La flor del Tapañol

Irises- Vincent Van Gogh
La flor del Tapañol no necesitamos buscarla, aquí está
El gran pintor que venía del profundo norte, de azul la vestía
Pero, si todos los colores le pertenecen, predomina la plata.

La flor del Tapañol, de elegancia vestida, es preciosa 
Su don innato para combinar tejidos, accesorios y ropa
Inventar joyas con trozos de papel o de lana, nos encanta.

La flor del Tapañol, explota de emociones como una bomba 
Sabe combinar sátira y nostalgia con un poco de sensualidad
Pero siempre nos maravilla con una sonrisa inesperada.

La flor del Tapañol, amable y humilde, también es imperiosa
Con ella, el matriarcado tiene sentido, porque nos apacigua
Nos tranquiliza en la dulzura de una ilustración recuperada.

La flor del Tapañol, no necesitamos buscarla, es única
Cada día, materna, nos circunda, nos envuelve, nos cuida
Todos la queremos, sin ella no existiríamos. Iris se llama.
Jean Claude Fonder

La calle de los santos equivocados

Confieso que, en el inmenso mundo del arte, desde siempre fui partidaria de las «Anunciaciones». Especialmente de la figura de la Virgen. Siempre joven, sorprendida, asustada, obediente, pero nunca feliz. Como si supiera que aquel anuncio le iba a traer, antes o después, un sufrimiento.

Cuando vi por primera vez la «Annunciazione» de Lorenzo Lotto (1527), me pareció un poco rara. La pintura tenía una atmósfera anómala, misteriosa. Como si la historia que nos han contado desde hace siglos se estuviera desarrollando de manera diferente.
Antes de empezar esta historia, considero imprescindible ilustrar la escena donde se desarrolla.
Un cuarto oscuro, sencillo, un reclinatorio y un taburete de madera, una ménsula con algunos libros y una vela. Se vislumbra una cama entrecubierta por un baldaquín. El cuarto es muy largo y la puerta abierta termina en un arco desde donde se observa un jardín y un cielo azul y rosa. En primer plano, una joven preciosa con un traje estupendo rojo carmín y una bufanda azul de seda que le tapa en parte la cabeza y los hombros. A la izquierda, el Arcángel Gabriel con la melena rubia, un traje de seda azul, la piel blanca, los ojos grandes y un lirio blanco en la mano. En resumidas cuentas, un Arcángel precioso, un poco gordito, pero precioso. La única particularidad que lo distinguía de los clásicos Arcángeles eran las alas. En lugar de las comunes plumas suaves de miles de colores, tenía dos «cosas» grises y oblongas, más propias de un insecto raro que de un Arcángel de ese nivel.
—¡Que susto, hombre! —gritó la joven volviéndose con un sobresalto del reclinatorio donde estaba rezando.
En el mismo momento, también Micifuz, el tranquilo gordo gato de casa, se puso a correr con el pelo erizado, asustado por aquella presencia inesperada y un poco inquietante.
—Soy un ángel, o más bien un Arcángel, el Arcángel Gabriel —respondió él.
¡Ave, María Virgen! (ave es como decir hola, pero un poco más antiguo). Estoy aquí para anunciarte que tendrás un hijo.
—¿Otro? —dijo ella con voz asustada. — Para empezar, no me llamo María si no Raquel; segundo, no soy virgen porque tengo un marido, y por último, tengo tres hijos, tres varones terribles y ni hablar de engendrar otro. En mi modesta opinión, señor Arcángel Gabriel, usted se está equivocando.
—¡Dios personalmente me ha enviado aquí a Nazaret! —insistió él. — ¿Estamos en Nazaret verdad?
—Sí, señor Gabriel, —respondió Raquel.
—¿Esta es la Calle de los Santos Equivocados?
—¡Sí señor Gabriel! —asintió ella.
—¿Estamos en el número 12? —preguntó él con voz un poco temblorosa.
—Me temo que no, señor Gabriel. Este es el número 21. Pero conozco una joven que se llama María, mujer del carpintero que vive en el numero 12 —anunció Raquel un poco divertida.
De repente, encima del gran arco de la puerta, detrás de una nube blanca como la nata, se asomó la imponente figura de un viejo vestido de rojo carmín, con larga barba y melena de plata. Con un brazo tendido y amenazador emitió un grito tremendo como un trueno.
—¡GABRIEL! ¿qué diablos estás haciendo? ¡Pide perdón a la señora Raquel y concluye tu misión! Te estás volviendo viejo. Ya sabía yo que no tenía que confiar en ti. La próxima vez se lo pido a Miguel que es más joven y un poco más espabilado.
¡Los Arcángeles de hoy en día no son como los de antes!


Iris Menegoz

El Bolero

Raoul DUFY, Le grand orchestre, 1942

Cuando me despierto, hay una melena negra a mi lado. No puede ser mi esposa, a menos que sea una peluca.
Y lo es. Se me queda en las manos cuando quiero asegurarme. El hombre que la lleva se levanta de repente, recupera el peluquín y se disculpa. Está en calzoncillos, demasiado grande para su delgadez blanquecina y peluda.
Lo veo de nuevo en medio de la escena vacía, sentado y concentrado en su instrumento. Todavía está en calzoncillos, pero está vestido con un cuello falso, la parte delantera de una camisa y una pajarita, todo en blanco, como lo que algunos llevan debajo del hábito de ceremonia. También lleva una peluca negra que está toda despeinada.
Ante él un tambor. El músico sostiene los dos palillos suspendidos en espera, cerca del borde superior de la caja. De repente, un primer redoble apenas audible, aparece el director en el podio, con el mismo atuendo, pero mucho más atractivo. Marca el compás, y el tambor lo sigue en la oscuridad.
La flauta y su instrumentista aparecen entonces para lanzar el primer tema, muy erótico. Él también está vestido de esa manera extraña. Con el segundo tema, el clarinete toma el relevo, una mujer lo toca, su color es aún más redondo y sensual, la música apenas vestida con sus bragas, lleva un collar suntuoso que cubre en parte su pecho. El tambor sigue redoblando obstinadamente cada vez más fuerte y los músicos, cada vez más numerosos, alternan y combinan los instrumentos para conseguir sonoridades cada vez más ricas y cautivadoras.
El tambor ahora está desencadenado, la orquesta está completa. Tocan el disonante y delirante final: una copulación musical de los instrumentos … y de sus intérpretes.

No quería, pero me desperté.


Jean Claude Fonder

Regreso a Gombola


Estaba casi al final del viaje. A lo lejos ya se distinguía el Castillo.

Una fortificación medieval compuesta por varias edificaciones a las que se accedía pasando un arco en piedra de arenisca. Un pueblo, formado por el Palazzo de la Podesteria, la iglesia, el campanario y algunas casas, construido en la cumbre rocosa que dominaba el río Rossenna que dividía el pueblo de Gombola en dos partes. Un lugar perfecto para construir un castillo que fue el hogar de los Condes da Gomula, señores feudales de origen longobardo. También se distinguía la antigua iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, donde se celebró el matrimonio de sus padres.
Finalmente llegó a destino, a esa pequeña y desconocida aldea de los Apeninos Emilianos. Aparcó el coche en el patio de la granja y se quedó un rato en el asiento del conductor observando la casa-torre, del final del siglo XIII, totalmente construida en piedra, que había pertenecido a sus antepasados, bisabuelos, abuelos y por fin dejada en herencia a sus primos y a ella misma. El antiguo portal original de la grande casa estaba cerrado, como las ventanas; la luz del sol bañando la fachada con el pórtico formado por una hilera de columnas de arenisca finamente talladas del siglo XVII.
De pequeña veraneaba con algunos primos en este caserón, que no le gustaba para nada. Ahora le parecía la casa más hermosa del pueblo. Al exterior todo parecía haberse quedado igual. Bajó del coche; el empleado de la agencia inmobiliaria estaba a punto de llegar. Pero antes deseaba echar un último vistazo, a solas, al interior de la casa. Entró, y cruzando el pórtico llegó al grande salón con la chimenea, la mesa grande de roble macizo y el aparador. Ya que nadie había vivido en la casa durante muchos años, algo había empezado a deteriorarse. En unos puntos las tejas viejas dejaban pasar agua de lluvia y en algunos tablones de madera del suelo antiguo se notaban huecos pequeños, que denotaban la falta de algunos trocitos.
Por el rabillo del ojo captó un movimiento en la pared, una araña grande y negra se alejaba hacia la puerta de la cocina que estaba abierta. De las criaturas que probablemente desde siempre vivían allí, insectos, abejas y también un murciélago, solo las arañas siempre le habían dado asco. La casa tenía tres pisos, y un enorme sótano donde estaban los viejos toneles de madera de roble que custodiaban el vino y una despensa fresca y cerrada donde el abuelo conservaba el jamón.
¿Subir hasta las habitaciones más arriba o bajar?
El silencio era aplastante, solo podía oír el siniestro crujido del suelo de madera, bajo sus pies. Se acordó de la inquietud que le provocaba este sonido cuando por la noche trataba de dormir, tras haber escuchado las leyendas, esas espantosas, que la abuela solía contar a los nietos. Subió al tercer piso y entró en la grande habitación, la que había compartido con su prima. Abrió la ventana, la que daba al pequeño río Rossenna, a las ruinas del castillo y a los viñedos; se asomó. Un fuerte aroma de uva madura llenaba el aire.
¡Imposible! Su imaginación le estaba jugando una broma. Nadie se ocupaba del viñedo desde hacía muchos años y la viña no tenía ni un racimo de uvas. Bajó al segundo piso y entró en la habitación que el tío abuelo materno, sacerdote en la comunidad de Módena, solía utilizar durante sus vacaciones. Desde su ventana se veía el otro caserón y más allá el principio de los bosques de encinas, robles, castaños, donde a veces paseaba con al abuelo en busca de hongos al final de verano, y donde teniendo suerte y guardando silencio se podía ver a zorros, jabalíes y faisanes.
Luego bajó a la taberna, en aquel lugar que aún olía a vino, que su abuelo consideraba precioso y del que estaba muy celoso. Incendió una bombilla que con su luz fantasmal iluminaba los recuerdos. Por supuesto el murciélago ya no estaba.

Y de repente… alguien estaba tocando la bocina.
Se había olvidado del empleado de la agencia inmobiliaria…

Raffaella Bolletti

Dos Microrrelatos de Iris Menegoz

FIESTA

Cuando hacemos el amor tu tienes los ojos cerrados.
Tu boca apretada como cicatriz de una vieja herida
revela el hilo de tu aliento caliente.
Sólo tus manos grandes de arena seca reconocen a mi cuerpo.
¡Mírame por Dios! Mírame mi amor y será una fiesta.

OTRA MITAD

Ser dos.
Morir dos veces.
Sentir el dolor al cuadrado.
Ser dos. Y de repente ser uno.
Acostumbrarse a cerrar los ojos cuando en el espejo roto aparece un fragmento de tu cara.
Ser uno.
Fuimos dos.
Establecer contigo una paz inmensa, definitiva como la muerte.
Ser uno.
Una sombra pequeña en el espacio onírico de un sueño.


Iris Menegoz

La chica de amarillo

Lluvia sobre Nueva York
Pete Rumney

“El comandante anunció que el aterrizaje tendría lugar en el aeropuerto JFK de Nueva York en 20 minutos…”

Él enderezó su asiento y sintió la angustia que tenía cada vez que llegaba a Nueva York, odiaba pasar por inmigración, ser interrogado sobre los motivos de su estancia. Percibía una cierta agresividad por parte del oficial, a veces cuando se trataba de un oficial de color, no lo comprendía bien, y se sentía, sin motivo alguno, culpable por existir.

Más tarde, en el taxi que lo llevaba a Manhattan, sintió otra angustia. ¿Estaría ella allí? Llovía a cántaros, y el cielo estaba ya oscuro a primera hora de la tarde. También hacía dos semanas estaba paseando por Central Park y había caído una borrasca inesperada. Salió corriendo del parque hacía la Colección Frick en la calle 70 mientras las primeras gotas se desencadenaban.

La atmósfera en el museo era cálida; la madera, omnipresente en la decoración, muy clásica, contribuía ciertamente a ello, pero también, por supuesto, la presencia de esta fabulosa colección de pintura. Era muy rica y variada, pero al mismo tiempo tenía una dimensión humana. 

Los tres Vermeer que la Frick poseía eran objeto de su máxima admiración. Le encantaban los colores suaves que el pintor había sabido mantener a pesar de la excesiva iluminación que provenía de una ventana situada a la izquierda del cuadro, y le encantaba también la intimidad de las escenas que representaba. Su lienzo favorito, “Ama y Criada”, describía la entrega de una carta de amor, probablemente adúltera.

Estaba detenido en el estudio de los detalles de esta última obra maestra, cuando de repente percibió una presencia detrás de sí, se volvió. Era ella, la joven holandesa rubia de ojos azules, o al menos alguien que se parecía mucho a ella. Él se apartó para permitirle acercarse al cuadro y se disculpó por impedirle admirar el cuadro. 

—No importa, conozco esta obra perfectamente, cada semana vengo a verla, no puedo evitarlo. Me tiene hechizada.

Continuaron intercambiando sus puntos de vista sobre la pintura del famoso artista. Luego se despidieron, prometiendo volver a verse en una próxima visita. Ella le confió que venía siempre aproximadamente a la misma hora.

La idea de verla de nuevo se convirtió rápidamente en una obsesión. Así que allí estaba y, como por arte de magia, llovía otra vez. Cuando él entró en la sala de los Vermeer, la vio inmediatamente, llevaba un pequeño traje amarillo. Se acercó rápidamente a ella, permanecieron unos instantes delante del cuadro sin hablar mucho, observando la escena, y luego él la acompañó protegido por un enorme paraguas que se había traído. Alquilaron una habitación en un pequeño y acomodado hotel cerca del museo. 

En la habitación se lanzaron el uno a los brazos de la otra y se arrancaron la ropa sin decir una palabra. Follaron como fieras endiabladas, por no decir más.

Alrededor de las 18h, la besó apasionadamente por última vez y tomó un taxi para coger el último avión. La lluvia y sus oscuros decorados azules habían desaparecido, una hermosa luz de atardecer reinaba en Nueva York.



Jean Claude Fonder

La riqueza del libro pobre

Hay libros que nacen para ser mirados más que leídos. No importa si contienen textos escritos porque estos carecen, generalmente, de contenidos semánticos específicos. No son tampoco libros de fotografía ni de arte. Son libros concebidos y realizados por un artista visual. Libros obras de arte: libros de artista. En este género interdisciplinar, cuyos precursores son las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX, el libro deja de ser el tradicional vehículo de textos literarios o teóricos para convertirse en una entidad artística propia centrada en el valor visual y espacial de la página. Podríamos decir que la escritura de un libro de artista no es literaria, o no lo es en modo exclusivo, sino plástica. Sus características (infinidad de soportes, técnicas y materiales) han dado a luz a una gran variedad de subgéneros, algunos más cercanos a lo literario, otros a lo pictórico o escultórico. A mitad, entre el libro de artista y la tradición de los antiguos manuscritos miniados, encontramos lo que Daniel Leuwers ha bautizado “livre pauvre”, el libro pobre.

livre pauvre: Crédo de l’aube Ghislaine Lejard

Poeta y crítico literario francés, profesor de letras modernas en la Universidad de Tours, Daniel Leuwers ha elaborado este concepto a partir del encuentro, en su juventud, con el poeta René Char (1907-1988). Desde la segunda posguerra René Char ha llevado acabo una intensa colaboración con los que llamaba “mis pintores”: Braque, Arp, Brauner, Miró, Matisse, Picasso, etc. Nacieron así un gran número de manuscritos poéticos iluminados. El deseo de continuar el diálogo entre lenguajes artísticos diferentes lleva a Leuwers, en 2002, a invitar a poetas y plásticos a participar a su primera colección.

¿Pero qué es un libro pobre y por qué “pobre”? Es pobre porque su realización no es costosa. Pero ante todo, porque está fuera de los circuitos comerciales. Su requisito principal es el de no estar en venta. Ninguno de los participantes es remunerado. Se trata de una colaboración inédita, lúdica y desinteresada. Se crea algo bello por el simple gusto de hacerlo y de exponerlo luego al público. Aquí toda su riqueza. Digamos sorprendente para los tiempos que corren.
El libro pobre está realizado en pocos ejemplares, de 2 a 6, todos originales de dimensiones reducidas cuyos destinatarios son: el autor, el artista visual y las exposiciones permanentes o itinerantes.
El soporte es la simple hoja de papel (de acuarela, cartulina, etc), plegada en dos, en acordeón o de otro modo. En cada ejemplar el escritor -generalmente un poeta- escribe a mano un texto breve: poema, haiku, fragmentos de prosa; el artista lo ilustra usando la técnica que prefiere: dibujo, pintura, grabado, foto, collage. El proceso puede también invertirse y el poeta seguir con su caligrafía las huellas trazadas por el artista.

Como sostiene Daniel Leuwers “Lejos de ser un libro donde uno se sienta para dar vuelta las páginas, es una página en torno a la cual uno da vueltas estando de pié. Por otro lado, la conjunción de la escritura manuscrita y de la ilustración original ponen al libro pobre por encima de las publicaciones ordinarias.” De hecho, si el libro pobre escapa a la comercialización atesora en sí mismo un valor inmenso: pura belleza para alegrarnos la vista y el espíritu.

La colección Leuwers cuenta hoy con más de 2000 piezas en muestra en la “Maison Ronsard” en el Priorato de Saint-Cosme, cerca de Tours, última morada del poeta Pierre de Ronsard y patria del libro iluminado medieval. En 2008 la editorial Gallimard ha publicado un bellísimo catalogo “Richesse du livre pauvre” (del cual, por otro lado, he tomado prestado el título) donde se pueden apreciar algunos ejemplares de los diferentes poemarios lanzados por Leuwers. Todos llevan como título una obra de Mallarmé, en homenaje al precursor de la poesía visual.

Numerosos escritores, poetas y artistas de todo el mundo han participado a esta colección: Yves Bonnefoy, Fernando Arrabal, Michel Butor, Annie Ernaux, Pierre Buraglio, Claude Viallat, Erró, entre otros. Han sido organizadas exposiciones internacionales y lanzadas nuevas colecciones como la de Ghislaine Lejard, poetisa y collagista francesa, a la cual tuve el placer de participar y que luego me animó a crear, junto a escritoras y artistas visuales, una serie de librillos en italiano y en español.

Del libro pobre nació también este poema con el que los dejo:

Ménage harmonieux (*)

Les mots
illuminent la page enluminée
par les couleurs.
Etincelles du sens qui
s’épanouissent dans la profondeur
de deux silences.


(*) relación armoniosa: las palabras/iluminan la página miniada/por los colores./Chispas de sentido que/florecen en la profundidad/de dos silencios.


Adriana Langtry

Nuestra Tierra

Planeta tierra, (https://www.jo99.fr/article-5442265-html/)

Has aprovechado todos los recursos naturales de nuestra tierra para alimentarte, calmar la sed, calentar las casas, viajar. Deberías haber interactuado y colaborado con nuestra tierra, al contrario en nombre del progreso tecnológico la has convertido en un vertedero. Nuestra tierra nunca perdona la falta de cuidado y ya no es capaz de tolerarnos, personas insaciables que con sus crímenes humanos destruyen los bosques, contaminan la superficie, el cielo y las aguas. Nuestra tierra está enferma y a estas alturas solo le queda atacar, volverse implacable, cruel para sacudir la indiferencia, con sequías e inundaciones, inviernos sin nieve y primaveras sin lluvias y sin golondrinas. Mira a lo alto, y acuérdate de la normalidad, cuando tus ojos disfrutaban del espectáculo que ofrece un amanecer, tus oídos escuchaban el ruido de las hojas sacudidas por el viento, el gorgorito de los pájaros en el bosque, el ruido ligero de las olas dejando una espuma blanca al romperse en la arena, y los graznidos de las gaviotas volteando sobre el mar. Mira ahora hacia la playa con sus olas rompiéndose en la orilla, sin espuma, trayendo basura; mira el amanecer sin color, el cielo y la tierra de un color gris sombrío. Ahora sí que tienes que ir al grano ya que de no llevar adelante acciones concretas todo se acabará, se callarán las voces de la fauna, desaparecida por haberse ahogado con desechos plásticos, nuestra tierra sí seguirá con su movimiento alrededor del sol, pero dejando un espantoso silencio para ti, hombre.

Raffaella Bolletti

Él

Cuando despertó el hombre desnudo estaba todavía allí, en la cama tumbado, poderoso e inmóvil. El calor era sofocante. Una luz cobriza filtraba a través de las persianas. Le gustaba mirarse en el espejo del guardarropa. Estaba al lado de la cama y reflejaba un cuerpo escultural y brillante de sudor. El aire que removían dulcemente las palas del ventilador acariciaba sus senos orgullosamente erguidos. Echó una mirada licenciosa sobre él, sonrió y se puso rápidamente y en silencio sus vaqueros y su camiseta. No quería perder el olor del hombre que estaba pegado a su cuerpo. Recuperó su bolso Prada y se fue.


Jean Claude Fonder

Duelo

Aquel día, hace varios años, estaba preparado, concentrado en lo que iba a empezar, la mirada fija en los ojos del otro, el que hasta ahora había sido su amigo. Estaba preparado para su primer duelo directo. Había aprendido las estrictas reglas de comportamiento y respeto que el sensei iba inculcando desde el primer día, como por ejemplo la importancia del rito del saludo. Había aprendido que el Karate o Mano Vacía, era una filosofía de vida, que mantiene la miente abierta, que ayuda a enfrentarse con las situaciones desagradables, a aceptar a las personas por lo que son y a reaccionar de una manera positiva. Todo esto se le vino a la cabeza mientras el equipo médico explicaba las medidas que iba a adoptar para su enfermedad. “Hajime, vamos a empezar, me batiré en duelo contra este adversario invisible y a ver quién pasará a la final”. Con su propio optimismo ganó algunos duelos, pero ahora su adversario atacaba de un estilo diferente, jugaba sin igualdad de condiciones, sin respetar las reglas, con ataques cada vez más fuertes. Entonces, a sabiendas de que se sentiría demasiado desfavorecido y débil como para seguir adelante, abandonó el duelo. Así que mientras el duelo de él con el invisible terminó, para ella un otro duelo empezó afectando su vida en un camino que comienza y que nunca se acaba.

Raffaella Bolletti

Duelo

Quién llorará la muerte del último hombre, de los últimos hijos de las últimas madres. Quién nos echará de menos cuando el género humano se haga arena, se disuelva como témpano frágil, se evapore de la faz de la tierra.

En qué estrella remota, en qué humus quedará la memoria, un destello, en qué piedra una huella, en qué abismo deshilachados alfabetos. 

Me pregunto con nostalgia de especie, añorando del futuro la pérdida o quizás lo que nunca habrá sido. 

Qué será de todos nuestros dioses, me pregunto. ¿Resistirán a tanta irreverencia?

Adriana Langtry

Sonrisas amargas

Mis lágrimas se secaban detrás del duelo, era un desfile matizado según se alejaba del féretro; los primeros lloraban mucho, ensimismados, sin palabras, enojados, y poco a poco, recorriendo el cortejo hacia el final, la tristeza iba desapareciendo y los últimos hacían arreglos para la noche, 

— ¿Cómo quedamos? Nos vemos frente al restaurante a las 8 en punto y no pico, — respondían los demás. 

Una pasarela de formalismo ocioso, emociones falsas, pésames de circunstancia, arrogancia, y una verdadera y auténtica omisión de sentimientos.

De repente, irrumpió contra el carro fúnebre un coche enloquecido que lo arrastró veinte metros. La gente asustada se derribó a tierra por el miedo, y el ataúd salió arrojado para afuera con la tapadera abierta.

—¿Hay heridos? —gritaron. 

Muchas personas se sintieron mal, se desmayaron, una niña tuvo un ataque de pánico, la señora con vestido de flores vomitó diciendo 

— ¿Estoy muerta? —La muchacha del tercer piso estaba histérica y le vino una crisis de asma, al señor de la puerta de al lado se le cayó el peluquín.

El policía afirmó que estaban haciendo un duelo, una carrera entre dos vehículos, y los conductores totalmente borrachos y fuera de sí fumando “porros” derraparon contra la carroza de la funeraria.

El cadáver estaba intacto con su camisa blanca, corbata roja y traje gris pardo de rayas blancas.

Pero en la cara del muerto se notaba una ligera sonrisa irónica al lado de la baba que le salía por la boca.

Luigi Chiesa

El duelista

Esa mañana, en el claro de un bosque cerca de Mestre, el amanecer era vigorizante. Un sol un poco pálido dramatizaba este decorado de árboles majestuosos. El verde del bosque ya estaba manchado con grandes salpicaduras de oro. Estábamos en los primeros días de octubre.

Mi asistente y yo, como siempre, estábamos en el lugar un poco antes de tiempo para asegurarnos de que todo estaba en orden, sin presencia molesta ni otros inconvenientes. Nos llevamos las pistolas, de precisión, por supuesto, no quería matar a mi oponente, el cornudo. Sonrío ante la idea.

En realidad no lo conocía, fue su representante quien me lanzó el guante. Ella, la conocí durante el carnaval, llevaba una máscara veneciana que le cubría toda la cara. Cuando nos conocimos en la intimidad de la posada, todavía lo usaba. La única parte de su cuerpo que me mostró fue su pecho generoso, espléndido, que me desafiaba y me excitaba todo a la vez. ¡Una noche para recordar!

Bueno, esa es una forma de expresarme porque según mis buenos hábitos, al día siguiente ya estaba de caza, el carnaval no había terminado. Y, como me sucedía a menudo, fui desafiado a un duelo unos días después.

Llegaron a las 8:00, como acordamos. Mi víctima parecía pequeña y flaca. Mientras nos estábamos observando a distancia, nuestros asistentes estaban ajustando los detalles del procedimiento. Las pistolas elegidas, espalda a espalda y en camisa, dimos los diez pasos reglamentarios. Nos pusimos cada uno en el punto de mira del otro…

De repente mi oponente hizo un gesto de espera, se deshizo de su camisa y me retó de nuevo… Estos pechos orgullosos de mujer… Era ella, la reconocía ahora. ¡Era Elvira! …

Lo último que percibí fue la detonación.

Jean Claude Fonder

Duelo

El viejo estaba acostado en el sillón preferido de Pilar, se sentía muy cansado y sin fuerzas, el día antes habían enterrado su mujer, muerta después de una mala enfermedad.

Pensaba en todos los momentos felices con ella: el día de la boda, el nacimiento de los hijos y en todas las adversidades de la vida superadas junto.

Él la había amado muchísimo desde el primer encuentro, ¿Qué habría hecho sin Pilar? No quería vivir más.

Se durmió por un momento, de repente oyó el ruido de la llave en la puerta y vio entrar su nieto mayor que le dijo: 

— ¿Hola abuelo como estás? He venido a vivir contigo, no te dejo solo. — y lo abrazó fuerte.

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Leda Negri

Duelo

Castor y Pollux

Salomón reñía siempre con su hermano Pedro. Eran como los Dioscuros, los gemelos Cástor y Pólux. Como todos los gemelos reunían en sí tanto la unidad como la pugna, el duelo, como lo testimonian numerosas historias mitológicas – Ormuz-Ahrimán en Persia, Ixbalamqué-Hunahpú (los mellizos del Popol-Vuh), Rómulo y Remo, Caín y Abel.  –

Salomón se sentía atado a él por fuertes sentimientos de amor y envidia, en ese concentrado de lo humano que es la relación entre hermanos, emergen todas las diversidades y las contradicciones de la humanidad. Pedro era el menor, el consentido del padre, ese patriarca severo, poderoso, pero a veces tierno o injusto.

Iban a cacería y Pedro era el más afortunado y el más ágil, apostaban carreras y era el más rápido; se retaban a duelo de lucha libre y un día la competición fue de tiro al blanco con las escopetas de caza. Un disparo apagó las risas de Pedro y al acudir el padre, las manos de Salomón estaban ensangrentadas, tratando de reanimar al hermano sin vida.

La furia del padre fue como la de un dios del Olimpo. Expulsó a Salomón y la familia se llenó de duelo para siempre.

El destino de este Caín fue de desamores, violencia y abandonos. Trabajó duramente, formó una familia, pero abandonó a su mujer y a sus hijos, porque no lograba encontrar paz y armonía; su hijo mayor eligió la carrera de las armas, era cruel y vengativo y sus nietos también tuvieron una pasión morbosa por las armas de fuego, llegando a posiciones importantes en el ejército, pero con el estigma de la maldición que seguía resonando en sus vidas, desde que Salomón-Caín fuera expulsado del edén familiar. Quizás las maldiciones se pueden sanar con el perdón y el esclarecimiento de la verdad. A veces, las familias son un cálido refugio o un pequeño infierno de desigualdades. 

Maria Victoria Santoyo Abril

Cinco muertes: cuatro duelos

— Que tienen que hacer el luto y guardarlo, —insistía mi hermano el psiquiatra, siempre que moría alguno de nosotros, que se fueron yendo con intervalo de días, en una procesión de muertos; mi mamá, mi hermano menor y enseguida mi papá, quien en su soledad de anciano viudo no les guardó luto pues hablaba con ellos todo el tiempo.

— Mija por acá, mija por allá… Hijo tal cosa… —como si estuvieran siempre a su lado, pero nosotros no veíamos nada. 

Ella duró semanas muriéndose, queriendo despedirse de todos.

— Prométame no derramar una sola lágrima, —me decretó agonizando. No le hice duelo. Ahora se me aparece en sueños y conversamos como ella lo hacía con su esposo estando ya muerta.

Sacudido por lo prometido, volvieron lejanos recuerdos dolorosos, olvidados…  Siendo niño, mi primera inconsolable tristeza al morir mi perro, que no desapareciera hasta el nacimiento de un bebé en casa paterna bautizado Ramiro, un adorable ser humano a quien amé al instante y adopté como si fuera mi hijo siendo mi hermano, hasta el día de su muerte inesperada y violenta.

Duelo empatado al de mi padre al morir casi de inmediato. Sentí rabia con Dios. No creí más en nada.

Pasaron los años… y cuando el nacimiento anunciado de un hijo empezaba a borrar el dolor de tantas muertes caseras, el turno fue para él, que no supo qué era la vida porque nació muerto. Fui al infierno. Toqué fondo y sólo pude sobreaguar y volver a creer, al nacer Juan Felipe, el Benjamín de mi manada, que, amamantado con la leche de la mujer amada, lo hará inmortal. Ya tiene casi un cuarto de siglo feliz y está muy vivo.

 

Olmo Guillermo Liévano

El duelo de Don Nacho

A mediodía en un día de miércoles al improviso Don Atanacio Balboa (Nacho) dejaba de existir a los 75 años. Sus hijos confundidos por tal triste e imprevista noticia se preguntaban el ¿por qué? En medio de estas vicisitudes, Auria la hija menor lloraba desconsoladamente, pidiéndole perdón. Los dos hermanos restantes Pablo y Josefina, más calmados dialogaban, distribuyéndose las tareas para organizar el velorio. Uno fue a ver la funeraria, la otra a arreglar la casa y avisar a los familiares, mientras tanto Auria fue a comunicar al cura. Luego fue a una emisora local a meter el anuncio e invitando al duelo de su querido padre.

En medio de la tristeza la organización andaba de maravilla. 

Hacia las 4 de la tarde una luz divina iluminó sus vidas, don Nacho despertó, ¡Aleluya! Abrió los ojos. ¿Qué pasó? un paro cardíaco, solo eso había sucedido. 

Por dos horas sin parar festejaron bailando y bebiendo por la resurrección del padre. Después de las 6 de la tarde don Nacho cansado se fue a descansar. Estando en su recamara tenía la radio encendida y escucha la noticia donde se invitaba al duelo de él.

Acongojado y estúpido llamó a su hija y dijo que vayan a cancelar esa noticia. De inmediato mandaron a un familiar, pero la emisora quedaba a 20 minutos de la casa (no existía el móvil).

Durante este tiempo volvieron a pasar más de 5 veces la noticia de su deceso. Bastó para que esta vez sí, un verdadero paro cardíaco le ataque sin piedad. Entre la preocupación la rabia y el alcohol, la hipertensión lo mato.

Nota: Esta historia fue real sólo cambie los nombres por no herir susceptibilidades. 

 

Luis Alberto Prado

Duelo

En esta habitación siempre hay gente distinta y esperando. Caras nuevas que hablan, alguien contando su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días.

Algunos escuchan con atención a los que hablan, otras con hastío miran el reloj, otras veces no se puede escuchar sino llorar, alguna que otra vez uno puede hasta reírse, se entablan conversaciones y se cuentan cosas.

 Y yo recuerdo aquellos días en los que iba al campo, un día de esos en que el verano te premia con un ligero viento fresco, una brisa que reconforta y aparece la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El ritmo adecuado para que crezcan las flores, la higuera, la uva, tiempo para recoger una cosecha completa, hay que esperar, todos esperamos a recoger la cosecha final.

Delante de esa habitación todos esperamos y él ve como sucede el tiempo para todos y prescribe si la cosecha será buena o no y hace su diagnóstico y sabe si hay que esperar o ayudar de alguna manera al tiempo para que la cosecha sea mejor, sea más fácil de recoger y se recoja en el momento adecuado.

En mi caso él me hace sentirme segura, me hace sentirme segura el que él recorra un poco de mi tiempo, son pocos minutos al mes, ¿cuántos duelos habrá tenido que recorrer? ¿Cuántos no han vuelto a regresar a por sus recetas, a su análisis anual? ¿Cuántas veces el duelo es el de una niña o el de un anciano? Nunca nos preguntamos por los duelos de aquellos a los que no tenemos que avisar cuando llegue la cosecha final. El médico se va a enterar solo cuando tú no vayas más y a la enfermera le pasará igual, ellos tienen un tiempo mínimo para los duelos. Nosotros una sala de espera llena de suspiros.

Pensándolo bien todos se enterarán cuando ya no te vean más y entonces comienza el duelo de cada cual. Y el silencio largo se queda entre dos palabras y duele.

Gracias por llenar mi espacio con tus tiempos. 

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Blanca Quesada

El duelo

Otra vez había vuelto, y no había sido nada inesperado: algo como el inexorable reflujo de la mala temporada.

Había vuelto: lo reconocía por los mordiscos de perro rabioso en mi corazón, por los golpazos en las rodillas que invadían mis piernas con una lánguida debilidad y hacían mis pasos inestables. Lo reconocía por el melancólico presagio de que la vida se me iba a oleadas, como una letanía de intentos fracasados que nunca llegaron a su fin, como una respiración entrecortada que se recomponía en un trastorno rítmico.

Había vuelto. Y era como si nunca se hubiera ido, ocultado entre los pliegues de los días inútiles, en los malhumores escondidos, en los recuerdos traicioneros que afloraban a la memoria como trozos de madera después de un naufragio.

Había vuelto para encerrar los días en una monotonía plomiza sin esperanza, en el hielo que encierra el ritmo y la réplica de las horas, para encarcelar mi vida en un Invierno del que no podía presagiar el fin.

Había vuelto, era él: era el duelo.

Silvia Zanetto

Oleaje


Pablo Ruiz Picasso, Bañista sentada a la orilla del mar, 1929

Estoy aquí en la playa sentada al borde de mis recuerdos, esperándote, mientras el mar sigue levantando olas que se rompen en la orilla. Cierro los ojos y mis oídos perciben el suave sonido del vaivén de las olas, el aliento de la espuma. Se levanta el viento y el oleaje se hace más fuerte. Se acelera mi corazón, adaptándose a este ritmo. Ya no sé si es el viento que acaricia mi piel o si son tus labios, ya no sé si es el ir y venir de las olas o si es tu cuerpo que se une al mío.

Raffaella Bolletti