.

– ¡Si! Yo creo que sí. Cuando la veía pasar llevando gafas oscuras y una bufanda que le ocultaba casi por completo la cara, sentía una gran pena por la joven. Vivieron así durante dos años. Luego llegó el cáncer y en dos meses la pobre se murió. Desde entonces el Doctor se sintió asolado por el remordimiento. Empezó a no vivir ni de día ni de noche.

– ¡Pero fue el cáncer el que mató a Lisa! – replicó León.

– ¡Si, fue el cáncer quien mató su cuerpo, pero fu él quien mató su alma! 

 

Iris Menegoz

La amazona prodigiosa

Cavalière dans le bois – – René Magritte (1898 – 1967)

 Cada tarde al atardecer la veo, o mejor, siento el viento que la precede. Del bosque llega una brisa perfumada de pinos y musgo. Luego, se levanta la hojarasca movida por los cascos del corcel que sale del bosque, su andar es rítmico, cadencioso y elástico. Está montado por una diestra amazona. Todo en ella es armonía, ritmo y belleza. Su traje de terciopelo lila es de corte clásico, el cabello castaño recogido bajo el sombrero está trenzado en un artístico moño. Me recuerda a alguien, pero aún no sé a quién. Desde lejos no logro distinguir bien sus rasgos, pero me es familiar.

Sigo con la mirada el trote y el paso fino y, cuando empieza a oscurecer, vuelve a penetrar en el bosque, como si atravesara los árboles y se escondiera.

Hoy, por fin, he podido ver su rostro y… ¡ella me ha mirado de frente! Ahora la reconozco, es la dama del retrato que tenía mi abuelo en su habitación.

Maria Victoria Santoyo Abril

Los amantes

Vas a preguntarme por qué nos besamos en la boca si nuestras cabezas y, por supuesto nuestras bocas, están cubiertas por un sudario blanco.
¿Cómo sabes que es un sudario blanco? Sin duda habrás leído algunos comentaristas, que afirman que Magritte quedó impresionado por el suicidio de su madre. La mujer se arrojó al río Sambre con un camisón enrollado en la cabeza. No estoy de acuerdo, Magritte para mí es ante todo un humorista. ¿Por qué entonces cubrirse la cabeza besándose?
Para esconderse, por supuesto, pero no creo que sea muy erótico, ¿alguna vez lo intentaste? De todos modos, hay contacto y la lengua no es el único órgano que puede crear una sensación erótica.
Veamos, en cambio, qué sentido tiene esconderse del público. ¿Una apuesta quizás?
Es cierto que en el momento de la creación de la obra (1938), la sociedad es todavía muy pudorosa, victoriana podría decirse, así que si los amantes son del mismo sexo o de edad muy diferentes sería sin duda útil. Pero eso no explica que sea útil hacerlo en público, se puede simplemente hacer en privado.
Así que, ¿qué es?
Otra pregunta: ¿te gusta la obra? ¿estéticamente? ¿te activa un interés artístico, emociones, reflexiones? Si la respuesta es sí, entonces Magritte ha logrado su objetivo. No hay que preguntar nada más.

Jean Claude Fonder

Recuerdo

El precioso recuerdo

– Fabiana querida, ¿cuál es tu recuerdo favorito?

– El de mi nacimiento, papá.

– Pero cariño, ¡no vas a pretender que recuerdas tu nacimiento! Yo estaba allí, lo recuerdo bien y es un recuerdo inolvidable. También para tu madre, que sufría el martirio para ayudarte a salir de su cuerpo descuartizado y desgarrado por los cortes que el médico había practicado. Para ti, el bebé, debía ser traumático este viaje imposible para pasar entre la carne y los huesos ensangrentados de tu pobre madre. Y cuando, finalmente, pudiste gritar para liberar tus pulmones y respirar el aire libre, te aseguro que no estabas sonriendo.

Mi hija me escuchaba describir este momento difícil, pero también recuerdo imperecedero. La memoria es engañosa, tendemos a construirla como nos conviene. Mi pregunta anodina había roto la barrera del hábito que se formaba alrededor de nuestra familia y de su historia cotidiana. De repente las lágrimas brotaron:

– Papá, estaba hablando de la joya que le diste a mamá para darle las gracias, pero también para celebrar nuestro triple amor. Los tres anillos de Cartier, el oro amarillo, gris y rosa que nos lo había recordado.

Jean Claude Fonder

Chistes de la memoria

René Magritte

Los recuerdos son trozos de vida que te persiguen desordenadamente a través de la niebla de la memoria.

Lo raro es que yo no logro conservar los recuerdos de los tiempos felices.

Como si la felicidad fuera algo adquirido y que con el paso del tiempo pierde su luz.

En cambio, los recuerdos de los tiempos angustiosos, el desamparo, las ofensas, acuden a la memoria vividos, lúcidos, intensos.

Las cicatrices del alma nunca sanan, basta poco para hacerlas sangrar.  

Iris Menegoz

Y ahora soy un libro

Paul Delvaux

Los recuerdos a veces se parecen a los amigos, cuando nos confortan, nos alivian de la melancolía y se nos quedan juntos en los momentos más solitarios de nuestra vida.  

A veces, en cambio, nos atormentan por el remordimiento que nos traen, así que intentamos verlos desde otro punto de vista para lograr perdonarnos. A veces, en cambio, están llenos de dudas, y nos rodean en un circulo, cogidos de sus manos, como un baile inquieto y atormentador. Porque los recuerdos se  escapan, se diluyen, se transforman… 

Es por eso que Sara decidió dejar de ser un cuaderno vacío y quiso convertirse en un libro, un libro de recuerdos para que no se desvanecieran para siempre, cuando su cabeza los borraría. Empezó a escribir cada día, como mínimo por media hora, sin darse reglas: solo seguía  los pasos de su memoria que caminaba entre las zonas nubladas y las comarcas con el cielo despejado de su vida pasada. A veces dejaba de escribir y se volvía a mudar en un cuaderno vacío,  pero luego empezaba otra vez a convertirse en su libro, releyendo y siguiendo con su historia. 

Sara también descubrió que a menudo la memoria nos traiciona: selecciona, borra, decolora los recuerdos, y nunca sabemos si es una fuga que nos salva, librándonos  del desasosiego, o una pérdida irremediable de lo único que nos quedaba de la mayoría de la vida. Entonces intentó comparar sus recuerdos con los de sus familiares y amigos, y se dio cuenta de que muchas veces eran diferentes, no porque alguien mintiera, sino porque todos guardan en su memoria lo que más les ha importado, y desde su punto de vista.

Pero Sara no se rindió.  

Volvió a escribir su historia, casi cada día, y los recuerdos volvieron como un dono merecido, se multiplicaron, a lo mejor imperfectos y disueltos…  pero suyos.

Y ahora,  Sara también es un libro.

Silvia Zanetto

La invención del recuerdo

Se deslizan con cautela fuera del álbum como animales enjaulados. Se asoman por los bordes dentellados de las fotografías color sepia. Son los protagonistas de las antiguas tramas familiares. Intérpretes, comparsas, voces fuera de campo de aquellas legendarias historias que a lo largo de las generaciones fueron narradas de boca en boca, celebradas y embarulladas hasta disolverse en el silencio. Aquellos viejos actores, desde los marcos de papel carcomido, escrutan ahora el entorno, apabullados ante los extraños que van y vienen por la casa, legítimos descendientes que ni los tienen en cuenta. 

Desde la muerte de los últimos testigos, los antepasados cayeron en el olvido, desprovistos de aquellos trovadores domésticos que con paciencia aprendían a perpetuar la saga colectiva. Es por eso que se agitan inmóviles en sus marcos de cartulina, que se dejan resbalar por el papel de arroz que los protege, exhalando susurros silenciosos y estremeciéndose, como estatuas, sin mover los tendones.

¿Acaso alguien recuerda las aventuras y tragedias de esas tres muchachas que saludan risueñas sentadas en las rocas?  Con los cabellos sueltos y el pudor concentrado en los finos tobillos que afloran bajo las faldas amplias con volantes. ¿O el fatal desenlace de esa pareja con sombrero y sombrilla a la vera del río, y el consecuente dispendio de vidas de esa ristra de niños vestidos de marineritos y princesas? 

En su inmutable silencio los protagonistas del pasado se asoman al presente, fuera del álbum, y yacen a la vista de todos, desparramados sobre el escritorio. Los más intrépidos se lanzan al vacío, como aquel rostro viril de bigotes tupidos con charreteras y medallas, que cabalgando un papel amarillento aterriza sobre la alfombra como una hoja de árbol arrugada. 

Buscan un corazón palpitante que quiera de nuevo interpelarlos, pronunciar sus nombres en voz alta, inventar con paciencia recuerdo tras recuerdo. Por fin hacerlos revivir.

Adriana Langtry

Recuerdos

Xavier estaba buscando un libro, cuando vio su álbum de la boda en la estantería, hacía tiempo que no lo veía, entró al salón y llamó a su mujer para verlo con ella. Hojeando el álbum recordó la linda pareja que eran y lo mucho que se amaban.

Miró a su esposa a su lado y se dio cuenta de que, 30 años después, ella había conservado un cierto encanto, estaba bien cuidada, siempre ordenada y era una madre excelente.

Al mirar las fotos surgieron muchos recuerdos y sensaciones para los dos, fue como retroceder en el tiempo cuando estaban enamorados, hacía mucho que no se sentían tan cerca.

Xavier se preguntó por qué la había engañado más de una vez y comprendió que era por su debilidad, al no poder resistir ciertas tentaciones.

Ciertamente ella siempre había sido fiel y no lo merecía, pero él nunca había pensado, ni remotamente, en dejarla.

Ángela también se emocionó mucho pensando en su boda, lo maravilloso que había sido ese día. Se preguntó por qué después 10 años de matrimonio y dos hijos se había enamorado de otro hombre, tal vez porque imaginaba que él no le era del todo fiel se sintió libre de no renunciar a lo que la hacía feliz.

En cierto momento su historia terminó porque ninguno de los dos tenía ganas de seguir fingiendo y escondiéndose, no querían hacer sufrir a las dos familias.

Ahora todo era diferente, solo quedaban ellos dos en la casa, los hijos eran independientes.

Continuaron mirando esos recuerdos y comentando sobre ellos, terminaron abrazándose, comprendieron que se habían encontrado otra vez, gracias a ese álbum que había despertado sus sentimientos y las ganas de continuar el camino juntos.

Leda Negri

Olor a brillantina

Recuerdo al hermano José, avanzando por entre los pupitres con su andar lento y gesto huraño, esparciendo a su paso el dulzón olor de la brillantina con la que se untaba el escaso cabello, mientras nos exhortaba sobre los temas más diversos con aquella voz de tono grave y amenazante, siempre parapetado tras su versátil vara de metro y medio.
          

La utilizaba para casi todo, haciendo a ratos las veces de bastón, de regla e incluso, en las clases de canto, también de batuta, pero cuyo principal cometido era el de convertirse en elemento disuasorio para los que creyéramos que nuestro paso por la escuela iba a ser un agradable paseo de domingo. Por medio de ella se esforzaba en mantener el orden en el aula a la vez que nos inculcaba sabiduría y respeto. Eran mis tiempos de infancia en el colegio La Salle.

Recuerdo las agotadoras clases de geografía en las que se empeñaba en grabarnos en la cabeza, a fuerza de coscorrones y palos, los ríos y correspondientes afluentes que recorrían nuestra accidentada geografía patria. No sé para qué tanto trabajo. Seguramente la mitad de ellos ya no existan, engullidos por el cambio climático. Tampoco eran mucho más soportables las aburridas clases de historia en las que se nos enseñaba una sesgada visión de la realidad con vistas a mantener nuestro orgullo nacional bien alto. Las de religión por su parte, tan importantes por entonces, me hacían pensar que, a dios, cualesquiera que fuera tu bando, lo ibas a tener como aliado incondicional, siempre dispuesto para masacrar sin piedad a tus enemigos.

Creo que aquel tipo de educación, basada más bien en una visión sectaria y muy poco caritativa de la vida, en la división piramidal de la humanidad en razas y clases sociales, así como en el miedo y la violencia, es el origen de todas las injusticias actuales. Y digo yo, a la vista de lo que se ve y de lo que he vivido, si no sería que aquella repetida máxima que rezaba que dios premia a los buenos y castiga a los malos, quería decir justamente lo contrario.

Sergio Ruiz Afonso

Recuerdo

He estado pensando en llevarte de excursión el próximo sábado. Viajaremos a un destino sorpresa. Así le había dicho su novio Pedro. A Francisca no le gustaban las sorpresas. Pero qué más da.

El destino desconocido, una sorpresa… Por fin había llegado el tan esperado sábado. El fin de semana prometía ser intenso. Nada de trabajo, un poco de descanso. Pedro conducía el pequeño coche alquilado, concentrado en el recorrido, no había tráfico en la carretera. Ella conocía esa localidad, por haber estado allí años atrás con su exnovio Andrés, pero no se lo podía revelar a Pedro arruinando su idea de sorprenderla. Nada más llegar, y aparcado el coche, Pedro se desnudó y se zambulló en el agua de la pequeña cala tranquila en un entorno natural. En cambio, Francisca, subió al bosque que rodeaba la playa, se sentó en la base de un árbol, apoyando la espalda a su tronco y cerró los ojos. De repente fue como si una cascada de agua le cayera encima. Una cascada en la que flotaban los recuerdos. Trozos del pasado, algunos buenos y divertidos, otros dolorosos. Uno particularmente insistente. Le apareció Andrés, en el mismo lugar donde se encontraba ahora, Andrés abrazándola, Andrés besándola, Andrés, Andrés… le pareció notar nada menos que su perfume. Andrés, ya no estaba, nunca volvería a encontrarlo, si no en otra vida ya que se murió en un accidente de tráfico; entonces ¿Por qué evocar un recuerdo tan doloroso? ¿Por qué vibra y en mi cerebro?, estoy como detenida por su imagen, se decía Francisca a sí misma. Andrés estaba dentro de un chubasco repentino que seguía mojándole la cara con agua fría.

¿Pero qué estaba pasando? De verdad su cara estaba mojada.

Al abrir los ojos vio a Pedro, que dejaba que el agua del mar, del que acababa de salir, goteara sobre su cuerpo. ¿Y tú quién eres? Le preguntó, todavía concentrada en el recuerdo. Soy tu salida de emergencia de los recuerdos que duelen. Y aunque se diga que recordar es volver a vivir, por favor deja ir a Andrés.

Yo estoy aquí. Ahora soy yo tu presente, soy tu futuro recuerda que te quiero.

Raffaella Bolletti

En nuestra memoria para siempre

Pasa a través de la rendija de la mañana una luz que inunda la habitación, la cortina levanta su vuelo con la suave y delicada brisa del otoño, amanece de nuevo. El sol ya salió y comienza un día largo, lento, lleno de quehaceres. Primero deslizarme sobre las sábanas hasta llegar a las mullidas zapatillas y con pausa abrir de par en par la ventana, ver el campo y saber desde lejos que la tierra está blanda y la hierba mojada.

Escojo la ropa adecuada para pasear por este paraje acabado de estrenar. La elipse sigue su curso, los astros no paran. Camino como ellos, tranquila, entre el sueño y la vigilia.  Pienso todavía que un café o un chocolate estaría bien.

Mañana, tarde y noche y otro día más. 

Los zapatos para caminar y la técnica universal: la vida y la muerte, el día y la noche, el sol y la luna, junto a ellos los eternos aforismos humanos. 

Después de tantas horas sigues aquí y para siempre, en mis recuerdos.

Te fuiste bien pertrechada, como un guía para los caminantes, una aliada para los amigos, una líder para los compañeros. Una capitana para su equipo. Como un caracol para un largo viaje. 

Naomi, derramaste e inundaste para siempre con tu luz nuestras pequeñas vidas.

Me parece increíble que yo siga teniendo cuerpo y eligiendo paso a paso mis entretenimientos, mi función, mi oración y devoción. Buscando el horizonte desde todas las cosas, mientras tú, Naomi, sin perder el norte, con las botas puestas, preparada, segura, saboreando, eterna como el mismo sol, veo tu gesto de complicidad al final de las escaleras, recorriendo segura tu camino hasta el arco iris, plena, mientras el cielo llueve sobre «El camino de las peras»

Como el universo, infinita.

Nota de la autora.

Un ángel llamado Naomi nos guía. Gracias por tus abrazos, por tus palabras, por tus gestos, por tu risa. Gracias por el corto e intenso tiempo que nos dedicaste, nos consagraste a todos, nos destinaste a valorar lo importante. Sabemos ahora, que alguien así de maravillosa se merecía un lugar sin límites, sin espacios. Un lugar aún mejor. Gracias. Sé que tus alas nos sitúan a todos en el amanecer de cada día.

A la memoria de Naomi Mendoza Peralta (2006 -2023). 

Blanca Quesada

Sol

Como cada noche, el murciélago ya se había colocado en su rincón habitual de la terraza. Paula encendió una pequeña vela y se sentó en la terraza, mirando hacia el horizonte. La oscuridad lo envolvía todo. El mar estaba allí, negro, invisible, sólo se podía oír el sonido ligero de las olas al romperse contra la orilla. Con el paso de las horas algunas estrellas empezaban a asomarse en el cielo, aportando un poco de luz a la noche sin luna. A Paula le gustaba observar y navegar por el cielo con su proprio telescopio. Algunas noches se quedaba en la terraza, medio dormida, esperando el amanecer y acordándose de que alguien le había contado años atrás que el sol, según lo que creían los Kuna, un pueblo localizado en Panamá y en el norte de Colombia, había nacido de la unión entre la luna-mujer y la luna-hombre. Después del nacimiento, la luna-mujer se fue a vivir cerca de la Tierra, mientras que la luna-hombre se quedó con el recién nacido. Quién sabe, tal vez por eso los habitantes de la Tierra sólo vemos una cara de la luna.

Por fin una lejana luz rosada aparecía al horizonte. Mientras tanto, el murciélago ya se había alejado de su rincón para ir a esconderse a otro lugar más oscuro. La luz del horizonte iba cambiando color, empezaba el amanecer; un color violeta, un rosado tenue, luego un naranja intenso y por fin allá estaba él. El sol, con toda su luminosidad reflejándose en el mar. Como un niño recién nacido que trae luz y felicidad. Como un niño que poco a poco aprende a ponerse de pie y a marchar, el sol poco a poco revelaba sus poderosos rayos. Un espectáculo al que Paula no podía renunciar, porque cada mañana los colores, la luz y el mar eran diferentes. Parecía haberse establecido entre Paula y el sol un dialogo silencioso. Ella lo esperaba y él cambiaba de color cada vez, como si quisiera que fuera feliz.

Al mediodía el sol emanaba todo su calor, toda su fuerza. Si de verdad se empieza a vivir a los 40, entonces Paula se imaginaba al mediodía de la vida, con unas increíbles ganas de vivir, conocer, disfrutar de cualquier cosa. A esas horas el sol también seguía trayendo un calor molesto, casi aplastante y Paula se quedaba tranquila leyendo bajo el toldo, disfrutando de la terraza y picando algo. Pero aquel día, la depresión se había apoderado de ella, estaba deprimida y simular ser feliz le resultaba cada vez complicado, ni un movimiento, ella seguía estando allí, aparentando dormir, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil. Fue entonces que utilizando uno de sus rayos como si fuera un látigo, el sol golpeó un brazo de Paula una y otra vez, para que despertara de esta muerte aparente, para que reaccionara, se levantara de la silla y aprovechara el día. Entonces la alcanzó con otro rayo, el rayo hablante diciendo: “Sabes que siempre estaré aquí, mi deber es despertar al mundo, traer luz y calor, felicidad ¡no te atrevas a abandonarme! Necesito tus fotos al amanecer, al levantarme”. Paula abrió los ojos y sonrió. Otro rayo, el de las caricias, pasó sobre su cuerpo con ternura, hasta que Paula se levantó, salió de casa y dio un largo paseo por la playa. Por fin llegó la hora de regresar, el sol empezaba a esconderse detrás del horizonte, ocultando muy lentamente los rayos en su cuerpo redondo, cerrando el cielo sobre el mundo y dejando paso a la oscuridad. Era este el peor momento para Paula que, en su casa, sentada en la terraza se daba cuenta de que todo seguía igual, con la monotonía persistente y contagiosa de un dolor que solo pasaría al próximo amanecer, cuando los rayos de su amigo sol volverían para acariciarla.

Raffaella Bolletti

La madre del sol

– ¡Ay, por Dios! ¡Qué calor hace! -se quejó Estela- Hace casi cuarenta grados, ¿no te parece?

– Bueno, no exageres. Además, hace un día precioso, ¿no te parece? – contestó Pamela sonriendo con amabilidad- A mí me encantan las mañanas de sol… ¡Sobre todo aquí en la playa!  ¿Te das cuenta de que por fin estamos de vacaciones, Estela?

-Ya, pero sabes que no soporto cuando hace bochorno. Además, son las diez, ¿te imaginas qué sofoco al mediodía, cuando el sol va a quemarme la cabeza?

-Bueno, puedes ponerte bajo la sombrilla.

Estela, después de atravesar la playa de Costa Rey, haciéndose notar por todos los veraneantes con su nuevo bikini muy sexy, se acostó en la tumbona. Pamela la siguió llevándose las bolsas, las toallas de playa, cremas, agua y merienda. Ella llevaba un traje de baño entero y negro.

-Pamela, te voy a contar una leyenda de aquí, y verás si no tengo razón.

-Una leyenda de aquí, ¿dices?

-Sí, una historia popular que en el pasado las mujeres de Cerdeña les contaban a sus niños. 

-Vale, cuéntamela.

-Bueno, es una historia muy clásica que los padres solían utilizar para que les obedecieran los niños que se negaban a quedarse en casa a echar la siesta en los bochornosos días del verano, cuando el sol era demasiado fuerte.

– ¡Como hoy! -comentó Pamela, riéndose.

– Digamos que sí. Como te decía, era un recurso típico de la narración popular sarda. La protagonista de la historia era una criatura fantástica: la Madre del Sol, una mujer guapísima que aparecía en verano desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde.

Pamela la miró, quitándose las gafas de sol.

– Se dice -prosiguió Estela- que la misteriosa figura deambulaba cubierta de los pies a la cabeza por las calles, desiertas en esas horas, buscando a los niños desobedientes. Y cuando encontraba a uno, empeñado en jugar por la calle a pesar de las advertencias de sus padres, le dejaba una marca tocándole la frente y provocándole una fiebre muy alta, que duraría muchos días.

– ¡Vaya! Qué crueldad, ¿no?

– Bueno, los niños se creían esa leyenda, y aunque pueda parecer un método cruel contarles una historia así, no era infrecuente en la tradición sarda. Y todo con el objetivo de garantizar la seguridad y la salud de los más pequeños de la familia. O sea, que no era nada pérfido, sino solo una forma eficaz de mantener los niños alejados del calor y del riesgo de sufrir una insolación grave. ¿Qué te parece?

– Estela, para mí el sol es luz, energía, alegría… sobre todo por la mañana, representa el inicio de un día especial. Pero…  ¿sabes qué? Ahora nos ponemos la crema. 

– Protección 50, ¿para el primer día?

– ¡Claro que sí!

Y Pamela sacó las cremas de la bolsa.

Silvia Zanetto

Sol

Marisol tenía dos años cuando llegó a Italia desde Chile con sus padres en busca de una vida mejor.

Empezaron haciendo de todo, trabajando muchísimas horas cada día y, después de muchos sacrificios, lograron comprar un pequeño apartamento y pagar los estudios de Marisol.

Ella se sentía italiana, nunca habían vuelto en Chile, ya no tenían a nadie allí.

La chica tenía muchos amigos, afortunadamente nunca había sufrido episodios de racismo, sentía Italia como su patria, ahora estaba graduada y trabajaba.

En la universidad había conocido a un chico italiano y estaban enamorados, Marisol era muy hermosa, de piel ligeramente aceitunada y pelo largo y oscuro. Estaban saliendo desde hace meses, las dos familias nunca se habían encontrado, pero había llegado el momento de hacerlo, ya que querían casarse.

Ella estaba muy preocupada, tenía miedo de que no la aceptaran, sabía que eran muy ricos y che vivían en una casa grande, pensó en sus padres que siempre vestían con sencillez, imaginó que los de su novio serían gente elegante y refinada.

A medida que se acercaba el día del encuentro, el miedo crecía, la invitación era para el siguiente domingo, faltaba poco. Cuando llegó la hora de salir, se miró en el espejo por enésima vez, mamá y papá parecían tranquilos.

Llegaron a una calle con muchas casas hermosas, la de su novio era grande con un jardín lleno de flores, le temblaban las piernas, al entrar encontraron la familia en fila para saludarlos.

El padre primero estrechó las manos de sus padres hablando español, la madre la abrazó diciendo que había oído hablar mucho de ella y que lo que importaba era su felicidad.

Marisol sintió una sensación casi de santidad, pero justo en ese momento se despertó, era solo un hermoso sueño. Sus incertidumbres y dudas comenzaron de nuevo, pero luego, cansada de esa situación, pensó en que los sueños pueden hacerse realidad.

Era un maravilloso día de sol y, con calma, comenzó a prepararse para el evento.

Leda Negri

Sol

Sol, Sol, oh Sol, dueño del cielo aterrador
Las nubes encendidas celebran tu puesta
Todo el día nos has torturado con el calor
Tibia, clemente que la noche sea bienvenida
                                                          
Rosado, tímido e inocente fue el amanecer
La mañana lleva frescura, se olvida el ayer
El Sol ilumina los ladrillos blanqueados
De los jardines y de los tranquilos patios

El Sol de mediodía no se ve encima del cielo
Las nubecitas de Magritte en el azul pasean
Los pájaros bailan y vuelan de techo en techo
El follaje verde de los grandes árboles tiemblan 

Son las dos, el Sol, lo temamos, va a llegar,
Bajaremos las persianas, las persianas de ratán
Al contrario, aparecen amenazante nubes negras
La tormenta y la lluvia se van a desencadenar

Una cubierta triste de gris obstruye el cielo
El frío nos acecha, las ventanas hemos cerrado 
¿Dónde está el Sol? El manantial de la vida 
La lluvia es vida también, pero sin el Sol nada

Las nubes se rasgan, un trozo de cielo aparece
Un poco más de azul, consagra nuestra esperanza
Olvidado el calor, esperamos que el claro progrese
La luz del Sol, alegría, felicidad, abundancia
Jean Claude Fonder

Ayer

Hoy no es un viernes cualquiera. Hoy estoy aquí, sentada en un banco del parque. Lo que pasó tiene que tener un porqué. Me pregunto cuál. No tengo respuesta. Una canción me persigue, “AYER”, algunas notas van repitiéndose, como mis preguntas. “AYER”. ¿nde está el hombre seductor de ojos azules? ¿Dónde estabas, dónde te escondiste cuando yo te necesitaba para seguir viviendo? REcuerdo tu mirada intensa, recuerdo nuestro primer encuentro. Nos conocimos por casualidad, y por casualidad seguimos encontrándonos dando vueltas por el barrio con nuestros perros. El MIsterio de una atracción desconocida nos rodeaba. Seguimos liberando nuestra pasión, nada de amor, sólo fisicidad. O por lo menos así lo creía yo, hasta que un día algo sucedió. ¿Fue cil para ti  abandonarme? No puedo encontrar una respuesta, solo sé lo que pasó aquella mañana cuando me revelaste que te mudarías de ciudad y frente a mi se abrió el desconcierto, abrazándome dijiste: “mira hacia allá. ¿Lo ves? El SOL se levanta a pesar de todo. Tienes que actuar de esta manera, levantarte y seguir viviendo, todo termina. ¿Por qué? LAdrón, miserable. ¿Por qué SIgo pensando en tí, cuando lo mejor sería olvidarte?. “AYER”. Un DOlor molesto y aplastante. Quizás al DOblar la esquina pueda volver a encontrarte? Un SIlbido cerebral parece avisarme de que va a pasar algo. grimas dulces caen sobre mis labios, la SOLedad que había crecido como un balón inflado va reventar en mis manos. “AYER”. Las notas de la FAmosa canción siguen dando vueltas en mi cabeza, MI corazón, que “AYER” parecía estar quebrado en este momento, late feliz. REcuerdos, un montón de recuerdos. ¿nde me llevará este deseo de volver a verte? Claro, a ninguna parte, lo sé bien. Por supuesto lo pasado, pasado está, ni yo puedo volver atrás.

Siguen en mi cabeza las notas de “AYER”.

Luis Miguel – «Ayer» 

Raffaella Bolletti

La cajita de música

La gaveta de mi abuela era grande como su amor, guardaba libros, pañuelos y una caja que se abría y tocaba la música favorita de mis abuelos. Un ritmo alegre que ponía de pie a una bailarina frente al espejo.

Recuerdo que siempre que la escuchaba ella se recostaba en su almohada con los ojos cerrados y su leve sonrisa. Tan dulce. Soñando, quizás que Nicasio, su amor, estuviera cerca acariciando su blanco y suave rostro.

No conocí a mi abuelo, pero sí el regalo musical «Para Elisa» que sonaba cada vez que se abría la cajita.

Él murió muy joven. Ella se quedó sola cuidando a mi madre. La niña entonces tenía un mes.

Abuela trabajó mucho para ser fuerte y ayudó a mamá a construir seres invencibles, entusiastas y alegres.

Crecí con sus besos en mi frente, estaba contenta con sus nietos; nos llenaba de buenas noches tranquilas, de buenos días con zumo de naranja llenos de risas y de buenas tardes de paseos y juegos.  Sabía que su ser iría conmigo siempre.

Abuela, como la bailarina, ahora descansa en el trinchante de casa de mis padres que bailan a su mismo ritmo. Felices.

Blanca Quesada