Abre tu puerta cerrada

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

Desde el patio rodeado de árboles ya se oye la música: 

Abre tu puerta cerrada”… (1)

Escucho la risa cristalina de Isabel antes de verla bailando en círculo, con la mascarilla puesta o quizás colgando de la oreja. 

Que en tu mano está la llave…”  

Nosotros todavía no podemos tomarnos de las manos, por eso se eligieron danzas en círculo en las que se baila sueltos. Pero María y yo, guiñando el ojo, nos saludamos sonrientes con un golpecito de codo, Alberto lanza hacia los amigos que llegan gestos alegres, las miradas de los danzadores resplandecen de vida que vuelve. 

Corro hacia el círculo y empiezo a bailar yo también.

El amor a ti te vela…” 

Fue aquí que la sonrisa de Alejandra enamoró a Sergio: solo estaba feliz cuando bailaba y por eso su vida se convirtió en una danza. 

Partemos rosa, partemos de aquí” 

Tomamos el ritmo, los cuerpos dan vueltas armónicamente sincronizadas, los movimientos de los brazos se funden en el mismo compás, que hincha las faldas largas de colores de Ana y de Rebeca. 

Yo demandi por la tu hermozura

como te la dio el Dió” 

De repente la felicidad me inunda: de verdad me encuentro aquí en el patio y no en el salón de mi casa, y Carlos, Victoria, Laura ya no son imágenes electrónicas en el ordenador sino cuerpos vivos en un círculo, que la música empuja a bailar. 

la hermozura tuya escura

la merezco sólo yo.

En fin, creo que nosotros también merecemos esta hermosura.

(1) Canción sefardí del siglo XV, sobre la que se ha creado la coreografía de una danza en círculo

Silvia Zanetto

Turner

Dutch Boats in a Galearnars
Joseph Mallord William Turner

Estábamos en Londres, lloviendo para variar. Un sol agradable a veces atravesaba grandes nubes espantosamente negras. Los colores entonces eran maravillosos, eran nítidos y francos como las dos fuentes de Trafalgar square que extendían sus manchas azul-claras delante de la imponente National Gallery. Con un tiempo como éste, qué mejor que visitar alguna obra maestra de la pintura inglesa.
Turner me pareció una elección sensata, podríamos concentrarnos en los impresionantes Marines de Turner que proponía el Museo.
Huyendo de la lluvia, Gabriel, Michelle y yo subimos las escaleras de este templo de la nación británica. Nos perdimos sin encontrar un lienzo de Turner en este inmenso laberinto de pasillos y salas de colores fuertes, burdeos, verde botella, gris triste y sobrecargado de marcos con dorados barrocos. El personal nos indicó dos salas donde encontrarlos, lamentando el hecho de que no se podían colgar todos. Después de otra larga caminata pudimos admirar algunos lienzos que representaban bastante bien lo que este pintor dejó en el imaginario común, en particular los marines como por ejemplo aquella cuyo título es «The Fighting Téméraire». Una poderosa nave de tres mástiles arrastrada por un remolcador de rueda y vapor que parecía salir de una neblina difícilmente penetrada por un sol poniente.
Y finalmente el flechazo, una pintura nos atrajo, un rayo de sol en toda la sala centraba algunos barcos holandeses arrastrados por una ráfaga de viento impresionante y nos los mostraba en un mar desencadenado, ampliamente iluminado por blancos y grises colorados.
— ¿Cómo sabemos que son barcos holandeses? —preguntó Gabriel, que se interesaba más de lo habitual.
— El título lo indica. Y luego parecen barcos de fondo plano, con una sola vela, barcos de pesca, porque así pueden acercarse más a la costa.
— Papá, ¿por qué los barcos grandes en la lejanía están tan tranquilos?



Jean Claude Fonder

Milán, el nuevo Cervantes

¡Qué belleza!

Estoy delante del nuevo Cervantes de Milán. Es más hermoso que el de la vía Dante, más milanés. Por supuesto, el antiguo estaba cargado de recuerdos, de felicidad, de alegrías, de historia, pero hay que mirar hacia el futuro, tenemos que volver a partir, necesitamos juventud, necesitamos belleza.

No me lo imaginaba, las fotos que había visto nos mostraban sobre todo el patio interior, muy hermoso, pero hay mucho más. Tomé el tranvía 16 que se detiene frente a mi puerta, y haciendo dos paradas más que antes, desembarco en Missori, junto al hermoso jinete que parece venir de la batalla de Waterloo y la salida del metro, línea 3. Dando unos pasos por la calle Zebedia hacia la plaza San Alessandro, surge una pequeña calle a la izquierda, vía Achille Mauri y allí está, delante de mí, en el número 2a con la bandera española que flota sobre la entrada.

Entro y el impacto es positivo: 2 hermosas columnas dóricas, una escalera de caracol, una hermosa planta y una recepción en un decorado uniformemente blanco donde destaca el logo rojo del Cervantes. Esperaba encontrar a Ana, Ana López, pero no había nadie, entro un poco más en el pasillo y encuentro una vista del patio y el tronco gigantesco de su maravillosa glicinia. Es entonces cuando veo detrás de mí la animada oficina de la secretaría, y a la misma Ana hablando concentrada por teléfono. 

Como la llamada se prolonga, me aventuro y subo al primer piso. Alrededor del patio interior de un ocre bien milanés, la majestuosa glicinia se puede ver desde las diferentes oficinas y aulas que lo rodean con un balcón (una ringhiera) que acentúa el color local de la arquitectura. 

Una pacífica calma emana de la blancura general, busco la oficina de la directora, Teresa Iniesta, pero no la encuentro, me confirman que está en el edificio. Quiero saludarla y felicitarla. Es a ella a quien debemos este milagro, este nuevo Cervantes, concebido e inventado durante la pandemia en circunstancias muy difíciles, y no es sólo un nuevo edificio, sino que refleja muy bien la novedad en el enfoque y la visión de un instituto moderno y orientado al futuro. 

Mientras tanto, Ana se ha unido a mí, tomamos algunas fotos más y continuamos la visita. Me hace descubrir el ascensor que está en el lado contrario por el que entré, y es en la planta baja donde Teresa me hace señas mientras fotografío el patio. Finalmente, todos los demás presentes se manifiestan, están ocupados preparando una reunión que va a comenzar pronto y en la que Ana debe participar. Así que tengo que irme…

El nuevo Cervantes está listo, la biblioteca y la zona de cultura se están preparando en un edificio cercano, estoy seguro de que, una vez más, nos asombrarán. Nos vemos en septiembre.

Gracias, Teresa, gracias a todo el equipo.


Jean Claude Fonder

Yo soy una ninfea

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Yo soy una ninfea rosa, flotando en un lago pequeño entre ninfeas azules.

Meditando, meditando, transformándome ahí me quedo: llegan las ninfeas blancas a mi encuentro y las espero con alegría. Hace mucho calor, pero el agua nos refresca evaporando el sol. Mi Alma se encuentra allí con el gran pintor.

Simonetta Ferrante

Reflexiones

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Era uno de esos días en los que lloraba como una Magdalena. Ya le había ocurrido varias veces. El dolor era el causante de todo, parecía sepultado, pero en realidad sólo estaba escondido en un lugar secreto, preparándose para morderla, listo para el ataque. Aquel atardecer, estaba sentada en el césped del jardín detrás de la granja, cerca del estanque. Había algo especial, algo tranquilizante en quedarse mirando a las ninfeas que flotaban sinuosamente en la superficie como en una danza. Pero el llanto la sorprendió otra vez. Se acercó un poco más al agua, inclinando el cuerpo, su largo pelo casi acariciando las flores mientras algunas lágrimas caían en el estanque. Miró al agua sin reconocer su propio reflejo, identificándose entonces con uno de esos sauces llorones plantados en la orilla. En el estanque también había manchas de colores como las nubes rosadas en el cielo medio nublado de ese atardecer. Desearía hundirse allí, mezclándose con los azules y los verdes desapareciendo de manera que nadie pudiera dar con ella. Por siempre jamás. De pronto se acordó de una expresión de un famoso poeta “Dale palabras al dolor. El dolor que no habla susurra al corazón oprimido y le dice que se rompa”. Pero ahora las palabras, sobraban en este lugar encantado, no las necesitaba. Sin embargo, las palabras llegan cuando quieren y de hecho alguien estaba hablando, o así le pareció a ella: <Mírame por favor. No llores y escucha. Por la tarde me hundo en esta agua sucia, pero al amanecer nazco sin impurezas para lucir mi mejor traje rosado, con hojas verdes y, puede que tú no lo sepas, pero también tengo piernas. Bueno, sólo una, pero larga y bonita, un tallo que se hunde en el barro del estanque y que me atrapa en el fondo. Aquí bloqueada, sin poder ir a ningún sitio. Tú no eres yo. Tú eres libre. >

Así que levantó la mirada. El sol poniente aparecía y desaparecía, jugando con los colores y las sombras. Quizás debería regresar a casa. ¡Pero aún no! Tenía que disfrutar de los colores. El agua y el cielo reflejándose uno en el otro. Y ella reflejándose en la ninfea, cortó el tallo que la bloqueaba y empezó a dar palabras a su dolor.

Raffaella Bolletti

Claudio y Claude

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Sacaban fotos.

No salían de casa, pero sacaban fotos, como si quisieran concretar en imágenes unos átomos del tiempo cristalizado en el que ya no vivían.

Copias electrónicas se difundían a través de las redes sociales, de los mensajes que explotaban en los móviles. Les sacaban fotos a los perros, a los gatos, a los niños en los columpios, a los platos que se habían lanzado a cocinar con recetas nuevas, a sus bicicletas estáticas en los cuartos, a las pantallas de los ordenadores donde se encontraban “rectangulados” con sus amigos convertidos en ectoplasmas, a las páginas amarillentas de viejos libros. Y las compartían, hasta saturar la red.

Claudio sólo le sacaba fotos a las flores. 

No tenía un vergel privado, pero en los alféizares de sus ventanas estallaban los matices de color de decenas de orquídeas: un desafío vital y desmesurado a las tristezas de los telediarios y a la angustia del “homo homini virus”. El balcón era su “puente japonés” sobre el jardín de la comunidad, desde el que él hacía volar su espíritu por las ramas de los cedros atlánticos, hasta olfatear las magnolias y jugar con las tórtolas y los mirlos que nidificaban entre el verde tierno de aquella primavera tan extraña.

No hacía falta ir tan lejos para dar con la belleza, pensaba. Bastaba con saberla reconocer. Hasta un gran artista como Monet, en los últimos años de su vida, había elegido como única fuente de inspiración su jardín acuático en Giverny, al que se dedicaba con una pasión paternal. Incluso decía que su más bella obra maestra era su jardín.  El esplendor de sus ninfeas blancas y rosadas, frágiles y perfectas, los reflejos infinitos de los azules del estanque, las hojas planas de esmeralda, las ramas verdosas de los sauces habían sido suficientes para inspirar la creación de 250 obras de arte, cada una con su magia particular.

Hoy, después de más de un año de confinamiento, vuelven a abrir los museos y por primera vez Claudio se atreve a visitar una exposición. Le tiembla la respiración, sus manos sudan, pero sus ojos vuelven a vivir, aun sobre la mascarilla. Por fin, el cuadro está aquí, delante de sus ojos, magnifico, llenándole el alma de una paz infinita: Ninfeas azules de Monet.

Silvia Zanetto

Dentro del cuadro

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Abro de nuevo los ojos e intento concentrarme en los colores. Desde aquí puedo ver los azules del cuadro flotando en la pared frente a la cama. Veo todo borroso a causa del intenso resplandor que reina en este lugar y que me obliga a abrir y cerrar los ojos continuamente. De tanto parpadear se me caen las lágrimas lo que no me impide, en este blanco y húmedo ofuscamiento, reconocer los trazos de nuestro lienzo preferido, las Ninfeas Azules de Monet. Me digo que ahora la tarea consiste en concentrarse. Por eso me esfuerzo una y otra vez en rotar la mirada a pesar del dolor agudo que me atraviesa las cuencas oculares. Por otro lado, si quiero despertar es necesario que entre en el paisaje. Aprieto el entrecejo como si desde el tercer ojo pudiese lanzar una especie de rayo telescópico con el que develar las formas sumergidas en las oscilaciones del estanque. Pienso en ti Blanche, eso está claro, y en la hijastra del pintor que llevaba tu nombre y que fuera también nuera y discípula. Imagino sus furtivas pinceladas, las esquirlas de luz que con ardor filial derramaba desde sus pupilas en la ceguera del viejo pintor. Trato de enfocar la fosforescencia de nubes reflejada en el agua. Vuelvo a parpadear. Me pregunto si los que entran y salen de esta pieza se detienen alguna vez delante de la tela. Si conocen la antigua sacralidad del loto azul, el poder de las guirnaldas florales que acompañaban el viaje de los faraones al más allá. Si acaso alguien se pregunta por la obsesión que pueden desatar los nenúfares en la visión temblorosa de un anciano, si han jamás sospechado de nuestra tardía, reservada pasión. Los pensamientos me asaltan mientras intento concentrarme en los colores. ¿Quién es más ciego, el que ha perdido la vista o el que mira sin ver? Pienso en ti Blanche, mi bien amada, te veo envuelta en el follaje de Giverny ¿es recuerdo o ensueño? Y pensando en ti fantaseo con las ninfas, espíritus acuáticos que ambos sabíamos ocultos bajo el fulgor lechoso del estanque y que, en el intenso resplandor que hoy me rodea, intuyo cada vez más cercanos. Vuelvo a rotar los ojos, otra vez y otra vez, intento orientarlos hacia los violetas, el índigo, los cobaltos. En esta enceguecedora claridad observo el cuadro. ¿O es solo la emoción aflorando como flor de loto en mi memoria? Decía, despertar es penetrar el paisaje. Por eso abro y cierro los ojos, aunque haga mal, aunque duelan las órbitas y se llenen de lágrimas. Para entrever por fin, bajo el ramaje invertido de los sauces, las formas de las divinidades danzando en torno a Blanche que ahora avanza cubierta de guirnaldas. Blanche que me extiende los brazos y me arrastra en el azul profundo del estanque, mientras al pie de la cama alguien solloza y una voz monótona repite que es común en los estados comatosos la espontánea actividad ocular.

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Adriana Langtry

La hermosura

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

— ¡Qué belleza! —Oí detrás de mí.

Me volví lentamente. Quedé atónito. Una hermosa dama vestida de azul, – un pequeño vestido de verano apretado en la cintura y ligeramente hinchado, un gran sombrero verde botella, un pequeño racimo de flores rosas colgadas en la parte superior del vestido, zapatos del mismo color -observaba el cuadro por encima de mi hombro. Sus cabellos casi grises rodeaban una cara aún joven con unos ojos de un azul sorprendentemente profundo que destacaban sobre un lápiz labial rosa. El mismo rosa que eligió Monet para pintar los ninfeas azules del museo Marmottan.

Cuando vio que yo la detallaba, se alejó rápidamente y desapareció después de unos momentos.

Sentí que estaba soñando y que acababa de despertar. Esta mujer encarnaba el cuadro que más amaba. La armonía de sus colores era única, siempre me gustaron las ninfeas de Monet, hay muchos pero el del museo Marmottan me conmocionaba.

Regresé al día siguiente, estaba en París por unas semanas como parte de un proyecto de la empresa donde trabajaba. Esperaba volver a verla, pero debo decir que no me acordaba bien de sus rasgos, cuando pensaba en ella, era el cuadro que veía, esta audaz armonía de color, el azul, el verde, el gris y el rosa como un solista que dominaba mis recuerdos en este virtuoso cuarteto.

Evidentemente, la escena del día anterior no se repitió, dejé por un momento el cuadro, esas ninfeas que me obsesionaban. Fui a sentarme en un banco en el parque vecino. Me parecía que conocía a esta. Varias veces durante mi carrera pasé algún tiempo en París, en nuestra filial, era entonces que frecuentaba con frecuencia el museo Marmottan, llevaba allí a algunos colegas. Una imagen se precisó en mis recuerdos, a una colega de grandes ojos azules y de cabello largo y rubio, también le gustaba Monet, había tenido una aventura con ella y, y… sí, era ella la mujer que vi ayer, los ojos eran sus ojos.

Ella se sentó a mi lado y me abrazó impúdicamente, su perfume voluptuoso y sensual me embriagó definitivamente.

Jean Claude Fonder

La librería

La librería de Pieter Meijer Warnars
Johannes Jelgerhuis

— ¿Cómo no admirar esta obra? — le digo a mi mujer deslumbrada como yo ante el cuadro de Johannes Jelgerhuis expuesto en el RijksMuséum.
Sobre todo la luz, que parece provenir de la calle inundada por un sol radiante. Un sol claro, que no está nublado por el calor. Un sol que celebra una actividad febril en la ciudad que rodea la librería. Se ven las estrechas fachadas de las casas holandesas, muchas personas que van y vienen sin duda por trabajo, algunos animales, un caballo que tira de una carreta e incluso un perrito que brinca alegremente ante la puerta abierta de la librería.
La luz penetra por ella y por las grandes ventanas que cubren toda la pared que da al exterior. La luz imperiosa se refleja incluso en la parte posterior de los libros encuadernados, ordenados preciosamente sobre los estantes de las paredes laterales, proyecta su sombra sobre los muebles y las pocas personas que pueblan este antro de frescura. Se ven en el suelo, ramas de papel y contra los armarios del material de encuadernación Todo refleja calma y serenidad. Un personaje sentado frente a un escritorio trabaja junto a la ventana, quizás traduciendo o copiando algún texto o se trata de un contable. Un cliente de pie y elegantemente vestido interroga a los dos empleados. ¿Quizás esté preguntando por alguna edición rara, por ejemplo, del Quijote en holandés? Nunca lo sabremos.
— ¿Has notado la perspectiva?, —continuó mi mujer, —es impecable. 
Sí, parece una escena de teatro, pensé. 
¡No hay más que gritar: acción!



Jean Claude Fonder

El partido

Llueve a cántaros, el cielo está oscuro, la habitación donde escucha la radio está sumergida en la oscuridad. Escucha el rumor rugiente de los espectadores que trasciende la voz envuelta del periodista que, como si fuera un solista, dialoga interminablemente con su orquesta. De vez en cuando un grito del orador destaca un acontecimiento que provoca al público. El cual responde con gritos salvajes, trompetas o entona en voz alta canciones populares. 

Ella teme sobre todo los goles que detonan como un cañonazo en medio de la pelea a los hinchas que están furiosos y que, si pudieran, se precipitarían al campo para participar en los abrazos, las carreras, los saltos y la locura de los jugadores que, a su vez, tienen gestos de orgullo que se asemejan a los de un gorila que golpea con sus puños su torso desnudo en señal de orgullo.

Pero lo que más le asusta es cuando un árbitro odiado sanciona a un jugador y una mitad del estadio se levanta contra la otra, los gritos no se detienen, las invectivas llueven y se puede temer enfrentamientos asesinos.

Ella enciende la luz, como para poder olvidar esos momentos horribles. 

María sabe de lo que habla. Cuando conoció a Paolo servía en una de esas cervecerías que rodean el estadio donde ríos de cerveza fluyen para dar de beber a los que celebran la victoria y a los que lloran la derrota. Esa noche, él y sus amigos se consolaban de un desastre atroz que podría hacer descender a su club a una división inferior. María se había ofrecido a llevarlo a casa, no estaba en condiciones de volver. Ella tuvo que defenderse ante su ebriedad agresiva, pero como él era guapo y ella lo quería, lo llevó a su casa.

Hicieron el amor por la mañana, después de ducharse juntos. Fue maravilloso y poco después empezaron a salir.

Ella lo acompañaba a los partidos de los domingos, aunque no entendía nada de este juego que le irritaba y rechazaba el clima de violencia que la rodeaba. Dejó de ir cuando una noche después del partido había sido víctima de una escena excesiva, debido a la agresividad del grupo de amigos del que formaba parte Paolo. Pretendían de su parte favores que no podía conceder. Se había escapado a su casa y se había encerrado en su habitación. Paolo volvió furioso, intentó forzar la puerta, pero afortunadamente sus amigos se lo impidieron. Al día siguiente, con Paolo, vinieron a disculparse.

«Goooool» se oye en la radio.

¡El equipo de Paolo ha perdido el derbi contra el equipo contrincante! 

Es horrible, piensa ella, se irá de bares y volverá borracho. Así que se encierra, como cada vez, en su habitación con una silla que bloquea la puerta. Pero está asustada. De hecho, él llega tarde y los ruidos que oye no presagian nada bueno. Tocan con rabia la puerta y de repente escucha un ruido sordo, golpean la puerta para derribarla. Tiene que huir absolutamente, pero ¿por dónde? La habitación está en el primer piso, no puede tirarse por la ventana. La puerta se tambalea con los golpes repetidos. Va a ceder.

—¡Socorro! — Grita.

Es entonces cuando se despierta, el sol inunda su habitación, un hermoso sol de primavera. 


Huir del sueño es despertar.
Cita de Henri-Frédéric Amiel; Diario, 25 de abril de 1879.
Jean Claude Fonder

Rosas de lana

Afuera hay luz todavía. La hora legal retrasa la oscuridad.
¿Es viernes?… No, quizás es sábado...
Los días se mezclan como los ingredientes de una tarta. Todos con el mismo color, todos con el mismo sabor, el sabor de la ausencia.
¿Adónde huyeron estos meses de vida no vivida?
¿Dónde estarán todos aquellos abrazos hechos únicamente con la mirada?
¿Podré rescatarlos?
¿Me devolverán aquellos momentos secretos en que los dos intentábamos desatar los nudos de la vida?
¿Logrará mi cabeza recobrar su orden después de la invasión de miles de telediarios y múltiples versiones?
Se fue un invierno, y después otro invierno, y ahora otra primavera.
¡La huida más grande del siglo!
¿Y yo?
Yo sigo haciendo rosas de lana.

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Iris Menegoz

Por eso, ahora me voy

“Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo” pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.

Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien. No esperaba que se hicieran amigos: eso habría sido pedir demasiado, pero al menos confiaba en que lo tratara con respeto.

Pero a ella nunca le gustó y sigue sin gustarle.

A mí, en cambio, me enamoró enseguida.

Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras hablaba de su viaje a África. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y hacía reales.

Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda una vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.

Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…

Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían estos amorcitos pachuchos. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.  Pero ahora toda mi anodina vida anterior ya no existía.

Al principio, creo que él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante al fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. 

Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú. 

Y eso fue el amor.

—Pero ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre!  —me regañó mi madre. — ¿Qué pretendes hacer de tu vida?  ¿Hacer de enfermera?  ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tu vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.

Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él, con el mundo… en fin, ¿qué más da?  Nuestras discusiones son añejas. Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.

Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en mi maleta pequeña.

Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en la sabana, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…

Hasta que nos parezca tarde. 

Silvia Zanetto

La fuga

La vida de Cristina había llegado al tope, su carrera profesional estaba proyectada hacia un futuro luminoso y ella transcurría todo el día entre su oficina en el distrito policial y el tribunal donde actuaba como abogada.

Su último caso le había dejado un malestar que después de un mes aun la agotaba.

Cuando su compañera del colegio la llamó por un repatriado pensó que un largo fin de semana en una casita de campo, cerca del lago, la ayudaría a recuperarse.

Sin pensarlo llamó a su jefe comunicándole que ese fin de semana se tomaría algún día de descanso y regresaría el lunes; fue a su habitación a cambiarse y a preparar un maletín con lo necesario para esa temporada de descanso y salió con su coche.

Finalmente alcanzó el pueblo donde vivía su compañera, un lugar totalmente aislado, al borde de un bosque. Las instrucciones recibidas le indicaron el hostal donde pasaría la noche. El programa era muy rico y al día siguiente organizaban una búsqueda del tesoro.

Por la mañana se presentó con una mochila y, a quien le preguntaba, decía que necesitaba un cambio de ropa por si acaso se caía al arroyo. El grupo de compañeras se marchó y a los pocos pasos empezaron a dividirse, siguiendo diferentes caminos. 

Cristina se aseguró de que nadie le seguía, se cambió de ropa, se puso una peluca encontrada en el cesto de los objetos perdidos que estaba al lado de la conserjería, y se dirigió hacia la pequeña estación de trenes. Subió en el primero que paró y, al llegar a la primera ciudad, salió para cambiar otra vez su destino. Al final del día estaba a unos quinientos kilómetros. Compró unos vestidos grunge en una tienda de ropa usada, luego entró en el servicio de una cafetería muy grande donde nadie le haría caso, se cortó el pelo, lo tiñó de un color castaño y se cambió la ropa. La nueva Cristina estaba lista.

Se alojó en una pequeña pensión y, tras dejar sus cosas, decidió dar un paseo por el pequeño pueblo donde le parecía respirar un aire nuevo. Su mirada se paró sobre el cartel expuesto en el escaparate de una tienda de flores: buscaban una ayuda para preparar el festival de las flores que empezaría dentro de un mes. Entró en la tienda buscando más información; el dueño, un joven muy amable, con una sonrisa cálida, le explicó que el festival atraía a mucha gente y era muy divertido ya que se organizaban juegos y venían muchas atracciones. La persona a la que buscaba le ayudaría en la organización y también en el arreglo floral; Cristina le dijo que si y se acordaron para que empezara a la mañana siguiente.

Ahora solo necesitaba un lugar donde vivir, no le gustaba quedarse en una pensión anónima; entró en una cafetería para tomarse un refresco y pensar en los pasos a seguir. Mientras esperaba a la camarera, oyó la conversación de dos señoras sentadas en la mesa a su izquierda; la mas anciana ofrecía una habitación en cambio de compañía y de algún servicio. Se presentó, intercambiaron algunas palabras y la habitación fue suya.

A lo largo de dos días su vida había cambiado completamente; la fuga desde su viejo trabajo agotador se volvió en un nuevo inicio.

Elettra Moscatelli

Fuga de la realidad

¿Quién nunca ha sentido la tentación de escapar de la Realidad? Se puede hacer solo durante los sueños, pero al despertar todo vuelve a aparecer como es.

La vida es una batalla constante y es hermosa por esta misma razón, a fin de cuentas no se puede sentir felicidad sin antes haber sentido dolor.

Ciertamente hay momentos terribles en los que a uno le gustaría huir, pero se deben tener en cuenta las probabilidades  de ser víctimas, pensamos que somos los arquitectos de todo, quien creó el mundo  nos ha dejado libres para actuar.

La única forma de no tener que escapar de la realidad es explotar la belleza que nos rodea en cada lugar y en cada circunstancia y, sobre todo, luchar por encontrar la solución y sentirnos en paz con nosotros mismos.

Leda Negri

¡A la fuga!

Picasso – La muerte del torero, 1933

Fin de semana. Mañana va a ser domingo y se celebrará una gran fiesta, o por lo menos eso es lo que dice la voz traída por el viento, aquí en esta valla que comparto con otros compañeros de aventura. Estamos esperando desde hace unos días. La voz ha dicho que sólo elegirán a algunos de nosotros para participar en este evento y todos estamos ansiosos por conocer los nombres de los afortunados. Parece que una muchedumbre de personas asistirá aclamando, gritando con pasión y tirando flores. Parece que un hombre lucirá un traje de luz de color oro o plata, muy elegante, para recibirnos, y llevará una muleta de color rojo puesto que se cree que este color llama nuestra atención; de hecho, a mí me da igual. Habrá otros hombres llevando algo que llaman banderillas. No sé lo que son.

Un día más; de verdad espero ir de viaje a Las Ventas en Madrid. Por fin han decidido. Vamos a salir, yo y otros cinco compañeros. El viento sigue soplando muy fuerte, y me parece tan engañoso. Me trae esa voz que dice que tengo que tener cuidado. ¿Pero cuidado de qué? ¡Estoy tan animado! Es mi estreno en sociedad.

Gordito va ser el primero a salir al ruedo. La gente silba y grita un nombre. El espectáculo ha empezado. Ha transcurrido ya bastante tiempo, y Gordito aún no regresa. La gente repite un nombre, lo aclama una y otra vez. ¿Qué pasa?

Atrevido es mi nombre y realmente lo soy. En este momento estoy recibiendo palizas con sacos de arena, me duelen mucho, no entiendo por qué puesto que me estoy portando bien. Ahora van a abrir la puerta de toriles, me toca a mí salir al ruedo. La voz me persigue: <date prisa, date cuenta de que estás en peligro, no te hagas el héroe>. De pronto al entrar en la arena todo se hace evidente. ¡Qué estupidez pensar que fuera una fiesta! debo de estar completamente loco. Claro está que se trata de un espectáculo sangriento y cruel. Siento que se desvanece instantáneamente la alegre excitación causada por mi ingenuidad de joven novillo. Entonces sorprendiendo al público, que se queda callado, a los picadores y sobretodo al hombre del traje de luz, rompo el vallado y me doy a la fuga. Cruzo calles y avenidas corriendo sin saber para donde estoy yendo. Quisiera llegar a los recintos del campo y avisar a todos de lo que pasa en estas fiestas, quisiera retomar mi libertad y celebrar el peligro evitado, y sobretodo quisiera agradecer a la voz que me había llamado a la realidad. Un viento fuerte sigue soplando en la ciudad, pero ahora sólo trae voces gritando ¡Toro a la fuga!

Raffaella Bolletti

Marlene

La calle
Ernst Ludwig Kirchner

Élie Eldman adora a Marlene Dietrich, su voz imperceptiblemente ronca, su alemán que arrastra, languideciendo, la fatalidad de su mirada que expresa mejor aún que su elegancia indolente, toda la desesperación de su pueblo que trata de resistir a una decadencia despiadada. Esta noche asistirá al espectáculo, ha venido a Nueva York expresamente. Espera la hora con impaciencia.
Sigue cautivado por «La calle» de Kirchner, expuesta en el Moma. La prostituta de lujo que despliega su abrigo malva y su cuello de piel blanca en el centro del cuadro, y que se mueve sensual en medio de una alfombra púrpura, lanza una mirada irónica sobre un pobre personaje sometido a su encanto. Su pelirrojo, su pintalabios rojo agresivo y su sombrero con plumas blancas inclinado sobre un ojo, podría evocar a Marlene en la película que la hizo famosa «El ángel azul», aunque la época es posterior a la guerra. El cartel donde se ve a la actriz que levanta la pierna con unas medias negras sujetadas por un liguero que realza sus muslos bien carnosos, forma parte de las imágenes que poblaron las fantasías sexuales de su adolescencia. 
“Wie einst Lili Marleen…”. (Como antaño, Lili Marleen.) Los recuerdos apócrifos de Élie asocian erróneamente esta canción que ha dado la vuelta al mundo con la voz inimitable de Marlene, y no puede dejar de canturrearla ante el cuadro que está admirando. Los visitantes lo observan y se alejan de este personaje extraño que podría hacer pensar al profesor Rath, caído en las redes de la cantante. 
Expulsado por el oprobio general, sale del museo y se dirige sin más demora al Carnegie Hall. Hay mucha gente y la espera se hace larga. Finalmente puede entrar, tiene un excelente asiento en el primer piso del balcón, en la curva que domina la escena. El telón se levanta lentamente, Marlene aparece.
Ella está vestida con traje de gala de hombre, un sombrero de copa posado con coquetería sobre su cabello rubio, una larga boquilla en la mano, su otra mano sobre la cadera que cubre una pequeña braguita negra que deja elegantemente descubiertas sus largas, largas piernas. 
Elías se levanta y aplaude con todas sus fuerzas.



Jean Claude Fonder

El cruce de ferrocarril (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-r1

Un golpe en la ventanilla le despertó de sobresalto, un anciano gruñón golpeando la ventana le gritaba que pasara. ¡Qué pena, la mujer rubia le parecía tan real!

Cruzó la carretera y comenzó el ascenso al estanque encantado, lo llamaba así de niño, cuando venía a beber chocolate mágico con su abuelo. Pasó la curva y se encontró en un estacionamiento inmenso, el antiguo quiosco se había convertido en un edificio moderno, las ventanas cubiertas de carteles de exposiciones y festivales. Flores de malva rosa salían del asfalto como hierba; una decena de clientes sentados en los bancos de madera de las mesas exteriores, descansaban sobre cojines esponjosos que representan amapolas rojas elevándose entre los hilos de hierba de un césped verde. Geranios rebosantes de grandes jarrones descendían de las ventanas de la primera planta. En el estacionamiento se bajó de la camioneta y caminó hacia dentro. Entró en la cafetería, todo azulejos y espejos, un lugar moderno, sin encanto, a pesar de los mapas representando los senderos circundantes para caminar durante largos paseos. ¡Qué maravilla poder pasear por aquellos senderos con una chica rubia como la de su sueño! ¡Ojalá la conociera! Se acercó a la barra: un rayo de sol se reflejaba en el cromado de la máquina de café iluminando el pelo largo, rubio, ondulado de la persona situada detrás de la barra. Estaba de espaldas y para llamar su atención Jordi la saludó: “Buenos días!”. La persona se volvió: dos ojos celestiales y magnéticos le miraron, una sonrisa abierta y tierna, enmarcada por una barba gruesa, y una voz rasguñosa de barítono, le preguntó, «¿Que desea?”

Instintivamente Jordi se volvió hacia la ventana en busca de ayuda, otro cliente, un transeúnte cualquiera. Miró el reflejo del sol, tenía la impresión de que su vida se había puesto patas arriba; un nombre volvió a su cabeza, irreal, surrealista: Antón. Jordi arregló esa cara enmarcada por la barba. Un dolor agudo, se llevó la mano al corazón, le gustaría hablar, escapar, deshacerse de ese maldito sueño. Señor, señor, ¿qué tiene?, ¿está enfermo? ¿Desea un chocolate? 

¡Un chocolate!

Elettra Moscatelli

German

Nieve (primera parte) https://wp.me/scDIqM-nieve

Él no se dio cuenta de que yo, Nieves, recogí la taza. Él con la boca abierta, pasmado, me miró, lo vi mientras me  levantaba de la mesita, donde me interrogaron de forma informal,  Él vio mis muslos, mi pelo rojo recogido en un moño alto y admiró, como siempre, mis incontables pecas. 

Germán decía que mis ojos eran de un azul imposible y yo siempre me reí, ahora sabía que lo que me parecía imposible había sucedido. Dios me había castigado.

No le había cambiado el pañal y me justificaba, intentando callar mi conciencia, diciéndome que despertarlo era molestarlo pero sabía que asearlo bien, tenerlo seco y realizar los cambios de postura en la cama evitaba las dolorosas escaras o pústulas que olían a cloaca, tan odiosas para ellos, para todos.  Ya nunca más podría hacer nada. Don Jaime había muerto solo y por mi culpa.

Germán me había preguntado si no estaba harta de este trabajo tan duro y yo le contesté

—Estoy harta de mi marido y de los chicos que dan mucho trabajo y no me gusta planchar, ahora a mi marido le ha dado por apuntarse al golf, dice que así conseguirá más clientes.

—Imaginación no le falta a Rosales, ya se le veía desde la escuela a mi compañero de pupitre, Andrés Rosales, “el que la sigue la consigue” decía ¡tú ya lo sabes! mucho tiempo estuvo detrás de ti y mira: casada  con él y con dos hombres. 

—Calzoncillos para lavar por triplicado tengo ahora. —le contesté.

Germán aquella noche estaba hablador y yo también. Mi hermana me había entregado una carta que saqué del bolsillo y le leí.

—Mira la respuesta de mi hermana a una pregunta que le hice hace un año:

Me preguntaste una vez por qué me fui a vivir con él. Nieves, hermana, esta es mi respuesta: 

“Me besó con toda su alma, me amó con todo su ser y lo sé. 

Nadie me dijo tantas palabras bellas, ni me besó con tanta devoción, nadie me amó hasta abrazarme el corazón.  

Me amó y lo amé”

—Qué bonito y que buena respuesta, qué lista es tu familia, sobretodo  tus hijos, con sus carreras ya terminadas. Eso es porque salieron a ti ¡Anda que no hay cubo que te recoja la baba! — me dijo. Nos reímos a carcajadas. — Cállate que vamos a despertar a los que están dormidos. Don Jaime está enfermo, lo voy a dejar descansar en la habitación 303.

—Buenas noches Nieves ¡hasta mañana bonita!

—Buenas noches Germán.

Escuchó que los pasos de él regresaban

— ¿Se te olvido algo? 

—Sí, una pregunta ¿y a ti quién te ha abrazado así? 

—A mí, a mí así me abraza el mar Germán, el mar.

Los dos estaban de pie, solos en la sala de enfermería, en el office.

Se acercó a mí y me dio dos besos frescos y llenos de esa lentitud dulce que me encantó, la suavidad lenta escarpaba mi cuerpo, sentí como me elevaba.

Mi mirada buscaba sus ojos y mis pechos crecían. German estaba frente a mí y acarició mi cabeza y se enredó en mi pelo rojo mientras sus ojos sonreían y me beso una, dos y mil veces, bajando por el cuello hasta mis hombros, el que más me había dolido durante el día era el derecho, pensé. El dolor ya no estaba.  

Había soñado tantas veces con esto, sentí cómo él se acercó a mi cadera despacio y llego hasta mis nalgas y mientras saboreaba mi espacio más secreto, acariciaba mi pecho pequeño para la palma de su mano con un pezón grande y erguido, sentí de pronto un cuerpo que no era el mío, era más alta, más guapa y él me miraba sin cansarse. De la mesa pasamos al suelo, resbalamos y no dejamos de besarnos. Él me abrazaba con fuerza, me sentía segura, sentía que jamás me caería y destrozamos para siempre la amistad de más de veinte años sobre una blanca sábana de hospital, suavemente colocada en un suelo frío que se agradecía en aquel verano tan recio donde a pesar de todo corría el agua. Sentí entonces la serenidad de mi alma mientras inhalaba el frescor del rocío de la mañana.

Después descubrí a don Jaime, como lo llamé siempre, a las ocho, un  agosto  cualquiera porque este año se me olvidó, ya él no cumpliría ninguno más. No dejo de llorar, me siento tan culpable, mala, fría y dura en algunos momentos y en otro  frágil como una hoja arrastrada por el viento. 

Había ocurrido por mi culpa, estaba ausente.  La noche anterior fue una ola de seis metros que atravesó el océano completo y me dejo una estela infinita.

Sentí como si yo le hubiese clavado el bisturí, sentí que no podía caminar, no podía dejar de llorar por él y por mí, por mi vida entera. Pese a todos mis esfuerzos, los días habían sido mañana, tarde y noche y de nuevo, otra vez, lo mismo, mañana tarde y noche, la vida se había convertido en días iguales en los que olvidar era un propósito, hasta ayer.

Había muerto, la muerte de él, la muerte de don Jaime también acercó mi muerte; la certeza de que la única ocasión de vivir es ahora. Don Jaime, mi anciano preferido había muerto mientras yo aproveché un momento lleno de besos, un solo ahora de los millones que contiene una vida. Me levanté y me  fui con la taza en mi mano a recoger el tiempo.

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Blanca Quesada

La inocencia de la nieve (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rc

Hace una semana, Antonio me contó la terrible tragedia de la familia Coliman. El profesor Isacco Coliman, su esposa, las dos hermanitas y la vieja abuela, fueron arrestados por la SS y traslados a la prisión de S. Vittore, antecámara de la deportación a los campos de la muerte. El chivatazo fue de un vecino, Romano Tenconi, conocido fascista y delator.

El profesor Coliman fue mi profesor de historia y filosofía hasta 1938 cuando proclamaron las leyes raciales y tuvo que abandonar su trabajo. Era un hombre culto, inteligente, amable y simpático. Supongo que le caía bien porque a menudo me invitaba a su casa donde conocí a su mujer Ana, sus dos gemelas Giudy y Sara y la abuela Ester. Pasé con aquella familia momentos muy agradables en aquella casa increíble que ¡tenía más libros que muebles!

Entregándome el arma, el Comandante dijo — Chaval, la primera misión es como el primer amor, ¡nunca se olvida! Suerte Olmo.

Nieva. El cielo se va oscureciendo. A la luz de un solitario farol los copos de nieve parecen confeti dorados. La calle está desierta. Alrededor de mí un silencio ensordecedor roto solo por los latidos de mi corazón.

De repente el portal enfrente se abre. !Es él con su pastor alemán! En pocos segundos estoy en la calle. La nieve amortigua el ruido de mis pasos. Ya estoy a pocos metros de su espalda. Lo llamo.

—!Compañero Romano Tenconi, por 5000 liras vendiste una familia!

Se da vuelta. Ve mi arma. Saca la suya.

Un relámpago amarillo. Una mancha roja.

Así se acabó la inocencia de la nieve y la mía.

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Iris Menegoz