
Automat



Nueva York 7 de enero de 1926, 5,30h am.
El pasillo del metro estaba oscuro, apenas iluminado por una doble fila de luces de techo cubiertas de polvo. Una señora bastante joven, envarada en un gabán verde, cuello en imitación de piel marrón oscuro y sombrero amarillo hundido hasta el cuello, añade delicadamente azúcar y leche al café preparado por un gran autómata. Luego se dirige lentamente hacia una mesa y se sienta de espaldas a la ventana. Con una mano sin guante levanta cuidadosamente la taza caliente para llevarla a sus labios. Está cuidadosamente maquillada, los pómulos y los labios bien rojos, su vestido bajo el abrigo generosamente escotado. Está sola, el bar está vacío.
Cada pocos minutos levanta los ojos hacia la puerta que no se abre, luego se vuelve hacia el pasillo siempre vacío. Mira el reloj colgado sobre el bar. Ya son las seis. Dos agentes de policía, empujan la puerta, saludan al hombre detrás del bar que muestra que los conoce bien, se dirigen hacia la cafetera y se sirven también una gran taza ardiente, charlan unos instantes con el gerente, echan un vistazo a la joven y salen sin decir una palabra más. El gerente viene a recoger la taza vacía de la cliente:
— ¿Quiere algo más?
— Espero a alguien —responde con una voz ronca.
El mundo comienza a llegar, el bar se llena pronto, se hace fila delante del autómata. Algunos piden en el bar, un pastel, huevos, té, o una limonada.
Un hombre más joven entra, lleva un canotier, la joven lo observa, luego gira la cabeza con tristeza. Se acerca y pregunta a la joven si se puede sentar con ella en la mesa. Aunque parece un poco ebrio, ella no se atreve a negarse.
— Un Borbón por favor, —pido al gerente, —y usted señorita ¿desea beber algo?, la invito.
El gerente se acerca e indica la puerta al maleducado diciéndole que se equivoca de lugar. La joven se levanta y se pone en fila para la cafetera, los clientes la dejan pasar. Ella agradece sirviéndose otra taza, y en el bar pide un panqueque y vuelve a sentarse. El gerente le lleva el panqueque, instala el cubierto y le pregunta si no quiere nada más. Ella le mira sin decir palabra y niega furiosamente con la cabeza.
Las parejas, e incluso las mujeres solas llegan en este momento, cerca de las ocho. La mayor parte son sin duda empleados que se dirigen a su trabajo. Algunos incluso llevaban el Gibus y su atuendo muestra un nivel superior. Con quevedo en la nariz, muchos leen el periódico que un chico vende en la puerta del bar. Toda la ciudad de Nueva York apresurada por los negocios parece estar tomando el metro.
Por supuesto, acepta personas en su mesa. Pero no come. Su mirada permanece fija en la puerta. La persona que debía reunirse con ella aún no ha llegado. La hora avanza. Poco a poco el número de personas disminuye, y vuelve a encontrarse sola. El café delante de ella está frío. Tiene un pañuelo en la mano y sigue mirando el reloj.
Alrededor de las diez el gerente vuelve a la mesa.
– No ha tocado nada, – vuelve a preguntar.
Ella abrió su bolso, pagó y con los ojos llenos de lágrimas se marcha corriendo.


Está oscureciendo afuera. Termino el café y me voy. No quiero llegar tarde. Me importa un bledo Mrs. Downlove, ella, aunque sea puntual siempre me acoge con un sarcástico “Finalmente», lo hago por la pequeña Jesse que espera mi llegada para irse y el último autobús hacia Harlem pasa a las 9.30. Jesse y yo nos relevamos. Ella hace desde las 9 hasta las 21 y yo desde las 21 hasta la 9.
Mrs. Downlove tiene un montón de enfermedades de las que todavía no entiendo la naturaleza. Sus piernas no funcionan, pero su mente es perfecta. Rica, mimada, ama mandar, pero está sola, Jesse y yo somos su única compañía.
Cuando llego, Mrs. Downlove está leyendo. Cuando, por amabilidad, le pregunto el título del libro, ella me contesta – ¡Querida, no son cosas para ti! – (Mi Frank conocía todos los clásicos rusos).
Cuando apaga la luz, yo me arreglo en un viejo sofá al pie de su cama. Ella se duerme enseguida y ronca como un viejo marinero de ballenero. Más tarde tiene sed, o tiene que hacer pis, o quiere contarme el sueño que acaba de tener.
A las 7 le preparo el desayuno que siempre come con un apetito «juvenil». A las 9, saludo a Jesse y vuelvo a mi bar donde Jimmy ya me ha hecho un chocolate caliente.
Llevo años frecuentando este viejo bar. Jimmy y mi Frank fueron amigos. A menudo mi Frank y yo nos quedábamos a tomar una cerveza.
Vuelvo a casa, trato de descansar un poco y luego a las 15 tengo que llevar al parque a Bud, Pongo y Lilli, tres amables perros de mi barrio.
– ¿También «dogsitter»? me dirías tú, mi amor.
Por desgracia el torpe cáncer no sólo vació mi alma y mi vida sino también todos nuestros ahorros.
¡Pero esta es otra historia!


Ella ha bajado de prisa los escalones, las llaves tintineando en el bolsillo contra el puñado de monedas. Ha cruzado la calle, una caverna oscura donde solo relumbran los soles artificiales del comedor automático que expanden sus rayos hacia un horizonte inexistente. Ha empujado la puerta de vidrio y se ha sentado en su mesa preferida, entre el radiador y las frutas de plástico de colores brillantes que adornan perennemente los rincones de la sala. Está inquieta. Qué hacer, se pregunta. Y responde con las palabras de Bertha: “todo depende de ti”. Desde que su amiga se marchó las cosas han cambiado. Ahora comparte la pieza de la pensión con una viuda de media edad que trabaja como estenógrafa en una oficina del centro y desperdicia su tiempo leyendo el Reader’s Digest. Ella, en cambio, quiere ser actriz como las estrellas del cinematógrafo, bailar el charlestón como Josefine Baker, vestirse como Gloria Swanson. Con Bertha, apenas terminado el turno en la cadena de montaje, entraban en alguna función vespertina y luego volvían excitadas a la piecita donde jugaban a mimar a las protagonistas, bebiendo unas copitas de licor que Bertha escondía en los cajones del armario. Desde que su amiga se fue todo ha cambiado. Ha coleccionado pretendientes furtivos y anillos de compromiso demasiado baratos. La estenógrafa no hace que repetirle “a tu edad, niña, tendrías que estar casada.” Su presencia la asfixia. Ella va a cumplir veintisiete años y está harta del trabajo en la fábrica. A veces piensa en su madre, la vuelve a ver saludándola en la estación de buses de aquel pueblo, una figura cada vez más pequeña que se aleja por la ventanilla trasera del vehículo. Es hora de intentar otro rumbo. Nada mejor que aquel bar automático para reflexionar sobre el futuro. Un desierto sintético que huele a desinfectante, a vapores solubles, un espacio silente como una linterna mágica. Todo depende de ella, exclama para sí la muchacha. La carta de Bertha sellada en San Francisco arde como una llamarada en el invierno neoyorkino. Desde que la recibió hace unos días la lleva puesta como un amuleto en el bolsillo del abrigo. La ha leído y releído, ha acariciado con la mano enguantada la caligrafía ensortijada de la amiga. “Todo depende de ti”, repite ensimismada mientras parece buscar en el agua turbia del pocillo algún signo oculto del destino. Aún no sabe del hijo que ya vibra en su vientre ni de los indicios volátiles de la Gran Depresión.


Fue la noche en la que decidimos casarnos.
El aire no demasiado frío y los árboles al lado de las calles, que todavía tenían algunas hojas rojas y marrones, nos invitaban a gozar de los últimos recortes del otoño, paseando por nuestra ciudad.
Caminábamos tomándonos de las manos, pero sin mirarnos, observando el suelo para encontrar las palabras.
Luego, entramos en aquel bar.
Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, que se vislumbraban a través de un abrigo verde muy elegante, un sombrero color naranja, el maquillaje perfecto. Se sentó sola al lado de una mesa, muy cerca de nosotros.
Pasó una decena de minutos antes de que el camarero se le acercara: -¿Espera a alguien, señorita, o quiere pedir?
No oímos la respuesta, pero después de un par de minutos vimos el camarero que volvía llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una taza de café. Una sola.
– ¿Todo bien señorita? ¿Desea algo más?
-Quizás después- contestó la chica.
El camarero sonrió, casi tímidamente, luego le trajo el azúcar.
– Ya está oscuro afuera, ¿verdad, señorita? Casi estamos en invierno…
-Ya…- murmuró ella, golpeteando la mesita con sus dedos. Luego lo miró con triste gratitud.
El hombre se quedó unos minutos, charlando de cosas insignificantes. La chica le contestaba. Luego, otro cliente lo llamó y él se fue.
Ella acabó de beber su café, y siguió mirando la taza.
Una niña gitana entró en el bar. En sus manos tenía un ramo de rosas rojas, las que nadie compra nunca. Se acercó a la señorita:
-¿Quieres una flor?
-Sí, gracias… ¿Cuánto cuesta?»
– Para ti no cuesta nada. Te la regalo, porque eres linda.
Ella se levantó y abrazó a la niña, que retrocedió, un poco acobardada. Pero luego sonrió, cuando la vio abrir su billetera para darle una generosa propina.
-Siéntate conmigo un rato. ¿Cómo te llamas?- le estaba preguntando.
Pero nosotros nos fuimos y nos olvidamos de ella.
Fue aquella noche cuando decidimos casarnos.


La Plaza Mayor de Salamanca está abarrotada de gente de todas las nacionalidades: hay muchos extranjeros que viajan a esta pequeña ciudad castellanoleonesa para aprender español ya que tiene fama de ser «puro» y muy «limpio». La Junta de Castilla y León hace un sinfín de promoción turística a la ciudad y sus escuelas de idiomas.
La cita en la Plaza Mayor suele ser debajo del reloj y se divisan a muchas personas esperando a los que llevan retraso. Hay chicos de todas las edades y el grupo que más destaca es el de unos italianos sobre los 18. El encuentro es a las 10 y algunos todavía no han llegado. Las tres profesoras se están poniendo nerviosas y deben decidir el castigo para los impuntuales.
Mientras las tres hablan tratando llegar a un acuerdo, los muchachos intercambian cuentos acerca de la noche anterior. Al parecer algunos la pasaron muy bien en una famosa discoteca de la ciudad: era la noche dedicada a los universitarios y ellos lograron colarse aparentando ser mayores de lo que son, falsificando su documento.

Me gustaría darme un tiempo para reflexionar y decidir a qué rumbo quiero ir en un futuro próximo. Para ello decidí viajar a Lisboa para matricularme en el máster de gastronomía que se realizaría dentro de dos semanas.
De hecho, disfrutaría más participando en un programa de gestión de bienes culturales, pero mi familia mantiene un restaurante desde hace generaciones y debo continuar por ese camino.
El viaje en tren fue muy largo, un día entero, pero me dio la oportunidad de pensar y no me preocupé porque lo tenía todo reservado y estudiado a la perfección: habitaciones de cama y hoteles.
Llegué con antelación a la estación Central –debido a la ansiedad que siempre acompaña mis viajes– y el tren internacional no había llegado todavía.
Afortunadamente, la estación había sido renovada recientemente y encontré una pequeña cafetería justo enfrente del panel de salidas para consultar desde qué plataforma saldría el tren. Pedí un café, el último «verdadero» café y la camarera lo acompañó con una bandeja llena de pequeños trozos de chocolate, residuos de los huevos de las últimas fiestas.
Comencé a leer la guía de la ciudad estudiando los diferentes caminos para recorrer los barrios buscando un apartamento, cuando encontré la dirección de correo electrónico de un agente inmobiliario.
Decidí escribirle de inmediato, indicándole que estaba de viaje y lo que me gustaría encontrar: un barrio céntrico, una terraza, un edificio antiguo amueblado.
Llegué a Lisboa a primera hora de la mañana y en la misma estación de tren, me esperaba un hombrecito, sin arte ni parte, con un cartel con mi nombre en las manos. Le miré e identifiqué con él que se presentó, se llamaba Afonso y me acompañaría durante todo el día.
Nos dirigimos al hotel para dejar la maleta y nos pusimos en camino para recorrer los barrios y visitar varios apartamentos hasta cuando, pasado el mediodía, me encontré en el laberinto de calles de Alfama, el barrio antiguo de la ciudad.
En el segundo piso de un edificio de hace años, encontré la vivienda de mis sueños, equipada con muebles viejos, pero en buen estado. Intenté disimular mi felicidad y, como un jugador de póquer, evité las miradas directas y empecé hacer preguntas con el objetivo de negociar el mejor precio de renta posible.
Echando un último vistazo le dije que sí y al día siguiente me mudé al apartamento.
Puedo reconstruir el escenario perfectamente. El reloj de la cocina que hace tictac, el tocador como el de mi abuela con todo encima, un cepillo, un peine, un joyero de paja tejido, un atrapasueños enganchado en un rincón. También veo un estante lleno de botellas de perfume, la mayoría vacías, alineadas como soldados preparados para la batalla.
Empecé los primeros días a orientarme en el barrio, localizando las tiendas, las paradas de tranvía, los servicios; al mismo tiempo intenté convertir la casa en un lugar más juvenil dejando un montón de objetos en una caja que puse en un armario de servicio.
Un día, esperando que pasara el tiempo para visitar un museo donde tenía una cita para una visita guiada, me detuve en la mesa de una cafetería. Me di cuenta de que era el momento de apuntarme al máster y empezar a cocinar como una profesional, pero algo me lo impedía, seguía perdiendo el tiempo paseando por la ciudad. Mientras reflexionaba sobre esto, vi a Darío, mi amigo de la escuela con el cual compartimos pensamientos y proyectos. Le llamé y estuvimos charlando como los viejos amigos que éramos toda la tarde; olvidé el compromiso con el guía y de repente me di cuenta de que había perdido el coraje de luchar por mis sueños.
El viaje que comenzó como una excusa para escapar de amigos y familiares, se convirtió en la conciencia de que la vida es una metamorfosis continua, las personas, los lugares, los objetos que encontramos forman parte de un diseño mayor que desconocemos. Por ello debemos prestar atención a lo que nos dicta el instinto, actuar en el momento adecuado, sin resistirnos a los cambios.
Saludé a Darío, entré en una agencia de viajes y reservé el primer viaje de regreso a Milán, el máster en gestión de bienes culturales me estaba esperando.


C: – He terminado mi trabajo y he llegado a este “automat”, exactamente el mismo que ayer, anteayer y los últimos días. Me gusta este sitio, tranquilo y sin mucha luz. Siempre me siento en la misma mesa, con una taza de café. Un café que no bebo; ya sabes que no me gusta el café. Es algo que realmente a ti te gusta. De hecho, lo tomo como si estuvieras aquí, como si fuera algo que me ayuda a superar este momento, lo miro y es como si pudiera darme algunas respuestas sobre lo que pasó. Estoy segura de que te quedas fuera de este bar y me miras por la ventana. Carmen, me pregunto a mí misma, ¿por qué no puedes hacer frente a esta situación, después de tantos meses viviendo con Pablo?
P: -Ya lo sé. Llevo días siguiéndote cuando sales del trabajo por la noche. Incluso esta noche has venido a este lugar desierto, a este “automat” donde no hay camareros. Sólo te has quitado el guante de la mano derecha, tus ojos miran fijamente una taza con un café que, como cada noche, no te tomarás. Nunca te das cuentas de mi presencia, porque todo está a oscuras en tu cabeza, estás atrapada, detenida en lo que pasó, por eso eliges este lugar, desierto, con un ventanal oscuro, sin reflejos. Sólo tus piernas parecen ser luminosas como para dar un poco de luz la sala. Tus piernas, que quisiera acariciar toda la vida. Yo sigo mirándote a la espera de que la intensidad de mis sentimientos levante tu mirada y pueda provocar una reacción con el fin de que tus ojos se encuentren con los míos. Deja el café, sal de este lugar y habla conmigo, aclaremos lo que ocurrió. Sé que parece que no hay salida, y que nada volverá a ser como antes. A veces la vida te sirve en bandeja algo amargo, como sin duda lo es este café, pero por favor escucha los latidos de tu corazón. Mi corazón late más rápido con sólo verte, estoy seguro de que a ti te pasa lo mismo, porque sabes que lo que pasó no era realidad, sino sólo un producto de tu imaginación.
Alguien podría preguntarse ¿Pues qué pasó?
Pero esto es un asunto nuestro.


Cuando Cristina durante la visita a la exposición de Hopper vio el cuadro Automat decidió que si encontraba una copia en el bookshop la compraría porque quería enmarcarla y colgarla en su estudio para no olvidar un momento muy terrible de su vida.
En el metro de Nueva York, una noche fría, se sentó sola en una cafetería a llorar desconsolada. Bebía un café malo que había hecho en horrenda maquina automática. Había creído a Daniel, él le había convencido a que deje a sus padres a sus amigos, a que abandone su trabajo y todo, a que venga a América, aunque no hablaba bien inglés y no conocía a nadie. Se sentía vencida y estúpida, no encontraba trabajo, vivía un hotel miserable perdido en el Bronx, Daniel no la buscaba casi nunca, no la ayudaba, era sola como en este bar. Se dio cuenta que había tocado el fondo y podía salir solo si dejaba a Daniel, si dejaba a este hombre que la había seducido, la había engañada.
Fue muy difícil. Le costó mucho, pero fue mejor así. Volvió a Italia y sus padre y sus amigos la aceptaron de nuevo. Conocí a Nicolas, se casó y nacieron Pablo y Marcos. Hoy tiene una vida feliz, nunca más le ocurrió de llorar desesperada en una cafetería, pero no podía y no quería olvidar el pasado y por eso, compró y colgó este cuadro en la pared delante de su escritorio.


Hace mucho tiempo conocí a una niña. Cabello castaño, ojos verdes con un ligero tono de avellana. Tenía un papá, una mamá y una hermana. Una pequeña y hermosa familia. Hasta que las cosas cambiaron. 9 años. Esa era la edad que tenía el día que se le anunció esta noticia que cambió su vida. Quizás era demasiado joven, pero le costó entender por qué la cara de su madre se había descompuesto después de recibir esa llamada. No tenía idea de que después de esa llamada, nada volvería a ser lo mismo. Su primer reflejo fue abrazar a su madre. No lloró, no gritó, solo hizo preguntas. En ese momento era como si se hubiera dado cuenta de que de ahora en adelante era su trabajo mantener a su familia en su lugar. Regresó a la escuela poco después de ese terrible accidente, y volvió llena de alegría de vivir, como si nada hubiera sucedido. No entendía por qué todos venían a hablarle, a abrazarla diciéndole que era «fuerte». A sus profesores les preocupaba verla tan calmada a veces. Algunos pensaban que estaba bien, como otros decían que simplemente no se daba cuenta del impacto que iba a tener en ella.
Oye a su madre llorar todas las noches, y es peor cuando es el día del padre o su cumpleaños. A su madre no le gusta hablar de él, ¿quizás demasiados recuerdos dolorosos? Al menos eso es lo que se dice a sí misma. Siempre quiso tener un buen recuerdo de él. Siempre dice que lo está pasando bien, que está de luto, que ha aprendido a vivir con ello. Hasta se ríe. Ni siquiera piensa en ello. Algunos dirían que era demasiado pequeña para darse cuenta, o incluso recordarlo, pero creo que ha vivido con esa especie de venda en los ojos durante los últimos siete años. Una venda que le permitía no sentir ningún dolor, posee esta pequeña picazón en el corazón que le llega de repente viendo a otras chicas con sus papás.
Nunca ha pensado demasiado en la realidad, en su padre, en las secuelas que podría haberle quedado… Esta venda se la queda porque no tiene derecho a romperse. No puede soltarse. Era solo una niña en ese momento, cierto, pero sabía que, por su madre, por su hermana, por su familia, no podía quebrarse, así que no lo hizo. Sé que probablemente me dirás que nadie espera que una niña de nueve años no se derrumbe después de algo así, pero en su cabeza, no podía. Intentó proteger a su madre y a su hermana, así que lo guardó todo en su interior, esperando que les quitara un peso de encima pensar que al menos estaba bien. No podía hacer mucho más. Les hacía dibujos para que no estuvieran demasiado tristes al tener que clasificar los papeles del seguro, trataba de hacerles reír contándoles chistes, pero por un momento nada parecía ayudar. A pesar de todo, esta dulce e inocente niña necesitaba a su padre. Todas las chicas necesitan un padre. Ese héroe que está aquí para cuidar nuestras heridas y curar nuestras penas. Lo necesitaba, pero desgraciadamente el destino había decidido otra cosa.
No se habla lo suficiente de los padres que se van de repente, sin avisar. «Cuida de tu madre por mí, ¿vale?» Eran las últimas palabras que le había dicho, y así lo hizo.
Esta niña crecerá, pronto tendrá 16 años. No habrá cambiado. Ella siempre querrá proteger a su madre, incluso si se da cuenta de que no puede aliviar su dolor. Todavía no hablará de su padre, o al menos no de las consecuencias que su muerte pudo haber tenido en ella. Ni siquiera lo pensará hasta que una de sus amigas le hable de verdad de su papá, su héroe, su mejor amigo. No tendrá una adolescencia fácil cuando se vaya. Algunos chicos tontos le pisotearán el corazón, ella sufrirá al ver solo defectos al escrutar cada centímetro de su cuerpo ante su espejo, se sentirá avergonzada y humillada después de un desafortunado encuentro, cometerá errores, y va a perder amigos. Ella será herida y a cambio lastimará. La gente herida hiera después de todo. Probablemente se preguntará si todo esto habría pasado si él hubiera estado allí. Pero por razones tristes y obvias, nunca tendrá una respuesta a esta pregunta que le recorrerá la cabeza. Esta niña de cabello castaño y ojos verdes no sabe lo que le espera, pero sé que va a estar bien. Como la gente le dijo, es fuerte después de todo. ¿Verdad?
Bruselas, 13 de junio de 2023

Il y a longtemps j’ai connu une petite fille. Cheveux bruns, yeux verts avec une légère teinte noisette. Elle avait un papa, une maman et une sœur. Une belle petite famille quoi. Jusqu’au jour où les choses ont changé. 9 ans. C’est l’âge qu’elle avait le jour où on lui a annoncé cette nouvelle qui a changé sa vie. Peut-être qu’elle était simplement trop jeune, mais elle a eu du mal à comprendre pourquoi le visage de sa mère s’était décomposé après avoir reçu ce coup de fil. Elle ne se doutait pas qu’après cet appel, plus rien ne serait plus jamais pareil. Son premier réflexe avait été de faire un câlin à sa maman. Elle n’a pas pleuré, elle n’a pas crié, elle a juste posé des questions. A ce moment précis c’était comme si elle avait compris que dorénavant ça allait être son rôle de garder sa famille en place. Elle est retournée à l’école peu après ce terrible accident, et elle y est retournée pleine de joie de vivre, comme si rien n’était arrivé. Elle ne comprenait pas pourquoi tout le monde venais lui parler, lui faire des câlins lui disant qu’elle était « forte ». Ses professeurs s’inquiétaient de la voir aussi calme parfois. Certains se disaient que c’était bien, comme d’autres se disaient qu’elle ne réalisait simplement pas l’impact que cela allait avoir sur elle.
Elle entend sa mère pleurer tous les soirs, et c’est pire quand c’est la fête de pères ou encore son anniversaire. Sa mère n’aime pas parler de lui, trop de souvenirs douloureux peut-être ? C’est ce qu’elle se dit en tout cas. Elle a toujours voulu garder un bon souvenir de lui, c’était sûr. Elle dit toujours qu’elle le vit bien, qu’elle a fait son deuil, qu’elle a appris à vivre avec, quoi. Elle en rigole même. Elle n’y pense même pas en général. Certains dirons qu’elle était simplement trop petite pour s’en rendre compte, ou même de se rappeler de lui, mais je pense plutôt qu’elle a simplement vécu avec cette espèce de bandeau sur les yeux ces sept dernières années. Un bandeau qui lui permettait de ne ressentir aucune douleur, appart cette petite pique au cœur qui lui viens soudain en voyant d’autres filles avec leurs papas. Elle n’y a jamais trop réfléchi en réalité, à son père, aux séquelles qui auraient bien pu lui rester… Ce bandeau, elle le garde car elle n’a pas le droit de craquer. Elle ne peut pas se laisser aller. Ce n’était qu’une enfant à l’époque, certes, mais elle savait que pour sa maman, pour sa sœur, pour sa famille, elle ne pouvait pas craquer, alors elle ne l’a pas fait. Je sais que vous allez sans doute me dire que personne n’attend d’une petite fille de 9 ans de ne pas craquer après un évènement pareil, mais dans sa tête, elle ne pouvait pas. Elle a essayé de protéger sa maman et sa sœur, donc elle a gardé tout enfoui en elle, espérant que cela enlèverait un poids de leurs épaules de se dire qu’au moins, elle allait bien. Elle ne pouvait pas faire grand-chose d’autre. Elle leur faisait des dessins pour qu’elles ne soient pas trop tristes en devant trier les papiers d’assurance, elle essayait dès les faire rire en leur racontant des blagues, mais pendant un moment en tout cas, rien n’avait l’air d’aider. Malgré tout, cette petite fille si douce et si innocente avait besoin de son papa. Toutes les jeunes filles ont besoin d’un père en réalité. Ce héros qui est là pour prendre soin de nos blessures et guérir nos chagrins. Elle en avait besoin, mais malheureusement le destin en avait décidé autrement.
On ne parle pas assez des parents qui partent si soudainement, sans prévenir. « Prends soin de ta maman pour moi, d’accord ? » c’étaient les derniers mots qu’il lui avait dits, et donc elle le fit.
Cette petite fille va devenir grande, bientôt elle aura 16 ans. Elle n’aura pas changé. Elle voudra toujours protéger sa maman, même si elle se rendra compte qu’elle ne pourra pas adoucir sa peine. Elle ne parlera toujours pas de son père, ou en tout cas pas des conséquences que son décès aura bien pu avoir sur elle. Elle n’y pensera même pas avant qu’une de ses amies lui en parle vraiment, de son papa, son héros, son meilleur ami. Elle n’aura pas une adolescence facile après son départ. Certains garçons idiots lui piétineront son cœur, elle souffrira en ne voyant que des défauts en scrutant chaque petit centimètre de son corps devant son miroir, elle se sentira honteuse et humiliée après une malheureuse rencontre, elle va commettre des erreurs, et elle perdra des amis. Elle sera blessée et elle blessera en retour. Les gens blessés blessent après tout. Elle se demandera sûrement si tout cela serait arrivé s’il avait été là. Mais pour des tristes et évidentes raisons, elle n’aura jamais de réponse à cette question qui lui trottera sans cesse dans la tête. Cette petite fille aux cheveux bruns et au yeux verts, elle ne sait pas encore ce qui l’attends, mais je sais qu’elle va s’en sortir. Comme les gens le lui ont dit, elle est forte après tout. Pas vrai ?
Bruxelles, le 13 juin 2023

A la memoria de Carolina Triuzzi
La massaia salentina es o más bien era, una mujer campesina y ama de casa típica de algunas zonas del sur de Italia, en particular Salento, zona árida, de trabajadores y bañada sea por el Mar Jonio que el Mar Adriático.
Si paseamos hoy en día por estos lugares encontramos un sinfín de cerámicas que las retratan: es una mujer de baja estatura, gorda y que tiene caderas pronunciadas por la cantidad de hijos que daba a luz o perdía en sus múltiples embarazos que a menudo ni llegaban al término.
En las actuales cerámicas siempre lleva puesto un delantal ya que uno de sus principales que haceres consistía en cocinar: hornear pan, amasar orecchiette y preparar otros deliciosos manjares. A veces hasta se le representa con herramientas culinarias tales como la spianatoia o el mattarello.
Otras actividades que les llamaba mucho la atención es el crochet o el bordado a mano, así que los ceramistas se esmeran para que estos elementos luzcan en las pequeñas estatuillas que tanto les venden a los turistas, itálicos y sobre todo extranjeros.

¡Dios mío, ¡qué belleza! No me creía tan hermosa.
Una “chute de reins” vertiginosa.
Una espalda desnuda y frágil, con la cintura ajustada sobre un trasero cuyas curvas esperan una caricia.
Y luego, vestida así, con mi combinación bajada, apenas retenida por mis caderas prometedoras, el nacimiento de un muslo carnoso, un seno pesado.
Cuando estoy enderezada mis pechos son demasiado pequeños. x
Pero ahora parezco una esclava que se va a ofrecer a la subasta.
Me siento terriblemente atractiva, basta mirarte.
Mi pelo pelirrojo esconde toda mi cara, la parte inferior, mis piernas, tampoco se ven, no sabía que mi espalda te gustaba tanto.
La has pintado a menudo, ahora me doy cuenta.
También me gustan los colores. Las telas y los muebles combinan con mi cabello, pero lo dominante es este azul un poco morado que crea un ambiente tan sensual.
«Edgard, querido, tu cuadro es maravilloso, veo que te seduce también a ti.»



Ay, amor que se fue y no vino
F. G. Lorca
El aire corría lento por las orillas del cielo. Al fondo de la vallonada del Sierpes la alameda desaparecía entre las brumas del río.
— De los álamos vengo, madre, de ver cómo los menea el viento. ¿Te acuerdas de este viejo villancico que tantas veces entonamos en nuestros viajes?
— Y después de una de aquellas voladuras fue cuando me dijiste: enséñame a pecar.
El rabioso rey de la sangre buscaba alimentarse de mis deseos y aquellos días los vivimos con saña, esperando alumbrar nuevas experiencias que a la postre nunca llegaron. Nos separamos sin rencor ni violencia, pero era evidente que el temor a ser felices nos atenazaba.
— Quisiera tener un hijo contigo.
Creo que fue la última fase completa que pude dirigirle. Una furia verde invadió su rostro y sin mediar palabra se alejó para siempre.
Mi casa estaba llena de sus cosas, esas tontunas y deliciosas cosas de mujer que yo adoraba y que ella jamás vino a recoger. Enmarqué un sujetador antiguo hecho como de perlas de tela que yo había acariciado tantas veces cuando ella estaba dentro. Quedó como un cuadro disparatado, abstracto y cotidiano por el que los amigos me felicitaban, al mismo tiempo que en sus mentes resonaba el auténtico sentido de su criterio que era fácil de leer: ¡Pobre chico!, decían al unísono sus risas y comentarios, no siempre respetuosos con los objetos abandonados ni con la dignidad de mis sentimientos o los de ella, suponiendo que ella guardara algún sentimiento hacia mí.
Al cuarto día apareció bajo la puerta un sobre con un mensaje dentro. El vendaval de los traslados hizo desaparecer el sobre y el piadoso olvido borró de mi mente el mensaje.
Ahora, por esos milagros del destino, la administración pública me ha ofrecido un ciclo de conferencias sobre uno de esos temas que algún ingenuo ha pensado que soy algo así como un experto. El ciclo tiene lugar en el departamento de la facultad donde ella está a punto de jubilarse.
— Cuando vi tu nombre en la lista de profesores invitados estuve a punto de vetarte. Luego pensé que sería gracioso volver a verte.
Fue el delicado recibimiento que me dedicó más de treinta años después de que yo le propusiera ser madre, justo momentos antes de iniciar mi primera charla. La turbación causada por su repentina presencia me permitió dar la más brillante conferencia de mi vida.
— Has estado soberbio, me dijo. Me permitirás que te invite a dar un paseo por el Sierpes, ¿no?
¡Ah!, el bello y presuroso Sierpes, devoto servidor de cauces mayores y testigo de nuestros primeros pasos como amantes por las alamedas de sus orillas, a donde ahora, tantos años después me traía, como para evocar algo, o como para liquidarlo definitivamente sin un ápice de nostalgia.
— Aquí te me declaraste. ¿Lo recuerdas?
Era mentira. Yo me había declarado nada más verla por primera vez en el autobús que nos conducía a la universidad. Me había declarado con la mirada, con los gestos, con las atenciones. ¿Pero para qué refutar una idea asentada en el tiempo y establecida como la única realidad posible? Cierto que tuvieron que pasar muchos meses para que yo me atreviera a verbalizar mis sentimientos. De nuevo junto al Sierpes parecía lícito aceptar todas las versiones posibles del pasado.
La cena, en medio de la condescendencia que otorga la edad, fue frugal, como siempre le había gustado a ella. Solo unas copas de buen vino iluminaron la modestia de nuestra velada en un antiguo restaurante venido a menos, sin apenas comensales.
Sus ojos habían olvidado ya su mirar fiero pero conservaban aquel color de arena tostada por el que yo me había perdido. Su boca mantenía ese aire de lujuria desbocada que tanto placer me procuró. ¿Qué quedaba hoy de aquella pasión de arcilla desdentada que embarraba nuestras almas con fuerza desmedida? ¿Qué queda de aquel viento entre bosques de encinas que lanzaba su cabellera robusta contra mi rostro aún poseído por la infancia y los ensueños? ¿Qué de la poesía o las canciones populares que abrazaban nuestras voces al unísono o del vago sueño de una revolución que sin saberlo ya estábamos viviendo?
Tras un crepúsculo delicado la noche se volvió, de urgencia, huraña, violenta, hostil. Silencio total en la cabina de mando. ¿Ya nos lo habíamos dicho todo o al menos un resumen?
Frente a la hostilidad de la autovía, la paz del túnel bajo la sierra. Enseguida el fósforo de las señales sobre el asfalto, gasolineras iluminadas como naves espaciales en los márgenes del recorrido, diminutas luces diluidas en la distancia del territorio y de la lluvia, el nerviosismo furioso del limpia sobre el cristal. Volvíamos a la gran metrópoli donde siempre vivió y en la que, a su modo y manera, había triunfado.
— No te he preguntado si estás casada.
De repente el silencio se hizo plomo derretido. Invadió las gargantas, los gestos, el cubículo en el que rodábamos, la lluvia, las luces, la noche entera con su furiosa tormenta. ¿Cómo y por qué aquella torpeza de querer poner perfiles a una vida que no me correspondía? La vi disminuir bruscamente la velocidad, gesticular con sus brazos, llevarse la mano a los ojos para detener una brusca lágrima y realizar un intento de articular alguna palabra.
No sé cómo el tiempo me devolvió al sobre bajo la puerta y a la sentencia olvidada que contenía. No podía concretar las palabras escritas con las que me había despedido, hasta que ella, haciendo un esfuerzo en el que parecía romperse, con una voz casi inaudible las recitó.
— Hace tanto amor que el tiempo murió ya.
Arturo Lorenzo.
Mafrid, marzo de 2024


Cansada, cansada, cansada…
De mis arrepentimientos.
De mis imperfecciones que ya no puedo aceptar.
De sentirme inadecuada.
De que mi cuerpo ya no está en sintonía con mi mente.
De los cambios que no tengo tiempo de hacer.
Del dolor.
Del miedo.
De los espejos que reflejan otra persona.
De ver a mis hijos luchar contra las adversidades.
De no poder salvar a mis nietos de las decepciones.
De mis intentos inútiles de ser positiva.
De saber que de todos nosotros quedará solo un puñado de polvo y unos recuerdos distorsionados.
Una semana después
Que bien, qué bien, qué bien
Hoy es un maravilloso día de sol.
La semana pasada siempre estuvo lloviendo.
Hoy por la mañana veré a mi hija que vive al lado del mar.
Por la tarde iré al parque con mis nietos y los dos perros, mientras ellos juegan yo descansaré leyendo un libro y mirando la plantas que están echando hojas y flores.
Por la tarde iré a visitar a una vecina mía de 98 años que necesita compañía, ella siempre me cuenta de su vida y de la guerra, sus cuentos me gustan mucho.
Por la noche una pareja de amigos vendrá a cenar y luego jugaremos a las cartas.
La vida puede ser muy simple y placentera, así que no me importa nada de lo que quedará de todos nosotros. Hoy no quiero desperdiciar un maravilloso día de sol.


Barbara se despertó y por primera vez, desde que Mario se fue, no se sentía triste y sin ganas de hacer nada, así que se levantó, se duchó y se desayunó. Antes de empezar a escribir la tesis decidió hacer un balance de su vida para cerrar el capítulo Mario y abrir uno nuevo. Empezó a pensar que le había quedado como primera cosa la capacidad de amar con toda el alma, aunque pudiera ser herida, la seguridad de que si esta vez había ido mal la próxima vez iría mejor, la voluntad y la fuerza di terminar sus estudios y encontrar el trabajo que siempre quiso hacer: médico especialista en enfermedades tropicales. Y después, dándose vuelta, vio a Rufus el gato de Mario, que se había quedado con ella y la miraba diciéndole: “por fin volviste a sonreír, él no merece tu llanto, yo no te dejaré nunca”. En ese momento un rayo de sol iluminó la carta a la que no había querido contestar, era una del Instituto de Salud de Milán, uno de los más importantes de Europa; le ofrecían, después de graduarse, una beca de seis meses. No había contestado porque quería ir con Mario, pero ahora se dio cuenta de que era una magnífica oportunidad y decidió ir sola porque le había quedado también el coraje de empezar de nuevo.


Querida Ana,
¡Que alegría tu carta con las dos fotos!
¿Dónde las encontraste después cincuenta años?
¡Que lindas éramos!
Tú, con tus rizos color melón maduro que salían de la bandera de Chile que ondeaba detrás de tu espalda. Yo, con la camiseta con la cara del Che y una minifalda «mínima», cantando «El pueblo unido…»
¡Cuántas canciones, cuántas pasión!
No eran ilusiones. Eran certezas. Certezas en un mundo mejor, sin guerras, un mundo de paz. Eran guerras lejanas, pero nos pertenecían.
¿Y ahora?
¿Ahora en que las guerras las tenemos detrás de la esquina quién habla en serio de paz?
Excepto el anciano Francesco de Roma, nadie entre los poderosos de la tierra se está comprometiendo en serio.
Querida, tú me preguntas ¿qué queda?
Pregunta difícil. Recuerdos, a veces nostalgia, pequeños arrepentimientos.
¡Algo queda, menos la juventud!
Adiós Ana, te espero como siempre en Milán en el cortejo del 25 de abril.
Un beso.


Cuando Claudia se atrevió a levantar la vista, el lago parecía haber desaparecido, tragado por la niebla negra que había invadido la tarde: una niebla densa, símil al vacío que se extendía en su corazón. Incluso el rostro del chico aferrado a la barandilla junto a ella, Agustín, parecía haberse fundido en ese gris.
Pero sus palabras, esas dos palabras suyas resonaron en la oscuridad, y el toque de su mano, que había tocado su hombro, ardió en la carne de Claudia como una quemadura.
La chica se había sacudido enojada por aquel gesto delicado, dándole la espalda, y permaneció inmóvil, encerrando entre sus delgados brazos la violencia de aquel secreto que latía en su pecho.
Ciertamente estas no eran vacaciones para Claudia y su padre: más bien una fuga, una convalecencia, un extraño paréntesis abierto como por error. Fue el médico el que les había recomendado irse al lago: “será el clima ideal”, había dicho, para una persona en el estado de su padre. “También será bueno para la niña”, había añadido. «Será también una oportunidad para que ustedes dos pasen algún tiempo juntos…»
A su llegada, el lago los había envuelto en el abrazo húmedo de una llovizna helada. Aunque durante la semana había habido algunos días soleados, a Claudia le pareció que el paisaje lacustre sólo podía expresarse en esos dos tonos de gris: pálido, con una transparencia nacarada durante el día; oscuro y denso, que borraba los contornos de las cosas, al anochecer.
Como ahora, cuando estaba allí clavada en la balaustrada, negándose obstinadamente a darle una sola mirada al incauto chico que le había dicho «te amo». Y esas ganas tan grandes de salir corriendo y contarlo, de volcar en un abrazo amistoso ese torbellino de consternación y vergüenza que le daba vueltas en la cabeza… pero ¿podría hablarle de estas cosas a su papá?
Tampoco había hablado nunca de eso con su madre, ni siquiera antes de que se ella enfermara. La verdad es que Claudia nunca había pensado todavía en los chicos, en el amor… Eran conversaciones para quienes parecían mayores y se susurraban secretos en voz baja.
Luego, cuando el hospital le quitó a su madre, Claudia rezó por ella todas las noches, pidiéndole inútilmente a Dios que mamá se recuperara.
“¿Claudia?” -aventuró Agustín. «¿Te has ofendido?»
Y ahora, ¿qué quería de ella aquel a quien apenas conocía desde hacía unos días? ¿Por qué la estaba atormentando?
“¿Claudia?” murmuró.
«¡Déjame en paz! ¿Quieres entender que me molestas?” gritó, rompiendo a llorar.
Agustín recogió sus sentimientos y se los guardó en lo más profundo de sus bolsillos.
“¡Es obvio que tu madre no te enseñó la educación!” respondió él.
Y, sin mirar atrás, se fue.


Una tristeza feroz me afecta, con sus emociones, sus recuerdos, los buenos sumándose a los malos, y todos formando parte de un equipaje que siempre llevo conmigo. Y ahora de nuestra vida en común ¿qué queda? El duelo por tu pérdida. ¿Qué queda? quizás las ganas de los viajes que planeamos juntos. Ojalá fuera así. Pero no, ahora no tengo ganas de viajar, puesto que mi equipaje es demasiado pesado.
Entonces ¿Qué queda?
Queda
este mar que parece alejarse y que siempre vuelve a una orilla cualquiera,
este mar intranquilo, cambiando de color a menudo, copiando del cielo,
Queda
este mar ruidoso, rompiéndose contra las rocas,
este mar que esconde entre sus olas un ojo rojo: el sol al levantarse,
este mar que sigue rugiendo en el silencio oscuro de una noche sin estrellas,
Queda
este mar que ola tras ola me trae su voz y parece devolverme también la tuya,
este mar que aún estará allí una mañana detrás de otras miles,
Queda
este mar que me hace daño, y que me arrastra y me suelta los pies,
ese mar encantador como una sirena de Ulises, que se aprovecha de mi debilidad,
Queda
este mar que me traerá gotas de agua como lágrimas,
Queda
este mar…. frente al que estoy sola.
