Prensa

Conducía deprisa para llegar a tiempo a la rueda de prensa. Estaba muy nervioso, conocía bien ese tipo de situación. Sabía por experiencia que los corresponsales de prensa en víspera de noticias siempre estaban al borde de un ataque de nervios y hacían preguntas sin sentido. Todo eso podía pasar también hoy. Ya imaginaba a sí mismo ajustándose las gafas empezando a leer las palabras escritas en las finas hojas de papel…. De pronto, fue como si la luz del sol se apagara. Miró entonces a través del retrovisor y tal fue su sorpresa al enterarse de que una cantidad enorme de lo que parecía ser nubes, iba acercándose y por fin adelantaba a su coche a toda velocidad. Esas nubes estaban llenas de palabras, mezcladas entre ellas, puestas al azar, emitiendo un ruido ensordecedor. Detrás, flotando a una velocidad más reducida, seguían unas cuantas bolas llenas de papeles impresos, de diferentes periódicos; el ruido no era molesto, sino más bien agradable. Otras ya llegaban, jugando a pillarse. ¡Aquí está! La prensa en el ciberespacio. Llegó por fin a la sala donde se tendría la rueda de prensa. El silencio era aplastante. Ya no era necesaria su intervención. Los corresponsales ya se habían enterado de todo. Ni siquiera empezó la lectura del comunicado y se fue. Los pocos que se habían personado allí, parecían murciélagos adormilados. Murciélagos desprestigiados que ya no necesitaban desplegar sus alas para difundir el virus. Ahora la difusión viral de las noticias le correspondía a la prensa escrita, a su hermana la prensa digital, con su nuevo lenguaje, su inmediatez, su interactividad, y su incontrolabilidad.

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Raffaella Bolletti

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Yo sigo aquí, sentada en un sillón cubierto por un lienzo amarillo con borde negro. La ventana detrás de mí tiene postigos amarillos cerrados. Llevo un lindo vestido, un pequeño sombrero y los zapatos elegantes, todo blanco. Me gusta mucho esta vestimenta. Espero, y tengo la sensación de que tarde o temprano algo va a pasar. De momento me quedo aquí charlando contigo que estás posado en la silla cerca de la mía, en esta luz amarilla. Me caes bien. Es un placer conversar, escuchas y nunca me llevas la contraria. ¿Sabes que hay un hombre, mirándonos desde hace tiempo? No, no debes tenerle miedo, a él le gusta observar. Aquel hombre que sigue mirándonos me ha atrapado aquí en esta hermosa pintura donde todo es amarillo, donde no hay cielo y donde sólo somos dos. Estaba tan celoso que pensó él en castigarme apartándome de su vida, encerrándome en un cuadro, tan amarillo como sus celos. Tal vez se encarceló a sí mismo en una soledad que ya no puede aguantar. Por eso nos mira. Claro está que quiere que volvamos a estar juntos. Tengo mis ojos un poco escondidos bajo el pequeño sombrero para que su mirada no pueda hipnotizarme otra vez, yo no quiero volver con él. Estoy satisfecha con esta situación. Simplemente hay que esperar a que alguien pase por aquí y se quede con nosotros. Y cuando ocurra abriré los postigos y dejaré entrar la luz amarilla de mi alegría.

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Raffaella Bolletti

El carnaval del rebelde

Al enterarse de que el Carnaval de Venecia iba a empezar, pensó que sería una ocasión perfecta para él. ¿Era o no era el genio del disfraz? Entonces, a pesar de que tenía que cumplir su condena por haber sido un rebelde, aunque le costara mucho, estaba tan ansioso por divertirse, que dejando de lado su orgullo, pidió y obtuvo un permiso temporal para alejarse y asistir a esa fiesta elegante. Llegó a tiempo. El día había amanecido despejado y los canales reflejaban la luz del sol. Se puso su primer disfraz, un largo traje negro y una máscara blanca de nariz larga y decorada, que sólo dejaba ver sus ojos, y empezó a pasear por las calles en ese silencio típico de la ausencia de tráfico. La Fiesta Veneciana con la procesión de góndolas que había recorrido el Gran Canal había terminado, mientras continuaban los grandes bailes y los desfiles de los maravillosos disfraces de época. En el escenario de la Plaza de San Marcos se habían reunido miles de personas ocultas tras las máscaras, esperando el Vuelo del Ángel desde el campanario de la Iglesia, que se terminaría posándose en la plaza. Se puso su segundo disfraz, un lujoso traje de dama de época. Nadie le hizo caso. Subió al campanario y actuando como ángel empezó su descenso. Nada más tocar el suelo en medio de la muchedumbre que aplaudía alegre se quitó rápidamente el disfraz utilizado para el vuelo y se fue. El Carnaval, ese, solo había sido una diversión. Ya era tiempo de volver a su sitio, inmóvil, en el Parque de El Retiro en Madrid.

Raffaella Bolletti

Dando vueltas por el claustro


Envuelta en el silencio por una fina y típica nieblita, rodeada de campos sometidos a correntía continua, la antigua Abadía de Chiaravalle deja adivinar toda su belleza, primero de todo a través de su Campanario.
En el año 1135 empezó la construcción de este monasterio por voluntad de San Bernardo, fraile de la Orden Cisterciense, como una rama de la Abadía de Clairvaux. Los cistercienses se establecieron fuera de la ciudad, saneando una zona pantanosa, dedicándose al trabajo del campo recuperando y haciendo fértil la tierra, contribuyendo al desarrollo del territorio y creando una organización agrícola altamente eficiente capaz de dar vida, junto al complejo monástico, a una granja con animales de patio, cerdos, ovejas y colmenas para las abejas. Una granja donde incluso los peregrinos pobres podían alojarse. Alrededor de la Abadía se desarrolló un pueblo agrícola, anexado al municipio de Milán en 1923. Hoy en día hay una casa de huéspedes que ofrece hospitalidad a quienes la solicitan, y durante su estancia los huéspedes pueden experimentar los ritmos de la comunidad. Hay también una tienda, que es atendida por los monjes, donde se venden productos de la Abadía. Es un lugar que desde siempre me infunde paz en la que de vez en cuando vuelvo a sumergirme. En ese 17 de septiembre de 2016 estaba yo paseando, muy lentamente, por las arcadas del claustro sin darme cuenta de que ya había dado no sé cuantas vueltas al claustro mismo. Los recuerdos iban aflorando, sin orden hacia atrás y hacia adelante despertando emociones dormidas haciéndome revivir momentos y sensaciones, obligándome a enfrentarme a la cruda realidad. Las cosas no siempre son como deseamos. Estaba consciente de que este paseo me llevaría de vuelta en el tiempo hasta aquel 17, día de un lejano septiembre de 1977. Era una mañana como esta y yo era tan feliz y tan inquieta, luciendo mi traje de boda. La marcha nupcial, mi padre acompañándome, y él, mi novio, esperándome en el altar. Quizás fue una lágrima o tal vez fue la voz del fraile saludándome, o la suavidad de su mirada, la delicadeza de su paso las que me devolvieron al presente. De pronto empiezan los toques de la antigua campana mayor, todavía accionada manualmente por los monjes cistercienses, mediante una cuerda que cuelga en el centro de la intersección entre el crucero y la nave central de la iglesia, llamando a los fieles a la misa. El fraile se aleja. Yo prefiero quedarme en el claustro mirando el campanario, que los milaneses suelen llamar “Ciribicciacola”(pronunciado chiribichiacola), probablemente por las cigüeñas que en el pasado anidaban en la torre, o por los chillidos de sus pequeños. Al terminar la misa entro en la iglesia. El fuerte aroma del incienso quemado llena el interior. Doy una vuelta mirando los frescos de las paredes internas. Espero a que los frailes lleguen con sus túnicas blancas con escapulario negro y capuchas, se sienten en el magnífico coro hecho en madera, compuesto por dos hileras dispuestas paralelamente a dos niveles, y empiece el canto gregoriano que se apodera de mí por su belleza, espiritualidad y misterio. Los cistercienses, se destacan por su austeridad, oración, silencio y trabajo duro, principios fundamentales de la Orden. En aquel septiembre de 2016 ¿necesitaba yo lo mismo?
Al salir de la Abadía llovía a cántaros ese 17, día de septiembre de 1977, mi vestido de boda mojado, los invitados bajo la lluvia lanzando arroz a nosotros, los recién casados. El saber popular dice que, si llueve, ese día se habrán derramado todas las lágrimas que tendrá esa pareja, que nunca más vivirá penas ni tendrá motivos para llorar. ¿Novia mojada novia afortunada? Tengo que ser bastante lenta porque hoy, 17 día de septiembre de 2019, paseando por el claustro aún me pongo esta pregunta. Lo que es cierto es que vuelvo aquí, en este lugar tranquilo donde a veces, en el misterio del canto de los frailes, me parece oír tu voz diciendo: ¡Sí quiero!

Raffaella Bolletti

Selvas

Dar pequeños paseos por la selva siempre le resultaba agradable. Se sentaba y contaba los árboles, los observaba, acariciaba sus troncos, cada uno con una piel diferente, como si fueran cuerpos. Le gustaba la mezcla de arbustos, plantas y hierbas, colores, los ruidos de los animales. Imaginaba que en la selva todas las plantas estaban en comunicación subterránea a través de las raíces, avisando a las plantas lejanas de lo que estaba pasando. A veces perdía el sentido del tiempo y, al cerrarse el cielo, la luz desaparecía poco a poco. Todo a su alrededor estaba en silencio, todo quieto, un poco espantoso. Había llegado el momento de regresar a casa, antes de que aparecieran las criaturas aterradoras con caras escalofriantes, barbillas puntiagudas, narices ganchudas de las que hablaban las leyendas. Sólo recuerdos, puesto que vive desde siempre en una ciudad, que a pesar de ser una selva gris, ruidosa, con sonidos que le molestan, donde no se oyen los chillidos de los animales, donde ni siquiera puede acariciar troncos cuando no le queda otra cosa por abrazar, nunca podría abandonar. Y entonces vuelve a pensar en los árboles y en sus raíces, quizás tengan realmente células similares a nuestras neuronas para comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro, que ella se imagina como otra selva tropical con senderos impenetrables. Una selva de emociones conectadas por ramitas estrechas. Otra selva que tenemos que salvaguardar para sobrevivir.

Raffaella Bolletti

Igual

La noche estrellada de Vincent Van Gogh (1889)

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Stonehenge construido hace miles de años. Los grupos procedentes de los otros 4 círculos terrestres ya estaban presentes, sentados en el suelo, en círculo, en silencio. También el grupo del Ártico tomó asiento. Esperaban el amanecer, con el sol atravesando el círculo megalítico e incidiendo perfectamente sobre la piedra talón. El aire estaba cargado de energía. Al llegar la luz los presentes se asombraron con la maravilla del rayo de sol entrando a través de los monolitos y advirtiendo de la llegada del verano. Cada círculo terrestre tenía varios representantes de su comunidad. Al terminar el momento mágico los jefes, los únicos que llevaban una larga capa blanca con capucha, se levantaron. El Jefe Mayor explicó que aquel lugar era simbólico, que allí se saludaba el invierno y se recibía una nueva temporada. Explicó también que el espectáculo que acababa de aparecer volvería a presentarse el 21 de junio del próximo año y que el rayo de sol podía entenderse como un mensajero de una vida que se reitera, en círculos que se arrastran, que se abren y se cierran. Terminó así su discurso <Gracias a todos por participar, regresemos a nuestros Círculos Terrestres, que ahora nos distancian y que podrían desaparecer al derretirse los glaciares, todo reduciéndose en un único círculo mayor sin diferencias atmosféricas. Pensémoslo bien y actuemos en consecuencia>. Los participantes se miraron unos a otros sin hacer comentarios y lentamente se fueron.Tenía un hermano gemelo, todos decían que era imposible diferenciarnos. Físicamente idénticos, no fueron pocos los que nos confundían. Igual que él yo tenía el pelo rubio, los ojos azules, una sonrisa cautivadora, y la misma voz. Compartimos la casa familiar, recibimos la misma crianza, sin diferencias. Pero él siempre fue el más travieso. Incluso, años atrás se hacía pasar por mí con las chicas. Al final se convirtió en un criminal. Y por ser el principal sospechoso de varios delitos fue escondiéndose Dios sabe dónde. Al inculparme a mí por sus crímenes acabaron con mi vida. Tener igual cara y apellido fue una maldición. Ahora estoy aquí, atrapado en este lugar, en otro mundo. En mi anterior vida estaba convencido de que cada noche era igual a la otra por su oscuridad, o porque las estrellas, siempre iguales, seguían allí. Ahora que tengo que mirar al cielo a través de los barrotes de una pequeña ventana he descubierto el misterio y la belleza que encierra una noche. Nunca hay una sola noche igual a la otra. Miro al cielo para aguardar la calma a la espera de que amaine la tormenta que llevo dentro. Y cuando en el horizonte aparece la luz del sol yo sé que todo va a seguir igual que ayer, igual que mañana, igual que siempre. Todo, excepto las noches. 

Raffaella Bolletti

Diálogos silenciosos

Mujer:
Estoy leyendo el diario “Le Figaro” cuando de pronto en la cervecería se hace silencio. Interrumpo mi lectura y me fijo en la chica que ha entrado, esa que acaba de sentarse a mi lado, aparentando no verme. <Me acuerdo de ti. Cursabas el último año de colegio y asistías a mis clases de literatura. Parecías tan formal, con prendas clásicas y elegantes. Qué atrevida eres ahora entrando aquí llevando una minifalda provocativa, luciendo las piernas como si nada. Sentada con tal postura relajada, un poco indecente, con el periódico apoyado sobre la mesa. En realidad te tengo un poco de envidia.> Creo que, tal vez, no me vendría mal deshacerme de las formalidades, no respetar los códigos de esa antigua moral conservadora que acabó con mi energía, la que necesitaría ahora para expresarme con libertad.

Chica:
Al entrar la veo, está leyendo el periódico. Ni con un solo pelo fuera de sitio, como siempre, arreglada, encerrada en un traje de calidad, lleva un sombrero pequeño, el pelo corto y ordenado, la espalda recta. ¡Vaya!, me voy a sentar prácticamente al lado de mi ex profesora de literatura. <Sé que me estás mirando, un poco sorprendida o tal vez intrigada; seguro estás pensando que la estudiante que asistía a tus clases ha desaparecido para convertirse en una huelguista, que lucha por nuevos derechos como la igualdad, la liberación sexual. ¡Venga mujer!¿Cuántos años me llevas? Quizás unos veinte y tantos. Nunca es demasiado tarde, olvídate por un rato de los libros polvorientos y disfruta de los nuevos tiempos.  Tu mirada expresa que te gustaría. Alguien ha dicho que “una mujer es tan joven como sus rodillas”¿qué tal las tuyas? ¿Te atreverías a ponerte una minifalda?>

Raffaella Bolletti

Celda


Su habitación se había vuelto una celda en la que, encerrada voluntariamente para aislarse del mundo, se quedaba todo el día en la cama. Allí en esa celda se escondían la esperanza, la aceptación, la negación, allí se escondía el tiempo, el olvido imposible. Pensó en los presos, en las celdas de una cárcel; pensó en las abejas, en las celdas de la colmena, libres de salir, entrar, y salir de nuevo. Comprendió la inutilidad de seguir encerrada e incomunicada. Ahora lo tenía claro: retomaría el hilo que la conectaba con el exterior, con ese conjunto de celdas por cruzar. Cada una diferente, cada una contándole su propia historia, en un viaje en el que una celda se abre donde la otra se cierra. Celdas conectadas en paralelo, adyacentes, a veces sin puertas, para así coincidir y relacionarse con los demás. Hasta llegar, sin prisa, a las celdas oscuras de las que no hay salida.

Raffaella Bolletti

Viejos tiempos

Cada domingo por la tarde, salía de paseo con mi padre, siempre observando el mismo ritual, siempre con un rumbo que parecía establecido de antemano. Aquella fría tarde de un noviembre de hace muchos años, mientras la ciudad estaba envuelta en una espesa niebla gris, mi padre decidió dar un salto cualitativo en la costumbre del domingo y, en lugar de llevarme al zoológico (ya conocía yo hasta cuantos pelos tenía en la superficie de su cuerpo, cada animal) me dejó fuera de juego y me llevó al cine. Entramos a la sala por el pasillo central y tomamos asiento. A mí siempre me encantaba el brevísimo rato en el que la sala, al apagarse las luces, permanecía oscura. Huelga decir que yo, por ser niña, esperaba ver una película de dibujos animados, en cambio empezó la proyección de una de esas películas del oeste que tanto le gustaban a mi padre. Los Nativos Americanos, unos salvajes, representados como enemigos, sanguinarios y depredadores atacando la diligencia, a mí me caían muy bien, apostaba por ellos. Pero siempre llegaba la caballería y arrasaba sus tribus en una nube de polvo que parecía dificultar la respiración como la nube de humo que envolvía la sala, puesto que la gente solía fumar en el cine. Pensaba yo que hubiera sido lo mismo si hubiéramos dado un paseo en la niebla. En ambos casos el aire era irrespirable.

Raffaella Bolletti

Una flor engañosa

Flor de beso

Durante la noche hubo mucha humedad y la flor grande, exótica y bonita aún estaba salpicada por algunas gotas de rocío. Despertó y abrió sus dos pétalos color rojo purpúreo luciendo todo su esplendor, lista para ser lo más cautivadora posible. Un novato fraile paseaba en ese mismo jardín, atraído por una fragancia dulce e intensa que le llenaba la nariz. De pronto la vio sentada en el único banco, bajo el almendro. ¡Una mujer en el monasterio! Incrédulo se acercó y la miró, ella también le miraba. Era una mujer que aparentaba unos treinta años, hermosa, atractiva, con grandes ojos verdes y una boca expresiva de labios carnosos pintados de un rojo intenso. La fragancia embriagadora parecía desprenderse de ella. El fraile no se pudo resistir y la besó, pero de pronto descubrió que algo estaba cambiando en el rostro de ella, algo que le disgustaba. De sus ojos verdes salían unas pequeñas ramitas; su boca empezaba a cerrarse segregando un jugoso y muy pegajoso néctar. Se quedó atrapado por su mismo beso mientras ella le decía: 

—Me llamo Flor de Beso y tú eres mi alimento favorito. 

Poco a poco la mujer reveló lo que realmente era: una maravillosa y llamativa flor de una planta carnívora engañosa y asesina. El novato había caído en la trampa como un insecto.    

Raffaella Bolletti

Regreso a Gombola


Estaba casi al final del viaje. A lo lejos ya se distinguía el Castillo.

Una fortificación medieval compuesta por varias edificaciones a las que se accedía pasando un arco en piedra de arenisca. Un pueblo, formado por el Palazzo de la Podesteria, la iglesia, el campanario y algunas casas, construido en la cumbre rocosa que dominaba el río Rossenna que dividía el pueblo de Gombola en dos partes. Un lugar perfecto para construir un castillo que fue el hogar de los Condes da Gomula, señores feudales de origen longobardo. También se distinguía la antigua iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, donde se celebró el matrimonio de sus padres.
Finalmente llegó a destino, a esa pequeña y desconocida aldea de los Apeninos Emilianos. Aparcó el coche en el patio de la granja y se quedó un rato en el asiento del conductor observando la casa-torre, del final del siglo XIII, totalmente construida en piedra, que había pertenecido a sus antepasados, bisabuelos, abuelos y por fin dejada en herencia a sus primos y a ella misma. El antiguo portal original de la grande casa estaba cerrado, como las ventanas; la luz del sol bañando la fachada con el pórtico formado por una hilera de columnas de arenisca finamente talladas del siglo XVII.
De pequeña veraneaba con algunos primos en este caserón, que no le gustaba para nada. Ahora le parecía la casa más hermosa del pueblo. Al exterior todo parecía haberse quedado igual. Bajó del coche; el empleado de la agencia inmobiliaria estaba a punto de llegar. Pero antes deseaba echar un último vistazo, a solas, al interior de la casa. Entró, y cruzando el pórtico llegó al grande salón con la chimenea, la mesa grande de roble macizo y el aparador. Ya que nadie había vivido en la casa durante muchos años, algo había empezado a deteriorarse. En unos puntos las tejas viejas dejaban pasar agua de lluvia y en algunos tablones de madera del suelo antiguo se notaban huecos pequeños, que denotaban la falta de algunos trocitos.
Por el rabillo del ojo captó un movimiento en la pared, una araña grande y negra se alejaba hacia la puerta de la cocina que estaba abierta. De las criaturas que probablemente desde siempre vivían allí, insectos, abejas y también un murciélago, solo las arañas siempre le habían dado asco. La casa tenía tres pisos, y un enorme sótano donde estaban los viejos toneles de madera de roble que custodiaban el vino y una despensa fresca y cerrada donde el abuelo conservaba el jamón.
¿Subir hasta las habitaciones más arriba o bajar?
El silencio era aplastante, solo podía oír el siniestro crujido del suelo de madera, bajo sus pies. Se acordó de la inquietud que le provocaba este sonido cuando por la noche trataba de dormir, tras haber escuchado las leyendas, esas espantosas, que la abuela solía contar a los nietos. Subió al tercer piso y entró en la grande habitación, la que había compartido con su prima. Abrió la ventana, la que daba al pequeño río Rossenna, a las ruinas del castillo y a los viñedos; se asomó. Un fuerte aroma de uva madura llenaba el aire.
¡Imposible! Su imaginación le estaba jugando una broma. Nadie se ocupaba del viñedo desde hacía muchos años y la viña no tenía ni un racimo de uvas. Bajó al segundo piso y entró en la habitación que el tío abuelo materno, sacerdote en la comunidad de Módena, solía utilizar durante sus vacaciones. Desde su ventana se veía el otro caserón y más allá el principio de los bosques de encinas, robles, castaños, donde a veces paseaba con al abuelo en busca de hongos al final de verano, y donde teniendo suerte y guardando silencio se podía ver a zorros, jabalíes y faisanes.
Luego bajó a la taberna, en aquel lugar que aún olía a vino, que su abuelo consideraba precioso y del que estaba muy celoso. Incendió una bombilla que con su luz fantasmal iluminaba los recuerdos. Por supuesto el murciélago ya no estaba.

Y de repente… alguien estaba tocando la bocina.
Se había olvidado del empleado de la agencia inmobiliaria…

Raffaella Bolletti

Nuestra Tierra

Planeta tierra, (https://www.jo99.fr/article-5442265-html/)

Has aprovechado todos los recursos naturales de nuestra tierra para alimentarte, calmar la sed, calentar las casas, viajar. Deberías haber interactuado y colaborado con nuestra tierra, al contrario en nombre del progreso tecnológico la has convertido en un vertedero. Nuestra tierra nunca perdona la falta de cuidado y ya no es capaz de tolerarnos, personas insaciables que con sus crímenes humanos destruyen los bosques, contaminan la superficie, el cielo y las aguas. Nuestra tierra está enferma y a estas alturas solo le queda atacar, volverse implacable, cruel para sacudir la indiferencia, con sequías e inundaciones, inviernos sin nieve y primaveras sin lluvias y sin golondrinas. Mira a lo alto, y acuérdate de la normalidad, cuando tus ojos disfrutaban del espectáculo que ofrece un amanecer, tus oídos escuchaban el ruido de las hojas sacudidas por el viento, el gorgorito de los pájaros en el bosque, el ruido ligero de las olas dejando una espuma blanca al romperse en la arena, y los graznidos de las gaviotas volteando sobre el mar. Mira ahora hacia la playa con sus olas rompiéndose en la orilla, sin espuma, trayendo basura; mira el amanecer sin color, el cielo y la tierra de un color gris sombrío. Ahora sí que tienes que ir al grano ya que de no llevar adelante acciones concretas todo se acabará, se callarán las voces de la fauna, desaparecida por haberse ahogado con desechos plásticos, nuestra tierra sí seguirá con su movimiento alrededor del sol, pero dejando un espantoso silencio para ti, hombre.

Raffaella Bolletti

Duelo

Aquel día, hace varios años, estaba preparado, concentrado en lo que iba a empezar, la mirada fija en los ojos del otro, el que hasta ahora había sido su amigo. Estaba preparado para su primer duelo directo. Había aprendido las estrictas reglas de comportamiento y respeto que el sensei iba inculcando desde el primer día, como por ejemplo la importancia del rito del saludo. Había aprendido que el Karate o Mano Vacía, era una filosofía de vida, que mantiene la miente abierta, que ayuda a enfrentarse con las situaciones desagradables, a aceptar a las personas por lo que son y a reaccionar de una manera positiva. Todo esto se le vino a la cabeza mientras el equipo médico explicaba las medidas que iba a adoptar para su enfermedad. “Hajime, vamos a empezar, me batiré en duelo contra este adversario invisible y a ver quién pasará a la final”. Con su propio optimismo ganó algunos duelos, pero ahora su adversario atacaba de un estilo diferente, jugaba sin igualdad de condiciones, sin respetar las reglas, con ataques cada vez más fuertes. Entonces, a sabiendas de que se sentiría demasiado desfavorecido y débil como para seguir adelante, abandonó el duelo. Así que mientras el duelo de él con el invisible terminó, para ella un otro duelo empezó afectando su vida en un camino que comienza y que nunca se acaba.

Raffaella Bolletti

Oleaje


Pablo Ruiz Picasso, Bañista sentada a la orilla del mar, 1929

Estoy aquí en la playa sentada al borde de mis recuerdos, esperándote, mientras el mar sigue levantando olas que se rompen en la orilla. Cierro los ojos y mis oídos perciben el suave sonido del vaivén de las olas, el aliento de la espuma. Se levanta el viento y el oleaje se hace más fuerte. Se acelera mi corazón, adaptándose a este ritmo. Ya no sé si es el viento que acaricia mi piel o si son tus labios, ya no sé si es el ir y venir de las olas o si es tu cuerpo que se une al mío.

Raffaella Bolletti

Latino

Te echo de menos mi querido Latino. Hace años que no nos encontramos. Era yo una estudiante liceana, tú un universitario. Me conquistaste de inmediato la primera vez que me fui de vacaciones sola. Me recibiste y me rodeaste con tus brazos, compartimos la vivacidad de ser jóvenes, las risas, la rebeldía, la vibrante sensación de alegría que se respiraba por toda parte en el entramado de pequeñas y encantadoras calles con las cafeterías, los cines, las pequeñas librerías, los teatros, Fue fácil enamorarse de ti, del derecho a soñar que teníamos los jóvenes. Volví a encontrarte unos años más tarde. Ya había acabado mi carrera escolar. Y tú, terminados los días de las barricadas y los movimientos estudiantiles del 1968, parecías haber perdido el espíritu revolucionario, cambiaste mucho, ya no eras el mismo. Te habías vuelto en un pequeño burgués, pero tu encanto seguía intacto. 

¡Te echo de menos Barrio Latino!

Raffaella Bolletti

El camino

Es un día difícil para la tortuga pequeña que rompe su cascarón del huevo y sale corriendo hacia el mar, empezando así su camino, a solas, por sus propios medios sin la ayuda de nadie. Es un día difícil para mí también, que por haber perdido hace tiempo mi camino anterior, al bifurcarse el mismo repentinamente, decido hoy apagar las luces, abrir la puerta, salir y andar un camino sin rumbo. Abandonaré los grandes senderos y seguiré el entramado de los estrechos, los más arriesgados, los que esconden dificultades, los que me obligarán a poner atención a los detalles, rebuscando sentimientos aparentemente perdidos. Llegaré tal vez a un destino final, donde encontraré otros caminos entrelazándose con el mío. ¿Seré capaz entonces de regresar a la misma playa como las tortugas marinas? ¿Seré capaz de recorrer el camino al revés, invirtiendo la cronología, rebobinando el pasado tropezando con los escombros de proyectos no realizados, de fracasos, de errores y de éxitos, sacando provecho de ellos? O tal vez, quizás, transitando de un sendero a otro, dejaré ir a la sombra que me acompaña, para perderme….perderme….perderme en este laberinto de nuevas emociones hacia un olvido del que no hay vuelta atrás, obligada a seguir adelante, actualizar el mapa de mi vida, abrir la mente a lo imprevisto, aprender a mantener la llama de la felicidad encendida gozando de las pequeñas cosas. Para percatarme, por fin, de que todo sigue igual.

Raffaella Bolletti

Nueva

Decido viajar en solitario sin maletas <<llevo en mí todo lo que necesito>>, y sin billete de vuelta<<sé que no voy a volver>>, hasta flotar en un infinito muy lejano. Me llamo NUEVA como NUEVA es esta misión cuyo viaje todavía no ha acabado ni, de momento, tiene pinta de hacerlo. Queda un largo camino por recorrer. A través de nebulosas, cola de cometas, y estrellas en espera de ser bautizadas con nombres poco creativos, siento un telescopio espacial que me apunta: acaban de descubrir mi presencia.

Desde mi paradero extrasolar he visto la progresiva destrucción de la Tierra y la inquietud que ahora sacude al ser humano. Así que tengo que darme prisa para llegar pronto en ayuda de mi lejana gemela, chocaré con la Tierra y fusionándome con ella aportaré mis recursos. Me llamo NUEVA y por ser tal causaré un poco de tensión pero despertando también emociones y curiosidades. ¿Tendrá el ser humano la capacidad de empezar como si fuera un recién nacido aprovechando la experiencia adquirida y mi sacrificio?

Raffaella Bolletti

¡Basta ya!

Este es un mensaje para la clase política mundial y los productores que parece no han entendido nada y siguen actuando de una manera irresponsable con respecto al asunto. Somos los nuevos indignados, somos los del Movimiento Rebelde 1A. Los peces de diferentes clases, tras reunirnos en mitin en las profundidades, cansados y asustados por la especie más peligrosa del mar -la botella, la bolsa y el envase de plástico- hemos constituido una Sociedad Colectiva denominada Sociedad de Fomento, sin fines de lucro, con un número de socios ilimitado y que tiene como objeto social el desarrollo de actividades en beneficio del conjunto de la comunidad de los animales marinos, la eliminación de los desechos de plástico del mar, el fomento de la toma de conciencia de los productores y consumidores. En cumplimiento de nuestra rebelión informamos que el 1A está recogiendo y restituyendo al ser humano, en todas las playas del planeta toneladas de plástico, para que deje de una vez por todas de pensar solo en intereses económicos y no se atreva a volver a utilizar como vertedero nuestro ambiente. Consumidores tenéis que ser diferentes, no indiferentes. ¡Dejad de ser clientes y sed ciudadanos del planeta! 

¡BASTA YA!

Para más información visite la página http://www.elplásticonomegusta@pez.océano 

Raffaella Bolletti

Un pequeño deseo

Durmió muy poco, tiritando y despertándose a ratos, en la noche fría. Por la mañana se levantó en una cama desierta, deseando matar la almohada y destrozar las sábanas que olían a recuerdos, caricias, abrazos. Al abrir la ventana miró el bosque silencioso: allí estaban bajo un enfermizo rayo de sol. Ella con sus brazos desnudos, por ser invierno, temblando ligeramente como en un baile extraño, con su cuerpo, un tronco delgado y blanquecino que desataba una carga emocional, un imposible deseo de ser abrazado y poseído. Estaba él a su lado, con sus largos brazos como ramas llenas de hojas puntiagudas, deseando a través de un abrazo fundirse en su cuerpo liso. Por fin con la poderosa fuerza del deseo que todo lo mueve, logró doblarse lo suficiente como para rodearla con sus ramas. Fue entonces que se identificó con ellos, dos árboles, un abedul y un pino, imaginando un contagio de los dos mundos donde, precipitando en una espiral al revés, descendiendo a través de círculos cada vez más pequeños llegar al punto de origen, buscar la clave para realizar su pequeño deseo de que alguien la abrazara al despertarse.

Raffaella Bolletti

El camino

Es un día difícil para la tortuga pequeña que rompe su cascarón del huevo y sale corriendo hacia el mar, empezando así su camino, a solas, por sus propios medios sin la ayuda de nadie. Es un día difícil para mí también, que por haber perdido hace tiempo mi camino anterior, al bifurcarse el mismo repentinamente, decido hoy apagar las luces, abrir la puerta, salir y andar un camino sin rumbo. Abandonaré los grandes senderos y seguiré el entramado de los estrechos, los más arriesgados, los que esconden dificultades, los que me obligarán a poner atención a los detalles, rebuscando sentimientos aparentemente perdidos. Llegaré tal vez a un destino final, donde encontraré otros caminos entrelazándose con el mío. ¿Seré capaz entonces de regresar a la misma playa como las tortugas marinas? ¿Seré capaz de recorrer el camino al revés, invirtiendo la cronología, rebobinando el pasado tropezando con los escombros de proyectos no realizados, de fracasos, de errores y de éxitos, sacando provecho de ellos? O tal vez, quizás, transitando de un sendero a otro, dejaré ir a la sombra que me acompaña, para perderme….perderme….perderme en este laberinto de nuevas emociones hacia un olvido del que no hay vuelta atrás, obligada a seguir adelante, actualizar el mapa de mi vida, abrir la mente a lo imprevisto, aprender a mantener la llama de la felicidad encendida gozando de las pequeñas cosas. Para percatarme, por fin, de que todo sigue igual.

Raffaella Bolletti