Viejos tiempos

Cada domingo por la tarde, salía de paseo con mi padre, siempre observando el mismo ritual, siempre con un rumbo que parecía establecido de antemano. Aquella fría tarde de un noviembre de hace muchos años, mientras la ciudad estaba envuelta en una espesa niebla gris, mi padre decidió dar un salto cualitativo en la costumbre del domingo y, en lugar de llevarme al zoológico (ya conocía yo hasta cuantos pelos tenía en la superficie de su cuerpo, cada animal) me dejó fuera de juego y me llevó al cine. Entramos a la sala por el pasillo central y tomamos asiento. A mí siempre me encantaba el brevísimo rato en el que la sala, al apagarse las luces, permanecía oscura. Huelga decir que yo, por ser niña, esperaba ver una película de dibujos animados, en cambio empezó la proyección de una de esas películas del oeste que tanto le gustaban a mi padre. Los Nativos Americanos, unos salvajes, representados como enemigos, sanguinarios y depredadores atacando la diligencia, a mí me caían muy bien, apostaba por ellos. Pero siempre llegaba la caballería y arrasaba sus tribus en una nube de polvo que parecía dificultar la respiración como la nube de humo que envolvía la sala, puesto que la gente solía fumar en el cine. Pensaba yo que hubiera sido lo mismo si hubiéramos dado un paseo en la niebla. En ambos casos el aire era irrespirable.

Raffaella Bolletti

Ocaso urbano

El día se iba hacia el atardecer. 
El cielo, renombrado por su gris, se dejaba pintar de un inesperado rojo carmín. En la casa reinaba un silencio relajante.
Ana, para gozar de aquellos últimos rayos de sol, y para descansar un poco, se sentó en la silla de mimbre en un rincón del pequeño balcón. El aire era dulce. El sol había cruzado el puente e iba poco a poco desapareciendo detrás de los últimos edificios.
Impresa en su mente tenía la imagen de un puente… sí de un puente, pero de un puente de madera… y una cara… sí una cara de un fotógrafo guapo y encantador.
¿Cuántas veces vio aquella película?
Lo suficiente como para aprenderse de memoria casi todos los diálogos y cada vez se dejaba conmover por aquel amor tan profundo, tan único, concentrado en cuatro días. Al final de la película se hacía siempre la misma pregunta.
¿Que hubiera hecho yo si hubiera estado en los zapatos de la mujer de la película?
La respuesta era siempre la misma. Habría optado por su familia, pero le habría gustado muchísimo vivir aquellos cuatro días y guardar el secreto durante toda la vida.
—¡Vieja loca romántica! —dijo Ana en voz baja! —A nadie nunca se le ocurrió hacer fotos a este triste "Ponte della Ghisolfa!.
Sonriendo cerró la puerta del balcón y empezó a poner la mesa.

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Iris Menegoz

Cine

Una de mis primeras películas fue un romántico musical: “Camelot”, con Vanessa Redgrave y Richard Harris, ambientada en un idílico paisaje brumoso, envuelto en una niebla de ensueño. Triángulo amoroso, amor imposible y desesperado. Al final de la película, mientras me secaba las lágrimas, descubrí a mi acompañante, mi primo Rafael, que ¡dormía de plácido aburrimiento!

Muchas otras películas me han emocionado y divertido a lo largo de mi vida. 

Además de la trama, los actores entrañables, hay bandas sonoras inolvidables: la de “Lo que el viento se llevó”, “Casablanca”, “Psicosis” (la ducha terrorífica con Anthony Perkins al acecho), Ennio Morricone en películas del spaghetti western, de la mano de su amigo Sergio Leone. Inolvidable “El bueno, el malo y el feo”, “Érase una vez en América”, las partituras de Nino Rota para “El padrino” de Francis Ford Coppola…

¿Qué haríamos sin el cine? Lo importarse es no llevarse un lastre como Rafael… Es algo para compartir y saborear, como un plato delicioso.

Maria Victoria Santoyo Abril

Por lúdica pasión

“El juego es como una isla en medio de la vida del chico: esa es la felicidad.”

          (María Elena Walsh)

No recuerdo cuándo escuché por primera vez a María Elena Walsh pero no cabe duda que pertenezco a la primera generación de argentinos formada con sus canciones. Por si alguien no lo sabe, María Elena Walsh (1930-2011) fue una poeta, escritora, dramaturga, cantante y compositora argentina que a fines de los años cincuenta revolucionó la literatura infantil hispanohablante.
Lo que sí recuerdo muy bien es cuando mis jóvenes padres me llevaron por primera vez a un lugar majestuoso, una especie de catedral que llamaban Teatro, donde el duo “Leda y María” presentaba la obra para niños “Canciones para mirar.”


Corría el año 1962 y el teatro era el Municipal General San Martín de Buenos Aires, gigante de vidrio y cemento inaugurado solo un par de años antes y que se convertiría en uno de los centros culturales más importantes de Latinoamérica. El espectáculo, todo una novedad. Una obra que rompía con las monótonas y empalagosas producciones dedicadas al mundo infantil. Una especie de cabaret para chicos –canciones, disfraces, pantomimas, monólogos disparatados- creado e interpretado por María Elena Walsh junto a Leda Valladares, folclorista tucumana, musicóloga y cantante; duo que se había consolidado en París durante los primeros años cincuenta entonando motivos del folclore argentino en la bohemia de los cafés literarios y en el flamante Crazy Horse.
Fue en París que Walsh, poeta ya estimada por Juan Ramón Jimenez, comenzó a escribir canciones para niños readaptando a la lengua castellana los juegos lingüísticos y el nonsense de las antiguas nursery-rhymes.
En Europa, como dirá más tarde, María Elena redescubre su infancia. Para esta joven crecida en una familia de ascendencia inglesa, irlandesa y andaluza, la recuperación de la niñez nada tiene que ver con la nostalgia sino con el presente vital de la fantasía, de la creación, del juego. “Creo que la única felicidad de los chicos radica en el juego”, dice la artista arrasando de una vez por todas con ese mito azucarado que considera la infancia la edad de oro por excelencia, “ y, dentro de este contexto”, prosigue, ”el juego verbal y el musical son extremadamente importantes.”


Hay 25 pajaritos
encerrados en el pastel.
Hay 25 pajaritos
y una cucharada de miel.
El Rey está en la torre
contando monedas de oro.
El Rey está en la torre
con una lechuza y un loro.
La Reina está en el salón
comiendo pan con mantequilla.
La Reina está en el salón
con una corona amarilla
(“Pastel de pajaritos” M.E.Walsh, versión libre de “Blackbirds in a pie”)

La fantasía es el núcleo central de la obra de Walsh. Una fantasía que abarca el sinsentido, la irreverencia, la magia, la poesía, jamás lo truculento –como en los tradicionales cuentos infantiles- la intención pero nunca lo ilógico, algo inaceptable desde el punto de vista infantil. Escribo entre los chicos, solía decir la artista, no para los chicos.
De aquella lejana tarde en el teatro conservo emociones entremezcladas: alegría, grande expectativa y casi un temor reverencial por todo lo que se desarrollaba en el escenario: las voces cristalinas del duo quebrando el silencio de la sala al son de guitarra y percusiones, los coloridos disfraces de la pareja de actores que mimaban los textos. Un espectáculo sencillo y a la vez exuberante, poblado de personajes tan imaginarios como cotidianos que hubieran podido tranquilamente tomar el té con Alicia en el país de las maravillas: la hormiga Titina que con su sombrilla de flor amarilla camina con maña por la telaraña, la mona Jacinta que se peina y se peina porque quiere ser reina (“ay, no te rías de sus monerías”), la Vaca estudiosa que a pesar de ser abuela quiere ir a la escuela o la familia de polillas que por compasión de la oronda naftalina (“¡no la mates!, me da pena”) decide mudarse de ropero. Canciones que desmantelaban con desparpajo los estereotipos de la educación de la época y metían patas para arriba el mundo proponiendo perspectivas oblicuas, despatarradas, que sin pretende enseñar nada (la rebeldía de Walsh desdeñaba todo tipo de moralina) revelaban el aspecto lúdico y paradójico de la existencia.

“Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.
Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.”
(El Reino del Revés)

Cuenta la historia que el espectáculo tuvo tanto éxito que los grandes sin hijos buscaban críos prestados para ir a cantar junto a toda la chiquilinada. En 1963 el duo estrena “Doña Disparate y Bambuco.” El mundo walshiano se puebla de nuevos personajes: el intrépido Mono Liso que “a la orilla de una zanja cazó vivo una naranja”, la tristeza de los castillos medievales “solos a la orilla de un río”, el deseo absoluto de Matías el Osito que quiere comprar un tiempo no apurado, todo lo que guardan los espejos, cuentos de la mano de una abuela y una pelota que haga gol. En esta obra aparece por primera vez uno de mis personajes preferidos, Manuelita la tortuga que, enamorada, decide marcharse a Europa “un poquito caminando y otro poquitito a pié” para hacerse embellecer.
“Tantos años tardó en cruzar el mar
que allí se volvió a arrugar,
y por eso regresó
vieja como se marchó
a buscar a su tortugo
que la espera en Pehuajó.”
(“Manuelita la tortuga”)

A partir de 1968 la artista se aleja del mundo infantil y pasa a escribir canciones para adultos que sin ser declaradamente de protesta como el contexto lo requería afrontan, en ese estilo franco y reservado que la caracteriza, temáticas candentes: la violencia del poder, la emigración, la relación conflictiva con la tierra natal. Estrena, ya como solista, el exitoso espectáculo “Juguemos en el mundo.” Muchos de sus temas -“Zamba para Pepe”, “Serenata para la tierra de uno”, “Como la cigarra”- entrarán en el repertorio de grandes intérpretes como Mercedes Sosa.

“Tantas veces me mataron
Tantas veces me morí
Sin embargo estoy aquí resucitando
Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal
Porque me mató tan mal
Y seguí cantando”
(Como la cigarra)

A lo largo de su vida María Elena Walsh publicará poemarios, cuentos para niños, artículos periodísticos (es famosa su nota “Desventuras en el País Jardín de Infantes” que en 1979 enfrenta a la censura de la dictadura), dos novelas en parte autobiográficas “Novios de antaño” y “Fantasmas en el parque” y una entrevista concedida durante su larga enfermedad a Gabriela Massuh y publicada en 2017 en forma de libro, “Nací para ser breve”. Ha recibido premios y reconocimientos internacionales como el del prestigioso Premio Hans Christian Andersen y su obra ha sido traducida en diferentes idiomas. A su muerte, por iniciativa de la fotógrafa Sara Facio, compañera de toda una vida, nace la fundación que lleva su nombre.

María Elena Walsh fue una voz anticonvencional en el panorama argentino y latinoamericano, una librepensadora que transformó la literatura infantil y puso alas a la fantasía de muchas generaciones de niños y adultos. Lo hizo como era su estilo, con inteligencia, elegancia e ironía, con talento y humildad, sufriendo también la censura, la discriminación, la distancia. Desde aquellos lejanos años sesenta sus canciones han entrado a formar parte del imaginario de generaciones y generaciones de argentinos. La mía, no cabe duda, fue la primera pero no será la última a seguir entonándolas, agradecida, no por nostalgia sino por obstinada y lúdica pasión.


Mercedes Sosa, Serenata para la tierra de uno: https://youtu.be/dIjGVX67-iA

María Elena Walsh, Antología para niños : https://youtu.be/-4-CgZMqBZI

María Elena Walsh, El 45: https://youtu.be/msc3HOyM82g

Mercedes Sosa, Como la cigarra: https://www.youtube.com/watch?v=wv_-kUkP998


Adriana Langtry

Flor

En latín: FLOS,  en español: FLOR, en francés: FLEUR,  en italiano: FIORE. Son palabras mágicas para nombrar un objeto maravilloso que puede durar desde una hora a varios días, nos dar un beso de belleza y a veces incluye un valor más: un perfume más o menos embriagador. Las infinitas variedades y colores han sido pintadas y fotografiadas sin fin. Una FLOR es lo que más se regala para expresar sentimientos variados, ¡es como una píldora de felicidad que no tiene igual!

Simonetta Ferrante………………..

La flor de mi jardín

Amapola, la flor del sueño

 

Hace treinta años pertenecí a la aviación de mi país, era paracaidista. Bueno, luego viajé a España buscando un mejor porvenir, lamentablemente las cosas no salieron como había planificado.

Sin un trabajo y sin un centavo todos los días iba a la iglesia San Antonio de La Florida, esperando que los parroquianos me regalasen una limosna, ya que vivía en las orillas del río Manzanares, en medio de unos matorrales.

Cubierto por mi triste agonía seguía bregando, miraba al cielo orando a Dios por encontrar un trabajo, pero lo primero que mis ojos confundidos miraban, era el teleférico que nublaba mi necesidad. 

Pasado el tiempo, mi necesidad principal ya no era el trabajo o regresar a mi país, simplemente era subirme en aquel bendito animal… ¡perdón! Teleférico.

Tantas veces tuve los increíbles 6 euros para subir, pero el licor podía más que mi sueño y por ende nunca puse empeño. 

Bueno hoy vivo muy lejos de Madrid y solo lo sabe Dios por qué nunca subí. Particularmente creo que fue una semilla que sembré solo en mi fantasía porque en la realidad nunca floreció debido a la mala hierba que existía en mi jardín cerebral, la cual me hacía tanto mal.

Luis Alberto Prado

La flor de Marita

En el pasillo, en la planta baja, pueden pasear los locos que los doctores no consideran peligrosos para sí y para los demás. 

Mauro tiene unos ojos azules que te atraviesan, y siempre pide dinero para cigarrillos. Abel lleva puesto todo el año un gorro que le llega hasta las gafas gruesas como fondo de botella. Manuela se para a secas cuando encuentra a alguien, y le repite “buenos días” mil veces, antes de irse tambaleando sobre sus zapatos rojos que intentan hacer juego con las medias fucsia y el bolso dorado. Marita, pelirroja como una cebolla dorada, lleva una flor falsa de las del cementerio en el pelo ya un poco desteñido.  

Hace cuatro meses que vengo aquí cada día, desde la última crisis de Alfonso. Poco a poco he aprendido a conocerlos, estos locos que tienen la suerte de estar menos locos, que pueden salir de su habitación. Alfonso no. Ya no… 

Hay días en que todo esto se me hace tan normal que puedo llegar a sonreír e intercambiar algunas palabras con ellos, y hay días en que no puedo más: ver al propio hijo aquí es demasiado para una madre. 

Hoy camino por el pasillo observando el suelo, evitando las miradas, me paro frente a la maquinita de café, inserto una moneda. Marita se acerca: “¿Me regala un café?” Está prohibido dar bebidas a los “huéspedes”, pero hoy no soy capaz de negarme. Silenciosamente le paso la tacita y pongo otra moneda en la máquina. Marita me lo agradece con un tal entusiasmo que rompo a llorar. 

—¿Qué le pasa, señora, puedo ayudarla? — me pregunta. 

Luego, se quita la flor descolorida del pelo y me la da. 

Silvia Zanetto

Flor

Esa mañana, como las otras desde hacía 2 semanas, Laura encontró sobre su escritorio una hermosa rosa blanca sin ningún mensaje. No conseguía saber quién podía habérselas enviado; non podían ser sus colegas porque tres estaban casados, y el cuarto odiaba a las mujeres, sostenía que eran culpables de todos los males de la humanidad. Decidió que a la mañana siguiente se despertaría a las cinco y para estar a las 6 en la oficina, para ver si descubría quién le mandaba esa hermosa flor. El día siguiente a las 6 estaba en la oficina, escondida en la oficina del jefe esperando. Un poco antes de la siete vio que quién le dejaba la flor – maravilla de las maravillas – era el colega que odiaba las mujeres. Entonces decidió preguntarle cómo él, que odiaba a las mujeres le regalaba una flor y por qué lo hacía a escondidas. Cuando la vio, se sonrojo come si se avergonzara. Le contestó que odiaba  a las mujeres con las que había tenido experiencias non muy simpáticas, pero eso antes de conocerla porque ella era distinta, él estaba seguro de que no era solamente hermosa de aspecto exterior pero también dentro. Tenía miedo de que ella se enojara y non quisiera verlo más y le pidió si aceptaba salir con él. Laura se conmovió y le dijo que sí. Hoy, dos años después, en un hermoso día de abril, entre otras flores que recibió por el nacimiento de su hija Valentina hay una flor especial, una hermosa rosa blanca con un mensaje: un beso y un abrazo a mi dos grandes amores. Sergio marido y padre super feliz.

Gloria Rolfo

Una flor engañosa

Flor de beso

Durante la noche hubo mucha humedad y la flor grande, exótica y bonita aún estaba salpicada por algunas gotas de rocío. Despertó y abrió sus dos pétalos color rojo purpúreo luciendo todo su esplendor, lista para ser lo más cautivadora posible. Un novato fraile paseaba en ese mismo jardín, atraído por una fragancia dulce e intensa que le llenaba la nariz. De pronto la vio sentada en el único banco, bajo el almendro. ¡Una mujer en el monasterio! Incrédulo se acercó y la miró, ella también le miraba. Era una mujer que aparentaba unos treinta años, hermosa, atractiva, con grandes ojos verdes y una boca expresiva de labios carnosos pintados de un rojo intenso. La fragancia embriagadora parecía desprenderse de ella. El fraile no se pudo resistir y la besó, pero de pronto descubrió que algo estaba cambiando en el rostro de ella, algo que le disgustaba. De sus ojos verdes salían unas pequeñas ramitas; su boca empezaba a cerrarse segregando un jugoso y muy pegajoso néctar. Se quedó atrapado por su mismo beso mientras ella le decía: 

—Me llamo Flor de Beso y tú eres mi alimento favorito. 

Poco a poco la mujer reveló lo que realmente era: una maravillosa y llamativa flor de una planta carnívora engañosa y asesina. El novato había caído en la trampa como un insecto.    

Raffaella Bolletti

La rosa de Giuseppe

Hace tres años, era el mes de mayo, encontré a Giuseppe durante una estancia de dos días en una finca afuera de la ciudad, convertida en un confortable hotel. Practicábamos taichí y danza terapia, todo el día en absoluto silencio.

Giuseppe llamó mi atención. Era alto, delgado, cutis moreno, mandíbula fuerte, labios carnosos, nariz perfecta, ojos profundos y mirada que te mata. Su pelo negro y espeso cruzado por hilos plateados, estaba recogido en una pequeña cola. Aprendimos a conocernos durante la comida y en la fiesta de la última noche de la estancia. Su voz era profunda, como si hablar le costara. Tenía un buen sentido del humor y reía con gran gusto.

Si «el amor empieza cuando no se espera nada a cambio» yo me enamoré al instante.

Nos encontramos después de las clases de taichí en el parque y asistimos a diferentes manifestaciones.

«No importa la cantidad del tiempo que pasamos con un amigo sino la calidad del tiempo que vivimos con él«.

Una noche de otoño, durante una cena, mi maestro de taichí, con voz llorosa me confió que desde hacía tres años, Giuseppe luchaba contra un cáncer en el cerebro. Falleció en el mes de noviembre. Tenía cuarenta años.

«Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer«.

Algunos días después de su muerte, nosotros, los compañeros de taichí y el maestro, nos encontramos en el parque. Sujetamos nuestras manos y pensamos en él, leímos poemas, hablamos del destino, de la amistad y, bajo un enorme árbol, plantamos un pequeño rosal. Durante todo el ano la cuidamos con cariño y en mayo floreció la primera y única rosa amarilla.

«Fue el tiempo que pasaste con tu rosa que la hizo tan importante«

Un día de invierno, pasando por el parque, vi que el enorme árbol que protegía nuestra rosa había sido talado y con él nuestra plantita.

Si es verdad que «Renunciar a todos tus sueños porque uno de ellos no se realizó» decidí que en primavera plantaría otra rosa.

En primavera fui al parque para decidir donde plantar la futura rosa. Acercándome al sitio donde estaba el árbol, la vi. ¡Rodeada y casi sepulta por trozos de raíces, nuestra pequeña planta había decidido combatir y renacer!

«No era más que una rosa semejante a cien mil otras. Pero la hice mi amiga y ahora es la única en el mundo«.

Nota: Las frases en cursivo pertenecen al Pequeño Príncipe de Antoine de Saint-Exupéry

Iris Menegoz

La flor del renacimiento

Desde la ventana de mi habitación sólo podía ver la pequeña terraza de un vecino con un jarrón y una hermosa flor sobresaliendo de él. La cama me tenía cautiva desde hacía meses debido a la parálisis en las piernas causada por la enfermedad que me había afectado. En mi condición de inválida, no podía moverme, el  único contacto con el mundo exterior, además del cielo, era la pequeña flor. Las estaciones se sucedían y cambiaban como ella lo hacía, en primavera era exuberante y fresca, en verano era calurosa pero palpitante de energía, en otoño era un poco melancólica y teñida de gris, y en invierno era fría y de colores apagados.

Mi salud no mejoró y se temía lo peor. Pero la flor siempre estaba ahí y me daba fuerzas para apretar los dientes y seguir adelante.

Desde mi ventana veía el sol que girando marcaba el paso del tiempo, la lluvia que a veces me animaba y la nieve  que acariciaba y protegía a mi pequeña amiga. Mi vida estaba con ella y ella era mi compañera inseparable, si se hubiera marchitado habría muerto con ella.

Un hermoso día antes del domingo de Pascua, mi madre entró en la habitación entusiasmada con los exámenes clínicos en su mano gritando de alegría: – ¡Estás curada! A partir de ahora puedes llevar una vida normal! –

Empecé a llorar, y después de unos días me levanté y fui a la ventana a ver el jarrón con la pequeña flor guardiana de mi vida.

Junto a él estaba el artista que estaba modificando el dibujo con temple.

Ahora era hermoso, de colores espléndidos, vivo, cegador; era sólo un cuadro en la pared, que el pintor modificaba día tras día para hacerme vivir con él.

Luigi Chiesa

Flor

En un caluroso día de junio, en un campo lleno de amapolas y acianos, nació un maravilloso lirio blanco, tanto la hierba como otras flores se volvieron hacia su lado para oler su delicioso perfume.

La flor se sentía un poco rara porque entre tantas flores rojas y azules solo ella era blanca, pensaba en cuánto su vida era corta y en que nadie la habría nunca mirado. Hablaba con otras flores que envidiaban su belleza y las veía marchitarse gradualmente.

Un día, cuando había perdido la esperanza, llegaron al campo tres niñas con su mamá y se pararon frente a ella para respirar su perfume y admirar su blancura; escuchando lo que decían, supo que cada flor tiene un significado, el suyo le gustó mucho: «si tu regalas un lirio a una niña o a una mujer, ella se sentirá una reina» y también decían que el lirio cada año vuelve a florecer.

La flor de repente se puse feliz y cuando la niña más pequeña la recogió para regalarlo a su Mamá, sintió un poco de dolor, pero supo que había hecho feliz a una mujer.

Leda Negri

La flor de Elsa

Sus padres fueron campesinos cruelmente asesinados por la violencia de la guerra partidista de los años cincuenta. Los cuerpos despedazados a machete, no pudieron ser enterrados y, diseminados por el tiempo, se fueron fundiendo con la negra tierra de la montaña y los verdes de su selva. 

Elsa Rodríguez era su nombre, inolvidable para todos… 

Muy lejos y por caminos de herradura mi padre tuvo que viajar a por ella para traerla a casa, como la nueva muchacha de servicio, que con los años se convirtió en parte de nuestra familia. 

Barnizado su cuerpo de bronce por el sol montuno, así la conocimos siete hermanos hombres más mi papá ya adulto y viudo, un total de ocho. 

Nos quedamos con ella y también ella con nosotros. Los días fueron pasando y el encanto compartido se fue mimetizando… Indolentes, la solicitábamos a todas horas y al mismo tiempo, transformábamos el aire dulce de su nombre en babilónico alboroto. 

No volví a pedirle nada convirtiéndonos en cómplices de pilatunas compartidas.

Un día la casa quedó totalmente sola, con nosotros dos adentro… Ella era muy joven y yo muy niño. 

Oí su llamado repetidas veces. Corrí a buscarla y ahí estaba Elsa sentada a horcajadas en el piso de su alcoba, con la falda arremangada sin que la cubriera nada. Me pidió que me acercara…  

—Niño venga mire. —me dijo con dulzura… Entre sus piernas aparecía el más hermoso bosque negro que con cada mano e infinita delicadeza apartaba para que yo viera lo espectacular de ese momento por ella descubierto para mi fuera… una fuerza invisible, desconocida y poderosa me atrapó… paralizado caí de rodillas con mis ojos sorprendidos muy cerca de lo que Elsa abría y me mostraba del abundante oscuro y suave, entre el asombro, el estupor y la fascinación nuestra, surgió respirando la más hermosa flor de pétalos rosados

Olmo Guillermo Liévano

La flor del Tapañol

Irises- Vincent Van Gogh
La flor del Tapañol no necesitamos buscarla, aquí está
El gran pintor que venía del profundo norte, de azul la vestía
Pero, si todos los colores le pertenecen, predomina la plata.

La flor del Tapañol, de elegancia vestida, es preciosa 
Su don innato para combinar tejidos, accesorios y ropa
Inventar joyas con trozos de papel o de lana, nos encanta.

La flor del Tapañol, explota de emociones como una bomba 
Sabe combinar sátira y nostalgia con un poco de sensualidad
Pero siempre nos maravilla con una sonrisa inesperada.

La flor del Tapañol, amable y humilde, también es imperiosa
Con ella, el matriarcado tiene sentido, porque nos apacigua
Nos tranquiliza en la dulzura de una ilustración recuperada.

La flor del Tapañol, no necesitamos buscarla, es única
Cada día, materna, nos circunda, nos envuelve, nos cuida
Todos la queremos, sin ella no existiríamos. Iris se llama.
Jean Claude Fonder

La calle de los santos equivocados

Confieso que, en el inmenso mundo del arte, desde siempre fui partidaria de las «Anunciaciones». Especialmente de la figura de la Virgen. Siempre joven, sorprendida, asustada, obediente, pero nunca feliz. Como si supiera que aquel anuncio le iba a traer, antes o después, un sufrimiento.

Cuando vi por primera vez la «Annunciazione» de Lorenzo Lotto (1527), me pareció un poco rara. La pintura tenía una atmósfera anómala, misteriosa. Como si la historia que nos han contado desde hace siglos se estuviera desarrollando de manera diferente.
Antes de empezar esta historia, considero imprescindible ilustrar la escena donde se desarrolla.
Un cuarto oscuro, sencillo, un reclinatorio y un taburete de madera, una ménsula con algunos libros y una vela. Se vislumbra una cama entrecubierta por un baldaquín. El cuarto es muy largo y la puerta abierta termina en un arco desde donde se observa un jardín y un cielo azul y rosa. En primer plano, una joven preciosa con un traje estupendo rojo carmín y una bufanda azul de seda que le tapa en parte la cabeza y los hombros. A la izquierda, el Arcángel Gabriel con la melena rubia, un traje de seda azul, la piel blanca, los ojos grandes y un lirio blanco en la mano. En resumidas cuentas, un Arcángel precioso, un poco gordito, pero precioso. La única particularidad que lo distinguía de los clásicos Arcángeles eran las alas. En lugar de las comunes plumas suaves de miles de colores, tenía dos «cosas» grises y oblongas, más propias de un insecto raro que de un Arcángel de ese nivel.
—¡Que susto, hombre! —gritó la joven volviéndose con un sobresalto del reclinatorio donde estaba rezando.
En el mismo momento, también Micifuz, el tranquilo gordo gato de casa, se puso a correr con el pelo erizado, asustado por aquella presencia inesperada y un poco inquietante.
—Soy un ángel, o más bien un Arcángel, el Arcángel Gabriel —respondió él.
¡Ave, María Virgen! (ave es como decir hola, pero un poco más antiguo). Estoy aquí para anunciarte que tendrás un hijo.
—¿Otro? —dijo ella con voz asustada. — Para empezar, no me llamo María si no Raquel; segundo, no soy virgen porque tengo un marido, y por último, tengo tres hijos, tres varones terribles y ni hablar de engendrar otro. En mi modesta opinión, señor Arcángel Gabriel, usted se está equivocando.
—¡Dios personalmente me ha enviado aquí a Nazaret! —insistió él. — ¿Estamos en Nazaret verdad?
—Sí, señor Gabriel, —respondió Raquel.
—¿Esta es la Calle de los Santos Equivocados?
—¡Sí señor Gabriel! —asintió ella.
—¿Estamos en el número 12? —preguntó él con voz un poco temblorosa.
—Me temo que no, señor Gabriel. Este es el número 21. Pero conozco una joven que se llama María, mujer del carpintero que vive en el numero 12 —anunció Raquel un poco divertida.
De repente, encima del gran arco de la puerta, detrás de una nube blanca como la nata, se asomó la imponente figura de un viejo vestido de rojo carmín, con larga barba y melena de plata. Con un brazo tendido y amenazador emitió un grito tremendo como un trueno.
—¡GABRIEL! ¿qué diablos estás haciendo? ¡Pide perdón a la señora Raquel y concluye tu misión! Te estás volviendo viejo. Ya sabía yo que no tenía que confiar en ti. La próxima vez se lo pido a Miguel que es más joven y un poco más espabilado.
¡Los Arcángeles de hoy en día no son como los de antes!


Iris Menegoz

El Bolero

Raoul DUFY, Le grand orchestre, 1942

Cuando me despierto, hay una melena negra a mi lado. No puede ser mi esposa, a menos que sea una peluca.
Y lo es. Se me queda en las manos cuando quiero asegurarme. El hombre que la lleva se levanta de repente, recupera el peluquín y se disculpa. Está en calzoncillos, demasiado grande para su delgadez blanquecina y peluda.
Lo veo de nuevo en medio de la escena vacía, sentado y concentrado en su instrumento. Todavía está en calzoncillos, pero está vestido con un cuello falso, la parte delantera de una camisa y una pajarita, todo en blanco, como lo que algunos llevan debajo del hábito de ceremonia. También lleva una peluca negra que está toda despeinada.
Ante él un tambor. El músico sostiene los dos palillos suspendidos en espera, cerca del borde superior de la caja. De repente, un primer redoble apenas audible, aparece el director en el podio, con el mismo atuendo, pero mucho más atractivo. Marca el compás, y el tambor lo sigue en la oscuridad.
La flauta y su instrumentista aparecen entonces para lanzar el primer tema, muy erótico. Él también está vestido de esa manera extraña. Con el segundo tema, el clarinete toma el relevo, una mujer lo toca, su color es aún más redondo y sensual, la música apenas vestida con sus bragas, lleva un collar suntuoso que cubre en parte su pecho. El tambor sigue redoblando obstinadamente cada vez más fuerte y los músicos, cada vez más numerosos, alternan y combinan los instrumentos para conseguir sonoridades cada vez más ricas y cautivadoras.
El tambor ahora está desencadenado, la orquesta está completa. Tocan el disonante y delirante final: una copulación musical de los instrumentos … y de sus intérpretes.

No quería, pero me desperté.


Jean Claude Fonder

Regreso a Gombola


Estaba casi al final del viaje. A lo lejos ya se distinguía el Castillo.

Una fortificación medieval compuesta por varias edificaciones a las que se accedía pasando un arco en piedra de arenisca. Un pueblo, formado por el Palazzo de la Podesteria, la iglesia, el campanario y algunas casas, construido en la cumbre rocosa que dominaba el río Rossenna que dividía el pueblo de Gombola en dos partes. Un lugar perfecto para construir un castillo que fue el hogar de los Condes da Gomula, señores feudales de origen longobardo. También se distinguía la antigua iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, donde se celebró el matrimonio de sus padres.
Finalmente llegó a destino, a esa pequeña y desconocida aldea de los Apeninos Emilianos. Aparcó el coche en el patio de la granja y se quedó un rato en el asiento del conductor observando la casa-torre, del final del siglo XIII, totalmente construida en piedra, que había pertenecido a sus antepasados, bisabuelos, abuelos y por fin dejada en herencia a sus primos y a ella misma. El antiguo portal original de la grande casa estaba cerrado, como las ventanas; la luz del sol bañando la fachada con el pórtico formado por una hilera de columnas de arenisca finamente talladas del siglo XVII.
De pequeña veraneaba con algunos primos en este caserón, que no le gustaba para nada. Ahora le parecía la casa más hermosa del pueblo. Al exterior todo parecía haberse quedado igual. Bajó del coche; el empleado de la agencia inmobiliaria estaba a punto de llegar. Pero antes deseaba echar un último vistazo, a solas, al interior de la casa. Entró, y cruzando el pórtico llegó al grande salón con la chimenea, la mesa grande de roble macizo y el aparador. Ya que nadie había vivido en la casa durante muchos años, algo había empezado a deteriorarse. En unos puntos las tejas viejas dejaban pasar agua de lluvia y en algunos tablones de madera del suelo antiguo se notaban huecos pequeños, que denotaban la falta de algunos trocitos.
Por el rabillo del ojo captó un movimiento en la pared, una araña grande y negra se alejaba hacia la puerta de la cocina que estaba abierta. De las criaturas que probablemente desde siempre vivían allí, insectos, abejas y también un murciélago, solo las arañas siempre le habían dado asco. La casa tenía tres pisos, y un enorme sótano donde estaban los viejos toneles de madera de roble que custodiaban el vino y una despensa fresca y cerrada donde el abuelo conservaba el jamón.
¿Subir hasta las habitaciones más arriba o bajar?
El silencio era aplastante, solo podía oír el siniestro crujido del suelo de madera, bajo sus pies. Se acordó de la inquietud que le provocaba este sonido cuando por la noche trataba de dormir, tras haber escuchado las leyendas, esas espantosas, que la abuela solía contar a los nietos. Subió al tercer piso y entró en la grande habitación, la que había compartido con su prima. Abrió la ventana, la que daba al pequeño río Rossenna, a las ruinas del castillo y a los viñedos; se asomó. Un fuerte aroma de uva madura llenaba el aire.
¡Imposible! Su imaginación le estaba jugando una broma. Nadie se ocupaba del viñedo desde hacía muchos años y la viña no tenía ni un racimo de uvas. Bajó al segundo piso y entró en la habitación que el tío abuelo materno, sacerdote en la comunidad de Módena, solía utilizar durante sus vacaciones. Desde su ventana se veía el otro caserón y más allá el principio de los bosques de encinas, robles, castaños, donde a veces paseaba con al abuelo en busca de hongos al final de verano, y donde teniendo suerte y guardando silencio se podía ver a zorros, jabalíes y faisanes.
Luego bajó a la taberna, en aquel lugar que aún olía a vino, que su abuelo consideraba precioso y del que estaba muy celoso. Incendió una bombilla que con su luz fantasmal iluminaba los recuerdos. Por supuesto el murciélago ya no estaba.

Y de repente… alguien estaba tocando la bocina.
Se había olvidado del empleado de la agencia inmobiliaria…

Raffaella Bolletti

Dos Microrrelatos de Iris Menegoz

FIESTA

Cuando hacemos el amor tu tienes los ojos cerrados.
Tu boca apretada como cicatriz de una vieja herida
revela el hilo de tu aliento caliente.
Sólo tus manos grandes de arena seca reconocen a mi cuerpo.
¡Mírame por Dios! Mírame mi amor y será una fiesta.

OTRA MITAD

Ser dos.
Morir dos veces.
Sentir el dolor al cuadrado.
Ser dos. Y de repente ser uno.
Acostumbrarse a cerrar los ojos cuando en el espejo roto aparece un fragmento de tu cara.
Ser uno.
Fuimos dos.
Establecer contigo una paz inmensa, definitiva como la muerte.
Ser uno.
Una sombra pequeña en el espacio onírico de un sueño.


Iris Menegoz

La chica de amarillo

Lluvia sobre Nueva York
Pete Rumney

“El comandante anunció que el aterrizaje tendría lugar en el aeropuerto JFK de Nueva York en 20 minutos…”

Él enderezó su asiento y sintió la angustia que tenía cada vez que llegaba a Nueva York, odiaba pasar por inmigración, ser interrogado sobre los motivos de su estancia. Percibía una cierta agresividad por parte del oficial, a veces cuando se trataba de un oficial de color, no lo comprendía bien, y se sentía, sin motivo alguno, culpable por existir.

Más tarde, en el taxi que lo llevaba a Manhattan, sintió otra angustia. ¿Estaría ella allí? Llovía a cántaros, y el cielo estaba ya oscuro a primera hora de la tarde. También hacía dos semanas estaba paseando por Central Park y había caído una borrasca inesperada. Salió corriendo del parque hacía la Colección Frick en la calle 70 mientras las primeras gotas se desencadenaban.

La atmósfera en el museo era cálida; la madera, omnipresente en la decoración, muy clásica, contribuía ciertamente a ello, pero también, por supuesto, la presencia de esta fabulosa colección de pintura. Era muy rica y variada, pero al mismo tiempo tenía una dimensión humana. 

Los tres Vermeer que la Frick poseía eran objeto de su máxima admiración. Le encantaban los colores suaves que el pintor había sabido mantener a pesar de la excesiva iluminación que provenía de una ventana situada a la izquierda del cuadro, y le encantaba también la intimidad de las escenas que representaba. Su lienzo favorito, “Ama y Criada”, describía la entrega de una carta de amor, probablemente adúltera.

Estaba detenido en el estudio de los detalles de esta última obra maestra, cuando de repente percibió una presencia detrás de sí, se volvió. Era ella, la joven holandesa rubia de ojos azules, o al menos alguien que se parecía mucho a ella. Él se apartó para permitirle acercarse al cuadro y se disculpó por impedirle admirar el cuadro. 

—No importa, conozco esta obra perfectamente, cada semana vengo a verla, no puedo evitarlo. Me tiene hechizada.

Continuaron intercambiando sus puntos de vista sobre la pintura del famoso artista. Luego se despidieron, prometiendo volver a verse en una próxima visita. Ella le confió que venía siempre aproximadamente a la misma hora.

La idea de verla de nuevo se convirtió rápidamente en una obsesión. Así que allí estaba y, como por arte de magia, llovía otra vez. Cuando él entró en la sala de los Vermeer, la vio inmediatamente, llevaba un pequeño traje amarillo. Se acercó rápidamente a ella, permanecieron unos instantes delante del cuadro sin hablar mucho, observando la escena, y luego él la acompañó protegido por un enorme paraguas que se había traído. Alquilaron una habitación en un pequeño y acomodado hotel cerca del museo. 

En la habitación se lanzaron el uno a los brazos de la otra y se arrancaron la ropa sin decir una palabra. Follaron como fieras endiabladas, por no decir más.

Alrededor de las 18h, la besó apasionadamente por última vez y tomó un taxi para coger el último avión. La lluvia y sus oscuros decorados azules habían desaparecido, una hermosa luz de atardecer reinaba en Nueva York.



Jean Claude Fonder

La riqueza del libro pobre

Hay libros que nacen para ser mirados más que leídos. No importa si contienen textos escritos porque estos carecen, generalmente, de contenidos semánticos específicos. No son tampoco libros de fotografía ni de arte. Son libros concebidos y realizados por un artista visual. Libros obras de arte: libros de artista. En este género interdisciplinar, cuyos precursores son las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX, el libro deja de ser el tradicional vehículo de textos literarios o teóricos para convertirse en una entidad artística propia centrada en el valor visual y espacial de la página. Podríamos decir que la escritura de un libro de artista no es literaria, o no lo es en modo exclusivo, sino plástica. Sus características (infinidad de soportes, técnicas y materiales) han dado a luz a una gran variedad de subgéneros, algunos más cercanos a lo literario, otros a lo pictórico o escultórico. A mitad, entre el libro de artista y la tradición de los antiguos manuscritos miniados, encontramos lo que Daniel Leuwers ha bautizado “livre pauvre”, el libro pobre.

livre pauvre: Crédo de l’aube Ghislaine Lejard

Poeta y crítico literario francés, profesor de letras modernas en la Universidad de Tours, Daniel Leuwers ha elaborado este concepto a partir del encuentro, en su juventud, con el poeta René Char (1907-1988). Desde la segunda posguerra René Char ha llevado acabo una intensa colaboración con los que llamaba “mis pintores”: Braque, Arp, Brauner, Miró, Matisse, Picasso, etc. Nacieron así un gran número de manuscritos poéticos iluminados. El deseo de continuar el diálogo entre lenguajes artísticos diferentes lleva a Leuwers, en 2002, a invitar a poetas y plásticos a participar a su primera colección.

¿Pero qué es un libro pobre y por qué “pobre”? Es pobre porque su realización no es costosa. Pero ante todo, porque está fuera de los circuitos comerciales. Su requisito principal es el de no estar en venta. Ninguno de los participantes es remunerado. Se trata de una colaboración inédita, lúdica y desinteresada. Se crea algo bello por el simple gusto de hacerlo y de exponerlo luego al público. Aquí toda su riqueza. Digamos sorprendente para los tiempos que corren.
El libro pobre está realizado en pocos ejemplares, de 2 a 6, todos originales de dimensiones reducidas cuyos destinatarios son: el autor, el artista visual y las exposiciones permanentes o itinerantes.
El soporte es la simple hoja de papel (de acuarela, cartulina, etc), plegada en dos, en acordeón o de otro modo. En cada ejemplar el escritor -generalmente un poeta- escribe a mano un texto breve: poema, haiku, fragmentos de prosa; el artista lo ilustra usando la técnica que prefiere: dibujo, pintura, grabado, foto, collage. El proceso puede también invertirse y el poeta seguir con su caligrafía las huellas trazadas por el artista.

Como sostiene Daniel Leuwers “Lejos de ser un libro donde uno se sienta para dar vuelta las páginas, es una página en torno a la cual uno da vueltas estando de pié. Por otro lado, la conjunción de la escritura manuscrita y de la ilustración original ponen al libro pobre por encima de las publicaciones ordinarias.” De hecho, si el libro pobre escapa a la comercialización atesora en sí mismo un valor inmenso: pura belleza para alegrarnos la vista y el espíritu.

La colección Leuwers cuenta hoy con más de 2000 piezas en muestra en la “Maison Ronsard” en el Priorato de Saint-Cosme, cerca de Tours, última morada del poeta Pierre de Ronsard y patria del libro iluminado medieval. En 2008 la editorial Gallimard ha publicado un bellísimo catalogo “Richesse du livre pauvre” (del cual, por otro lado, he tomado prestado el título) donde se pueden apreciar algunos ejemplares de los diferentes poemarios lanzados por Leuwers. Todos llevan como título una obra de Mallarmé, en homenaje al precursor de la poesía visual.

Numerosos escritores, poetas y artistas de todo el mundo han participado a esta colección: Yves Bonnefoy, Fernando Arrabal, Michel Butor, Annie Ernaux, Pierre Buraglio, Claude Viallat, Erró, entre otros. Han sido organizadas exposiciones internacionales y lanzadas nuevas colecciones como la de Ghislaine Lejard, poetisa y collagista francesa, a la cual tuve el placer de participar y que luego me animó a crear, junto a escritoras y artistas visuales, una serie de librillos en italiano y en español.

Del libro pobre nació también este poema con el que los dejo:

Ménage harmonieux (*)

Les mots
illuminent la page enluminée
par les couleurs.
Etincelles du sens qui
s’épanouissent dans la profondeur
de deux silences.


(*) relación armoniosa: las palabras/iluminan la página miniada/por los colores./Chispas de sentido que/florecen en la profundidad/de dos silencios.


Adriana Langtry