Al despertar

Amanecer
Enrique Omar Sobisch

Cuando desperté, una imagen persistente quedó grabada en la infinita desolación que habitaba mi dolorosa memoria.

¿Qué había pasado?

Revisé los detalles de mi recuerdo. La tierra roja que rimaba con el color oxidado de la chatarra que ocupaba el centro de mi pensamiento debilitado. Una fogata improvisada donde las llamas todavía lamían un extraño recipiente en forma de cilindro de contenido misterioso. Un arbusto muerto que dominaba un camino de tierra. A lo lejos unas colinas tristes y un paisaje desértico sin ningún rastro de vida humana.

Por mucho que intentara recordar el objeto de mi sueño, sólo quedaba esta instantánea, como si hubiera parado la imagen de una película cuyo final nunca conocería. 

No sé por qué, pero la primera idea que me surge es la historia de Bonnie and Clyde, que fueron detenidos en su huida desesperada por un pinchazo desafortunado. El coche, sin duda. No puedo separar a estos dos aventureros de sus viajes sempiternos en coche. Pero este está demasiado destrozado, no tiene marcas de balas y el modelo no es de esa época.

Tal vez unos gauchos. La fogata me los recuerda, creo que la vi en una vieja foto en blanco y negro, pero allí, al lado de ella, había un tipo de remolque de madera que era realmente muy diferente del coche podrido de mi sueño imposible. Y si todavía hay gauchos, se tratará de una empresa turística y la escena onírica que yo había inventado no correspondería mucho al decorado que nos describe José Hernández en Martín Fierro. 

¿Inventado? No he inventado nada. 

Ahora recuerdo que ayer vi esta obra en el blog del pintor Omar Sobisch, forma parte de su época de hiperrealismo, en Madrid donde vive actualmente. Pero eso no explica absolutamente nada. ¿Por qué me obsesiona esta pintura? ¿Quién pudo haber encendido este fuego?

Sólo puede ser él, el pintor, que quería crear un misterio, dejar a la imaginación de cada uno una historia que contarse, crear vida en este desierto despiadado.

Y yo reaccioné. Bonnie y Clyde, la canción, la película de Arthur Penn, los amantes criminales, la huida a través de los campos, el coche… Están aquí, pueden verlos ustedes también, uno en los brazos del otro. Sus armas rojas de sangre, que han dejado allí a su lado, acompañan despiadadamente sus amores prohibidos.



Jean Claude Fonder

Igual

La noche estrellada de Vincent Van Gogh (1889)

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Stonehenge construido hace miles de años. Los grupos procedentes de los otros 4 círculos terrestres ya estaban presentes, sentados en el suelo, en círculo, en silencio. También el grupo del Ártico tomó asiento. Esperaban el amanecer, con el sol atravesando el círculo megalítico e incidiendo perfectamente sobre la piedra talón. El aire estaba cargado de energía. Al llegar la luz los presentes se asombraron con la maravilla del rayo de sol entrando a través de los monolitos y advirtiendo de la llegada del verano. Cada círculo terrestre tenía varios representantes de su comunidad. Al terminar el momento mágico los jefes, los únicos que llevaban una larga capa blanca con capucha, se levantaron. El Jefe Mayor explicó que aquel lugar era simbólico, que allí se saludaba el invierno y se recibía una nueva temporada. Explicó también que el espectáculo que acababa de aparecer volvería a presentarse el 21 de junio del próximo año y que el rayo de sol podía entenderse como un mensajero de una vida que se reitera, en círculos que se arrastran, que se abren y se cierran. Terminó así su discurso <Gracias a todos por participar, regresemos a nuestros Círculos Terrestres, que ahora nos distancian y que podrían desaparecer al derretirse los glaciares, todo reduciéndose en un único círculo mayor sin diferencias atmosféricas. Pensémoslo bien y actuemos en consecuencia>. Los participantes se miraron unos a otros sin hacer comentarios y lentamente se fueron.Tenía un hermano gemelo, todos decían que era imposible diferenciarnos. Físicamente idénticos, no fueron pocos los que nos confundían. Igual que él yo tenía el pelo rubio, los ojos azules, una sonrisa cautivadora, y la misma voz. Compartimos la casa familiar, recibimos la misma crianza, sin diferencias. Pero él siempre fue el más travieso. Incluso, años atrás se hacía pasar por mí con las chicas. Al final se convirtió en un criminal. Y por ser el principal sospechoso de varios delitos fue escondiéndose Dios sabe dónde. Al inculparme a mí por sus crímenes acabaron con mi vida. Tener igual cara y apellido fue una maldición. Ahora estoy aquí, atrapado en este lugar, en otro mundo. En mi anterior vida estaba convencido de que cada noche era igual a la otra por su oscuridad, o porque las estrellas, siempre iguales, seguían allí. Ahora que tengo que mirar al cielo a través de los barrotes de una pequeña ventana he descubierto el misterio y la belleza que encierra una noche. Nunca hay una sola noche igual a la otra. Miro al cielo para aguardar la calma a la espera de que amaine la tormenta que llevo dentro. Y cuando en el horizonte aparece la luz del sol yo sé que todo va a seguir igual que ayer, igual que mañana, igual que siempre. Todo, excepto las noches. 

Raffaella Bolletti

La igualdad

Not to be reproduced – René Magritte (1937)

Éramos gemelos de un embrión único nacidos a partir de un solo óvulo, éramos iguales, dos varones. De niños solíamos bromear e intercambiar cualquier cosa, por ejemplo, novias que no se daban cuenta del reemplazo. Pero lo hacíamos, a pesar de que el juego era pesado. Era una forma perversa de contarnos experiencias y desventuras.

Llevábamos ropa idéntica y aprovechábamos nuestra igualdad para burlarnos de amigos y conocidos. Los dos por igual. Nos reemplazábamos cuando estábamos en la fila para pedir documentos, era una ventaja, era un efecto de fotocopia, uno idéntico al otro.

La igualdad era nuestra fuerza. Mientras sopesaban nuestro parecido, me decían: – ¿Tú eres…? No soy el otro. A veces le preguntaba a mi hermano: – ¿Te gustaría ser yo? Me respondía: – Estaría bien, pero me da igual. – Nos miraban como si fuéramos dos fantasmas, con una curiosidad “peluda”, sexualmente perversa, un misterio sin solución. Hemos compartido todo en la vida, amores, calzoncillos, comida, dinero, emociones…desde siempre.

Mi hermano murió hace un año, ahora que estoy solo, he comprado un espejo que refleja el doble de mi imagen, pero no me parece que la una sea idéntica a la otra. Me falta algo. Un castigo imposible de aceptar; una terrible venganza de la naturaleza. Es difícil de decir, pensaba que ambos moriríamos al mismo tiempo, o uno tras otro a corta distancia. El huevo cortado se ha convertido en uno. Uno sólo no puede seguir viviendo, no tiene sentido.

Mi verdadera identidad murió con él. El igual.

Luigi Chiesa

El lobo y la loba

Un carnero, una oveja y sus dos corderillos, en un camino en medio del bosque oscuro, encontraron una familia de lobos a quienes el hambre atormentaba. En un instante, los feroces animales rodearon a los carneros asustados.

El carnero, para intentar que el destino les perdonase la vida, se dirigió al lobo y le habló más o menos así:

— Hermano lobo, por desgracia la naturaleza ha querido que seáis nuestros depredadores, pero el hombre, nuestro enemigo común, os persigue tanto como nos explota. Hagamos causa común, huyamos juntos de esta especie que destruye alegremente el medio en el que vivimos.

El lobo, sordo a sus súplicas, se arrojó sobre él, lo mató de inmediato y se volvió hacia la oveja y sus corderitos que intentaban esconderse detrás de su madre. La oveja suplicó a su vez:

— Señor lobo, son pequeños y necesitan mi leche.

— Da igual, su carne es más tierna, —respondió el lobo.

Entonces la loba tomó la palabra y gruñó:

— Cállate, estúpido, sólo piensas en atiborrarte. Con el carnero hay suficiente para todos nosotros. La oveja y yo somos iguales, tenemos que proteger a nuestros hijos, defender a nuestra especie. ¿Tú para qué sirves?

Jean Claude Fonder

Igual

No todos somos iguales, algunos son negros, otros son blancos, altos, bajos, con cabello negro o rubio, con ojos marrones o azules, algunos son buenos, otros son malos, pero todos tienen el mismo derecho a comer, a tener un hogar y poder criar sus hijos decentemente.

Desafortunadamente no es así, todavía hay mucha pobreza y hambre en el mundo, en algunos casos por explotación, o guerras, en otros por incapacidad o debilidad de algunas poblaciones. El problema no son los multimillonarios o los ricos empresarios, quienes son odiados porque tienen mucho dinero, pero crean empleos y pagan impuestos, el problema son los gobiernos y las dictaduras que hay en el mundo, donde todos roban, engañan los más débiles y hacen guerras y no piensan en asegurarse de que la gente pueda vivir decentemente.

Los medios están allí, pero no las personas.

Leda Negri

Igual

“Todos somos iguales ante la ley”, eso dicen las constituciones de casi todos los países, aunque la igualdad de tratamiento y de oportunidades, de hecho, no se respeta.  Orwel, en su obra “Rebelión en la Granja”, escrita en 1945, denuncia los totalitarismos; la obra constituye un análisis de la corrupción que puede surgir tras toda adquisición autoritaria de poder. “Rebelión en la granja” es una alegoría del poder y su influencia en el destino de los seres humanos.

Los animales de la Granja, alentados un día por el Viejo cerdo (el ideólogo de la revolución) que antes de morir les explicó sus ideas, llevan a cabo una revolución en la que consiguen expulsar al granjero humano (que representa a la nobleza y la burguesía) y crear sus propias reglas o mandamientos. Pero, con el tiempo, los cerdos se erigen como líderes y luego como una élite dentro de la granja.

Los diferentes estamentos de la sociedad son: las ovejas y las gallinas, analfabetas y acríticas con el régimen, personifican a los estratos más bajos, o a los «fanáticos» de un líder. Los perros representan el aparato represivo. El cuervo Moisés representa a la Iglesia, habla del cielo, el perdón y la paciencia, cumpliendo su papel de apaciguador, al servicio del granjero, que le reserva un tratamiento especial. Representa la afinidad entre el clero y los distintos gobiernos.

Al final de la novela, la dictadura del cerdo tirano y sus seguidores se convierte en absoluta y cuando los animales preguntan al burro Benjamín (el intelectual) cuál es el único mandamiento que queda escrito, éste les lee el séptimo, convenientemente modificado por los cerdos:

“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”

Maria Victoria Santoyo Abril

Abre tu puerta cerrada

Me llamo Elio, mi hermano se llama Delio. Somos los hermanos gemelos más iguales que se hayan visto bajo el sol. 

De pequeños, distinguir el uno del otro era un verdadero problema para nuestros padres, pero parte de la culpa la tuvieron ellos: nunca se les ocurrió vestirnos con prendas diferentes, incluso tuvieron la descabellada idea de inscribirnos a la misma clase, donde ni la maestra ni los compañeros lograban distinguirnos. 

Recibir expedientes escolares iguales, con iguales notas en todas las asignaturas, se convirtió en una costumbre.  

Un día Delio se hizo daño jugando al fútbol y se quedó cojo por unos días:  fueron los más felices de nuestra vida, porque había algo que nos hacía diferentes. Así que se me ocurrió que podíamos hacer algo voluntariamente para lograr el mismo resultado. Yo le robé el tinte para el pelo a mamá e intenté hacerme pelirrojo, pero ella me descubrió y me empujó la cabeza bajo el grifo.

Delio decidió volverse harapiento: se hizo cortes en los pantalones y en las mangas y se revolcó en el barro antes de entrar en el colegio. Aquel día todos tuvieron claro cuál de los dos era el señorito y cuál el granuja. Pero, nada más salir del cole, mamá le echó una regañina y lo llevó a casa a bañarse. Después, se volvió loca para encontrar otros pantalones y otro suéter iguales a los míos, pero, como no lo consiguió, tiró a la basura también los míos.

Por fin, nos hicimos hombres y pudimos decidir qué hacer de nuestras vidas. 

Por cierto: la tonta de la maestra nunca se enteró de que siempre me interrogaba dos veces a mí en matemáticas, y dos veces a Delio en historia y gramática. Quizás por eso ¡sacábamos siempre las mismas notas, Delio y yo!

Silvia Zanetto

La otredad

Giuseppe Garibaldi en Rosario (Argentina)

¿Qué diablos hago en esta ciudad?! Por más que conozca aquí a muchos otros —paisanos y locales—, creo que jamás me sentiré parte de este lugar…

Siento cómo huelen mis orígenes, y de inmediato… miradas de rechazo, desvíos, caminar acelerado… Pero… ¿qué otra cosa puedo pedir?; venir era mi única opción; era eso o la muerte. Después de haberme escondido, de haber huido de ciudad en ciudad con la ayuda de algunos amigos —amigos que no tuvieron la oportunidad, como yo, de escapar, y cuya situación hoy desconozco—; después de haber llegado a la costa dejando allí todos mis ahorros y embarcándome hacia esta tierra prometida… Era mi única opción para vivir —tristemente—, como lo sigue siendo todavía para otros… ¡Cómo quisiera volver!, seguir ayudando a mi gente, casi todos oprimidos por ese régimen absurdo…

Por fortuna, aquí he encontrado algunos amigos, y más ayuda de la que había esperado… Sin ella, seguramente estaría como al inicio: robando para poder comer y pagar una cama —como todavía hacen algunos, per forza…—, o estaría nuevamente herido, o en una celda.

Aunque… ¿es posible que sí hubiera tenido otra opción? Tal vez habría sido mejor escuchar a mi mamá, haber seguido con mis estudios, con mi apacible trabajo en las canoas, y haber muerto sin saber nada más, sin preguntar nada… ¡Maldito el día en el que supe de Voltaire, y de Rousseau! Sin ellos, jamás me habría invadido este sinsentido de querer convertirme en un héroe local…

Igual… ya es demasiado tarde. Agradezco a América por haberme recibido, y por seguir alimentando mi vida; sea como sea, encontraré la forma de volver a Italia, de donde nunca debí haber salido. *

 *(Basado en la vida de Giuseppe Garibaldi durante su estadía en América del Sur).

Alan Émilio Suárez

Igual

La significación de la noche – René Magritte (1927)

¿Existirá otro igual a mi mismo en alguna parte del mundo que estuviera pensando en ese mismo momento lo mismo que estoy pensando en este mismo instante?


Pasé los tres primeros años preguntándomelo a mi mismo y hasta llegué a creer descubrirlo al ver mi otra mitad, pero me dijeron que no, que simplemente se trataba tan sólo de un espejo. Sucedió después en el patio de mi casa. Alborozado pregunté si eso que se movía igual y al lado mío donde yo me movía era mi otro. Se rieron de mí y me dijeron que no. Que tampoco. Que eso no era igual a mi mismo, que se trataba de mi propia sombra e hicieron de eso un chiste que lo repetían a otros gigantes para que también se rieran. Con estos golpes, decidí no volver a preguntar nada. Comprendí la existencia del mundo de las sombras, sus espejismos. En mudo silencio seguí buscando a ese alguien igual que debía existir en alguna parte.

De paseo con los grandes por los verdes del campo, requeté pensando observé cómo la luz del día se fue yendo y lentamente las sombras lo fueron cubriendo todo… Unos pasos y repentinamente apareció desde arriba una enorme bola brillante blanca redonda que iluminó lo oscuro. Si yo corría ella también lo hacía, adonde yo fuera ella también iba o si paraba, ella también paraba. Así fue convirtiéndose en lo más entrañable mío. Al principio no tardaron en darse cuenta porque tan pronto se oscurecía, me escapaba para dialogar con ella. Me encerraban y yo me les escapaba. A medida que fui creciendo, fueron llegando médicos, curas y brujos para quitarme eso de la cabeza. Me apodaron lunático y loco. Ahora ya viejo, por todo lo que pienso, digo y hago, decidieron llamarme poeta y ella en eso está de acuerdo con ellos.

Olmo Guillermo Liévano

Igual

Cuando, después de sesenta años alrededor del mundo, G.D. regresó a su pueblo, era un hombre viejo y adinerado. Hablaba cinco idiomas y se había acostado con miles de mujeres sin besar a ninguna de ellas. O así decía.

Cuando la tía Katina lo vio caminando hacia el altar de la iglesia casi le dio un ataque.

¡Igual… igualito… a su padre! —pensó -. La tía Katina se acordaba bien de don Augusto. En los treinta fue podestà del pueblo. Un fascista insolente, arrogante y delator. Murió hace diez años con mala conciencia. O así lo esperaba la tía Katina.

G.D. era un niño cuando estalló la guerra. Nació tras tres hermanitas. Don Augusto lo crio con orgullo. Lo educó para ser un «hombre verdadero» y para tratar a las mujeres siempre con menosprecio. Gloria, la primera novia de G.D., después de su partida, siguió llorando a mares esperando una carta que nunca llegó. Murió soltera. Dicen que era un poco loca.

El pueblo que G.D. encontró a su regreso no tenía nada que ver con el que había dejado años atrás. La pobreza se había ido. La gente vivía muy bien. Sus amigos estaban muertos o enfermos y seniles. G.D. tenía un montón de dinero y un montón de aventuras que contar, pero nadie a quien contarlas. Porque a la gente, su dinero y cómo lo había ganado, le daba igual.

Iris Menegoz

Las cajas


Keyth Haring Bruselas 2020

Tengo que relatarlo. No sé si es una negra pesadilla o un sueño navideño.

Esa mañana me despierta un susto. Pero el sueño no se ha acabado. Estoy en un hangar lleno de cajas desordenadas. El lugar es muy oscuro, con olor a sucio en el aire. Dentro de una caja grande, abierta y medio demolida, reconozco mis propios zapatos, y no es lo único. En mi vida, he comprado cientos de zapatos y en mi casa quedan muchos.
¿Qué están haciendo aquí?
Miro alrededor y me doy cuenta de que hay muchas cajas que son mías. No todas. ¿Cómo puedo reunir lo que es mío? ¿Qué es esto? ¿Qué están haciendo aquí? ¿Podría ser un guardamuebles? Probablemente nos hayan desahuciado. Toda nuestra vida está aquí. Acumulamos, acumulamos y vivimos en medio de tantas cosas que apenas recordamos. Aparte de un pequeño núcleo existencial, usamos principalmente lo que acabamos de adquirir. ¿Cómo reconstituiremos, reordenaremos todo esto si tuviéramos que mudarnos a otro lugar?
Olvidemos todo esto, hemos vivido bien hasta ahora. Todos estos años juntos…
Siento en mi espalda el cuerpo deliciosamente cálido de mi esposa. Sufro de un desgarro en la espalda y este calor suave alivia el dolor. En el capullo de nuestro edredón, mis pensamientos se pueblan de hermosas nubes que se desarrollan y me reconfortan, me sumerjo en ellas unos instantes infinitos, incluso veo una hermosa forma indescriptible de un indecible color púrpura que luego desaparece como una gacela asustada.
Me sereno y sigo en mi reflexión.
En el fondo, nuestro mundo está lleno de pilas de cajas, y, muy a menudo, son sólo las últimas las que son útiles. Es una metáfora, por supuesto. Podemos aplicarla a muchas cosas. Empezando por la memoria, la nuestra o la de nuestra computadora, ambas se comportan en el mismo modo: seleccionan, eligen lo más cercano, lo más frecuente. Las fotos, un inextricable hormiguero; desde hace tiempo hemos renunciado a cuidarlas en álbumes comentados, o simplemente cancelar las que no nos gustan. Los textos que hemos escrito, clasificados y perdidos en un orden que ya no tiene lógica. Los libros, por supuesto, en sus estanterías convertidas por el volumen en verdadera obra de arte. También más banalmente, los objetos de todo tipo, artísticos y artesanales, que decoran nuestro espacio y los que están castigados en los armarios ya abarrotados. Sigo con las joyas devaluadas, los juegos olvidados, … pero también los productos de mantenimiento, reparaciones y ¿por qué no? los medicamentos, … la comida, las conservas, obviamente, … y, la ya mencionada ropa.
¿Cuántas riquezas no dejamos dormir? Piénsenlo. ¿Cómo redescubrir, reutilizar, reorganizar todo eso, una verdadera cueva de Ali Babá?
¿Qué hora es? Cinco y media. Me cubro de nuevo, mi esposa se acerca. ¿Me vuelvo a dormir?
Pues no, tengo que escribirlo.


Jean Claude Fonder

El entierro

Serge Marshennikov, 1971

Blanca, la luz suave filtrada por las cortinas de algodón.
Blanca, la cama bien ordenada sobre la que yacía la joven muerta en su rígida belleza.
Blanca la túnica larga de lino que cubría un cuerpo cuya feminidad aún deseable se percibía en transparencia.
Blanca la camisa de Paúl Reno, su doloroso y apuesto prometido arrodillado junto a la cama. Su inconsolable llanto, su barba y su corto y alto corte de pelo hacían de él un indispensable Orfeo moderno.
La puerta vidriera de la cámara mortuoria se abrió, solemne, 6 hombres de negro entraron llevando un ataúd integralmente blanco.
Con delicadeza, dispusieron el inviolado cadáver en el inmaculado sarcófago.
El joven dio un beso desesperado en los labios dormidos de su bella antes de que se cerrara la blanca y definitiva morada.
Los oscuros oficiales levantaron el blanco ataúd sobre sus hombros.
Las aterradoras notas de la muerte de Siegfried acompañaron a la lenta y pomposa procesión hacia el roble en el fondo del jardín.
En la pálida niebla de otoño una tumba abierta esperaba bajo el árbol protector.
Cuerdas despiadadas permitieron el descenso a los infiernos de la fallecida Eurydice.
Paúl, rígido en su traje negro, estaba parado frente a la fosa. Arrojó una corona de rosas blancas y un primer puñado de tierra. Luego se alejó lentamente al ritmo de las últimas mediciones de la música fúnebre.

—Corten, —gritó la voz satisfecha del director, —está perfecto, la guardamos.

La música entonces siguió con la marcha nupcial de Mendelssohn, Paúl se volvió, y vio, con el busto fuera del agujero, a su hermosa prometida una copa en la mano que le sonreía como el sol que había penetrado triunfalmente la niebla.
Sus cabellos estaban coronados de rosas blancas.


Jean Claude Fonder

Le figaro

La luz amarilla, el olor a café.

Las voces amontonadas resbalan sobre los cristales de las ventanas. Reflejos de lámparas, chaquetas elegantes, vasos de vidrio, botellas de olvido y de falsa alegría.

No sé por qué me habré puesto este vestido blanco tan corto. 

La señora de la mesa de al lado me observa con aire de reprobación, enfundada en su tailleur de corte perfecto, protegida por su sombrerito azul y fingiendo leer el periódico.

Yo me mordisqueo las uñas, intento esconderme detrás de los mechones de pelo que se me caen en la cara. Desde la puerta llegan oleadas de frío, humo de cigarrillos, ruido de la calle. Ya son las nueve y media y puede que él no venga. 

La botella del agua está vacía, la señora ha dejado definitivamente de leer el periódico y sólo me mira a mí. 

Son las nueve y cuarenta y él ya no vendrá. Mi vestido es demasiado corto, demasiado blanco y quiero irme, pero no me atrevo a cruzar este salón lleno de miradas oblicuas y peinados perfectos.

Son las diez y él no ha venido. Ráfagas de música y de humo, ecos de risas y yo quiero desaparecer… o a lo mejor no, quiero ser otra: quizás una señora enfundada en un tailleur, llevando un sombrerito azul, que mira con reprobación a una chica que se mordisquea las uñas, fingiendo leer “Le Figaro”. 

Silvia Zanetto

Gracias al fotógrafo, “fueron felices y comieron perdices”

A las cuatro de la mañana timbró el teléfono… Nuestro hijo y en horario muy distinto al nuestro, nos llamaba emocionado.

— Les tengo la noticia del año: ¡Me caso mañana!! Encontré a la mujer de mi vida. Mi alma gemela. Ella dice lo mismo, que somos iguales, pronunciamos las mismas frases y al mismo tiempo… soñamos los mismos sueños. Nos parecemos en todo. Ya les mandé los pasajes. Nos encontramos al medio día, en el bar de siempre para que se conozcan y de allí, al matrimonio… a la Iglesia. Nos casa ni más ni menos que su Excelencia Reverendísima el Cardenal y Arzobispo Rubén Salazar Gómez, quien lo arregló todo para el día de mañana. 

Colgó enseguida, dejándonos asombrados y con la boca abierta.

— ¡Sin que él supiera nada, la encontró primero que nosotros!! —Gimió llorando mi esposa.

— Es una posibilidad entre millones. Nosotros al enamorarnos, también soñábamos lo mismo, Jacinta.

Quise recordarle…

Desde el mismo momento que la bebé, uno de nuestros mellizos recién nacidos fuera robada, la desesperanza buscándola por el mundo entero nos ha devorado sin poder dar con ella. 

Al hijo, jamás le dijimos nada para no joderle también el alma.

— Ellos nacieron con dos lunares rojos exactamente en los mismos sitios… Uno en el culo, en la nalga izquierda y el otro arriba de la rodilla antes de llegar a la entrepierna del otro lado. Filomeno los conserva. Si la novia fuera su melliza, también ella los tiene. Yo entretengo al hijo afuera mientras que mi gran amigo le toma fotos a las piernas de ella. Al mismo tiempo vas echándole el ojo, que si no le pillas el lunar, a Cartier-Breton no se le escapa nada.

Le dije vistiéndome de gala y de prisa por si fuera la nuera y no la hija.

Olmo Guillermo Liévano

1969 – La historia de una foto

La señora de mi lado me observaba un poco torcida, yo no la miraba directamente, sólo con el rabillo del ojo; ella me estaba haciendo una radiografía, yo estaba en el punto de mira de su rayo láser.

Su mirada por encima del hombro llevaba algo de desprecio, un ataque de envidia cuando me vio.

— ¿Qué estaba mirando a hurtadillas? ¿Mi minifalda mientras estaba tomando un refresco? ¿Qué estaba leyendo? Los periódicos eran diferentes, “Le Monde” no llevaba los mismos titulares de “Le Figaro” y ella bebía un “Pastis”. 

Quería decir a la vieja dama: 

— ¡Señora, los tiempos cambian, no todo el mundo puede permitirse una ropa descarada, inconcebible desde su mentalidad burguesa, y que usted nunca podrá llevar puesta!

Una imagen de aquellos tiempos, una narración en el cuento. Nos vemos más allá de la casilla recortada del revelado fotográfico; alrededor todo se desarrolla, todo cambia, antes y después del instante de las sesiones de fotos. Es como ver a través de la ventana y no poder asomarse.

La foto tienes que sufrirla, aceptarla, no puedes rebelarte contra ella, tampoco contra el autor que pasaba por allí y la sacó.

Esta es la historia de una fotografía que comunica algo, que te llama la atención, capturando ese momento irrepetible, para siempre, sólo con el clic de un obturador. Una excelente fotografía.

Pero es sólo una foto en blanco y negro, un poco pálida que desvanece cada vez más, cuando la dejas de mirar y la guardas en el cajón de tus recuerdos.

Luigi Chiesa

Por entonces

— ¡al diablo! —recuerda haber dicho mientras se dejaba caer en el asiento que flanqueaba las mesitas del bistrot. Aquella mañana la primavera entibiaba París y el aire, recuerda, era un vivero de brotes germinados. Poco antes había colgado la corneta del teléfono que compartía con los demás pensionarios. Estaba enfadada. Hablar con sus padres nunca había sido fácil, menos desde que había dejado el pueblo. 

Era tarde. Recuerda haber bajado al bar de prisa. Los cabellos sueltos. Se reconoce enfundada en ese vestidito de falda muy corta y en las altas botas de cuero. Era su atuendo. Lo usaba a menudo, también en las manifestaciones estudiantiles. Con ese vestido había conocido a Jean. 

Tenían una cita. En la espera intentaba leer el periódico, un ejemplar de Le Monde suspendido entre la mesita y la franja estrecha de tela que cubriéndole el regazo mostraba la desnudez de unos muslos por entonces torneados. Existía el futuro luminoso. Existía Jean. Era cierto, por entonces. Si sus padres lo hubiesen sabido habrían sancionado: un vagabundo. Habían pasado la noche juntos. Tampoco pensaban casarse.

— ¡al diablo!, —recuerda. Se reconoce en la joven que en la foto se mordisquea las uñas. Vuelve a oír la voz de mando del padre que ordena “¡Vuelve a tu tierra, a tu familia!”

Han fallecido. Observa con atención la imagen. Percibe el sentimiento ambiguo de aquellos días, mezcla de excitación y nostalgia. Vuelve a escucharse entonando “she’s leaving home”, la canción preferida. Y de pronto, repara en la mujer de la mesita de al lado que, en completo de tailleur con sombrerito, parece fulminar con la mirada a la muchacha. Una señora burguesa, una mujer mayor que observa, ¿envidiosa?

— al diablo, murmura. Y en un halo de compasión, inconcebible por entonces, repone la vieja foto en el cajón.

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Adriana Langtry

Diálogos silenciosos

Mujer:
Estoy leyendo el diario “Le Figaro” cuando de pronto en la cervecería se hace silencio. Interrumpo mi lectura y me fijo en la chica que ha entrado, esa que acaba de sentarse a mi lado, aparentando no verme. <Me acuerdo de ti. Cursabas el último año de colegio y asistías a mis clases de literatura. Parecías tan formal, con prendas clásicas y elegantes. Qué atrevida eres ahora entrando aquí llevando una minifalda provocativa, luciendo las piernas como si nada. Sentada con tal postura relajada, un poco indecente, con el periódico apoyado sobre la mesa. En realidad te tengo un poco de envidia.> Creo que, tal vez, no me vendría mal deshacerme de las formalidades, no respetar los códigos de esa antigua moral conservadora que acabó con mi energía, la que necesitaría ahora para expresarme con libertad.

Chica:
Al entrar la veo, está leyendo el periódico. Ni con un solo pelo fuera de sitio, como siempre, arreglada, encerrada en un traje de calidad, lleva un sombrero pequeño, el pelo corto y ordenado, la espalda recta. ¡Vaya!, me voy a sentar prácticamente al lado de mi ex profesora de literatura. <Sé que me estás mirando, un poco sorprendida o tal vez intrigada; seguro estás pensando que la estudiante que asistía a tus clases ha desaparecido para convertirse en una huelguista, que lucha por nuevos derechos como la igualdad, la liberación sexual. ¡Venga mujer!¿Cuántos años me llevas? Quizás unos veinte y tantos. Nunca es demasiado tarde, olvídate por un rato de los libros polvorientos y disfruta de los nuevos tiempos.  Tu mirada expresa que te gustaría. Alguien ha dicho que “una mujer es tan joven como sus rodillas”¿qué tal las tuyas? ¿Te atreverías a ponerte una minifalda?>

Raffaella Bolletti

La fotografía no es mía

Para poder opinar coherentemente he tenido que recurrir al internet y así poder tener una idea clara de quién era Henri Cartier Bresson.

Fotógrafo francés con una versatilidad única y pionera para su época en el cual no hacía falta los colores para darle un matiz profundo y polifuncional a sus fotografías con su cámara Leica la cual era su preferida.

Me viene a la memoria mi tío Pedro era el fotógrafo preferido de todo evento que se suscitaba en mi pueblo, tal es así que se enriqueció siendo fotógrafo. Cuando era muy joven yo lo veía como algo simple hasta que un día mientras el conversaba con su hijo dándole pautas como hacer una verdadera fotografía, entonces las antenas (orejas) se me alzaron y creí que era más fácil aún.

Tomé la cámara de mi abuelo una Kodak antigua que era muy pesante para mí; fui al río a tomarle fotos al agua cristalina, a las plantas que bordeaban ambas riveras y a las rocas esculpidas por la naturaleza. Termine un rollo de 24 fotos solo en aquel majestuoso panorama.

Días después fui a desarrollarlas a una casa fotográfica todo contento esperaba ansioso tener un excelente resultado.

La desilusión fue más grande que el entusiasmo, sinceramente ninguna foto me gustó, todas oscuras, y desperfectas, cegado en mi incapacidad no sabía a quién culparlo.

Como repito era joven aún, caprichoso e inmaduro intenté varias veces nuevamente, hasta que un día me di por vencido y entendí que: “El talento no se hace, se nace”

Hoy solo me queda aplaudir a este grande genio de la fotografía que en vida fue Henri Cartier Bresson. y felicitar a mi tío por su hermoso don que Dios lo concedió.

 

Luis Alberto Prado