Monótona languidez

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Ese día hacía un calor tórrido. Todo parecía más amarillo. El sol salpicaba la terraza y la pared amarilla con sus rayos ardientes. La joven, vestida toda de blanco, estaba sentada desanimada sobre su estola, también amarilla. 

Acababa de leer una carta. Su mirada se perdía en la distancia. Ni siquiera veía  la gallina que estaba encaramada en la silla de al lado. La invadía una languidez irresistible. La carta, escrita por ella, era una carta de ruptura, su ruptura con Roberto. ¡Dios, qué guapo era! 

Recordaba sus noches de amor, era un buen amante. Sabía llevarla más allá de lo imposible, ella se sentía bella cuando él la cogía, todo su cuerpo arqueado aullando con un placer rabioso. También era rico, sin exagerar, no tiraba el dinero por la borda, pero no se negaba nada, no le negaba nada. Parecía el amante ideal.

Le había costado mucho escribir esta carta para renunciar a él. Y ahora se preguntaba si debía enviarla, pero aún había tiempo.

¿Qué le reprochaba?

Bueno, por ejemplo, en ese momento no estaba aquí. Su trabajo lo mantenía ocupado, estaba de viaje, Dios sabe dónde. Cuando él volvía a casa estaba cansado, demasiado cansado, y luego estaba el deporte que ocupaba sus fines de semana. Con demasiada frecuencia terminaba en borracheras impotentes con sus amigos. En esas ocasiones era mejor no esperarlo, no tenía el alcohol tierno.

Era una persona sin sabor, sin delicadeza y sin sutileza. No era un verdadero compañero. Era un hermoso animal, pero no de compañía.

Ella llamó al mayordomo, que llevaba un chaleco amarillo con rayas negras. Le dio la carta.

Pasó una nube y la terraza fue inundada por la frescura de la sombra. 

Jean Claude Fonder

Vacaciones con los abuelos

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco.jpg

Estaba visitando la exposición de los impresionistas cuando un cuadro atrajo mi atención: era Mujer en vestido blanco de Henri Lebasque. El cuadro me hizo recordar cuando era niña y el sábado en que terminaba la escuela mis padres me llevaban a la casa de campo de mis abuelos donde yo pasaba las vacaciones hasta agosto que me venían a buscar para ir con ellos al mar. Yo entraba corriendo, gritando: ¡abuela María! Mi abuela me esperaba siempre en el patio vestida de blanco con Juan, que era una paloma que vivía allí.

Cuando llegué al Book Shop vi un póster del cuadro de Lebasque y lo compré. Después lo llevé a enmarcar con el marco que mi hijo me había regalado para el día de la madre y lo colgué en la oficina en la pared detrás de mi escritorio. Cuando tengo algún problema en el trabajo o estoy nerviosa, me basta mirar el cuadro para tranquilizarme pensando en las hermosas vacaciones que siempre pasé con mis queridos abuelos

Gloria Rolfo

Carta a una desconocida

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Querida Claudine, (este nombre imaginario te queda perfecto)

¡Qué hermosa estás en la pintura!

¡Qué bonito tu vestido de seda blanco!

¡Tu sombrerito y tus zapatos me encantan!

Te imagino sentada frente a tu casa en Provenza. Puedo husmear el perfume de las flores del jardín que te rodea, mezclado con un lejano olor a mar.

Tu carita somnolienta bajo la luz amarilla me hace pensar que estás un poco aburrida a pesar de la presencia rara e inquietante del pajarito.

Aquí, en Milán, el escenario es muy diferente. Estamos viviendo un tipo de pesadilla. Escuelas, cines, teatros, museos, cerrados. Supermercados asaltados con estantes sin mercancías. Un virus, que es un bicho, pero más pequeño y muy malo, está saqueando nuestro bienestar.

Perdona, pero por eso cuando miro tu figura sumergida en esa luz tibia y amarilla un poco me pongo de los nervios. Lo siento, sé que no es culpa tuya, pero mejor será que nos contactemos cuando estos días surrealistas se acaben.

Te mando un beso virtual, los únicos que nos permiten.

Iris.

P.S. Lo de el pajarito inquietante te lo aclaro la próxima vez. Tiene algo que ver con algunas tesis del señor Freud.

Iris Menegoz

Sueño amarillo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

¡Sabina se dejó caer en la silla de mimbre, delante de su casa! El paseo había sido abrumador, bajo el sol primerizo de un verano que prometía ser tórrido. La garganta seca reclamaba un vaso de agua, pero el cansancio le impedía levantarse. Se le cerraban los ojos, cegados por la luz dorada que se difundía por el aire y lo volvía todo amarillo: su sobretodo ligero que yacía abandonado en el respaldo, la acera anaranjada, la pared desconchada, los postigos cerrados para defender la casa del calor. Era una luz irreal que no creaba sombras, sino una paz infinita que se colaba en su cuerpo, iluminaba el ala del sombrerito, los pliegues del vestido blanco recién estrenado y los zapatos nuevos con correas de bailarina.  

Ojalá pudiera dejarse ir, diluirse en la nada azafranada del abandono, perderse en el sueño veraniego del olvido, fueron sus últimos pensamientos antes de caer dormida.

Y Sabina soñó:  soñó con un ave fénix de plumaje inigualable que se posaba en la silla a su lado: tenía cuerpo dorado, reflejos escarlatas en las alas, su cabecita estaba elegantemente inclinada hacia ella.  El ave fénix cantó con su voz maravillosa y Sabina sintió su alma levantarse, bailar una danza amarilla sin reglas y sin perdón. Del ojo izquierdo del ave surgieron lágrimas milagrosas, que el ave fénix le ofreció a la muchacha, y ella las sorbió. 

Cuando Sabina despertó, el ave fénix había desaparecido. Ya no tenía sed, ni sentía cansancio. Como si hubiera resurgido de sus propias cenizas.

Silvia Zanetto

Blanco y negro

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

La dama vestida de blanco se sentaba aburrida en la silla del patio de su casa de verano en Le Cannet.

Odiaba la Provenza, no soportaba esa tranquilidad, ese estilo de vida preciso, ese lento paso de los días en los que no pasaba nada.

Esa casa tan perfecta, de estilo provenzal; la odiaba, aunque ella hubiera elegido los muebles, los cuadros, con una meticulosa atención a los detalles.

Estaba sola esa tarde, hacía calor, aunque una ligera brisa secara las gotas de sudor que corrían por su espalda hacia las bragas. Era como si fuera una emoción erótica, una sensación que a menudo sentía pero que no podía satisfacer. Era todavía una mujer joven, su ilustre marido, abogado de edad, había ido al pueblo con los invitados y volvería tarde esa noche.

La perversión aumentó, ella quería hacer algo para satisfacer ese repentino «deseo» sexual. Pero estaba sola, la única compañera era una gallina del corral de al lado, encaramada a la silla con ella, que tal vez percibía su estado anímico alterado.

Podía haber dado una vuelta en carruaje, haber ido al pueblo para tomar un refresco, haber dado un paseo a caballo considerando, además, que el mozo de cuadras siempre estaba a su disposición.

Pero no, eso no era lo que quería hacer en su fuero interno.

Decidió subir a su habitación y entre las sábanas de lino frescas satisfacer el ardor juvenil con sus propias manos.

Cuando se levantó, escuchó una voz y vio una sombra masculina que la llamaba. El vestido que había elegido y llevaba puesto ese día era bicolor, «doble cara», delante blanco, pero detrás era completamente negro.

Luigi Chiesa

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Yo sigo aquí, sentada en un sillón cubierto por un lienzo amarillo con borde negro. La ventana detrás de mí tiene postigos amarillos cerrados. Llevo un lindo vestido, un pequeño sombrero y los zapatos elegantes, todo blanco. Me gusta mucho esta vestimenta. Espero, y tengo la sensación de que tarde o temprano algo va a pasar. De momento me quedo aquí charlando contigo que estás posado en la silla cerca de la mía, en esta luz amarilla. Me caes bien. Es un placer conversar, escuchas y nunca me llevas la contraria. ¿Sabes que hay un hombre, mirándonos desde hace tiempo? No, no debes tenerle miedo, a él le gusta observar. Aquel hombre que sigue mirándonos me ha atrapado aquí en esta hermosa pintura donde todo es amarillo, donde no hay cielo y donde sólo somos dos. Estaba tan celoso que pensó él en castigarme apartándome de su vida, encerrándome en un cuadro, tan amarillo como sus celos. Tal vez se encarceló a sí mismo en una soledad que ya no puede aguantar. Por eso nos mira. Claro está que quiere que volvamos a estar juntos. Tengo mis ojos un poco escondidos bajo el pequeño sombrero para que su mirada no pueda hipnotizarme otra vez, yo no quiero volver con él. Estoy satisfecha con esta situación. Simplemente hay que esperar a que alguien pase por aquí y se quede con nosotros. Y cuando ocurra abriré los postigos y dejaré entrar la luz amarilla de mi alegría.

.

Raffaella Bolletti

Mujer en vestido blanco

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Anna se había vestido de blanco porque había mucho calor y se había sentado afuera en la sombra. Un extraño pájaro estaba en la silla cerca de ella y la miraba inquisitivamente como si estuviera preocupado. Estaba esperando a Juan que acababa de regresar de un viaje de negocios de seis meses y que le dijo que tenía una sorpresa muy importante. El la consideraba su mejor amiga, pero ella lo había amado desde que fueron juntos a la escuela y nunca tuvo el coraje de confesarlo. Mientras esperaba se durmió y soñó que él la acariciaría y la besaría, sintiendo una sensación maravillosa.

De repente sintió un toque en el hombro, Juan había llegado, estaba con una chica rubia a quien presentó como su novia. Inmediatamente el pájaro asustado se fue volando.

Leda Negri

Estío solitario

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Mi siesta ha sido más larga que de costumbre. No sé bien cuántas horas he dormido, he perdido la noción del tiempo.

No se oyen ruidos, ni voces y las guitarras que mis vecinos que solían tocar al atardecer ahora están mudas, los niños no juegan en el patio, es como si una densa capa de silencio se hubiera abatido sobre nuestro pueblo. Sólo el soplo de alguna brisa cálida me despierta de la modorra que me envuelve. Las calles están desiertas.

Para soportar mejor el calor tórrido de este verano me he puesto vestido y sombrero blancos. Un suave cacareo me sobresalta por lo inesperado, en medio de tanto silencio. A mi lado, en la otra silla, se ha posado una gallina. ¿Seremos las únicas sobrevivientes de alguna pandemia desoladora?

Maria Victoria Santoyo Abril

El hechizo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Había dado con ella fácilmente. Las instrucciones eran claras. “La encontrarás”, estaba escrito, “a esa hora de la tarde en que el estío embriaga los sentidos de calidez amarilla. Estará allí”, decían los libros, “sentada en el patio, envuelta en las gasas blancas del vestido, los hombros desnudos y torneados, el rostro apenas protegido por una capelina.” La había encontrado fácilmente. Y eran días que le revoloteaba entorno sin decidirse. 

Lo peor había quedado atrás. Lo sabía. Había surcado distancias inabarcables. llanuras kilométricas, planeado sobre abismos vertiginosos. Había superado el peligro implícito en cada una de las pruebas grabadas, como mandamientos, en las páginas: la privación del desierto, el furor de las tormentas oceánicas. Y a cada una había subsistido: a la ferocidad de las bestias, a las llamas que de ramo en ramo devoraban las forestas, a los despistes y a los disparos de los cazadores. Llegó, exhausto e incólume, del otro lado del mundo. Era un sobreviviente. 

Había dado con ella sin esfuerzo. Y ahora, para desbaratar por siempre el maleficio, le quedaba por cumplir ese último gesto: recoger las alas, posarse sobre la silla de hierro y entregarse a sus manos redentoras. 

Pero eran días que le revoloteaba entorno. Y días que ella se sentaba a esperarlo, enfundada en su largo vestido de gasa blanca. Ambos sabían. Las instrucciones eran precisas. “Aquel pichón que logre cruzar del otro lado del mundo en solitario y que, posándose en una tarde amarilla, encuentre a la mujer vestida de blanco, recibirá sus caricias. El hada romperá así el hechizo y el ave retomará su antigua forma humana.”  Inicio y final del relato, todo desde siempre estaba escrito. Sin embargo, revoloteaba indeciso: ¿para qué volver a ser humano, se preguntaba, ahora que he aprendido a volar? 

.

Adriana Langtry

Esos días

Por esos días había que estar en casa, ya lo sabía, lo saben todos, como lo de que desde que nacemos nos vamos a morir, pero no te lo puedes creer, como muchas veces nos pasa con la prensa, es una historia pero ¿porqué vas a creer y condicionar tu vida? Precisamente por eso hay que vivir ¿porqué te lo vas a creer? La mayoría de las veces son bulos, la prensa siempre exagera con tal de vender el tiempo, ese tiempo que respaldan a esos políticos, siempre mentirosos, siempre mirando hacía las próximas elecciones, ¿Qué conviene más, ser atrevidos o cautos, hacer contra publicidad y utilizar a la prensa o que ellos inventen?

La honestidad se fue para siempre de todos y ahora yo conozco el precio. Yo no estaba cuando mi mujer daba a luz una maravillosa hija, yo no estaba y descubrí su nombre completo en un aeropuerto y a los dos días de nacer ¡tan solo tenías dos días de vida! ¿Cómo te lo vas a creer? Pero en las últimas páginas de la prensa. Dentro de un marco negro donde aparecía mi nombre. El nombre de su padre estaba ella.

Y eso ocurrió por querer contar la vida de los otros en vez de vivir la mía. La prensa esa que te roba el tiempo y  ahora te recuerda que estás vivo y otros muertos.

.

Blanca Quesada

Jueves gordo

En los años cincuenta, en Milán existía, no sé si aún existe, un día de carnaval especialmente dedicado a los niños. Se llamaba «Giovedì grasso». El aviso de la inminente llegada del carnaval se ponía en el escaparate de «All’Onestà». Yo, niña de seis/siete años que vivía cerca de esa mágica tienda, pasaba horas mirando encantada la muñeca disfrazada de… princesa… reina… hada. Soñaba con aquel vestido largo, hinchado, azul con encajes blancos, pero sobre todo quería la peluca de bucles rubios que encima tenía una coronita de diamantes resplandecientes. Desde los cinco hasta los diez años, viví un momento de «gran fealdad». Potenciaba mi autoestima negativa mi querida madre, que en paz descanse. Me cortaba el pelo casi como un varón y, por fuera poco, en el centro de la cabeza me ponía una horrorosa horquilla donde clavaba una espantosa cinta blanca. ¡Fueron años en que mi amor propio alcanzó el nivel más bajo! Cuando llegaba el carnaval yo, con mi gran maripos anémica encima de la cabeza, frente aquel escaparate, soñaba con convertirme, aunque solo fuera por un día, en aquella preciosa princesa rubia. Llegaba el «jueves gordo». En la esquina de la gran vía de Corso Buenos Aires, yo miraba a los niños que paseaban lanzando papelitos picados. Regresaba a casa con un nudo en la garganta. Nunca lloré frente a mis padres. ¡Aquellos fueron años realmente duros!.

Iris Menegoz

El carnaval del rebelde

Al enterarse de que el Carnaval de Venecia iba a empezar, pensó que sería una ocasión perfecta para él. ¿Era o no era el genio del disfraz? Entonces, a pesar de que tenía que cumplir su condena por haber sido un rebelde, aunque le costara mucho, estaba tan ansioso por divertirse, que dejando de lado su orgullo, pidió y obtuvo un permiso temporal para alejarse y asistir a esa fiesta elegante. Llegó a tiempo. El día había amanecido despejado y los canales reflejaban la luz del sol. Se puso su primer disfraz, un largo traje negro y una máscara blanca de nariz larga y decorada, que sólo dejaba ver sus ojos, y empezó a pasear por las calles en ese silencio típico de la ausencia de tráfico. La Fiesta Veneciana con la procesión de góndolas que había recorrido el Gran Canal había terminado, mientras continuaban los grandes bailes y los desfiles de los maravillosos disfraces de época. En el escenario de la Plaza de San Marcos se habían reunido miles de personas ocultas tras las máscaras, esperando el Vuelo del Ángel desde el campanario de la Iglesia, que se terminaría posándose en la plaza. Se puso su segundo disfraz, un lujoso traje de dama de época. Nadie le hizo caso. Subió al campanario y actuando como ángel empezó su descenso. Nada más tocar el suelo en medio de la muchedumbre que aplaudía alegre se quitó rápidamente el disfraz utilizado para el vuelo y se fue. El Carnaval, ese, solo había sido una diversión. Ya era tiempo de volver a su sitio, inmóvil, en el Parque de El Retiro en Madrid.

Raffaella Bolletti

Carnaval

Cuando Valentina recibió la invitación de Valeria para ir al Carnaval de Colonia pensó contestar que no quería ir,  porque estaba triste y deprimida desde que Marcos la había dejado por una de sus mejores amigas, Alejandra. Pero sabía que Valeria non aceptaría un no como respuesta y finalmente aceptó. Cuando llegaron a Colonia tuvieron que elegir un disfraz porque en Carnaval a Colonia se disfrazan todos, no solo los niños. Eligió un disfraz de madrastra de Blancanieves de acuerdo con su estado de ánimo, que no era muy bueno y mientras paseaban por la calles de Colonia admirando el paso de los carros de Carnaval, sintió una voz que decía: si la madrastra de Blancanieves hubiera sido tan hermosa el cuento habría terminado en manera distinta porque Blancanieves no podía ser menos hermosa que la madrastra, se dio vuelta y vio a un Arlequín con dos maravillosos ojos azules y una sonrisa luminosa. Entonces pensó que había hecho bien en venir y que el hecho que Marcos la hubiera dejado no era una desgracia.

Gloria Rolfo

El carnaval de Barranquilla

¡Quién lo vive es quién lo goza!

…así decía el cartel de la entrada de la ciudad de Barranquilla; había mucha gente alrededor, las calles estaban abarrotadas y en el aire se podía percibir una atmósfera de carnaval de alegría y un olor a buñuelos con nata; todo el mundo se saludaba tirándose serpentinas con sus máscaras de papel maché hechas a mano.

La reina de la fiesta iba a ser elegida pronto, era jueves, el “Mardi Gras” nacional; todos estaban impacientes, alegres y un poco borrachos. Los hombres, impulsados por sus instintos sexuales primarios, marcando paquete, trataban de frotarse contra las chicas, con su aliento que apestaba a cerveza ácida por unos cuantos tragos de más. Era temporada de desfiles, bailes de máscaras y recepciones, era tradicionalmente el «clou» de las fiestas de invierno, el punto culminante del debut en sociedad de las jóvenes, que perderían su virginidad por la noche.

El “Cumbiódromo” estaba alistado para los desfiles de las carrozas, el escenario saturado de la creatividad y del sabor de los barranquilleros, grandes anfitriones de la alegría en el mundo.

El tema del carnaval era la selva y el animal elegido la serpiente.

Cuando la señorita apareció por la boca de una anaconda del gran carro, decorado con el bosque tropical, estaba tendida en el suelo, con una daga en su vientre y un chorrito de sangre brotando.

Lo único que se quedó eran las cintas policiales amarillas y negras de la escena del crimen, una música de marcha fúnebre flotaba en el aire entre los escombros de los carruajes.

Luigi Chiesa

Blanc moussî

Esa mañana era la de la laetare, el cuarto domingo de la cuaresma. Cuando me vi en el espejo, tuve un movimiento de retroceso. El personaje que veía daba miedo.

Todo vestido de blanco, una capa y una capucha también blanca, una máscara anónima, asexual, una cara neutra de color carne con una larga nariz roja como si fuera una zanahoria, unos hermosos labios rojos entreabiertos como para un beso de pin up y dos ojos como dos pequeños agujeros ovalados vacíos de toda vida. Empecé a gruñir como un perro y a agitar un racimo de vejigas de cerdo hinchadas y amenazadoras, era un blanc moussî, lo que significa vestido de blanco en lengua valona.

— ¡Papi, papi, ayuda! — gritó mi hija mientras se volvía hacia la puerta del dormitorio, — hay un monje malvado blanco que quiere golpearme.

Tenía razón, una leyenda quería que en el siglo XV, un príncipe abad del principado de Stavelot-Malmedy, prohibiera la participación de los religiosos en las celebraciones carnavalescas. La población contestataria quiso recordar la presencia de los monjes durante las festividades y así nacieron hacia 1502 los Blancs Moussîs. Más allá de la apariencia, también tienen carácter. Son irreverentes, satíricos y entretenidos. Sus objetivos son hacer participar a los espectadores, engendrar en ellos una reacción, en suma, integrarlos en la fiesta. Para lograrlo, son provocadores. Todos los medios son buenos: están rodeados de pescadores que usan arenques como cebo, de pegadores de carteles satíricos, de porteadores de escobas de manga larga y de tijeras de madera para agarrar tus piernas y de carros con cañones sopladores de confeti.

— ¡No tengas miedo, soy yo, tu papá! — digo quitándome la máscara.

La niña se lanzó llorando entre mis brazos. 

Entonces, almacené mi disfraz de blanc moussî para siempre.

Jean Claude Fonder

Basura

El antifaz negro no me gusta, pero es necesario.

La peluca, en cambio, oscura con mechones violeta, es de lo más femenino, solo tengo que desgreñar los cabellos. Me ensucio el rostro con el maquillaje: matices de gris, morado, violeta. Pintalabios negro, esmalte negro en las uñas, guantes de red, pero rotos, también negros. Pantalones y camiseta oscuros, bien ajustados. Finalmente me enfundo en una bolsa de residuos color plomizo, ya muy estropeada, y mi disfraz de “Saco de Basura” es perfecto. Nadie me va a reconocer, solo tú.

Oculto en mi bolso nuevo todo lo que tengo que llevarme, y salgo a la calle rebosante de gente disfrazada lanzando confeti, entre la música disonante de los carros de Carnaval, las caras espeluznantes de los muñecos de cartón piedra. Gritos de niños, carcajadas, rostros enmascarados en el alegre estrépito de la fiesta. 

Un payaso con la cara pintada de blanco intenta asustarme. Es falso como el alborozo que inunda la ciudad, como todas estas personas que necesitan disfrazarse de algo diferente para encontrar un simulacro de felicidad.

Yo sola soy real, auténtica en mi dolor de pacotilla, en mi rencor de basura. Solo tú me vas a reconocer, porque eres tú el que me ha tirado a la basura como un trapo sucio. Y yo también te voy a reconocer, porque tú no necesitas un disfraz para ser falso. No tendrás el tiempo para un saludo o una sonrisa hipócrita, porque yo sacaré lo que tengo en el bolso nada más verte: nadie se enterará del golpe, con todo ese ruido, nadie hará caso a una chica disfrazada de saco de basura en medio de ese gentío de máscaras borrachas de alegría, nadie se dará cuenta de tu cuerpo pisoteado por la muchedumbre inconsciente, como si fueras un saco de basura.

Silvia Zanetto

Tsampi

Olmo Guillermo LLévano

Tsampi es “selva” en lengua Cofán. (Amazonas Putumañense colombiano…)

Allí viven en grupos pequeños, pobladores indígenas, de cultura ancestral y liderados desde antaño por los Taitas, las Abuelas y los Chamanes, la autoridad tradicional que manejan las plantas de Tsampi para curaciones y el Yagé (tendukhu u’fa) para conocer el futuro, el diálogo de saberes, en la armonización de la palabra y en el amor… caminar juntos en un amanecer o cuando cae la tarde.

(“Suhu” Kussetsw e’yu suuu keehatsw se’ tù phwphwma hunkei tsunmbina farde humbachuma hunkeiu) un ave nocturna, su canto es suuu, cuando es tiempo de siembra. ( Singei indzwe dapae shushushu…) 

Cuando la candela suena shushushu, se mata el tizón o se voltea dejando la parte encendida hacia afuera. Significa que va a haber cacería. Si suena chue, chue, chue, la cacería es gorda y habrá que prepararse para secar o ahumar.

Chuñumbi. (“pájaro ollero) su canto es:

chuñuchuñutshiritshiritshi…. y canta cuando los pescados comienzan a desovar.

Tuntunkhutse: su canto es tun-tun-tun-tun y en el misterio espiritual es a’ipa  chhiriria “pájaro de los infieles”.

Alrededor del fuego y la toma surgen historias de vida de la comunidad cofán, pensamientos, sentimientos e historias tradicionales pertenecientes al universo del pueblo Cofán, donde las autoridades tradicionales… taita, abuelo o abuela, orientan sus vidas en la selva (Tsampi) amazónica colombiana.

Olmo Guillermo Liévano

Selva

La selva que tenemos alrededor, que nos ama y abraza, la selva que nos conmueve y nos disculpa que crece a pesar del fuego y la ira, selva de recuerdos, sensaciones desaparecidas, sueños recorridos y dados por cumplidos, cuando de pronto un piélago de la tierra, un piélago en tu día hace la limpieza y comienza a brotar en otra rama, en otro puerto haciendo escalas en cada vida. 

Blanca Quesada