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Duelo

En esta habitación siempre hay gente distinta y esperando. Caras nuevas que hablan, alguien contando su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días.

Algunos escuchan con atención a los que hablan, otras con hastío miran el reloj, otras veces no se puede escuchar sino llorar, alguna que otra vez uno puede hasta reírse, se entablan conversaciones y se cuentan cosas.

 Y yo recuerdo aquellos días en los que iba al campo, un día de esos en que el verano te premia con un ligero viento fresco, una brisa que reconforta y aparece la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El ritmo adecuado para que crezcan las flores, la higuera, la uva, tiempo para recoger una cosecha completa, hay que esperar, todos esperamos a recoger la cosecha final.

Delante de esa habitación todos esperamos y él ve como sucede el tiempo para todos y prescribe si la cosecha será buena o no y hace su diagnóstico y sabe si hay que esperar o ayudar de alguna manera al tiempo para que la cosecha sea mejor, sea más fácil de recoger y se recoja en el momento adecuado.

En mi caso él me hace sentirme segura, me hace sentirme segura el que él recorra un poco de mi tiempo, son pocos minutos al mes, ¿cuántos duelos habrá tenido que recorrer? ¿Cuántos no han vuelto a regresar a por sus recetas, a su análisis anual? ¿Cuántas veces el duelo es el de una niña o el de un anciano? Nunca nos preguntamos por los duelos de aquellos a los que no tenemos que avisar cuando llegue la cosecha final. El médico se va a enterar solo cuando tú no vayas más y a la enfermera le pasará igual, ellos tienen un tiempo mínimo para los duelos. Nosotros una sala de espera llena de suspiros.

Pensándolo bien todos se enterarán cuando ya no te vean más y entonces comienza el duelo de cada cual. Y el silencio largo se queda entre dos palabras y duele.

Gracias por llenar mi espacio con tus tiempos. 

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Blanca Quesada

El duelo

Otra vez había vuelto, y no había sido nada inesperado: algo como el inexorable reflujo de la mala temporada.

Había vuelto: lo reconocía por los mordiscos de perro rabioso en mi corazón, por los golpazos en las rodillas que invadían mis piernas con una lánguida debilidad y hacían mis pasos inestables. Lo reconocía por el melancólico presagio de que la vida se me iba a oleadas, como una letanía de intentos fracasados que nunca llegaron a su fin, como una respiración entrecortada que se recomponía en un trastorno rítmico.

Había vuelto. Y era como si nunca se hubiera ido, ocultado entre los pliegues de los días inútiles, en los malhumores escondidos, en los recuerdos traicioneros que afloraban a la memoria como trozos de madera después de un naufragio.

Había vuelto para encerrar los días en una monotonía plomiza sin esperanza, en el hielo que encierra el ritmo y la réplica de las horas, para encarcelar mi vida en un Invierno del que no podía presagiar el fin.

Había vuelto, era él: era el duelo.

Silvia Zanetto

Oleaje


Pablo Ruiz Picasso, Bañista sentada a la orilla del mar, 1929

Estoy aquí en la playa sentada al borde de mis recuerdos, esperándote, mientras el mar sigue levantando olas que se rompen en la orilla. Cierro los ojos y mis oídos perciben el suave sonido del vaivén de las olas, el aliento de la espuma. Se levanta el viento y el oleaje se hace más fuerte. Se acelera mi corazón, adaptándose a este ritmo. Ya no sé si es el viento que acaricia mi piel o si son tus labios, ya no sé si es el ir y venir de las olas o si es tu cuerpo que se une al mío.

Raffaella Bolletti

Latina

__ ¿Ve? Se acostó con usted nada más que para quitarle dinero. Menos mal que yo estaba atento. ¿Cómo fue que la conoció?

__ La vi en el baño. 

__ ¿De qué hablaron? Cuénteme todo. 

Clifter hizo un gesto de contrariedad. Se puso un manta sobre los hombros, hacía frio y encendió un cigarrillo.

__ La chica me gustaba, nada más.

__ Se acostó con ella…

__ Ni nos dirigimos la palabra.

__ Se encamaron y le hizo los bolsillos.  

__ Seguramente no era una princesa rusa. ¿Usted recuerda Clifter que somos dos descendientes de los valientes soldados británicos que han llegado a este país durante las Invasiones Inglesas? Usted sabe Clifter que no podemos acostarnos con la primera tipa que se nos antoje? Ahora dígame Clifter, ¿quién era, de que raza era?

Cerró los ojos mientras inspiraba el humo del cigarrillo. Fumar lo relajaba y le hacía descargar la rabia y la humillación que sentía en ese momento

Abrió los ojos, pensando que no estaba a la altura de todo esto. Murmuró algo…

__ ¡Una Latina!

Clifter y su amigo estaban sentados en la barra del Alvear Roof Bar, uno de los bares más exclusivos de Buenos Aires.

El barrista Ramón había escuchado la conversación y dijo:

__ Perdón si me entrometo, ¿están hablando de una chica color piel canela y ojos verdes?

__ Sì…

Afirmó Clifter con asombro y rabia

Ramón continuó:

__ ¡Es Rosa La Latina! Una especie de Robin Hood Latina que se mueve en los barrios altos. Seduce a las víctimas con su cuerpo estatuario, el color de piel y sobre todo esos ojos… hechiceros verdes esmeralda.

Clifter a este punto quería saber más…

__ Ramón, continúe por favor.

Ramón llenó los vasos de los tragos de sus clientes.

__ Dicen que besa muy bien. Encanta a sus presas, los lleva a la cama pero después nada de sexo. Durante su danza seductora quizás debe agregar algo a las bebidas, los clientes cuando tocan la cama caen como hipnotizados. Les roba y les deja una señal en el hombro izquierdo, como una firma.

Clifter ni se había dado cuenta. Abre los primeros botones de la camisa, se libera el hombro izquierdo y descubre las dos letras como dos rasguños, un poco inflamados: “RL” 

Ramón asintiendo con la cabeza dijo:

__ ¡Exacto! Son las iniciales de Rosa Latina.

Un bolero de fondo y de la puerta entró una chica de piel color canela.

En ese preciso momento los tres hombres presentaron las mismas características: bocas abiertas y todos los pelos de punta.

Myrna Gil Quintero……………
Ariel Soulé………………

Latino

“Pero, profesor… ¡Sí es más fácil que el inglés!” exclamó Martín durante su primera clase de latín aquel día de hace innumerables años, en el segundo curso del colegio.

El profesor sonrió,  silencioso y satisfecho. Pero fue su padre el que le desilusionó, el que le advirtió de que no se dejara engañar  por asonancias y consonancias y lo inició en los misterios  gramaticales de la remota lengua, madre de tantos idiomas.

Esta advertencia paterna “ab inicio” lo desasosegó un poco, pero Martín se las apañó bastante bien hasta que empezó el bachillerato, cuando, “a posteriori” tuvo que darle la razón a su progenitor, porque le costaba mucho alcanzar hasta un “aprobado” en latín. A pesar de todo, pasó los exámenes, “Dei gratia”  y se apuntó a la Universidad, eligiendo la facultad de Humanidades, la que sería su “alma mater” durante cinco años. Su “deficit” lingüístico se ampliaba y sus derrotas latinas eran más catastróficas que la de Adrianópolis, pero en las otras asignaturas cada vez sacaba sobresaliente “cum laude”. 

Con toda probabilidad, habría tenido que repetir los exámenes de latín “per saecula seculorum”, y se habría licenciado “post mortem” si los profesores no se hubieran apiadado de él, un estudiante “sui generis” que hablaba varios idiomas, escribía como un ángel y sabía citar de memoria a todos los escritores españoles, pero de latín no entendía ni “bis”. La “condicio sine qua non” para asignarle la licenciatura fue que nunca pusiera en su “curriculum vitae” la palabra “latín”. 

Epílogo: Hoy Martín es catedrático  muy estimado en la misma universidad en la que se licenció: es profesor de Inglés.

Silvia Zanetto

Latino

Era un animal imponente, era enorme, un pastor alemán, de los que se usan en las películas o en las series. Vivíamos en el campo, una casa con un gran jardín y una piscina. Tenía que vivir fuera, necesitaba espacio, debía poder correr, entregarse, ladrar, jugar.

Era hermoso, joven,  de pelo negro y brillante, dos perlas marrones oscuros le daban una mirada como la de Rodolfo Valentino. Los niños lo adoraban.

Y él también los adoraba, era indispensable en medio de ellos, sus juegos eran interminables. Incansable corría tras la pelota que le lanzaban, la traía de vuelta y la depositaba en el pie del lanzador. Respiraba con un pequeño sonido suplicante y echaba una mirada lánguida que quería decir: «otra vez».

También era dulce con los más pequeños, se acercaba precavidamente para dejarse acariciar como un gran juguete de peluche. Y también protector: si alguien que no le gustaba se interesaba demasiado por el niño, él mostraba los dientes emitiendo un gruñido amenazador. 

Una vez que la pequeña Sophie jugaba en la piscina, se dio cuenta de que no hacía pie. Ella comenzó a luchar y a gritar desesperadamente, él no dudó ni un momento, se lanzó al agua, nadó hasta ella para que pudiera agarrarse a su collar y la remolcó hacia la pequeña profundidad. Salieron del agua y la pequeña corrió a refugiar su miedo en los brazos de su madre, él se sacudió de su agua y me miró buscando una aprobación.

— Latino, mi buen perro, ¡ven aquí! — digo con una sonrisa. Y, todavía mojado, lo tomo en mis brazos.

Jean Claude Fonder

Latín

Milan, 1955. Quinto y último año de escuela primaria.
Para terminar la escuela obligatoria tenía que elegir entre dos trienios. La "escuela Commerciale " y la "escuela Media". La primera dirigía hacia un trabajo, la segunda hacia la continuación de los estudios.  
Yo sabía, por ciencia cierta, cuál era mi destino.
En la escuela “Commerciale" habría aprendido estenografía, dactilografía, contabilidad y un poco de francés. Herramientas básicas, que me habrían abierto las puertas a un modesto mundo de trabajo.
Nunca pensé seguir estudiando. Trabajar para ayudar a mi familia era un orgullo, no una pena.
En la “Media” estudiaban el idioma de los latinos, de los Romanos, el “Latín”. Una lengua mágica, secreta, inútil que despertaba en mí una rara atracción. Me preguntaba.
¿Por qué aprender una lengua que teóricamente no sirve para nada?
Pensé que sin duda ello ocultaba una clase de extravagante privilegio que solo unos pocos afortunados podían disfrutar.
¡A mí diez años, por primera vez, me di cuenta que el mundo tenía dos caras!
Iris Menegoz

Magia latina

El amanecer ya se asomaba. Habíamos leído toda la noche, acompañados por las gotas incesantes de lluvia que golpeaban el vidrio de la gran ventana que daba al hermoso jardín, la pasión de su esposa hasta el mismo día de su muerte. Desde que ella se fuera, mi padre ya viudo enmudeció y acercándose al siglo, no se volvió a mover, enraizado igual que un árbol sembrado en su asiento de siempre del comedor de la casa, donde se la pasaba leyendo a todas las horas, sus centenares de libros buscando en ellos algún  rastro de ella. 

El  turno esta vez fue para “Cien años de soledad” y no le perdió una sola coma…Yo lo acompañaba leyendo otro, atento a lo que se le ofreciera. Pero él no pidió nada. Ni un vaso de agua o un café, que antes tanto disfrutaba. 

De repente gritó pronunciando varias veces mi nombre. De un salto y con el corazón atragantado en mi garganta, estuve a su lado para auxiliarlo… Las letras de las palabras se le salían de las páginas como hormigas huyendo y él luchaba por  regresarlas. Sorprendido calculé como un ciego donde estaban regadas de a montones en la mesa, le ayudé a rescatarlas y con él, tratar de reordenarlas a velocidades planetarias. Centenares de pájaros de colores exóticos,  cacatúas, orquídeas y mariposas amarillas inundaban el espacio. Reconocí a Aureliano Buendía en medio de un campo de amapolas. Úrsula buscando a su hijo José Arcadio, la culebra pintada en su cuerpo seduciendo a una gitana para olvidar a la sensual Pilar Ternera. Le leí en voz alta. De las entrañas de su jardín milagroso como un anillo de bodas, ella había entrado para reunirse con él por unos instantes.

También comprendí porqué los latinos de América, amazónica, andina y caribeña, somos otra cosa.

Olmo Guillermo Liévano

Sueño latino

El hotel Latino estaba inmerso en un parque natural de pinos marítimos; tenía un patio con un jardín exuberante, una pequeña piscina tallada en piedra de lava negra y quemada, un claustro con azulejos en las paredes y se olía siempre un perfume penetrante de plantas y flores tropicales. El huerto, los frutales, el rincón de hierbas aromáticas, el rocío del agua, estaban rodeados de cortinas rompe vientos. Todo chiquito pero hermoso.

—¡Vamos al Latino! —normalmente se decía. Mi cuarto asomaba al interior; estaba decorado con varios objetos de países lejanos, máscaras de Bali, tótems de India, altares de rituales vudú cubanos, muebles étnicos de bambú y cuero.

El latino era más parecido a un chiringuito de madera que a un edificio. A la cafetería llegaba cada día un niño que hacía cualquier cosa con hojas de caña de azúcar cruzadas. — ¿Qué quieres? —me preguntó, mirándome con sus grandes ojos negros. 

— Hazme un saltamontes —respondí. En diez minutos con los deditos de sus manitas hizo el bicho. 

— ¿Cuánto vale? 

— Lo que quieras. 

Le di un poco de dinero, probablemente lo que ganaba en un mes, a juzgar por su mirada sorprendida.

Mientras estaba tumbado perezoso en mi cama con la puerta abierta, se abalanzó de repente una muchacha mestiza de unos 15 años, guapa, pelo negro rizado, con un cuerpo longuilíneo y pequeños senos.

— ¡Tengo hambre! —Me dijo tratando de desnudarse restregándose sobre mí. 

— ¡Por favor niñita, quítate! Allí en la nevera hay un poco de comida. 

Me di cuenta de que quería pagar.

Lo que te deja siempre el Latino aparte de sorpresas y hallazgos impactantes, es un sabor amargo en la boca, que no es el mismo que el del “spritz Campari” que se disuelve poco tiempo después.

Luigi Chiesa

Latino

Te echo de menos mi querido Latino. Hace años que no nos encontramos. Era yo una estudiante liceana, tú un universitario. Me conquistaste de inmediato la primera vez que me fui de vacaciones sola. Me recibiste y me rodeaste con tus brazos, compartimos la vivacidad de ser jóvenes, las risas, la rebeldía, la vibrante sensación de alegría que se respiraba por toda parte en el entramado de pequeñas y encantadoras calles con las cafeterías, los cines, las pequeñas librerías, los teatros, Fue fácil enamorarse de ti, del derecho a soñar que teníamos los jóvenes. Volví a encontrarte unos años más tarde. Ya había acabado mi carrera escolar. Y tú, terminados los días de las barricadas y los movimientos estudiantiles del 1968, parecías haber perdido el espíritu revolucionario, cambiaste mucho, ya no eras el mismo. Te habías vuelto en un pequeño burgués, pero tu encanto seguía intacto. 

¡Te echo de menos Barrio Latino!

Raffaella Bolletti

La pelirroja

La favorite de l’émir
Benjamin Constant

George estaba a punto de casarse. Desde hacía mucho tiempo frecuentaba un famoso burdel en París, como lo hacían los muchachos que querían adquirir experiencia. Una de las eminentes azafatas del lugar, que se llamaba María la Pelirroja, le había recomendado para su última visita que eligiera un cuadro vivo inspirado en una obra de Benjamín Constant: La favorita del emir.

Esa noche, cuando entró en la sala, quedó atónito ante el espectáculo que se le ofrecía: 

Acostada en un sofá cubierto con una gruesa alfombra de color negro con motivos florales y una enorme almohada recubierta de dorados, La Pelirroja, envuelta en una larga falda de seda roja gruesa y ricamente decorada, desplegaba su famosa cabellera. Los rizos rojos coronaban majestuosamente su joven rostro adornado con una boca escarlata y dos grandes pendientes en forma de anillos dorados, y ofrecía a la vista un pecho perfecto apenas velado por una blusa de tul dorada y transparente. A sus pies estaba su amiga Marion, una morena guapa, un poco regordeta, también vestida a la oriental en tonos dorados. Un amplio mural cubría la pared del fondo, representando una gran terraza cubierta que se abre sobre la bahía de Tánger. El azul soleado del mar y del cielo, las pequeñas casas blancas de la ciudad, el acantilado de color rosa en la lejanía, y algunas pequeñas velas triangulares que animaban con manchas blancas la gran extensión azul, componían un decorado de ensueño. Un músico inclinado sobre su instrumento, un laúd, deleitaba a las muchachas con una melodía a la vez suave y ligeramente rítmica. Vestía como un Saharaui, su piel era de color oscuro.

Hacía mucho calor en la habitación, le habían hecho vestir una larga chilaba y zapatillas de cuero amarillo. Afortunadamente, un ligero viento y el sonido refrescante de una fuente producidos por alguna máquina invisible, creaban un ambiente estival que invitaba a abandonarse a la languidez erótica del momento. Se acercó a la bella María, que parecía dormida, se arrodilló ante ella para recoger un beso de sus labios tentadores y puso tiernamente su mano en forma de copa para acariciar la curva de un seno. Pero ella de repente se enderezó y, poniéndose un dedo ante la boca, le apartó la mano lentamente. Sorprendido se volvió hacia Marion, que se había levantado y ahora estaba detrás de él, pensó que quizás debía honrarla antes que a María. También le gustaba, sus redondeces generosas presagiaban un temperamento devastador. Así que se levantó y la abrazó. La Pelirroja reaccionó en el instante y lo sacó de su abrazo con la fuerza de una amante celosa.

— ¿Qué está pasando aquí? — dijo enfadado, —he pagado regularmente mi entrada.

Las dos chicas empezaron a reventarse de risa.

— ¡Es nuestro regalo de boda! — dijeron, —te devolveremos el dinero.

Entonces se acercaron al pequeño personaje que se escondía en la esquina derecha de la sala, como Benjamin Constant lo había representado.

— ¡Luisa! — se exclamó, reconociendo a su futura esposa.



Jean Claude Fonder

El camino

Es un día difícil para la tortuga pequeña que rompe su cascarón del huevo y sale corriendo hacia el mar, empezando así su camino, a solas, por sus propios medios sin la ayuda de nadie. Es un día difícil para mí también, que por haber perdido hace tiempo mi camino anterior, al bifurcarse el mismo repentinamente, decido hoy apagar las luces, abrir la puerta, salir y andar un camino sin rumbo. Abandonaré los grandes senderos y seguiré el entramado de los estrechos, los más arriesgados, los que esconden dificultades, los que me obligarán a poner atención a los detalles, rebuscando sentimientos aparentemente perdidos. Llegaré tal vez a un destino final, donde encontraré otros caminos entrelazándose con el mío. ¿Seré capaz entonces de regresar a la misma playa como las tortugas marinas? ¿Seré capaz de recorrer el camino al revés, invirtiendo la cronología, rebobinando el pasado tropezando con los escombros de proyectos no realizados, de fracasos, de errores y de éxitos, sacando provecho de ellos? O tal vez, quizás, transitando de un sendero a otro, dejaré ir a la sombra que me acompaña, para perderme….perderme….perderme en este laberinto de nuevas emociones hacia un olvido del que no hay vuelta atrás, obligada a seguir adelante, actualizar el mapa de mi vida, abrir la mente a lo imprevisto, aprender a mantener la llama de la felicidad encendida gozando de las pequeñas cosas. Para percatarme, por fin, de que todo sigue igual.

Raffaella Bolletti

El sustituto

Observa por un momento la puerta pesada y masiva que parece desafiarla. Entonces, precipitadamente, hurga en su bolsa, saca el sobre que había preparado, lo desliza en un bolsillo del abrigo largo hasta los tobillos y luego baja un pasamontañas negro que la deja irreconocible pero también casi ciega. Entonces llama a la puerta. Esta se abre:
— Magdalena, ¿es usted?
Responde con otra pregunta:
— Marco, ¿es usted?
Sin contestar, la deja entrar y la guía hacia la cama grande que ocupa gran parte de la habitación. Ella se detiene cuando siente el borde derecho, su lado habitual. Le da el sobre, se quita el abrigo y se acuesta desnuda sobre la cama.

Habían concordado todo a través de Internet.
Magdalena era viuda, había perdido a su marido Marco hacía tres años en un accidente de coche. Estaba desesperada, aún no tenía hijos, nada que pudiera nutrir un amor que no quería que se agotara.
Su cuñado Carlos, que la veía hundirse cada vez más en una depresión sin salida, le aconsejó que se inseminara, pero ella rechazó esas prácticas que le parecían artificiales y antinaturales. Él sugirió entonces que buscara un sustituto, un profesional que aceptara ser un padre anónimo. Tuvo que insistir, pero al final ella aceptó inscribirse en un sitio serio que Carlos le había recomendado. Sorprendentemente, entró en contacto con un hombre que cumplía con sus exigencias que, todo hay que decirlo, eran un poco extrañas.
Magdalena quería que el hombre tuviera ciertas características físicas similares a su marido y que las reuniones se celebraran en el más estricto anonimato, según un protocolo bien definido.

Ella está tensa, la espera es interminable, todo su cuerpo está tenso. Ella piensa en Marco, como si fuera la primera vez. Cuando de repente una mano se posa sobre su seno izquierdo y lo acaricia ligeramente. «Este hombre es suave», piensa, y se relaja. Siente el pene que se está endureciendo en su muslo derecho. La mano  de él desciende a lo largo de sus caderas, se queda en el otro muslo y, a continuación, sube lentamente acariciando la sedosa entrepierna que ella entreabre un poco. El dedo del hombre penetra un poco en la ranura que ya está húmeda para desenmascarar el clítoris que halaga hasta que la pelvis de Magdalena se ve atravesada por pequeñas contracciones. Ella siente que su miembro la penetra con precaución, pero lo quiere todo dentro, se lanza hacia adelante, lo agarra con las piernas para forzar una carrera cada vez más desenfrenada. En un gran grito percibe en su vagina chorros largos de esperma que parecen definitivos.

Se quedan tirados al lado unos de otros por un momento sin decir nada.
Ella piensa en Marco: «¿Tengo que sentir remordimientos?».
Se pone las bragas y el abrigo y se va rápidamente de la habitación.

Unos días más tarde, Magdalena almuerza con Carlos, como siempre muy elegante, traje liso, camisa blanca sin corbata, pañuelo y perfume. Lo encuentra solícito.
—¿Va todo bien? —pregunta él.
— Sí, —responde ella, —es una persona amable y respetuosa, me gusta.
— ¿Aún no hay resultados?
— Todavía es pronto, creo. Sólo me he reunido con él unas pocas veces durante mis períodos de fertilidad. Quizás tenga que verlo más a menudo.
— Es cierto, sobre todo si te gusta, te veo realmente espléndida.

Magdalena esperaba cada encuentro con mayor impaciencia. Su cuerpo reaccionaba positivamente, cada sesión era un verdadero encanto. Se preparaba cada vez más cuidadosamente. Introdujo algunas variaciones en su atuendo, sujetador, braguita transparente, también él variaba las caricias durante los preliminares que se alargaban cada vez más. Los orgasmos eran más numerosos, y a veces incluso era ella la que despertaba su deseo practicando caricias orales que nunca se habría atrevido a imaginar con Marco.

Esa tarde, Magdalena está de nuevo en frente a la puerta. No lleva abrigo esta vez, lleva el mini traje blanco que le queda tan bien. Tiene que darle la gran noticia. Ella se pone de nuevo el pasamontañas y llama con decisión. Él le abre inmediatamente, como si estuviera esperando detrás de la puerta. La hace entrar y con su brazo le rodea los hombros. Ella también lo siente elegante, está perfumado … este perfume …
— Carlos, —grita Magdalena arrancándose el pasamontañas.

Entonces se abrazan y se devoran ferozmente en un beso de amor que ya no podía esperar.


Jean Claude Fonder

Nueva

Nos besamos en la estación, rodeados por una muchedumbre invisible.
Con el agua bendita de tu saliva me bautizaste. 
Yo era nueva. 
Nueva como la luna negra.
Nueva como un asombro. 
Nueva como una nena la noche de Reyes.
Lloré cuando el tren, indecente babosa roja, se alejó dejando detrás su baba de plata

Iris Menegoz

Nueva

Mis ojos se van acostumbrando a la penumbra. Llevamos unos diez minutos en el bar y ya puedo distinguir a Marcos en la barra. Lo atiende una melena rubia. Desde aquí no puedo ver más. Me vuelvo para hablar con Guillermo, acabo de conocerlo y su opinión cuenta, porque es el mejor amigo de Marcos. En ese momento le suena el teléfono. Guillermo me sonríe a modo de disculpa. Me arrebujo en la chaqueta de cuero nueva. He tirado la casa por la ventana, porque Marcos es la bomba. Guillermo toma la precaución de leer el nombre en la pantalla antes de contestar. «Me tienen frito», dice buscando mi complicidad. Paula (yo también he leído el nombre) no debe de ser la causa de ese molesto chisporroteo, porque responde inmediatamente. Tiro con torpeza de las mangas de la chaqueta nueva y me vuelvo hacia la barra. Inclinado peligrosamente sobre la barra, Marcos sigue charlando con la melena rubia, Me abrocho un botón de la chaqueta. «Es nueva», oigo que dice Guillermo. «No, no es Isabel, riñeron hace una semana, esta es nueva». Comprendo que se refiere a mí y no a la chaqueta: Isabel es la antigua novia de Marcos. Lo de la semana lo aclararé más tarde, espero, porque hace cuatro que conocí a Marcos en la tienda donde vendo prendas de cuero. Entró a comprarse un cinturón y mientras pagaba me dio su número de teléfono en un pedazo de papel. Lo deslizó por el mostrador. Igual que está haciendo ahora. La melena rubia ha estirado un brazo para coger el mensaje, que ahora hace resbalar por la barra. Reconozco el gesto. Irritada, me levanto de golpe y hago ademán de marcharme. Guillermo me detiene. «Espera, llevas una etiqueta colgando». Me agarra la manga derecha y tira.

Patricia Orts

I have a dream

Yo también tengo un sueño.

Un sueño que contiene todos los sueños.

Un sueño que no quiere perder nada de nuestro pasado.

Nuestros libros, los que leímos, consultamos y todos los demás que nos rodearon, confortaron.

La mesa maravillosa, que se puede configurar como quieras, donde hemos trabajado, conversado, festejado, recibido autores inolvidables.

Un sueño que quiero compartir con todos los usuarios, los compañeros, los amigos que la frecuentan.

Un sueño que está en manos de nuestra hada, nuestra hechicera bibliotecaria Ana. La que  todo empezó, desarrolló, diversificó, encantó… 

Ya lo sé, como el ave fénix, la sabrá recrear más hermosa, más concurrida, más rica… Un sueño, el mío: la nueva biblioteca Jorge Guillén.

Jean Claude Fonder

La llave

—¡Hay una nueva llave del portón! —me dijo el portero cruzándose conmigo en el zaguán. 

— Muchas gracias, ya la tengo –  respondió una muchacha detrás de mí. 

— ¿Quién es? —le pregunté a Anizio, mientras estaba limpiando los picaportes de bronce. 

— Tu nueva vecina.

– ¿Vecina? —Pensé, una mujer tan hermosa no es posible, la miraba por detrás mientras se alejaba. Pantalones cortos de ganchillo, suéter rojo ajustado, alta, pelo largo, morena, paso delicado y seductor. —¡La primera aparición de Nuestra Señora de Fátima! —el conserje soltó una carcajada en el patio.

— Tengo que cambiar toda mi vida —, estaba pensando para mí; una vida nueva, una buena pinta nueva, toda la “onda” de vanguardia, una habitación nueva renovada; la llave nueva debe ser cosa del destino. Una puerta nueva que se abre a un nuevo sitio; es hora de dejar todo atrás empezando un nuevo camino ya.

Hay que jugar todas las cartas con la vecina también. Mi vida siempre ha sido aburrida, sin pena ni gloria, y sin de subidones de energía.

A las tres de la mañana suena el timbre del interfono. Asustado, medio dormido, mientras estaba teniendo una pesadilla, respondo.

— Soy yo, la nueva vecina, discúlpame,  he perdido la nueva llave… me llamo Alejandro, por favor ¿puedes abrir la puerta?

Eso es lo que buscan y desprenden, me dijeron; ese “look” femenino un poco andrógino que tenía, era el encanto de la llave ganadora, la “nueva” era un nuevo.

Luigi Chiesa